¡Hola! Perdón por la tardanza de nuevo, pero entre las fiestas y demás obligaciones apenas he tenido ratitos para escribir. Pero bueno, aquí está el capítulo nuevo, espero que os guste. Muchas gracias como siempre por el apoyo y las reviews que ponéis. Me alegro mucho de que os esté gustando el rumbo de esta historia.
7
Emma entró en la biblioteca por primera vez en todo el curso. No es que lo hubiese hecho mucho anteriormente, más que para castigos puntuales cuando no estaba disponible el aula de siempre. Ese día, en cambio, estaba ahí por su propio pie. Ruby no había ido a clase, así que por alguna razón desconocida, decidió ser responsable y empezar a repasar para sus recuperaciones.
El lugar estaba casi desierto. No mucha gente visitaba aquel sitio durante el recreo, por lo que le resultó fácil reconocer la figura de una chica, apoyada completamente en una mesa, como si estuviese durmiendo. Parecía Regina. Se acercó sin hacer ruido y comprobó que, efectivamente, era su amiga.
- ¿Regina? – preguntó en un susurro.
La morena se incorporó despacio y la miró. Tenía mala cara. Parecía cansada, tenía ojeras y estaba pálida. No es que Emma no se hubiera dado cuenta antes, durante las clases, pero no habían interactuado mucho y esa misma mañana tenía mejor aspecto.
- ¿Estás bien? Estás pálida… - dijo, en busca de más información. ¿Qué le habría pasado?
- Eh… sí. – respondió Regina. – Bueno, no. No me encuentro muy bien. – confesó.
- Ven, vamos, te acompaño a la enfermería.
La rubia tendió su mano a la otra chica para ayudarla a levantarse, pero ella la rechazó.
- No, no estoy tan mal como para ir a enfermería. Quiero quedarme aquí.
- Pero…
Antes de que pudieran seguir hablando, la bibliotecaria les lanzó una mirada de advertencia y las mandó a callar.
- Ok, al menos acompáñame. Vamos a otro lado de la biblioteca.
Esta vez Regina no opuso resistencia y se dejó guiar por su compañera. Emma la condujo a la zona más alejada de la biblioteca, esa que estaba reservada para los chicos malos. Y estaba ocupada.
- Hey, fuera. – advirtió Emma, haciendo un gesto con la mano. – ¿Qué os creéis? Los de tercero no podéis estar aquí.
Los alumnos que estaban allí sentados la miraron asustados y en seguida se levantaron para irse, tropezando el uno con el otro. La rubia soltó una risita.
- Veo que tu fama te precede. – se burló Regina.
- Ah, sí. A veces es útil. Ahora siéntate, aquí podemos hablar tranquilamente.
La morena le hizo caso y prácticamente se dejó caer en la silla, volviendo a apoyar su cabeza y sus brazos sobre la mesa.
- En serio, no estás bien, ¿qué te pasa?
- Mmm… - se quejó – no he dormido mucho…ni comido – dijo en voz más baja – desde antes de ayer.
Emma supo que sería un error ir contra Regina o intentar echarle la bronca, porque se pondría a la defensiva. En cambio, hizo lo mismo que había hecho el primer día de clase. Se sentó, abrió su mochila y sacó una bolsa marrón. Su comida. Lo que la morena no sabía – ni sabría nunca – era que, desde entonces, se aseguraba de que siempre hubiera una manzana en su bolsita.
- Come. – ordenó. – Si no comes nada, vas a desmayarte, y no creo que te apetezca.
Regina solo asintió. Abrió la bolsa y se encontró una botella de agua, un sándwich, una chocolatina y, por supuesto, una manzana. Sonrió imperceptiblemente ante aquel detalle.
- En la biblioteca no puedo comer. – se quejó, aunque sin fuerza.
- Aquí sí.
Sin una palabra más, empezó a comer lentamente. Emma solo la observaba, agradecida de que le hubiera hecho caso.
- Aunque no te lo comas todo, te la puedes quedar. Nunca se sabe cuándo vas a necesitar comida de emergencia. – dijo, sonriendo. - ¿Te sientes mejor?
- Un poco sí. Gracias.
Tras un pequeño silencio mientras Regina terminaba de comer, en el que parecía estar perdida en sus pensamientos, finalmente decidió dar voz a sus dudas:
- Emma, ¿crees que he engordado?
La rubia la miró, perpleja. No entendía nada de lo que estaba ocurriendo. No sabía por qué motivo su compañera le preguntaría algo así.
- ¿Euh? ¿No? No recuerdo ningún momento en el que tú hayas estado gorda, Regina. – respondió. – Ni un poco. ¿Por qué lo preguntas?
- Mi madre…
Entonces Emma lo entendió todo. Pero, ¿cómo era posible? Ella no sabría qué hacer si su madre le crease ese tipo de inseguridades. Es verdad que para ella el físico nunca había sido lo más importante, pero entendía que para una persona como Regina sí.
- Lo siento Regina, no quería causarte problemas con ella. Es por lo del otro día, ¿no?
- No es tu culpa. – se apresuró a aclarar la morena. – Ella es…complicada.
- Ya veo. Si pudiese hacer algo…
Regina tomó repentinamente las manos de la rubia con las suyas, y la miró fijamente.
- Ya lo haces.
Emma miró sus manos unidas y no supo qué decir, automáticamente nerviosa. Entonces, la morena retomó la conversación.
- ¿No ha venido Ruby hoy?
- Ah, se ha escaqueado haciéndose la enferma. Tenía examen hoy con Gold y no había estudiado.
Regina rió.
- ¿Qué haces en la biblioteca? ¿Venías a estudiar? – preguntó, sorprendida.
- Eh, te dije que estaba poniéndome en serio, y lo estoy cumpliendo, más o menos. Vine a estudiar para mis recuperaciones. No son hasta febrero, pero no quiero dejarlo para el último día, necesito aprobarlas de verdad.
La rubia vio a su amiga llevarse las manos a la cabeza, culpándose por haber olvidado aquello.
- Ah…lo siento muchísimo Emma, con todo lo que ha pasado me he despistado del todo. Había prometido ayudarte.
- No pasa nada si no lo haces. – respondió ella, quitándole importancia. – Tienes otras cosas que hacer.
- No, no. Lo he prometido y lo voy a cumplir. Podemos quedar algunas tardes y venir aquí a seguir con el proyecto y también a estudiar.
- De acuerdo. ¿No te traerá problemas?
- No, puedes estar tranquila.
Regina llevaba ya una hora sentada frente a su escritorio, con los apuntes delante. Había ordenado los libros y las hojas al menos cuatro veces, a pesar de haber estado organizadas desde el principio. No podía concentrarse, por mucho esfuerzo que pusiera.
Una ligera distracción, quizá, no sería mayor problema, ya que antes de quitarse el asunto que no la dejaba en paz de encima no conseguiría nada.
- ¿Diga? – contestó su hermana, una vez respondió al teléfono, después de tres toques.
- Zel, necesito tu ayuda.
- Cuéntame. – respondió la pelirroja, más interesada que nunca en lo que Regina le tenía que contar. – No tendrá que ver con tu novia Emma, ¿no?
- Emma no es mi novia. – se quejó. – Pero sí, tiene que ver con ella. ¿Me vas a ayudar?
- Será todo un placer. ¿Qué necesitas? No puedo aconsejarte cómo conquistarla, te aviso desde ya.
- ¡Zelena! – la reprendió Regina. – Emma y yo somos amigas, nada más. Y ninguna de las dos quiere nada más.
- ¿Estás segura?
- Que sí.
- De acuerdo, ¿qué quieres entonces?
- El viernes es su cumpleaños, Ruby me ha pedido que vaya y quiero ir, pero mamá… - la morena le empezó a explicar todo lo que había pasado con su madre y el miedo que tenía de que la pillara.
Zelena escuchó atentamente todo lo que su hermana le contó, intercalando alguna broma sobre su relación con Emma y quejas sobre su madre. Sabía que Regina no se enfadaba de verdad con aquellas cosas, aunque se fingiera que sí. Por otra parte, ella era su principal apoyo en contra de su madre, o a favor de su libertad, según como se viera.
- Mi consejo, Regina, es que trates de fingir lo menos posible. Haz como si fuera un día normal e hicieras cosas normales, lo que suelas hacer. Habla con papá, él te puede ayudar.
- Pero…yo normalmente no saldría un viernes por la tarde si no es con mis amigas. Y ellas hablarán con mamá.
- Ah, cómo es posible que sean tan… - no terminó la frase – tus oídos de princesa no deberían escuchar esto, Regina.
- No seas tonta. ¿Entonces?
- Habla con papá, di que te vas de tiendas, infórmate bien si mamá va a estar fuera de casa o no, y diviértete. Además… - hizo una pausa – No hagas caso a la amenaza de que te vaya a cambiar de clase. ¿Te acuerdas que a mí no me pudo hacer nada?
- Sí, pero no entiendo qué…
Zelena la interrumpió.
- El director aún me debe un favor. No te preocupes por nada.
A pesar de aquella conversación, Regina no se quedó más tranquila. No era seguro que ella pudiera pasear libremente por la ciudad después de la amenaza de su madre. Menos, para ir a casa de Swan.
Una vez centrada en el estudio, aunque con algún pensamiento diferente cruzando por su mente de vez en cuando, fue distraída por el sonido de una videollamada. Era Kat. Respondió al momento, hablar con su amiga siempre le subía los ánimos.
- ¡Hola, Kat! – saludó, contenta.
- ¡Regina! Te echo mucho de menos. – se quejó la rubia. – No puedo esperar para abrazarte de nuevo y salvarte del desastre.
Regina rió. Ella tampoco podía esperar.
- Bueno, me las arreglo por ahora. Quizá cuando vuelvas ya no te necesito.
- Ah, no. Una chica necesita siempre a su mejor amiga.
Y era verdad. Ella jamás podría prescindir de Kat.
- Bueno… - dijo, juguetona. – ¿Has confirmado ya que Emma está loquita por ti?
- ¿Me has llamado por eso? Eres horrible.
- Es un tema de vital importancia y tienes que mantenerme informada.
- No le gusto. Somos amigas. – explicó Regina, riendo. – Me trata igual que trata a Ruby.
- Pero igual…¿igual?
- Que sí, pesada.
- Ok, ok. Pero, ¿y tú? ¿Estás loquita por ella? – insinuó.
La morena se quedó pensativa por un momento. Era cierto que tanto su hermana como Kat siempre habían asegurado que a Emma ella le gustaba, y mucho. Pero jamás le habían preguntado – ni insinuado – si la situación podría ser al revés, no hasta ese día. ¿Podría ella estar desarrollando algún tipo de atracción por Emma? Sacudió la cabeza y olvidó el tema. Era imposible.
- Claro que no, tonta. Pero sé que tú estás deseando hablarme de tu nuevo novio, así que…
- Ahhhh, claro que sí. Te lo voy a contar todo sobre Frederik.
El día de su cumpleaños, Emma se despertó antes de que sonase el despertador, con el olor de unas tortitas recién hechas. Sin pensar en nada más, se deslizó entre las sábanas y se bajó de la cama, como hipnotizada.
Le encantaba desayunar tortitas. Cuando eran más pequeños, August y ella siempre peleaban por la última, que al final terminaba ganando ella. Iba tan distraída que al llegar a la cocina se dio de bruces con su madre.
- ¡Emma! – exclamó Mary Margaret, sorprendida de que su hija estuviese ahí tan temprano. - ¿Has olido las tortitas?
Emma la miró fijamente. Era la primera vez que estaba frente a ella y aguantaba tanto tiempo sosteniendo la mirada. Intentó decir algo, pero ninguna palabra salió de su boca. Mary Margaret suspiró y sonrió tiernamente.
- Me imagino que sí. Buen provecho, cariño. – Antes de salir de la cocina, se giró de nuevo hacia ella. – Tienes algunos regalos en el sofá del salón, ábrelos después del desayuno.
La rubia no tuvo tiempo ni de asentir, aunque se sentía muy agradecida. Su madre se había molestado en ir a comprarle regalos, a pesar de todo. Y ella ni siquiera podía hablarle. Era frustrante. Al menos podía disfrutar de un inmenso plato de tortitas antes de irse a clase.
Sentía mucha curiosidad por los regalos, así que después de recoger lo que había utilizado durante el desayuno – cosa que no solía hacer usualmente –, se dirigió al salón y se dispuso a abrir los paquetes, lentamente. Unos zapatos nuevos, el videojuego que tanto había querido durante el último año, y una chaqueta de cuero roja.
Hacía fresco, por lo que se la puso sobre el uniforme antes de irse a clase.
Todo estaba preparado. Siguiendo los consejos de Zelena, Regina había hablado con su padre, cuya respuesta había sido incluso más positiva de lo que esperaba. Sí, Henry estaba más a su favor que nunca y se comprometió a salir a pasear con Cora el viernes por la tarde, o al menos a entretenerla para que ella se fuera al cumpleaños de Emma.
Estaba un poco nerviosa, pero tenía la esperanza de que todo saliese bien. Iría al cumpleaños de Emma, lo pasaría bien con ella y Ruby, le daría su regalo y se iría. No más de tres horas.
Inconscientemente soñaba con no tener que depender de su madre, poder pasar la tarde entera con sus nuevas amigas, e incluso la noche si fuera necesario. Solo quería sentirse aceptada y bien, pero aquello era una fantasía que tan solo iba a poder disfrutar un rato.
Algo era algo, o al menos eso se decía ella.
El día en clase no había ido mal. Alguna felicitación por aquí y por allá, incluida la de sus antiguas amigas, y poco más. Fue un día completamente normal. Regina le había dicho que su chaqueta le parecía espantosa, pero fue un momento tan divertido que tuvo que contenerse la risa durante la clase. De resto, todo normal. No tenía muchas ganas de celebrar, pero no quería decepcionar a Ruby y le vendría bien. Intentaba convencerse minuto tras minuto.
Habían quedado a las seis. El tic-tac del reloj se volvía insoportable con cada minuto que pasaba, y aún quedaba media hora para que su amiga llegara.
El sonido de unas llaves la sacó de sus pensamientos, pues su madre ya estaba en casa desde el mediodía. Miró hacia la puerta y se encontró la mejor sorpresa que podía tener ese día: August.
- ¡Enana! – gritó su hermano, corriendo a abrazarla.
Emma le devolvió el abrazo y, cuando él menos esperaba, le dio un codazo.
- No vuelvas a llamar enana en tu vida. – se quejó, pero en seguida sonrió. – Gracias por venir. ¿Qué tal te va en la uni?
- Muy bien, como siempre. Ligando mucho, ya sabes.
- No seas idiota, cómo vas a ligar tú. – se burló ella. – Seguro que te han dado un montón de calabazas.
- Bueno, unas cuantas, eso es verdad. – ambos rieron. - ¿Qué tal te ha ido a ti?
Emma le contó por encima los últimos sucesos y estuvieron un rato recordando antiguos cumpleaños, hasta que llegó Ruby y empezaron su sesión de pelis prometida.
- Ah, espera, ¡no le des a play todavía! Voy a por las palomitas. – dijo Ruby, levantándose de un salto.
En ese momento, el timbre sonó de nuevo. La rubia frunció el ceño, pues no esperaba a nadie más.
- Ruby, ¿has avisado tú a alguien? – preguntó, asomándose a la cocina.
- Eh…puede, pero la sorpresa te va a gustar. – respondió ella, con una risita.
- Como me hayas organizado una fiesta te juro que… - se quedó en silencio en cuanto abrió la puerta. – Re-Regina… - balbuceó. – No te esperaba.
- Si quieres me voy. – respondió la morena, sonriendo.
- ¡No, no! Pasa.
Regina entró, un poco tímida porque era la primera vez que estaba allí, pero en seguida se sintió cómoda y acompañó a Emma y Ruby.
Las tres chicas rieron y comieron muchas palomitas y dulces. Bueno, quizá Regina menos. Quizá Regina solo picoteó un poco. Y quizá Emma se dio cuenta, pero no dijo nada. Estaba allí. Regina, la mismísima Regina Mills, había hecho el esfuerzo de estar allí a pesar de todo. Por no hablar de que ella y Ruby se habían puesto de acuerdo en todo para darle una sorpresa. No podía estar más agradecida.
August se había unido a ellas a mitad de la película, divirtiéndolas con sus comentarios y, como él ya la había visto, inventándose spoilers de mentira. Mary Margaret los veía contenta, sin intervenir. A ella le bastaba con ver a sus hijos felices.
Un rato después, Regina mantenía una alegre conversación con August, mientras Emma los miraba desde el sofá con recelo. No sabía qué le estaría contando su hermano, pero ella no paraba de reírse.
- Hey, no estarás celosa de August, ¿verdad? – preguntó Ruby, con cautela.
- No, solo…se la ve contenta, ¿no? – respondió Emma, con un suspiro. Ella también deseaba hacer reír a Regina así.
- Sí, y contigo también. Ha venido aquí por ti, así que quita esa cara.
- No la culparía si le gustara él.
- Pero no es el caso, escucha a la Celestina Ruby.
- Eres idiota. – se quejó la rubia, pero con una sonrisa.
Regina se acercó a ellas y llamó a Emma para hablar en privado. Esta se levantó de un salto, nerviosa. Salieron al porche y, cuando se aseguraron de que estaban solas, Regina habló.
- Tengo que irme ya. Ojalá poder quedarme más tiempo, me lo he pasado muy bien.
- Gracias por venir. No tenías que hacerlo. – dijo Emma.
- Quería venir.
Se sonrieron, y entonces Regina sacó un pequeño paquete del bolsillo de su chaqueta.
- Esto es para ti. Es una tontería, pero me gustaría que la tuvieras.
Emma rompió el papel de regalo con toda la delicadeza que pudo y apenas pudo contener la emoción al ver qué era.
- Es una placa de sheriff…
- Me la regaló tu padre cuando tenía siete años.
- No puedo aceptarla, Regina…es un regalo muy especial.
- Y por eso quiero que lo tengas. – insistió, cerrando la mano de Emma con las suyas propias, sobre la placa. – Es tuya. Y así, bueno, tienes algo que te recuerda a tu padre y a mí al mismo tiempo.
Regina entró a casa haciendo el menor ruido posible. No era tarde, pero quería evitar a toda costa cualquier contacto. Era probable que su madre estuviera ya en casa y, aunque su padre la hubiera despistado, no podría huir de sus preguntas.
Para su sorpresa, la casa estaba en silencio, y parecía completamente vacía. Eso la puso de buen humor, por fin algo le salía bien. Había pasado una increíble tarde y lo único que lamentaba era no haber podido quedarse más tiempo.
Abrió la puerta de su habitación con una sonrisa, que perdió inmediatamente al ver quién la estaba esperando.
- Espero que lo hayas pasado bien en el cumpleaños de Emma Swan.
¿Qué creéis que pasará?
