Capitulo III. De la palabra y la oración, Julieta y las malas costumbres.

1. La edad de las malas palabras

Eric, 9 años

Había sido en casa, durante la fiesta de cumpleaños de Laurie. Una mujer con grandes pechos se le acercó por la espalada, Eric no podía dejar de mirarlos, cuando se los encontró pegados en la nariz. Su hija, una niña pelirroja a la que el chico encontraba poco agraciada, estaba golpeándolo con un martillo de plástico y parecía que lo estaba disfrutando; cuando de repente su mamá vino al rescate y le pidió amablemente y con una risa nerviosa, que fuera a jugar al patio trasero. Eric no supo porque, pero empezó a llorar cuando la niña se fue. Entonces su padre lo llamo "cabeza hueca" y volvió a llamar a la niña para que siguiera golpeando a su pequeño hijo. Pero esta vez, ella no lo hizo, se limitó a observarlo hasta que dejó de llorar, y cuando por fin se detuvo, Donna dejó el martillo a un lado y se decidió por fin, a patearlo en la cabeza, y lo hizo tan, pero tan fuerte, que lo echó a dormir durante las siguientes 3 horas.

Fez, 16 años

Un jugador del equipo vikingo estaba golpeando su cabeza contra un casillero, mientras los demás estudiantes pasaban a su alrededor. Una chica de curvas sensuales pasó caminando a un lado, ganándose su atención. Aquella fue su oportunidad de ponerse a llorar, pero Fez era valiente, y era un hombre difícil de derrotar, así que continúo soportando el dolor. De pronto, un chico de graciosos rizos semiurbanos, se les acercó, con cara de querer unirse a la fiesta. Sin embargo, al reconocer a la víctima, su nuevo amigo extranjero, resolvió lanzarse contra los seis estudiantes sin pensar mucho en ello.

Todos ellos con una probable talla dos veces superior en tamaño. Pero el chico era inteligente y además no estaba solo, Michael Kelso también había participado y entre los tres chicos, habían recibido una paliza comunitaria, que después se convertiría en la hazaña del grupo de los inadaptados. Más tarde, mientras esperaban en el asiento de fuera para entrar en la oficina del director, Kelso le dedicó a Fez una sonrisa sangrante, tan grande que pudo ver que le faltaban dos dientes y nada más le hizo falta al moreno para enamorarse profundamente de él.

Donna, 12 años

Donna había dejado las clases de piano porque su profesor la había citado un miércoles por la tarde para practicar, y terminó insinuándole que jugarían un juego de adultos. Donna no era ningún adulto pero conocía a varios de ellos y sabía que no hace falta ser un genio para adivinar lo que aquello puede significar. Así que aprovecho que su profesor se tendió desnudo en el piso y le aplastó los huevos con el pie. Desde entonces Donna recordaría para siempre, cada momento en su vida en la que sus enormes pies de payaso la salvaron de una mala situación. Como aquella vez, en la que Eric Forman le robó un beso a los 12 años y Donna le dio una patada en el trasero.

Jackie, 7 años

Su madre había despedido a la mujer que aseaba el baño, la señora Edna. Según su teoría, su hijo pequeño, un niño de 9 años, había robado todas sus joyas de un viejo alhajero; que por accidente (o convenientemente para la trama de su propia historia) olvidó en la bañera. Jackie llevaba muchas horas llorando y su padre no podía contentarla con nada. Ella solo quería que su amigo volviera a casa, y así poder continuar con el juego de la princesa y el lacayo. Entonces Jack decidió llevarla a casa de los Forman porque supuso que se encontraría con el pordiosero que se la pasaba jugando allí. Cuando llegó, en la entrada había un niño de peinado aceitado y sudadera de Potasa la patata, la caricatura preferida de Jackie. Así que Jackie no dudó en seguirlo por todas partes. Para el final del día, Kelso había encontrado entretenido correr hacia un lado y ver como la más pequeña se esforzaba por correr detrás de él. Pero el juego se terminó cuando llegó Steven con un montón de joyas colgadas en el cuello y todos corrieron a verlas.

Kelso, 10 años

Su madre estaba llorando, su padre tenía un cigarro en la boca y uno de sus hermanos saltaba encima de él, mientras Casey, su otro hermano, lo picaba con una varita larga y le preguntaba ¿Cómo estás, loco? Pues el loco se despertó sordo de un oído y hecho pedazos por las agujas que tenía clavadas en el brazo y que lo conectaban a un suero sospechoso. Kelso no podía entender lo que estaba sucediendo, pero podía ver los rasguños que él mismo, había plasmado para siempre en el pecho agitanado de su madre, aun abiertos y con la sangre todavía fresca. Le dolía la boca y llevaba sujeta una especie de sostén de cuero en las muñecas, que no le permitían moverse con toda naturalidad. Kelso supo de inmediato que había perdido su libertad, al mismo tiempo que su capacidad para conservar la noción franca de lo que perdía. El doctor, se había acercado a su madre con un frasco anaranjado lleno de pastillas, mientras le decía un montón de cosas que Kelso no podía escuchar. Su madre asintió, entre lágrimas, con la cabeza y tomó el frasco.

Hyde, 14 años

Hyde estaba en el jardín de la señora Forman. Había pasado semanas cuidando una mata de flores equináceas con ella y estaba dispuesto a utilizarlas esa misma tarde. Eric se sentaba en un rincón jugando con la tierra y Kelso estaba comiéndose la que el otro desechaba. ¿Hyde? Le había preguntado Eric. ¿Qué crees que te diga? Pero Hyde seguía cortando las flores una por una, mientras murmuraba algo sobre las cosas que les gustaban a las niñas tontas, y Kelso se tiraba a reír. Una niña pelirroja asomó la cabeza por el patio y le sonrió. Hyde había enrojecido de la vergüenza y cubierto el ramo lo mejor que pudo con su cuerpo. Donna de todas formas lo había visto ¿Quién es la afortunada? Había preguntado y Kelso comenzó a morir a carcajadas. Es la chiquita. Le dijo a su amiga. Le va a decir, a la ruidosa de Jackie, que la ama.

Hyde enrojeció todavía más y Donna no supo si era de coraje o porque ponderaba un vil sonrojo debajo de sus gafas. Al cabo de unas horas, Jackie por fin se apareció por el patio y se apresuró a presumirles a todos, su nuevo set de maquillaje fantástico. Kelso fue el primero en levantarse y gritar. ¿Adivina a quien le gustas? Jackie sonrió mucho y se le acerco emocionada dando brinquitos mientras emitía un sonido agudo y chillón. ¡No puede ser! Gritó ella ¡También me gustas, Michael! Le dijo y se pescó de él en un abrazo correspondido, mientras Hyde se bajaba las gafas y dejaba las flores en el suelo sin decir absolutamente nada.