Hola! Sé que esta vez he vuelto a tardar, pero bueno, como ya sabéis, dicen que lo bueno se hace esperar, y yo espero estar a la altura con este capítulo. Una vez más, muchísimas gracias por dejar review y leer la historia, me alegra mucho que os esté gustando. Nos vamos a olvidar de Robin por el momento y centrar en Emma y Regina, que son lo importante. Espero que os guste :)
5
Emma acababa de marcharse cuando Regina escuchó a su padre entrar a la cocina. Ella estaba con la cabeza prácticamente metida en la nevera, indecisa sobre qué hacerse para cenar. No quería nada que fuese pesado, pero a la vez tenía hambre.
- Hola, Regina, ¿qué haces dentro de la nevera? – bromeó Henry, al verla.
La morena se sobresaltó, pero enseguida sonrió y dejó todo lo que estaba haciendo para ir a abrazar al hombre, riendo. Su padre siempre la ponía de buen humor. Y si su madre no estaba en casa, todavía más. Se podía respirar tranquilidad.
- No estaba dentro de la nevera. – respondió, rodando los ojos. – Buscaba algo para cenar.
- ¿Algo como esto? – preguntó él, alzando la bolsa que llevaba en la mano derecha. - ¿Lasaña?
- ¡Eres el mejor!
Padre e hija se sentaron uno frente al otro en el comedor, delante de cada uno un gran plato de deliciosa lasaña, el plato favorito de ambos.
- ¿Era Emma a la que he visto irse? – preguntó él, distraído. La verdad es que le había llamado la atención verla allí.
- Sí, papi. Es mi compañera de clase. – explicó Regina. – Archie nos ha mandado un proyecto y hemos decidido hacerlo juntas. – se encogió de hombros, fingiendo desinterés, aunque enseguida supo que a su padre no lo podía engañar.
- Oh. Entonces, ¿supongo que está mejor? – dijo, esta vez más interesado en la rubia.
- Algo, sí. – respondió la morena. – Se está esforzando y últimamente no se ha metido en problemas. – dijo, orgullosa.
- Ah, sí. Todavía me acuerdo de la nariz de aquel chaval. – rió Henry. – No tenía buena pinta.
- Killian está bien, y parece no guardarle rencor por eso. – Regina jugó con su comida, pensativa. – No es malo que me esté juntando con Emma, ¿verdad?
El hombre la miró extrañado, pero en un momento supo qué estaba pasando por la mente de la chica. Definitivamente, la había educado bien, a pesar de Cora. Regina era una joven de buen corazón, pero era una lástima que su madre intentara llevarla por otro camino.
- Claro que no, cariño. ¿Lo dices por tu madre? No te dejes llevar por lo que ella opine. Emma es una buena chica, ¿no es así?
- Sí… - respondió la morena en un susurro. – Emma me cae bien, a pesar de todo lo que ha pasado con ella.
- Está pasando por un momento difícil, Regina, y no todos expresamos el dolor de la misma manera. – argumentó Henry. – En su caso, ella lo canalizó a través de la rabia, por eso se metió en tantos problemas. Después de todo, David era su padre.
Regina asintió, pensando en los prejuicios que había tenido sobre Emma y la impresión que le dio el primer día de clase. En poco más de un mes, todo eso había cambiado.
- La gente todavía piensa que es conflictiva. – dijo con pena.
- Porque ha creado esa imagen. – respondió él, intentando hacer a su hija entender. – El cambio debe ser gradual. ¿O acaso no la juzgaste tú antes de conocerla?
Se quedó unos segundos pensando, antes de darle la razón a su padre, pues no tenía más remedio.
- Tienes razón. – aceptó. – Papi, ¿qué crees que puedo hacer para ayudarla?
- Haz lo que has hecho hasta ahora. Sé su amiga. Apóyala, y sobre todo, no la abandones.
La morena recibió el consejo agradecida y decidió ponerlo en práctica. Las últimas semanas la había abandonado y no se había sentido bien, pero no pudo evitarlo. Sentía tanta rabia al pensar en su grupo de amigas que pensaba que iba a volverse loca.
Una vez en su cuarto, y por primera vez con un largo rato libre para ella sola, decidió llamar a Kathryn, con la que no hablaba desde hacía semanas. Concretamente, desde que las chicas la habían secuestrado e inventado miles de planes para mantenerla ocupada. Y ella echaba de menos a su mejor amiga.
- ¡Regina! – la voz de Kat sonaba emocionada. – Hace casi un mes que no sé de ti.
- Lo sé, lo sé. Estuve ocupada. Bueno, más bien, me mantuvieron ocupada. – se quejó. – Y por fin tengo un rato libre.
- ¿Y eso? – preguntó la rubia, juguetona. - ¿Algún ligue nuevo por el que reemplazar al idiota?
Regina rió. Definitivamente, aquella charla la necesitaba, y no supo cuánto hasta que escuchó su voz de nuevo.
- No, para nada. – respondió, dando paso de la risa a un suspiro cansado. – Las chicas me han mantenido entretenida estas semanas. Ya sabes, estudiando, de compras, haciéndole la pelota a mi madre. – rodó los ojos. – No sé cómo tú le caes bien, creo que es un milagro.
- Ah, porque yo sé fingir muy bien, querida Regina. – dijo Kat, exagerando el tono de su voz. – Qué asco me dan las tres. No las soporto. Es una pena que no puedas deshacerte de ellas. Y más no poder estar allí para reírnos de sus tonterías.
- ¿Verdad? – se quejó la morena. – Por eso y muchas cosas más te echo de menos, Kat. Odio que estés tan lejos.
- Y yo… - concordó la rubia. – Lo bueno es que a finales de curso volveré, iremos a la universidad y todo será maravilloso. – hizo una pausa – Además, quizás, puede que haya conocido a un chico.
- Vaya, ¡eso es genial! – dijo Regina, emocionada. – Estás tardando en contármelo.
Regina y Kathryn pasaron casi una hora hablando del casi-novio de la rubia, de clases, de sus nuevos compañeros, y también criticando un poco a sus otras amigas. Era divertido tenerla, y también horrible estar separadas.
- Pero oye… - interrumpió Kathryn, cayendo en algo que no había pensado hasta ese momento. – Normalmente las chicas te dejan bastante de lado si no es porque les interesa, ¿por qué ese acoso?
- No lo sé. Todo empezó porque en clase tengo que hacer un proyecto con Emma, y últimamente nos hemos llevado bien, así que…
- Espera, espera, ¿QUÉ? – su a miga se llevó las manos a la cabeza, aunque no la estaba viendo sabía que lo haría, de todas formas. - ¿Estamos hablando de Emma Swan?
- Sí.
- ¿La misma Emma Swan que…?
- Sí, la misma que le rompió la nariz a Killian, la misma que se metió en peleas casi todas las semanas el curso pasado, la misma Emma conflictiva. – la cortó Regina. – Ahora no es así. Ella…se está reformando. – repitió las palabras que le había dicho la rubia el primer día.
La línea quedó en silencio unos segundos, que a la morena se le hicieron eternos. Estuvo a punto de comprobar si la llamada se había cortado cuando Kat volvió a hablar.
- Sabes que está enamorada de ti, ¿verdad? – dijo, como si fuera algo obvio.
- ¿Emma? No, no está enamorada de mí. – rió Regina. – Emma y yo solo somos amigas.
- Eso no quiere decir que no le gustes.
- Deja de decir tonterías, Kat. – se estaba poniendo algo tensa. – Escucha, ella no está enamorada de mí. Es una buena persona, y de verdad lo está intentando.
- Ok, ok, te creo. – aceptó Kathryn. – Me alegro de que hayas encontrado a alguien que no sean esas víboras. De verdad. – dijo, sincera. – Pero algún día me darás la razón. – finalizó con una risita.
Las palabras de Kathryn no habían parado de resonar en la cabeza de Regina durante toda la semana. Sabía que no debía darle más vueltas aquello, es más, lo tenía claro, pero… ¿y si su amiga tenía algo de razón?
Emma no se había comportado de manera diferente con ella, en ningún momento. Incluso se había fijado en cómo interactuaba con Ruby, y no encontraba diferencias, más allá de las que otorga la confianza de una amistad más o menos duradera.
Tenía que dejar de darle importancia a aquello. Ella sólo había conocido a Emma en un momento vulnerable, no había sido hostil o la había rechazado y gracias a las clases habían descubierto que se caían bien. No había nada más allá. Sí, Kathryn estaba completamente equivocada.
- Ey, Regina. Te has pasado toda la clase despistada. ¿Estás bien?
La voz de Emma la sacó de su trance. Era verdad, no había prestado nada de atención en la clase de historia.
- Ah, sí. – dijo a modo de disculpa, distraída. – Anoche me acosté tarde estudiando para el examen de mañana. – bostezó – y ahora tengo mucho sueño.
La rubia rió al ver su expresión, aburrida y somnolienta.
- Estaba pensando que quizá mañana podemos aprovechar, ahora que no hay más exámenes hasta dentro de dos semanas, para ir a la comisaría.
- ¿Estás segura? ¿Quieres ir? – preguntó la morena, algo preocupada.
- Sí. – se encogió de hombros. – Supongo que ya es hora de que lo haga. También he preparado algunas cosas.
- Perfecto. – Regina sonrió. Aquello sí que era un cambio. – Entonces mañana, después de comer, ¿vale?
Emma asintió y se despidió de ella para marcharse con Ruby, o eso suponía. Lo hacían todos los recreos. Ella, en cambio, se levantó y se marchó a la biblioteca, sola.
No es que sus amigas la hubiesen dejado en paz, al menos no del todo. Sí que se habían olvidado un poco de ella, pero la habían hecho salir el fin de semana para hablar de temas banales y seguir atormentándola con Robin. Y también habían ido un día a su casa para estudiar. Y no habían estudiado nada, por eso se había quedado hasta tarde.
En resumen: odiaba su vida.
Emma y Ruby estaban en la cafetería y, como siempre, la morena narraba las mil aventuras que vivía en clase, sobre todo cómo trataba de sobrevivir al aburrimiento y a los interminables trabajos de sus profesores.
- Te lo juro Ems, no puedo esperar para tener vacaciones o al menos algún día de fiesta. – se quejó Ruby.
- Anda, no seas quejica. – rió la rubia, al ver la expresión de su amiga.
- Ya, como tú tienes cierta compañía no te quejas, ¿no? – sugirió, pícara.
Las dos rieron y pronto Ruby cambió un poco su expresión. Emma ya sabía de qué iba a hablarle.
- Por cierto…ya sé que no estás de humor para esto, pero vamos, es tu cumpleaños la próxima semana, ¿no hay algo que quieras hacer?
Emma suspiró y miró al techo unos segundos. Era verdad, no estaba para nada animada.
- Yo…no lo sé, supongo que me conformo con que estés conmigo ese día. – confesó, con una sonrisa triste.
- ¿Quizás una tarde-noche de pizzas y películas malas? Podría venir Regina también, la otra vez se lo pasó bien.
- Me parece bien el plan, pero no creo que Regina venga…aunque no importa, contigo me vale.
Al día siguiente, Emma y Regina se encontraron frente a la comisaría a las 4 en punto. La rubia había llegado antes, pues los nervios y las ganas de estar fuera de su casa la habían hecho deambular por la ciudad durante un largo rato. Había paseado por las calles lentamente, admirando cada detalle de Storybrooke como nunca antes. Pasar por delante de algunas tiendas o puntos en concreto le seguía encogiendo el corazón. Era difícil que no lo hiciera, si en cada lugar tenía un recuerdo con su padre.
Eran días como esos en los que notaba más su falta. Cuando él no estaba en turno, solían ir a pasear, a comer hamburguesas a escondidas de su madre, a luchar con palos de madera o a hacer cualquier cosa. Y si no, él siempre podía inventarse una historia de la nada, cualquiera, sobre casi cualquier sitio de la ciudad. Nunca se quedaba sin ideas.
Emma salió de su trance en cuanto vio a Regina a lo lejos, caminando a paso rápido para llegar a su encuentro.
- Hola. – saludó, sonriente. – ¿He llegado tarde? – preguntó, comprobando su reloj de pulsera.
- No, yo he llegado antes. – la tranquilizó la rubia. – Estaba dando un paseo por la ciudad y, bueno, cuando me he dado cuenta ya estaba aquí.
- ¿Entramos?
Regina lo había preguntado con cautela, teniendo en cuenta que aquel sitio era donde tantos años había trabajado David, y probablemente a Emma la invadiera la tristeza en cuanto estuvieran dentro.
Su nueva amiga recorría el lugar con naturalidad, como si fuese allí todos los días, como si conociera cada esquina. Tal vez era porque realmente las conocía. Por el momento, su expresión no había cambiado. Está siendo muy valiente, pensó. Deseaba de todo corazón no tardar mucho, y que su corazón sobreviviera a aquello.
Nada más llegar a las oficinas, las recibió el nuevo sheriff, Graham.
- ¡Emma! – saludó, alegre. – Es una sorpresa verte por aquí.
- Hola, Graham. – respondió la rubia, contenta, chocando su mano. – Sí, hacía mucho tiempo que no venía…
- Y dime, habéis venido a investigar para vuestro trabajo, ¿verdad? – dijo, mirando a Regina, pues ella era quien le había avisado.
- Sí.
La morena y el sheriff intercambiaban algunas palabras, y en lo que Regina explicaba con más detenimiento en qué consistía el proyecto, Emma se perdió en un punto concreto, situado casi al final del pasillo, dejando de escuchar las voces a su alrededor.
- ¿Emma? – la voz de Graham trató de despertarla, viéndola algo afectada, y sabiendo exactamente por qué. - ¿Quieres ir? Nadie…nadie ha tocado nada del despacho, solo han entrado a limpiarlo. Sigue tal cual se quedó…como tú pediste.
La palabra pedir había sido un eufemismo. Poco después de la muerte de David, Emma había ido a la comisaría, con un solo objetivo. Frenar a su madre y a todo el mundo que quisiera vaciar ese despacho. Gritó, lloró, pataleó, rompió cosas e incluso uno de sus puñetazos alcanzó la barriga de Graham. Entonces, decidieron dejar las cosas tal cual estaban, y la oficina quedó como recuerdo.
- Me gustaría entrar, sí. – miró a Regina, no sin un poco de culpa. – ¿Te importa si le haces tú las preguntas a Graham mientras yo…?
No necesitó terminar. La morena asintió, entendiendo que necesitaba un momento a solas.
Graham la acompañó al despacho, lo abrió y dejo vía libre a Emma, que entró lentamente, como si fuera la primera vez que veía aquella habitación.
- ¿Vas a estar bien?
- Sí. – aseguró la rubia. – Gracias.
- Entonces, te dejo sola. Tómate el tiempo que necesites. – respondió, y antes de irse se volvió a girar hacia ella. – Ah, y dile a tu hermano cuando lo veas que la próxima vez no le voy a cubrir.
Emma asintió, sin hacerle mucho caso, pero dejando ese pensamiento para luego. Recorrió con la mirada todas las paredes, los muebles, los archivos, y luego acarició la mesa con la mano izquierda, antes de sentarse en la silla que una vez ocupó su padre.
El despacho de su padre. Ese sitio en el que había pasado más horas de las que podía contar, y en el que siempre se había sentido cómoda. Estaba decorado con varias fotos de la familia, de él con Mary Margaret, de todos juntos, y una muy especial de los dos. Ella y él. Ella, con su padre. Esa era su foto favorita. Porque fue del día que finalmente aceptó que no la abandonarían esta vez no. Que había encontrado por fin una familia.
Sonrió levemente al ver las puntas de los bolígrafos ligeramente mordidas, gesto que hacía mucho cuando estaba nervioso. También varias hojas con garabatos que parecían no tener forma ni sentido. Aquellos eran los detalles que no quería perder. Esas pequeñas cosas hacían que no se fuera del todo, que aún diera la sensación de que seguía allí, y que volvería en cualquier momento para recogerla e ir a Granny's a por una riquísima cena.
Antes de darse cuenta, las lágrimas recorrían sus mejillas, pero no hizo ningún esfuerzo por secárselas. Simplemente se quedó allí, en aquella silla, durante un largo rato. Cuando Regina fue a por ella, seguía en la misma posición.
- ¿Estás bien? Ya he terminado de hablar con Graham.
Emma asintió, pero sin mirarla.
- ¿Quieres que nos vayamos ya o…?
Esta vez, la rubia negó.
Sin una pregunta más, Regina volvió mentalmente a la conversación que había tenido con su padre, y recordó su consejo. Entonces, decidió que no podía dejarla sola. No allí, y definitivamente no en ese estado, así que, segundos después, había conseguido una silla y se quedó ahí, sentada a su lado, en silencio. En un gesto casi involuntario, entrelazó sus manos y se apoyó en su hombro.
No supo cuánto tiempo habían pasado allí, pero juraba haberse quedado dormida en el hombro de Emma. Creyendo que aún seguirían otro rato más, fue sorprendida por la voz de Emma, que casi susurraba una confesión.
- Es el primer cumpleaños que voy a pasar sin él.
¿Y bien?
