Disclaimer: Twilight le pertenece a Stephenie Meyer, la historia es de assilem33, la traducción es mía con el debido permiso de la autora.
Disclaimer: Twilight is property of Stephenie Meyer, this story is from assilem33, I'm just translating with the permission of the author.
Capítulo beteado por Yanina Barboza
Grupo en Facebook: Tradúceme un Fic
Capítulo 2: Es delicioso
—¿Qué se supone que debo hacer durante tres horas? —Acabamos de bajar del avión, Edward y yo juntos, y después de descubrir cuánto tiempo debo esperar hasta el próximo vuelo, me entra el pánico. Pero mamá no está tan preocupada como yo. Ella nunca es de las que se preocupan demasiado por las cosas pequeñas.
—Bella, solo toma una siesta.
—¿Una siesta? No puedo quedarme dormida en medio de un aeropuerto. ¿Y si alguien me roba mis cosas? —pregunto consternada y luego susurro—: ¿Y si alguien intenta secuestrarme?
Volteo a ver a Edward y él no me mira, pero la pequeña sonrisa en sus labios me dice que está escuchando mi enloquecimiento.
—Cariño, ves demasiadas películas. Pasará rápido, luego abordarás el siguiente avión y vendrás con nosotros. Aquí es hermoso. Te va a encantar.
Cuelga y yo miro la pantalla de mi teléfono completamente irritada con ella y con todas estas vacaciones.
—Vamos —dice Edward—, te llevaré a cenar.
—¿Qué? —pregunto confundida, observándolo.
—Te llevaré a cenar. Vámonos.
Se aleja y, tras un breve retraso, lo sigo rápidamente.
—No puedo simplemente ir a cenar contigo. Ni siquiera te conozco todavía.
—Todavía —reflexiona más para sí mismo y de repente se detiene, haciéndome casi chocar con él—. Puedes confiar en mí. Lo juro por mi vida. —Sonríe, y realmente, ¿qué diablos tengo que perder?
¿Estoy más segura aquí dentro del aeropuerto?
Probablemente.
¿A veces hago elecciones tontas?
Por supuesto.
¿Voy a dejar que Edward me lleve a cenar?
—Está bien —cedo—. ¿Te gusta Cracker Barrel?
Yo nunca he ido ahí, pero papá sí, y la forma en que lo alaba, bueno, me da ganas de intentarlo.
—Apuesta tu lindo trasero a que sí.
¿Acaba de llamar lindo a mi trasero?
Me voltea a ver e ignoro el aleteo en mi estómago y continúo siguiéndolo.
—¿No tienes que llegar a casa?
Sacude la cabeza y me lleva a una camioneta enorme.
—No. De todos modos, está a cuatro horas de aquí. Me iré cuando me vaya.
—¿Cuándo será eso?
—Después de que regreses al avión. Un caballero no deja a una chica sola en un aeropuerto para que le roben la mierda o Dios no quiera que la secuestren.
¿Se está riendo de mí? Supongo que no ve demasiadas películas, o las noticias para el caso.
—Estaré bien.
—Ahí está esa palabra otra vez "bien". Estoy bastante seguro de que tu voz temblaba cuando hablabas por teléfono con tu mamá —dice, abriendo la puerta y agarrando mis maletas para empujarlas en la parte de atrás—. A menos que tu mamá sea una persona que da miedo.
—Ja, ja, gracioso.
Abre la puerta del lado del conductor y me hace un gesto para que entre.
—Sube. Déjame poner algo de comida en esa barriga hambrienta.
Solo dudo un segundo antes de subirme al escalón lateral y meterme en la camioneta, empujando la consola del medio hacia arriba, para poder deslizarme por completo. Me abrocho el cinturón, la seguridad es lo primero, y espero a que Edward se acomode.
—Esta es una linda camioneta.
Sonríe viendo por el parabrisas.
—Ella es linda.
—¿Ella?
—Sí. No la voy a llamar él. Yo no conduzco un "él". —Me pongo a reír y me voltea a ver—. ¿Estás lista?
—¿Por qué no lo estaría? —pregunto.
—Solo quiero asegurarme de que estás segura de salir de un aeropuerto con un casi extraño. —Él se ríe, y ahora tengo algunas dudas.
—Bueno, ¿no eres un violador, verdad?
—Eh, no, no lo soy. No es que un violador lo admita, pero...
—¿Me estás secuestrando?
—Te subiste por tu propia voluntad.
Dios, ese hoyuelo.
—¿Un asesino serial?
—Solo si son de cereal* —responde, sonriendo de satisfacción, y no puedo evitar la sonrisa estúpida que cruza mi rostro.
—En ese caso, estoy segura, y muerta de hambre.
—Vamos a darte de comer entonces —dice antes de salir del aeropuerto y entrar en la concurrida calle de la ciudad. No hay vuelta atrás ahora—. Entonces, ¿cuál es tu historia?
—¿Mi historia? No tengo una. Apenas estoy en mi primer año de universidad. Ni siquiera he vivido. De hecho, este viaje es lo primero que he hecho por mi cuenta. Patético, ¿verdad?
—Definitivamente. —Se ríe, y sé que está bromeando, pero en realidad tiene razón—. ¿Entonces nada de aventuras? ¿Sin travesuras salvajes?
Edward cambia de carril e ignora los bocinazos de indignación mientras le corta el paso a un pequeño Mazda.
—No, nada de eso. Quiero decir, me he ido de vacaciones con mi familia todos los años, pero nunca sola como un adulto. ¿Qué pasa contigo? ¿Algún viaje de mochilero por Europa Occidental?
—Me temo que no. —Me lanza una sonrisa, es generoso con las sonrisas, que me hace sonrojar antes de que sus ojos vuelvan a la carretera—. Nunca salí del país, pero me encantan las aventuras.
—¿Eres del tipo que le gusta el aire libre?
—Podrías decirlo. Mi papá es dueño de un rancho, crecí al aire libre.
—¿Un rancho? ¿Con animales?
—¿Qué otro tipo de ranchos hay?
—No lo sé —digo sintiéndome tonta—. Hay aderezo ranchero.
—Oh, mierda. —Se ríe, moviéndose hacia el carril de retorno cuando Cracker Barrel aparece a la vista—. Aderezo, ¿eh? Eres linda.
¿Que qué?
—Aquí estamos. Cracker Barrel a tu servicio —dice, apagando la camioneta y bajando de un salto. Lo veo caminar frente al vehículo hasta que está parado en mi puerta y la abre como un caballero, del tipo que solo se ve en las películas—. ¿Estás lista para comer? No puedes vivir solo de galletas de peces dorados.
Oh, lo he hecho y podría.
Extiende su mano, yo coloco la mía en la suya y dejo que me saque de la camioneta. Me deja ir tan pronto como mis pies tocan el asfalto, y caminamos uno al lado del otro hacia el restaurante.
Pasan treinta minutos antes de que compartamos cabina. La tienda de regalos es adictiva. No compré nada porque sé que mamá tendrá un ataque de mierda si lo hago, pero Edward me compró una bolsa de cinco libras de galletas de pescados, alegando que nada podría superarlas.
No le dije que mi tía solía traerme algunas de Pensilvania todos los años, las amo, y que crecí pensando que Pensilvania era el único lugar que las vendía. Poco sabía que podría haber entrado en cualquier Walmart de los Estados Unidos y comprar una bolsa.
La mesera nos entrega un menú a cada uno, y yo pido un jugo de naranja, ignorando la mirada de indignación de Edward, y escucho mientras pide una limonada rosa.
—¿Jugo de naranja para cenar?
Asiento y jugueteo con el salero y el pimentero. El restaurante está lleno y el sonido de un niño gritando unas mesas más allá es algo molesto. Nunca me gustaron los niños. No desde el verano que me vi obligada a cuidar a mi prima cuando tenía quince años. Ella estaba jugando en el jardín, y pensé que todo era diversión y juegos hasta que me acerqué y ella estaba jugando con un pedazo de mierda de perro. Juro que olí a mierda hasta Navidad.
—Nunca se puede consumir demasiada vitamina C.
Edward se ríe.
—¿Qué vas a ordenar?
Mis ojos escanean el menú, buscando algo apetitoso. Puedo sentir los ojos de Edward sobre mí, y quiero actuar como si estuviera bien con eso, como si él no me estuviera poniendo nerviosa, pero lo está.
—Creo que pediré el pollo con brócoli y queso cheddar.
—No puedes —dice, sacudiendo la cabeza, sus ojos ahora en su propio menú—. No es miércoles.
—¿Qué?
—El pollo con brócoli y queso cheddar es el especial del miércoles. No puedes pedir un especial de miércoles en viernes.
—Cállate —me río.
Sus labios se contraen cuando levanta la cabeza.
—Lo digo en serio. —Se inclina hacia adelante y señala el menú donde dice el día de la semana, el especial de cada día, y sus manos están venosas. No asquerosas, sino venosas como imagino que se verían las de Thor porque es muy fuerte—. Lee la letra pequeña. Está prohibido comer el especial del miércoles en viernes. —No dice eso, pero los especiales del día de la semana solo se hacen en cada día específico—. Tengo una idea —sugiere—. Yo ordenaré tu comida y tú la mía.
—No estoy segura de cómo me hace sentir eso. ¿Y si no me gusta lo que eliges? Soy un poco quisquillosa.
Su sonrisa es ridícula y confiada.
—Te gustará. Vamos, pídeme algo delicioso. No seas tacaña tampoco, tengo hambre.
—No sé lo que te gusta —argumento—. Nadie quiere comer alimentos que no le gustan.
—Confía en mí, me gustará.
—Lo que sea que digas. —Escaneo el menú, sin tener ni idea de lo que voy a elegir porque no sé nada de Edward más que su gusto por las películas, que se crió en un rancho y que tiene un adorable hoyuelo en el que quiero meter mi dedo.
Genial, ahora mi rostro está caliente.
La camarera pasa y escucho mientras Edward me ordena la hamburguesa con queso Barrel con papas fritas, haciendo que se me haga la boca agua, y como una tramposa, pido lo mismo para Edward.
Edward está sonriendo, por supuesto que lo está, cuando ella se aleja.
—Tomaste el camino más fácil.
Encogiéndome de hombros digo:
—Solo pensé que me habías pedido lo que te gustaba y, dado que el pollo con brócoli y queso cheddar está fuera de discusión, te ordené la hamburguesa con queso.
—Rico. Me encantan las hamburguesas. ¿Y a ti?
—También.
Toma un trago de su limonada rosa, y yo miro la forma en que su garganta se mueve mientras traga hasta que me atrapa estudiándolo y sonríe.
—¿Qué estás estudiando?
—¿Qué? ¡Nada!
—¿De qué sirve la universidad si no estás estudiando nada?
¡Oh!
—Educación. Siempre quise ser maestra.
—Mi mamá es maestra. A ella le encanta. ¿Qué clase de maestra?
—No una maestra de niños pequeños. Matemáticas de secundaria.
—Ninguno de mis profesores se parecía a ti en el instituto —confiesa.
—Bueno, en tres años podría lucir diferente. ¿Fuiste a la universidad?
—Nope —dice—. La universidad no era para mí. Ayudo a mi papá a administrar el rancho.
—¿Eres vaquero?
Se ríe y niega con la cabeza.
—No del tipo charro. Yo no corro y monto. Cabalgo, crío y pastoreo ganado. No digo yeehaw.
Dios mío, es tan lindo.
—Tienes un sombrero, no, no una gorra, ¿un sombrero de vaquero?
—Lo tengo. Muchos de ellos.
Sé que tiene botas vaqueras en los pies y pantalones de mezclilla que le quedan bien porque créeme, lo observé. La única persona que he visto llevar botas y sombrero de vaquero es Harry y eso es solo porque es su estilo. No tiene nada que ver con las vacas y los ranchos.
—¿Te gustan los vaqueros o algo así? —pregunta, tratando de ocultar su sonrisa detrás del vaso transparente de limonada rosa—. ¿Tienes novio?
—No.
—¿No? ¿No tienes novio, o no, no te gustan los vaqueros?
—No tengo novio.
—Ah, entonces te gustan los vaqueros.
—Cállate —me río, tomando un trago de mi propia bebida, sintiendo que mis axilas comienzan a sudar porque es tan malditamente lindo que me pone un poco nerviosa—. No conozco a ningún vaquero, así que no puedo saber si me gustan.
Asiente pensativamente y está a punto de decir algo más, antes de que la camarera nos interrumpa.
—Aquí tienen. Que lo disfruten.
—Gracias —digo.
—Salud —dice Edward, levantando su hamburguesa, alzando la barbilla para que yo haga lo mismo. Chocamos nuestras hamburguesas, los dos nos reímos antes de que le dé un gran bocado.
Es delicioso.
*Serial killer: asesino en serie, pero en inglés tienen prácticamente la misma pronunciación con cereal, de ahí la broma de Edward cuando Bella le pregunta si es un asesino en serie y él responde que solo de cereal.
El recibimiento que le han dado a esta ha sido genial, muchas gracias! Gracias por los comentarios, alertas y favoritos. Espero que les haya gustado el capítulo, no se olviden de decirme qué les pareció.
Nos leemos en la siguiente actualización.
Sarai
