Disclaimer: Twilight le pertenece a Stephenie Meyer, la historia es de assilem33, la traducción es mía con el debido permiso de la autora.
Disclaimer: Twilight is property of Stephenie Meyer, this story is from assilem33, I'm just translating with the permission of the author.
Capítulo beteado por Yanina Barboza
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Capítulo 22: Qué vaquero tan consentido
Swanie,
No te preocupes, no te dejé (no lo haría incluso si intentaras obligarme).
Fue tu ronquido lo que me despertó, pero está bien ya que eres tan jodidamente bonita cuando roncas. Volveré pronto. Estoy trayendo el desayuno, así me puedes alimentar.
Para mi cumpleaños quiero hacerte cosas sucias. ¿Me vas a dejar? Estoy pensando que lo harás, Swanie, porque eres una buena chica.
Quédate desnuda.
Vaquero
PD
Me vuelves loco, cariño. Estoy sin aliento por ti. Estoy pensando que eres el amor de mi vida, y yo corazón, también.
Parpadeando el sueño de mis ojos, leo la nota de Edward cuatro veces más. Luego la leo de nuevo. Me escribió una nota de amor sucia, algo así, y Dios santo, es lo mejor que he visto en mi vida.
Se supone que es su cumpleaños, no el mío. Me quedo con esto para siempre. Voy a enmarcarlo y colgarlo sobre nuestra cama. Dios mío, vamos a tener una cama. Debería llamar a mamá y decirle que la amo por insistir en subirme a ese avión y llegar a Florida. Sin su falta de cuidado por mi fobia a los accidentes de avión, nunca hubiera conocido a mi vaquero. Ella es tan preciosa.
Agarro mi teléfono y le envío un mensaje de texto. Solo buenos días, te amo. Después hoy es el cumpleaños de Edward. Celebraremos en Disney World. Enviaré fotos.
Deslizándome de la cama, agarro y doblo mi nota suavemente y la pongo con las otras que guardé de Edward. Me apresuro al baño, me lavo la cara y orino antes de volver a meterme en la cama que huele como Edward. Él está sobre mí, en todas partes, y es digno de babear.
Desplazándome por la galería de la cámara, estudio cada foto que he tomado de Edward y de mí. Me encanta cómo comenzamos como extraños lindos y poco a poco, pero rápidamente, nos convertimos en dos personas locamente enamoradas. Y es una locura. Soy afortunada de haber encontrado al chico que amaré para siempre a los diecinueve años. Mi estómago se agita al pensarlo.
Dijo que estaba sin aliento por mí.
Soy el amor de su vida.
Eso es tan hermoso que podría llorar.
No lo hago, pero solo porque Edward empuja la puerta para abrirla y me honra con su presencia. Me siento, sostengo la sábana contra mi pecho y lo miro. Lleva un sombrero normal bajo en la cabeza, una camiseta sencilla, pantalones cortos deportivos y Nike, y se ve sexy como el pecado.
—Buenos días, cumpleañero— saludo, y sus ojos se encuentran con los míos—. Recibí tu nota.
—Buenos días, Swanie —saluda de vuelta, tirando sus llaves sobre la mesa y dejando las bolsas en el suelo antes de pasar al borde de la cama.
—No ronco —exclamo, mi corazón late de manera desigual.
—¿Dónde está mi beso de cumpleaños? —pregunta, bajando la sábana e inclinando mi cabeza hacia arriba. Se inclina y me besa antes de que pueda siquiera ponerme de pie y asfixiarlo con la boca.
Envuelvo mis brazos alrededor de su cuello y él agarra mis caderas, tirándome hacia arriba hasta que estoy completamente desnuda sobre el colchón. Saca su boca de la mía y mira hacia abajo por mi cuerpo, su sonrisa lenta y sexy.
—¿Por qué sigues vestido?
—¿Por qué no me estás haciendo cosas sucias todavía? —Sonríe deliciosamente.
No puedo evitar devolverle la sonrisa.
—¿Qué tipo de cosas sucias? —le pregunto, besando su mejilla y acercándolo, temblando cuando sus manos se envuelven a mi alrededor y se deslizan sobre mi trasero, apretándolo suavemente con una pequeña dosis de aspereza.
—Quítame la camisa para empezar —explica, abofeteando ligeramente mis nalgas.
—Oh, eres el Sr. Mandón en tu cumpleaños, ¿eh? —pregunto, pero definitivamente comienzo a quitarle la camisa porque literalmente quiero que sequite la camisa.
Cuando está sobre su cabeza y la desecha en algún lugar del suelo, me muerde la clavícula.
—¿Quieres ser la jefa? —Lame mi pecho y sube hacia el otro lado, chupando donde mi cuello se encuentra con mi hombro.
—No —susurro, arqueando el cuello—. Es tu día especial. Haré lo que quieras. —Siento su sonrisa contra mi piel, y me gusta muchísimo.
—¿Lo que yo quiera? —inquiere y yo asiento—. Quítame los pantalones cortos, Swanie.
Lo empujo hacia atrás y me arrodillo, tirando de ellos conmigo mientras avanzo, jadeando cuando lo encuentro duro y listo y sin ropa interior.
—¿Comando*? —Lo miro y él se encoge de hombros con esa maldita sonrisa con hoyuelos.
—Me estoy quedando sin ropa interior —confiesa, apartándome el pelo de la cara.
Honestamente, ¿por qué es tan adorable?
Sigo bajando sus pantalones cortos hasta que se quita los zapatos y los deja deslizar por sus piernas. Pone una rodilla en la cama y yo me vuelvo a poner de rodillas, con los ojos fijos en su gruesa erección. Me encanta mirarlo y tocarlo.
—¿Qué estás mirando, Swanie?
Miro hacia arriba y encuentro sus ojos divertidos y me encojo de hombros.
—Se ve bien, vaquero.
Arquea una ceja y pasa un dedo por mi pezón, haciéndome jadear.
—Lo suficientemente bien para ponerla en tu boca, ¿no?
Lamiendo mis labios, me arrastro hacia adelante una pizca.
—¿Es eso lo que quieres para tu cumpleaños, mi boca sobre ti?
Levanta la barbilla.
—Sí, cariño, y que me digas lo mucho que quieres probarlo.
Trago saliva y siento que el calor me golpea la cara.
—Guau —murmuro, abanicándome la cara con los dedos—. Eres realmente sexy hablando así. Amo al travieso Edward.
Él se ríe y me tira contra su cuerpo, y siento cada centímetro de él. Besa mi mejilla y me susurra al oído.
—¿Quieres chuparla?
—¿Chupar qué? —pregunto, estúpidamente, volviéndome para lamer su cara. Me está volviendo loca, estoy empapada y amo este lado de él. Todavía es gentil pero con asperezas y una maldita boca sucia.
—Mi polla, Swanie.
Asiento y trago, pasando mis dedos por su espeso cabello.
—Lo haré.
—¿Hacer qué? —pregunta—. Dilo. Dime lo que me vas a hacer para mi cumpleaños.
—¿Puedo seguir hablando cuando esté muerta porque siento que me estoy muriendo? Literalmente me estás matando, vaquero. Amo cada centímetro de ti. —Niego con la cabeza y acerco su boca a la mía—. Voy a chuparte la polla, vaquero. ¿Te gustará? —Lamo sus labios y él gime, apretando sus brazos alrededor de mí.
—Estoy pensando que sí, nena. Tu boca me vuelve jodidamente loco. —Muerde mi labio inferior, lo suficientemente fuerte como para hacerme jadear, pero lo suficientemente suave como para no hacerme sangrar—. ¿Qué estás esperando?
Mi sonrisa se siente fuera de lugar durante un momento como este, pero Dios santo, no puedo evitarlo. Es tan increíblemente adorable, sexy y francamente caliente a la vez.
—Cálmate, cumpleañero, ya voy. Bueno, en realidad, ¿puedes acostarte?
Se acuesta de espaldas y yo me arrastro entre sus piernas, sintiéndome valiente o algo así porque lamo un camino desde la base hasta la punta, chupando ligeramente cuando llego allí, mis ojos fijos en su rostro. Es un maldito dios del sexo, eso es seguro.
Mi dios del sexo, a quien amo muchísimo.
—Feliz cumpleaños —le digo antes de tomarlo completamente en mi boca. Su gran mano agarra mi cabello, guiándome gentilmente mientras tomo tanto como puedo.
—Eso se siente bien —susurra con voz ronca, apretando los dedos—. Eres una buena chica, cariño.
Dios santo, va a ser mi muerte.
Lamo y chupo, haciendo todo lo posible para hacerlo bien para él, y debe gustarle porque me está elogiando con esa voz de vaquero y esas palabras sucias, y ahora soy un maldito charco.
Cuando está justo allí, él separa mi boca de él y me arrastra hasta su cuerpo, sus labios cerrando de golpe en los míos.
—Quiero estar dentro de ti, Swanie —gruñe, tirando de mis piernas para sentarme a horcajadas sobre él—. ¿Quieres dejarme?
—Sí —respiro en su boca.
—¿Sí? —Empuja sus caderas, deslizándose dentro de mí de una vez, nuestros gemidos combinados como una hermosa canción en el aire—. Joder. Eres tan buena —dice, manteniendo nuestros labios juntos mientras nos gira para que esté arriba. Arrastra sus labios por mi mejilla y entierra su rostro en mi cuello, sus caderas bombean, mi corazón late con fuerza. Gruñe cuando le rasco las uñas por la espalda—. Hazlo otra vez. —Lo hago de nuevo, besando su mejilla y mordiendo su mandíbula.
—Me encanta tu polla —susurro la verdad, pero se lo digoporque lo desconcierta antes de hacérmelo con más fuerza—. Me encantas, vaquero.
—Joder —gruñe, mordiéndome—. Sigue hablando.
Sonrío, presiono mis labios contra su hombro y deslizo una mano entre nosotros, arrastrándola por mi estómago, el dorso de mis dedos acariciando sus abdominales mientras encuentro lo que necesito y juego con él.
—Más duro, vaquero. —Edward se mueve más rápido, empujando más fuerte con cada embiste dentro de mí, y cuando comienza a construirse, se mueve aún más rápido—. Oh, Dios —jadeo, y él levanta su cabeza y golpea su boca con la mía, empujando más profundo hasta que ambos nos corremos, su profundo gemido hace que mis ojos se muevan hacia la parte posterior de mi cabeza. Él entra y sale lentamente, besándome suavemente, y si no estuviera ya enamorada de él, esto habría sellado el trato.
Se echa hacia atrás y me mira, su sonrisa es perezosa y muy linda.
—¿Estás bien, Swanie?
Asiento con la cabeza.
—Sí, pero creo que fui yo quien hizo todas las cosas sucias. —Abro mucho los ojos, haciéndolo reír y encogerse de hombros como si le gustara lo que recibió—. Cuando me llamas buena chica, guau, me hace cosas.
—¿Sí? ¿Qué tipo de cosas?
—Cosas buenas —explico, mis ojos mirando las bolsas que trajo—. ¿Qué hay para el desayuno?
Se desliza de mi cuerpo y lo extraño, pero de nuevo la vista mientras se aleja de mí es deliciosa. Saca los contenedores antes de volver a mí y la vista frontal es provocativa: el seductor sexy.
—Te traje rollos de canela —me cuenta, y me siento para investigar. Me encantan los rollos de canela. Se sube detrás de mí, y me doy la vuelta para mirarlo, el olor del dulce me hace rugir el estómago de necesidad—. ¿Me vas a alimentar?
—Por supuesto. —Me lamo los labios cuando abre el recipiente y me siento como un cachorro impaciente. Me acerco y agarro el grande, mordiéndolo a escondidas antes de darle uno a Edward. Después del tercero, lamo el glaseado de mis dedos y digo—: ¿Estás listo para visitar el lugar más mágico del mundo?
—Acabo de hacerlo —dice, derritiéndome como una tina llena de mantequilla. Ni siquiera me gusta la mantequilla.
—Cierra la boca—exclamo, ruborizándome—. Siempre dices cosas que hacen que no quiera nunca levantarme de la cama. ¿Así es como esperas que vivamos nuestra vida: desnudos, teniendo sexo todo el día?
Como si me fuera a quejar alguna vez.
Él sonríe y lame el borde de mi boca.
—¿Cuál es el problema?
Me encojo de hombros, fingiendo que no importa de ninguna manera.
—Quiero decir, estaría bien con eso. —Me inclino hacia adelante y le doy besos de canela antes de bajar de su regazo y levantarlo de la cama—. Vamos, vaquero. Disney World está llamando nuestros nombres. Necesitamos una ducha. Tengo la camiseta más linda de Disney para ponerme. ¿Qué te pondrás?
—Ropa —declara.
—Bueno, por supuesto, vaquero. Espero que no vayas desnudo. —Abro la ducha, sonriendo como una idiota—. ¿Qué tipo de ropa?
—Pantalones cortos y una camiseta —explica, empujándome a la ducha y debajo del chorro de agua—. Pásame el jabón, Swanie. Quiero lavarte.
—Está bien. —Se lo entrego porque duh.
Se toma su tiempo para lavarme y luego yo lo lavo.
Cuando terminamos, el agua está fría y mis dedos parecen pasas secas.
Pero a quién le importa.
A mí no.
Tomamos un autobús de enlace a Disney, y no puedo evitar estar muy emocionada cuando bajamos. Nos espera un día de largas colas y dolor de pies, y no puedo esperar.
Agarro las manos de Edward y camino hacia atrás, tirando de él conmigo, mi mochila pesa mucho sobre mis hombros.
—¿Estás emocionado, cumpleañero? ¿A dónde quieres ir primero?
—A donde quieras llevarme, nena. Puedes ser la jefa en Disney.
Niego con la cabeza, sonriendo como una loca. Dejo ir una de sus manos y saco mi teléfono, sosteniéndolo.
—Di whisky, vaquero. —Él sonríe, hace hoyuelos y le tomo una foto—. ¿Crees que podría haber caimanes en esa agua? —Él mira por encima de su hombro, y me acerco a él, envolviendo mis brazos alrededor de su cintura.
—No te van a comer, Swanie —asegura, volviéndose y sonriéndome.
—Nunca sabes.
Él se ríe y nos hace caminar.
—Estoy pensando que debemos seguir el mapa en orden —sugiere, sosteniendo mi mano.
—Está bien, y haremos una parada para comer algo en el camino. Como esos churros. Mmmm, oh, y quiero una de esas grandes patas de pavo y un pretzel de Mickey y quiero probar una taza Dole Whip. Iba a decir salchichas empanizadas, pero esa pierna de pavo parece gigante.
—Swanie… —dice Edward, solo Swanie, pero está sonriendo como si yo fuera graciosa.
—¿Qué? Busqué en Google qué alimentos eran los mejores en Disney World.
—¿Vas a compartir?
—Quiero decir, sí —afirmo, encogiéndome de hombros—. Compartir comida contigo es mi favorito. Además, es tu cumpleaños, así que te daré un trato especial.
—¿Sí?
—Sí.
Hacemos fila en la primera atracción a la que llegamos, y ni siquiera puedo decirte cómo se llama porque Edward me abraza por detrás, apoyando su barbilla en mi hombro, susurrándome cosas sucias al oído entre lindos besos en la mejilla, y él está lo suficientemente delicioso como para distraerme de la magia de Disney.
¡Qué dulce es eso!
Edward me deja arrastrarlo por todos lados, besándome a través de selfies, abrazándome mientras comemos, dándome un paseo en caballito cuando mis pies comienzan a doler. Para cuando se pone el sol, estoy cansada por el sol y soy la chica más feliz del mundo.
En el viaje en autobús de regreso al hotel (nos saltamos el desfile y los fuegos artificiales), reviso mi álbum de fotos. Tomé un millón y una fotos e incluso le entregué el teléfono a Edward un par de veces para poder hacer poses estúpidas para él. Se rio tontamente, y totalmente lo amo.
Mi favorita es frente al castillo de Cenicienta. Detuve a una dama al azar y le pedí que la tomara. Los brazos de Edward están envueltos alrededor de mi pecho por detrás. Él está sonriendo a la cámara como el dios con hoyuelos que es, y mi cabeza está inclinada hacia arriba y hacia un lado, mirándolo como si estuviera obsesionada con él.
Se la envié a mamá y sus palabras fueron: "Querido Dios, cariño".
¡Lo sé, mamá!
—Eres tan jodidamente bonita, Swanie —dice Edward, mirando nuestra foto de Cenicienta sobre mi hombro.
—Tú también —le digo, sonriéndole. Sonríe y besa mis labios—. Te compré tu pastel favorito. —Está bien, se suponía que iba a ser una sorpresa, pero bueno—. Hice que lo llevaran a nuestra habitación. Pastel blanco, glaseado con crema batida y cerezas. No estás demasiado lleno, ¿verdad?
El niega con la cabeza.
—¿Me vas a cantar?
—¿Quieres que lo haga?
¡Su maldita sonrisa!
—Estoy pensando que quiero escucharte.
—Está bien —acuerdo—. Sin embargo, no soy la mejor cantante, así que no te rías. Mi abuelo solía encogerse cuando cantaba por su cumpleaños. Quiero decir, por supuesto, era desagradable a propósito...
—Ahora, realmente quiero escucharte —bromea, dándome un codazo con el brazo.
—Cállate —me río—. Ahora, voy a hacerlo como Marilyn Monroe.
—¿Qué?
—Sí, ya sabes, cantando toda sexy como si fuera una especie de seductora.
—Está bien —dice—. Puedes hacerlo.
—¡Qué, no!
—Sí, cariño. Es mi deseo de cumpleaños.
—Cállate—repito, mi cara caliente y no por el sol.
—Vamos, Swanie —susurra, sonriendo, inclinándose para besar mi mejilla antes de que sus labios se encuentren con mi oreja—. Quiero oírte seducirme.
Santa mierda.
—No juegas limpio —regaño, empujándolo suavemente con mi hombro—. Pero, está bien. No puedo decirte que no, especialmente en tu cumpleaños. Pero cuando sea mi cumpleaños, me lo deberás.
Su risa me susurra al oído y me estremezco.
Hoy fue el mejor día de mi vida.
Y más tarde, después de que matara su canción de cumpleaños, me desnudó, tuvo su pastel y también se lo comió.
Qué vaquero tan consentido.
