¡Hola! Os traigo (otra vez tarde, sí) un capítulo más. No me quiero entretener mucho, pero espero que disfrutéis, es el más largo hasta ahora y pasan muchas cosas. Espero que os guste. Muchas gracias por seguir leyendo y por los comentarios :)
11
Emma había llorado por Regina muchas veces a lo largo de su vida. Muchas más de las que le hubiera gustado admitir, pero lo cierto era que lo había hecho. La primera, probablemente había sido en sexto, cuando Regina se había enfadado por no haber sido la mejor nota en un examen de matemáticas por su culpa. Nadie se había imaginado que la nueva sería tan lista, pero ahí estaba, Emma con su 10 y la morena con un 9,5.
La rubia recordaba aquella como su única y última interacción con Regina, hasta el curso en el que estaba ahora. No había obtenido más que una mirada amenazante de la que ahora era su amiga – a pesar del enfado –, pero a ella la había marcado para siempre. Después pasó a segundo plano, la morena era popular y ella, bueno, ella había hecho amigas y conocía a todos, pero no dejaba de ser una chica normal. Y para Regina, invisible.
Para ese entonces Emma ya lo sabía, pero consideraba su enamoramiento una cosa pasajera y una niñería. Conforme los años fueron pasando, aquel sentimiento no se iba, todo lo contrario, se hizo más fuerte. Ruby no paraba de echarle la bronca por mirarla tan descaradamente en los pasillos. Pero no pasaba nada, porque Regina parecía no darse cuenta nunca.
Y ahora…ahí estaba, rechazada por la misma chica que la había rechazado una y otra vez sin saberlo. Como si hubiera tenido alguna posibilidad de cambiar las cosas.
Quería solucionar las cosas con ella a pesar de todo, pero no sabía cómo hacerlo. Su impulsividad la había llevado de nuevo a un problema. Mientras admiraba la bonita placa de Sheriff que le había regalado la morena por su cumpleaños, aquella que una vez estuvo en las manos de su padre, suspiró. Regina siempre había sido complicada, y a esa edad todo se complicaba mucho más. Emma no podía parar de preguntarse si algún día aquello acabaría. ¿Dónde estarían dentro de 10 años?
Regina admiraba embobada la fachada de su nueva casa. Decir que era más modesta que la anterior era una completa mentira, pues el jardín era inmenso y rebosaba elegancia, al igual que todo el camino hasta el porche. Una vez dentro, inició el recorrido con lentitud, admirando cada rincón y cada estancia, como si hubiera salido de un cuento de hadas.
- Papá, dijiste que la casa era más modesta… – dijo – Y es igual de grande que la otra. Y mucho más bonita.
Henry dejó escapar una jovial risa y acompañó a su hija, que parecía más ilusionada que en cualquier mañana de Navidad.
- A lo mejor me adelanté al hablar. – se excusó. – Pero hacía años que le puse ojos a esta casa, y qué mejor oportunidad que ahora. Lo hice pensando en ti y en Zelena.
- Me gusta mucho. – respondió Regina. – ¿Puedo elegir mi habitación?
- Hay dos habitaciones iguales, una frente a otra, para ti y para tu hermana. – explicó Henry. – Así no habrá quejas o discusiones. Ve a verla, mañana terminarán de traer los muebles y el fin de semana podremos recibir a Zelena con una casa completamente funcional.
La morena corrió por las escaleras, impaciente por ver su nueva habitación. Hacía días que su padre la notaba algo decaída y que no era la de siempre, algo extraño ahora que no estaba bajo las amenazas de su madre. A pesar de que la preocupación seguía ahí por lo que pudiera pasar, su actitud no era la que él hubiese esperado. Por eso, al verla tan emocionada de nuevo, no pudo sino sonreír.
- Es preciosa, papá. – dijo Regina, una vez él la alcanzó. – Es incluso más grande que la otra. Estoy segura de que a Zelena también le va a encantar.
- Ah, sí. Tu hermana va a ser el triple de ruidosa que tú. Esperemos que quiera pasar más tiempo en casa. – respondió él, con algo de nostalgia.
- Ojalá nunca se fuera, papi. – la morena se abrazó a él, mientras miraba al horizonte por la ventana.
- Sé que eso te gustaría, pero sabes que no es posible. Dentro de unos años volveréis las dos, después de terminar vuestros estudios. O eso espero.
Regina asintió, despistada. Nunca se había planteado irse de Storybrooke, pero tampoco se había planteado quedarse. A pesar de que su madre había creado un futuro perfecto para ella, ella misma no lo tenía nada claro. Aparte de su familia, ¿habría algo que la aferrase allí?
Emma, fue el ligero susurro que se coló en su mente, casi sin quererlo. Nunca había pensado en lo que la rubia querría para su futuro, ni tampoco lo había hablado con ella. Después de la muerte de David, supuso que su única meta era volver a estar bien y en paz consigo misma, pero… ¿qué aspiraciones tendría?
- ¿Regina? – su padre llamó su atención, sacándola de sus pensamientos. – En esta casa no tienes restricciones. Puedes invitar a tus amigas siempre que quieras.
- Gracias, papi. – sonrió ella, añadiendo para sí misma que aquello era muy improbable si ya no quedaban amigas a las que invitar.
La llegada de Zelena fue, además del acontecimiento más esperado de la semana – o del mes –, también el más feliz. La pelirroja quería celebrar por todo lo alto que ya no vivían con Cora, así que hizo todo lo contrario a lo que su madre esperaba de ellas siempre: llevó un par de pizzas y refresco para cenar, además de los dulces favoritos de su hermana – y que solo podía comer una vez al año –. Después obligó a Regina y Henry a ponerse el pijama y a esperar frente a la tele, porque así era como debían comer, con las manos y mientras veían una película.
Era curioso las pocas veces que habían hecho eso, por no decir que ninguna. Cora siempre las había mandado a dormir temprano y jamás habían comido fuera de la mesa del comedor y mucho menos sin cubiertos.
Henry fue el primero en caer. Entre la mudanza y el trabajo estaba agotado, así que se despidió de sus hijas y se fue a dormir. La película aún no había terminado, por lo que Regina y Zelena disfrutaron de los últimos minutos y luego recogieron todo.
- Regina, te he visto un poco ausente hoy. – llamó la atención la pelirroja. – ¿Ha pasado algo?
- No es nada, Zel. – respondió ella, encogiéndose de hombros. – Tengo muchas cosas que entregar en clase y me preocupa no tenerlo todo a tiempo.
Zelena la escrutó con la mirada y supo enseguida que la morena estaba mintiendo, pero sonrió.
- Mamá se escandalizaría si te viera encogerte de hombros. – bromeó, para luego cambiar de tema – ¿Sabes cuándo fue la última vez que me mentiste y te creí? Cuando tenías 4 años y no dejabas de llorar porque, según tú, se te había caído el helado al suelo.
- Era el único helado del año. – se quejó Regina. – Y el tuyo era el doble de grande.
La pelirroja rió. Recordaba aquel día como si no hubieran pasado los años. Después de ese día, y de haber descubierto la verdad, siempre supo cuándo su hermana estaba mintiendo. Regina no pudo engañarla nunca más.
- Venga, cuéntame qué le preocupa a esa cabecita. ¿Tiene que ver con Emma?
Regina asintió, sin poder negarlo. Cada día se arrepentía más de haberle hablado de la rubia a su hermana.
- Emma me besó. – soltó de sopetón, como si se estuviera quitando un peso de encima.
- ¿QUÉ? – casi chilló Zelena, dejándose caer en una de las butacas de la cocina para gestionar esa información. – ¿Y qué ha pasado? ¿Por qué tienes esa cara entonces?
- La rechacé. – susurró. – Yo…cuando fui a contarle a Emma que papá y mamá se separaban ella no estaba, me quedé hablando con su hermano mientras la esperaba y después montó una escena de celos, luego desapareció por clase, la obligué a hablar conmigo, ella…y yo la rechacé, pero no quería hacerle daño. Le pedí que no se alejara y me echó en cara que eso lo hacía yo porque tenía miedo de mamá. – dijo todo aquello de carrerilla, como si quisiera eliminar el momento lo más pronto posible y evitar las lágrimas que se le estaban formando.
Zelena la escuchó atentamente y procesó todas aquellas palabras en silencio. Notó que su hermana se desesperaba, pero no quería decir nada equivocado o que le hiciera daño.
- Creo que las dos os habéis equivocado. Tú le has pedido que no se alejase de ti, y lo entiendo, pero a Emma le tiene que estar doliendo mucho todo lo que ha pasado. Apuesto que esa chica lleva años queriendo acercarse a ti. No la conozco mucho, pero estoy segura de que intentó gestionar sus sentimientos de la mejor manera posible, y quizás necesite alejarse un poco para que no le sigas haciendo daño.
- Pero, yo… - protestó Regina, pero su hermana la interrumpió para continuar.
- Tú no tenías la intención de hacerle daño, pero lo has hecho. Muchas veces no nos damos cuenta del impacto que tienen nuestras palabras o acciones sobre otras personas. Igual que Emma, ella te dijo todo aquello seguramente por despecho, para protegerse. Pero lo que te dijo tampoco es mentira. – hizo una pausa y respiró hondo. Como vio que la morena no decía nada, siguió hablando. – No te culpo, yo también pasé muchos años temiendo a mamá. Y contigo, ella fue más dura que con nadie. Tú sentías mucha presión, te exigía ser perfecta en todo o si no te humillaba y te castigaba. Has sufrido tanto maltrato por su parte… - dijo, con pena – y ni papá ni yo sabíamos cómo protegerte. Lo siento mucho. Yo huí, y él…él necesitó un impulso para acabar con todo esto. Creo que ese impulso se lo diste tú, y fue en parte gracias a Emma. Por primera vez, Regina…te enfrentaste a tu miedo y eso hizo que todo esto sucediera.
A Regina le caían lágrimas silenciosas por las mejillas. Todo lo que había dicho Zelena era cierto, y aún le dolía pensar en los años que había pasado obedeciendo a su madre por miedo. Pero también le dolía pensar en Emma. Zelena se levantó, se acercó a ella y la abrazó con fuerza, para acompañarla en el llanto durante largos minutos.
- Dime una cosa, Regina. ¿Te gusta Emma?
- C-creo que sí. – confesó la morena. – Pero me da miedo.
Emma se sentó en su pupitre, a sabiendas de que Regina seguiría fingiendo que no existía. Como suponía, la morena ni se molestó en dirigirle la mirada. Se mantenía ocupada subrayando unos apuntes que ya había subrayado anteriormente. Ella lo sabía, porque eran los mismos que llevaba usando toda la semana para evitarla. Y ese examen ya lo habían hecho.
La sorpresa llegó cuando Archie informó a la clase de que tenía que marcharse y les dio la hora para seguir con el proyecto. Emma se giró hacia su izquierda y miró a su compañera. Respiró hondo, antes de extender la mano y decir:
- Hola, soy Emma Swan.
Regina, por su parte, a pesar de haber admitido delante de su hermana que quería que le gustaba la rubia, no estaba segura de aquello, por lo que se había estancado en aquella situación en la que la ignoraba. Sin embargo, en aquel momento no tenía otra opción que seguir adelante.
- Emma… - dijo en un susurro.
- Bueno, está bien saber que no soy invisible. – bromeó ella.
- Escucha, estaba muy enfadada por lo que me dijiste el otro día… - intentó explicar, pero Emma la interrumpió.
- Esta hora es para seguir con el trabajo, eso ha dicho Archie. Y ahora que estoy aprobando todo, quiero seguir así. – comentó con una sonrisa, antes de sacar sus propios apuntes, sorprendentemente ordenados, y empezó a trabajar, haciéndole preguntas y contando con su opinión.
La morena, por su parte, decidió no seguir con el tema. Supuso que a Emma le seguía doliendo su rechazo, lo que era lógico, y no quería ahondar más en la herida. Se dedicó a ser paciente y trabajar codo a codo con su amiga en el proyecto, que habían dejado de lado cuando se pelearon.
Cuando la hora acabó, Emma fue la primera en marcharse, pero no sin un último detalle. Cuando Regina se giró para recoger lo último que quedaba en la mesa, vio que también había una bonita y redonda manzana. Entonces sonrió. Aquella era la mejor ofrenda de paz que alguien podía haberle dado.
Emma estaba en la cafetería con Ruby, escuchando sus quejas sobre Gold como cada día, cuando la sorprendieron dos nuevas acompañantes. Casi no podía creerse lo que estaba viendo: Bella y Elsa.
- ¿Podemos sentarnos? – preguntó Elsa amablemente.
La rubia les hizo un gesto y asintió torpemente, pues seguía sin estar preparada para aquello.
- Elsa y yo hemos estado hablando… - empezó Bella. – Sentimos mucho no haber estado para ti en los momentos difíciles. Nos reunimos en tu cumpleaños, ¿sabes? – dijo, con una sonrisa nostálgica. – Sabíamos que no era el mejor momento para hablar contigo o aparecer por tu casa, pero no nos olvidamos de ti.
- Nos gustaría que nos perdonaras. – continuó Elsa. – Siempre fuiste nuestra amiga y te echamos de menos. Quizá no nos perdones por no haber estado, pero…al menos nos alegra ver que te sientes algo mejor.
Ruby las miraba sonriente, por lo que Emma comprendió en seguida que su mejor amiga no era ajena al plan de las otras dos. Era probable que la morena las hubiera aconsejado y dicho cuándo y cómo era el mejor momento para reconciliarse. Ruby siempre la cuidaba mucho, y a pesar de ser un poco desastre, se merecía todo lo bueno que pudiera pasarle.
Después de unos segundos en silencio, Emma posó la mirada en Elsa y luego en Bella, y sonrió.
- Os echaba mucho de menos. – confesó. – No todo es vuestra culpa. Yo me porté muy mal y os alejé a todos.
- A Ruby no. – indicó Bella.
- Eso es porque ella es más cabezota que yo. – rió. – ¿Podemos olvidarnos de todo y ser las de antes? Lo necesito más que nunca.
Todas asintieron y, sin previo aviso, se lanzaron sobre Emma en el mejor abrazo que le habían dado en su vida – de momento, y sin contar el de Regina.
El día del juicio se acercaba lentamente y eso ejercía una presión en Regina que cada día se volvía más insoportable. Ya se había acostumbrado a pasar los recreos sola en la biblioteca, pero desde que sus padres se separaron, el poco contacto que seguía manteniendo con sus "amigas" se había reducido a cero.
Debido a su poca interacción y su aislamiento, la morena se había vuelto la comidilla del instituto, pues en los pasillos siempre se hablaba de ella. Se decían muchas cosas: que sus padres se habían separado porque Henry le había puesto los cuernos a Cora, que Regina había hecho lo mismo con Robin, que había recibido una paliza y por eso no hablaba con nadie… Prácticamente todos habían escuchado algo de eso, excepto alguna que otra persona, que no prestaba atención a los rumores.
Por eso, aquel día fue conocido como El escándalo de Regina. Nada más llegar al edificio, se topó de frente con Mal, Cruella y Úrsula. Intentó evitarlas, pero sus intentos fueron en vano, pues la habían visto y no tenía camino por el que huir.
Las tres se acercaron a ella lentamente, cada una con una sonrisa burlona pintada en su cara.
- ¿Qué se siente al pasar de ser la mejor y a la que todo el mundo envidia a ser la apestada, Regina? – preguntó Cruella.
La morena se quedó en silencio. Era mejor no caer en su trampa, sino ignorarla.
- La gente solo te quería porque le tenían miedo a tu madre. – dijo Úrsula. - ¿Ves cómo te miran todos ahora? No les importa, porque ahora te juntas con escoria y hasta ellas te han dejado de lado. – rió.
Regina siguió en silencio, mirándolas fijamente y preguntándose cuánto duraría esa tortura.
- Eres tan cobarde que ni siquiera puedes enfrentarte a nosotras. Nunca has podido. – comentó Mal. – Siempre era Kathryn la que te defendía, pero ella ahora no está. Y tampoco está tu Emma.
- Además, si quisiera hacernos algo quedaría expulsada, y eso no le conviene. – continuó Cruella. – Estás sola, amiga.
- Y por si fuera poco, Robin nos ha dicho cosas que… - retomó Mal, pero esta vez sí que fue interrumpida.
La morena las miraba hecha una furia. No tenía por qué estar soportando esos comentarios. Antes de que siguieran con sus estúpidos rumores o llamaran la atención de más gente – imposible, ya que el resto de alumnos estaban pendientes de aquel suceso –, decidió actuar.
- Ya basta. – pidió. – Se ha estado hablando de mí por los pasillos, lo sé, no soy idiota. También sé que os habéis inventado rumores sobre mi familia y sobre mí. – hizo una pausa breve. - ¿Qué ganáis con eso? – continuó, levantando la voz. – ¿Amigos? ¿Reconocimiento? ¿Ser mejores que yo? ¿El dinero de mi familia? No conseguís absolutamente nada, porque siempre habéis sido mi sombra porque os interesaba, pero solo sois un TROZO DE MIERDA. Ahora, dejadme en paz.
La confusión que provocaron aquellas palabras abrió una vía para que escapase hacia el baño. No se podía creer que hubiera montado un numerito en el recibidor y mucho menos que las hubiera insultado. Regina nunca había dicho aquellas palabras. Las había pensado muchas veces, sí, pero jamás se le habría ocurrido decirlas en alto.
A tercera hora, ese mismo día, la clase parecía ser intencionadamente la más aburrida del curso. El reloj, encima de la pizarra, marcaba los segundos con una lentitud que no podía ser real. Los minutos parecían no pasar, y la voz grave del profesor se colaba en los oídos de los alumnos como si fuera una nana que les impedía mantenerse despiertos.
Emma no podía más. Se había propuesto volver a ser una buena estudiante, o al menos regular, y lo estaba consiguiendo. Pero aquella clase era superior a sus fuerzas, por lo que seguir ahí dentro no era una opción. Levantó la mano, decidida, y en seguida fue atendida por el profesor.
- ¿Swan?
- ¿Puedo ir al baño? – preguntó ella, tratando de sonar inocente. – Es urgente.
Aunque aburrido, aquel hombre también era benévolo, así que la dejó ir sin mayor problema. La rubia se llevó una mirada fulminante de su compañera de al lado antes de levantarse.
No habían pasado ni cinco minutos cuando golpearon levemente la puerta del aula dos veces. La cabeza de una de las profesoras se asomó y pidió permiso.
- Perdone, necesito llevarme a Regina Mills. – dijo. – Su padre está aquí.
Regina tragó en seco y, después del asentimiento del profesor, se levantó y acompañó a la mujer. Suponía que su padre había sido notificado sobre lo sucedido aquella mañana y estaba allí por eso mismo. Sus sospechas se convirtieron en una realidad cuando tuvo frente a ella la puerta del despacho del director.
Emma buscaba algo con lo que entretenerse para no tener que volver a aquella tortura de clase, cuando se encontró a Ruby sentada en uno de los bancos del vestíbulo.
- ¿Rubs? ¿Te has escaqueado?
- Sí. – respondió ella, fastidiada. – Tenía educación física y le he dicho que estoy con la regla. ¿Y tú?
- Clase con el señor Darling. – explicó.
- Ah, Emma. Prefiero morirme. Pero menos mal que has salido, ha pasado algo.
La rubia frunció el ceño.
- ¿Qué?
- Acompáñame a dirección. Han llevado allí a Regina, ha venido su padre. Creo que por lo de esta mañana.
- ¿Qué pasó esta mañana?
Ruby la miró, entre indignada y sorprendida. ¿Cómo era posible que no se hubiese enterado de nada? Se lo explicó de camino al despacho, y ambas se quedaron por fuera intentado entender alguna cosa suelta de la conversación.
Dentro, Regina estaba sentada frente a su padre. Había esperado una bronca, pero eso no había ocurrido. En lugar de ello, había obtenido una recomendación.
- Hija, estás en todo tu derecho a enfadarte con esas chicas. Sé cómo son y cómo hablaban con tu madre. No te pido que sigas siendo amiga suya. – explicó. – Pero tampoco quiero que pases sola el resto del curso. ¿Qué ha pasado con Emma? – dejó la pregunta en el aire, para continuar. – Sabes que el juicio se acerca, y no quiero presionarte, pero sumará muchos puntos que estés rodeada de un ambiente sano en clase.
La morena asintió, pero no dijo nada.
- Temo que tu madre quiera sacar a colación este tema para salir ganando. No quiero que tenga ninguna oportunidad. Mi obligación, ahora y siempre, ha sido protegerte. Y ya que no lo he hecho bien siempre, déjame al menos hacerlo ahora.
- Sí, papi. – agradeció Regina. – Te prometo que lo intentaré, pero ha sido difícil.
- Lo sé, cariño, lo sé. – respondió él, abrazándola. – Por favor, no te encierres en ti misma. Eres una chica maravillosa y hay mucha gente que te aprecia.
Emma no sabía que los padres de Regina se estaban divorciando. Cuando por fin tuvo la certeza, la imagen de su amiga esperándola en casa se repitió una y otra vez. Regina había ido a visitarla para algo, y parecía ansiosa aquel día. No estaba contenta por hablar con su hermano, sino que quería contarle que su pesadilla estaba terminando. Y ella lo había hecho todo mal.
Una vez salió del despacho del director, la tercera hora había acabado y había dado paso al recreo. Regina se pasó por la cafetería. Solo para curiosear, se dijo. Solo por si…
- ¡Hey! ¡Regina! – escuchó gritar a Ruby. Se giró en su dirección y la vio agitar el brazo enérgicamente. Con paso dubitativo, se acercó lentamente a aquella mesa, en la que el resto de comensales no hacían otra cosa que sonreír.
No recordaba haber hablado con Elsa o Belle para más de lo necesario, pero aquellas dos chicas la recibieron con alegría y le hicieron hueco para que se sentase. Y luego estaba Emma. Con una complicidad muda, la rubia le sonrió y asintió. Entonces, ella lo entendió todo. A su manera, la estaban salvando.
Y ella no podía estar más agradecida.
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