8. El espíritu del caos.
Eric. (Escuela secundaria Brodcladffe. LA. California)
Eric estaba sentado sobre la terraza, pasaba la hora del almuerzo y los estudiantes volvían a las aulas embobados con la desesperanza que les provocaba el sonido de la campana. Uno a uno, desfilaban como hormigas abochornadas por entre los corredores, sin ningún orden en absoluto. A Eric le parecía gracioso imaginarse a sí mismo allí. Entre todos esos homínidos imperfectos, inmaduros y hechos de fuertes espasmos estomacales como lo había sido él algún día. Pensaba en el privilegio que, como profesor, le permitía terminarse sus galletas de canela con calma. No tenía que llegar al aula enseguida, nadie podía ponerle un retardo al profesor.
De pronto el sonido vago de un sollozo tras las antenas del edificio de artes interrumpió su merienda. Eric se giró para alcanzar a ver al responsable y sus ojos dieron con la misma niña que había estado tan distante durante la clase. ¿Verónica? Preguntó en voz alta y se levantó para acercarse, pero la niña rehuía a su tacto. ¿Qué pasa verónica? Insistió Eric. ¿Te han hecho algo tus compañeros? Verónica era extranjera, y por eso mismo algunos de sus compañeros solían burlarse de ella. Pero a Eric esas bromas no le iban nada bien, durante su juventud había conocido a un chico extranjero y rápidamente se había convertido en uno de sus mejores amigos. Cuando la niña por fin dejo que el profesor se le acercara, pudo ver el enorme moretón que llevaba en la pierna.
¡Verónica! Espetó indignado. ¿Quién te hizo esto? Pero antes de que pudiera continuar ella masculló por lo bajo. Mi padre. Murmuró ella. Eric apretó la mandíbula. El golpe iba desde la pierna hacia el interior de sus muslos, Eric no estaba seguro pero sospechaba que tal vez no sólo se trataba de golpes. El profesor rechinó los dientes y sin saber qué debería decir o hacer en el momento para reconfortarla se le ocurrió que las palabras no eran suficientes y que no era necesario un sermón profesional tampoco, porque los problemas no se arreglan así. Entonces la abrazó. La abrazó tan fuerte como él hubiera querido que lo abrazaran cuando su padre murió y las piernas le temblaban hasta derrumbarse.
El abrazo que necesitaba cuando estaba harto de las palabras, de las condolencias y de las miradas con lastima. El abrazo que se había quedado a medias entre él y su madre, mientras se decían lo mucho que extrañaban al viejo Red. Y el abrazo pareció funcionar porque la niña dejo de llorar antes de que Eric se diera cuenta de que estaba llorando también. Verónica lo miraba como si le hubiera devuelto un pedazo perdido hace ya muchos años atrás. Con un "gracias" atorado en la garganta. Satisfecho con el resultado pero avergonzado por haberse entregado a su dolor mejor guardado, Eric se retiró para atrás y liberó de su abrazo a la niña. Pero fue esta vez la niña quien se arrojó a sus labios y le besó con fuerza.
Eric se la quitó de encima pero ella volvió y Eric se dio cuenta de que estaba apretando los parpados. Entonces lo supo. Sus labios sabían a dolor porque le dolía; porque el miedo que tenía esa niña estaba saliéndole por los ojos, como solo él podía comprender. Una vez se sentó solo en el sótano a desgarrar sus miedos; sin más sensaciones que la de abandonar su propia cabeza. Fue entonces cuando, impulsado por sus recuerdos menos gratos, volvió al refugio de sus labios y entre la fuerza de su boca llegaban sabores cada vez más salados desde sus lágrimas y desde el alivio del mar de dentro, donde ahora, por primera vez en muchos años, los dos estaban acompañados.
Fez. (Apartamento de Fez, Point Place, Wisconsin)
Las luces eran enceguecedoras pero de vez en cuando valía la pena mirar. Kelso iba vestido con unos vaqueros apretados y llevaba la camisa sudada por el esfuerzo físico que debía requerirle bailar de esa forma tan interesante. A Fez le parecía que el mundo terminaba, no donde el mar engaña a la vista, sino dónde y cuándo Kelso entraba en la habitación. Fez admiraba a su amigo de lejos, siempre callado y con los ojos bien abiertos. Sus labios, sus ojos, su espalda, la forma de su rostro, el contorno de su mandíbula, y la manera en que su abdomen plano mantenía el eje perfecto de sus hombros al andar. La elasticidad de sus brazos al caminar. La elegancia natural de su porte inconfundible. Una maravillosa estructura ósea sin lugar a dudas.
Pero eso nunca fue suficiente para él, quería más; quería salir de la sombras y verlo a los ojos… sentir sin culpa. Llevaba un rato sentado a su lado en el sofá. Kelso lo tenía al borde del asiento con los dedos enjutados presionando con nerviosas puntadas en el suelo y el vaso rojo a medio llenar temblándole en la mano. De repente sintió la mano de Kelso sobre la suya. Pensó que estaba borracho, quizá tenía razón, pero un sueño debe disfrutarse, y él lo hacía con todos ellos; así que ahí estaba Fez, correspondiendo la caricia del hombre de sus sueños cuando la esposa de Kelso entró en la habitación y el otro retiró la mano más rápido de lo que Fez pudo notar la aparición del calor de su tacto.
Es tarde, amor. Le había dicho ella. Creo que ya deberíamos irnos. Kelso meneó un poco la cabeza y carraspeó la garganta, produciendo un sonido que hizo que la mujer se creyera que estaba muy ebrio. Gracias a esto, Brook decidió dejarlo pasar la noche en la casa de Fez y lo más importante: no volvió a molestarlos porque se fue a la suya. Había pasado poco tiempo después de la media noche, la mayoría se había retirado también pero Kelso seguía bebiendo y bailando de una manera provocativa. Fez no entendía lo que pasaba con él, había estado ronroneando cuando se le acercaba y tenía miedo de que el alcohol no fuera el único protagonista de la verdadera fiesta que se estaba viviendo en el sistema de Kelso.
¡Métete en la sabana! Decía Fez mientras lo arrastraba hasta la cama pero Kelso no se quedaba acostado y volvía a incorporarse cada vez que Fez lo acostaba allí. ¡Duérmete de una vez! Ordenaba el extranjero pero lo único que obtenía eran más risas. Duérmete de una vez. Lo arremedó Kelso. Aunque lejos de molestarse a Fez le pareció gracioso el intento de acento que Kelso utilizó para sonar como él. ¿No estás cansado? Insistió el moreno, pero Kelso se limitó a mirarlo a los ojos sin decir palabra alguna. Fez se puso nervioso luego de un tiempo porque no sabía cómo debía reaccionar y terminó por apartar la vista. Pero Kelso volvió a reírse y buscó la mirada del chico una vez más. ¿Tú estás cansado? Le preguntó. Fez, que ya estaba sonrojado, hervía de un calor peligroso hasta por las orejas y Kelso fue a tomarlo justo por ahí.
¿Qué te pasa?, ¿Tienes fiebre? Le preguntó Kelso y Fez comenzó a negar rápidamente con la cabeza. Me iré a dormir ahora. Dijo Fez, y trató de escaparse del agarre de su amigo pero el otro lo apretó con más fuerza y lo atrajo hacia él. ¿A dónde vas? Este es tu cuarto. Le dijo al oído. ¿No dormirás conmigo? Fez no podía respirar con tanta tensión, sentía que estaba evaporándose en el aire, y de repente pasó. Dejó escapar lo que pensaba, dejo ir la presión y se le echó encima para besarlo. Kelso no lo detuvo, hizo un ademán de abrazarlo por la espalda pero antes de que lo lograra Fez lo soltó y se levantó ensimismado. Lo siento. Quiso decir.
Pero Kelso no le dio tiempo y le respondió a la mitad de la frase: No te perdono. Fez estaba tan consternado que ya no supo que decir, por suerte no hizo falta porque en cuanto volvió a abrir la boca el policía le introdujo su lengua en un beso más acelerado que el anterior. Fez se dejó llevar. No hubo más palabras hasta que Fez se dio cuenta de que ya no tenía puesta la camisa y entonces quiso preguntar lo que pasaría, pero en ese punto su cuerpo pedía más calor, sus músculos se sentían al borde de un colapso forzado y sus pensamientos no estaban tan ordenados como para ejecutar oraciones completas. Kelso tenía las manos en su trasero y lo estaba apretando con tanta fuerza que comenzaban a arderle los muslos. Fez se endureció enseguida. El mundo se le soltó de los hombros mientras contenía la emoción por entre los labios. Gimió. La habitación se había tornado un infierno petulante a su alrededor.
No deberíamos hacer… estaba susurrando, pero su cuerpo ya se había rendido y por más que su cerebro emitiera recomendaciones, Fez estaba dispuesto a ignorarlas. La piel de Kelso era suave como un durazno, rosada en algunas partes y otras le gustaron tanto a su propio cuerpo que no pudo despegarse del roce de sus intimidades. Nunca se había sentido tan excitado en su vida. Las mujeres con las que había estado jamás lo habían hecho sentir algo así. Sintió un dolor breve en la espalda baja y luego vinieron varios espasmos y Fez se dio cuenta de que Kelso estaba empujándolo contra la almohada.
Fez subió la cadera ante la petición desesperada de su cuerpo e hincó la rodilla en el colchón. Kelso volvió a embestirlo como si se tratara de un simple atasco al que hay que ponerle más fuerza para romper. "¿Romper?" había pensado muy tarde y solo cuando sintió el dolor agudo subiendo hasta el ardor más intenso que jamás había sentido trepándole por el contorno de la ingle supo que estaba roto. Que se había roto para siempre y sin remedio. No como las mujeres vírgenes, ni como una taza de cerámica tampoco. Fez se había partido en varios pedazos que volaban en el aire encendiendo el aliento compartido de los dos amantes como el fuego nocturno de una noche helada por la pobreza. Pero no le importaba romperse si era con Kelso porque a Kelso le daría una y todas sus partes.
Los ojos se le empañaron con una lámina acuosa pero no se permitió llorar ni soltar quejido alguno. El dolor fue disminuyendo poco a poco a medida que el otro se movía con destreza abriéndose paso por el fuerte de sus caderas. Hasta que ya no hubo dolor alguno. Entonces Fez aprovecho la calma para envolver su propio miembro con la mano. Le había dado a Kelso lo que quería y era turno de obtener a cambio su recompensa. La respiración de los dos hombres se convirtió en una sola y el sonido de sus pieles chocando consiguió un ritmo tranquilizador que le recordaba a Fez que estando en la cama era imposible caerse al abismo. Aunque por un momento tuvo miedo de que la tierra se detuviera y, como siempre pasaba en su imaginación, todos los humanos salieran volando de golpe, Kelso y él desnudos y abrazados por el torso. Pero eso no duró mucho porque la vista se le nubló lechosa y terminó viniéndose antes que Kelso, con la mirada perdida en la pared de la cómoda.
Donna. (Hospital de M.O.P Portland Aid, Kenosha)
El sudor frio estaba recorriendo un camino tortuosamente largo por la espalda de Donna, erizándole los pequeños vellos pelirrojos que quedaban abajo luego de las últimas horas de sometimiento a la temperatura del lugar. Parecía que todos los que pasaban caminando por la verja de la entrada estaban mirándola con esos ojos acusadores: adivinando lo que se disponía a hacer en aquel lugar. Un sollozo mental estaba acaparando su atención hasta que una voz rasposa vino a callarlas. ¿Quieres volver otro día? Le preguntó Hyde. Pero la chica estaba concentrada en la ropa que llevaba una mujer anciana que estaba sentada frente a los dos; no porque le llamara especialmente la atención, sino porque estaba evitando la conversación inminente.
Sin embargo Donna sabía que tenía que responder, era una pregunta tan importante como la respuesta misma y no estaba segura de querer retrasar el resultado. Si decía que sí, no volvería jamás y si decía que no: tendría que quedarse apretando los puños dentro, recostada en una camilla hasta que los nudillos se le pusieran blancos. Donna negó despacio con la cabeza, sin mirar el gesto pronunciado de preocupación que sostenía su amigo. Lo conocía, sabía que no mostraría un apetito lastimero en la cara para que ella se diera cuenta de que la comparecía. En lugar de eso la miraba con cierto aire de autoridad, con esa firmeza que le hacía falta a ella precisamente en ese momento, y en el fondo de ese lugar hondo y trecho dentro de su garganta.
Esa fue la razón principal por la que Donna decidió contárselo a él en primer lugar. No quería un gran escándalo, ni abrazos forzados. No le complacía el silencio incomodo que se forma cuando no se sabe cómo evitar los intentos de otros por reconfortarlo a uno; con esa expresión de lástima en la mirada. El semblante de Hyde siempre le había parecido acertado para este tipo de ocasiones, nunca se desmoronaba. Servía de muro y de escalera. De respaldo y de cobijo. Hyde era el tipo de persona que podía convertirse en lo que uno necesitara según fuera su situación, un amigo de verdad. De esos que pocos podían jactarse de poseer.
Donna no quería escuchar palabra alguna de nadie, esperaba que las ideas se aclararan en su cabeza como sólo ella tenía la capacidad de hacerlo y por eso evitaba la mirada de cualquiera que intentara cruzar por el muro que había impuesto entre sus emociones y el resto de sus prioridades; que por cierto, en ese momento eran muchas otras. De repente el otro se giró sobre el asiento, provocando un rechinido en la silla de la sala de espera del hospital que hizo que se sobresaltara y volviera la mirada hacia él. Hyde estaba junto a ella con los ojos fijos en los suyos por debajo de las gafas de sol que acostumbraba llevar tanto en los días nublados como en los lugares cerrados con interiores airados de clase que no le gustaba respetar.
Nunca la había mirado de esa forma, Donna no sabía lo que significaba esa mirada y ni siquiera los años de amistad desde la infancia le habían enseñado a conocer todos los gestos de su amigo más inescrutable. Pero aquella era una mirada como ninguna otra. No temblaba ni estaba firme, no lucia indecisa ni segura de nada; era una mirada neutra, una que le costó resistir. Donna había pasado los últimos días pensando en el parasito que llevaba en el vientre pero que no tenía ganas de traer al mundo, y este pensamiento había abarcado cada segundo de preocupación luego de que su novio la dejara plantada en el altar. Desde entonces cualquier indicio de otro tema terminaba por sacarla de sus casillas.
Sin embargo, luego de esa mirada, y después de tanto tiempo de estar tan agobiada con los mismos pensamientos redundantes, el sentimiento de culpa se rezagó a un lado mientras intentaba adivinar lo que su amigo quería decirle. No tuvo que esperar mucho tiempo para saberlo porque en ese momento el otro abrió la boca y comenzó a hablar: No tienes que cargar con eso tú sola. Donna esquivó su mirada porque sabía que a continuación iba a decirle algo doloroso pero se equivocó. No tienes que hacer nada que no quieras. Le dijo. Eso no te convierte en una mala persona. Donna abrió los ojos como plato, su amigo había dado en el clavo con esas palabras tan acertadas como siempre lo acostumbraba. La verdadera preocupación de Donna no era que lo que hacía estaba mal o bien, sino aquello en lo que ella se convertiría una vez realizado el acto.
Por un momento reinó el silencio entre los dos, como si alguien hubiera apagado el ruido citadino del exterior. Hasta que el chico lo interrumpió de nuevo. Todo estará bien ¿sí? Nadie va a decidir por ti, porque eres fuerte y si alguien se atreve a dudarlo puede andarse a joder. Saldrás de esto como has salido de otras, hombre. Eres suficiente para ti y con eso me basta para admirarte tanto como lo hago. Sin importar lo que decidas hoy Donna… tienes mi respeto y mi apoyo. Susurró Hyde, tan cerca del oído de Donna que la pelirroja se estremeció en un llanto difícil de controlar y se arrojó a los brazos de su amigo con la sensación de que sus piernas ya no flotaban en un vacío siniestro sino que tenían un refugio donde erguirse para seguir avanzando. La puerta blanca se abrió por tercera vez. Esta era la suya y ella lo sabía. No le hizo falta escuchar su nombre para ponerse de pie.
El resto sucedió tan rápido que, años más tarde no lograría recordarlo siquiera y cuando la enfermera le dijo que elevara las piernas algo en su estómago se derramó en su interior, el miedo se había salido de control. Iba en contra de todo el poder de su cerebro y de todas sus creencias sobre sí misma, y sin importar cuando lo negara en voz alta su corazón estaba pegando unos gritos imposibles de ignorar. Entonces se incorporó. No puedo hacerlo. Murmuró. Pero la enfermera tenía en la mano la boquilla de la mascarilla de anestesia y le devolvió la espalda a la camilla. Relájese señorita, todo va a estar bien. ¡No quiero hacerlo! Gritó Donna, pero la mascarilla estaba en su cara y comenzaba a marearse. ¡No! ¡Quiero irme! ¡No qui…! Una voz le recomendaba que contara del cien hacia atrás, pero Donna se había quedado sin fuerza para pensar, sin ideas y sin voz. Una lagrima le corrió por la mejilla al cerrar los ojos y apagarse.
Jackie. (Iglesia local de Point Place, Wisconsin)
No importaba cuantas veces se esforzara por limpiarse la nariz: el moco seguía escurriendo, irritándole la piel ya lastimada por debajo de la barbilla. No era la única con dificultades para mantenerse de pie, la mayoría parecía tan desconcertada como el clima que no se decidía si quería llover o iluminarse. Pero los ojos, sumamente hinchados y rojos de Jackie ya no estaban desorbitados como los del resto. Habían ido a frenarse afuera, con la orilla de un árbol alejado de la multitud, donde estaba un joven apartado de pie junto a la sombra del tronco con la mirada perdida en el espectro de luz que estaba por las ramas y marcando en el suelo las formas de su follaje. Jackie salió a su encuentro, agradecida por los roces de la brisa sobre su rostro.
Steven Hyde llevaba un rato bebiendo diferentes marcas de cerveza. En lugar de sus gafas habituales había ensombrecido sus ojos con una gorra negra que le cubría casi todo el cabello espeso del afro aguileño. No era extraño para ella verlo de esa forma, solitario y hundido en sus propios pensamientos. Pero esta vez la mirada de su exnovio parecía fría y distante, estaba apagada. Parecía que estuviera viendo hacia ninguna parte. Ella se le acercó despacio, no quería asustarlo o advertirlo de su presencia hasta que saliera por sí mismo de sus pensamientos. No tenía la intención de ponerse a platicar con él, pero pensó que tal vez le vendría bien un abrazo; después de todo era el funeral del hombre que lo había criado como si fuera su hijo.
Jackie ya no podía sentir nada, la noticia se había ido desvaneciendo con los días, con las horas, y con cada paso que daba para acercarse hacia él. Red Forman también había sido una figura paternal para ella. Le había enseñado a conducir y a reparar un auto, a cambiar neumáticos y pipas, y a comer el almuerzo lleno de aceite sin mancharse la boca o intoxicarse. Un hombre que merecía la pena conocer a pesar de las importantes muestras constantes de mal humor y resentimiento. Un veterano de guerra que se preocupaba por el bienestar de todos con una nobleza que no le gustaba demostrar públicamente con sorna. Un hombre de carácter fuerte que no distaba mucho del propio Steven. Quizá por eso habían encontrado en el otro un vínculo especial que nunca había llegado a romperse. Por la falta de tiempo quizá. Pues se les atravesó primero la muerte.
Jackie estaba por llegar hasta él cuando un hombre que apresuraba el paso cubierto con una capa verduzca de muy mal gusto a su parecer, lo meneo por el hombro hasta que consiguió su atención. Hyde le dedicó una mirada hosca y se volvió con desgana hacia él. Jackie no paró de acercarse, aquel hombre le daba muy mala espina. Sin embargo Hyde se limitó a fingir que le prestaba atención durante la mayor parte de su presentación hasta que se dio cuenta de que la chica se aproximaba… Que no se trate de un familiar, como le iba diciendo, una especie de clausula en el testamento que estipula con insuficientes factos legales que una vez fallecido el titular, la propiedad le pertenece ahora a usted. Estaba diciendo el hombre.
La nariz de Hyde hizo un ruido sordo tratando de pescar con desagrado más aire de lo normal y Jackie comprendió que estaba molesto. El joven estaba fulminando con la mirada al notario cuando ella decidió interrumpir. Disculpe. Le dijo ella. No creo que este sea un buen momento para discutir los… ¿Le dejó su casa a un criminal? Hablaba Steven en su singular tono mordaz, aunque aquello no parecía sarcasmo. ¿Cómo habrá podido cometer un error semejante? Se burló. Jackie agachó la cabeza enseguida. ¿Tienes idea de quién soy yo? Le preguntó al notario, quien parecía haberse puesto del color de su capa con la reacción reciente y se escondía en sus adentros contrariado. ¡Soy el responsable de esto! le explicó Hyde a gritos trémulos ¡¿Nadie te lo dijo?! ¡Este hombre está muerto por mi culpa! ¡YO LO MATÉ! La expresión de todos los presentes había cambiado. Todo el mundo estaba pendiente de la conversación ya que esto último lo dijo gritando y apenas dejando una pausa para que Jackie se llevara las manos a los oídos pretendiendo dejar de escucharlo. ¡Steven, cielo! Gritó la viuda señora Forman corriendo en su encuentro. ¡Cariño, tranquilo! ¡No! Gritó Steven y se alejó de ella retrocediendo. ¡Red está muerto por mi culpa! ¡Por mi maldita culpa! La multitud se tapaba la boca ahogando gritos calculados.
¡Hyde! Gritó Kelso saliendo a paso trote de la iglesia para alcanzarlo. Eric también corrió hacia él. Pero el último estaba especialmente perdido. Parecía despistado y aturdido, y no tuvo tiempo de reaccionar cuando Hyde empezó a soltar golpes al aire y le rompió el labio. ¡YO LO MATÉ! Gritaba mientras lo hacía. Poco después, Eric se volvió hacia él con sangre en la boca y lo miró con un odio profundo. ¡Entonces vete! Le dijo con los ojos llenos de lágrimas consiguiendo que el aludido se diera cuenta de lo que había hecho y nada más le faltó para reaccionar y tratar de reparar su error. Pero Eric no quería saber nada de él. Era tarde y estaba harto de todo y de todos, y no podía lidiar con el dolor de alguien más porque el suyo era todavía más grande. Eric soltó un empujón a Hyde y Hyde lo devolvió.
Una mujer trajo del brazo a un policía y de repente la viuda y Kelso trataban de apartar a Hyde del policía porque se habían envuelto en una pelea de tirones. Jackie se hincó escondiendo los oídos entre las piernas, no podía con todos esos gritos. Otros dos policías llegaron y Hyde terminó de espaldas contra el suelo. Un hombre gritó algo que todos pudieron oír. ¡ASESINO! Les dijo entre otras cosas. Tras oír esas palabras Hyde dejo de resistirse y con la boca hecha un auténtico cardenal cedió al agarre de los oficiales. Nadie pudo interferir. Ni los llantos de la señora Forman, ni los empujones de Kelso, ni los gritos de Donna. Jackie sollozaba en su lugar mientras subían a Hyde al asiento trasero de la patrulla. Y desde ahí lo veía alejarse presintiendo, con un inmenso dolor en el pecho y un grito ahogado, que no le volverían a ver.
Jackie estaba en lo correcto a medias. Porque luego de que la declaración de culpabilidad fuera firmada y acreditada Hyde se negó a recibir visitas. Por esa razón nadie se enteró cuando lo dejaron en libertad condicional. La última vez que Jackie fue a insistir para que la dejaran verlo, los policías le dijeron que se había marchado y Jackie tuvo que volver a la parada del autobús y fingir que todo estaba bien. Aunque no pudo hacerlo muy bien, primero comenzó a sollozar despacio y a medida que pasaba el tiempo y la calle se miraba desierta Jackie se encontraba en el escozor de sus pulmones sin la fuerza suficiente para un grito que pudiera con la magnitud de su dolor. Tanto llanto acabó por dejarla seca.
Kelso. (Pequeña catedral de Santa Benedicta. Puerto Rico)
Los adornos eran perfectos. Todo lo era en realidad. Tal y como lo habría podido soñar cualquier romántico. Estaban en una playa, frente al mar, todos los invitados los amaban. Eran sus amigos, sus familias y los perros de sus familias. Un detalle que Kelso apreciaba por encima de todos los demás detalles. Le gustaba la temperatura, el sonido y las risas sordas de algunos. Se sentía el valor y la victoria en el aire como si aquello fuera el final feliz de alguna película donde los protagonistas han tenido que pasar por una novela de odiseas para estar juntos. Y ante tan obscenas magnitudes de la perfección, la congestión que Kelso sentía en el estómago desentonaba con el resto de su boda. Se sentía ajeno a esa felicidad como si un rayo de luna lo alcanzara por sobre los soles de los otros.
¿Nervioso? Le preguntó Donna. Kelso la miró de reojo. Estaba hermosa con ese vestido claro y los moños que hacían juego con sus ojos. Desde el Angulo de Kelso se veían como grises nevadas en el oscuro del camino pedrusco de luces. Le hubiera gustado que su amiga fuera la novia. Un poco. Le respondió forzando una sonrisa. Donna lo conocía bien, mejor de lo que le hubiera gustado en ese momento. ¿Qué pasa? Insistió ella. Todo va a salir bien, Kelso. Lo prometo. ¿Pero qué tal si me estoy equivocando? Dijo él. ¿Y si esto no funciona? ¡Kelso! Lo regañó Donna. ¿No crees que sea un poco tarde para pensar en eso? Esto era lo que querías ¿no? Te esforzaste mucho por conquistarla, deja de sabotearte a ti mismo sólo porque piensas que puedes estropearlo. ¡O vas a estropearlo! Se rio. Kelso rio también aunque no sentía la confianza que hubiera querido. Tienes razón. Por fin lo logre. Ahora voy a disfrutarlo.
Pero dentro de su cabeza se jugaba una batalla más grande. Una que no le pertenecía en absoluto. No lograba comprender que era lo que estaba mal. No podía entender porque se sentía de esa forma. Como algo incorrecto. Vamos a entrar Kelso. Lo apretó Donna por el antebrazo, y Kelso tuvo miedo de que sus rodillas flaquearan porque las tenía entumidas. Avanzaron algunos pasos y Kelso logró divisar el sitio donde todos los invitados estaban sentados listos para la ceremonia. El miedo se apodero de él y comenzó a temblar. ¿Qué tal si hacia el ridículo frente a todos? Sus ojos vacilaban impertinentes e iban de lado a lado en cada una de las hileras buscando rostros familiares que pudieran reconfortarlo: su madre, su padre y cinco de sus seis hermanos estaban sentados en las primeras dos filas de la derecha, algunos con sus propias esposas.
Detrás estaban personas que nunca había visto en su vida, o que por lo menos por el momento era incapaz de recordar. Del otro lado, las primeras hileras estaban ocupadas por los familiares de Brook. Kelso logró reconocer a algunos pero casi todos pasaron desapercibidos cuando encontró la fila de sus amigos. Ahí estaban Eric, Jackie sonriente y divina, y un malhumorado Hyde que se estaba peleando con su silla para alejarla de la de Jackie. Al final estaba Fez, el padrino. Y cuando Kelso reparó en él, su corazón dio un vuelco repentino que lo hizo sonreír como idiota. Fez estaba usando un traje inusual. Liso y negro, demasiado elegante como para ir con su personalidad. Pero se le veía muy bien e incluso acentuaba su figura latina. Kelso siempre había pensado que Fez lo era.
Al final de lo que le pareció el recorrido más largo de todas las pasarelas del mundo donde todas las miradas lo perseguían. (Algo que hubiera disfrutado en cualquier otro escenario.) Llegó por fin al pequeño altar improvisado por los encargados de la decoración y miró las olas alejarse de él como si huyeran de su presencia. Los invitados hacían ademanes de presentación, Kelso se encontró a si mismo sospechando y sospechando bien, que hablaban de lo guapo que se encontraba. La seguridad se le fue de nuevo cuando Donna lo dejó y se fue al lugar correspondiente de la dama de honor. Kelso hubiera querido que se quedara junto a él, sosteniendo su mano por si se caía, pero no pudo decir nada. ¿Y si Brook no llegaba? ¿Y si lo dejaba plantado? ¿Y si tenía mal aliento a la hora del beso? ¿Y si era gay?
La pregunta resonó en su cabeza con varios ecos y desvió la mirada de Fez, incómodo. Eso no tenía ningún sentido. ¡Qué ridiculez! Echó otro vistazo a sus amigos. Hyde y Jackie estaban envueltos en una acalorada discusión que había comenzado por las críticas que Jackie le estaba haciendo a los vestidos de las otras invitadas y Eric estaba tratando de limpiar una mancha de su saco, pero sólo la estaba esparciendo más, haciéndola más grande. Fez por otro lado, estaba mirándolo sólo a él. Directamente a los ojos. Kelso tuvo que mirar a otra parte; en seguida el sudor había comenzado a molestarle. Tenía mucha comezón y mucha sed. Estaba seguro de haber tomado su pastilla. ¿O no? No había porque titubear. No podía haber olvidado algo tan importante en un día tan importante. La seguridad se le estaba yendo de las manos.
De repente la música comenzó a sonar, Kelso no sabía lo que estaba pasando hasta que todos se pusieron de pie. Giró para ver lo que todos veían. Era Brook. Era la novia que venía caminando hacia el altar. Hermosa, perfecta como sólo ella podía serlo. Kelso perdió todos los nervios entonces y una sonrisa se le dijo en el rostro. Esa mujer iba a casarse con él. Iba a convertirse en su esposa. Era la mujer más hermosa de entre todas las mujeres y era sólo para él. La ilusión no se hubiera roto si no hubiera visto a la pequeña persona que caminaba frente a ella tirando pétalos de flores en el camino que pisaba su madre. Era Betsy. Con su pequeño vestido blanco correteando los pétalos que el aire alejaba del camino que debía seguir. Kelso sintió que se le bañaban los ojos con lágrimas y no estaba dispuesto a disimularlas.
Su hija era lo más perfecto que había hecho o que podría hacer jamás. Estaba orgulloso de ser el hombre al que la niña llamaba padre. Estaba feliz y pleno. Nada ni nadie podría arrebatarle ese orgullo. Sin darse cuenta, Kelso estaba recibiendo a Brook sin despegar la vista de su hija. La niña vaciló un momento y corrió a abrazar a su padre. Pero la madre de Brook la cargó y se la llevó casi a rastras hacia su asiento desde donde volvió a levantarse varias veces hasta que comprendió que sus papás no tenían ganas de jugar con ella. Sí. Definitivamente aquello era lo correcto Kelso estaba seguro. Segurísimo. Y estuvo así de seguro desde que comenzó la ceremonia y hasta que ya no lo estuvo, cuando el encargado llegó a la parte donde a uno le toca decir que acepa pasar el resto de su vida con la otra persona.
La música celestial que estaba viviendo hasta ese momento se apagó entonces. Nadie hacia ni un solo ruido, era como si se hubieran dado cuenta de que algo andaba mal con él y la situación era delicada. Kelso podía darse cuenta de que algunos estaban conteniendo la respiración. Perdón… balbuceó. ¿Me puede repetir la…? Por supuesto señor. Dijo el padre. Michael James Kelso: ¿Tomas a esta mujer como tú esposa y compañera, para amarla, honrarla y respetarla bajo la protección de tu hogar y de tu nombre, hasta el día que la muerte separe la unión que dios ha hecho? Kelso sonrió con los labios temblorosos. Tenía un salto incontrolable en el parpado bajo del ojo izquierdo y la comezón había empeorado. Comenzaron a sudarle las manos y podía sentir que las de Brook se resbalaban de las suyas. ¿Señor? Presionó el padre al ver que Kelso no podía salir de su trance y el silencio se estaba convirtiendo en un mar de susurros entre la audiencia. Brook ya no sonreía. ¿Quiere que le repita la pregunta, señor? Insistió el padre. Kelso giró la cabeza en busca del auxilio de sus amigos pero todos parecían tan petrificados como él.
Michael James Kelso: ¿Tomas a esta mujer como tú esposa y compañera, para amarla, honrarla y respetarla bajo la protección de tu hogar y de tu nombre, hasta el día que la muerte separe la unión que dios ha hecho? Kelso se quedó callado de nuevo. Eric se había puesto tan pálido que su cara se confundía con su camisa. Hyde tenía la boca entre abierta y el ceño fruncido y Jackie tenía los enormes ojos más abiertos y lo señalaba acusadoramente con ellos. ¡Kelso! Susurró Fez a su lado. Kelso lo miró consternado. Estaba a punto de desmayarse y tenía que vomitar. ¡Responde! Le dijo Fez. Kelso lo vio una vez más. Sus ojos reflejaban la misma confusión que los del resto, pero había algo particular en los suyos. Algo con lo que podía sentirse identificado. Era miedo. ¿Michael? Llamó Brook del otro lado.
Kelso, Hombre ¿Te sientes bien? Se escuchó la voz de Hyde entre el público. Todos miraron a Kelso preocupados. Fez lo agarró del brazo y Brook del otro. Kelso sentía que su cuerpo se estaba tambaleando y tenía un ardor en el estómago que estaba presionando contra su garganta. ¿Kelso? ¡¿Michael?! Kelso miró una vez más al padre y luego a Brook. No sabía porque pero quería decir que no. No dijo nada. Salió corriendo hacia la cabaña más cercana donde había dejado todas sus cosas y corrió al bañó a encerrarse. A penas tuvo tiempo de llegar, el vómito ya estaba saliendo por su boca cuando alzó la tapa del retrete desesperado. La fuerza con la que lo hizo provoco un rebote que volvió a cerrar la tapa y Kelso vomitó sobre el excusado. Ya no le importaba, tenía que hacerlo.
¡Kelso! Escucho decir a una voz detrás de él. Una voz con acento. Kelso ¿estás bien? Kelso se incorporó aliviado. Vomitar había aclarado sus temblores, se sentía como nuevo. ¿Estás bien? Repitió el extranjero hincándose junto a él. ¿Qué paso? Kelso se levantó con dificultad su respiración seguía agitada por la carrera que hizo del altar a la cabaña. Fez lo ayudó a limpiarse la boca y lo ayudó a levantarse. ¿Qué paso? Kelso estudió sus opciones antes de responder. Olvide mis pastillas. Contestó. Estaba tan nervioso que olvide tomar mis pastillas. Su voz sonaba más rápido de lo que Kelso quería, disimuló un risa y buscó agitanado entre su bolsa, ¿Dónde había puesto el frasco? ¡Kelso! Lo detuvo Fez. ¿Qué estás haciendo? Mis pastillas Fez… mis pastillas, ayúdame a buscarlas. Fue su respuesta, pero eso no hizo falta porque las encontró en el costado de la bolsa.
Abrió el frasco con las manos temblorosas y vació algunas pastillas en su mano con la desesperación en la punta de los dedos que lo hizo tirarlas. Las levantó a toda velocidad pero en el momento que se las estaba llevando a la boca Fez le detuvo la mano. ¡Kelso, Kelso, escúchame! Kelso lo miró frustrado. ¡No necesitas esto! Le dijo. No lo necesitas… susurró. El cambio de tono en la voz del extranjero comenzó a tranquilizarlo, la taquicardia fue cediendo poco a poco y Kelso dejo de temblar. Fez tenía razón después de todo. Había tomado sus pastillas antes de la ceremonia. Ahora podía recordarlo perfectamente. No sé qué es lo que me pasa Fez… confesó Kelso. ¡No sé que estoy haciendo! ¡Cálmate! Volvió a hablar Fez. Su voz seguía calmada como antes, pero más firme. Está bien estar asustado de vez en cuando. Dijo indulgente. No te presiones. Le dijo. ¡Pero qué pasa si me estoy equivocando! No es así, respondió Fez. ¡Qué pasa si no puedo hacerlo bien! Si puedes. ¡Qué pasa si se entera de que estoy loco! ¡Kelso, tú no estás loco! Le aseguró Fez. Y si ella te ama tanto como yo, tampoco lo pensará. Kelso ya estaba hablando cuando Fez dijo eso último, de modo que no lo escuchó.
¡Qué pasa si no quiero casarme! Gritó sin más y por alguna razón Fez se quedó sin palabras en esta ocasión. Las lágrimas volvieron a asomar por sus ojos. Kelso… murmuró Fez. ¿Quieres casarte con ella? La pregunta fue tan fría y tan directa que a Kelso se le congelaron las lágrimas. No quería mentir, tampoco sabía si estaría diciendo la verdad. Ya no lo sabía. Fez estaba tan cerca que casi podía escuchar los latidos sigilosos por su proximidad. Tragó saliva. Tenía los labios de Fez tan cerca de los suyos que casi parecía un insulto no juntarlos. Y se disponía a hacerlo cuando la puerta volvió a abrirse. ¡Kelso! ¡¿Qué fue eso?! Espetó Hyde, más furioso que preocupado. ¿Qué pasó allá afuera? Fez se incorporó alejándose de Kelso y caminó hacia él. Las pastillas. Le susurró Fez al oído. Fue un pequeño ataque. Hyde miró a Kelso con incredulidad. No era fácil engañar a Hyde. Había estado ahí en los verdaderos ataques de Kelso. Sabía que era mentira.
¿Qué vas a hacer ahora? Le preguntó ¿Vas a salir? Porque te están esperando. Si vas a decir que no. Sólo dilo. Dijo sin un toque de compasión y Kelso volvió a la realidad. Asintió despacio con la cabeza, esta vez el silencio no lo iba a salvar. Si había que hacer algo había que hacerlo bien, Hyde siempre tenía razón en esas cosas. Kelso sentía que no podía ponerse de pie. Pero ahí estaba Hyde, Hyde siempre lograba ponerlo de pie. Aquella no fue la excepción. Hyde le dio la mano y lo abrazo por el hombro; Kelso siempre había sido considerablemente más alto pero Hyde era más fuerte y su soporte significaba el mundo entero para él. Caminaron juntos de vuelta al altar, su amigo no lo soltó en todo el camino y hasta que estuvo seguro de que Kelso no se caería. Pero en lugar de volver a su asiento cuando llegaron frente a Brook. Se quedó parado junto a él.
Hyde echó una mirada rápida a Brook. Tuvieron una discusión osmótica con el entrecejo fruncido hasta que cada uno lo fue relajando y entonces Hyde bajo el brazo de Kelso y se lo entregó con cierto recelo a Brook. Ella lo recibió dubitativa y los dos volvieron a mirarse una vez más. Eso bastó para que Kelso entendiera que todo podía continuar. El padre los miró a ambos y Kelso asintió con la cabeza aprobando que se reanudara la ceremonia. Michael James Kelso: ¿Tomas a esta mujer como tú esposa y compañera, para amarla, honrarla y respetarla bajo la protección de tu hogar y de tu nombre, hasta el día que la muerte separe la unión que dios ha hecho? Volvió a preguntar el padre. No. Fue la respuesta que pronuncio su cabeza. Pero sus ojos se desviaron con una vocecita que preguntaba ¿Qué le pasó a papá? Y su boca dijo que sí. La ceremonia no había concluido cuando miró por última vez a Fez, que estaba agachado y le pareció que se le escapaba una lágrima.
Hyde. (Cocina de la familia Forman, Point Place Wisconsin)
El sonido de los cubiertos arrastrando la comida de los platos se escuchaba más fuerte que nunca en la cocina de los Forman, el silencio lo hacía parecer una orquesta. Hyde llevaba mucho tiempo tratando de evadir la mirada de Red. Sabía que comenzaría una discusión que no estaba dispuesto a repetir. En los últimos días no habían hecho otra cosa que discutir sobre lo mismo. Ambos estaban cansados pero cada vez que ocurría se disolvía rápidamente sin un claro ganador y Hyde tenía la seguridad de que Red todavía no estaba dispuesto a rendirse. Hyde se apresuró a comer para levantarse más rápido que Red y poder huir a su habitación antes de que se le presentara la oportunidad de interrogarlo. En varias ocasiones casi se atraganta con los nabos. No le gustaban pero tenía que deshacerse de ellos cuanto antes. Podía sentir la mirada de la pareja sobre su frente.
Rica comida. Se levantó diciendo y tuvo que estirar el brazo para dejar el vaso del que estaba bebiendo cuando se levantó porque ya se había alejado de la mesa. Steven. Llamó Red. Hyde se detuvo en seco cerrando los ojos con frustración. Tienes mucha prisa ¿no? ¿Vas a conseguir un trabajo por fin? Hyde puso los ojos en blanco. Ya te dije que voy a recuperar Groovs. Dijo Hyde. No buscaré un trabajo porque ya tengo uno. Porque no te van a venir a contratar hasta acá ¿eh? No voy a alimentar a un bueno para nada que… ¿Sabes qué? No necesito que me alimentes, te pagué una renta por mi estancia aquí y tú no quisiste conservarla porque… No te estoy pidiendo dinero, Steven. Lo interrumpió Red. Tú bien sabes que no nos hace falta el dinero. Lo que yo no quiero es que seas…
Un mantenido bueno para nada ¿no? Sí. Ya lo sé. Contestó con frialdad. Ya lo dijiste ayer, y el día anterior a ese, y el anterior a ese. ¿Por qué no admites que esto es por el dinero Red? si necesitas dinero solo tienes que pedírmelo, maldición. Hyde se dio cuenta de que había dicho algo muy malo cuando ni la señora Forman pudo interrumpir el silencio con alguna ocurrencia graciosa sino que se limitó a mirarlo boquiabierta ¡Quién te crees que eres para hablarme así en mi propia casa! Se levantó Red. ¡Nosotros te recogimos como un huérfano para darte una vida mejor y tú me insultas en mi propia casa! ¿Crees que yo necesito tu mugroso dinero? ¡Yo trabajé toda la vida para ganarme mi propio dinero, algo que al parecer eres incapaz de hacer! Por favor Red cálmate, cariño… intervino asustada su esposa.
Pero el ego de Hyde estaba demasiado ofendido como para que aquellas suplicas lo ablandaran. ¿Pues adivina qué? ¡Tú no eres mi padre! ¡Yo no te pedí que me trajeras a tú casa! ¡No necesito de tu comida ni de tu estúpido sótano! ¡Yo me he cuidado siempre solo! Si ibas a ser tan tacaño ¡No hubieras recogido a un huérfano! Red estaba completamente envilecido y la señora Forman comenzaba a sollozar. ¡Esta es la última vez que un criminal me levanta la voz en mi propia casa! ¡Al menos ahora sabemos porque tú madre te abandonó! Los ojos de Hyde enrojecieron enmarcándole las venas. Pudo ver como se ablandaba el rostro de Red, al parecer se había arrepentido de decir eso, en el último minuto. Pero ya lo había dicho y los ojos de Hyde estaban lagrimeando en su cólera.
¡Entonces quédate con tu puta casa! Gritó y salió echó un diablo por la puerta. Red salió tras él, cojeando. Una semana antes, Eric se había negado a limpiar el techo y Red había dicho a su esposa que no necesitaba pedir el favor de ningún mocoso inútil. Había caído y se había fracturado la cadera. Red había resultado parcialmente herido y la señora Forman había ganado diabetes. Eric se sintió tan culpable que no volvió a casa en toda la semana. La cadera de Red estaba sanando pero no podía conducir y por eso cuando Hyde se montó en su camioneta y arrancó el motor derrapando las llantas por la velocidad Red sintió un hielo explotándole en el pecho.
¡Steven! Alcanzó a gritar. Pero Hyde ya estaba en la carretera con el motor rugiendo y las llantas vociferando tan alto que dejaron marcas en la primera tercia de la calle. Red se subió al Toyota y aceleró. Pensó que no debía haberle dicho eso. Se sentía terrible. Steven era impulsivo y grosero pero era un buen chico y ahora estaba tan enojado que iba a matarse en el auto. Red no se equivocaba. Hyde estaba tan enojado que hubiera atropellado a la señora Hanson que al verlo pasar se arrojó sobre la acera para salvar la vida, si ella no hubiera sido tan rápida. Hyde estuvo a punto de bajar la velocidad tras el acto pero alcanzó a ver el Toyota por el retrovisor y recordó porque estaba tan enojado. Así que aceleró todavía más.
El Toyota era rápido pero era viejo y no podía competir con los juegos de llantas nuevas de "el camino" Hyde odiaba a Red. Lo odiaba más que a nadie en el mundo y no le importaba nada más que ese odio mientras conducía porque sabía que tenía razón. Había perdido su negocio para siempre, lo único que era suyo de verdad. No tenía casa, cama ni abrigo que fuera totalmente suyo. No tenía padre, su madre se había ido y Hyde siempre había sospechado lo que Red acaba de confirmarle. Que había sido culpa suya que su madre se fuera. Hyde no era suficiente para nadie, ni para su madre, ni para su padre ni para Jackie, y ahora ni siquiera para las únicas personas que creía que podía llamar familia. Ya no quedaba una sola persona que pensara que Steven Hyde valía la pena.
No estaba furioso solamente, estaba jodido. Se había roto por primera vez cuando escuchó a su madre decirle por teléfono, que no volvería. Y ahora estaba ahí, en medio del vacío sin saber qué hacer con tanto odio. En cualquier otra ocasión hubiera ido a ver a la señora Forman y ella lo consolaría. Pero ahora no podía. Los había lastimado a ellos y ellos lo habían lastimado y no quería verlos ni en sus sueños. Hyde estaba tiritando de rabia, sus manos no aferraban bien el volante y se pasó tantas luces rojas que pensó que si salía ben librado de aquello era por una broma cruel de dios. Si el cabrón existía de verdad. Al pasar por la salida de la autopista que venía desde Chicago hasta el límite con Kenosha, un auto blanco viró de frente y pasó rozando su camioneta por unos centímetros. La bocina furiosa del conductor no se hizo de esperar.
Hyde se distrajo girando el volante para esquivar al que venía de frente hacia él y alcanzó a salirse del camino en el momento exacto cuando un segundo auto se le acercaba; era un diestro conductor pero estaba tan ensimismado en su dolor que había olvidado que aquella carretera era de un solo sentido. El tercero no tuvo tanta suerte. Lo golpeó, las llantas de Hyde chillaron al derraparse, la defensa frontal del camino embistió por el costado al otro y cuando el otro giró el volante para esquivarlo salió despedido haciendo varias espirales hacia atrás. El sonido del choque se elevó en el aire, el círculo de Hyde se llenó de humo y los dos coches de atrás se volcaron al encontrarse. El camino se quedó suspendido sobre las llantas de un costado y Hyde contuvo la respiración consiente de que si se movía, se voltearía. Para su alivio el peso del cuerpo restante del auto lo devolvió al suelo con una sacudida que hubiera podido romperle el cuello sin dificultades si no se hubiera encogido a tiempo. Humo era todo lo que veía. Todo lo que sentía. Un pitido agudo lo había ensordecido y le goteaba sangre de la nariz.
Hyde estaba aturdido. El sonido volvió unos segundos más tarde cuando la gente que se arremolinaba a su alrededor comenzó a gritarle. ¡¿Estás bien?! Le pareció escuchar. ¿Steven, estas bien? Hyde alzó la cabeza con los ojos entrecerrados y alcanzó a divisar entre la multitud y el humo, la imagen poco nítida de Red que quitaba a las personas para acercarse a él. ¿Estás bien? Repetía. Hyde podía escuchar claramente su voz, no estaba intranquilo ni furioso. Su voz sonaba calmada. Hyde se dio cuenta de que Red lo había perdonado y de que él no tenía nada que perdonarle. Parpadeó con una sonrisa. Lo siento. Dijo. Pero cuando abrió los ojos se dio cuenta de que no era Red con quien hablaba.
Un muchacho abrió la puerta y le dio la mano. ¿Estas herido? Le preguntó. Las otras personas corrían de un lado a otro. Y al fin Hyde escucho lo que decían. ¡Hay mucha sangre! ¡Llamen a una ambulancia! Hyde quiso decirles que no pasaba nada. Que estaba perfectamente bien. Pero pronto se dio cuenta de que no estaban hablando de él. Se bajó del auto despacio, con ayuda de dos hombres y se irguió con un nudo tembloroso en el estómago. El sonido de las sirenas anunciando su llegada le pareció desvanecerse alejándose en el aire cuando reconoció uno de los autos que estaban volteados. Un Toyota café que había conducido muchas veces y en el que había aprendido a conducir. El auto de Red Forman. Hyde comenzó a apretar el paso. Pero sus piernas flaquearon. No quisieron avanzar. Y él tampoco.
El humo se había dispersado por completo cuando Hyde cerró los ojos. Su corazón golpeaba con tanta fuerza que dolía. Las piernas no le respondían y casi tuvo que arrastrarse para llegar ahí. Peleó contra todos los impulsos de desmayarse mientras avanzaba pero podía sentir como le pesaba la cabeza. Se le estaba escapando el aire. Su boca estaba completamente reseca y sentía romperse a gritos sus pulmones con lo rápido que estaba respirando. Red… susurró. No hubo respuesta. ¡Red! Hablo más fuerte. ¡Red! ¡RED! gritó por último; quiso seguir gritando pero su voz se quebró. Quería escuchar una respuesta. Quería una maldita respuesta. Pero nadie respondió. ¡REEEEED! ¡REEEEEEEEED!... ¡PAPÁ! Gritó desesperado y sintió que se le desgarraba la garganta con el último grito.
Alguien lo sujetó. Hyde se lo quitó de encima y corrió más rápido. Le pareció que la carretera lo separaba del auto por una eternidad y media. Llegó corriendo y empujó a los hombres que trataban de levantar el auto. ¡REEED! ¡REEEEED! ¡RED! Por fin había encontrado su mano. Sangraba. Y su reloj estaba manchado con polvo y sangre. Mucha sangre. Había sangre por todas partes. Hyde rompió el vidrio, lo golpeó, lo pateó pero no pudo mover el auto. Red no respondió a su llamada. Hyde se metió bajo el auto limpiándose las lágrimas de la cara como si fueran moscas y se dio cuenta de que una pierna ya no le respondía. No pudo seguir. ¡REEED! Gritó desde ahí. Pero Red no le respondía. Estaba inconsciente. Dormido. Eso era. Estaba dormido y tenía que despertarlo. ¡REEEEED! ¡REEED! Le gritó. ¡CONTESTAME! ¡DESPIERTA! ¡TE VOY A SACAR…! ¡TE VOY A SACAR! Hyde se revolcaba bajo el coche para levantarlo pero no tenía la fuerza suficiente. No le importaba, seguía intentando. Su pierna punzaba bajo el margen del auto. ¡Te voy a sacar! Seguía susurrando cuando un bombero le dio la mano para sacarlo de ahí. Hyde no tomo la mano, sino que siguió moviéndose hasta llegar al rostro de Red, tenía los ojos cerrados. Estaba dormido. Hyde lo sacudió con violencia. Estaba desesperado porque despertara. ¡REEEED! ¡DESPIERTA! ¡DESPIERTA, MALDITA SEA! ¡DESPIERTA! Pero Red no despertó. Despierta. Despierta. Siguió repitiendo Hyde mientras los bomberos lo jalaban tirando de él para sacarlo de ahí.
¡Ven hijo! ¡Sal de ahí! Le gritaban desde afuera pero Hyde se había aferrado a su padre y no estaba dispuesto a soltarlo. ¡Sal de ahí! ¡Sáquenlo de ahí! Decían afuera. Hyde ya no estaba escuchando. ¡No te preocupes hijo, te vamos a sacar! Pero Hyde no quería salir. Tranquilo. Le susurró a Red. Voy a sacarte de aquí. Decía temblando. Te voy a sacar. Pero necesito que despiertes… así que despierta de una vez Red. ¡Despierta! ¡DESPIERTA! ¡AAAAAAAGH! La presión del auto le aplastó más la pierna. ¡Por favor Red, despierta! No puedo hacerlo solo. ¡POR FAVOR! ¡VUELVE! ¡NO ME DEJES! No me dejes tú también… la voz de Hyde estaba desecha, no salían más que susurros huecos desde su garganta. Pero no podía llorar. No quería hacerlo, creía que si lloraba Red se enfadaría con él y seguiría haciéndose el dormido.
Por favor… por favor despierta. Por favor despierta…. Por favor despierta. Pero ya no se lo estaba diciendo a Red. Hyde apretó los ojos imaginando que cuando los volviera a abrir estaría tendido en el sofá del sótano y correría escaleras arriba para encontrarse con Red en la cochera, trabajando con sus herramientas. ¡DESPIERTA! ¡DESPIERTA! Se exigía pero cada vez que abría los ojos se encontraba en el mismo sitio. ¡Por favor no me dejes tú también! ¡Tú no! ¡Por favor! ¡PAPÁ! ¡DESPIERTA! ¡PAPÁ! La voz ya no le salía aunque gritara y ya no tenía fuerza para sostenerse del auto. Sabía que si se quedaba el auto los aplastaría a ambos. Varias personas estaban tirando de sus piernas y aunque se aferraba ya no podía resistirse. Y estaban logrando sacarlo. ¡PAPÁ! Las voces de afuera se convirtieron en taladros y el peso del auto comenzó a alejarse de su cuerpo. Lo siento, susurró. Lo siento mucho, lo siento. Lo siento.
La puerta se abrió y sintió las manos de varias personas tirando de él. De sus brazos, de su torso y de sus piernas y lo estaban separando de Red. Hyde empezó a retorcerse para zafarse pero los otros no cedían. Por fin Hyde se abrazó a su padre por última vez y le dio un beso en la cabeza. En ese momento una lágrima, una sola lágrima, se escapó. Hyde sintió como le arrebataban a su padre de los brazos y se le llevaban lejos de él. No quiso abrir los ojos hasta que el de la ambulancia se hincó en el suelo con él y lo abrazó. Le explicó que debía subir a la camilla pero Hyde negó con la cabeza. Las luces azules y rojas daban vueltas. La gente caminaba y hacia ruido. Había gente llorando. Había humo. Hyde no podía sentir su cuerpo pero no quería que nadie más lo tocara. Hyde no pudo despertar. No pudo hacerlo nunca desde entonces y aquello se convertiría en una pesadilla para siempre.
El ruido iba y venía. Cubrieron el cuerpo de Red con una bolsa y lo subieron a una camilla. Hyde detuvo la camilla en el paso y abrazo a su padre. Durante casi una hora los policías lucharon por separar a Hyde del cadáver. El forcejeo incluso lo tiró de la camilla, pero Hyde no lo soltó en ningún momento. Un policía le tiró gas pimienta en los ojos pero no se separó. La gente se acercaba y hablaba con él. Pero Hyde no cedía. Un policía lo abrazó y lo apretó con fuerza pero no soltó a su padre. Hyde no lloraba, no quería hacerlo. Quería que todos se fueran y los dejaran en paz. Cuando le insistían él les respondía que estaba dormido y que despertaría. La gente sollozaba por la pena y se alejaba de él. Los bomberos y los paramédicos habían tenido que pelearse con los reporteros que estaban muy interesados en su historia.
Hijo. Le dijo una señora. Suéltalo por favor. Déjalo descansar. Hyde negó rápidamente con la cabeza. Suéltalo criatura, no puede descansar si no lo dejas. Hyde siguió diciendo que no. Hijo suéltalo. Suéltalo. Decían varios. Esta dormido. Dijo Hyde castañeando los dientes, sonaba tan seguro que algunos tuvieron que mirar el cadáver dos veces para ver si decía la verdad. Está dormido. Insistió Hyde. La ambulancia no pudo llevarse a Red hasta que un paramédico se armó de valor y le inyectó un tranquilizante. Hyde tardó mucho en quedar inconsciente. Cuando sintió que los ojos se le cerraban sin tregua se abrazó con más fuerza al cuerpo de Red y le susurró al oído. Despierta, despierta, despierta, despierta, despierta... Hasta que se quedó dormido. Pero Red no despertó.
