7. Sábado de saltamontes y malas historias

(6 días antes)

No toda historia es una mala historia, es una historia que se canta, una que no tiene voz. Antes como todos era joven, estaba sólo y necesitaba de dios. Antes como todos era joven y estaba enamorado, antes había historias que cantaban más historias y las olas se enamoraban de los piratas del mar. Antes como siempre he sido y ya lo he dado todo, antes estaba contigo y ahora todo me va mal. "Antes" es un pasatiempo, es una historia que se canta, es una historia que contar, un alimento de gran peso. Amor al que diga que el amor lo es todo y que no caiga preso en el intento. Porque el amor es un intento de canción en cualquier verso y si me hubiera preguntado un dios ya aburrido al poder de enmendarse por tu descenso, hubiera dicho que el amor, no es el valor, es solo un cuento.

- ¿Qué es eso? ¿Un poema? ¿Una canción? ¡No lo sabes! – explicaba Buz, el hombre de la batería – eso es lo que quiero que hagas para mí, un poema que no sea ni cuento, ni canción, ni sentimiento.

- ¡Que montón de basura! – se burló Hyde. – el amor es un engaño que te mantiene controlado, que te hace pensar que le debes algo a tu propio tú por ser tú, pero de alguien más, hombre. Es el club de la pertenencia mal establecido, versión 5: la venganza. Y los cuentos son palabras clave para explicarle a los presos como escapar.

- ¿Has estado preso? – le preguntó Buz

- ¿Tú no? – respondió Hyde, si aquello se considera una respuesta. Le tomo a su cerveza y llevó de regreso la guitarra a su regazo. No le gustaba sentir que sus piernas se quedaban vacías.

- Unas cuantas, miles de veces… - confesó Buz. Los dos se reían con la voz amarga y grave, como dos ancianos que se han quedado sin tema de conversación.

Buz era un hombre viejo pero confiable, uno que te hace sentir amado sin querer. A Hyde le gustaba estar con él, porque se daba cuenta de que tenía mucho que aprender de los mayores. De los que sí han crecido de verdad y no solo tienen arrugada la cara, de las leyendas de callejón.

- ¿Qué hay? – preguntó Sony entrando en la carpa sin el sostén puesto y oliendo a sexo. La chica que tocaba el bajo, y casi nunca llevaba el sostén puesto.

- Oye Zen – le habló Hyde – estas enseñando las tetas otra vez.

- ¿Quieres tocarlas? – invitó Jack entrando justo detrás de ella y sin camiseta también. – yo la sostengo y tú te la follas

Hyde sonrió con presunción y le dedicó una mirada de complicidad a la chica. Una que fue correspondida.

- Que bien que somos cercanos, así se puede compartir todo ¿No? – insinuó Chip con otra guitarra en la mano.

Chip era un tipo tonificado que siempre se preocupaba más por su cabello que por su futuro y cada que se le presentaba la oportunidad, lanzaba comentarios como ese para hacer más obvia la infiel relación "prohibida" que según su teoría mantenían los otros dos miembros de banda.

- Cállate idiota. Mi mujer podrá ser una puta. Pero no la tuya. La mía. Mi puta – dijo Jack y cuando terminó de hablar le dio una nalgada a la chica y ella se giró para meterle la lengua en la garganta. Algo que, por lo menos Hyde nunca calificaría como un beso.

- Pueden terminar con eso afuera – regañó Buz, el más viejo. Con una pareja 20 añera, un hombre que rodeaba los treinta y uno que estaba por la mitad de ambos. Buz, que tenía poco más de cincuenta, adelantaba por lo menos con la mitad de escalones a sus compañeros.

- O pueden dejarnos unirnos – sugirió Chip riéndose.

Luego Jack la soltó por fin y la chica, que no quitaba la mirada de Steven Hyde, sin que este lo advirtiera, tuvo que disimular sonriéndole a su novio. Chip se encontraba bebiéndose la última gota de su cerveza, según un rumor poderoso en el grupo, el hombre estaba obligado a beber dos botellas de agua por cada cerveza que se tomara, y por eso ahora se estaba dirigiendo al grifo.

- Estaba llena hasta el tope, hombre, de mi leche.

- Cierra la boca marrano, ya vamos a tocar porque tengo que irme temprano

- ¿A dónde? – preguntó Buz

- Voy a comprar gasolina – alguien se estaba riendo descontroladamente

- ¿Te pones?

- ¡Para el coche imbécil!

- ¡Vamos también! – contestó la chica – quiero comprarme una falda para el concierto de la próxima semana

- Cuanta desmesura – se burló el mayor

- Anda a ponerle la correa, hombre. – dijo Chip buscando la aprobación de su amigo de las gafas con la mirada. Pero Hyde los estaba ignorando

El sonido del agua cayendo le provocaba unas fuertes ganas de orinar. Estaba sentado sobre el amplificador, trastabillaba una pierna sobre la otra con segregaciones fluidas que calmaban sus ansias y lo hacían sentirse menos incómodo. Llevaba un buen rato mirando directamente hacia el suelo, no estaba pensando en nada, pero fingía que lo hacía para evitar una invitación a participar en la estúpida conversación que estaban sosteniendo sus compañeros

- ¿Tú vas también? – le preguntó alguien. Pero no lo escuchó

- ¿Steven?

- ¡Steven! – llamó Sony

- ¡Imbécil! – le gritó Jack

Hyde se sintió observado y pudo comprender su alusión, pero de todas formas no respondió.

- Déjalo en paz Jack, no está muy buen humor – avisó Buz

- ¡NUNCA ESTA DE BUEN HUMOR!…Siempre está enojado – se regodeó Chip a modo de reclamo mientras se bebía discretamente un trago de agua y uno de cerveza, y luego otro de cerveza. En una, no tan fiel, actividad aleatoria.

Hyde pensaba que la familiaridad de sus inferiores estaba muy mal distribuida. Para él, importaba igual que sus compañeros se enfadaran con él, que dejaran de hablarle, o que lo insultaran. Nada era suficiente para merecer su atención y mucho menos para preocuparlo.

- ¡Qué se joda entonces! – se escuchó decir a Jack

- ¿Qué pasa negro? ¿No has dormido bien? – presionó Chip

Una voz femenina insistió rogando su atención.

- Claro que no – dijo Jack – su mamá se la estuvo jalando toda la noche – dijo mofándose – ¿Cómo va a dormir? – el comentario por fin se ganó la atención de Steven.

- Cierra la boca – amenazó Hyde quitándose las gafas, no muy buena señal del humor del chico del afro - ¿Por qué no dejas de fingir que a todos nos importa lo que piensas? Haz tu trabajo y no te metas con los demás. No me conoces hermano, no tienes idea de cómo paso mis noches o si duermo siquiera. Así que cállate, toca música y pretende que por lo menos sirves para algo.

Hyde dijo todo esto sin vacilar. Con una voz impostada y grave, de cierto grado hostil y hasta rasposo, sin que aquello le permitiera perder la prudencia gutural y relajada, que dejaba la sensación de control absoluto, tan característica de aquel, que como podían observar los demás, era la palabra de ley con más peso en el grupo.

Hyde tenía la calma de un felino satisfecho, ni hambriento, ni amenazado, pero siempre preparado para lastimar, como solo él tenía la capacidad de hacerlo. Sin titubear, sin parpadear, sin que las palabras fueran filosas, sin que los hechos estuvieran en su favor. Las miradas de sus compañeros denotaban temor. Jack tuvo que bucear en su garganta anudada para contener el gesto tembloroso de pánico que se le estaba formando en la cara.

- Tranquilo – terminó Buz, solo estaba bromeando

- Si, cálmate un chingo – dijo Sony. De vez en cuando, cuando hablaba, el chicle que tenía en la boca hacía un vago sonido hueco entre cada palabra, pero Hyde estaba tan acostumbrado, que le entendía de todos modos.

- Te estas poniendo muy agresivo con todos desde que vino el flaquito ese. – le habló Chip, una vez que estuvo seguro de que el peligro había pasado, pues el chico del afro se había colocado de nuevo las gafas. – de haber sabido que te pondrías así jamás lo hubiera traído.

- Olvídalo, vamos a trabajar – sentenció Hyde, y los demás lo vieron coger la guitarra como con duda

- Bien – susurró Jack, todavía sonsacado – desde abajo – señaló marcando un compás común de 3 toques con el pie

Cada uno volvió la atención a sus respectivos instrumentos y la música comenzó a llenar el aire con el flojo promedio de una melodía armónica compuesta por Buz y dirigida por Jack.

- No sé qué pasa con mi alfombra – sonaba – está llena de sangre, entre periódicos baratos. Y en el sofá se encuentra un gato que… - cantaba Jack

Hyde estaba preocupado, por primera vez en muchos años, por su propia persona. Estaba comenzando a asustarse. Lo sabía, era inteligente. Porque el miedo es una reacción casi siempre discreta y puede disfrazarse con gritos y puños rojos pero eventualmente siempre se quiebra. Y eso mismo le pasó a él, se quebró, como se puede partir una vara húmeda, difícil, es cierto, pero sucede. Los nervios de la madera se aferran y parecen plástico y el plástico es muy difícil de romper pero pasa, y pasa cuando está más duro y delgado y Hyde estaba duro como el mármol y delgado como transparente y por eso todos podían ver claramente que se encontraba mojado y roto.

Entonces simplemente dejo de mover los dedos. La canción ya no tuvo sentido armónico y el sonido se dañó tanto que fue a perder el ritmo y comenzaba a parecer simple ruido. Los otros bajos marcaron con mucha prisa tratando de recuperar la melodía jodida pero con un éxito mediocre. Pasados solo unos segundos, se dieron por vencidos y uno por uno dejo de tocar.

- Estando solo en la… - Jack dejó de cantar por fin - ¿Qué pasó? – preguntó confundido

- ¿Quién fue? – preguntó Chip

Buz miró de reojo a Hyde, por supuesto asegurándose de que nadie más lo notara. Como Buz tenía lo suyo con las musas y le era fiel a la música desde pequeño, todos sabían que él podría señalar con exactitud la falla, la nota y el responsable. Tan adiestrado en la disciplina que era capaz de prever el ligero cambio del tono en un violinista zurdo y cualquiera que perturbara las notas se las vería con los otros, y por eso, todos lo miraban a él. Pero Buz se quedó callado.

- Otra vez – anunció Jack y se acomodó abriendo más las piernas – esto tiene que quedar perfecto antes del concierto. No quiero hacer el ridículo en el Canon Festival de este año

Sony miró con preocupación la expresión de fastidio en el rostro de un normalmente desinteresado Steven Hyde. Uno, dos, tres, cua…

Steven dejó la guitarra en el suelo y salió caminando de la carpa sin decir nada. Los demás se miraron entre ellos preguntándose por telepatía ¿Por qué demonios se va? Pero en el fondo tenían tan buena conexión que todos pensaban lo mismo. Estaba renunciando.

- Entonces ¡Vete bastardo! – gritó Jack, ante la mirada ofuscada de sus compañeros decepcionados

- ¡Cállate Jack! – le contestó Buz

- ¡No te vayas Steven! – gritó Chip

- ¡Hyde! – gritó la chica que a la que siempre le llamaba Zen, pese a que ese no fuera su nombre.

- ¿Qué hay del concierto? – dijo Buz, en un tono alto pero sin ánimos de gritar.

Hyde ignoró con honores olímpicos, las suplicas, y luego todos los insultos de sus compañeros. Y fueron tantos que de haber intentado seguir la dirección de algunas de sus sugerencias no hubiera terminado de llegar a ninguno de sus destinos. Se subió a "el camino" y condujo un largo tramo con una pipa en la boca jugando con las más altas velocidades.

Hyde se sentía un poco LEO, la camioneta era suya, la pipa era suya, la ropa que llevaba encima, también era suya, hasta que un buen día, ya no pudo usar nada de eso. Entonces Hyde había encendido la pipa junto a su viejo amigo que descansaba bajo un peregrino de hojas aduzcas con muchos pájaros, inmovilizado y parpadeando cada que intentaba hablar y había llorado por horas como solo los borrachos saben llorar, con la mano en el pecho y el corazón a un lado, sentado en el suelo fumando con ellos.

Cada vez que Hyde se ponía esa pipa en la boca, el humo trepaba por su nariz y se ocultaba bajo sus gafas, poniéndole tan resecos los ojos que le lloraban a mares, y aunque pudiera evitarlo no lo haría, porque le gustaba la sensación de alivio que tenía después de eso. Ya no sentía nada, y se quedaba quieto, y a veces incluso escuchaba la radio para asegurarse de que la realidad estaba presente en el asiento, a un lado de él.

Cuando Hyde se bajó de la camioneta le dolía la espalda, porque aún no era tan viejo pero su cuerpo decía que sí, y nadie contradice a su propio cuerpo, porque eso no está bien. Ni con dios, ni con la iglesia, y en el caso de Hyde, ni con las ganas. Porque las ganas de vivir se le van a uno cuando es viejo, no por que quiera sino porque lo necesita. Hyde no veneraba ni a dios, ni a la iglesia, ni a su espalda. La había forzado a cargar con el peso de su jodida vida desde que era un niño. Ya desde entonces arrastraba montones de problemas; pero eso era lo normal en él, un problemático criminal.

Hyde no iba tarde a su casa, mejor dicho, no tenía casa a donde pudiera llegar tarde, a veces dormía con Saha la mujer de las papas en el mercado, y otras con Julia la esposa del sujeto negro de la tlapalería. La vida era simple para él, tan simple que tenía la sensación de un moretón incurable en el trasero. Esta vez sabía a donde iría, pero no quería hacerlo con prisa porque disfrutaba los trayectos tranquilos, entonces redujo la velocidad y tomo una cerveza.

- Me levante a las 6, no podía dormir, estaba… ya sabes… pensando cosas y… No, me levante a las 7 y me puse la ropa de Leo… ¿recuerdas a Leo? El "apestoso hippie" que solía interceder por mí. A él le mentí, le dije que estaba trabajando en un negocio porque… No. No, hola red, ¿Qué cuentas? ¿Cómo has estado? además de… ya sabes… ¿muerto? No. Eso tampoco. – se retractaba Hyde. – te traje flores, pero… luego me di cuenta de que odiabas las flores de tu jardín porque atraían montones de abejas. Yo… las robe. No, eso suena mal.

- ¿Con quién hablas? – pregunto Sony, abriendo la puerta de la habitación.

- ¿Zen? ¿Qué haces aquí?

- A diferencia de ti… yo vivo aquí. – dijo la mujer de cabellos plateados – te seguí tan rápido como pude. Jack estaba muy molesto así que el ensayo se terminó.

- Que mal – dijo Hyde fingiendo una pena más sarcástica que ambigua

- Se le pasará, mañana cuando regreses… - dijo la chica recostándose a su lado en la cama y arrebatándole el cigarro.

- No Zen, no voy a regresar

- Hyde si no regresas ¿Cómo vamos a vernos?

- ¡No vamos a vernos! – dijo él, alzando mucho la voz

La chica había pasado de deprimida a intimidada de pronto y Hyde se lamentaba mucho por eso.

- Lo siento. No me siento muy bien, tengo mal ba…

- ¿Entonces qué haces aquí? – se levantó Sony, sobre sus codos

- Vine a despedirme y a devolverte algunas cosas que…

- Te estas portando como un imbécil. Te estas portando como Jack.

Hyde vaciló un segundo y después suspiró con fastidio.

- ¿Qué? ¿Por qué deje tu estúpida banda? ¿Por qué me molesta que insulten a mi madre muerta? O ¿Por qué no los acompañaré a su estúpido concierto para que se puedan sentir como estrellas de timbiriche? ¡Dime Sony! ¡¿Por qué soy un imbécil?!

- ¡Por cómo me estás hablando ahora! Actúas como un adolescente, no te reconozco. Si tienes un problema ¿Por qué no me lo dices? ¿Por qué te portas como si estuvieras sólo en el mundo cuando me tienes a mí?

- ¡Por qué eres la chica con la que duermo! ¡Eso eres! ¡Solo sexo para mí!

La mujer retrocedió algunos pasos con los ojos vidriosos.

- Sé que estas lastimado pero no por eso tienes que lastimarnos a todos…

- Zen, lo siento, no quise…

- Olvídalo ¿sí? Está bien, sé que viniste aquí porque no tienes donde dormir, así que puedes quedarte. Yo me voy

- No Zen, espera… - pero era demasiado tarde y la chica se estaba yendo

- ¡Mierda! – grito él

Todos tenían razón. La visita de Eric Forman, dos días antes, había desenterrado 6 tipos de dolores diferentes en el chico. Los primeros tenían que ver con los dedos, lo que se extienden y tocan, los que acarician y roban, los discretos. Los últimos tres, con colores, colores marchitos, aquellos que ya no pintan y que ya no ofrecen luces. Los apagados. Uno rojo para Edna, uno blanco para Leo, porque aquel seguía con vida, pero una vida en blanco como si nunca hubiera tenido color y uno que le avergonzaba sentir. El negro, un luto para su padre, Red Forman. Los espacios entre sus órganos que sentía por la noche cuando todo se quedaba callado.

- ¿Es tarde para tomar una cerveza con mi hermano? – había dicho Eric. La sorpresa de Hyde era apenas notable. Tenía los ojos muy abiertos bajo las gafas y había estado practicando la siesta. De modo que todo su cabello estaba esponjado

- ¿Puedo entrar? – siguió hablando el intruso. Porque eso era él, para Hyde, un intruso.

- ¿Qué estás haciendo aquí? – se limitó a preguntar Hyde evadiendo la mirada de su viejo amigo

- Vine a verte…

- Ya me viste – aquella había sido su forma de responder

Después, no estuvo muy claro lo que sucedió, pero Hyde supo reconocer entre las palabras de su conocido, una advertencia. En ningún momento permitió el encuentro de sus miradas pese a que el más joven lo intentó constantemente durante toda la conversación.

- ¡Algo malo! – gritaba Eric - ¡No quiero que te pase nada!

- ¿Me estas amenazando? – decía Hyde apenas escuchando y volvía a dedicarle su atención a la bebida que tenía en la mano.

- ¡No! – se excusaba el invasor – si te digo esto… vas a creer que estoy loco pero…

- ¡Oh dios! – Se levantó enojado el chico.

- He estado teniendo algunos…

- ¡Vete de aquí Forman! ¡No quiero verte! No quiero saber nada de tu familia o de ti o…

- ¡Escúchame! ¡Algo malo va a pasar y tú…!

- ¡VETE! – gritaba Hyde con los ojos saltando fuera de sus cuencas y una vena palpitante en el barullo de su rostro, que de por sí ya estaba hecho un caos.

- ¡TIENES QUE ESCUCHAR! – gritó Eric, cansado de que su amigo caminara balanceado el paso de manera agresiva como a punto de saltarle encima.

- ¡VETE DE AQUÍ! ¡LARGO! – le respondió Hyde, porque Hyde había estado bebiendo y no podía distinguir las palabras que salían de su boca de las que pasaban vagamente por su cabeza

- ¡Hyde! Por favor… - lloriqueó Eric

- ¡NO!

- ¡TIENES QUE ESCUCHARME, IDIOTA! – Advirtió desesperado el Forman con saliva volando por fuera debido a la fuerza con la que gesticuló sus palabras

- ¡LARGATE! – gritó Hyde, y el grito fue tan fuerte que le ardió la garganta y comenzó a toser

Eric se congeló en su lugar con un gesto de pánico en la mirada, el mismo que había visto muchas veces en otras personas, pero nunca en él. Hyde sabía que él lo había provocado, pero todavía estaba muy ebrio y muy enojado, porque la rabia con la que gritaba no era por nada. Eric Forman le recordaba todo lo que no era y todo lo que quería olvidar, había tenido que respirar muy fuerte y muy rápido para contenerse de plantarle un golpe a uno de los pocos hombres que más quería y respetaba en el mundo.

- ¡No sé con quién crees que hablas! Pero si estás aquí porque piensas que soy el mismo niño que se sentaba a la sombra del roble con un libro, mientras cazabas mariposas en el jardín, solo para poder ahuyentar a los imbéciles que se atrevieran a burlarse de ti ¡Estás muy equivocado! – terminó de decir Hyde. – así que puedes tomar tus problemas y solucionarlos sólo, para que tu vida vuelva a ser perfecta y una fiesta del té en el arcoíris, o puedes metértelos por el culo ¡Porque no me importa!

- ¡Muy bien señor indiferente! Porque no vine aquí para que me salves, porque no te necesito. Vine aquí para ayudarte…

- ¿Ayudarme? JA ¿Ayudarme a qué? ¿Me vas a enseñar cómo ser perfecto? ¿Cómo tú?

- Sé que te portas así porque piensas que me asustaré y me iré, pero estas mal, ¡No te tengo miedo!

- ¡Me da igual!

- ¡Pero a mí no Hyde! ¡A mí no! – respiró el más delgado

- ¡Ese no es mi pro…!

- ¡Si lo es! Porque pienso que estás enojado, triste y frustrado y piensas que no puedes sentarte a llorar en el hombro de alguien porque…

- ¡Escúchame bien forman! Nunca necesite la teta de mi madre, o el amor de la tuya, nunca necesite nada de nadie, así que no vengas a pretender que puedes arreglar mi vida, tu hombro no me sirve para nada.

- Hyde… si tu vida es una mierda, es tu culpa. No puedo arreglar tu vida, como muchas veces tú lo hiciste con la mía.

- ¡Me da igual!

- Entiende que no estoy aquí para darte un sermón, sino una mano.

- Yo no lloro forman, no me lamento, no me arrepiento y no necesito tu maldita lastima

- ¡Bien! Vine aquí porque estaba preocupado por ti ¡Gran genio! Pero si piensas que tienes todo bajo control, me iré. Me iré para no verte y para que no tengas que verme y darte cuenta de lo miserable que es tu horrible vida mediocre.

- ¡Vete de aquí!

- ¡Ya me voy! Pero si piensas que no necesitas nada, ni de mí, ni de mi familia… ¡Deja de visitar a mi padre! ¡Dejas las colillas todos lo sabemos!

La expresión de Hyde cambió por completo.

- ¡No vayas el domingo a casa! – amenazó Eric con lágrimas en los ojos - ¡No quiero verte ahí! Si te atreves a ir… te golpeare hasta que se me rompan los nudillos, porque sé que no te defenderás. ¿Y sabes cómo lo sé? Porque te conozco, y sé que me quieres y yo también te quiero…

Hyde estaba respirando a medias y había algo en la mueca del chico que le informaba a su acompañante que se estaba mordiendo el labio inferior.

- De todas formas, si tu vida está bien así, sin saber nada de mi o de mamá está bien. No voy a pedirte que agradezcas lo que hicimos por ti, que te dimos casa, comida y cobijas, no te pido eso. Nadie lo hace. Porque eso es lo que hace la familia, se apoya Hyde, y ahora más que nunca la familia nos necesita… así que estas ¿o no estás en ella?

Eric se fue después de eso, aunque no del todo, porque Hyde lo conservó en el pecho y desde entonces el ingrato se le quería escapar por los ojos. "Ahora más que nunca la familia nos necesita" Hyde seguía temblando con la voz de sus pensamientos tratando de no beber de más, porque sabía que intentaría desmoronarse, solo por hacer algo, cuando estuviera lo suficientemente ebrio. De repente un sonido tenue y apagado lo trajo de vuelta a la realidad.

- ¿Quién ganó el partido? – preguntó un anciano tembloroso y casi sin voz que estaba sentado junto a él en una silla de ruedas frente al televisor

- Hey, estas despierto eh… ¿Cómo estas hombre? – dijo Hyde acercándose a su amigo - ¿Tienes sed?

- ¿Quién eres tú? – preguntó el hombre peludo

- Soy Hyde, hombre, un amigo. – respondió él - ¿Estuviste comiendo esa crema de nuevo?

- ¿Quién se esconde? – dijo el mayor y Hyde se rio

- Nadie, nadie, ¿Quieres salir al sol?

- ¿El sol? si… el sol… ¿Eso me gusta?

- Si, leo. Te encanta el sol – Hyde estaba ocupado limpiando con un trapo mojado el cuerpo paralizado de su viejo amigo.

Leo se entretuvo jugando con el cabello rizado de su compañero, mientras este le cambiaba los pantalones.

- ¿Quieres más? ¿Está rico? – preguntó el chico con una cuchara en la boca de quien había sido su mayor confidente cuando todavía podía reconocerlo. – Sara dejó la estufa encendida otra vez, amigo. ¿Qué vamos a hacer con esa mujer?

Hyde se reía pero no se estaba divirtiendo. Un pequeño saltamontes entró por la ventana y brincó sobre su hombro. El chico sonrió con el acto sintiendo como si alguien le pusiera una mano en el hombro.

- Espérame ¿Sí? Voy por la toalla

Pero Leo no lo esperó y metió la cara en el plato de comida que Hyde había tenido el descuido de dejar a la altura suficiente junto al sofá. Entonces comenzó a toser tratando de recuperar un espacio en su garganta para poder respirar.

- ¡No! No, no, rayos. – alegó el guitarrista de la banda - ¡Mierda hombre! ¡Mira nada más!

Hyde se puso a limpiarlo muy rápido para asegurarse de que su amigo no sufriera ningún daño pero su rostro de preocupación hablaba por muchas otras cosas.

- ¿Heidi está bien? – le preguntó el anciano, y Hyde se sorprendió porque se dio cuenta de que por primera vez en tres años, el viejo parecía entender algo que de verdad estaba ocurriendo.

- Eh… si – le respondió – vamos a dejar esto ¿sí? Pronto llegara Sara y …

- ¿Heidi esta triste?

El chico tuvo que darse un pequeño golpecito en las gafas para que estas cubrieran con su sombra el reflejo de sus ojos rojos.

- No. No pasa nada Leo, es que…

- ¿Quién eres tú? – le preguntó el anciano y Hyde se echó a reír de nuevo

- Un amigo Leo. No importa

- ¿Heidi?

- Sí, soy yo.

- ¿Quién gano el partido? – el chico negó con la cabeza y borro su sonrisa.

- Bien, vamos a acostarte Leo, está comenzando a nublarse, creo que lloverá

- ¿lluvia?

- Sí, Leo.

- ¿A mí me gusta la lluvia?

- A ti te encanta la lluvia amigo. – de repente Hyde hizo un puchero infantil mirando el televisor - ¿Crees que soy una mala persona, Leo?

- Heidi es siempre buena chica. – respondió su amigo. Y Hyde por fin sonrió.

Luego la puerta se abrió y una mujer que rodeaba los cincuenta pero que se miraba más vieja por que se encorvaba sin querer, entró en la habitación

- ¿Otra vez tú? ¿Qué haces aquí? – le dijo Sara, en un tono entre molesto y horrorizado

- Hola Sara, yo…

- ¡Vete!

– Tranquila ¿sí? Solo pasé a saludar

– Tu presencia solo lo pone enfermo

– ¿Quién es, Heidi?

– Es Sara, Leo. Es tu esposa.

– ¿Es tu madre?

– Si leo, sí. – dijo Hyde llevándose por el brazo a la mujer de la habitación y con ella a la discusión - ¡Ya me iré! ¿Está bien? – Susurró – tienes que recordar apagar la estufa cuando te vayas porque a veces él se acerca y…

– No me digas como hacer mi trabajo ¿Por qué sigues viniendo? Solo lo haces salir y cantar y después no puede dormir, le recuerdas cosas que…

– Escúchame Sara, yo sé que estas molesta, pero hoy no quiero discutir ¿sí? – Le respondió él – te deje manzanas en el refrigerador, tíralas si no las quieres. Adiós.

Entonces atravesó por el umbral y le plantó un beso en la frente a su desvalido amigo.

– Vendré luego ¿está bien amigo? Cómete esa fruta.

– ¿Heidi?

– ¿Sí? – se apresuró a decir Hyde

– ¿Me gusta la fruta?

–La verdad no lo sé Leo

– Te encanta – se escuchó decir a Sara.

Hyde se retiró sonriendo pero fingía como siempre y estaba caminando cuando su teléfono sonó

– ¿Steven Hyde?

– ¿Quién es?

–Su oficial de libertad condicional, ¿está equivocado?

–No, no está equivocado, soy yo. Yo soy Steven Hyde.