¡Hola! siento mucho la tardanza en actualizar, pero he estado muy ocupada últimamente y se me ha complicado lo de escribir. Pero ya estoy aquí y espero que disfrutéis del capítulo. :)
13
Ese enero parecía ser el más frío de los últimos años a pesar de la poca nieve que había caído, pero a Regina no le importaba. Desde que se habían acabado las clases, iba a ver a Rocinante día sí, día también. Su cariño por el caballo no se había debilitado ni lo más mínimo en todo aquel tiempo que no había podido montar.
Quedaba tan solo una semana de vacaciones y quería aprovechar todo el tiempo posible antes de volver a la rutina.
Había que reconocer que Regina se encargaba del caballo con esmero, procuraba que no le faltase de nada y que se mantuviera sano. Daniel, el chico que trabajaba en el establo, siempre le aseguraba que estaba bajo los mejores cuidados. Y tanto ella como su padre le creían, pues durante todo el tiempo que se habían mantenido separados, había estado perfectamente.
Aquel día se había dirigido a los establos con más ilusión que nunca, sin saber por qué. El proceso era sencillo: se abrigó bien, confirmó que todo estaba en orden, ensilló al caballo y se puso en marcha. Rocinante era muy dócil y jamás desobedecía sus órdenes.
Cuando llevaba ya unos veinte minutos de camino, decidió que estaba empezando a hacer demasiado frío como para que cualquiera de los dos siguiese fuera, así que dio la vuelta para regresar al establo, cuando algo hizo desestabilizar al caballo. No le dio mucha importancia porque pensó que sería alguna pequeña roca oculta en la tierra, pero poco más tarde Rocinante se volvió a desestabilizar. Entonces, Regina se dio cuenta de que aquello no era normal. Parecía como si alguien estuviera tirando piedras con el objetivo de hacerlos caer. Antes de tener tiempo para cambiar de ruta, una piedra más grande le alcanzó, haciéndolo descontrolarse y tirando a su jinete.
La morena cayó sobre una piedra, haciéndose daño en las costillas. Quiso levantarse, pero por unos segundos se quedó aturdida y solo pudo ver a Rocinante huyendo, y la sombra de varias personas acercándose a ella. Poco más tarde, pudo reconocerles gracias a sus voces: Robin, Mal, Úrsula y Cruella.
—Pensábamos que eras una gran amazona, pero se ve que has perdido práctica. — siseó Mal. Los demás la acompañaron con una risita.
Acto seguido, le asestó una patada en el estómago. Regina se dobló del dolor, emitiendo un quejido.
—Pobre Regina, no tiene fuerzas ni para levantarse. —continuó Cruella.
La muchacha no iba a ser menos y le propinó otra patada. La morena volvió a retorcerse, pero esta vez no emitió ningún sonido.
—Vamos Regina, pídenos que paremos. —dijo Robin.
Por turnos, fueron golpeando a la morena, sin piedad. Ninguno de los golpes fue a la cara, todos hacia el cuerpo. Ella no sabía qué hacer, sentía como si hubiese salido de su propio cuerpo y no estuviera viviendo aquello, pues era surrealista. Cuando asumió que iba a recibir el golpe que la dejaría inconsciente, una voz a lo lejos hizo huir a sus atacantes.
—¡Regina!
Era la voz de Daniel. Ella quiso gritar para que la encontrase, pero no podía, no le salía voz. Unos segundos después pareció verla, porque los pasos se hicieron cada vez más rápidos. El muchacho la ayudó a levantarse y la acompañó de nuevo a los establos.
—¿Rocinante? —preguntó en un susurro, queriendo asegurarse de que su caballo estaba bien.
—Está perfectamente. Llegó al establo asustado, pero logré calmarlo y luego salí a buscarte.
—Gracias… —contestó Regina débilmente.
Eran pasadas las 9 de la noche cuando Emma decidió que el día había acabado para ella. Estaba aburrida de ver la televisión, no encontraba nada más interesante o no le apetecía. Era uno de esos días raros en los que no sabía qué hacer, pero tampoco tenía sueño.
Se levantó, apagó el televisor y dejó la sala ordenada, pero antes de subir a su habitación escuchó ruidos cerca de la puerta principal. Sigilosamente se acercó a ver qué era, pero lo que descubrió no le gustó nada.
Apresurándose a abrir la puerta, encontró al otro lado a una Regina empapada, sucia y con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Regina? —preguntó, preocupada— Pero, ¿qué ha pasado?
—Emma…—susurró la morena, rompiendo a llorar.
—Anda, ven aquí, pasa.
La rubia prácticamente la arrastró hasta el piso de arriba, se dirigió al baño y empezó a llenar la bañera. Desapareció unos segundos y volvió con toallas limpias y un pijama. Dejando todo a un lado mientras esperaban, se agachó para quedar a la altura de Regina, que estaba sentada.
—¿Quieres contarme lo que ha pasado? —preguntó.
La morena se limitó a negar con la cabeza.
—Está bien. La bañera ya está lista. —advirtió— El baño te sentará bien, tómate el tiempo que quieras. —se dio la vuelta para marcharse, pero tras un segundo dudó y volvió— Puedes sola, ¿verdad? —preguntó, incómoda.
—Sí. —respondió Regina, algo incómoda también. No obstante, agradecía su amabilidad.
Mientras la morena se bañaba, Emma pensó que le sentaría bien algo calentito al estómago. Su experiencia en la cocina era nula, pero había visto a su madre preparar sopa más de una vez, así que no podía ser tan complicado. Buscó la receta en internet —por si acaso—, comprobó que tenía todo lo que necesitaba y dejó el caldo haciéndose antes de volver a subir.
Por un momento dudó. Estaba más preocupada por hacer sentir bien a Regina que por otra cosa, pero en el fondo la pregunta de qué le había pasado se repetía sin descanso. ¿Y si Regina se marchaba ahora? ¿Y si le había pasado algo de lo que no pudiera recomponerse? Sacudió la cabeza antes de seguir sacando conclusiones precipitadas y entró a su habitación. Se encontró con la otra chica quieta, sentada en el borde de la cama.
—¿Te sientes mejor? —preguntó, observando la expresión triste en la cara de su amiga —¿Tienes hambre? ¿Sueño?
—Un poco mejor, sí. —confirmó Regina— Gracias, y perdón por venir ahora, sin avisar… —continuó, avergonzada, mirándose las manos en el regazo.
—No tienes que pedir perdón. Estoy aquí para ayudarte. ¿Te apetece descansar un poco?
La morena asintió y Emma apartó todo lo que había en su cama para que pudiera colocarse bien, excepto un patito gigante de peluche, que Regina se quedó mirando fijamente.
—Me lo regaló Ruby hace un par de años. —explicó— Te lo dejo aquí para que te haga compañía.
Regina se metió en la cama sin decir nada más y se abrazó al patito, quedándose dormida casi al instante.
Emma había observado que su amiga se movía con cierta dificultad, lo que le daba algunas pistas. Pero por el momento, solo quería que descansara, y aprovechó que se había dormido para llamar a su padre, que le había dado su número en una de sus visitas a la mansión.
—Hola, ¿Señor Mills? Soy Emma —saludó, después de que el teléfono se descolgase tras dos tonos.
—Emma —respondió él, al otro lado del teléfono— Te lo he dicho muchas veces, puedes llamarme Henry. Me imagino que me llamas por mi hija.
—Eh, sí, perdón. Le llamaba por Regina, sí. Era para avisarle de que va a pasar la noche en mi casa, para que no se preocupe.
—¿Está contigo? —escuchó un suspiro— Menos mal. Era raro que no hubiese vuelto. ¿Me la puedes pasar?
—Se ha quedado dormida. —explicó Emma— No se sentía muy bien y mi casa le quedaba más cerca, así que ha venido aquí. Si quiere le digo que le llame cuando se despierte.
—¿Está bien? —preguntó Henry, preocupado— Voy a recogerla enseguida.
—No, no se preocupe. Deje que pase esta noche aquí. Se sentirá mejor en cuanto descanse un poco. Mi madre y yo cuidaremos de ella. —respondió la rubia, sin pensar. No sabía por qué había incluido a su madre.
Emma comprobó que Regina dormía profundamente y bajó de nuevo a la cocina a seguir con la sopa. Como de costumbre, todo estaba siendo un desastre, así que no pudo evitar hacer ruido al chocarse contra varias cacerolas.
—Mierda —susurró.
Minutos después, mientras intentaba arreglar y ordenar todo lo que había desordenado, Mary Margaret bajó las escaleras, con expresión somnolienta.
—Pero Emma, ¿qué haces que estás armando tanto escándalo? —preguntó, extrañada de ver a su hija en la cocina.
—Perdona mamá, estoy intentando hacer una sopa. —respondió la rubia, concentrada en lo suyo y sin reparar que era la primera vez en mucho tiempo que le dirigía la palabra a su madre.
De repente, las dos levantaron la mirada y se miraron fijamente durante lo que pareció una eternidad, sin decir una sola palabra. Emma no sabía qué hacer, lo había dicho sin pensar y no sabía cómo debía reaccionar.
—Emma —sollozó Mary Margaret, atrayendo a su hija hacia ella.
La rubia empezó a llorar a la vez, y poco después sintió los brazos de su madre alrededor de ella, consolándola.
—Perdóname, mamá… —se disculpó, atreviéndose a decir aquellas palabras que llevaban trabadas en su garganta tanto tiempo.
—Shh…está todo bien, cariño. No hay nada que perdonar.
Emma se separó y la volvió a mirar a los ojos.
—Sí lo hay, te traté fatal, te culpé, dejé de hablarte… —enumeró, sorbiendo en medio de cada palabra, sin dejar de llorar —sé que no es tu culpa y lo siento, pero no sabía cómo decírtelo.
—Escucha —dijo Mary Margaret, con voz suave — Ve a ver cómo sigue Regina, yo me encargo de la sopa.
—¿Cómo…? —preguntó Emma, sorprendida, pero después sacudió la cabeza— Da igual. Gracias, mamá.
La rubia respiró hondo y se calmó antes de volver a su habitación a comprobar si Regina seguía durmiendo. En caso de que no lo estuviera, no quería que la viese llorando. Con sigilo abrió la puerta del cuarto y asomó la cabeza. Todo parecía estar tranquilo.
Antes de que pudiese cerrar la puerta de nuevo, un movimiento hizo que parase. Escuchó un quejido, las sábanas revolverse y un sollozo.
—¿Regina? —preguntó, precipitándose hacia dentro.
—Estoy bien. —respondió la morena— He tenido una pesadilla y me he despertado.
Emma asintió. Su amiga estaba boca arriba, con las manos fuera de la colcha y expresión frustrada. Aquella posición le pareció tierna y graciosa a la vez, pero no era el momento de reírse. Se sentó junto a ella y sonrió ligeramente, intentando tranquilizarla.
—¿Segura de que estás bien? —vio a Regina asentir— Bien. ¿Te dejo para que sigas durmiendo?
Regina no respondió nada, pero en su lugar se interesó por ella:
—¿Tú estás bien?
—Sí. ¿Por qué?
—Has estado llorando.
—Ah, sí. —Emma se maldijo a sí misma— Pero no ha sido nada malo. Creo…que mi madre y yo nos hemos reconciliado.
La morena se incorporó de golpe e ignorando su dolor, la abrazó.
—Me alegro tanto por eso, Emma…
—Bueno, todavía tenemos que hablar, ya sabes…pero he podido mirarla a la cara, y hablar con ella. Disculparme.
—Ahora todo estará bien, ya verás. —la consoló Regina, acariciándole las mejillas con ambas manos.
—Sí…pero antes de que se me olvide, hablé con tu padre.
—Mi padre, debe estar preocupado. —se alteró Regina, tratando de recordar dónde había metido su móvil.
—Sabe que estás aquí. Le he dicho que no te sentías bien y que ibas a pasar la noche en casa. Me preguntó si quería que viniera a recogerte, pero le dije que no. ¿He hecho bien?
—Sí. Gracias otra vez, Emma. Voy a mandarle un mensaje para que sepa que estoy bien. Creo que mi móvil está en mi bolso. Lo dejé en el baño.
—Yo te lo traigo, tú descansa. He dejado a mi madre preparando sopa.
—No tienes que preocuparte más por mí, ya has hecho mucho, y no sé cómo agradecértelo…
—Necesitas comer algo y eso te sentará bien, así que nada de quejas.
Regina no volvió a poner una sola objeción más. Le escribió a su padre, que le respondió al momento, y se quedó más tranquila. Emma le pidió que durmiese un poco más y ella estuvo de acuerdo en que le sentaría bien. Agradecía que no le hubiese preguntado nada más sobre lo ocurrido. Sabía que tenía que hablar, pero no quería hacerlo todavía. Un rato de sueño más, quizás…
—Estaba despierta, pero se ha vuelto a dormir.
Mary Margaret asintió.
—Aún queda un rato para que se termine de hacer —señaló el caldero—, pero supongo que cuando se vuelva a despertar estará lista.
Emma se sentó en el sofá, dispuesta a esperar el tiempo que fuera necesario. Miró a su madre, sentada enfrente, y se decidió a preguntarle una cosa que venía pensando desde hacía tiempo.
—¿Crees que el psicólogo querrá volver a tratarme? —dijo de sopetón.
—¿Cuál de los dos? —Mary Margaret la miró, incrédula—¿Al que insultaste o al que agrediste?
—Me gustaba más el segundo… —admitió Emma, avergonzada.
Mary Margaret la miró seria durante unos segundos, pero luego empezó a reír.
—¿Y por eso tenías que lanzarle una enciclopedia? —preguntó entre risas.
La rubia se encogió de hombros, ladeando una sonrisa.
—Estaba enfadada y me dijo muchas cosas que yo no quería que fueran verdad. Pero me caía bien.
Su madre dejó de reír y, más serena, analizó la situación.
—Puedo hablar con él para que vuelvas a terapia. No creo que te guarde rencor. Pero solo quiero que me digas una cosa. Todo esto, ¿lo estás haciendo por ella? —dijo, dirigiendo su mirada a las escaleras.
—No, lo estoy haciendo por mí. —respondió Emma— Estoy cansada de estar mal.
Se había hecho bastante tarde para cuando Emma supo que por fin podía descansar. Regina había dormido y comido y ahora estaba despierta, descansando tranquilamente en su cama. Su cama. No había pensado en ese detalle antes.
—Me voy a dormir. Avísame por si necesitas algo. —le dijo a la morena. Ella ya estaba preparada con una manta y una almohada en las manos.
—¿Dónde vas a dormir? —preguntó Regina.
—En el sofá. No te preocupes, es cómodo.
—¿Por qué no te quedas conmigo? Esta es tu cama y es grande, cabemos las dos.
—Eh…¿estás segura?
—Sí.
—Está bien… —susurró Emma, sin estar convencida del todo.
La morena se hizo a un lado y se abrazó al patito gigante de nuevo, antes de que Emma se metiese también y apagase la luz.
Durante un rato se mantuvieron en silencio, tan solo escuchando las respiraciones de la otra y las suyas propias. Ambas sabían que no estaban durmiendo. Ambas sabían que esa noche iba a ser complicado dormir —en el caso de Regina, seguir durmiendo—.
—¿Emma? —dijo Regina, muy bajito, comprobando si estaba despierta.
—Ey. —respondió ella, sin saber qué decir.
—Gracias. —repitió por enésima vez ese día— Muchas gracias.
Emma notó el movimiento de las sábanas y supo que Regina se había dado la vuelta. Se giró hacia ella y aunque en la oscuridad solo podían intuir sus formas, le dedicó una sonrisa sincera. Sin una palabra más, Regina se acercó lentamente y posó sus labios sobre los suyos.
¿Qué tal? :)
