¡Hola! Hace más de un año que no publicaba nada, ¡pero estoy de vuelta! En principio, esta historia iba a ser parte de "I'll always be with you", pero creo que va a ser demasiado larga para un one shot, así que iré publicando los capítulos poco a poco, al igual que las historias del otro fic. No va a ser un fic muy largo, pero aún no tengo claro cuántos capítulos serán.
Sin más, encantada de estar aquí de nuevo y espero que os guste :)
Let me hold you
El despertador sonó, por primera vez en mucho tiempo, a la hora que debía. Era extraño que hubiera movimiento en aquella casa tan temprano. Y no era porque en la familia fuesen perezosos – Emma, quizás, a veces, pecaba de ello –, sino porque los acontecimientos del último año lo habían cambiado todo.
En realidad, Emma llevaba despierta una hora. Una hora para mirar al techo, pensar, reflexionar, y sobre todo, echar de menos.
Era el primer día de clase del último curso. Suspiró mirándose al espejo. Se había vestido con lo primero que había encontrado, tenía ojeras y estaba sin peinar, pero no importaba. Al menos, por primera vez en todo el año, iba a llegar a tiempo.
Con su mochila al hombro, estaba decidida a salir ya de casa, cuando su hermano la paró:
- Hey Emma, te vas temprano. – dijo sorprendido, con una sonrisa burlona.
- Euh, sí, quiero empezar bien el curso, ya sabes. – se encogió de hombros.
- ¿Nada de meterte en problemas? – preguntó él.
- Nada de meterme en problemas. – repitió, sonriendo por primera vez. – Te lo prometo.
August no era su hermano de verdad. Es decir, lo era, ella lo consideraba así, pero no de sangre. David y Mary Margaret los habían adoptado años atrás, cuando Emma estaba a punto de cumplir los 11 y August ya tenía 14. Habían formado una bonita familia y se habían sentido queridos e integrados. No todo era perfecto, pero eran felices, muy felices. Hasta que David murió.
La muerte del sheriff del pueblo había dejado una marca de tristeza en todos los habitantes de Storybrooke, y para la familia fue un golpe terrible, pues había una sombra de tristeza en ellos desde entonces.
- Emma, no olvides tu desayuno. – dijo Mary Margaret, apareciendo tras la puerta de la cocina y alcanzándole una bolsita a la rubia. – Que tengas un buen día.
Emma cogió la bolsa sin mirar a su madre, se dio la vuelta y salió, perseguida por August.
- Ey, ey, ¿no crees que es hora de parar con esto? – suplicó, más que preguntar.
La rubia suspiró, miró unos segundos al cielo y luego lo miró a él.
- Ya lo sé August, sé que no es su culpa, y quiero decírselo, quiero disculparme por todo lo que le he dicho, por cómo me he comportado todo este tiempo, pero cada vez que la veo, veo a papá, y… - su voz se rompió a mitad de la frase, e intentó torpemente secarse las lágrimas.
August se acercó a ella y la abrazó. Aunque él no había reaccionado igual, la entendía, sobre todo porque ella había sido la más cercana con su padre. Para Emma, David lo había sido todo, habían estado muy unidos.
- Poco a poco, ¿vale? – Emma asintió. - Espero que pronto puedas volver a hablar con ella. También lo está pasando mal, y le vendría bastante bien el apoyo de su hija favorita, ¿eh? – bromeó.
- Ah, sabes muy bien que tú eres su favorito. – continuó la broma. – Igual que yo era la de papá.
- Siempre has sido una niña de papá, ¿verdad? – rió August, revolviéndole el pelo, antes de que Emma se escapase y se alejase, dispuesta a irse a clase.
Se despidió con la mano y se puso en marcha. Sí, su hermano le hacía más fáciles los días. Y si él no se marchase de nuevo a la universidad, todo sería mejor, pero no podía impedirle vivir su vida. Solo esperaba que ese año las cosas no se hicieran tan difíciles.
Era tarde. Lo suficientemente tarde como para que Regina Mills, conocida por ser guapa, inteligente, elegante y sobre todo, puntual, entrase en pánico. Su despertador no había sonado por algún motivo desconocido, pero no tenía tiempo para averiguarlo.
No podía llegar tarde, ni siquiera el primer día, pero tampoco podía ser menos de lo que se esperaba de ella. Y lo que se esperaba era que fuese perfecta, en todos los sentidos. Como había sido siempre. Ducha, secador, cepillo, maquillaje, ropa, algún que otro complemento, perfume y ya estaba lista. El desayuno era prescindible. Siempre lo era, a no ser que su padre estuviera en casa.
Miró su reloj para comprobar la hora. Aún le quedaban diez minutos, era todo un récord. Se miró en el espejo por quinta vez esa mañana, comprobando que todo estaba en orden. Su bolso estaba en su sitio, listo desde el día anterior.
Una vez más, todo estaba perfecto. No iba a fallar. Incluso podía permitirse mirar su móvil un momento.
67 mensajes de su grupo de amigas.
8 mensajes de Kathryn, su mejor amiga, que se había ido de intercambio.
12 mensajes de Robin.
1 mensaje de su padre dándole los buenos días y deseándole suerte en su primer día de clase.
2 llamadas de Robin.
8 notificaciones nuevas de Instagram.
No le importaba nada de eso realmente. Contestó a su padre y a Kathryn y bajó a la cocina a por algo de comer, deseando que le diera tiempo en algún cambio de clase. Su plan se torció al encontrarse a su madre.
- Mamá, pensaba que ya te habías ido al ayuntamiento. – dijo, extrañada de que estuviese todavía en casa.-
- Y debería estar ya si no fuera por el inútil de Sidney. – se quejó. – No sé por qué ese incompetente sigue trabajando para nosotros.
- ¿Qué ha pasado?
- ¿Qué no ha pasado? – preguntó Cora irónicamente. – El coche se ha averiado y no ha podido conseguir uno en sustitución todavía. He tenido que atrasar mis reuniones por su culpa.
- Voy a llegar tarde a clase… - susurró Regina para sí misma. No había manera de que llegase a tiempo.
Cora pareció haberla escuchado, porque la miró con desprecio y suspiró.
- No puedo tolerar que mi hija sea igual de inútil que las personas que trabajan para mí. – dijo para sí, pero lo suficientemente alto para que la morena la escuchara. – Vas a quedar mal delante de todos y solo es el primer día, ¿en qué lugar me deja eso?
- Tú también vas a llegar tarde – replicó Regina.
- ¡Vete! – gritó Cora. – Hablaremos esta noche, pero no quiero que te vuelvas a dirgir así a tu madre, ¿de acuerdo?
Regina no se atrevió a volver a mirarla, salió casi corriendo de su casa y se marchó a clase, deseando no retrasarse mucho. Quizá, si pensaba lo suficiente en sus estudios, sus ojos dejarían de quemar con las lágrimas que amenazaban con salir, como casi cada día.
Nada había cambiado. Seguía siendo el mismo instituto, con sus mismos pasillos y sus mismas clases. Sin embargo, Emma lo estaba viendo con otros ojos, como si no lo conociese. Para ella, ese lugar ahora era – casi – extraño.
Al final, no había llegado con tanto tiempo de margen, ya que se había entretenido por el camino, encerrada en sus propios pensamientos. Quedaban pocos minutos para que sonase el timbre y los pasillos estaban prácticamente vacíos.
Entró en su clase y se sentó en el único pupitre que estaba libre, al principio de la clase. Asumía que no tendría compañero este año. Nadie querría sentarse con ella. La chica a la que se le había muerto el padre, la chica conflictiva. Emma Swan. Había pasado de ser una buena estudiante – quizás un poco revoltosa, pero buena – y una chica amigable a ser todo lo contrario. Era curioso cómo un suceso podía cambiarlo todo.
Analizó su alrededor. Gente conocida con la que no había hablado mucho, probablemente había intercambiado algunas palabras durante cursos anteriores y en las fiestas del pueblo; Killian, con quien había tenido algún conflicto; Úrsula y Mal, sin el tercer miembro de su espantosa banda; y finalmente, dos de sus antiguas amigas, Bella y Elsa.
Emma fingió no haberlas visto, le daba vergüenza mirarlas después de haberlas apartado como lo hizo. Cuando su padre murió, apartó a todo el mundo de su alrededor. En el fondo, las culpaba a ellas también. Nunca intentaron quedarse, se alejaron, como ella quería. Pero en el fondo, ella no había querido quedarse sola, solo estaba pasando un mal momento y no sabía gestionar su dolor. Ruby era la única que le quedaba. Ruby nunca la abandonaría, pues era tan cabezota como ella. Por algo era su mejor amiga. No podía esperar a que llegase el descanso para volver a verla.
El timbre sonó y el profesor, Archie, entró por la puerta con una sonrisa. Historia a primera hora. Prefería morirse. Pero había aceptado su destino, intentar no dormirse en primera fila era un reto – no muy interesante, pero un reto al fin y al cabo – y aburrirse durante todo el curso, hasta que ocurrió lo que menos esperaba.
Oh no.
Oh no.
Oh no.
No había sido tan catastrófico como había pensado. Sí, le había dado vueltas a las palabras de su madre durante todo el trayecto. Sí, había deseado cada segundo poder teletransportarse. Y sí, se había preocupado más de lo que debía por haber llegado 3 minutos tarde. No era gran cosa, pero en el mundo de Regina sí.
Su primera clase, historia. No era su favorita, pero tampoco le disgustaba. A veces era interesante y, aunque Archie podía ser repetitivo, recordaba lo estudiado con facilidad.
Dos toques a la puerta y su profesor le permitió entrar.
- Siento haber llegado tarde. – se excusó. – He tenido un contratiempo.
- No te preocupes Regina, nunca llegas tarde. Siempre ha de haber una primera vez. – respondió Archie, amablemente.
Regina recorrió la clase con su mirada, buscando un sitio libre. Lo primero que vio fue a Mal y Úrsula, ambas mirándola y susurrándose cosas, acompañadas de unas risitas burlonas. Fue entonces cuando supo que no le esperaba nada bueno.
Entonces la vio.
Oh, no.
El único sitio libre era al lado de Emma Swan.
Emma Swan.
La conflictiva.
Iba a tener problemas.
Después de unos segundos, se dirigió lentamente a su sitio, se sentó y sacó sus cosas, todo en silencio. No sabía cómo reaccionar ante Emma Swan. Sabía por lo que había pasado, pero también sabía todas aquellas cosas que había hecho el año anterior, en los problemas que se había metido.
Tras unos 20 minutos de explicación por parte de Archie sobre cómo iba a ser la asignatura ese año, este pidió a sus alumnos que se dieran 10 minutos para conocer o hablar con su compañero, en lo que sacaba unas fotocopias. Regina respiró hondo. ¿Qué le iba a decir a la chica conflictiva?
No tuvo que pensar mucho, porque la rubia se le adelantó:
- Regina Mills, ¿verdad? – preguntó.
Regina asintió y sonrió, decidiendo empezar bien el curso y ser amable.
- ¿Emma Swan? – respondió, reconociéndola.
- La misma. Supongo que me he hecho un nombre en el pueblo. – bromeó. "Por favor, que no diga nada sobre mi padre", deseó Emma con fuerza. Si lo hacía, no sabía cómo podía reaccionar.
- Le rompiste la nariz a Killian. – dijo Regina, sorprendiendo a la rubia, como si no se acordase.
- Intentó besarme a la fuerza. – se excusó Emma. – Se lo merecía.
Sin saber por qué, Regina asintió, dándole la razón. La verdad es que tenía hambre y estaba despistada. No había podido conseguir nada esa mañana.
- Y dime, ¿cómo es que doña perfecta ha llegado tarde el primer día? – preguntó Emma. No lo hizo con mala intención, solo quería bromear con ella.
La morena se sintió profundamente ofendida, Emma no la conocía de nada ni tenían la confianza suficiente para decirle aquello. Además, ella no era perfecta.
- Escucha Emma… - empezó, pero no pudo continuar su respuesta porque su estómago rugió demasiado fuerte.
Regina se hundió en su silla, sonrojada, muerta de vergüenza. Deseaba que la tierra se la tragase. Emma rió, pero poco después se agachó y la vio sacar una bolsita.
- Mi madre me preparó el desayuno esta mañana. Yo no tengo hambre, así que te lo puedes quedar. – dijo, ofreciéndole la pequeña bolsa marrón. – Hay una manzana, he oído que te gustan.
La morena asintió en forma de agradecimiento. No pudo decir nada más.
Los brazos de Ruby la estaban apretando tan fuerte que pensaba que iba a asfixiarla, pero la verdad es que ella también la había echado de menos.
- ¡Emma! ¡Por fin! Veo que estás mejor, me alegro mucho. – dijo tras el abrazo, rápidamente cambiando de tema para no incomodar a su amiga.
- Sí, ha sido largo el verano, ¿eh? – la rubia suspiró.
- Ojalá… - se quejó Ruby. – Así no tendría que estar escuchando al Señor Gold dos horas seguidas.
Emma rió cuando su mejor amiga puso cara de aburrimiento e imitó las caras que ponía durante sus clases.
- Pero cuéntame… - continuó la morena, en tono juguetón. – Me he enterado de que Regina Mills está en tu clase.
La rubia soltó una risita nerviosa. Ruby siempre lo había sabido.
- Ehhh, sí. No había más sitios libres y se ha sentado al lado mío. – explicó, intentando hacerse la desentendida.
- ¡Eso es genial! – casi gritó. – El primer día de curso y tu crush se sienta contigo. – continuó, riéndose.
- Ruby, cállate, creo que ya se enteraron todos. – se quejó Emma.
- Oh, Emma, todo el mundo debería saberlo. Llevas coladita por Regina desde sexto de primaria.
Emma rodó los ojos. Su amiga era imposible. Pero tenía razón. El primer año de la rubia en Storybrooke le había tocado en clase con Regina, también. Era la única vez, pero había servido para no olvidarse de ella.
A pesar de haberla llamado Doña Perfecta, Emma había resultado ser agradable. Regina estaba sorprendida, no por el hecho de que lo fuera, sino porque tenía una imagen de ella completamente distinta. Quizás se había equivocado al juzgarla tan pronto.
Una vez más, les había tocado sentarse juntas, pero para ella ya no era un problema. A lo mejor, Emma podía ser una buena compañera.
- Euh…Regina. – susurró Emma, pocos minutos después de que empezara la clase.
Regina la miró sin decir nada, pues no quería hacer más ruido, pero quería demostrarle que tenía su atención.
- Siento haberte llamado "Doña Perfecta", solo estaba bromeando. – explicó, encogiéndose de hombros.
La morena sonrió y asintió. Apreciaba el esfuerzo de Emma. Sí, cada vez estaba más segura de que más que un problema, podía ser una buena compañera, una ayuda. Quizás, en el mejor de los casos, una amiga.
- Pensaba que ahora querrías quitarme el puesto. – bromeó. – Algo difícil para ti, ¿no, Swan?
- Hey, me estoy reformando. – se quejó Emma.
La clase transcurrió sin mayor problema, era la última del día y, aunque la hora de salida tardó en llegar, la jornada concluyó con ambas de mejor humor.
Antes de salir de la clase y despedirse, Emma llamó la atención de Regina.
- Es verdad. – dijo con una pequeña sonrisa y encogiéndose de hombros de nuevo. – Me estoy reformando.
La morena la miró de arriba abajo.
- Bueno, entonces podrías empezar por ponerte el uniforme. – respondió, intentando ocultar una pequeña sonrisa.
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