¡Hola! Vengo de nuevo con un capítulo, gracias por leer, comentar etc etc. No me enrollo, leed y disfrutad, espero que os guste.


12

Regina estaba sentada en su escritorio y mirando a la nada cuando unos leves toques en la puerta de su habitación la sacaron de su ensoñación.

- Adelante. – dijo, pensando que sería su padre. La puerta se abrió despacio y dio lugar a la figura de Emma Swan, con el uniforme ligeramente descolocado, el pelo alborotado y una expresión tímida, como si no se atreviese a cruzar el umbral.

- Hola. – saludó, con una ligera sonrisa.

La morena la miró fijamente durante unos segundos, pues creía que era cosa de su imaginación y que realmente no estaba allí. Tras comprobar que, evidentemente, era real, sacudió la cabeza y le respondió.

- ¿Cómo has sabido dónde vivo ahora? – preguntó, confundida.

- No lo sabía. – respondió la rubia. – Me he encontrado a tu padre por el camino y me lo ha dicho.

- Oh. – dijo Regina, simplemente. – Le caes muy bien.

Emma sonrió satisfecha, pues ya lo sabía, y el sentimiento era recíproco. Después, con algo más de confianza, se sentó al borde de la cama de Regina, frente a ella.

- Escucha, Regina, he venido a pedirte disculpas. – empezó. – La otra vez, en la biblioteca…dije lo que dije porque estaba enfadada. Sólo reaccioné, no pienso que seas una cobarde ni nada de eso.

La morena suavizó su expresión después de escuchar esas palabras. No es que estuviera enfadada con ella, ya no, pero le seguía doliendo. Y oír aquello le quitaba un peso de encima como nunca hubiera imaginado.

- No pasa nada. – respondió. – Es verdad. Me molestó mucho lo que dijiste, pero era la verdad.

- Lo siento. – volvió a disculparse Emma. – De todas formas, no tiene nada de malo, ¿sabes? Estabas en una situación muy difícil. Yo…solo siento no haberlo tenido en cuenta en ese momento.

- Eres impulsiva. – dijo Regina, algo más animada y con una leve sonrisa.

- Y torpe. – añadió la rubia.

- Y mi amiga.

Inmediatamente después de esas tres palabras, las dos chicas hicieron una pausa, se miraron fijamente y empezaron a reír.

- Sí, soy tu amiga. – confirmó Emma. – Y no voy a dejar de serlo.

- Gracias por aceptarme hoy. Ya sabes…

- ¿Cómo no iba a hacerlo? Regina, has pasado demasiado tiempo sola, necesitas amigas nuevas.

Regina coincidió en aquella afirmación y la tarde transcurrió normal, como si la rubia nunca hubiese desvelado sus sentimientos y Regina nunca la hubiese rechazado. Como si ninguna tensión flotase en el ambiente. Sólo volvían a ser Emma y Regina, las mismas que se habían conocido a principio de curso y que habían descubierto que podían llevarse bien.

- ¿De verdad las llamaste "trozo de mierda"? – preguntó Emma de repente.

La morena rió, mirando la expresión sorprendida y casi incrédula de su amiga.

- Sí… no fue el mejor insulto, ¿verdad? – preguntó, haciendo un mohín.

- No – se burló Emma – pero no me lo esperaba de ti. Bien hecho. – la felicitó, con un golpecito del codo.

- Quería decirles cosas peores… - confesó Regina – se me ocurrieron muchas, pero no quería que me expulsaran.

- Yo le habría roto un brazo a cada una. O la nariz.

Regina se lanzó hacia ella para hacerla callar, tapándole la boca con las dos manos.

- ¡No digas eso ni en broma! – le riñó – Has tenido suficiente con Killian. Acuérdate de que ya estás casi casi reformada.

- Sí, es verdad. – respondió Emma – Eso me recuerda a que nunca me disculpé con él.

- Es cierto. – concordó la morena.

- Hey, he venido aquí a pedirte perdón, no a que me des un sermón de con cuántas personas me tengo que disculpar. – bromeó la rubia, poniendo los ojos en blanco.

- Bueno, por ahora, yo estoy contenta. – confesó Regina, antes de abrazarla por sorpresa.

Se quedó así un rato, en esa posición, confirmando todas aquellas sospechas que no salían de su cabeza. Le gustaba Emma y no había marcha atrás.


Los últimos días habían sido una montaña rusa. Regina casi no sabía dónde estaba o qué estaba ocurriendo a su alrededor la mayoría de las veces. Era como si todo sucediese al margen de ella y ella se moviese solo por impulso, pero sin ser consciente de sus acciones.

Diciembre había llegado con frío y con el divorcio de sus padres que, afortunadamente, había salido bien. Henry se había quedado con la custodia de Regina y Cora con la antigua casa y todos los efectos materiales que había querido. Aquello fue un gran alivio para todos. Zelena, Regina y Henry sintieron una liberación que jamás creyeron que podían sentir.

A partir de entonces, todo había sido más tranquilo. Los trabajos y los exámenes estaban por terminar y las navidades muy cerca. Eso daba a la menor de los Mills más tiempo para ponerse al día con su mejor amiga.

- ¿Ha salido todo bien? – preguntó Kathryn en cuanto se estableció la conexión con su amiga.

- Hola, Kat. – saludó ella, sonriendo. – Por suerte, todo ha ido bien. Me quedo con papá y mi madre con la otra casa.

- ¡Bien! – exclamó la rubia, celebrando con los brazos en alto. – Me encantaría estar allí para celebrar que te has librado de dos cargas: las víboras y tu madre.

- Sí… - respondió Regina – Y no te olvides de Robin. – bromeó. – He quitado todo lo que estaba mal.

- Me alegro muchísimo, de verdad. Ya te lo he dicho, pero no sabes las ganas que tengo de acabar el curso y volver a abrazarte. Después iremos a la universidad juntas y no te dejaré sola nunca más.

- Sí, Kat. Prometido.

- Y... – ahí venía la pregunta más esperada – ¿Alguna novedad con Emma?

- Seguimos siendo amigas. – respondió Regina. – No hay nada más que contar. – mintió.

- Entonces… ¿sigues negándome que está coladita por ti?

- Te gustaría, ¿verdad? – rió la morena.

- Me gustaría que fueses feliz y normalmente cuando hablas de ella lo estás. Así que cuenta, ¿qué ha pasado?

- No ha pasado nada. De verdad. – volvió a mentir. No sabía por qué, pero le daba vergüenza reconocer lo que sentía ante su mejor amiga.

En seguida cambiaron de tema y la conversación volvió a ser fluida, que era exactamente lo que necesitaba Regina para distraerse.


Las bajas temperaturas que habían traído los últimos retales del otoño a Storybrooke habían obligado a que ahora los uniformes estuviesen incompletos sin medias, abrigos y, en muchos casos, gorros. En el caso de Emma, ella le había dado su toque personal con varios a lo largo de la semana y, por supuesto, su inseparable chaqueta de cuero roja.

En aquella ciudad el frío no daba tregua una vez bien entrado el invierno, pero como aún no había empezado, los alumnos disfrutaban de los últimos rayos de sol que podían disfrutar antes de sumirse en la lluvia y la nieve. Aquel día, a pesar de las bajas temperaturas, hacía buen tiempo y Swan se encontraba descansando bajo en sol cuando Ruby se acercó y se sentó a su lado.

- Estás rara. – observó la morena.

Emma se mantuvo con los ojos cerrados, pero giró la cabeza levemente hacia ella para hacer ver que la estaba escuchando.

- Es solo que odio llevar estas medias. – se quejó, revolviéndose como si le picaran – Por si no fuera suficiente llevar esta falda desde principio de curso. No soporto el uniforme.

- Sabes que no es verdad. – rió Ruby, cuando su amiga se ponía en ese plan no podía evitar estar graciosa. – Estás contenta de llevarlo cada vez que ves a Regina, o sea, todos los días. Tú estás rara.

- Regina está rara. – contradijo Emma.

- ¿Lo dices porque está más cariñosa de lo normal?

- Entonces tú también te has dado cuenta.

Emma la miró. Allí, a lo lejos, se encontraba su amiga. Uniforme perfecto, unas medias bonitas que combinaban a la perfección, un abrigo largo y que parecía cómodo y el toque final, una preciosa diadema blanca que contrastaba con el negro de su pelo. Estaba hablando con Bella, Elsa y otra chica de la clase de Ruby, a la que todos llamaban Tink. No sabía si estarían hablando de clase o de alguna otra cosa, pero Regina parecía feliz, o al menos más serena que los meses anteriores. La rubia no pudo evitar sonreír al pensar que había podido integrarse bien. Se alegraba mucho.

- Sí, no sé…es raro, ¿sabes? – continuó con la conversación. – Parece que se acerca, al día siguiente se aleja, luego vuelve…me confunde.

- Creo que a Regina le gustas y no sabe cómo demostrarlo. – respondió Ruby, siendo totalmente sincera.

- Si le gustara no me habría rechazado. – se quejó Emma.

A lo mejor no lo sabía. O no se había dado cuenta. O se siente tan mal ahora que no se atreve a decírtelo.

- No sé…yo no sé qué hacer, Ruby… - contestó, frustrada.

- ¿Cuántas veces has ido a su casa desde que os lleváis bien de nuevo?

- Varias, pero casi todas han sido para hacer el trabajo de Archie. Siempre me voy temprano, porque ya sabes… - se encogió de hombros – creo que no puedo estar mucho tiempo cerca de ella sin hacer una locura.

- Oh, Emma… - dijo Ruby, con una risita. – Pobre de mi Emma. Tiene miedo de darle un beso a su chica.

- No es mi chica. – refunfuñó. - Oye, pero ¿por qué siempre se trata de mí? Creo que tienes un novio secreto y no me lo quieres contar.

- Ah, porque no es nada…aún. – respondió Ruby, quitándole importancia. – No quiero fastidiarla, así que prefiero asegurarme que las cosas están saliendo bien.

- Vale, pero quiero que me lo cuentes en cuanto puedas.

- Tranquila, serás la primera en enterarte – rió.

- Bien. No te vayas nunca, Ruby.

La morena sabía que aquellas palabras no habían salido de la boca de Emma por casualidad o sin pensar. Esas palabras, la rubia las sentía con fuerza en su corazón y eran muy importantes para ella. Después de David, tenía miedo de perder lo poco que le quedaba – aunque cada día era más y ella no se daba cuenta –, así que se las tomó todo lo en serio que se las tenía que tomar.

- Prometido, Ems. No me voy a perder el ser la madrina el día de tu boda. – aseguró con una sonrisa.


Las cenas de los Mills eran ahora tranquilas. No había gritos, no había peleas ni malas caras. Era verdad que de vez en cuando discutían, como cualquier familia, pero aquellas peleas nunca acababan con un portazo o un encierro en las habitaciones del piso de arriba.

Un día más, los tres comían tranquilos – porque Zelena había acabado las clases y vuelto a casa –, acompañados por el leve sonido de música clásica de fondo.

- Papá… - dijo Regina, atrevida a decir en voz alta lo que llevaba pensando un tiempo.

- Cuando me llamas papá es porque quieres hablar de cosas serias o pedirme algo. – bromeó Henry – ¿Qué quieres?

Regina rió. Llevaba mucho tiempo queriendo pedir aquello, pero su madre se habría negado en rotundo y aquel caso no tenía nada que hacer. Pero ahora que las cosas eran diferentes, quizás saldría bien.

- Estaba pensando que tal vez podría pedir algo especial por Navidad.

- Una hermana nueva, ¿a qué sí? – preguntó Zelena riendo, pues últimamente no paraban de picarse.

Henry y Regina rieron ante aquella broma, pero volvieron a la conversación en seguida.

- ¿El qué? – preguntó él, con interés.

- Me gustaría volver a cabalgar. – pidió, poniendo ojitos – ¿Me dejarías?

- Estoy seguro de que Rocinante estará contento de verte. – respondió Henry, después de unos segundos de silencio y considerar aquella opción.

La morena no pudo hacer otra cosa que sonreír. Rocinante era su caballo, al que había acompañado desde su nacimiento y había cuidado con ahínco y visto crecer. Hacía tres años que había dejado de montar por una mala caída. Realmente no le había pasado nada, más que un golpe y el susto de haberse caído, pero inmediatamente su madre le prohibió montar de nuevo.

Cabalgar siempre la había hecho sentirse viva y feliz, por lo tanto era otra de las cosas que su madre le había quitado deliberadamente. Ella había rogado una y otra vez que la dejase volver a montar, que Rocinante era un buen caballo y que todo había sido un accidente. Henry tuvo que interponerse para que no sacrificasen al pobre animal.

- Tengo muchas ganas. Gracias, papi.

El trato se cerró con un abrazo, y las inmensas ganas de Regina de volver a los establos.


Las clases acabaron casi antes de que se dieran cuenta, por fin los alumnos tenían un respiro de aquel curso tan duro y respiraron aliviados sabiendo que podrían descansar hasta principios de enero.

Con todos los trabajos y exámenes entregados y aprobados con sobresaliente, Regina Mills se sentía satisfecha, pero no solo por ella, sino también por cierta rubia que había acabado con un boletín lleno de aprobados.

- He aprobado todas, Regina, ¿te das cuenta? – la alcanzó Emma, agitando el sobre con sus notas.

- Lo sé. – respondió ella, con una sonrisa. – El trimestre que viene volverás a ser buena en matemáticas y sacarás más nota que yo otra vez. – dijo con fastidio, pero bromeando.

Emma ladeó la cabeza y la miró confusa.

- Tú… ¿te acuerdas de eso?

- Como para no acordarme. – dijo riendo – Nunca me habían superado en ninguna nota. Tú fuiste la primera, Emma Swan.

- Y me odiaste por ello. – se quejó.

- Tenía 11 años. Claro que te iba a odiar. – se disculpó – Después te volví a superar y me olvidé.

- Te falta el detalle de que te sigues acordando.

- Fue un momento traumático. No te imaginas la bronca de mi madre. – suspiró.

Como la morena no se lo tomó en serio, las dos se rieron de aquel momento, sabiendo que era una tontería del pasado. Poco más tarde, Bella se juntó a las dos y detrás de ella Elsa, Anna y Tink.

- ¿Todo aprobado? – preguntó Emma, aunque ya lo sabía.

- Evidentemente, pequeña Swan. – respondió Bella. – pero por ahí llega alguien que no está tanto contento.

Ruby se acercó a paso lento, arrastrando los pies por el pasillo, hasta llegar al grupo.

- Bah, me han caído dos. – dijo, antes de que nadie le preguntase. – Eso significa que voy a tener que trabajar con mi abuela en la cafetería todas las navidades.

- Lo ibas a hacer igualmente. – observó Elsa. – Pero no te preocupes, nos tienes a nosotras para distraerte.

- Es verdad. – la expresión de Ruby cambió en un momento y se animó de nuevo. – Entonces, ¿vamos a celebrar el descanso del dolor y de la dictadura de Gold?

Todas aceptaron excepto Regina, que se quedó algo atrás.

- Yo no puedo, chicas. – dijo. – Tengo que ir a los establos, Rocinante y yo tenemos una tarea pendiente. – bromeó.

Y así despidieron el fin del trimestre, unas por un lado y Regina por el suyo. A pesar de todo, estaba contenta. Ilusionada, se dirigió a los establos a ver a Rocinante, iniciando una nueva etapa que le iba a traer felicidad, libertad y algún que otro susto. Pero ella ignoraba todo eso, porque solo deseaba cabalgar sin importar nada más.


¿Qué os ha parecido? Lo único que puedo prometer es que el próximo capítulo va a ser intenso :P