Capitán Tsubasa no me pertenece.

Sanae 77 es la autora original


Junio de 2024

Tsubasa tenía calor.

Por ello, moviéndose con la mayor delicadeza posible, se levantó de la cama y se dirigió hacia la sala de estar; no sin antes echar un vistazo al amante que yacía a su lado. Un temblor recorrió su cuerpo que le recordaba a su cuerpo sobre él y las palabras susurradas en su oído.

«Extrañaba tu piel»

«Extrañaba tu olor»

«Extrañaba tu aliento»

«Te amo…»

Las frases, repetidas a lo largo de la noche mientras hacían el amor, eran un dulce canto nocturno que lo acompañaba en los primeros momentos del sueño.

Momentos en los que aún se estaba despierto, pero al mismo tiempo casi en los brazos de Morfeo. En ese limbo del sueño y vigilia, que no te hace comprender del todo si estas en el sueño o es la realidad. Ese momento fue perfecto para revivir y revitalizar ciertas sensaciones vividas.

Llevaban cuatro meses sin verse por el final del campeonato pero ese fin de semana recuperaron mucho. Tsubasa miró el despertador luminoso de la mesilla de noche, notando que llevaban en casa cuarenta y ocho horas encerrados, ocupados sólo entre las sábanas.

Y ahora, en un momento de tranquilidad, tenía calor y sed.

Tanta sed.

Descalzo caminó despacio hasta llegar a la puerta del dormitorio, solo una vez que pasó y llegó al pasillo se relajó dando un paso más rápido en dirección a la cocina.

Taro preparó un buen té verde por la tarde y lo dejo enfriar; el verano en Barcelona siempre era caluroso.

Y eso a mediados de junio los ponía a prueba, sin mencionar que el aire acondicionado se arruinó el viernes.

Evidentemente el técnico, llamado de urgencia, le informó que no podría hacer nada hasta el lunes siguiente.

«La suerte habitual»

Cuando llegó a la cocina, abrió la puerta y cogió una taza, mientras tomaba el té ahora frío de la estufa. Llenó la porcelana fina hasta el borde y, tratando de moverse con la mayor delicadeza posible, regresó a su habitación, sin querer perderse la vista que ya había notado la noche anterior por primera vez.

Sí, porque solo por casualidad se dio cuenta de que el sillón colocado al pie de la cama, en el lado izquierdo, daba una espléndida vista de Barcelona y más allá.

Moviéndose como un gato acechando, regresó a su dormitorio y se sentó en el cómodo sofá. Amaba esa casa. La primera vez la vio durante el día, pero cuando regresó por la noche estaba literalmente enamorado de ella. Las luces ámbar de Barcelona, a través de los enormes ventanales, iluminaban el espléndido ático con sus reflejos dorados, creando tonalidades sugerentes y cálidas.

Y fue gracias a ese sillón, elegido por Taro para que fuera menos desordenado con su ropa, lo que obviamente no sucedio, que descubrió esa maravillosa perspectiva.

Relajando la cabeza, la apoyó en el costado del asiento y bebió a sorbos el té verde. Quería llenarse de esa sublime imagen que acababa de descubrir.

Detrás de la cabecera de la cama, el gran ventanal daba una Barcelona ocre y dormida, pero el espectáculo también ocurría en el interior, y lo ofrecía el desprevenido ocupante de la cama.

Taro yacía boca abajo, en el lado izquierdo de la cama, con la cabeza apoyada en la almohada blanca. Sus largas pestañas, apoyadas en los pómulos, junto con la piel sudorosa reflejaban el color ocre de las farolas, los mismos reflejos se veían también en el cabello castaño. El brazo izquierdo, colocado debajo de la almohada, ocultaba todo el lado derecho de su rostro, mostrando solo el perfil.

«Un perfil magnífico»

Estaba desnudo.

Apenas una esquina de la sábana cubría las nalgas esculpidas. Tsubasa desvió la mirada de sus pómulos a sus hombros, donde decenas de perlas de color ámbar brillaban a las luces de la ciudad.

Tragó con dificultad otro sorbo de té, mientras sus ojos acariciaban toda la espalda y bajaban por la columna hasta la cintura para encontrarse con la curva de las nalgas, ocultas por la esquina de la tela.

Resopló una sonrisa mientras agitaba el té en la taza cerca de sus labios.

Al instante decidió que quitaría la sábana tan pronto como terminara de beber.

Ahora quería disfrutar de la escena en paz, ya que sentía el sexo cada vez más forzado dentro de sus bóxers.

Las pupilas pasaban por los pliegues de la tela, encontrándose con la pierna izquierda un poco doblada, mientras que la derecha se extendía hasta que el pie casi llegaba al final de la cama. E incluso allí, la luz mágica de Barcelona logró encender las gotas de sudor.

Taro brillaba como un Dios, y amaba a ese Dios, ese Dios que enloqueció y trastornó su vida, que lo llevó a tomar muchas decisiones difíciles e injustas, en especial hacia sus hijos y ex esposa.

Recordó el breve tiempo en que todo sucedió.

Los primeros sueños que le hicieron descubrir un insomnio desconocido por él.

Los latidos del corazón durante el mundial.

La obligatoria confesión después del descubrimiento.

Y fue bueno que los descubrieran, porque de lo contrario todo esto no sería posible. Tsubasa nunca hubiera visto el espectáculo que ahora tenía frente a sus ojos. Nunca hubiera conocido el amor verdadero, el que te deja sin aliento cuando no tienes cerca a la persona adecuada, el que, como en ese preciso momento, le quitaba el sueño.

Esta vez, sin embargo, el sueño perdido podía recuperarse sin angustia alguna.

Bebió el último sorbo de té y dejó la taza en el suelo. Sonrió con la certeza de que su amante la encontraría enojado al día siguiente, pero después de todo conocía una buena forma de ser perdonado. Con solo pensarlo, el sexo se movió entre sus piernas.

Tsubasa se puso de pie y con un paso suave alcanzó a su amado. El pulgar y el índice agarraron la esquina de la tela, levantándola con suavidad. Aunque conocía a la perfección esas formas, estaba encantado.

―¿Es interesante lo que ves?

Aunque Taro solo susurró esa frase, el capitán dio un salto hacia atrás como si acabara de tocar las brasas.

Pero con rapidez acortó la distancia que puso entre ellos, pasando por encima de él y tirándose de espaldas a su lado de la cama. Taro luego giró su rostro para poder mirarlo.

―¿Entonces estabas despierto? ―preguntó Ozora volviéndose a su lado y mirándolo a los iris ambarinos llenos de los reflejos de Barcelona.

―Sí, estaba despierto.

―¿Cuánto tiempo?

―Apenas te levantaste para ir a la cocina.

―Eres un tramposo [LI1] ― respondió Tsubasa avergonzado, escondiendo su rostro en el hueco de su brazo levantado. Aunque Taro no podía verlo, Tsubasa sintió bien el calor que invadió a sus mejillas.

―Veamos, ¿Te parece justo mirarme mientras duermo? ―preguntó el número once con sarcasmo.

―¿Es posible que nunca pueda hacerte algo sin que me descubras? ―el capitán salió de su escondite improvisado, consternado.

Taro cambió de posición, acostándose de lado. Una mano debajo de la mejilla izquierda encajada contra la almohada y la otra apoyada en el pecho de su amado. Con el dedo índice dibujaba círculos imaginarios alrededor de sus pezones.

―Cuando te alejas lo siento; es más fuerte que yo. No puedo evitarlo, como cuando estamos en la cancha y ya sé lo que harás y cómo te moverás.

Ozora resopló, fingiendo aburrimiento.

―Me has superado. Es decir, lo que describes también lo siento en la cancha, pero no dentro de las paredes de la casa.

―Porque siempre estás concentrado solo en el balón, típico de ti.

―Pero eso no es cierto... ―minimizó el capitán.

―Y apuesto a que… ―dejó la frase colgando mientras se levantaba sobre su brazo izquierdo para poder verlo mejor, Tsubasa lo miró desconcertado esperando que continuara―, dejaste la taza en el suelo cerca del sillón; y ahora debes pagar las consecuencias.

Y fue solo cuestión de un momento antes de que Taro estuviera encima de él con todo su cuerpo y comenzara a lamer sus labios.

―Me encantan estas consecuencias ―le susurró el capitán al oído mientras sus manos al fin agarraban esas perfectas nalgas.


El timbre sonó con la clásica secuencia de reconocimiento. Daichi vendría a almorzar ese día, cada vez que Taro estaba en cada aparecía para tener una buena comida. Desde que estaba en Barcelona se acomodó sin inconvenientes, no solo en el dormitorio y con sus compañeros sino también en el bullicio de la ciudad metropolitana.

―Hola a todos. Hola, bro ―dijo levantando un brazo hacia su hermano y arrojando la bolsa a la esquina de la entrada.

―Hay un armario para eso... ― lo regañó Tsubasa, señalando la bolsa de entrenamiento tan pronto como llegó a la habitación.

Misaki, en la estufa, se volvió y lo miró con escepticismo.

―Bueno, ¿qué miras? Por una vez escucho tus consejos ―dijo Tsubasa, luego se acercó a Daichi y lo envolvió en un abrazo.

―Sabes que podría nevar en junio en Barcelona por lo que acabas de decir, ¿verdad? ―preguntó el número once con sarcasmo, volviendo la comida a la sartén.

Tsubasa se apartó de Daichi y lo miró en su totalidad, molesto alzando los ojos al cielo.

―No le hagas caso, se está quejando de mi desorden ...

El chico sonrió, rascándose la sien.

―También mamá dice que eres un desastre. No es que yo sea mejor, eh.

―Bueno, ¿cómo van estos entrenamientos? ¿El entrenador te dejará jugar la próxima vez?

Daichi se acercó a la mesa y tomó asiento, mientras Taro vertía la comida en los platos.

Empujó su silla hacia atrás, poniéndose cómodo y esperando a que los demás se unieran para comenzar la comida juntos.

―El entrenador dijo que para el partido amistoso del próximo fin de semana me pondría en el primer equipo. Así que, hermano mayor, jugaremos juntos, quizás.

Quizás eso le hizo sospechar por un momento, pero continuó con otro razonamiento:

―¿Quieres decir que tendré que lidiar con un niño a la edad de treinta y cuatro años?

―¿Tienes miedo de no saber cómo seguirme el ritmo? ―bromeó Daichi antes de morder el primer bocado.

―Espero no tener que amamantarte, en realidad.

―Por supuesto que tener a un chico de diecinueve años a tu lado no será fácil. A menudo subestimas las situaciones, Tsubasa, y no sería la primera vez ―le advirtió Misaki de buen humor mirándolo de reojo, recordando cuando trivializó su posible relación clandestina.

―No, pero gracias por el apoyo; ¿Qué pasa, estás celoso de que se pueda crear un nuevo Dueto?

―Como mucho ahora podemos hacer el Dueto Abuelo.

Daichi se echó a reír como loco, casi escupiendo el bocado.

―¿Pero de qué lado estás? ―cuestionó Tsubasa, frunciendo el ceño.

―No temas, bro, el entrenador dijo que en el próximo amistoso te dejará descansar.

―Bueno, vamos bien: ahora las decisiones se toman sin mí, y luego está esta moda del Bro ¿Qué significa eso?

―¿Ves que tengo razón al decir Dueto Abuelo? ―dijo Taro―. A estas alturas, si eres viejo, Tsubasa, ni siquiera conoces estos términos modernos.

Tsubasa arqueó aún más las cejas. Cuando su hermano estaba allí, Misaki parecía estar aliado con él. Esos dos hicieron una coalición.

―Y, por lo alto de su juventud, imagino que será informado.

Taro insinuó una sonrisa sarcástica antes de responder, aunque al principio se volvió hacia Daichi.

―Quizás no lo sepas pero es susceptible, y cuanto mayor se hace, aun peor.

―¿Quieres dejar de hablar como si yo no estuviera aquí?

Daichi seguía riéndose del espectáculo creado

―Está bien: bro significa hermano, hermano en inglés ―aclaró el número once.

―Vamos, bro, no fue tan difícil. Por cierto, como tengo que jugar, no podré cuidar a los gemelos como le prometí a Sanae. Y como tiene una que salir a una cita el próximo fin de semana los gemelos van a almorzar aquí.

―¿Cómo que salir? ―preguntó Tsubasa

―¿No te dijo que tiene una cita?

―¿Una cita? ―repitió, ampliando los ojos.

―Finalmente, ¿eh? ―respondió Daichi tomando otro trozo de comida y llevándoselo a la boca.

No podía creerlo, Sanae al fin volvió a vivir. Ella no le había dicho nada, tal vez estaba avergonzada de ello; en cambio, Tsubasa estaba realmente feliz con esa inesperada noticia.

Se prometió a sí mismo que en la siguiente llamada telefónica le haría saber que estaba realmente feliz por ella. En todos esos años nunca tocaron el tema. Sanae resultó ser un hueso duro de roer y no pudo seguir adelante con su vida íntima. Por un lado se sintió aliviado por esta cita, había visto cómo Azumi encontró paz y felicidad; tanto que, hace un año, volvió a ser madre de un hermoso niño.

Taro recuperó su relación con ella y, por el bien de Desirée, a menudo salían todos juntos. Él también participó en este tipo de familia extendida, apreciando la armonía y la complicidad que surgió. La pareja de Azumi, como abogado de Taro, obviamente sabía de su relación, pero por secreto profesional y por respeto a Misaki, mantuvo su confianza y cumplió los acuerdos.

La única que todavía no había reconstruido una vida era Sanae, y Tsubasa se había sentido muy arrepentido y habló a menudo de ello con Taro.

Misaki le explicó varias veces que el primer amor nunca se olvida, un poco como le había pasado a él. Había renunciado a su capitán, pero que al descubrir los sentimientos de Tsubasa perdió totalmente el control de la situación; lo suficiente como para tirar por la borda el matrimonio y la familia sin pensarlo dos veces.

―Buenas noticias, ¿y quién es si puedo saber?

―No lo conoces, no es de nuestro entorno.

―¿Dónde se conocieron?

―No lo creerás, pero Sanae tuvo una pelea con él por un taxi…

El Dueto Dorado se echó a reír al recordar el temperamento de la antigua manager.

―Sanae sacó a la Anego enterrada, supongo ...― adivinó Misaki con felicidad en sus ojos.

Una vez terminado el almuerzo, sentados juntos en el sofá vieron la repetición del último partido jugado por Taro. Al ver que los dos se la pasaban genial, Tsubasa decidió alejarse para llamar a Sanae y tranquilizarla durante el próximo fin de semana. Él se haría cargo de sus hijos para que ella pudiera acudir sin preocupaciones a esa cita.

Tomó su celular y se dirigió al dormitorio para no ser molestado por las exclamaciones. Después de tres timbres su ex esposa respondió.

Tsubasa, hola.

―Hola, ¿Cómo estás?

Todo bien, ¿tú?

―Igual, Daichi vino a almorzar hoy; ¿Sabes que el entrenador lo fichara el próximo fin de semana en el amistoso?

El segundo que tardó en responder le hizo darse cuenta de que su mente voló a la cita.

Estoy feliz por él, pero... ―la mujer no terminó la frase esperando quién sabe qué resolución. Pero la espera fue corta, Ozora de inmediato tomó el control para tranquilizarla. Quería hacerle sentir todo su apoyo.

―No te preocupes, me quedaré con los gemelos el próximo fin de semana; el entrenador ha decidido que tengo que descansar, soy viejo… ―bromeó tratando de aligerar la conversación.

Qué tonto, no eres viejo, digamos que a los diecinueve eras más ágil ―Sana se burló.

―¿Lo suyo es una coalición? Es lo mismo que dijo Taro.

Él te conoce bien, ¡qué se puede hacer!

―Sanae...

Dime.

―Daichi me habló de tu cita. Estoy muy feliz por ti.

Luego de un momento de silencio y un suspiro que se escuchó a través del celular, Sanae comenzó a hablar.

No fue fácil para mí, y lo sabes. Luego, cuando dejé de pensar en eso, de pensar en el futuro, sucedió algo extraño ...

―Tuviste una pelea con alguien; realmente extraño, ¡nunca lo haces!

―Deja de burlarte de mí, solo debía tomar un taxi y llamé primero: él quería robar mi taxi y no podía permitirlo.


Sanae nunca contaría los detalles, pero al repensar la escena recordó todo a la perfección como una vieja película a cámara lenta.

Con la mano levantada para llamar al taxi y ese hombre de traje y corbata junto a ella quien, poco después al ver venir el auto, levantó el brazo para llamar la atención del taxista.

El conductor se detuvo en la acera y en un principio Sanae pensó que el hombre quería abrirle la puerta en un gesto de galantería, cuando en cambio se dio cuenta de que quería robarle el taxi, gritó con toda la voz que tenía en la garganta amonestándole fuertemente.

Ni siquiera recordaba las frases exactas, solo sabía que el taxista se bajó y la invitó a calmarse. Luego les propuso a ambos subir y compartir los costos del viaje. El pasajero no deseado se salvó solo gracias a los rápidos reflejos del taxista.

No intercambiaron palabras en el auto. La primera en salir fue Sanae, cerrando la puerta, molesta; sin saber que al día siguiente encontraría un ramo de rosas con una nota de disculpa.

Estoy mortificado por mi mal comportamiento, tenía una cita de negocios obligatoria, solo espero poder compensarlo invitándote a cenar

Juan

Eso decía la tarjeta tan roja como rosas y un número de teléfono celular escrito en la parte de atrás.

Tienes toda la razón del mundo, Sanae. Espero que se haya disculpado.

―Sí, se disculpó y es gracias a esas disculpas nos conocimos.

El momento de silencio que presagiaba el final de la conversación también olía a un nuevo comienzo.

Sanae ...

―¿Sí?

Estoy muy feliz de que hayas vuelto a vivir, te mereces toda la felicidad que te negué. Te quiero y siempre te querré

―Yo también, Tsubasa, yo también…

El amor terminó, pero no el afecto, mientras avanzaba la vida.