Disclaimer: Twilight le pertenece a Stephenie Meyer, la historia es de assilem33, la traducción es mía con el debido permiso de la autora.

Disclaimer: Twilight is property of Stephenie Meyer, this story is from assilem33, I'm just translating with the permission of the author.

Capítulo beteado por Yanina Barboza

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Capítulo 20: Entonces él me ama

Mis ojos están cerrados, pero estoy muy despierta. La televisión tiene volumen bajo y puedo sentir y oler a Edward a mi lado: de cuchara, su brazo envuelto alrededor de mi cintura.

Ayer fue jodidamente increíble.

Quiero decir, aparte de sentirme como si estuviera sufriendo un golpe de calor, ayer fue jodidamente increíble.

Edward en la playa —tumbado en el sol, construyendo un castillo de arena, sorbiendo un helado, dándome a un helado, jugando al disco volador, arrastrándome mar adentro, dándome besos salados, acurrucándonos debajo de una sombrilla de playa— más exquisito de lo que jamás hubiera imaginado.

Quiero decir, cuando digo santa mierda, me refiero a maldita santa mierda.

Tengo un montón de fotos de Edward solo, Edward y yo, nuestros pies en la arena, nuestras manos unidas, literalmente una foto de uno de los ojos de Edward, no lo sé, pero me la quedaré para siempre.

Más de una vez vi a chicas y mujeres mirándolo, pero él no se dio cuenta, me prestó toda su atención, y aunque sé que es difícil no mirarlo, quería arrancarles los ojos.

No soy una persona violenta o celosa, pero cuando se trata de Edward, acabaré con el mundo y con cualquiera que se interponga en mi camino.

Vaya, tal vez necesite terapia.

Eso fue algo morboso.

Pero cierto.

No está del todo claro, así que sé que aún es temprano. Nos dirigimos a Orlando hoy, Disney World está en nuestro itinerario, pero estoy tratando de retrasar a Edward un par de días. Prefiero pasar un día en el lugar más mágico del mundo en su cumpleaños. Apuesto cualquier cosa a que él cree que no recuerdo el día, pero como si pudiera olvidarlo alguna vez.

31 de marzo.

El día en que la persona más bella vino al mundo.

Entonces, sí, nada de Disney hasta el cumpleaños de Edward. Tendré que buscar en Google algunas alternativas para pasar los próximos tres días...

Espera, Edward le dijo a su papá dos semanas. Tendremos que conducir de regreso a casa en un tiempo récord para lograrlo. Quiero decir, a mi casa y luego a su casa. Honestamente, si tengo algo que decir al respecto, iré a su casa.

En serio, ¿realmente necesito terapia?

Qué estará pensando, me pregunto. ¿Está despierto detrás de mí planeando nuestra boda? Ya hemos nombrado a nuestros hijos, por lo que el siguiente paso sería esencialmente nuestra boda.

¿Qué pasa si está pensando en dejarme en Washington y volver a casa, de vuelta a su vida de Chip y él?

Oh, la devastación.

En lugar de perder todo este tiempo pensando y evocando todos estos horribles escenarios, me doy la vuelta y me enfrento a Edward, que está completamente despierto y me sonríe como si yo iluminara su mundo, de la misma manera que él ilumina el mío.

Lo siente.

No hay forma de que no lo haga.

—Estaba pensando —digo, presionando mi nariz suavemente contra la suya—. Le dijiste a tu papá que necesitabas dos semanas libres. En tres días serán dos semanas. ¿Vamos a conducir de regreso sin paradas ni durmiendo? ¿Vamos a Disney World hoy y luego nuestro viaje por carretera acaba?

Por favor di que no.

—Si no podemos parar y dormir, entonces no —responde, sonriendo antes de darme un beso fuerte que derrite mi corazón—. Buenos días.

—Buenos días, vaquero. ¿Quieres tener un día de películas? En la cama, quiero decir. No en un cine. Aunque, me encanta ir al cine. Las palomitas de maíz son para morirse. Mi tía me llevó una vez a este que tenía sillas reclinables y servían la cena y las bebidas, pero lo malo es que me quedé dormida y me perdí la película...

Edward se ríe.

—Eres graciosa, Swanie.

Asiento con la cabeza porque soy conocida por ser bastante graciosa.

—Entonces, ¿sí a las películas en la cama?

—¿Estaremos usando ropa?

Arrugo la nariz, fingiendo pensar en ello, muy consciente de que estamos literalmente desnudos en este momento.

—La ropa es opcional y no se agradece para ser honesta, pero vayamos a comprar bocadillos primero. Será como la experiencia real en el cine, excepto que mejor.

—Sí —concuerda.

—También necesitamos el desayuno porque me muero de hambre. ¿Tienes hambre? Normalmente no tengo hambre cuando me levanto, pero por alguna razón, tengo tanta hambre.

—Podría comer —dice, besando mi mejilla con dulzura—. ¿Quieres ir ahora?

—¿Qué hora es?

Mira por encima del hombro y luego me mira a los ojos.

—Las seis.

—¡Qué! Eso es tan temprano. Todavía no me duele el estómago del hambre, así que esperemos.

—¿Quieres quedarte aquí? —pregunta, acurrucándose más cerca.

—¿Tenías algo más en mente? A veces me gusta solo quedarme así y meditar tranquilamente cuando me despierto...

—Estás tan llena de mierda. —Sacude la cabeza, sonríe y desliza una gran mano sobre mi trasero.

Asiento y me río.

—Ni siquiera sé lo que significa meditar —admito—. ¿Quieres hacer el amor, vaquero? Porque yo sí. Eres todo suave y caliente... —Se levanta y se desliza encima de mí, empujando entre mis piernas, inclinándose hacia abajo y dejando besos sobre mi pecho—... y hueles bien y te sientes bien, y me gusta cómo te sientes dentro de mí.

—Mierda —le dice a mi corazón, besando el órgano que más lo adora—. Siempre me pones tan duro.

—Me alegro —le digo, y él levanta la cabeza, mirándome con ojos perezosos y una sonrisa.

—Apuesto. ¿Estás mojada para mí?

—Estoy pensando quesí, vaquero, pero sigue adelante y compruébalo si no me crees. —Me encojo de hombros y él lame su camino por mi cuerpo, poniéndome la piel de gallina en su camino.

Me come como si yo fuera su desayuno y, como siempre, soy yo quien lo alimenta.

Un vaquero tan mimado.

Una hora más tarde, entramos en la tienda de comestibles más cercana y cargamos el carrito con bocadillos para nuestro maratón de películas. Yo lo empujo, y Edward está detrás de mí, su barbilla en mi hombro, su aroma invadiendo mis sentidos.

—Consigue algunas de esas barras agridulces —pide.

—Está bien. ¿Te gusta el regaliz? ¡Oh! ¿Qué hay de los salvavidas de gomita? ¿Gomitas rellenas? Mi mamá solía enojarse y no me compraba ninguna de mis golosinas porque me las comía todas el primer día que las traía a casa y luego el resto de la semana le rogaba y suplicaba a papá que me trajera dulces a casa después del trabajo. Los traía, también, con una bolsa de Cheetos inflados como sorpresa.

—Supongo que no soy el único que no puede decirte que no —comenta, besando mi mejilla.

—Oh, papá me dice que no todo el tiempo. Bueno, excepto cuando quiero dulces. Cada día de San Valentín me regala esos dulces de corazón con mensajes, ¿sabes cuáles? —Él asiente y yo continúo—: Él conseguía la bolsa más grande y yo me los comía hasta enfermarme. Hasta el día de hoy, todavía me los da —le cuento, volviendo la cabeza para encontrarme con sus ojos—. ¿Entonces quieres los de regaliz o las gomitas rellenas?

—¿Por qué no los dos? —sugiere.

—Tienes razón. Las gomitas también. Te encantarán. —Los arrojo y avanzamos, agarrando bebidas e incluso papas fritas horneadas—. Esto debería ser bueno. Literalmente elegí todo. ¿Te van a gustar todas estas cosas?

—Me gustarán —afirma, dirigiéndonos a la caja registradora—. Paguemos por esta mierda, para que podamos volver a la cama.

—¿Me quieres por mi cuerpo? —bromeo, y él envuelve sus brazos alrededor de mi estómago, haciendo que me derrita contra él.

—No —dice, acariciando mi mejilla, abrazándome por detrás, matándome suavemente con solo su toque—. Si eres una buena chica hoy te diré qué más quiero de ti.

Santa mierda.

—Honestamente, no puedo pensar en ninguna forma en que sería mala hoy —murmuro, los pensamientos dando vueltas en mi cabeza me marean un poco.

—Puedo pensar en algunas, Swanie —comenta, apretando mi vientre, y atrapo sus hoyuelos cuando lo miro por encima del hombro.

—No me calientes en la tienda de comestibles —le digo, mi rostro cálido, mi cuerpo un maldito infierno en sus brazos.

—Sí, señora.

—Detente.

Él se ríe y retrocede. Lo quiero de vuelta desesperadamente, pero comienza a descargar toda nuestra basura en la caja, y no tengo más remedio que ayudarlo. Por supuesto que no me deja pagar, el caballero travieso.

—¿Puedo conducir? —le pregunto, porque, y como pensé que haría, solo sacude la cabeza con esa adorable sonrisa—. Sabía que dirías que no.

—¿Por qué sigues preguntando entonces?

—Es algo nuestro, ya sabes. Te pregunto, sacudes la cabeza sin decir que no, pero sonríes dulce y caliente, y me gusta. —Me encojo de hombros—. Además, uno de estos días te voy a convencer y dirás que sí.

—Sube a la camioneta, Swanie —ordena, acariciando mi trasero—. Quiero ver películas contigo.

—Oh, bien —cedo, subiendo, tomando mi asiento asignado justo en el medio. En realidad, no es el lugar más cómodo, realmente no hay reposabrazos, pero prefiero cortarme el brazo a sentarme tan lejos de él.

Loco, lo sé.

Edward nos pone en camino, y busco películas en mi teléfono antes de reducirlo a unas pocas.

—¿Cowboy de ciudad?

Él niega con la cabeza.

—No me gusta el actor en esa.

Yo jadeo.

—¡Qué! Su nombre es John, por cierto, y es fantástico. Bueno, en el pasado, eso es. ¿Qué hay de 8 Segundos?

—Tampoco me agrada ese.

—No es cierto —respiro—. ¡Luke es precioso! ¿Alguna vez viste 90210? Dylan McKay, Dios mío, hablando de un rompecorazones. Era un solitario sexy que solo deseaba amor y consuelo. No me agradaba con Brenda. Se fue de Beverly Hills a Oklahoma Cowboy. Como, ¡guau!

—Esas películas son más antiguas que tú —indica Edward.

—Una es una serie —le corrijo, sonriendo ante sus labios carnosos—. Clásicos. Podríamos ver Footloose, aunque la original. Por cierto, me dijiste que no dos veces, y también son más antiguas que tú.

Sus labios se inclinan hacia arriba y envuelvo mi brazo en el suyo.

—Nunca dije la palabra no.

—Eres astuto —comento—. Footloose entonces.

—Lo que sea que quieras ver, yo lo veré, Swanie —expresa, besando la parte superior de mi cabeza.

—Mientras estemos desnudos, ¿verdad?

—¡Así es! —afirma—. Te quiero desnuda y dándome dulces.

—¿Es ese el camino a tu corazón? —pregunto, ni siquiera hablando en serio, pero muriendo por escuchar la respuesta de todos modos.

—No, solo siendo tú va a funcionar.

—Sabes que te vas a casar conmigo algún día, ¿verdad? —Quiero decir, podría de una vez hacérselo saber.

Él asiente, sus hoyuelos como un bálsamo para mi alma.

—Solo estoy esperando a que me lo preguntes, Swanie.

—¡Cállate! —Me río, empujándolo con mi cuerpo, mi corazón martillea en mi pecho.

Nos detenemos frente al hotel y lo ayudo a llevar las compras a nuestra habitación, poniéndolas en la mesa pequeña antes de taclear a Edward sobre la cama como el propio Hulk Hogan.

Él se ríe y me atrapa, aterrizando sobre su espalda, mis labios en los suyos antes de que pueda siquiera abrir la boca. Gruñe bajo en su garganta, sus manos sobre mí.

—¿Ninguna película, nena? —inquiere mientras deslizo su camisa hacia arriba hasta que levanta los brazos y se la pasa por la cabeza.

—Después —declaro, besando su pecho, justo encima del corazón que voy a robar y conservar para toda la vida. Tira de mi camiseta y yo me la quito, jalando sus brazos hasta que se sienta conmigo en su regazo—. Hagamos el amor primero. Lento. Quiero sentirte en todas partes.

—¿Sí? —pregunta, apretándome y besando la parte inferior de mi mandíbula antes de susurrarme al oído—. Eres tan buena chica, Swanie. Estoy pensando que ya tengo el algo más que quiero de ti.

—Eso creo, vaquero.

Besa mi cuello.

—Te voy a amar ahora.

—Está bien —respiro.

—Está bien —repite con voz ronca.

Entonces él me ama.


Y se confesaron que se aman *suspiro*

Gracias por los comentarios, alertas y favoritos, me encanta leerlos. Y no olviden decirme qué les pareció el capítulo.

Nos leemos en la siguiente actualización.

Sarai