6. El día de la sed cristiana y la colisión. Parte 2

Eric (14:52 pm)

"En aquel entonces el presidente se preguntaba si sería posible, que algún día, América viera una elección con democracia y así lo hizo. Los días de oscuridad han terminado" decía el alcalde. Eric estaba jugando con la esquina del folio, buscaba con la mirada a su jefe y esperaba que el presidente del congreso notara su presencia. Nadie les había pasado una de esas hojas de asistencia, estaba aburrido. Disculpe. Se dirigió a una mujer que estaba sentada a su lado. ¿Dónde puedo conseguir una copia en este lugar? La mujer vaciló por unos segundos y luego le sonrió. En el centro del ROOS. Le dijo ella, está un poco lejos pero están a precio de mayoreo.

Eric sonrió de vuelta creyendo que había encontrado una respuesta satisfactoria. No se ve que vaya a terminar pronto ¿verdad? la mujer lo miró de nuevo. Este nuevo alcalde siempre nos hace perder el tiempo. Sin querer estaba riendo y Eric se dio cuenta de que sus risas no sonaban armónicas juntas. Aquello le hizo recordar a Jenny, ella tampoco cumplía con el objetivo, y entonces pensó en Donna y dio varios brincos sobre su asiento logrando sobresaltar a los que se encontraban cerca.

¡Donna! Dijo en voz alta, todos se giraron para verlo, y a pesar de que no quería llamar la atención terminó saliendo del lugar con el rostro enrojecido y cientos de miradas aferradas a su espalda como por obra de vida o muerte. Corrió fuera del edificio y miró su reloj, la tarde comenzaba a caer en un punto interesante. Donna debía estar furiosa, nunca se lo perdonaría. Había arruinado su última oportunidad con ella y se odiaba tanto por eso que correr con torpeza exhibiendo su propia estupidez no lograba redimirlo. Pero apenas tuvo tiempo de pensar porque cuando llegó hasta su auto sufrió un mareo profundo y se desmayó.

Fez (10:21 am)

Una enfermera con rasgos asiáticos se le acercó y le dedicó una sonrisa que Fez consideró excesivamente sensual. La mañana había sido acojonante, tenía media mandarina sin terminar sobre el buró de un lado y la gelatina tenía su color preferido, el que sabe azul. Estaba pasándolo increíble y seguro de que pronto podría tomar su ropa e irse a casa, donde trataría de olvidarse de todo. Pero la enfermera no se fue, cerró la cortina y le puso seguro a la puerta y cuando menos se lo esperaba ya la tenía encima y se revolcaba sin poder moverse por el impacto.

La enfermera le puso un radio en el oído, del tamaño de un pequeño chícharo y luego escuchó una voz en su cabeza que le decía que habían venido por él. Fez comenzó a sudar uno de esos líquidos que te congelan las vísceras y que logran arrancarte de un sueño incluso en medio de una filosa pesadilla. Estaba aterrado y la mujer vestida con el uniforme de enfermera no decía una sola palabra. La voz en su cabeza tenía varios tonos, todos distintos a la vez, como si le estuvieran hablando muchas personas que se encuentran discutiendo al mismo tiempo en una sala con ecos y con esos graves tenores fuera de la máquina de helados.

Eric Forman morirá el día de hoy. Dijo la voz. Fez parecía petrificado en su lugar y no podía comprender lo que estaba ocurriendo. Hay una forma de salvarlo, pero todo depende de ti. Continuó diciendo la voz. Hay dos hombres en la terraza, uno es un policía y el otro un empleado de PSIC, saldrás del hospital y te iras con él. Fez estaba tan asustado que quiso salir huyendo pero la asiática tenía mucha fuerza y logró contenerlo. Puedes ir con el policía y darle aviso. La boca de Fez tragueteaba. Puedes trabajar para mí y evitarlo… dijeron las voces… o puedes morir con él.

Donna (17:40 pm)

Donna acababa de pisar el edificio del PairteSolem cuando alcanzó a vislumbrar a un hombre vestido con el uniforme de PSIC. Ella recordaba al sujeto del incidente en el elevador, así que se le vino la idea de que podría perseguirlo. Corrió detrás de él y gritó por su atención, pero el hombre no la escuchó o fingió que no lo hizo y comenzó a caminar todavía más rápido. A la pelirroja no le gustó la idea, así que estiró más las piernas para darle alcance; pero un sonido titilante la ensordeció, desorientándola en medio de una multitud que corría hacia ella con terror en la mirada. Donna se dio la vuelta y descubrió un edificio moliendo en el aire que encendió sus instintos animales y la obligó a correr empujando a todas las personas que se atravesaban en su camino.

Los gritos eran fuertes y aun con todo, no podían competir con el quejido de las paredes golpeado contra el pavimento del hipódromo del canon festival. Una segunda explosión llenó el lugar con humaradas de grises asfixiantes que alcanzaron las dos avenidas que Donna había logrado dejar atrás y, por obra del caos, los autos se detuvieron tras golpear a las personas que las cruzaron horrorizadas. Donna siguió alejándose caminando y desde allí podía ver cómo la gente seguía corriendo y el edificio se tambaleaba. El lamento de la estructura interrumpía sus pensamientos y hacia interferencia con su instinto de supervivencia. Donna siempre se había considerado a sí misma una mujer de valor y fuerza indiscutibles pero en aquel momento no había nada que discutir, estaba asustada, sus manos temblaban, sus pupilas bailaban en un brillo certero al borde de las lágrimas y lo único que se le ocurrió fue seguir caminando del lado contrario y alejarse cojeando por las quemaduras que los tacones le produjeron al momento de correr.

Jackie (20:13 pm)

La morena estaba arrullándose a sí misma con una canción. La melodía estaba solamente en su cabeza pero era casi palpable para las personas que estaban afuera. Había un hedor insoportable entre los huesos del edificio y la carne rota de las personas. En la atmosfera se respiraba dolor. Tal vez era sólo ella, o tal vez eran sus propios pulmones diciéndole que se detuviera, que dejara de susurrar palabras que el aire de su garganta no alcanzaba a pronunciar.

Los llantos se habían convertido en murmuros bajos en medio de un escándalo disfrazado de ruido vivaz, un graznido desesperado entre los escombros. Ahí donde se perdía la vista, alcanzaba a detallar la pintura de un hombre con los ojos cubiertos de polvo y las pupilas opacas; observando con ganas de brincar hasta el fondo del cuerpo de su viejo amigo, que los hombres de guantes hacían el esfuerzo por desencajar de entre la pila y el esqueleto de la batería. Miraba los restos de su cuerpo con un dolor inhumano que no podría soportar ver de nuevo.

Steven no derramó ni una sola lagrima en el proceso pero cuando volvió caminando a su encuentro, Jackie supo de inmediato que estaba cayéndose por dentro. ¿Te han dicho cuándo empiezan con el PairteSolem? Preguntó ella, pero el chico ignoró la pregunta. Lo último que me dijo fue: "zorra o no, es el mejor guitarrista que pudimos conseguir" y yo lo ignoré. Se rio Hyde, pero Jackie sabía que estaba casi tan destrozado como cuando sucedió lo de Red. ¿Estás bien? Iba a preguntarle, pero de nada serviría, porque ella tampoco estaba bien.

Kelso (22:53 pm)

Las manos de Kelso estaban temblando en el volante. El cuero de la funda estaba rozando contra sus dedos traqueteantes y un zumbido se apoderaba de su garganta como si se le estuviera expandiendo a desgana. Kelso se rascaba el brazo y volvía a rascarse, y la sangre escurría por su piel abierta sin que el dolor le impidiera seguir con el juego. El radio estaba encendido pero Kelso ya no podía escuchar nada. Estaba sordo, estaba ciego, tenía miedo, no sabía de qué, pero tenía miedo. Estaba seguro.

Era de noche y había pasado la frontera, cuando, al pasar la saliva, descubrió seca su propia garganta. Entonces tomó el frasco de la guantera, conteniendo la respiración y odiándose por necesitar las pastillas y se dispuso a tragar una. Pero el efecto no lo calmó y se metió dos más a la vez. Pero las pastillas sabían a caramelo y Kelso comenzó a sospechar que se trataba de aquello así que se echó el frasco entero a la boca y comenzó a tragarlas todas; pretendiendo olvidar lo que pensaba y de este modo montar en otro camino a sus sospechas más cínicas.

Un hombre atravesó caminando, Kelso no pudo verle la cara, tampoco tuvo tiempo de frenar y ni siquiera lo intentó, algo malo le estaba pasando a sus ojos, la visión de la carretera se balanceaba de repente y Kelso dejo de mirar en frente cuando el hombre levantó el brazo frente a él y se dio cuenta de que conocía al hombre. Se dio cuenta de que era Red. Y así tiró del volante y el auto describió un círculo disparejo y terminó estrellándose contra el árbol más cercano y entre las cuerdas de una nota imaginaria. Tan pronto que ni el auto dejó de echar humo, varios hombres ya se habían acercado. Tomaron la caja y la evidencia y Fez miró la fotografía una última vez antes de guardarla de vuelta en el bolsillo del loco.

Hyde (23:59 pm)

La morena estaba parada frente a la ventana mientras abrazaba su propio camisón con la rabia de un carroñero sediento. Hyde llevaba un rato estudiando la figura de su belleza, singular pero remarcable. Una diosa de amargas tragedias. Un devorado cuento que acaba perdiendo el sentido. Y sintió una culpa incalculable y sin fundamento sobre la ventana en la que apoyaba su cuerpo. Pensó en sus pies descalzos, en como parecían desencajar con el intento de madera del lugar. Un ruido citadino y malacostumbrado para los oídos del chico que provenía del exterior interrumpió sus pensamientos.

Si abría la boca lo arruinaría, si se quedaba callado, se escucharía a sí mismo y eso no le parecía tan buena idea luego de la odisea a la que tanto valor daba por haber sobrevivido. Un silencio intranquilo se rozaba entre los dos. Hay sabanas limpias bajo el mueble blanco. Dijo Jackie, y Hyde movió las pupilas en su dirección, donde se encontraba el sofá. Era un lugar pequeño y casi asfixiante, abrazaba un calor inconstante que apenas abrigaba las esquinas y el ruido de la cafetera caliente rompía el intento de hogar, que por poseer algunas de sus cosas, pretendía ganarse ese nombre.

¿Qué le pasó a tu mansión? Preguntó decidido, sabiendo que si no lo hacía, ella lo sabría y lo calificaría como lástima desmedida. Este lugar no es tan malo. Se justificaba ella, pero en un momento la conversación fue interrumpida por el llanto de uno de los niños más jóvenes de la señora Harris en el departamento contiguo. No me molesta buscar un motel. Susurró Hyde cuando se hubo disipado el llanto. No quiero incomodarte. Jackie balanceo la cabeza de lado con una sonrisa falsa. Me diste un techo cuando no tenía a donde ir, seria grosero no devolverte el favor. El chico vaciló por un momento y luego le devolvió la sonrisa.

Descansa. Le dijo ella y se movió hasta su habitación donde la puerta hizo un ruido lastimero con el esfuerzo de cerrarse. Hyde quiso detenerla, quiso hablarle de cualquier otra cosa, pero no se le ocurrió nada y se rindió en el efecto. Acomodó el sofá para hacerlo un poco más cómodo, pero estaba viejo y había poco que se pudiera hacer. De pronto se dio cuenta de que las sabanas de Jackie desprendían un olor gracioso a pimienta, como si el olor de la chica hubiera desaparecido.

El muchacho dejo escapar una carcajada inaudible y olfateó de nuevo la tela, esta vez con profundidad, con esa misma desesperación con la que había corrido hacia ella en medio de ráfagas de multitud, y ahí estaba Jackie. El olor verdadero de Jackie. Aún estaba allí oculto en medio de tanta pimienta. Beullah estaba a sólo una puerta vieja y colgada de distancia, y por primera vez en muchos años, Hyde se sintió como en casa.