Sé que he tardado la vida y media en actualizar, pero ya estoy aquí. El capítulo es cortito, pero no quería tardar más tiempo, así que aquí está. Espero que os guste y gracias por la paciencia :)
14
Para Regina, la mayor parte del tiempo que había pasado desde que llegó a casa de Emma había sido como estar en automático. Las cosas pasaban y ella simplemente obedecía, pero sin estar realmente presente.
No había sido consciente hasta mucho más tarde de que estaba en la cama de Emma, vestida con un pijama de Emma, y ella y su madre le habían preparado la cena. No sabía cómo se sentía. Agradecida, eso seguro, pero a la vez algo vulnerable por mostrarse así frente a su amiga. Ella no quería que la vieran así, pero tampoco podía ir a su casa. Y al final, estaba donde quería estar.
Todos sus pensamientos pasaron a segundo plano cuando por fin tuvo a Emma frente a ella, sin intención de irse. Si era sincera consigo misma, quería besarla desde hacía un tiempo. Demasiado tiempo.
—¿Regina? —preguntó Emma, como si comprobase que lo que acababa de pasar hubiera sido real— ¿Me has besado?
La morena se limitó a asentir, con una sonrisa nerviosa.
—Regina, yo…—continuó la rubia— Escucha, no quiero que hagas esto por pena. No quiero que esto sea como un premio por ayudarte o algo así. Yo… —se vio interrumpida por los labios de su amiga de nuevo.
—No te he besado por pena. —respondió Regina, tranquilizándola— Te va a parecer raro, pero…tú también me gustas, Swan. —al ver la cara de Emma, solo pudo soltar una risita— Escucha, he tardado en darme cuenta. Lo siento. Me gustas de verdad. —hizo una pequeña pausa para tragar saliva— Esto solo tiene sentido si aún te gusto, claro. Si no, qué vergüenza… —añadió, cubriéndose la cara con las manos. Estaba sonrojada y lo sabía, pero las sombras de la noche lo ocultaban.
Emma tardó unos segundos en reaccionar, pero sonrió y le quitó las manos de la cara.
—¿Cómo no me ibas a gustar, Regina? Si me fijé en ti desde… en fin, hace mucho tiempo. No importa. El caso es que mis sentimientos no han cambiado. Pero esto me parece increíble, no me creo que esté pasando. Pellízcame para comprobar que no es un sueño.
Las dos chicas rieron y la morena la pellizcó de broma, consiguiendo un "¡ouch!" por parte de la otra.
—Me gustaría habértelo dicho antes, pero no lo sabía. Y supongo que seguiría sin saberlo si no me hubieras besado en la biblioteca. —rió.
—No me recuerdes ese momento, qué vergüenza.
Regina solo pudo reírse, aunque con algo de dificultad. Después buscó a la rubia para acercarse aún más a ella y abrazarla. Plantó varios besos castos en sus labios y después volvió a descansar a su lado.
—Gracias, Emma. No sé qué haría sin ti.
—No te lo pasarías tan bien, eso seguro.
—Sí…es verdad.
La rubia dudó un momento, pero sabía que era ahora o nunca. Era posible que si esperaba más tiempo Regina se volviese a cerrar y tuviese que esperar al día siguiente o incluso más.
—Sé que no es el mejor momento para hablar de esto, pero parece que nunca lo va a ser, así que prefiero preguntártelo ahora. —dijo de carrerilla, sin apenas respirar— ¿Qué fue lo que pasó?
—Estaba con Rocinante, dando un paseo. —explicó la morena— Cuando de repente perdió el equilibrio. Pensé que sería una piedra en la nieve, pero no era eso. Volvió a perder el equilibrio y me caí. Caí sobre una roca y me hice daño. Rocinante salió corriendo. Después aparecieron…
La voz de Regina fue perdiendo intensidad y volumen a medida que avanzaba en la historia, tanto que incluso a la corta distancia a la que estaban, a Emma le costaba escuchar. Hicieron varias pausas hasta que la muchacha terminó de narrar lo sucedido.
Emma se incorporó de golpe y se levantó de la cama.
—¡Joder! Menudos hijos de puta, se merecen una paliza cada uno. —se quejó, yendo de un lado a otro de la habitación sin parar.
Regina se levantó tras ella y la hizo pararse y calmarse. Una vez estuvieron de nuevo sentadas en la cama, tomó la palabra.
—Emma, no. —le advirtió— No quiero que hagas nada, ¿de acuerdo? Tienes que terminar el curso sin más problemas, y yo también.
—Pero ellos…
—Ellos tendrán su merecido, pero ahora no. No podemos hacer nada porque iría contra nosotras y lo sabes, ¿verdad?
Después de discutir sobre lo que debían hacer o no hacer contra el grupo que había atacado a Regina, esta consiguió convencer a Emma de no tomarse la venganza por su mano. Esperaba que la rubia no hiciera nada de verdad, porque no le gustaría que se jugara el curso, y mucho menos con ella. Pero, a pesar de haberla convencido, sabía que algo iba a terminar ocurriendo y sería inevitable.
Aquella noche se fueron a dormir muy tarde, pero con la satisfacción de saber que sus sentimientos eran recíprocos. Se podría decir que durmieron plácidamente, aunque la morena tuvo alguna que otra dificultad para moverse, por el dolor.
Esa misma mañana, Emma despertó a Regina suavemente, para avisarla de que tenían que irse.
—Regina. Venga, va, despierta, que nos vamos.
—¿Mmm? —se quejó la morena, aún con los ojos cerrados— Pero tengo sueño.
—Nada que un café no pueda solucionar. El desayuno está listo, vamos.
A regañadientes, Regina se destapó y con una lentitud inusual en ella, se levantó.
—¿A dónde vamos? ¿Por qué tanta prisa?
—Mi madre y yo vamos a llevarte al médico. —explicó la rubia— Tenemos que asegurarnos de que ninguna de tus heridas sea grave.
Regina sintió como si la hubiesen despertado de golpe, y empezó a soltar palabras sin control.
—Si vamos al médico mi padre lo sabrá, y aunque no se entere por él, se lo dirán, tarde o temprano, los médicos siempre hablan entre ellos y se van a contar las cosas, además todos van a saber lo que pasó y encima ahora tengo que desayunar con tu madre, qué vergüenza después de haber pasado la noche aquí, no sé…
Emma interrumpió su verborrea con una carcajada. Se acercó a ella despacio y la sujetó suavemente por los brazos.
—No vamos a ir al médico aquí en Storybrooke, vamos a salir de la ciudad. Puedes estar tranquila, tu padre no sabrá nada. Y por mi madre no tienes que preocuparte, le caes genial.
La visita al hospital no fue larga. Regina no había soltado la mano de la rubia en todo el trayecto. Necesitaba la tranquilidad y confianza que ella le transmitía. Y mientras le hacían las pruebas, Emma estuvo ahí. Con una sonrisa. Con cara de todo irá bien. Con su encanto natural. Siempre pendiente de ella.
—Has tenido suerte de que esa costilla no esté rota. —dijo la doctora— Un par de golpes más y quizás no habría aguantado. Eres una chica fuerte, Regina.
La morena suspiró con alivio.
—Entonces, ¿qué debo hacer?
—Descansar y tomarte las pastillas que te voy a recetar. No te olvides de descansar. Parece una tontería, pero siempre se lo repito a mis pacientes.
Poco después, receta en mano y más tranquila, las chicas se reunieron con Mary Margaret para ir de vuelta a casa. La mujer prometió no comentarle nada a Henry, actuando como testigo y cómplice de aquel accidente, que sabía que había originado una sucesión de momentos que le habían devuelto la sonrisa a la cara de su hija.
A pesar de todo, la vida real parecía quedar lejos de lo que estaba sucediendo. Pero aún quedaban horas en el día para disfrutar y hacerse compañía. Es por eso que volver a la mansión era algo que podía esperar. Y esperar…
—¿Puedo pasar un rato más contigo antes de volver a casa? —preguntó Regina, sonrojándose al escuchar sus propias palabras.
—Claro. —respondió Emma— Todo el que quieras. Estaré dispuesta a hacer ese sacrificio.
—Idiota. —se burló.
Sí, Emma era idiota. Pero no en el mal sentido. A Regina le encantaba lo idiota que era la rubia. Hasta tal punto que no sabía expresarlo y eso le daba algo de miedo.
Horas más tarde, después de almorzar y ver una película juntas, se acercaba el momento de la despedida, para el que ninguna de ellas estaba preparada. Sin embargo, era inevitable. Aunque siempre podían atrasarlo unos minutos más…
Emma acariciaba con cariño la cabeza de morena, que descansaba con la respiración pausada, mientras miraban hacia la nada, pues la pantalla de la televisión estaba apagada.
¿Qué haces, Emma? – preguntó Regina en un susurro. No estaba acostumbrada a lo que estaba sucediendo.
Quererte. —respondió ella, con una sinceridad que no tuvo ni que pensar.
Regina nunca se había sentido así de querida —a excepción de por su padre y su hermana. Con Robin, nunca había sido así. El chico no era ni la mitad de cariñoso, ni le prestaba la mitad de atención que estaba recibiendo.
Así que eso era lo que se suponía que se sentía cuando te querían…
La casa de los Mills parecía incluso más imponente cada vez que la visitaba. El camino hasta la puerta pareció kilométrico y la puerta más alta que nunca. Cuando Henry salió a recibir a las chicas, Emma sacudió la cabeza para borrar esos pensamientos.
—Listo, aquí la tiene, sana y salva. —comentó, intentando ser graciosa.
—Muy amable por tu parte haber venido, Emma. —respondió Henry amablemente— ¿Quieres pasar?
—No, muchas gracias, pero mi madre me espera para la cena. —se excusó— Pero estaré encantada de volver otro día si estoy invitada.
—Sabes que estás invitada siempre. —dijeron padre e hija a la vez.
Lejos de ser incómodo, los tres rieron y se despidieron prometiendo verse pronto. Pero verse pronto podía ser bueno o malo. El siguiente paso sería enfrentarse a la realidad y ninguna sabía si estaba realmente lista.
¿Qué creéis que pasará?
