5. Jueves de cerveza y zapatos de tacón.
(8 días antes)
Pero las promesas son todas, simples cuentos poco entretenidos y siempre fieles a la confusión, por eso los periódicos dicen verdades a medias y la televisión, mentiras relevantes y casi siempre rentables. Pero es diferente una promesa con reflejo, porque las promesas con reflejo nunca se dicen, nunca se rompen y hasta tienen alma. Se quedan tanto tiempo que envejecen con uno, y cuando ya no queda más remedio que dejarlas morir, hay que hacerles una ceremonia con flores y hasta con comida de sobra. Porque así nadie puede decir que murió de inanición. Jackie tenía una promesa en el reflejo de unas gafas oscuras y bien pulidas con humo; la guardaba en el fondo de un cofre que no sirve para almacenar ya nada, y quizá por eso, poco a poco, comenzaba a derramársele por todo el cuerpo.
- Pedazo de tarta – cantaba la mesera – denle a esa mujer un pedazo de tarta - decía silbando la melodía con un carisma tangible.
- No hay nada que pueda convencerme de quedarme con ella – terminaba por completar la canción una segunda mesera, que se encargaba de secar el líquido sospechoso de una mesa de madera.
- Pedazo de tarta – gritaba el cocinero – denle a esa mujer lo que pide, ¡un pedazo de tarta! – y los tres se echaron a reír
Jackie detuvo su trabajo y comenzó a atarse el cabello maltratado en una coleta. Hace mucho tiempo que había dejado de utilizar productos capilares decentes.
- ¿Hoy va a venir Martin? – pregunto Katy.
Sedeña Katy era una señora cuarentona que todavía se la pasaba bien en las fiestas. Había sido la primera en darle empleo a Jackie como camarera, el lugar no era un lujo pero le pagaban lo suficiente como para comprarse un par de zapatos nuevos cada dos años. Este año, Katy había podido adoptar por fin a su primer hijo, su trabajo de madre absorbía mucho de su tiempo, y por supuesto esto obligaba a Jackie a tomar por compromiso grueso dos turnos extra de trabajo.
- No, hoy es su día de descanso – contesto el cocinero Chad
- ¿Sabías que Chad es diabético? – se burlaba Katy
- No sabía que era mexicano – dijo Jackie, y las dos se soltaron a reír de nuevo
- ¿Crees que puedas tomar mi turno mañana? – le pregunto Katy - Chris está enfermo de nuevo
- No me digas… - en verdad no quería que se lo dijera – ¿Sigue con la panza?
- El doctor dice que la medicina no está funcionando
- Ah, ya …
- ¿Cuento contigo?
Jackie asintió con la cabeza pero su semblante lucia recién desvirgado.
- ¿Crees que puedas coger el mío, este sábado? – preguntó Chad – Tengo que ir a la función de teatro de mi hija
Chad era un hombre de ascendencia africana y muy greñudo. Con tantos pelos en la cara que Jackie nunca lograba verle los ojos. Un sujeto amable y regordete pero un tanto despistado.
- Chad, tu hija entrena taekwondo – le contestó Jackie
- Karate – la corrigió Katy
- Kung fu… Es un ninja… como sea – dijo él
- ¿No sabes qué día es?
- ¿Qué?
- ¿El martes…? – admitió Chad en forma de adivinanza
- Oh cariño ¿es tu cumpleaños? – sugirió Katy
- No –respondió Jackie. – Es mi día libre
- Te pagaré – suplicó Chad y cuando se giró para verla tenía una papa frita atorada en el bigote – ¿Entonces… lo harás?
- Por supuesto que no
- Le contaré a Vane lo duro que trabajas y te subirá el sueldo
- Vane no tiene nada para mí que no sean cebollas y malos guantes de azar
- ¿No lo harás?
- Ni aunque me doblaran el sueldo, te cubrí la semana pasada Chad
- Pero eso fue por una emergencia
- Y por eso lo hice, esto no es una emergencia
- Te cubriré la semana que viene, cada día, lunes, martes, miércoles… todos…
- No te creo … - advirtió Jackie
De pronto la puerta se abrió y entró un hombre verdaderamente gordo con las caderas tan hinchadas que apenas le cabían por la puerta, y tenía la cara de alguien que ha dormido mucho y acaba de ser despertado de una forma frívola.
- ¿Qué es todo esto? – gritó – son las 9 de la mañana y no hay un maldito cliente. ¿Por qué no está lista la comida?
- Buenos días Vane – saludó Chad relajado pese a la expresión alterada de su jefe – Es que…
- ¡Nada de buenos días! ¡Bola de imbéciles! Inútiles, inexpertos hijos de perra…
Jackie adivinó que su jefe no estaba de buenas. Aquel día se sumó al trabajo de mala gana, Rick Vane era un anciano frustrado con una larga y grasienta carrera en las industrias comensales y para Jackie era un ejemplo más de cómo NO quería que terminara su vida. Sin embargo desde que su padre había salido de prisión, poco a poco, las cosas se habían puesto más duras. Su casa estaba hipotecada y ya la había perdido, vivía en un departamento conjunto, frente a una madre de 6 hijos y un policía de tránsito. El vecindario estaba lejos de esfera pero en Chicago, donde se había prometido a si misma que un día… se convertiría en una estrella.
Había dejado Point Place cuando se dio cuenta de que no tenía nada que hacer ahí. Fez y su departamento ahora le quedaban muy lejos y la sola idea de visitarlos la ponía nerviosa pues tendría que advertirlo sobre su situación económica. Siendo una mujer siempre hermosa pero desgastada por un par de golpes bajos de la vida; algunas de sus ojeras injustificadas jugándole un mal rato cuando trataba de maquillarse para ocultarlas. Jackie era siempre la última en irse y la primera en llegar, cuidaba que todo estuviera limpio o lo restarían de su paga. Los clientes la encontraban vistosa y a veces tocaban su cuerpo sin que ella quisiera y aunque nunca imaginó esa vida, imaginar se había vuelto, para ella, casi tan difícil como llorar.
Jackie ya no lloraba de amargura o de estrés, como sí lo hacía al principio, de hecho ya no lloraba con nada. Porque todo el llanto que tuvo una sola noche hacía muchos años atrás la había dejado seca. Sus ojos ya estaban hinchados de todas maneras y por las noches había que tomar turnos con otras empleadas para ganar un poco más. La renta del lugar donde se hospedaba no era cara, pero tampoco era barata, y Glen, el casero de su departamento, la acosaba cuando estaba allí y durante sus días de descanso. Si ella no le permitía aunque fuera un beso, el sujeto la había amenazado con subirle la renta y de negarse, la echaría. En el peor de los casos, Jackie se quedaría en la calle, pero las circunstancias que rodearan al asunto no le preocupaban tanto como el hecho en sí mismo.
- Mesa 6, la de amarillo me pidió más pan – susurró Jackie pasándole el plato a Chad.
- Una orden de hamburguesa doble – se oyó decir a Katy
El lugar estaba repleto, Jackie odiaba cuando tanta gente decidía que no se pasearía por allí hasta que viera que cientos de personas ya estaban ahí. Porque solo había ciertas horas donde el universo se conglomeraba dentro del restaurante y a Jackie no le gustaba por que acababan despistados y abandonados, los clientes exigían la atención para ellos solos, pero había más gente, no había asiento y los presionaban con la mirada y ni siquiera con Vane haciendo de cocinero se daban abasto.
En aquella ocasión Jackie llevaba encima un babero amarillo, una mujer embarazada le vomitó encima y un hombre con sombrero ridículo que siempre estaba sentado en el mismo lugar le había hecho comentarios indecorosos como de costumbre, pero a Jackie no le dio tiempo de sentirse incomoda. Sentía que su cabeza iba a explotar pero Katy también estaba ocupada. Vane decía cosas lindas a los clientes y prometía un agradable servicio, luego se daba la vuelta y le daba una patada en el trasero a Chad y les decía un discurso con una sarta de ofensas a todos sus empleados.
- Te dije que revisaras el agua, tiene un cabello tuyo ¡estúpida!
- Pero señor…
- Córtate ese cabello ahora mismo – le decía Vane a una pobre mesera, al mismo tiempo que le acercaba las tijeras para que ella se enterara de que lo decía enserio
- Señorita ¿puede darme más agua? Y otro plato para mi hijo por favor.
Los clientes hablaban todos al mismo tiempo y aunque Jackie ya tenía bastante práctica todavía no lograba distinguir las peticiones de los insultos y a veces iba por una u otra cosa y la gente le daba cumplidos sobre sus grandes ojos y pestañas o sobre su bonita figura. Antes, al principio, esto la ponía feliz pero ahora solo se enfadaba, las conversaciones amigables con la gente le quitaban tiempo, tiempo que Vane contaba con monedas.
- Si señora – si señor… enseguida ¿con queso? Ah, con más caldo… de eso no tenemos – decía, corría a encerrarse en el baño a lavar los platos y enseguida volvía con otro
- Más caliente por favor.
- Si señor
- Oye nena, ¿A qué hora sales? Vamos a dar una vuelta
- Disculpe señor, no puedo.
- ¿Le pones mayonesa? Sabe a mayonesa ¿cuál es el secreto?
- Café con azúcar, dos de azúcar – le dijo a Chad entregándole una taza
- Hola Jacqueline – saludo la madre de 6 hijos, su vecina
- Hola señora Harris, buenos días
- ¿tienes coca?
- ¿Cerveza de cuál? No tenemos – gritó Katy desde el baño
- Ve a comprar una – le gritó Vane
Y cuando Jackie regresó casi la atropellan y después de aceptar apretando los labios sellados, el merecido insulto de reconciliación con el conductor, siguió corriendo. Pero cuando estaba llegando se encontró con el cliente que se la había pedido; el cínico ya estaba bebiendo una cerveza de raíz.
- ¡Oh no! Lo siento mucho – dijo jadeando mientras se le acercaba - ¿me tarde demasiado?
El chico la miro y le sonrió.
- No, no quería una de verdad, pero me pareció que necesitabas un descanso – le dijo él.
- Ah… pues, gracias pero no debiste… volveré a trabajar
- No, quédate. Tengo otra cerveza ¿no quieres?
- No… en serio, yo …
- Insisto – dijo él
- Si no vuelvo, él…
- ¿Quién? ¿Vane? Trabaja para mi padre, jamás interrumpiría mis asuntos
- ¿Tus asuntos?
- Ya sabes, una charla con una linda chica, nunca está de más. – y con esto consiguió sacarle una sonrisa a la chica.
- Gracias pero…
- Enserio… quédate, yo te cubro.
Jackie tenía un mal presentimiento pero de verdad necesitaba parar por un segundo, aunque fuera solo uno, así que aceptó.
- Así que… ¿Mesera?
- Así que… ¿Hijo del dueño de la cadena HigHink?
- Pues sí, eso mismo… – admitió el riéndose sin que aquello le provocara verdadera gracia
- ¿Por qué decidiste pasar a desayunar aquí? ¿Estas supervisándonos o algo?
- No, es solo que… Me dio hambre y era lo único que tenía cerca, además dicen que su comida es muy buena
- Nadie dice eso, mentiroso
- No es cierto, es una porquería. – bromeó él y ambos se rieron
- ¿Eres uno de esos tipos que invitan una cerveza porque quieren tener sexo?
El hombre se giró para todas partes como revisando que nadie escuchara antes de hablar y fingió una expresión cómica de sorpresa.
- ¿Cómo lo supiste? – Jackie dejo escapar una carcajada, hace tiempo que no reía de esa forma, tan sincera.
- Conozco muchos chicos como tú.
- Oh no ¿Eres la clase de chica que conoce todas las clases de chicos que existen?
- Soy la clase de chica que no tiene sexo por una cerveza – le contestó
- Todas las mujeres son esa clase de chicas, hasta que ellas quieren tener sexo y entonces nos invitan una cerveza
- ¡Cállate puerco! – recriminó en el tono de un canto burlón que denotaba la poca seriedad de la conversación.
El chico había encendido un cigarrillo y estaba luchando con su bolsillo para volver a incorporar el encendedor.
- ¿Quieres?
- Claro – se inclinó Jackie
- ¿A qué hora sales?
- ¿Preguntas para tener sexo? – bromeó ella
- Claro que sí.
- Entonces a las 12
- ¿Tiempo completo eh? - dijo tosiendo el hombre
- Sí, este no ha sido mi año
- Esta no ha sido mi vida. – respondió el chico. Esta vez la risa de los dos sonó tan fuerte que Jackie tuvo miedo de que Vane los hubiera escuchado desde la cocina.
- Creo que tengo que irme…
- ¿Te veré a las 12?
- Solo si tienes ojos – le dijo ella, y cuando se fue, él la detuvo por el brazo y la jalo hacia él.
De esta manera se besaron con una pasión divertida que puso emocionada a la chica, pero de inmediato reconoció el sabor de unos labios ajenos, y tan pronto como los fuertes brazos de su compañero de intimidad se apoyaron sobre su cintura, Jackie pensó que aquella no era la forma de encajarlos con su cuerpo.
- Wow, eso fue… sexy. – le dijo
El chico le respondió con una sonrisa pícara y por fin la dejó ir. Cuando Jackie había vuelto a dentro sin querer dio pequeños brinquitos de emoción, esto fue una terrible idea, porque en el lugar había mucho movimiento de por sí, y accidentalmente tiro una jarra al suelo y la jarra se rompió, derramando su contenido por todo el piso.
- ¡Oh, dios! Lo siento tanto… yo – Vane escucho el alboroto y de inmediato salió a su encuentro
- ¿Qué fue lo que hiciste, estúpida?
- Yo solo…
- ¡Mira nada más!
- Es que yo…
- ¡No te quedes ahí parada recógelo! – gritaba cada vez más alto y la gente no dejaba de mirarlos
- Si … - dijo ella, y comenzó a levantar los vidrios
- ¡Rápido! ¡límpialo! ¡Estúpida!
- Si señor…
Jackie tenía la cara roja de la vergüenza y el alma saciada de un azul helado, la primera vez en el día que se emocionaba y aquello le provocaba una desgracia. Eso solo podía pasarle a ella. Para cuando el día terminó, había sido advertida con que no recibiría su paga esa semana y la chica estaba destrozada pero no quería llorar, aunque de nuevo volvió a sentirse feliz cuando tomó sus cosas, esta vez fue la primera en irse, pues estaba emocionada porque se encontraría afuera con el chico misterioso de la cerveza.
Jackie no lo vio de inmediato así que se sentó lejos de la acera para poder ver hacia la calle cuando él llegara. Pero los minutos comenzaron a pasar y luego las horas, y Jackie tuvo que obligarse a comprender, que él no llegaría. La sonrisa se le había borrado hace tiempo y tenía los pies helados y destrozados por los tacones que le obligaban a usar con el uniforme, a pesar de eso todavía creía que llegaría y no quería irse porque estaba esperando por él. De repente se le ocurrió mirar su reloj, cuando los autos dejaron de pasar con tanta frecuencia y se dio cuenta de que prefería dormir las tres horas que le quedaban que pasarlas en ese lugar.
Jackie sentía un rayo de calor en el pecho, se había encendido solo para apagarse y como siempre: creía que era a causa de su naturaleza misma. De pronto sintió ganas de llorar y el nudo en su garganta le avisó que había cometido el error de "sentir" una vez más. Porque en esos tiempos sentir era un lujo. Así que tomo su teléfono y llamó a su madre, porque no importa que tan viejo sea uno, una madre siempre será el cobijo de cualquier lluvia, pero Jackie no había hablado con ella hace mucho, y lo que es más, su madre nunca era buen cobijo. Pero justo ahora, era todo lo que tenía.
- ¿sí? – respondió Pamela Burkhart
- ¿Mamá? Soy yo … Jackie
- ¿Cuál Jackie? – respondió ella
Jackie sintió como su voz se quebraba y dejo una pausa para evitar el sollozo. Pues el peso de esa pregunta se revolcaba en su estómago como una enfermedad latente. Miro su propio reflejó en sus zapatos de tacón y adivinó que no se trataba de ninguna promesa rota, todo esto para darse el valor de continuar hablando.
- Jackie, Jacqueline …
- ¿La de sonora?
- Ah… no…yo, lo siento, creo que me equivoque de numero
- Ok, no se preocupe, adiós. – dijo Pam y colgó
Jackie se quitó los tacones y comenzó a caminar descalza hacia su casa, en una oscuridad a la que no valía la pena prestar atención. No como una de esas noches de luna donde puede escucharse el canto de los grillos y los agudos gatos o el ulular de los búhos. Más bien una noche donde la luna parece haberse olvidado de asomarse y las ganas de tambalearse le recorren a uno por las venas. Jackie tenía esa sensación de fallo, de fallarse a sí misma y a sus pequeños pies de porcelana que se le desmoronaban de dolor.
- Pedazo de tarta – cantaba Jackie con una voz tan baja que apenas era audible para ella – denle a esa mujer un pedazo de tarta.
