3. Martes de reconocimiento y pulgas.
(3 días antes)
"Antes no estaba segura de lo que quería, me sentía como una niña confundida y enfadada haciendo un puchero muy feo en el fondo de un armario que no conduce a Narnia y que por lo tanto no vale la pena tener. Toda mi vida alguien más decidió por mí y cuando me di cuenta de que podía tomar mis propias decisiones, comencé a tomar las más estúpidas. Pero todos los caminos llevan a Roma, y aunque no sea cierto quiero caminar contigo.
No sé si quiero llegar a Roma, no sé si algún día voy a conocerlo, y algunas veces incluso pienso que no existe tal cosa como un destino. Pero sé que uno nunca deja de equivocarse, uno nunca deja de llamarse "uno" a sí mismo, y uno no pretende sumar cuando se siente solo, porque uno más uno son dos, según algunos maestros y si estamos los dos, no necesito uno para aprender que perder no lo es todo, y que ni es todo tan grave como para encerrarse a llorar en el fondo de un armario vacío.
Incluso si ésta es una decisión equivocada, es la mía, y si hemos de cometer un error, lo cometeremos juntos. Porque estoy aquí hoy para prometer quedarme siempre a tu lado, si hay magia, o si no, y si hay dudas aquí estoy, para equivocarme contigo. Aun si no hubiera comida o abrigos y no quedara más leña. Estaré contigo en los tiempos más fríos para abrazarte, y en verano cuando todo marche según el clima. Estaré contigo cuando estés tentado a pasarte al lado oscuro, y cuando ganes, aun cuando hayas perdido y tenga que mentirte para verte sonreír.
Si me quieres, o si me cuestionas o si no estás de acuerdo con algo; y no seré quien te diga que estas en lo correcto, sino que por el contrario, prometo ser yo quien se quede para patearte en el trasero cuando todo te salga mal y quieras rendirte. Incluso si esto no es Narnia yo quiero quedarme afuera. Porque aquí me basta con estar contigo para saber que todo estará bien. Y puede ser que eso, sea solo una bonita mentira; que todo este mal, que falte salud, y que no tengamos un techo; pero si estamos juntos siempre tendremos un hogar.
Por eso prometo que me quedaré contigo, en los tragos amargos, en los tiempos difíciles y en los que todo parezca un mundo encantado. Porque es mentira que las mariposas y las aves salen a volar en primavera, porque en primavera también caen algunas ramas y también habrá problemas. Pero nosotros somos un equipo, somos una roca, somos un árbol vivo en medio del desierto, y si hubiera que beber de la tierra, y si tuviera que pelear contra las oscuras fuerzas de otro planeta, yo elegiría siempre quedarme contigo.
Prometo que siempre tendremos nuestro propio mundo encantado, dentro y fuera del armario y a veces en la cocina, otras veces en el patio y por supuesto siempre en nuestro halcón milenario. Prometo ser tu compañera, tu amiga y tu enemiga cuando haga falta, prometo ser tu Leia, tu confidente y tu alcancía. Ser tu instructora, enseñarte y aprender de ti. Quedarme cuando nadie más se quede, cuando no exista un lugar para quedarse, y ser ese lugar para ti.
Prometo darte mi fuerza para que puedas usarla, sostener tu cuerpo cuando sientas que no puedes seguir de pie, acompañarte al abismo y de regreso cuando estés confundido, y que me llevaré mis promesas conmigo siempre que te acompañe. Con esta promesa me quedo contigo y con este anillo, prometo ser tu esposa. Porque ahora estoy segura de que no importa todo lo que quiera hacer, ni los lugares a donde quiera ir o si es en Roma, o si es marte. Quiero que sea contigo, siempre contigo Eric…"
Donna se estaba tallando un gato en la cara, había tenido una noche de porquería y no tenía ganas de escuchar a nadie o de leer ningún artículo. Así que decidió que no quería trabajar ese día. Tenía algo más entretenido en mente. Una investigación que había estado llevando en la punta de la zapatilla toda la mañana, y por eso ahora se estaba despidiendo cariñosamente de Maveric, su pequeño y esponjado gato. Porque uno nunca sabe cuándo será la última vez que veras a alguien. Por supuesto que los gatos son alguien, alguien que respira y se mueve y a veces son el único compañero que uno tiene. Maveric era el único amigo que le quedaba, y Donna estaba feliz de tenerlo.
- No comas mucho Maveric, estarás gordo cuando vuelva y no me gusta que te pongas gordo, porque después ya no quieres salir a caminar. – le dijo antes de salir
La cafetería estaba muy lejos de casa, nadie hubiera conducido hasta otra ciudad solo para beber un té. Pero Donna y nadie tenían mucho en común. Donna no tenía un hogar para extrañar y se excusaba diciendo que extrañaba a su gato, su boca tenía un popote dentro, pero ella sabía que no estaba bebiendo del té. Afuera resplandecía un color ostión embargador y la carretera parecía desolada, pues la vida de las calles en una ciudad que nunca se apaga, parecía haberse detenido para darle tiempo de pensar.
- ¿Alguien te ha dicho que tienes el cabello más hermoso del mundo? – le dijo Ted
- Las personas dicen muchas cosas para no tener que quedarse calladas, ¿no lo crees? evita los momentos incomodos – sonrió
Ted alzó una ceja tras darse cuenta de que su cumplido no estaba teniendo ningún efecto.
- Escuche que las mujeres como tú, están solas porque son demasiado exigentes
- Escuche que la gente que escucha cosas, a menudo no tiene pensamientos relevantes atravesándole por la mente. ¿no son divertidas esas historias?
- En ese caso te estas insultando tu misma
- ¿Por qué debería ser un insulto? A veces la cabeza se ocupa de otras cosas… cosas sin importancia
- ¿Puedo preguntar de que se está ocupando la tuya?
- Recordar… recuérdame Tedd Izkleyed Fantom ¿Por qué estamos aquí reunidos el día de hoy?
Ted pareció moverse incomodo en la silla y luego resopló en un tono de indignación.
- Negocios supongo.
- Negocios guapo, negocios – confirmó la pelirroja – hablando de ellos… - y Donna le dio la mirada de aprobación que señala que el objetivo es que la siguiente persona continúe hablando.
- Supongo que las fuentes de Drowies ya no tienen toda tu confianza… para que hayas tenido que acudir a mi… - se contoneaba el acompañante de Donna
- No estamos aquí para hacer suposiciones Fantom, quiero hablar de la fotografía
- ¿Tienes idea de cuantos millones están en juego?
Donna saco un sobre y comenzó a desenvolver algo con una caja pequeña que tenía la forma de un cofre alhajero.
- Este es el trato – continuó desempacando – yo te doy la llave – dijo sacando una pequeña forja – y tú me das la fotografía
- ¿De dónde sacaste eso?
- Es confidencial – respondió ella.
- ¿Sabes que eso es ilegal? No puedes…
- ¿Quieres la llave, o no quieres la llave? Es muy simple.
- Y eso… ¿cómo me haría quedar?
- Como un hombre astuto, o como uno estúpido – dijo ella y el sujeto tragó saliva
- ¿Cuál de las dos sería esa?
- Preguntarme cuál de las dos opciones te hace ver más estúpido, es lo que te hace ver estúpido, ahora… ¿Lo tomas? O ¿Lo dejas?
Ted sacó un paquete de cigarrillos y se puso a fumar mientras un sinuoso letargo apilonaba el nido en el lugar. El silencio ponía nerviosa a la mujer pero sabía cómo pretender que estaba en calma.
- Dame la llave – le dijo por fin y Donna extendió la mano para recibir la fotografía
- Ahora vete – le exigió la chica
- ¿Ahora?
- Si, ahora… estoy esperando a alguien
- ¿Vas a vender la fotografía? Creía que la querías para el periódico
- La información puede hacer más daño que una bomba Ted… esta es mi bomba, necesito usarla de manera inteligente. Cuando la bomba estalle, lo sabrás.
- A puesto a que si… - dijo el hombre nervioso mordiéndose una uña del dedo corto
- ¡Vete! – exclamó
- Ya voy – y de esta forma el supuesto Ted comenzó a caminar solitario fijándose si alguien lo seguía de una forma no tan discreta
Donna se fijó por todas partes antes de comenzar a llamar.
- ¿Diga?- le respondió una ella masculinizada
- ¿Dónde estás? – preguntó Donna
- En la terminal
- Hemos quedado aquí, hace una hora en el palacio de fe
- ¿Quieres dejar de presionarme? ¿palacio de la Fe?
- No tengo todo el día
- ¿Qué fue lo que averiguaste?
- El alcalde definitivamente estará ahí
- Eso no significa nada
- Ella también ira – interrumpió Donna
- Pues bien, llegaré en unos 20 minutos , no te muevas
- Hizo la venta, estoy segura de que hizo la venta, ¡Se está acostando con ella! ¡tenemos la prueba definitiva!
Podía mirar por los barandales de cristal pensando en la perdida de dinero que podría suponer que el elevador transparente por el que se podía ver a esa pareja manoseándose bajo sospechas de su intimidad, se viniera abajo o simplemente dejara de funcionar. Y aunque Donna espero 30 minutos, el sujeto de la llamada no aparecía por ninguna parte. Así que tuvo que llamarlo de nuevo.
- ¿Dónde estás?
- ¿Dónde estás tú? Yo ya estoy aquí – le respondió ella
Donna oteó a su alrededor y examino con cuidado los elevadores, las antesalas del teatro de fondo y hasta la perfumería más próxima a la entrada y de un claro momento reparó en la respuesta más obvia.
- ¿Qué? ¡cielos! – farfulló
- ¿Dónde?
- ¡Me he equivocado de edificio!
- ¡Qué demo…!
- No te muevas… voy para allá no me tardo nada – aseguró la pelirroja levantándose de su asiento y cogiendo sus cosas a lo loco.
- Pero que…
A Donna le parecía imposible haber cometido un error como ese, y sin embargo tenía que admitir que últimamente se sentía un tanto desequilibrada. Las cosas no estaban funcionando bien desde que se convirtió en editor en jefe, Lyex no había visto la luz de la gloria en toda la semana, y eso se debía principalmente a su falta de control emocional. Aunque ella lo atribuyó al cambio de potestades y en su mejor facultad de pensamiento estaba tratando de resolver los pendientes que el señor Quincy había dejado en una caja amarilla junto a su escritorio.
- ¡Ya voy…! ¡Te lo juro que ya estoy bajando! – gritó mientras se metía en el ascensor pero de pronto un gesto de insatisfacción se le montó en el rostro con la mano en un portafolio y la mirada prendida de un sujeto delgado que acababa de entrar en el piso por el ascensor contrario.
- ¡ERIC! – alcanzó a gritar antes de que la puerta se cerrara, pero aunque el aludido se dio la vuelta, el ascensor ya se había cerrado.
La mujer se petrificó en el fondo del elevador con la vaga sensación estomacal de que su cuerpo estaba siendo suspendido en el aire y descendiendo con fuerza en sus entrañas como un remolino que está a punto de ceder. Su portafolio estaba en el suelo y había un acompañante consternado mirándola fijamente con curiosidad.
- Señorita ¿está bien? – le preguntó su acompañante que lucía como una especie de contratista
- Vuelve a subir – susurró
- ¿Disculpe? – intentó entender el hombre que la acompañaba
- ¡Vuelve a subir! ¡Súbelo! Sube esta cosa – y se puso a apretar los botones con una fiereza aterradora
- Señorita ¡No lo haga! Tiene que esperar a que baje y después…
- ¡No puedo esperar! ¡Tengo que subir ahora!
- SEÑORITA POR FAVOR CONTROLESE – le dijo el hombre
- ¡SUBEME! – siguió gritando Donna
De repente la puerta se abrió y Donna salió corriendo sin fijarse que se estaba olvidando del portafolio
- Señorita su… - quiso avisar el hombre, pero Donna ya estaba corriendo y entonces el hombre lo recogió.
Donna tomó el ascensor de enfrente, uno que apenas se estaba cerrando para subir y tuvo la suerte de encontrarse a una persona que se movía hacia arriba también pero de reojo notó como un desanimado Eric Forman salía del elevador contiguo y caminaba hacia la heladería como si no se hubiera advertido de su presencia.
- ¡Eric! – volvió a gritar Donna pero el ascensor ya se había cerrado y de nuevo tuvo que bajarse en el piso siguiente para correr por las escaleras hacia abajo
Ya casi sin aliento vislumbro en la calle para poder encontrar a su ex novio pero la ciudad estaba cobrando la vialidad taciturna donde todos deciden pasar por el mismo camino al mismo tiempo.
Donna logró calcular los pasos de su antiguo amante usando un algoritmo simple de razonamiento que su padre le había enseñado y de este modo supo hacia donde debería girar la cabeza; viendo en esa dirección todo parecía más pragmático de lo que era. Eric estaba cogiendo un taxi y Donna no tenía tiempo de buscar su auto que estaba aparcado en el estacionamiento del edificio así que corrió por otro taxi mientras le gritaba del otro lado de la acera.
Por un momento Eric pareció mirar en aquella dirección pero luego por alguna razón siguió buscando detrás de ella como si esta fuera transparente y cuando finalmente se dio por vencido, que por cierto fue cosa de unos segundos, se subió al auto. Donna corrió por el estacionamiento y encendió su auto olvidándose de la tarjeta de salida. Pero los oficiales no le pudieron decir nada, porque sabía que se trataba de una importante editora de publicidad. Donna condujo a prisa pero sin olvidar sus lecciones de thai chií respirando hondo para provocarse la calma auto infringida con una dosis de autocontrol.
- ¡Muévete imbécil! – se le escuchó gritar varias veces en el camino, y al poco tiempo estuvo segura de que lo había perdido
No obstante, pocos metros más adelante alcanzó a reconocer la placa en la que se había fijado muy bien desde el principio y distinguió el peinado infantil del hombre que llevaba un buen rato siguiendo.
- Ahí estas – se dijo en voz alta y aceleró
El taxi se había detenido dos avenidas abajo del auditorio de PairteSolem y Eric se bajó como trotando. Donna tuvo que abandonar los tacones innecesarios para alcanzarle, a pesar de que estaba muy lejos, ella no solo tenía las piernas más largas y una mejor condición sino que además era menos miope y se podía dirigir mejor. Así que de todas formas pudo darle la cercanía suficiente como para llamar su nombre en voz alta y ser escuchada. ERIC.
- ¿Sí? – se giró diciendo el muchacho
- ¡Eric! –jadeaba Donna con una emoción indescriptible en el pecho – Eric de verdad eres tu…
Eric la estudió con la mirada pero sin cambiar mucho su actitud indiferente o perturbarse al reparar en su reencuentro.
- Disculpa… - habló él - ¿te conozco?
Donna contuvo un alarido lleno de odio y las comisuras de sus labios temblaron a punto de articular una sonrisa. Aunque de su boca no salió lo que estaba pensando.
- No – contestó una jodida chica afligida – debí confundirte con alguien más
- ¿estás segura? ¿estás bien? Puedo… invitarte algo o…
- No – retrocedió Donna – no, muchas gracias, disculpa la confusión
Y durante un rato la pelirroja sostuvo la mirada sobre su ex novio reconociendo cada facción de su rostro como la única, la de siempre, la auténtica cara de imbécil desconsiderado de Eric Forman, pero luego decepcionada y negando con la cabeza decidió por fin girar su cuerpo y caminar descalza hacia la carretera.
A pesar de haber corrido un largo tramo, Donna no necesitaba detenerse por oxígeno, porque ella era una muy buena deportista, sin embargo el aliento se le había quedado atorado en alguna parte y quería detenerse para escupirlo pero estaba en mitad de la calle. Donna regresó sola a su auto donde pudo darse tiempo para respirar y pensar con calma, no gritó ni golpeó el volante con el llanto plagado de palabras altisonantes de una típica frustración, porque Donna era una mujer madura y casi siempre coherente. O por lo menos eso creía hasta que su teléfono volvió a sonar.
- ¡Pincciotti! ¿Dónde estás? ¿tienes la foto?
Entonces Donna buscó el sobre como loca, el portafolio o la pequeña hoja de las notas. Nada estaba con ella. Recordó al sujeto del ascensor que tenía un uniforme como de contratista, llevaba un maletín café y un traje completo con las letras doradas que decían PSIC, pero era todo lo que lograba recordar de él. La frustración todavía no terminaba cuando cortó la llamada sin decir una sola palabra. ¡MIERDA! Pensaba desde el culo.
Cuando regresó a su casa se sentó junto a su gato dormido pensando en lo bien que debería sentirse ser un gato. Sin más responsabilidad que comer, dormir y cagar sin otro pago que el de regalar abrazos de vez en cuando a los heridos. Donna estaba herida pero Maveric estaba dormido y ella estaba cansada de ese estúpido gato que lo único que hacía era comer, cagar y dormir. Nada era tan reconfortante como una buena dosis de odio puro por la vida y desprecio por uno mismo. Encendió la televisión y se dejó caer en el sillón sin nada de ropa.
"La reunión más importante que la CNV haya tenido en la historia" Donna repasaba una canción de las preposiciones que aprendió en la secundaria mientras un escalofrió le recorría por la parte posterior del cuello. "En otras noticias los afectados del incidente de Chavolla y el este de…" de repente sintió la necesidad de olvidarse de todo, de la programación, de su estúpido gato que se estaba rascando en el sillón, y de sus propias pulgas. Pulgas que la habían perseguido durante más de 5 años con la esperanza de consumirse en todo su ser cuando tuvieran la menor oportunidad, y ella lo permitiría porque de todas formas no quedaba mucho de eso.
La vieja Donna quería hacerse unos waffles caseros pero no tenía el material así que fue a su baño y saco una pasta gris del cajón, luego un álbum pequeño enmarcado con el rostro de sus padres y lleno de polvo en el fondo del cajón. No decidía entre hacerse una mascarilla o abrir el álbum y los deseos por fin se compartieron un rato. Donna sacó una pequeña imagen del álbum y la miro como si la imagen la mirara a ella, penetrando hasta lo más profundo de sus cavidades cardiacas.
"Porque ahora estoy segura de que no importa todo lo que quiera hacer, ni los lugares a donde quiera ir o si es en Roma, o si es marte. Quiero que sea contigo, siempre contigo Eric… bueno, con ustedes" pensó Donna que podría decir cuando tocara su turno de leer los votos en su boda, mientras se acariciaba el vientre y les contaba a todos…
Ahora estaba sola, sentada en el baño mirando la imagen a blanco y negro de una ecografía que prometía ofrecerle una vida donde no tuviera que atravesar medio mundo en tacones para alcanzar el hombro de un hombre que ni siquiera fuera capaz de reconocerla. Pero los malos ratos pasan y a Donna se le pasaría después, no ahora, ahora mientras estaba en el fondo de un armario vacío abrazándose las piernas y llorando sobre el único ultrasonido que dejó para ella el "hubiera sido" del otro lado del ropero mágico. Pero las cosas cambian, las cosas siempre cambian y Donna no podía actuar como una niña triste en medio de un ropero. Cuando eres un adulto, estar triste pasa a ser parte de un segundo plano cotidiano y la frustración se convierte en el lema de vivacidad de cualquier empresario.
Alguien tuvo un amorío con el nuevo alcalde, nadie lo sabía. Donna y nadie tenían mucho en común, ambos sabían del amorío del nuevo alcalde y ambos se acostaban por la noche con una taza de café entre las piernas y descuidadamente lo derramaban sobre sus delicadas bragas azul celeste. Donna estaba tan acostumbrada a cometer tal agravio hacia su persona que ya ni siquiera se molestaba en calentar el café. Quizá sería más fácil para todos si se abstuviera de beberlo. Pero Donna no tenía esa opción, aquel era el único momento en el día que se le presentaba una ocasión real para descansar. Ponía la computadora sobre sus piernas y se dedicaba a escribir. La máquina era vieja y ya existía una tecnología que la superaba por mucho pero ella prefería hacerlo todo de esta clásica manera.
El teléfono sonó de nuevo, Donna se preguntaba porque su gato estaba daño vuelto en el alfeizar del edificio de enfrente, tallándose con otro gato. Donna respondió con los ojos hinchados pero ya resecos de nuevo y aunque la nariz le modificaba las dimensiones de la voz la otra persona no notó la diferencia porque estaba ocupada pensando en algo más importante.
- ¿Tienes la fotografía del alcalde?
- No – respondió Donna – pero sé quien la tiene.
Donna miró el sobre junto a su estante y sacó una hoja de papel. El estudio de Donna estaba lleno de bolígrafos de la mejor calidad, pero Donna utilizó un crayón que tenía a la mano como si fuera una niña en el jardín preescolar y escribió.
Eric Forman. Compañero de grandes momentos, estoy dispuesta a aceptar la reunión que sugieres. El día viernes se celebrará en el auditorio de PairteSolem, un evento con los congresos de la CVN; mi trabajo me exige estar presente en dicha reunión que se llevara a cabo en mitad de las 15:00 pm. Te veré en el edificio contiguo en la cafetería del ROOSS a las 14:00, pues de esta manera nos habremos retirado en punto de la siguiente hora. Saludos y buenos deseos.
Pincciotti.
Donna respiró profundamente con un dolor demandante en la cornisa de la espalda, quizá por haber corrido con unos zapatos tan altos. Comenzaba a preguntarse si aquello valía realmente la pena. Ella de todas maneras era la mujer más alta del edificio.
