Capitulo II. Tarjetas medievales y explosivos, reencuentros indecentes.
1. Domingo de grietas y mala memoria.
(5 días antes)
La semana siguiente hizo tanto calor como en el día de su cumpleaños, tanto pero tanto calor que al acontecer de la tercera jornada de cazar mariposas en el verde pastizal de primavera, a Eric se le derritió la sonrisa. Se había dado cuenta de la monotonía de su alegría simplona y sencillamente había dejado de sonreír. Sudaba como solo los hombres de grandes poros abiertos suelen sudar, pero ese no era motivo suficiente para que dejara de caminar, pues se dirigía a un lugar muy importante. Un sitio donde podía sentirse como en casa. Su casa. Cinco años tarde para la cena, pero tarde como de costumbre, seguro de que su padre, de seguir con vida, le esperaría afuera con el zapato bien puesto y dispuesto también para saludar a su trasero.
– ¡No puedo creer que hayas venido a pie! – Se burló el señor Pincciotti – debió ser muy cansado ¿eh? ¿Cómo esta ese brazo que te lastimaste el año pasado? Veo que ya te quitaron el yeso
– Si, bueno, si… yo, ya está bien. Estoy bien, y usted ¿Cómo ha estado?
– Bueno Eric, hay una anécdota que te parecerá divertidísima, estaba yo…
– ¡Eric, mi bebé! ¡Necesito que vayas a comprarme algunas cosas! – interrumpió una nueva y más pequeña Kitty Forman metida en un vestido negro y liso, y con el cabello teñido de este mismo color también.
– ¡Ya voy mamá! – aprovecho el maestro para decir.
– Bob ¿conoces a mi novia? ¿Jenny? Jenny, este es Bob Pincciotti, graciosísimo eh. Platiquen – sugirió nervioso – ahora vuelvo cariño
– Ok cariño. Mucho gusto, señor Pincciotti, ¿hace mucho calor no? – dijo Jennifer estrechando su mano con la del hombre.
– Justo estaba por decir lo mismo… espera ¿dijiste novia? – y Bob siguió a Eric con una mirada indignada.
– Me alegra que nos hayan podido acompañar, señor y señora Rogad, claro que si
– Estamos con ustedes en su dolor Kitty – le decía una mujer anciana con el rostro estirado como con pinzas
– Estoy segura de que a mi esposo le hubiera encantado tenerlos aquí
Eric se acercó sigilosamente por detrás de su madre y asintió con la cabeza hasta que su madre se giró para encontrarse con él.
– Oh cariño ¿Cómo estás? – preguntó una mujer vieja y cansada que parecía más apagada que de costumbre, con los ojos hinchados y los labios que alguna vez le dieron firmes besos en las mejillas, más arrugados que la última vez.
– Papá odiaba a los Rogad – le dijo a su madre y ella comenzó a reírse
– Tu papá los odiaba a todos, hijo. – le contestó
– Es cierto, probablemente estaría tratando de evitar hablar con ellos – se burló el chico.
– Solía esconderse cada que los invitados preguntaban por él y me decía "sácalos cuando puedas Kitty, estaré esperándote en el fuerte"
– Sí, pero el fuerte en realidad era su habitación. Ponía un viejo disco y se echaba en la cama con mis botanas. Nadie volvía a verlo en la fiesta porque no volvía a bajar hasta que todos se fueran - dijo Eric y se rio - ¿sabes? Creo que nunca se le dio muy bien eso de ser el anfitrión. ¿Eh?
– O el invitado – dijo ella, ya con un rostro un poquito más vivo.
– O ser amigable – se burló Eric mientras su madre le seguía el juego
Pero al terminar de tragarse a la risa pasaron a engullir el amargo sabor del franco vacío y se detuvieron casi en el mismo momento, cuando se dieron cuenta de que ya no quedaba nada que decir, para evadir la situación incómoda que representaba el silencio. La mujer lo miró con dolor, el dolor de experimentar el propio dolor de su madre, se coludió con el suyo y la garganta se le secó de pronto. El chico abrazó a su madre para desquitar el peso de su impotencia en un acto de auto afecto más que para tranquilizarla a ella.
– ¿Qué quieres que vaya a comprar? – se apresuró a preguntar, para evitar que se le salieran las lágrimas tan pronto.
– Ah sí, hijo, si, te haré una lista – dijo Kitty, y se encaminó a la cocina caminando con cierta confusión como si no supiera en donde se hallaba.
El día anterior cuando se encontró con ella por primera vez después de casi un año, y había entrado en casa desde la muerte de su padre, las sensaciones se le acumularon en la garganta y se había soltado a llorar como un bebé. Uno que esta hambriento, cagado y tiene frio, uno con retortijones graves y fiebre, uno que no se puede consolar, y a pesar de todo su mamá si pudo hacerlo, cantándole esa canción de cuna que era su especialidad.
Eric estaba desgarrado y no estaba listo para recordar, luego de un año, lo que le ocurrió a su padre. Solo quería escapar del mundo como lo hacía siempre en su trabajo, sentado en una orilla del aula comiendo galletas de canela. Porque a Red forman, nunca le gustó que su hijo las comiera, siempre se lo prohibía y a Eric le gustaban mucho. Por eso cada vez que las comía lo hacía a modo de protesta, era para calmar sus ganas de gritar muy fuerte y apretar los parpados para detener el líquido de entre sus pestañas, porque así pensaba que la muerte de su padre después de todo, tenía algo bueno. Ahora que Red no estaba, podía comer tantas galletas de canela como quisiera. Aunque no quisiera.
– Eric cariño – llamó su atención Jennifer – ya revise en la bodega del sótano y no hay de ese vino ¿quieres que vaya a comprar uno? No me molesta
– Eh… no, no te preocupes, yo voy – dijo Eric antes de besarla.
El teléfono comenzó a sonar y Eric tuvo que caminar muy rápido hasta la cocina
– ¿Diga?
– ¿Profesor Forman? – dijo una aguda voz sollozando del otro lado del teléfono
A Eric se le congeló toda la sangre del cuerpo.
– ¿Verónica? ¿Cómo sabes mí…?
– Eso no importa profesor. Tengo que decirle algo muy importante, por favor.
– Verónica esta es la casa de mi madre, ¿Cómo obtuviste este número?
– Esta es la dirección a la que enviaron el sobre…
– ¿El sobre? ¿De qué hablas? Verónica deja de jugar, no puedes llamar a mi casa, estamos en medio de algo muy importante…
– No es un juego señor, lo juro. ¡Por favor escúcheme!
– ¿Qué clase de broma es esta?
– Es Wen, ella…
– ¿Wen? Pues dile a Wen que su ridícula broma es muy inapropiada, esta es la casa de mi madre y estamos a punto de…
– Por favor profesor, solo escúcheme – habló llorando la chica – ¡Por favor!
– ¿Verónica? Verónica no llores ¿sí? Cálmate, no estás en problemas justo ahora, pero tengo que colgar porque…
– Wen nos tomó una foto – dijo ella
Al principio Eric no supo sobre que estaba hablando la chica, pero tan pronto como su cerebro hizo las conexiones, su mano comenzó a temblar.
– Ese día en la terraza…
– ¿Cómo que tomó una foto? Eso no… eso no puede ser.
– Si, así es, me la envió por correo y también se la envió a usted.
– ¿Qué? Enviar… ¿a mí? ¿Envió una…?
– ¿Qué vamos a hacer profesor?
– ¿Qué vamos a…? Verónica, ¡No me jodas! dime que es una broma. Esto no es divertido, ¡No es para nada divertido!
– ¡No profesor, se lo juro! Ella me llamó. Me amenazó con contárselo a todos y me dijo que se la enviaría a usted también… – a este punto la niña se encontraba llorando tan desconsoladamente que no se le podía entender mucho de lo que hablaba.
– Verónica – dijo Eric con los labios secos – tranquilízate ¿sí? Dime con calma… ¿Quién tiene esa foto?
– Es Wen, ella… dice que estuvo ahí
– ¿Quién más lo sabe?
– No lo sé, creo que solo ella – Eric suspiro aliviado
– Bien, escúchame con atención – prodigó casi susurrando – quema esa fotografía ¿Oíste? Deshazte de ella y del sobre y espera a que yo…
– ¡Ella se la envió a usted también!
– Ahora no estoy en casa, estoy en casa de mi madre, así que no puedo…
– Ella la envió a esa dirección. Ella me dio su número telefónico.
– ¿Qué? – Se le escapo gritar a Eric y tuvo que mirar a todas partes de forma sospechosa para saber si había algún curioso que se estuviera enterando – ok, esto no me gusta para nada…
– ¿Qué vamos a hacer si todos se enteran de lo nuestro?
Aquí Eric perdió la poca paciencia que le quedaba y el sudor que ya estaba escurriendo por sus dedos no lo dejaba sostener correctamente el teléfono.
– ¿Lo nuestro? ¿Pero qué dices niña? Tu y yo, no tenemos nada… sabes perfectamente que yo jamás…
– ¿Quién es cariño? - le preguntó Jenny parada justo detrás de el con una expresión de desprecio.
– ¡Mierda! – gritó Eric sin pensar
– ¿Mierda? – Mala idea pensó Eric – ¿Con quién hablas Eric? ¡¿Quién es?!
Eric tartamudeó un poco antes de decirle que se trataba del director de la escuela. La mujer no se lo creyó pero le dijo que sí, porque las mujeres astutas siempre investigan por su cuenta. Colgó el teléfono sin despedirse de la niña y caminó atontado hasta el patio donde se estaba juntando todos.
– ¿Nos vamos? – le preguntó su madre caminando hacia el Toyota todas las personas se dirigían en caravana hacia el cementerio, pero Eric solo podía pensar en el correo.
– ¿Sabes que má? ¿Por qué no te adelantas? Pasaré a comprar algunas cosas para llevarle a papá ¿sí?
– Pero Eric, cariño, no llegues tarde ¿sí?
– No mamá, no me tardo nada, te lo juro – y le dio un beso para despedirla con cuidado.
– ¿No vienes? – preguntó Jenny
– ¿Te alcanzo? Nos vemos, adiós. Te amo. – Le lanzó un beso – Te veo en un rato ¿sí? Adiós – decía despidiéndose con la mano
– Pero…
Eric corrió por toda la casa buscando el correo, luego corrió al buzón y nada. Estaba desesperado, no sabía cómo, pero encontraría ese sobre antes que nadie o tendría que suicidarse esa misma noche.
– ¿Dónde está? ¿Dónde está? – hablaba en voz alta
Al cabo de media hora, le había dado la vuelta a toda su casa y no había tenido el mínimo resultado. Pero recordaba que tenía que visitar a su padre y no podía dejar eso para después, así que tomo el vista cruiser y condujo hasta el cementerio con una botella de licor en la mano.
Cuando llegó todavía se sentía mareado, no hallaba un lugar para sentirse cómodo y tenía esa sensación de olvido punzante como si se le estuviera cayendo la cara pero sin el dolor incómodo. Reconoció a la mujer que más amaba en la vida parada enfrente de una lápida tiesa. Más pequeña, delgada y más fría, como si no hubiera dormido en meses, como si alguna enfermedad se la comiera por dentro, y por un momento pensó que no quería perderla también, porque ya estaba siendo consumida, porque esa no era la forma real de su madre, porque había algo falso y aterrador en su mirada.
– Eric cariño, ¿Por qué te tardaste tanto? ¿Dónde están las cosas que trajiste? – le preguntó su madre
Eric vio que su madre había estado llorando y comenzó a prestar atención a la ceremonia que tenía lugar sobre la lápida del viejo Red. Su novia se encaminó hacia él y cuando llegó se colgó de su brazo y acomodó su cabeza en el hombro del chico a manera de cuna, de esta forma, creía, que le estaba demostrando su apoyo. "solo un árbol que se desmorona y vuelve a tierra como fue semilla" dijo el hombre de capa purpura.
– ¿Está empezando? – le preguntó a la rubia que se había acomodado recién junto a él
– Sí, así es – le dijo ella - ¿está lloviendo?
– Si – reconoció el Forman abriendo la palma de su mano hacia el cielo – será mejor que traigas el paraguas
– ¿Dónde lo dejamos?
– En el auto – dijo él, y le dio las llaves para que fuera.
– No me tardo ¿sí? – dijo ella y lo besó en la mejilla
Eric no tuvo motivación alguna para fijarse en cómo se alejaba, estaba pensando que no tenía ningún sentido estar allí, rodeado de cadáveres, como si en ellos quedara vida todavía. Sabía que el mundo estaba quedándose vacío de humanos, pero que se los tragaba de vuelta. Todos sus años de experiencia, cortos como una rama, le habían doblado el lomo como para forjar un tronco, y esperaba que el viejo tronco por el que trepaba cuando era niño no estuviera todavía bajo esa tierra húmeda, lodosa y lleno de grietas.
"Si vas a arruinar tu vida, no te dejaré hacerlo en mi casa" le había dicho Red, "estoy escribiendo un libro con mi pie, que se llama en camino hacia tu trasero" Eric casi deseaba que alguien pusiera su pie en su trasero y lo despertara de ese mal sueño. Quería olvidarse de todo y hasta estaba bebiendo en un cementerio, porque los trabajadores tenían alcohol, y él tenía el corazón desgarrado. Pensaba que si cerraba los ojos y escuchaba la voz de su padre, todo se quedaría ahí, atrapado para siempre, pues no estaba listo para dejarlo salir por sus mejillas. Sus mejores momentos con sus padres, con los dos, habían quedado olvidados en un cajón de calcetines arrugados que ya ni siquiera tenían par y debía agradecer que aun la tuviera a ella. Luego por alguna razón se giró para preguntarle a su madre algo muy importante.
– Hoy… ¿Recibiste algún correo para mí? – dijo él
– Oh, sí cariño… – le respondió ella – lo puse en tú auto
Eric cambio de caucásico a blanco cal en dos segundos, el sudor ya no era frio, estaba helado y su cuerpo lo resintió entumiéndose para dejarlo paralizado en su posición mientras luchaba contra el deseo pueril de tragar saliva.
– ¿En mi…? – "auto" fue lo que quiso decir, pero no alcanzó a hacerlo. Porque cuando abrió los ojos se encontró con el puño derecho de Jennifer que se estaba estrellando contra su cara.
El chico movió la cabeza siguiendo el brazo de su novia, describiendo medio circulo hacia atrás y lo hizo tan bruscamente que sintió que su cuello perdía la batalla y se partía por la mitad. Por suerte para él, ese no fue el caso.
– ¡HIJO DE PUTA! – Grito Jennifer y Eric no supo encontrarla de inmediato con la mirada, porque sus ojos lo engañaban duplicando las imágenes. - ¡¿COMO PUDISTE?!
La gente los miraba con atención y entre pánico y duda, se oían murmureos de las teorías del asalto.
– ¡¿Qué pasa, hija?! – pregunto la señora Forman interponiéndose y al mismo tiempo haciendo de barrera frente a su hijo y la fiera
– ¿Por qué no se lo preguntas a tu bastardo? – le respondió ella con lágrimas en los ojos
– Jenny, Jenny – corrió Eric llevándosela por los hombros hacia donde no pudieran verlos - ¡Tranquilízate! Por favor…
– No me voy a calmar, eres un maldito…
– Jenny por favor… - suplicaba el chico, susurrando para obligarla a bajar el tono de voz – estamos en el cementerio
– No sabía que te importaba más profanar la tranquilidad de un atrio de descanso que acostarte con tus alumnas – le contestó, por suerte en un tono más bajo
– Jenny eso no es lo que…
– ¡Eres un maldito...! ¡Infeliz! No me... no me toques… ¡No me toques! – Se lo quitaba de encima y este le volvía a poner la mano en el hombro – ¡Déjame! Me das asco…
– Por favor escúchame, eso no es lo que…
– Vi la fotografía ¡Yo la vi! Con mis propios ojos Eric ¡YO LA VI!
– Jenny tienes que creerme a mí…
– ¿Qué vas a decirme? Eh…Era ella ¿no? Hace rato en el teléfono… ¿era ella o no?
Eric se quedó mudo pero era porque no sabía qué hacer y no porque no pudiera explicarlo. Sin embargo su silencio solo abrió paso a una pésima interpretación y se convirtió la peor respuesta que pudo dar.
– ¡Suéltame! ¡Suéltame! ¡SUELTAME!
– Jenny cálmate por favor, amor…
– ¡SUELTAME!
La señora Forman que primero había reído con nerviosismo estaba sacando a todos los presentes, invitándolos a su casa y alejándolos del espectáculo con su mejor esfuerzo poniendo todas las excusas que podía.
– ¡Suelta a la señorita ahora! – le gritó un señor alto y gordo, lo suficiente como para empujarlo con un dedo y hacerlo retroceder 6 pasos.
A pesar de que la gente lucía aterrada, Eric pudo reconocer en el rostro de su madre, una pálida decepción, muy pocas veces había sentido el peso de tanto dolor junto. Jennifer se alejaba tras la espalda de un hombre muy peligroso que no lo dejaba correr detrás de ella.
– ¡Jenny! ¡Espera! ¡No te vayas! – gritaba Eric, y todos se habían ido sin él
Su madre dio un último vistazo a su hijo y le dio la espalda con una lágrima escurriéndole por la mejilla.
– ¡Mamá! ¡No! – exclamó, pero el hombre gordo lo detuvo con un golpe en el estómago que le saco todo el aire.
Eric tosió y le costó incorporarse pero el alcohol servía de anestesia y disfrazaba el dolor de su cuerpo y la razón de su cabeza. Quizá fue por eso, que Eric, se lanzó sobre un hombre que le doblaba el tamaño, la altura y la fuerza con los dientes y le pescó por el cuello en un intento de arrancarle la yugular. Pero el acto solo enfureció al matón y este lo arrojó al suelo contra la dura y fría lapida de su padre.
– ¡Ahhhhg! – rugió Eric escupiendo saliva con sangre
Las lágrimas ya no lo dejaban ver, o tal vez era la sangre o la tierra con sangre y lágrimas que tenía por toda la cara, pero Eric se movía sin destreza y con la cara directamente contra un puño pesado que llevaba velocidad de sobra. Aunque en el fondo sabía que le propiciaría un impacto de fatal índole, pues era muy tarde. El sujeto lo tenía por el cuello y no lo dejaba moverse para esquivarlo.
– ¡Déjalo! – se escuchó decir a una voz
Eric estaba a punto de desmayarse, pero todavía tenía la noción familiar en el pecho. De repente el hombre gordo salió disparado hacia atrás y golpeó contra el piso en la dirección contraria del chico.
Eric a penas se mantenía de pie al otro lado de un furioso y medianamente erguido Steven Hyde que hacía de escudo para su cuerpo, que ya se balanceaba para todos lados.
– ¡Hijo de perra! – amenazó el gordo y quiso golpear al hombre con el afro pero solo lo rozó tirándole las gafas
– ¿Hyde? – pudo susurrar Eric y luego su cuerpo se vino abajo en el pasto donde retrocedió para recuperar la visión nítida desde su ángulo más borroso.
Hyde recargó una pierna en el suelo y atrapó en el camino el impacto del gordo, que se retorcía como gorila; lanzándole los puños por todas partes. El chico recibió quizás la mitad de ellos porque era muy rápido pero tenía que ocuparse de mantener la distancia con su amigo que todavía se encontraba en el piso, a escasos centímetros de ellos.
La pelea comenzó a ponerse fea, y Eric pudo levantarse para retroceder todavía más dejándole el espacio a Steven para coger impulso y clavarle una patada en la cara a su adversario. Luego el gordo se incorporó como atontado y salió corriendo. El otro respiraba muy fuerte y echaba espuma por la boca, había algo en su mirada rabiosa que advertía sobre el peligro de acercarse. Entonces Eric llamó su nombre pero apenas se escuchó por el sonido de la lluvia.
Hyde se volteó para asegurarse de que su compañero siguiera allí, sano y salvo y luego lo recorrió con la mirada como un gato hambriento buscando alimento en algún objeto que se mueve. Eric casi tuvo miedo de que el chico no hubiera terminado y quisiera desquitarse con él, pero entonces por fin se encontraron sus ojos y los dos se petrificaron en el momento. A Eric se le hubieran podido ocurrir muchas cosas, pero ninguna parte de su cerebro funcionaba tan bien bajo la grotesca tormenta.
Luego, como si existiera un botón para el movimiento sincronizado automático, los dos volvieron la mirada a la lápida, como si sintieran que el hombre bajo la tierra observaba y de nuevo se miraron entre ellos con odio puro. Uno por la vida, el otro por la muerte, pero no entre ellos. Eric se lanzó sobre su amigo y lo apretó en un abrazo tan fuerte que sintió quejarse a su propia espalda. Nada más puro que el abrazo de un amigo, porque siempre viene con lluvia, con lodo y con tragos de sudor y cuando la familia te necesita, incluso con un poquito de sangre.
– Te dije que no vinieras – susurró el Forman
– Me da igual – le respondió el otro Forman correspondiendo el abrazo
La señora Kitty Forman estaba sirviendo algunos pastelillos a sus invitados mientras se detenía para hacer un comentario sobre la estrepitosa lluvia de fuera.
– Está en la escuela
– Pensé que ya la había dejado ¿No la expulsaron?
– Ella volvió a la universidad cuando mi Red… – de pronto la mujer se quebró y tuvo que contener la respiración para no hacer ningún ruido con su llanto – él siempre quiso que su pequeña se graduara…
– Oh… pobrecilla Kitty – decía la señora Rogad
Entonces la puerta se abrió y entraron dos hombres mojados y sucios por la puerta; el primero intentaba sacudirse el agua antes de entrar, el segundo pisó con nerviosismo y algo de inseguridad dentro de la casa, como cuando un venado se acerca a una trampa en medio de un bosque para ser cazado.
– Mamá – habló Eric – él…
– Yo… - intentó hablar el de las gafas.
Pero la mujer ya estaba corriendo con los ojos bañados en lágrimas hacia los brazos de Steven y cuando llegó tuvo que dar un salto para alcanzarlo, porque le pareció que estaba más alto que antes. El chico se quedó inmóvil mientras su madre lo llenaba de besos por toda la cara y lloraba desconsolada, no sabía sin con alegría o dolor, ahí parado, sintiendo pena porque ella tuviera que mojarse con el encuentro de sus cuerpos.
– Mi bebé… estas en casa – le dijo ella
Hyde sonrió a medias pero algo le pasaba a su rostro, como si estuviera haciendo un enorme esfuerzo por contener el llanto.
– Vine a ver a papá – dijo él
Y a Eric se le escapo una sonrisa real, llena de emociones coloridas, a veces azules y frías, a veces solo amarillas. Pues a pesar de estar empapado y temblando en una esquina de la sala, estaba en casa, y estaba con su familia.
Por la noche mientras estaban sentados los tres en la cocina, Hyde movió el brazo hacia la derecha y agarró la mochila de a un lado
– Déjame verla de nuevo
– No – se la arrebató Eric – mamá no debe enterarse
– Relájate Forman, vi el espectáculo, de todas formas se va a enterar.
– ¿Cuánto tiempo llevabas ahí parado?
– Lo suficiente para poder burlarme más tarde, maestro.
Entonces el chico cedió la bolsa y el otro sacó un sobre de adentro. Desempacó con discreción un papel en su contenido y una pequeña fotografía.
– "Espero que reconsidere mi calificación final, saludos… Wen" – leyó en voz alta – ¿Todo esto por una calificación?
Eric negó con desaprobación.
– Si alguien se entera de esto…
– La besaste – dijo Hyde revisando la imagen – a plena luz del día y en la terraza de la escuela. Forman sinceramente ¿Te sorprende?
– No entiendes, yo no la bese… ella me beso y…
– ¿Por qué la dejaste?
– Ella estaba… hablándome de sus problemas y…
– De acuerdo Forman ¿Cuántos años tiene?
– 14…
–Uff – alegó Steven con una mano en la nariz y un gesto perturbado – tienes un problema grueso.
– ¿Más jarabe en tu panque, cielo? – preguntó la señora Forman desde el otro lado de la cocina con la cabeza metida en la alacena
Luego entró dando pequeños brinquitos.
– No má, gracias estoy bien – le respondió Eric quitándole el sobre y escondiéndolo todo de vuelta en la mochila.
– Les traje más chocolate – dijo Kitty sentándose en medio de los dos – está caliente, tengan cuidado
Ambos chicos se miraron con complicidad y luego le sonrieron a su madre. Ella le dio un beso en la cabeza a cada quien y los tres bebieron de su taza.
– Forman… – gruñó Hyde – ¿Te vas a comer eso? – Eric lo miró de reojo y le cedió sus galletas, mientras se le escapaba una risa burlona.
– Estaremos bien – susurró Eric.
