Es posible que me haya retrasado más de lo normal en actualizar, sí, pero es día de celebración porque estoy aquí de nuevo! :P

En fin, espero que os guste el capítulo, muchas gracias por seguir leyendo.


17

Henry le había cerrado la puerta a Cora en las narices antes de que pudiera decir algo hiriente. Acto seguido suspiró, y al levantar la cabeza su sorpresa fue encontrarse las cabezas de Emma y Regina asomadas por la barandilla de la escalera. Negó y no pudo evitar sonreír.

—Anda, bajad. —les pidió— ¿Qué hacíais ahí escondidas?

Las chicas bajaron, algo avergonzadas de que las hubieran pillado espiando. Regina fue primero, y una insegura Emma fue detrás de ella.

—Papá, ¿qué iba a decir mamá? —preguntó la morena, aunque sospechando la respuesta.

—Nada importante. —respondió— Pero sospecho que hay algo que sí es importante y que me tenéis que contar vosotras.

Emma tragó saliva. Henry siempre había sido amable con ella y sabía que le caía bien, pero de repente estaba nerviosa.

—Euh, yo…tengo que irme. —se excusó— Se me hace tarde.

—Emma. —la interrumpió Regina, agarrándola de la mano— No pasa nada.

Tras calmar a la rubia, Regina retomó la palabra. Sabía que no debía estar nerviosa, pero lo estaba de todas maneras. No todos los días tenía que volverle a presentar a su padre a Emma, ahora como su novia.

—Papi, Emma es ahora mi novia. —dijo de una vez, antes de tener tiempo para acobardarse— Supongo que mamá se ha enterado y por eso ha venido.

—Sí, eso me imaginaba. —respondió él— Yo ya lo sabía…—continuó, con una pequeña sonrisa— Estoy muy contento por las dos.

Un rato más tarde, cuando Emma pudo huir de aquella casa y aquella charla, aunque todo hubiese ido bien, Henry se sentó junto a Regina para poder hablar a solas.

—Mamá nunca aprobaría mi relación con Emma. —dijo ella, más para sí misma que para su padre.

—Eso es cierto. Pero tu madre ya no vive con nosotros. —argumentó Henry— Dime algo, hija, ¿tú eres feliz?

Regina asintió, con una sonrisa. Pensó en la cara de pánico de Emma unas horas antes, al darse cuenta de que se enfrentarían a la conversación las dos juntas. Ella también habría entrado en pánico si le hubiese tenido que hablar a Mary Margaret sobre aquello.

—Sí, papi. Emma me gusta mucho. —dicho esto, agachó la cabeza para ocultar lo sonrojada que estaba.

—Entonces eso es lo único que importa. Además, Emma es una muchacha estupenda.


Una semana después, todos parecían haberse olvidado del incidente de las ratas y el ambiente volvía a ser normal. El instituto de Storybrooke recuperaba su rutina, las clases volvían a ser aburridas y los cuchicheos eran los de siempre. Al menos, hasta que interrumpieron durante la hora de Archie llamando a la puerta.

Un profesor se asomó y pidió disculpas en silencio, antes de repasar el aula con la mirada.

—Por favor, necesito que Swan salga del aula un momento.

Emma y Regina se miraron, confundidas. La rubia no había hecho nada. No era posible que se hubiera metido en problemas otra vez.

—Por supuesto, pero que regrese enseguida. —dijo Archie, antes de mirarla directamente, con una sonrisa amable.— Vamos, Emma, puedes salir.

Emma asintió y se levantó despacio, recorriendo el camino hasta la puerta bajo la atenta mirada de todos sus compañeros.

—Déjame que lo adivine…al despacho del director. —apostó, una vez fuera.— ¿Me equivoco?

—No sé qué habrás hecho ahora, Swan, pero me dijo que era urgente. — respondió el profesor de guardia.

La rubia suspiró. Podría ser cualquier cosa. Lo que se reprochaba era no habérselo imaginado. Estaba segura de que la habrían culpado por algo. Pero no había pasado nada, ni una pintada, ni un rumor, ni un destrozo…nada.

Tragó saliva en cuanto estuvo frente a la puerta del despacho del director. No es como si no hubiese estado allí anteriormente, pero sí era la primera vez que no sabía el motivo. Tocó dos veces a la puerta, y en cuanto escuchó que decían "adelante", entró.

—No, no hace falta que te sientes. —dijo el director, una vez ella se había acercado— Estás expulsada.

—¿Por qué? —preguntó Emma.

—No te hagas la tonta, Swan, lo sabes perfectamente. Te ha faltado tiempo para volver a las andadas, ¿eh?

—Yo no he hecho nada. No sé por qué estoy expulsada. —se quejó— He aprobado todo y no me he metido en problemas.

—¿Y qué fue lo de las ratas? No me dirás que lo hizo otro.

—Yo no fui.

—Emma, los dos sabemos que no es verdad. Eso lleva tu firma, y además, hay testigos.

—Ya, testigos. Si quieres te digo sus nombres y apellidos. —encaró al hombre, levantando un poco la voz— YO – NO – FUI — repitió— Esos testigos no tienen pruebas.

—Tenga pruebas o no, estás expulsada. Haz el favor de salir de mi despacho. Lo siento, Swan, pero no vas a poder graduarte.

La rubia intentó relajarse y respirar hondo antes de hacer cualquier tontería. Ella había cambiado, no se dejaba llevar por la rabia. Tenía que pensar en sus amigos, en su madre, en Regina. No podía fastidiar lo que había conseguido hasta ahora. Sin embargo, podía notar la rabia recorriendo su cuerpo, y sabía que estaba llegando el punto en el que iba a perder el control.

Después, un golpe vino detrás de otro. Hubo cristales que estallaron contra el suelo, una puerta que casi se desencaja tras un portazo, papeleras que terminaron destrozadas, e incluso hileras de taquillas que formaron un estruendo que llegó hasta la parte más alejada del edificio.

Lo siguiente, puertas abriéndose y alumnos y profesores asomándose al pasillo. Entre ellos, Archie, y tras él, una morena con cara preocupada.

Emma estaba fuera de sí. Golpeaba y destrozaba lo que se encontraba a su paso, como si no sintiera dolor, a pesar de que se podía ver sus dos puños sangrando.

Regina se envalentonó y se dirigió a ella a paso lento, como si así no pudiesen verla.

—Emma…Emma, por favor, para. —suplicó— Por favor…

Los segundos que tardó en cerrar la distancia con la rubia parecieron eternos. Estaban en medio de un pasillo destrozado, mirándose a los ojos, en completo silencio, aunque solo para ellas. Fuera de su burbuja la gente gritaba, se quejaba, hablaba, murmuraba e incluso se burlaba.

Regina se acercó a ella, sin miedo, a pesar de que Emma no parecía estar escuchando.

—Estoy aquí. —dijo Regina— Todo está bien.

Entonces Emma se derrumbó en los brazos de la morena, llorando desconsoladamente. Escondió la cara en el cuello de su novia y se dejó abrazar, mientras intentaba calmarse, sin éxito.

Los profesores se encargaron de devolver a sus respectivos alumnos a las aulas, pese a las quejas de estos, para dejar a las chicas tranquilas.

—¿Qué ha pasado?

—Me han expulsado.


Una vez su madre fue a recogerla y llegaron a casa, Emma se encerró en su habitación y en sí misma. La noticia de la expulsión era lo que menos se había esperado y, por lo tanto, su reacción había sido desmedida. Era algo que se había prometido no volver a hacer. Pero había pasado, y ahora no podía volver para enmendar su error. ¡Cómo era posible que hubiese reaccionado así! Ella estaba mejorando, no podía hacer eso.

Por no hablar de Regina. La había consolado, sí, pero pensar en aquello le daba escalofríos. Se había marchado sin poder volver a mirarla a la cara, por vergüenza. Probablemente la morena se había asustado y ahora no querría seguir con ella. Quién lo haría…

Entre pensamiento y pensamiento, no notó que la puerta de su habitación se abrió hasta que su madre entró en su campo de visión. Mary Margaret se sentó junto a ella y le acarició la cabeza.

—Emma, cariño. —dijo con pena— Siento mucho lo que ha pasado.

—No, lo siento yo. —se disculpó la rubia— No tenía que haber destrozado el instituto…la he fastidiado, y esta vez de verdad.

—Eso es lo de menos, Emma. —la contradijo Mary— Tú no has sido la de las ratas y esa expulsión es injusta. Es verdad que no deberías haber reaccionado de una forma tan violenta, pero…entiendo por qué lo has hecho. Además…

—¿Además…?

—Tengo una buena noticia. —dijo emocionada— El psicólogo me ha dicho que puedes volver a la consulta. La semana que viene tienes la primera sesión.

—Bien. —contestó Emma, simplemente.

—Mañana iré al instituto, no te preocupes. Verás que todo se soluciona. —Mary sonrió y se levantó, no sin antes volver a girarse a ver a su hija— Voy a prepararte algo de comer. Y no me digas que no tienes hambre, porque no pienso dejarte sufrir por una injusticia.


Más tarde, ese mismo día, una morena se plantó frente a la puerta de la casa de Emma y llamó al timbre, un poco nerviosa.

—¡Regina! Has venido. —la saludó Mary Margaret, ofreciéndole una sonrisa amable.

—Sí, quería ver cómo está Emma.

—Pasa, está en su habitación. No ha querido…bueno, ya sabes. Ruby se ha pasado hace un rato, pero sigue igual. A lo mejor tú logras levantarle el ánimo.

—Lo intentaré—respondió Regina— Y si hay algo que pueda hacer para ayudar a que la vuelvan a readmitir…

—No te preocupes, yo me encargo. Lo tengo todo bajo control.

Entonces, Regina se fijó en que en la mesa de la sala había una caja abierta, y por fuera una montaña de documentos que, asumió, serían de David. Simplemente asintió y agradeció a Mary.

Antes de terminar de subir las escaleras, Mary la llamó de nuevo.

—¿Regina? —esperó a que la chica la mirase— Voy a salir a hacer la compra en un rato. ¿Te quedas a cenar?

—Eh…sí, muy amable, gracias.

Cuando finalmente estuvo frente al cuarto de Emma, se asomó por la puerta entreabierta y lo único que pudo intuir es que estaba de espaldas, tapada por las mantas. Eso, y una melena rubia apoyada en su patito de peluche gigante.

—Siento haber tardado en venir. —se disculpó Regina, acercándose a ella, esperando una reacción— Quería verte. Tu madre me ha dicho que Ruby ha estado aquí. Y bueno, ella…Ruby, me ha escrito, contándome que no estabas bien. No he podido venir antes.

Emma no contestó, aún dándole la espalda desde la cama. No hizo ningún sonido ni se movió un milímetro. Hacer que se animara era una tarea más complicada de lo que podía parecer. Pero la morena no se iba a rendir. No sabía qué hacer, pero se acordó del consejo que le había dado su padre meses atrás. "No la dejes sola".

Así, en el más absoluto silencio, Regina se quitó la chaqueta y los zapatos y se acostó junto a Emma, pasando los brazos por delante de su cuerpo para abrazarla. La rubia no dijo nada, pero unos segundos después, sus manos aprisionaron suavemente las de la otra chica, acariciándolas despacio.

Entonces la morena se permitió suspirar. Emma estaba mal, eso estaba claro, pero no quería alejarla de ella. Era un paso.

—¿No me odias? —preguntó la rubia finalmente, después de unos minutos.

—¿Por qué iba a odiarte?

—No sé…reaccioné mal, como si no hubiera pasado el tiempo. Como si siguiera atrapada en el año pasado…

—No fue así. —la interrumpió Regina— Es verdad, no deberías haber hecho eso, pero todo ha sido injusto y entiendo que hayas perdido el control. No estás atrapada, Emma. Y que pienses en eso ahora quiere decir que has avanzado.

—Pensaba que me ibas a tener miedo.

—No…yo conocí a la Emma conflictiva, pero fui más allá. Y la Emma que hay debajo es la que me gusta, porque es la de verdad.

—Pero, yo…no quería…

—Lo sé. Pero ya ha pasado, y yo estoy aquí. Y Ruby, Elsa, Bella, las demás,… tu madre, August, mi padre, Zelena… estamos todos contigo.

Emma suspiró y se giró, hasta quedar bocarriba. Se quedó mirando al techo como si estuviera buscando unas palabras en concreto, pero no tardó en volver a hablar.

—Y yo intento convencerme de que no os vais a ir.

—Te quiero, Emma. —declaró la morena— Y eso no va a cambiar. Y mucho menos voy a alejarme de ti.

La rubia giró la cabeza de golpe hacia ella y se incorporó un poco. No se había esperado esa confesión. Todavía le costaba asimilar que era real, que estaba con Regina y que a ella realmente le gustaba. Pero ahí estaba, frente a ella, diciéndole aquellas palabras.

—Yo…yo también, Regina. Te quiero.

Entonces, las dos se fundieron en un beso lento y dulce. Y no hicieron falta más palabras.

Un rato más tarde, cuando escucharon la puerta de la entrada abrirse, Regina se levantó como un resorte, dándose prisa para recoger su ropa y vestirse.

—Joder. Tu madre va a saberlo.

—Me encanta cuando dices palabrotas. —dijo Emma, con una risita— Claro que no va a saberlo. Y si se da cuenta no importa, Regina. ¿Prefieres que lo sepa tu padre?

—Ah, no, no.


Regina estaba contenta. Dar un paso más en su relación con Emma había sido importante. Aunque la rubia siguiera en su particular arresto domiciliario, tenía fe en que Mary conseguiría arreglar las cosas y todo volvería a la normalidad.

Estaba en su taquilla como solía hacer todas las mañanas, para recoger los libros que necesitaba durante las clases. Quedaban 10 minutos para que empezara la primera hora, así que no había prisa.

Ajena a lo que pasaba a su alrededor, no se dio cuenta de que un grupo la rodeó en cuestión de momentos. Cuando notó su presencia, los recorrió con la mirada y suspiró, aburrida.

—Ah, hola. ¿Venís a pedirme ayuda con algún examen? —ironizó.

—Veo que ahora te haces la graciosa. —dijo Mal— ¿Te crees muy valiente?

Regina no respondió. No dejaría que la pusieran nerviosa. Ellos no eran una amenaza, tenía que repetírselo. No podían hacerle nada…más.

—¿Qué vas a hacer ahora que no tienes a Emma para defenderte? —amenazó Cruella.

Antes de que pudiera responderles alguna cosa, una voz la interrumpió.

—A lo mejor Emma no está, pero nosotros sí.

Era Ruby. Junto a Elsa, Bella y Killian. Habían llegado en el momento exacto. Regina sonrió en agradecimiento, y el resto se dispersó, viendo que no conseguirían nada.

—Joder, menudo acoso. —se quejó Ruby— Ojalá les expulsasen a ellos, pero de la ciudad.

—Gracias. —respondió Regina, casi en un susurro.

—Regina, sabes que también somos tus amigos. —dijo Elsa— Y estamos para lo que necesites.

La morena asintió y, con la confirmación de que sus amigos nuevos estarían allí para ella, se marcharon juntos a clase.

Por otro lado, Mary acababa de llegar al instituto y se dirigía con paso seguro a la oficina del director. Sus pisadas nunca se habían escuchado tan fuerte. Parecía que el edificio vibraba bajo sus pies.

Sabía que no tardaría mucho, y así fue. Cuando las clases ya estaban llenas de alumnos y en los pasillos solo había silencio, lo único que se escuchó fue una puerta. Dos veces. Con pocos minutos de diferencia. No hubo gritos, no hubo discusión. Solo una amenaza, que nadie escuchó. Nadie fue consciente de lo que se dijo en aquel despacho. Únicamente las dos personas que estaban dentro.

Y, como si de magia se tratase, un papel firmado y sellado apareció sobre la mesa.

Emma estaba readmitida.


El cuarto de Emma estaba en silencio.

Había pasado toda la mañana así. Pero la rubia no estaba triste, ya no. Por una razón u otra, tenía esperanza. Tenía ganas de hacer cosas, de seguir adelante. Por eso, cuando llamaron a su puerta, sonrió.

Mary Margaret entró, se acercó sin decir nada y se sentó al lado del cuerpo tumbado de su hija.

—Veo que estás de mejor humor.

Emma asintió.

—Creo que traes buenas noticias.

—Así es. —respondió Mary— He hablado con el director y está todo solucionado. Mañana puedes volver a clase.

Entonces, la rubia se incorporó y abrazó a su madre. Era reconfortante tenerla a su lado.

Y quién le iba a decir que un día se alegraría de tener que ir a clase.


Esa misma tarde, Regina volvió a visitar a Emma, tal y como habían acordado.

—Hola —la saludó la morena, con una sonrisa y un breve beso en los labios.

—¿Qué tal te ha ido hoy?

—Bien. —aseguró— Sé lo que te preocupa, y no, no ha pasado nada. Lo único malo es que he echado de menos a mi compañera de clase.

Emma rió, sabiendo que hubiera hecho todo lo posible por haber ido ese día. Estaba preocupada por si se metían con ella, pero al parecer había ido todo bien. Decidió creer a Regina y seguir la conversación.

—Ya no vas a tener que echarla de menos, porque vuelvo a clase mañana. —anunció, para después acercar a ellas unos cuantos libros — ¿Me ayudas a estudiar?

Regina pareció sorprendida un momento, pero enseguida volvió en sí y asintió. Entonces la rubia lo entendió todo.

—Ah…—suspiró, arrepentida de haber sido tan brusca— ¿pensabas que te iba a pedir que repitiésemos lo de ayer? —vio como la morena se sonrojó— Yo también quiero repetirlo, Regina, pero tengo que aprobar si quiero darte un buen futuro.

La morena rió, pero aquella frase le dio que pensar. La perspectiva de un futuro con Emma era algo que no le disgustaba, pero tampoco se había parado a pensar en ello. ¿Quería ella a la rubia de esa manera?