¡Hola! Me disculpo nuevamente por tardar en actualizar, pero hoy no me enrollo. Muchísimas gracias a quienes seguís esta historia capítulo tras capítulo, a las que comentáis, a quienes dais follow y fav, ¡mil gracias! Espero que os guste este capítulo y cómo se está desarrollando la historia. Esta vez hay mucho más contenido de Regina, espero que os guste. Sin más, a leer.
8
Regina pegó un salto al encontrar a su madre sentada en la cama de su habitación. Parecía serena, pero había algo en su mirada que no terminaba de convencerla. Después de todo, ya la conocía y sabía que las cosas no iban bien. Entró lentamente, preguntándose en qué momento lo habría descubierto todo. La respuesta no se hizo esperar, sin ella tener que formular aquellas dudas en alto.
- Tenías un buen plan, hija. – dijo Cora. – Una buena idea, probablemente de tu hermana, y por supuesto un cómplice seguro. Te olvidabas de que te conozco perfectamente, a ti, a los tres. Hace falta más para engañarme. – puso una sonrisa de satisfacción y continuó explicándose. – El paseo con tu padre fue agradable, demasiado teniendo en cuenta los últimos años. Lamentablemente, tuvo una llamada de última hora y salió corriendo al hospital. Entonces, yo ya sabía que me habías mentido.
- Madre… – intentó excusarse Regina. Cora la hizo callar con un gesto de su mano y siguió hablando.
- Me has decepcionado. Otra vez. – se quejó su madre. – ¿Sabes lo que eso significa, verdad?
- No vas a poder hacer siempre lo que quieras, madre. – respondió la morena, enfadada. – Llegará un momento en el que no puedas controlarme más, ¿qué vas a hacer entonces?
- No me desafíes, Regina. Sabes quién sale perjudicada de todo esto, y eres tú.
Cora se levantó y no dijo una palabra más hasta llegar al umbral de la habitación de su hija. Como había hecho anteriormente, se giró, y dijo con voz calmada:
- Estás castigada sin salir de tu habitación. Ni siquiera para comer, ¿de acuerdo? Te quedarás aquí. Y de ahora en adelante, irás de casa a clase y de clase a casa. No quiero distracciones. ¿Has entendido?
Regina se había quedado helada. Quería pensar que no era real lo que estaba escuchando, sino un mal sueño del que en seguida despertaría. Pero todo estaba ocurriendo de verdad.
- He entendido, madre. – respondió, agachando la cabeza y ocultando sus lágrimas.
- No me importa cuánto llores, no saldrás de aquí hasta que yo lo diga. Ah, y mañana vienen Robin y su familia a cenar. – respondió antes de salir, cerrando la puerta con llave.
Robin. Eso era lo que faltaba. No era suficiente con estar encerrada, controlada 24 horas por su madre, para que además tuviera que soportar al idiota de Robin. Y sabía que lo peor no era aguantarle, sino que su madre no la dejaría en paz hasta que no volviesen. Tenía ganas de gritar, de lanzarlo todo por el aire y romperlo. Sin embargo, se quedó quieta, sentada sobre la cama, sin saber qué hacer o hacer un ruido. No se movió hasta sentir su teléfono vibrar.
Emma había vivido bastante bien – dentro de sus circunstancias – sin móvil durante un tiempo. De todas maneras, no lo quería para nada desde que David no estaba. Nunca quiso recibir mensajes de lástima ni el pésame de nadie. Por eso, había destrozado su teléfono tirándolo al suelo y golpeándolo con fuerza a pisotones.
No se sentía orgullosa de aquello, pero teniendo en cuenta su estado de ánimo, era mejor que sufriera un aparato que una persona. Ahora, su hermano le había regalado un móvil nuevo. No sin un poco de inseguridad y en riguroso secreto, August le había dado una pequeña caja rectangular, que le hizo preguntarse qué sería. Realmente no esperaba un móvil. Pero ahí estaba, frente a su nuevo teléfono, como un niño el día de navidad.
Lo primero que hizo fue escribirle a Ruby.
"Ey Rubs, Soy Emma. Tengo móvil nuevo."
"¿Has decidido volver al siglo XXI?" Se burló su amiga.
"Idiota. Me lo ha regalado August."
"Me alegro de que vuelvas a estar comunicada. Pero anda, no pierdas el tiempo conmigo y háblale a tu casi-novia. Eso sí, luego me tienes que contar absolutamente todo."
La rubia sintió un escalofrío al leer aquellas palabras. Después del mensaje, Ruby le había enviado un contacto. El de Regina. Ruby le había dado el número de Regina. Sí, Ruby le había dado el número de Regina. Ahora podría comunicarse con ella sin estar en clase, era increíble y aterrador a la vez.
Emma hizo caso a su amiga y abrió el chat con la morena, un tanto nerviosa. Borró y reescribió el mensaje unas diez veces antes de encontrar las palabras perfectas para agradecerle por esa tarde y su regalo, que le había llegado al corazón. Ahora lo guardaba en un lugar seguro, donde sabía que no se perdería.
"Hola Regina, soy Emma. Ruby me ha dado tu número. Muchas gracias por venir hoy. Y también por el regalo. Me gusta mucho, es muy especial. No tenías por qué hacerlo."
Esperó la respuesta impacientemente, que no se hizo esperar mucho.
"No fue nada. Me alegro de que te haya gustado, es lo que quería. "
Emma leyó la respuesta con una sonrisa tonta en la cara. Antes de poder escribir de nuevo, la sorprendió otro mensaje.
"Siento no haber podido darte nada mejor."
"Es perfecto. No necesito nada más. Gracias." Y era cierto. Con la presencia de Regina habría sido más que suficiente.
"Gracias a ti. Me lo he pasado bien hoy."
Que la morena lo hubiera pasado bien también era un regalo. Eso era lo que ella más quería. Poder hacer sonreír a Regina, que pasara un buen rato a su lado y no se arrepintiera de querer su compañía.
Emma no sabía cómo continuar la conversación, se había quedado en trance al darse cuenta de con quién estaba manteniendo una conversación, que parecía incluso natural. Eso lo hubiera creído imposible tan solo un mes antes. La morena, con cada palabra que escribía, tenía un efecto en ella que no podría imaginar.
"Espero no haberte causado mucho problema. Puedes venir siempre que quieras." Se envalentonó a escribir, sin saber si Regina se tomaría aquello en serio o como una simple cortesía.
Mientras, Emma solo podía soñar. Soñar con ese mensaje que nunca sería capaz de escribir, ese que nunca se haría realidad, ese que la otra chica no querría nunca recibir.
Emma soñaba con pasear sus dedos sobre el teclado y escribir aquello que tanto le gustaría tener el derecho a decirle.
Te quiero.
Había sido toda una sorpresa haber recibido aquel mensaje de Emma. Sin querer, había descubierto una vía de escape, algo que la podía hacer olvidarse – a medias – de su encierro. Podía hablar con Emma, y sin que su madre lo supiese. No descartaba que en algún momento le quitase también su móvil, pero mientras no supiera con quién hablaba, estaba a salvo.
Aquella charla fue lo único que sacó a Regina una sonrisa. No quiso preguntarse por qué, solo sabía que Emma la hacía sentirse extrañamente cómoda y feliz.
Estando encerrada, no sabía qué hacer. Leer fue su primera opción, pero al mirar el libro que descansaba en su mesilla de noche, frunció el ceño. No le apetecía, y se le acabaría muy rápido con tanto tiempo libre. Repasar para clase sería lo más útil, pero ella tenía derecho a descansar también, o eso se dijo. Ella era capaz de seguir sacando las mismas notas sin tanto estudio. Además, eso haría feliz a su madre, y ella no estaba de acuerdo.
Decidió darse un baño para intentar relajarse y que se le bajase el enfado que tenía. Estaba segura de que nunca podría eliminar el rencor que le guardaba ya a su madre, pero tenía muy claro que tampoco le convenía discutir. Después de la hora que pasó en la bañera, volvió a mirar su móvil y releyó el último mensaje de Emma, una y otra vez.
"Puedes venir siempre que quieras." Ella deseaba poder visitarla cada vez que quisiera, o que la rubia la visitara a ella. Regina deseaba no tener que preocuparse por lo que pensasen los demás.
"¿Estás despierta?" Escribió sin pensar.
La respuesta llegó con rapidez.
"Sí. ¿Estás bien?"
Regina no sabía si había hecho bien al escribirle a la rubia de nuevo. Ella ya tenía bastante como para, además, cargar también con sus problemas. Sin embargo, era la persona a la que se lo quería contar. Era con quien necesitaba hablar, e intentar fingir que el resto iba bien.
"Sí, bueno, no sé."
"¿Ha ocurrido algo, Regina?"
Regina dudó entre contárselo o no. La preocupación de Emma era genuina, lo sabía.
"Mi madre…otra vez"
"¿Qué ha hecho ahora?"
"Pues básicamente, ahora estoy bajo arresto domiciliario."
"Tu madre está loca." Se quejó la rubia. "¿Hay algo que yo pueda hacer?"
"No…" "Solo quería desahogarme."
"Estoy aquí para cuando me necesites, Regina."
"Lo sé. Gracias…"
Siguieron intercambiando mensajes hasta la madrugada, cuando la morena decidió que era hora de irse a dormir. Agradeció mil veces más la ayuda de Emma y de despidió. Regina se durmió con una sonrisa en los labios, a pesar de todo.
La morena se levantó tarde esa mañana. Intentó abrir la puerta de su habitación, sin éxito, antes de suspirar y dejarse caer en la cama de nuevo. Tenía hambre, su estómago rugía y ella creía que jamás había tenido tantas ganas de desayunar.
No tenía noticias de su madre. Escuchaba movimiento en el piso de abajo, imaginaba que sería ella, pues dudaba que su padre hubiera vuelto del hospital. Henry hacía turnos demasiado largos, se volcaba demasiado en su trabajo y Regina lo admiraba por ello, pero lo echaba de menos constantemente. ¿Se enteraría de que su madre la tenía encerrada? Y lo más importante, ¿haría algo al respecto? Todas esas preguntas pasaban por su mente, deseando que saliese en su defensa y enfrentase a su madre.
Cuando llegó el mediodía, Regina recordó que aún guardaba la chocolatina que le había dado Emma. No era gran cosa, pero al menos calmaría un poco su hambre. La buscó en su bolso y antes de abrirla, palabras de su madre resonaron en su cabeza. No deberías comer eso, ¿quieres terminar siendo una foca? Suspiró, y como si estuviera viendo la cara de asco que pondría su madre, abrió la chocolatina con más decisión.
Las horas pasaron lentamente y, al llegar las 8 de la noche, se escuchó el ruido de la cerradura. La morena levantó la vista inmediatamente, para después ver a su madre, arreglada, frente a ella.
- Tienes media hora para arreglarte. Robin y su familia llegarán pronto, y no quiero que les decepciones. Ni un minuto más, Regina. – advirtió.
Casi no se acordaba de Robin, ni de aquella estúpida cena. Una estúpida comida con su estúpido ex novio, su estúpida familia y su estúpida madre. Eran todos tan idiotas que por eso se llevaban bien. Era exasperante. Se maquilló de la manera más sencilla que pudo, se vistió con ropa elegante pero informal, y puso la sonrisa falsa que tanto odiaba poner antes de bajar las escaleras.
La familia de Robin acababa de llegar hacía unos segundos, y bajo la mirada amenazante de su madre, los saludó a los tres educadamente.
- Pasad, pasad. – dijo Cora. – Está todo servido, os podéis sentar. – dejó que sus invitados fuesen hacia el comedor antes de acercarse a Regina. – ¿Esto es todo lo que te has podido arreglar? Me das vergüenza.
Regina ni se inmutó. Intentó no dejarse hundir por aquel cruel comentario y decidió sólo abrir la boca para responder las preguntas que le hicieran – que estaba segura que le iban a hacer.
Una vez sentados en la mesa del comedor, la puerta principal se abrió y segundos después Henry apareció en el umbral.
- Buenas noches. – saludó. – No sabía que teníamos visita, siento el retraso. – se disculpó educadamente, visiblemente confuso por los peculiares invitados que tenía en la mesa.
Henry se incorporó rápidamente a la cena, cuyo ambiente de tensión era más que notable.
- Estamos muy contentos de que Robin y tú hayáis vuelto, Regina. – dijo la madre de Robin. – Mi niño me ha estado contando que por fin has recapacitado.
- Si es que hacéis la pareja perfecta. – concordó su padre.
- Es cierto, además nunca he visto a mi hija tan feliz como cuando estaban juntos. ¿Verdad, Regina? – continuó Cora.
- En realidad… - respondió Regina, reuniendo toda su fuerza y valentía. – Dejar a Robin fue una decisión definitiva. No era una relación sana, por lo que era preferible cortar. Lamentablemente, vuestro hijo parece que no logra entenderlo. Siento mucho que mi madre os haya metido en esta situación. Sé que ella espera que yo vuelva con Robin, pero eso no va a pasar. Lo siento. Si me disculpáis, no tengo hambre. Buenas noches.
Dicho esto, se levantó dejando a todos en silencio, y se marchó al jardín. No le apetecía volver a su habitación después de 24 horas de encierro.
Estaba contenta. ¡Qué bien le había sentado soltar todo aquello! Sabía que estaría en problemas de nuevo, pero no podía seguir callando. Tras unos segundos de paz y tranquilidad, sintió que alguien se acercaba a ella: Robin.
- Menuda has liado ahí dentro, ¿eh?
- Sólo he dicho la verdad. – dijo Regina, algo confundida al ver que el chico no le estaba gritando. – ¿No te has enfadado? Esperaba un show de gritos por haberte dejado mal frente a tus padres.
- Pensaba que viniendo por las buenas me harías más caso. Es lo más útil si quiero conseguir que volvamos. – respondió él, guiñándole un ojo.
Regina no pudo evitar soltar una carcajada.
- Robin, todo lo que dije antes iba en serio. Tú y yo no vamos a volver. Lo único que quiero es que me dejes tranquila.
- Es por Swan, ¿verdad? – preguntó, ahora con un tono más duro.
- Te dejé antes de ser amiga de Emma. Deja de culparla a ella por tus errores. Ahora, por favor, vete de aquí. – pidió amablemente.
- Regina, no puedes hacerme esto. – se resistió él, agarrándola del brazo. – Soy lo mejor para ti.
- No, no lo eres. ¡Vete!
Empezaron a forcejear, Regina intentando liberarse y él agarrándola cada vez más fuerte, cuando alguien se metió en medio de los dos.
- Regina te ha dicho que la dejes. Márchate ahora, tus padres te están esperando. – dijo Henry.
La morena no pudo estar más feliz. Aquel mal rato se había acabado. Muchos más estaban por venir, pero al menos no estaría Robin delante. Aunque si comparaba a Robin con su madre, no tenía claro cuál era peor.
Henry se acercó a ella y le indicó que se sentase, para después sentarse a su lado.
- Regina, ¿qué ha sido eso? – preguntó – Pensaba que cuando habías cortado con Robin era porque no querías verle más. ¿Por qué esta cena? Tu madre ha dicho que la has organizado tú.
- Yo no la organicé, fue ella. Y no, no quería volver a verle, pero madre está empeñada en que vuelva con él. No lo entiendo, papi. – se quejó – ¿No se supone que debería querer lo mejor para mi futuro? ¿Para mí? Con Robin no estaba bien, por eso lo dejé.
- Lo sé, cariño. – dijo, acariciándole la cabeza a su hija. – Escucha, ve a descansar y mañana nos ocuparemos de esto, ¿vale?
- Sí, gracias. Te quiero.
- Y yo, mi niña.
El domingo por la mañana, Regina se despertó con los gritos de sus padres, que se escuchaban desde la cocina. Comprobó la puerta y su madre le había vuelto a cerrar con llave, así que solo pudo pegarse a la puerta y concentrarse, para escuchar bien la conversación.
Discutían, hablaban de Zelena, de ella, de su matrimonio, de Mary Margaret y David, de Emma, del sus estudios, del director, un poco de todo. Mayoritariamente, solo podía escuchar su nombre y algunas frases sueltas, amortiguadas por la madera de la puerta.
Solo hubo unas palabras que distinguió perfectamente, sin margen de duda, se escucharon claramente, casi como si estuvieran gritando a su lado:
- Cora, ¡QUIERO EL DIVORCIO!
¿Cómo os habéis quedado?
