4. Miércoles de papeles y vergüenza

(9 días antes)

Según recuerdo, Donna fue recibida con aplausos. Una barbaridad por cierto. Estaba acostumbrada a ser felicitada, sí, pero de alguna manera los aplausos se convirtieron en incomodos arreglos fuera de lugar. Hubiera preferido una condecoración más intima que amistosa, algo discreto. La mejor semana para el periódico de Lyex. Todo gracias a su escritora estrella, columnista desde que podía mover un lápiz con la mano y un bolígrafo con la otra. La lengua le estaba palpitando con esa necesidad de decir algo, pero olvidando que en realidad no quería hacerlo.

— Muchas gracias— dijo por fin. No a alguien en específico sino a todos, porque seguían aplaudiendo y no dejaban espacio para que pudiera hablar — Ha sido una jornada difícil para Lyex, espero que todos trabajen muy duro y den lo mejor de sí. ¡Eres la mejor! Vitoreaban las voces. ¡Muy bien Pincciotti! —Gracias —decía ella — No fue solo trabajo mío. No hubiera podido hacerlo sin ayuda del departamento de Drowies — Las carcajadas se escapaban de la garganta enegrecida de los aludidos.

Donna había escrito un reportaje sobre la vida de Gilian Patrick. Un empresario de 50 años que había ganado 40% de las acciones sobre una compañía de autos de Hong Kong de manera ilícita. Gracias a su averiguación, la multa sobre el precio estimado de las acciones, bajó en el mercado. La compañía entró en crisis y la empresa competidora lanzó un agradecimiento público a Lyex, con un bono extra para sus asociados. Donna era la heroína de la editorial. El periódico entero se sostenía con sus artículos.

— ¡Los acabaste, nena!— gritó una mujer bajita. Alguien abrió la champaña y Donna cerró un ojo alejando la cabeza de la dirección en la que apuntaba la botella para evitar que la golpeara el tapon.

A la pelirroja no le gustaba tanta atención, pero no podía evitarlo. Últimamente tenía muchos días como ese. Las palabras iban y venían, pero ella continuaba haciendo su trabajo y lo hacía mejor que nadie. Los editores confiaban tanto en ella que no hacía falta revisar sus artículos antes de publicarlos. Su jefe prefería darse el gusto con la sorpresa.

— Señorita Pincciotti ¿Tiene usted un momento? — Pregunto su jefe acercándose de manera sospechosa — Creo que vamos a darte tu bono extra

—Oh… muchas gracias, señor Quincy. No sabe lo mucho que significa para mí. — La atencion se disipó entre los presentes más ansiosos por beber. El señor Quincy aprovechó para acercarla por la cintura. Ambos se fueron caminando hacia su oficina, donde a Donna le dio tiempo de acomodarse el saco.

— Estas preciosa ,Pincciotti, luces como una ganadora — La halagó el señor Quincy— Recuérdame ¿Por qué no me casé contigo?

— Porque cuando llegue aquí, usted ya estaba casado — respondió la mujer, riéndose por compromiso.

El señor Quincy no le agradaba, era un hombre curpulento de anteojos enroscados y láminas de color. Nunca se quitaba el gafete y olía a donas glaseadas todos los días. Su esposa, la señora Quincy, la odiaba. Siempre que estaba con ellos tenía que fingir que iba tarde hacia algún lugar. Las cenas emparentadas se habían vuelto cada vez más frecuentes desde que sus artículos cobraron popularidad. Entonces Lyex comenzó a crecer tanto en ventas que para darse abasto tenía que estar escribiendo todo el día, todos los días, una historia nueva.

— No hemos tenido fe en agradecerte por todo lo que has logrado en estos últimos meses, querida— Declaró el señor Quincy dejando que su silla chillara bajo su trasero —Si hubiera algo que pudiéramos hacer por ti…

— De hecho, ahora que lo menciona señor…

— Llámame Edd por favor

— Edd… — dijo ella, sin poder adivinar que esa decisión sería el principio de su nueva vida — Quisiera unas vacaciones. — El hombre se rio con nerviosismo, aunque se notaba que estaba divirtiéndose de verdad.

—Ay, cariño. No podemos dejar que te vayas. ¿Qué haría este sucio depósito de papel si ti?

La expresión de Donna Pincciotti cambió por completo. Porque ella solo tenía dos tipos de mirada. La de periodista, y la de escritora. Los escritores siempre sienten de más, pero los periodistas… bueno. El viejo Quincy no podía imaginar la importancia de aquella conversación entonces, pero más tarde la recordaría con un rencor permanente.

— Claro Edd, tienes toda la razón — Dijo ella alargando mucho la letra "o" de la palabra "toda"

— Sabía que lo entenderías. Cuidamos a los nuestros.

La semana siguiente mientras el señor Quincy recogía sus últimas cosas en una caja y leía indignado el periódico, se tomó un minuto para llorar en silencio. Un minuto antes de que la señora Quincy llegara en el auto para aparcar, por última vez, en el lugar de siempre.

—Edd ¿Estás listo?

—Un segundo más, Florin. Un segundo más — Y miró con una fuerte nostalgia en el muro donde estaba colgado ese maldito papel. "…el director general de Lyex, mejor conocido como el hombre que acosaba sexualmente a sus empleadas, será destituido de inmediato de su puesto, según recalcó la revista Jornal Institute, para permitir que la nueva promesa de la editorial, la señorita Donna Pincciotti, se convierta en la primera mujer que ocupa el puesto de editor en jefe…" — Solo un segundo más… — Pero el segundo no pasó porque en ese momento iba entrando la pelirroja.

— Oh… lo siento Edd. Solo venía a colgar este cuadro en mi nueva oficina, espero que no te moleste. Tú tomate tu tiempo para despedirte. Cuidamos a los nuestros.

El hombre le dedicó una furiosa mirada y la persiguió con ella detrás del escritorio, en donde él mismo se había sentado por más de 15 años.

— Un día Pincciotti… alguien te hará decir la verdad, y no podrás esconderte detrás de un papel.

Pero a pesar de amenazar de mala roña a la nueva jefa, el señor Quincy tenía razón. Donna Pincciotti conocía muy bien sus debilidades, y en resumen, era precisamente por eso, que no dejaría que alguien la cogiera por sorpresa con alguna de ellas.

— Te felicito Eddy. Evadiste los cargos con muy buenos sobornos, gran hombre — Se burló la pelirroja. — Si me disculpas, estaré trabajando en el caso de la guerra de los bollos de las civilizaciones inglesas postclásicas. Dejaste este lugar en muy buenas manos… así que vete tranquilo.

— ¡Púdrete!— Le grito Quincy abandonando la sala mientras la mujer se acomodaba en su nuevo asiento

—¿Qué haría este sucio depósito de papel sin mí?

Los papeles más arrugados, mojados, echados a perder, los trabajadores de la imprenta rápida no hacían bien su trabajo.

"¿A qué hora viene el jefe de seguridad?— ¿Reportaron eso? — ¿Dónde estaba el equipo de Lyex cuando vino el alcalde?— ¿Es esa la vicepresidenta? — El grupo Lyex no está dispuesto a aceptar las asesorías legales de su empresa…"

Las voces alrededor demandaban toda su atención, Donna nunca se imaginó que ser directora le exigiría tanto, antes de eso, pensaba que estaba preparada. Pero cayó en la cuenta más honesta de que sus importantes hazañas quedarían atrás a este paso, y se volvería gorda y bigotuda y olería a donas. Meciéndose siempre detrás del escritorio como el viejo señor Quincy. "Ya no quiero escribir" Se decía, "tienes que hacerlo" decía otra voz: La vida de un multimillonario que lo pierde todo, la vida del alcalde, las elecciones del nuevo alcalde. El aumento del PIB. Ninguna historia parecía ser buena y ninguna palabra la correcta para terminar con su trabajo, es más, ahora ni siquiera estaba segura de saber en qué consistía su posición laboral. "Economistas de la prensa indican que se ha visto reducido el riesgo de… Los protagonistas del crimen huyeron hacia un desfiladero…" Donna no quería escribir un periódico, quería dinero por papel y eso convertía su trabajo en un problema, porque había olvidado su pasión por las verdaderas letras.

— Te traje un boli— dijo una mujer bajita con tacones medios y voluptuosos pechos asomandose por la puerta sin tocar, era la unica que lo tenia permitido. — ¿Quieres un late?

— No gracias— respondió Donna con la cara hundida en el computador — Revisa los datos del CL

— ¿No crees que estas esforzándote mucho para ser tu primer día? Este debería ser nuestro día de festejar. Es más, ¡Vamos por un trago yo invito!— Donna suspiró como respuesta.

— ¿Cuándo fue que me dejaste tomar este empelo?

— Cuando me pediste que dejara de molestarte y te dejara tomar el empleo. —Ambas rieron.

—Hablo enserio Donna, vamos por un trago, relaja los hombros un rato. Tienes un poco de vida en tu trabajo, cuidado que se te puede enredar.

Donna hizo un sonido parecido una risa sarcástica y luego se incorporó del asiento. Dios, como le dolía el trasero. Apenas había apartado la mirada de la máquina, pudo darse cuenta de que por fuera, el día parecía no haberle avisado que estaba por terminarse.

—¿Qué hora es?

— Las nueve

— ¿Las nueve? — se quejó la directora — ¿Han venido los de g…?

—Donna, nosotros también trabajamos aquí ¿recuerdas?

— Lo sé, pero…

— No tienes que hacer tu trabajo y el de otros… ahora eres la directora. — Habló su compañera.

— Si, Betty soy la maldita directora, ¿Eso qué? Nada ha cambiado.

— Excepto todo. Ahora se hace lo que tú dices. No más trabajo para Quincy, eres tu propia jefa, puedes irte a dormir a tu casa y nadie te lo reclamará

— Seguramente lo haré.

— Chica, necesitas ese trago con urgencia.

Y así fue como Donna fue a beber con su única amiga, Betty Buchanan, la mujer que medía menos de 1.60 y que le recordaba vagamente a una personita muy especial. "¿Sabes qué hora es? Tengo que irme, mi gato esta solo en casa" las excusas no faltaron pero Donna no pudo zafarse tan fácilmente de la señorita Buchanan.

—Nick, el guapo… Nicolás Lioness Primero — Decía la mujercita con un limon en la boca — Con él me quiero casar.

— ¿No es ese el hijo de Cristopher Lioness? El del… ¿Wiski?

—¡Es perfecto! — Seguía diciendo Betty, aunque para su compañera la conversación había perdido relevancia.

— ¿Bailamos guapa? — Donna levantó la vista con los ojos entrecerrados. Era un hombre comun y corriente pero con ese atractivo creciente que tienen todos los hombres de mirada verde y seductora. Las chicas lo miraron de arriba hacia abajo como con un escáner que podía determinar el estándar de sexualidad de aquel. Donna le sacó la camisa con la mirada y el efecto fue favorable.

— Claro— respondió Donna y se levantó.

La música no era tan buena, quizás él no era tan bueno. Donna no quería sexo, besos o carisias esa noche. Porque Donna tenía un gato en casa para acariciarlo y si quería sexo solo tenía que tocar a la puerta del grupo Lyex, todos ahí estaban enamorados de ella. El 50% estaría dispuesto a echar a su esposa de toda la vida y quedarse una sola noche con ella, en su lugar.

— Me tengo que ir — admitió Donna

— ¿No soy muy bueno verdad?— Dijo el rubio apachurrando la boca.

— No, no… tú eres genial… tú muy bien —Donna levantó los pulgares. —Es solo que me siento un poco mal, creo que iré a casa.

— ¿Quieres que te lleve?

— No gracias.

Donna ya no toleraba las noches de fiesta, comenzaba a ponerse vieja para esas cosas, en realidad nunca le gustaron. Antes se divertía mucho, había gente querida a su alrededor y la música disco ponía a todos a reír un rato, o como mínimo a cantar. Pero en ese lugar se sentía como un frijol entre granos de arroz. Aunque estaba bien porque como dijo Betty, ahora era su propia jefa. La sombra de una mujer grande y bien erguida bajo las láminas poco nítidas de la luz del sol, se levantaba sobre la estructura de las paredes blancas con olor a humo impregnado. Donna estaba ahí, sentada en el trono de su carrera, el máximo nivel de sus deseos, solo dios podía imaginar lo satisfecha que se sentía. Todas sus aspiraciones al alcance de una bocanada de su propio aire, sin necesitar nada de nadie. Hecha por sí misma, moldeada por las ambiciones más convenientes de una inteligencia conceptualmente organizada. Eso era lo que Donna pensaba que tenía, hasta que llegó esa misma noche a su casa y la recibió un sobre amarillo en la puerta.

Para Pincciotti Donna, Mardal 6- os 013, New york

Inter sales 119-28, Quinkle palace, L.A, California

Si dios hubiera querido aparecerse, no hubiera impresionado a nadie en la habitación, porque para Donna no había nada más importante en ese momento que ese sobre. El sobre era grande y amarillo a diferencia de los otros, pagos, tarjetas, informes semanales de la editorial y de los donadores de sangre. Ninguna carta para Donna Pincciotti, todas para la gigante empresaria en la que se había convertido. Por un momento, a la mitad del primer día del pago había llegado a pensar que su día estaba tan aburrido que debía reconsiderar sus metas mensuales. Pero con el correr de la jornada entendió que no tenía nada que hacer por ella.

Donna, ¿Cómo estás colega, amiga, o como debería llamarte un viejo amigo… querida Donna? Sé que ha pasado mucho tiempo desde que las cosas dejaron de ser "Las cosas" entre nosotros; no tengo intenciones de perturbar tu vida ni de interrumpir tu trabajo diario. Sé que estas en la cima de tu carrera, puedo imaginar que te llevará mucho tiempo y que estarás muy ocupada como para responder. Sin embargo, si ese es el caso, no debes preocuparte.

Te escribo para que consideres la siguiente oferta: Una charla de dos viejos amigos que necesitan darse un aliento del trabajo. Si estás de acuerdo puedes contestar la carta al apartado postal que viene al reverso de la página, desearía que pudieras comunicarte conmigo lo más pronto posible, pues en realidad tengo interés en conocer tu salud y las buenas nuevas. Si puedes responder la carta, estaré muy agradecido.

Eric Forman.

Donna miraba la sombra de sus pestañas preguntándose cuando habían crecido tanto. El cabello que llevaba sujeto de modo cristiano y la falda de traje que usaba como si quisiera caminar sobre su lacio pedestal. Esa Donna mirando el sobre no era la misma del trono, no se sentía así. Se sentía como una adolescente asustada, corriendo debajo de una lluvia y muy mojada, más de lo que cualquier otra lluvia pudo hacerle jamás. Rio con el nombre del final, reconoció cada trazo de su mano como si nunca hubiera dejado de verlo, ni siquiera tantos garabatos sobre el pizarrón de actividades de 500 trabajadores, con 8 topologías diferentes pudieron arrebatarle el sabor a Eric. De repente el departamento lucia más grande, hacía que Donna se sintiera pequeña y sola, abandonada como una utilería de fondo bastante elegante, pero sin una máscara apropiada para la situación. A continuación, un episodio de nostalgia la abrazó por el pecho, casi al borde de cortarle la respiración. Pero Donna era una mujer distinguida, no por su carisma sino por su seguridad, confianza y el compromiso con su ímpetu laboral. Una simple nota no cambiaría la integridad, o el hecho de que ahora, la Donna que vivía a diario: con la que compartía el rostro, los labios y hasta "sus enormes pies de payaso", era la nueva Donna. La nueva Donna, no necesitaba nada de Eric Forman, de un viejo sótano, de amigos o de amantes siquiera, mucho menos de una carta. Por eso ignoró el mensaje y quiso tirarse a dormir, pero el día había sido largo, estaba aburrida, y por pura tentación se retó si misma a abrir su diario y colocar el dato como referencia para el futuro, aunque no sirviera de nada recordarlo. De repente la puerta se abrió. Un pequeño y esponjado gato saltó dentro de la alcoba como si llevara competencia.

— Hola Maveric — Saludó Donna a su gato — ¿Tienes hambre?

El teléfono sonó, Donna respondió mientras se desabrochaba el sostén. Sin querer se le escapó una sonrisa discreta tras recordar la rivalidad que tenía su exnovio con la prenda. Se dio cuenta de que se había dejado el gafete puesto y con pesar, reconoció en sí misma al señor Quincy.

— ¿Es usted la señora Pincciotti?— Preguntó una voz masculina del otro lado del teléfono.

— ¿Quién es? — preguntó Donna

— ¿Es usted? — dijo la voz

— Si soy yo… ¿Con quién tengo el gusto de…?

— Está equivocado, perdón. — Donna escuchó un pitido hueco en el fondo. Segura de que su interlocutor había terminado con la conexión, primero frunció el ceño y luego colgó también. Tenía la sensación de que había escuchado esa voz antes.

—¿Es ella?— El hombre con el uniforme de PSIC no llevaba una etiqueta con su nombre, iba vestido con un traje casual y abría resultado atractivo sin ese ceño fruncido.

—Es ella— Respondió el viejo calvo que estaba con él. Habian estado parados a un lado de la caseta telefonica hasta que esta se desocupó, para entonces, sus respectivos uniformes se habian empapado con la lluvia.