Capitán Tsubasa no me pertenece.
Sanae 77 es la autora original
NOTA: Antes de este fic debe leer Rusia 2018: Entre sueño y realidad.
España 2019
Ganaron.
Esa victoria sobre su pareja secreta le había costado un esfuerzo inmenso. Taro y Pierre en el campo le hicieron pasar un mal rato. Pero nada comparado con lo que le hacían pasar ahora que estaban todos en los refrigerios posteriores al juego.
De acuerdo, incluso si ellos fueran los que hubieran ganado aún estaría fuera de sus cabales. Rivaul se acercó varias veces con la intención de involucrarlo en la fiesta, pero fue en vano.
―La victoria normalmente te hace sonreír, Tsubasa.
―Es sólo el partido de ida, también tenemos que afrontar el de regreso y hoy nos lo han hecho difícil.
―Pero ganamos, yo diría que puedes sacar ese puchero, ¿no crees?
El capitán no respondió, solo alzó su copa y la comisura de su boca se elevó mientras su mirada nunca dejaba el objeto de su deseo. El discurso para él terminó así con ese medio brindis mencionado, luego cambio de pilar. Sí, porque desde que entraron en la sala de recepción dio la vuelta a cinco pilares sin perder de vista a su objetivo.
Objetivo que se divertía, tenía que reconocerlo. Él y todo su equipo se estaban divirtiendo demasiado a pesar de la derrota. Para acentuar el problema, era imposible estar más cerca.
«¡Malditos periodistas!», pensó al ver a uno tomar fotografías en su dirección.
Es cierto que la Champions League era una copa importante, ¡pero qué lastre!
Solo un año que asistían e incluso si veía esas competencias como oportunidades bendecidas, ahora estaba hasta los cojones.
¿La razón? Primero: Pierre y su maldita comprensión con Misaki.
Es Misaki para ser exactos.
Y lo cómodo que estaba, el gilipollas, con su capitán.
¿Era una especie de reverencia por el papel que desempeñaba?
Tsubasa sacudió la cabeza para descartar el pensamiento tan idiota, él también era el capitán de la selección japonesa y, sin embargo, Taro no era tan reverente con él.
Pero con cada paso, con cada movimiento que hacía el número once se sentía cada vez más cabreado sin poder evitarlo, era más fuerte que él, no podía entender la razón pero solo de eso dependía su mal humor esa noche de celebración.
«¡Jodete!», se mordió los dientes para no hacer ruido.
Deberían estar de mal humor, dado el juego perdido, pero en cambio ...
En cambio, se estaban riendo, demasiado para su gusto. Rápidamente bebió la bebida en su vaso, entrecerrando los ojos. Afortunadamente, había elegido un alcohol de bajo grado.
El número once se volvía de vez en cuando para observarlo sin mostrar la menor emoción. Ya se arriesgaron lo suficiente de fotos comprometedoras para que estuvieran a una distancia segura en ocasiones como esta, pero después ...
Más tarde, cuando regresaran a casa, él le diría algo, todavía no estaba seguro de qué pero hallaría algo.
Cierto que no era la primera vez que se peleaban por nimiedades. En realidad ahora no sabía de qué quería discutir, pero el hecho era que quería discutir con Taro, ¡y punto! El resto era irrelevante.
Por primera vez desde que estaban juntos, ¿sintió ganas de pelear?, ¿era porque le hizo pasar un mal rato en el campo? ¿O por qué jugó bien junto a Pierre? Demasiado bien, eso es ... solo con él tenía que jugar así, ¡eso es!
Volvió a negar con la cabeza ante el último y tonto pensamiento infantil, y entonces, ¿por qué sentía tanta molestia?
Su estómago se revolvió cuando Misaki le sonrió a su compañero de equipo.
Esa maldita sonrisa.
La que solía reservar para él.
«¡Jodete, maldita sonrisa!», otra maldición masticada entre los dientes.
La que más de una vez les había metido en líos.
«Bueno, es su forma de sonreír», sugirió su mente.
«Pero es la forma que reserva para mí», pensó en un monólogo absurdo consigo mismo.
Estaba tan absorto en sus cavilaciones mentales que no vio a Misaki acercarse.
―Tsubasa, ¿estás bien
El capitán se levantó y lo enfocó con la mirada. Mira que se perdió entre las idioteces mentales que había hecho desde que llegaron a la recepción.
Se enderezó sobre su espalda y se sonrojó violentamente como un niño sorprendido hurgando en la billetera de su madre.
Taro escondió una sonrisa y miró a su alrededor para asegurarse de que ojos curiosos no los estuvieran mirando.
―¿Que demonios haces aquí?― susurró Ozora pasando una mano por sus calientes mejillas.
―Te vi solo y pensé que te gustaría tener una charla
―Ya estás pensando en entretener a los invitados…― respondió con tono molesto.
―Oye, ¿qué te pasa? ―preguntó Taro preocupado, extendiendo la mano para agarrarlo del brazo e inclinando la cabeza para tratar de comprender mejor la expresión malhumorada de su compañero.
Pero Tsubasa, al girarse bruscamente, le hizo comprender que no quería que se le acercara.
―Nada me pasa. Esta fiesta es mortalmente aburrida, creo que me iré a casa.
Misaki lo miró un poco aturdido, no era propio de Tsubasa renunciar a las cortesías y la oportunidad de hablar con sus oponentes. Por lo general, estas pequeñas recepciones servían para eso; pero lo había observado de vez en cuando durante toda la noche y Tsubasa se mantuvo alejado de todo el mundo mientras sentía sus ojos fijos en él toda la noche.
También maldijo mentalmente un par de veces, ya que acordaron no mirarse demasiado ni siquiera desde la distancia. En definitiva, la prudencia nunca fue demasiada y ellos recién estaban empezando.
―Ni siquiera has intercambiado ni una palabra con Pierre ―sugirió Misaki, ya que no era propio de él.
―Ah, justo él, pero vi que compensaste bien mis faltas. Me voy a casa.
Y, aprovechando un momento de desconcierto del número once, Tsubasa se dirigió hacia la salida.
Entró corriendo al garaje del hotel y, después de tomar el auto, condujo a casa a toda velocidad.
En el coche le envió un mensaje a Misaki.
Tsubasa, 23:40
Me voy, toma un taxi. Tienes las llaves.
Taro, 23:41
Oye, ¿qué te pasa?
Tsubasa, 23:41
Nada, me voy
Taro, 23:42
Gracias por nada, eso ya lo sabía.
Tsubasa, 23:42
¿Te has dado cuenta? Extraño …
Taro, 23:43
¿Aun no digieres que detuve tu segundo gol?
Tsubasa, 23:44
Cierto, el gol… menos mal que no soy solo yo quien siempre en futbol…
Taro, 23:46
Si, lo entendí. Ya voy. Si no, nos pondremos en contacto con estos mensajes…
Y no quiero pelear… nos vemos pronto.
Tsubasa, 23:46
Haz lo que quieras.
Taro, 23:47
Ya voy, relájate.
Tsubasa, 23:49
¡Estoy muy relajado, Misaki! ¡Solo quiero irme a casa!
Taro, 23:49
¿Comiste el sushi esta noche? También era bueno.
Tsubasa, 23:50
¡Me atore con el vino francés!
Taro, 23:50
¿Estuviste bebiendo?
No es propio de ti.
Tsubasa, 23:51
¡Basta! He llegado. ¡Asegúrate de disfrutar de la fiesta!
Taro, 23:51
Idiota, ya estoy en un taxi.
Tsubasa, 23:52
Como quieras.
Taro, 23:53
Ya ganaste.
¿Qué diablos te pasa?…
Taro miró su teléfono celular con incredulidad después del brusco intercambio de mensajes. Eso sí, acordaron que no se irían juntos para no despertar sospechas, pero nunca hubiera esperado tal reacción de su pareja.
Tampoco entendía la razón de ese comportamiento absurdo.
Pierre con llamó con un gesto desde lejos. Taro lo alcanzó, estudiando una posible excusa para dejar la fiesta tan pronto.
Ya les había dicho que se quedaría en España unos días, por lo que los demás sabían que en el vuelo de regreso no tendrían a Misaki a su lado.
―¿Ozora ya se fue? ―preguntó el capitán de la selección francesa.
―Sí, estaba cansado y no se sentía bien.
―Qué extraño, parecía casi enojado. Incluso ganaron, no me atrevo a imaginar cómo puede reaccionar ante una derrota.
―No creo que sea eso, Tsubasa tiene algunos problemas familiares. ―Taro lo soltó como una posible excusa, que al final no lo era tanto. Sabía la verdad más que bien, ya era hora de sembrar algunas pistas. Pierre, aunque no lo parecía, era un hombre discreto y confiable.
―No lo sabía, lo siento. Cuánto lo siento por ti y Azumi. ―Le Blanc le puso una mano en el hombro y apretó con simpatía.
―Estas son cosas que lamentablemente suceden, el verdadero problema son los niños.
―Y él tiene dos... ―continuó el capitán francés.
―Ya. Escucha, Pierre, creo que yo también me iré, voy a ver que Ozora no se emborrache en algún bar infame ... ―dijo en broma y con una sonrisa llena de ironía. Tenía que hacer el papel del buen amigo que se preocupaba por su socio; y al ver la expresión de Pierre, comprendió que lo había logrado muy bien.
―Te entiendo ―asintió, continuando con el apretón en el hombro―. Salúdalo por mí, ya que no pude hacerlo en persona. ―Así que lo empujó hacia la salida, invitándolo a unirse a su compañero.
―¡Por supuesto! ―exclamó Taro volviéndose y levantando un pulgar.
El viaje no lo calmó en absoluto. De hecho, cuanto más se acortaba el camino, más crecía la ira. Una extraña ira que aún no podía descifrar y ubicar. Aparcó muy mal y luego entró en el ascensor y se dirigió a su apartamento. Solo cuando la puerta del ascensor se abrió en la entrada del ático, él dio un suspiro de alivio.
Su hogar lo recibió en silencio y en la clásica penumbra ambarina típica de la noche barcelonesa.
Arrojó las llaves sobre la consola y la chaqueta sobre la silla de la entrada; miró con una leve sonrisa, porque sabía que Misaki estaría enojado.
«Queda bien, ojo por ojo»
Sacudió la cabeza de nuevo en negación sobre el nuevo pensamiento infantil que tuvo en unas pocas horas.
¿Qué diablos le estaba pasando?
Se quitó la camisa, los pantalones y rápidamente se puso un traje ligero mientras permanecía sin camisa.
Cuando llegó al sector de la cocina, tomó un vaso y se sirvió agua fresca. Necesitaba relajarse. Con los pies descalzos llegó a la habitación y quedó encantado frente a la ventana por las luces de Barcelona. Amaba ese apartamento. Amaba su hogar y la calidez que desprendía.
Revisó su teléfono celular varias veces, pero después de esos bruscos mensajes no había más; mientras dejaba que el taxista se pasara dos cuadras delante del destino, pensaba en el absurdo comportamiento de Tsubasa y cuanto más pensaba en ello, más no lo entendía.
Con pasos rápidos, regresó y tomó las escaleras que conducían al sótano del garaje. Nunca debían ingresar por la entrada principal, sintió las llaves en el bolsillo de sus pantalones y sonrió al recordar cuando, hace seis meses, Tsubasa se las arrojó al pasillo y dijo simplemente.
―Si llego tarde del entrenamiento, al menos puedes ponerte cómodo.
Sonrió ante el recuerdo de ese momento tan alegre en apariencia, pero tan definitivo: la entrega de las llaves de la casa. Oficialmente, su hogar.
En cuanto se abrió la puerta del ascensor, el silencio lo envolvió mientras el cono de luz del ascensor desaparecía al cerrarse las puertas; en ese punto también lo envolvió la penumbra como lo había hecho el silencio poco antes.
―¿Tsubasa? ―llamó, moviendo la cabeza, observando las diversas prendas que quedaban esparcidas en un rastro que se arrastraba desde la entrada a la habitación.
Arrugó la nariz al no obtener respuesta. A estas alturas ya lo entendía: estaba enojado, lo único que quedaba era averiguar por qué.
Se quitó la chaqueta y los zapatos, entró descalzo en la habitación y, después de prender al rado, eligió una canción de Dean Lewis *. Las notas dulces se esparcieron por el aire, llenando el silencio que saturaba el ambiente.
Comenzó a aflojarse la corbata cuando pasó por el pasillo y la soltó justo antes de llegar al dormitorio. Tsubasa estaba de espaldas a la puerta con el rostro vuelto hacia la ventana. Miraba hacia afuera, su respiración tranquila.
Misaki también se desabotonó la camisa y la dejó caer al suelo antes de llegar junto a su compañero con la intención de contemplar el exterior. Ver su espalda desnuda aumentó el deseo de sentir su piel.
Taro lo alcanzó y rodeando su vientre con sus brazos lo hizo juntarse a él, mientras con la barbilla apoyada en su hombro desnudo se acercó a su oído para hablar.
El capitán se puso rígido en cuanto sintió su abrazo, con una mano apoyada en la ventana y la otra con el vaso de agua entre los dedos sin dar señales de corresponder al gesto de afecto.
―Oye, ¿puedo saber qué te pasa?
―Nada ...
Taro resopló con una sonrisa y trató de bromear.
―No cambié de bando para que me respondieras como una mujer...
―Qué idiota... ―Tsubasa se rio entre dientes por la comparación.
―¿Yo? ―respondió, alejándose y exigiendo que se diera la vuelta.
―Si, tú ―respondió el capitán, colocando el vaso en la mesita de noche cercana.
―Bueno, bien, ¿qué te pasa? ¿Por qué te fuiste?
―¿Te lo crees si te digo que me siento cabreado y no entiendo por qué?
Misaki levantó las manos en señal de rendición.
―Que tienes la cabeza dura es obvio, esperaba que al menos supieras por qué. Ni siquiera le dijiste adiós a Pierre. Por cierto, te saluda.
―Aquí está, es odioso.
―¿Odioso? ¿Y desde cuándo exactamente? Nunca te había oído hablar así de mi capitán.
―Si quieres señalarlo sería yo su capitán. En definitiva, un capitán de la selección nacional cuenta más que uno de selección francesa. ―Enfadado. Su tono era demasiado enfadado.
Los ojos de Taro se abrieron con incredulidad.
―¡No lo creo! ¿Estás celoso?
Ozora se miró por primera vez los dedos de los pies, atrapado como un ladrón en pleno retiro, saboreando la misma sensación que tuvo durante el mundial de Rusia en 2018; cuando Taro besó a Azumi, su esposa. El estómago primero se encogió al recibir un puñetazo imaginario y luego un apretón tan fuerte que el agua que tragó momentos antes subía. Celoso, la palabra mágica que no había encontrado lugar y no se reveló, quedando bien escondida; ahora explotaba de forma decisiva y precisa en todos los poros del cuerpo.
Él, que nunca había estado celoso. ¿Qué demonios está pasando?
―¡No estoy celoso! ―se defendió con un último destello de claridad antes de volverse y mirar por la ventana.
El número once quedó asombrado por ese pequeño descubrimiento de la noche. Y si no fuera porque Ozora hablaba muy en serio, se habría reído sin ningún freno, pero como de costumbre tenían poco tiempo para pasar juntos y prefería no hacerlo enojar. El tiempo era precioso y era una estupidez perderlo por un poco de celos.
Celos que al final lo enorgullecieron un poco ya que él era la causa.
―Me encanta cuando me haces sentir tan importante. ―Las yemas de sus dedos tocaron la piel de sus caderas provocando que se ondularan bajo su paso. El viaje hacia el abdomen dejo senderos ardientes mientras la respiración del capitán, cada vez más pesada, empañaba el cristal. Los dedos no encontraron obstáculos para entrelazarse con los de su amado.
―Qué idiota, parezco un chico de quince años ―resopló Ozora mientras disfrutaba del abrazo.
―¿Qué es lo que te hizo enojar? No hice nada diferente de lo habitual.
―¡La sonrisa! ―exclamó volviéndose en sus brazos.
Taro frunció el ceño con escepticismo.
―¿La sonrisa? ―preguntó con curiosidad.
―Sí, esa sonrisa debería estar reservada solo para mí.
―No tengo idea de a qué sonrisa puedes referirte.
Y tenía esa sonrisa maldita, esa leve curva inconscientemente asesina que lo hacía perder la cabeza. Tal vez ni siquiera se dio cuenta de lo peligroso que podía ser con esos labios besables. Tsubasa lo agarró por la nuca con las manos y lo acercó a él antes de besarlo con pasión.
―Esta ―respondió el capitán entre besos―, y la quitaré a besos...
Misaki correspondió al apretón agarrándole las nalgas. Como dos borrachos, se acercaron a la cama a trompicones.
El colchón les dio la bienvenida suavizando la caída, mientras que las risas fueron ahogadas por los cojines en los que se hundieron.
―Me gusta tu lado celoso ―jadeó en los labios del capitán, mientras su nariz frotaba la de su compañero en un gesto de afecto.
Tsubasa alzó la mirada, mientras las luces ámbar de Barcelona hacían brillar las puntas negras de su cabello.
―No estoy celoso ―le replicó a Taro.
―Ah, ¿no? Entonces, ¿qué nombre le pondrías? ¡veamos!
En ese momento que Ozora cambió de expresión y agarró sus mejillas, apretándolas con suavidad entre sus palmas. Las dos perlas negras brillaron en los iris color avellana del número once cuando respondió.
―Amor.
Y fue solo el amor lo que animó la habitación toda la noche.
*For the last time
NOTA DE TRADUCCIÓN: Bueno, espero que hayan disfrutado el capítulo. Faltan dos para completar este fic, pero serán publicados al finalizar la secuela de Rusia. Dejen sus dudas y comentarios, muchas gracias por leer.
