Capitulo V. Hats off.
1. 1. Intermedio. Tiempo.
Eric, 9 años
Había sido en casa, durante la fiesta de cumpleaños de Laurie. Una mujer con grandes pechos se le acercó por la espalda; Eric no podía dejar de mirarlos cuando se los encontró pegados en la nariz; su hija: una niña pelirroja a la que el chico encontraba poco agraciada, estaba golpeándolo con un martillo de plástico. Parecía que lo estaba disfrutando cuando de repente su mamá vino al rescate y le pidió amablemente, y con una risa nerviosa, que fuera a jugar al patio trasero. Eric no supo por qué, pero empezó a llorar cuando la niña se fue. Entonces su padre lo llamo "cabeza hueca" y volvió a llamar a la niña para que siguiera golpeando a su pequeño hijo. Pero esta vez, ella no lo hizo, se limitó a observarlo hasta que dejó de llorar, y cuando por fin se detuvo, Donna dejó el martillo a un lado y se decidió a patearlo en la cabeza. Lo hizo tan pero tan fuerte que lo echó a dormir durante las siguientes 3 horas.
Eso fue lo que le contaron, pero no estaba tan seguro. Después de una hora, Eric no había sucumbido al llanto. El berrinche había sido tan grande que su padre tuvo que encerrarlo en casa durante un tiempo. En el jardín, el resto de los niños seguían divirtiéndose, Eric no estaba nada contento así que escapó todavía llorando, por la ventana de la cocina. Dos horas más tarde, estaba sentado en un banco junto al arenero. Red estaba pegando un mucle en el brasero de las hamburguesas y Donna jugaba tiro al blanco con piedras, la cabeza de Kelso y un malicioso niño de cabello esponjado al estilo afro. Eric quiso jugar pero no lo dejaron: Donna había dicho que no le agradaba y Kelso (que lo había visto llorar) no paraba de burlarse, llamándolo "bebito" cada vez que se acercaba. Pero uno de ellos tenía una opinión definitivamente diferente: No le importaba.
A Hyde no le importaba si Eric lloraba o no. De todas formas Hyde estaba ahí como sicario. Eric lo había contratado para que le cuidara la espalda de las chicas agresivas como Donna. O específicamente de Donna. De cualquier forma se estaba divirtiendo, o eso creyó Eric cuando su sicario se le acercó y le tiró su hamburguesa. ¡Tiraste mi hamburguesa! Le reclamó. Hyde apenas arrugó la nariz, la expresión de indiferencia no se le iba del rostro. ¿Vas a llorar? Le preguntó Hyde. Eric no iba a llorar, no iba a darle el gusto. Pensaba con los ojos llorosos el pequeño. ¡Cállate! Le dijo. Así no vas a solucionar nada, tienes que ser peligroso. Así nadie se meterá contigo. Eric se secó las lágrimas y le contestó sollozando. ¿Cómo puedo ser peligroso? Tienes que defenderte. Le respondió Hyde. Cuando el tío Kevin estaba borracho siempre me pegaba, hasta que un día lo mordí. Ya no bebe tanto. Eric se sorbió los mocos. ¿Me enseñas a ser peligroso?
Hyde le sonrió. Lo primero que tienes que hacer es defenderte. Y entonces le dio una cachetada. Eric empezó a llorar. Hyde lo abofeteó de nuevo. Eric lloró más fuerte. ¡Defiéndete! ¡Sé peligroso!— ¡Soy peligroso! Gruñó Eric y se arrojó encima de Hyde. Los dos cayeron por detrás del brasero y la manguera se desprendió del tanque de gas. Hyde se levantó y sonrió. Eres peligroso man, tranquilízate un poco. Le dijo. Eric se rio, ambos estaban llenos de hollín. Pero no lo suficiente. Dijo Hyde y corrió, tacleó a Eric y los dos fueron a dar del otro lado de la barda de entrada. En ese momento la manguera había pegado con el brasero y una pequeña explosión destrozó el brasero y las mesas que estaban cerca. El fuego no alcanzó a pasar la barda, aunque si los echó a dormir. La absurda pelea había salvado su vida. Un error grave que se evaporó de sus recuerdos. Tres horas en blanco que nadie nunca le explicó. El doctor había dicho que Eric estaba vivo de milagro. Y desde entonces el ave que no vuela, vuela.
Fez, 16 años
Más tarde, mientras esperaban en el asiento de fuera para entrar en la oficina del director, Kelso le dedicó a Fez una sonrisa sangrante, tan grande que pudo ver que le faltaban dos dientes y nada más le hizo falta al moreno para enamorarse profundamente de él. El director salió por la puerta y les dedicó una mirada severa. ¡Sr. Kelso! Explíqueme qué está ocurriendo aquí. ¿Cómo es posible que un estudiante modelo se meta en una pelea? Kelso permaneció agachado. Si me lo permite Sr…. Comenzó a hablar Hyde… El equipo de futbol fue el que… ¡No le permito nada! No me sorprende en absoluto que Steven Hyde esté aquí. Uno de nuestros peores estudiantes. Permíteme recordarte que tu madre viene tanto a la oficina que tuvo que conseguirse un trabajo aquí. ¡No le permito nada! Espetó Hyde. El director lo miró angustiado. Luego Hyde se echó a reír. Este había sido motivo de su detención. Hyde nunca podía quedarse callado. Y si él lo hacía, siempre estaba Kelso para hacer una broma estúpida que los metía a todos en problemas. Una detención que los mantuvo en el sitio por las proximas 4 horas.
Esa tarde cuando dejaron la escuela por fin, ya estaba oscuro. Kelso y Hyde vivían hacia el norte, por la torre de agua. Fez: hacia el sur, donde las tiendas cerraban más temprano. Cuando se separaron, Fez estaba temblando de miedo pero les había dicho que llegaba tarde para la reunión de oración que sus padres americanos organizaban todos los viernes, así que podía correr sin que notaran que en realidad le preocupaba que algún monstruo lo atacara en el camino. Disminuyó el paso en el cruce de la calle Norton por la tienda de comics; ahí parecía haber muerto el pueblo, no había ningún sonido lejano. No había personas hablando ni niños jugando y tal vez era más tarde de lo que Fez pensaba. ¿Era ya la hora de los monstruos? El corazón de Fez daba brincos arrítmicos tratando de escapársele del pecho, pero Fez siguió caminando. Si conseguía guardar la calma, como le había dicho su amigo Eric que hiciera cuando tuviera miedo, seguramente saldría bien librado. Al menos eso creía él. Pero estaba equivocado.
Dos cuadras más adelante, un hombre estaba sentado en la banca del parque, completamente solo. Se veía como esos psicópatas de las películas que están esperando a alguien para venderle información ilegal con un sombrero y media cara cubierta por el casquete del saco. Fez se sobresaltó. Sentía que estaba a punto de ser asesinado. El hombre usaba una gabardina blanca. No se le podía ver el rostro pero se le miraba triste, como melancólico. Fez tuvo que luchar contra sus impulsos de acercarse. Pero la curiosidad era frágil en comparación con el miedo, así que siguió caminando. ¡Oye tú! Le dijo el hombre. Fez se volvió impactado, a punto de echar a correr. ¡¿Qué estás haciendo ahí solo?! ¡VETE A CASA, AHORA! ¡VETE A CASA! Fez entró en pánico y comenzó a correr. Corrió como una gacela, no se detuvo para ver si el hombre de la gabardina blanca lo estaba siguiendo. Pero entonces pasó. Un autobús lo arrolló. Despertó sudando y bañado en su propia orina. Una pesadilla. Se dijo y volvió a dormir.
Donna, 12 años
Donna recordaría para siempre, cada momento en su vida en la que sus enormes pies de payaso la salvaron de una mala situación. Como aquella vez, en la que Eric Forman le robó un beso a los 12 años y Donna le dio una patada en el trasero. Habían estado robando frituras de la tienda. Su amigo Hyde era un experto en esas cosas. De todas las cosas que flotan, Eric no era una de ellas, pero esa lección no la aprenderían hasta 7 minutos más tarde, luego de que la casa del árbol de los Forman quedara sumergida en la alberca de los Wilson. ¿Y cómo pasó eso? Todo fue culpa de Donna. Kelso y Hyde hicieron una carrera por la avenida y Donna terminó ganándoles porque sus piernas eran más largas. Para cuando Eric llegó a su propia casa, las botanas se habían terminado.
¡No es justo! ¡Nunca me dejan nada! ¡Esta es mi casa! Les reclamó Eric. Yo debería quedarme con todo. Kelso se estaba riendo y Hyde le daba palmaditas en la espalda. Pero Donna si pudo responder. Nadie tiene nada que no se gane primero. Le explicó. Yo gané la carrera y a mí me toca una bolsa entera, Kelso distrajo a la dependienta y Hyde tomo las cosas así que les toca a cada uno la imitad de la otra bolsa. Tú no robaste nada, llegaste en último y de paso nos acusaste con tu mamá. No te toca nada. Es simple. ¡Pero esta es mi casa! Se quejó el niño. Pero tú no la construiste ¿no, maestro? Fue tu papá. Dijo Hyde. Así que ese tampoco es un mérito tuyo. Los tres niños se rieron. ¿Qué tengo que hacer para ganarme una bolsa?
Primero: tienes que ir a decirle a tú mamá que lo que le dijiste sobre que robamos en la tienda, fue una broma. ¡No le dije nada a mi mamá! espetó el niño furioso. Segundo, prosiguió Hyde: tienes que ir a la casa de los Wilson, entrar por su ventana y traer el florero rosado que la señora Wilson compró en esa subasta del año pasado y que cuida tanto. ¿Lo entiendes? Lo guarda en el estudio, en una gaveta para vino. Eric asintió con la cabeza mientras escuchaba atento y pesaroso. Espera ¿Qué es una gaveta? Le preguntó a Hyde. Kelso soltó una carcajada y los demás lo secundaron. ¡No puede ser que no lo sepas Eric! ¡Eres un tonto! ¡Eres un tonto! Hyde detuvo la carcajada por un momento para mirar a su amigo. ¿Tú si sabes lo que es, verdad? Por supuesto que lo sé. Contestó Kelso. ¿Qué clase de tonto no sabe lo que es una gaviota? Gaveta. Lo corrigió Hyde. Una gaveta, cabeza hueca ¿sabes lo que es una gaveta? Kelso sonrió. ¡Oh, sí! ¡Ya entiendo! Le guiñó el ojo a Hyde. ¡Eric eres taaaaaan gaveta!
Hyde puso los ojos en blanco. Olvídalo, imbécil. Tercero: tienes que abrir el florero rosado. Si consigues lo que guarda dentro. Te daremos todas las bolsas que quieras. Donna añadió: tienes que hacerlo todo en menos de 15 minutos. Hyde asintió. Aquí te esperamos. Seguiremos tu progreso por el telescopio. Dijo Kelso. ¡El visor! Lo corrigió Hyde. ¡El visor, atarantado! ¡Lo seguiremos por el visor! Si eso, por el visor. Donna se reía. Pensó que Eric no lo conseguiría así que mientras el niño se preparaba para su misión maquillándose las ojeras de negro, Donna se le acercó y le dijo: si lo consigues, te daré un beso. Le dijo. Eric se puso colorado. ¡Qué asco! ¡Las niñas me dan asco! Dijo primero, pero luego, tras asegurarse de que los otros dos no estaban mirando, volvió ¿En serio? Donna sonrió. ¿En dónde? Donna se lo susurró al oído. ¡Estoy listo chicos! ¡Puedo hacerlo, es pan comido! Dijo él. Kelso y Hyde vitorearon ¡Así se habla, maestro! ¡Si, muy bien! decía Kelso. Sí, es fácil, creo… solo una cosa Hyde… ¿Qué hay en el florero?
No lo sabemos, quizá las cenizas de su esposo. Eric palideció. ¡¿Qué?! Tal vez no sea nada. ¡O puede ser dinero! Lo animó Kelso. ¿Te lo imaginas? Eric se echó para atrás. ¡¿Están locos?! ¡No voy a robarle a la señora Wilson sus ahorros… y mucho menos a su esposo! Donna se rio. ¡Sabía que no la harías! ¡Sí! Dijo Hyde. Eres una gallina sin huevos. ¡Qué lástima! dijo Donna. Creí que lo conseguirías. Eric miró de reojo a Donna, ¿en que estaba pensando? Donna nunca lo supo, pero Eric la impresionó en aquel momento. Se levantó y corrió a través de poste del cable, estaba torcido así que podían usarlo como puente. Kelso tomó los Binoculares y apuntó hacia la casa de los Wilson. ¡De verdad lo está haciendo! ¡Déjame ver! Lo empujó Hyde. Donna se paró tras él. De verdad iba a hacerlo. ¡Oh no! Les dijo ¡El perro de los Wilson!
Hasta ahora, Donna nunca supo que fue lo que ocurrió allí adentro. Lo perdieron por un momento y luego todo se puso feo. Eric salió corriendo con la vasija y gritando "¡Perdóneme, señor Wilson! ¡Perdóneme, señor Wilson!" Cuando llegó al poste trepó torpemente por la orilla. Hyde y Kelso chocaron las manos con estrepito y el festejo había comenzado cuando de la nada, el perro-caballo de los Wilson salió ladrando detrás del borde el jardín. Eric entró en pánico. ¡Cuidado! Le gritó Donna. Eric resbaló por el poste y se alcanzó a agarrar del cable de luz. ¡NO! Gritó Hyde, pero tropezó al querer alcanzarlo. Donna saltó de la casa y aterrizó sobre el puente, entre la casa y el puente de luz, una chispa saltó y Donna pescó a Eric por la ramera. Kelso bajó. ¡CUIDADO! El cable explotó. Los dos cables chocaron y pegaron al árbol por la base de la casa. La casa y el transformador de luz estallaron.
Kelso, Hyde y Donna cayeron entre el patio y la calle de enfrente con quemaduras de primer grado, nada grave. Pero el florero voló por el aire junto con la casa del árbol y Eric tuvo miedo de que el señor Wilson se derramara por toda la calle, así que brincó para alcanzarla. No lo logró. La casa, el señor Wilson y Eric cayeron en la piscina de los Wilson. El jarrón se rompió en el proceso y cientos de billetes se esparcieron en el agua junto con los pedazos de madera de lo que alguna vez que su casa del árbol. Donna, Kelso y Hyde se levantaron y corrieron para ayudar a Eric, pero no había señales de él. Solo agua, dinero y madera. ¡ERIC! ¡LA CASA! ¡DINERO! Gritaron Donna, Kelso, y Hyde respectivamente y exactamente en ese orden. Fueron los minutos más lentos que Donna vivió jamás. De repente las burbujas cesaron, los tres enmudecieron y Eric asomó la cabeza entre los billetes que Hyde trataba de pescar con una varita.
¡ESTAS VIVO! Saltó Kelso ¡Forman! Se alegró Hyde, y se guardó los billetes en el bolsillo. Donna se inclinó para darle la mano. ¡¿QUÉ DEMONIOS SUCEDE AQUÍ?! Salió gritando furioso el señor Wilson. ¿Cómo había podido creer que aquellas eran sus cenizas, si el hombre iba a las parrilladas de su padre todos los domingos? ¡Señor Wilson! Dijo Donna. El perro-caballo de los Wilson hacía círculos alrededor del agua, ladrando. Los vecinos habían salido para ver lo que ocurría luego del estruendo de la explosión. ¡Mi hijo, mi hijo, mi vida! Salió gritando la señora Forman. Eric salió del agua con ayuda de Kelso y su mamá se le arrojó a los brazos. ¿Estás bien? ¿Te hiciste daño? ¡Ay, corazón! ¡Red, el niño! ¡El niño se lastimó! ¡Donna! Gritó Bob Pincciotti desde la ventana de su casa. ¿Qué está pasando allá afuera, Donna? Al día siguiente Eric quiso besarla y ella le dio una patada en trasero, mientras estaban escuchando el sermón de Red Forman sobre lo estúpidos que eran. La peor parte, fue que los hicieron devolver del dinero que habían alcanzado a salvar del agua. Y por segunda vez, Eric se salvó de la muerte.
Jackie, 7 años
Para el final del día, Kelso había encontrado entretenido correr hacia un lado y ver como la más pequeña se esforzaba por correr detrás de él. Pero el juego se terminó cuando llegó Steven con un montón de joyas colgadas en el cuello y todos corrieron a verlas. ¡Son reales! Les había dicho Hyde, que se jactaba de haberlas encontrado en un cofre pirata. Auténticas reliquias perdidas en el océano, maestro. Le dijo a Kelso. Las encontré en la orilla. La pequeña estaba sorprendida. Nunca había visto joyas tan preciosas. ¿Me das una? ¿Me das una? ¿Me das una? Fue lo único que Jackie dijo durante las siguientes dos horas. Los demás estaban jugando al tesoro pirata pero no la dejaban jugar. Jackie corría de niño en niño para ver si alguno cedía finalmente. Y entre Kelso, Donna y Hyde se arrojaban algunas para que Jackie hiciera de gato y tratara de alcanzarlas.
Al final estaba tan cansada que le dio sueño y se estaba quedando dormida en la el sillón del sótano cuando se le ocurrió una idea. Fue a decirle a Hyde que jugara con ella a la princesa y el lacayo. NO. Fue su respuesta. Cuando Hyde estaba con sus amigos, Jackie no le importaba, ya no existía. Y entonces Jackie se ponía a llorar, así llamaba su atención. Porque sabía que no importaba si estaba en la cocina, en la habitación de Eric o en la sala de los Forman, su llanto llegaba a cada esquina de la casa y parecía que Hyde tenía un sensor especial para ella. ¡Cállate ya, niña!¡Cielos! ¡Estas arruinando el juego! Venía a decirle. Y para asegurarse de que se quedara callada, le daba un malvavisco; se lo metía en la boca y se iba. Jackie sabía que ya no estaba sola, que Hyde sabía que existía y saboreaba su malvavisco. Porque como eso nunca funcionaba para mantenerla callada, los demás dejaban a Hyde fuera del juego para que la mantuviera entretenida.
¿Por qué tienes que ser tan fastidiosa? Le estaba diciendo Hyde mientras comían malvaviscos. Edna se los robaba de la cafetería donde hacia la limpieza. ¿Por qué siempre tienes que llorar? Jackie se enjuagó las lágrimas con sus manitas. ¡No lloro! Hyde la miró con sorna. ¡Si lloras! ¡No lloro! Hyde colapsó y sacó de su bolsillo un collar negro con una piedra verdosa en el centro. Ten, juega con esto. le dijo. Jackie se lo guardó. ¡Quiero jugar al pirata también! ¡Tú no eres un pirata, niña! Se burló Hyde. ¡Si puedo ser un pirata! Dijo Jackie con un puchero. Eres más bien el loro de un pirata... no, aun menos… eres como esos saltamontes que les dan de comer a los loros. Eres un saltamontes, sí. Jackie estaba a punto de llorar otra vez. Pero puedes jugar… dijo él. Jackie se emocionó tanto que casi se atraganta con el malvavisco. Hyde se lo sacó de la boca muy rápido. ¡Ten cuidado, salmontes! ¿quieres morir? Jackie negó con la cabeza. Jackie puede jugar. Les dijo a los demás, ella va a ser la comida del loro. Nosotros no tenemos un loro. Dijo Kelso. Ella también es el loro. Dijo Hyde. Y de esa forma consiguió que Jackie se quedara parada tratando de meter su propio puño en su boca. Los chicos quedaron satisfechos por su silencio y por primera vez, Jackie sintió que tenía amigos.
Kelso, 10 años
El doctor, se había acercado a su madre con un frasco anaranjado lleno de pastillas, mientras le decía un montón de cosas que Kelso no podía escuchar. Su madre asintió entre lágrimas, con la cabeza y tomó el frasco. Su madre comenzó a tratarlo como un enfermo peligroso a partir de entonces. Durante la siguiente semana, Kelso no pudo salir de su casa, su madre había enloquecido y pensaba que Kelso sufriría un ataque en la calle, así que lo tenía encerrado en su habitación, solo hacia salidas cortas para bañarse, cagar y comer. Algo así como la prisión. Su mamá pensaba que contagiaría a sus hermanos a pesar de que el doctor le había dicho que las enfermedades mentales de su tipo ni se contagian ni son hereditarias. Aunque el doctor si se equivocaba en eso último, de modo que lo mantenían aislado y solo tenía contacto con su loca madre y su estresado padre. Demasiado estresado para preguntarle a su hijo cómo se sentía.
Lo que sea que fueran esas pastillas, no era barato, pues su padre no paraba de quejarse por sus dobles turnos y decirle a su madre que ella debería conseguir un empleo también. Cuando llegó el jueves, Kelso estaba sumergido hasta el cuello con las burbujas de la bañera, mirando con recelo al frasco anaranjado. Kelso no entendía, ni tenía la intención de averiguar para qué eran o qué era lo que tenía, que todo el mundo quería alejarse de él. Aunque una vez escuchó a su hermano Cassey diciendo que estaba loco. Su madre se enfadó tanto que prohibió la palabra con "L" en su casa. Tal vez Cassey decía la verdad y por eso su mamá estaba tan preocupada por él. No quería contagiar a sus amigos de su locura. Pero los extrañaba, los extrañaba tanto que había hecho figuras que se asemejaban a ellos con algunos artículos de baño. Para hacer el cabello de Hyde había utilizado la esponja mariposa de su madre, porque era esponjosa como su afro, y para hacer a Donna usó el champú más alto y le añadió una capa de cera rojiza. Eric era un patito y Jackie un paquete de hilo dental.
Pero no importaba cuanto se esforzara por hacer las voces de sus amigos. Ninguno estaba realmente ahí con él y Kelso supo que todo andaba mal cuando, específicamente ese día, mientras se tallaba las rodillas ennegrecidas. Una voz acudió a su cabeza lejos de su propia voluntad. Michael. Le dijo la voz. Kelso se giró buscando en todas partes, no había nadie con él. Michael, psst. Repitió la voz. Kelso volvió a voltear. Pensó que era la broma de alguno de sus hermanos pero luego se dio cuenta de que eso era imposible. Michael soy yo. Donna. Dijo el champú. Kelso se sobresaltó desparramando el agua de la tina y se alejó de la bañera. Soy tu amiga Donna. Repitió el champú. No había duda alguna: Era la voz de Donna. ¿Cómo se había metido en el champú? ¡¿Donna?! ¿Qué haces aquí? En mi baño. Dijo inhibido, cubriéndose las tetillas con las manos. ¿Cómo entraste en el champú?
Si estoy loco ¿Verdad? No te preocupes, Michael Kelso. Le dijo el champú. He estado en tu baño todo el mes, te he visto desnudo desde siempre. Kelso se sonrojó. Estaba teniendo un sueño de lo más extraño. A lo mejor, me quedé dormido. Pensó. Y me estoy ahogando ahora mismo. ¡Despierta! ¡Despierta, Kelso! Kelso sumergió la cara en el agua y luego la sacó bruscamente. No Michael, no estas soñando. Le dijo Donna-champú. Estoy reamente contigo. Nunca más estarás solo. Siempre estaremos contigo. Si… dijo Hyde-esponja-mariposa. Nunca vamos a abandonarte. Kelso se puso a llorar entonces y el champú y la esponja se rieron de él. ¡No Kelso, no llores! Intervino el patito de hule. ¡Somos nosotros, estamos aquí arriba! Kelso giró la cabeza y vio la cabeza de Eric. ¡Ahora veo sus cabezas! ¡Ahora si enloquecí!
¡Imbécil! ¡De verdad somos nosotros! Dijo la cabeza de Hyde. Escalámos por la ventana. Estamos parados sobre el antiguo desván. Kelso se levantó maravillado. ¡De verdad son ustedes chicos! Los tres cerraron los ojos cuando Kelso se levantó. ¡Cúbrete las nueces! ¡Kelso! ¡Qué asco! Lo siento chicos. ¡Asqueroso! ¿Qué esperas? Haznos espacio. Dijo Donna. El primero en entrar fue Eric, que no quería mojar su ropa porque su madre acababa de lavarla. Donna fue la segunda y había metido a Eric a la bañera solo porque él no quería, al final entró Hyde y en menos de un minuto los cuatro estaban en la bañera mojándose unos a otros y riendo. Donna observaba la figurita de sí misma.
¡Qué parecido! Creo que ese champú lo hicieron especialmente para ti. Le dijo Kelso. Se parecen mucho. Si, man, la verdad es que tu debiste ser un champú en tu otra vida. Cállate esponjita. Se defendió ella. Eric lloriqueaba acerca de su ropa. ¿Qué pasa patito, te mojaste? Kelso y Hyde se carcajeaban. Creo que me acabo de orinar. Yo me adelanté. Dijo Kelso ¡No! ¡Qué horror! ¡Asco, Kelso! Dijo Eric. ¡Grandioso! Las risas cesaron por un momento. ¿Por qué no has ido a la escuela? Le preguntó Donna arremangándose el cabello empapado para escurrirlo. Si, viejo. La maestra de matemáticas no deja de preguntar por ti. Creo que le gustas. Por supuesto. La traigo loca. Eric se rio. ¿Has estado de vacaciones o algo? Vimos a tu madre afuera. Nos ha dicho que no estabas. Eso es comprensible. Dice que Hyde es mala influencia para ti. Hyde abrió la llave y le salpicó un chorro en la cara a Eric.
[No chicos… en realidad yo… fui al doctor y…] La puerta del baño de abrió y la Sra. Kelso entró con una toalla. El gritó que pegó llegó hasta la calle del Hub y dejo sordos a los cuatro chicos. Una semana después estaban todos juntos, jugando de nuevo en la terracería detrás de la estación de autobuses. La señora Kelso había aprendido que Kelso no podía contagiar a esos chicos de su enfermedad, sino que habían sido precisamente ellos quienes lo contagiaron en primer lugar. Supo que mientras Kelso tomara sus pastillas nada malo podría ocurrirle. Aunque no fue tan fácil que lo aceptara, porque tuvo que mandarlo a la escuela la segunda semana. Sus notas bajaron pero siguió siendo el mismo niño sonriente. Bueno, casi siempre.
Hyde, 14 años
El tiempo pasa, el tiempo borra. Dijo Edna borracha, a las 2 de la madrugada mientras Hyde contemplaba el refrigerador vacío con un dolor hueco en el estómago. "Ya me voy" iba a decir. Pero no lo dijo. Se limitó a irse. Y cuando llegó esa mañana a casa de Eric forman, comprendió de la manera más dolorosa, lo que su madre trataba de decir, con las pantaletas abajo y la cara hundida en el sofá. Lo comprendió luego de que Kelso se hiciera novio de Jackie y lo dejara con unas flores muertas en las manos. Kelso fue el primero en levantarse y gritar. ¿Adivina a quien le gustas? Jackie sonrió mucho y se le acercó emocionada dando brinquitos mientras emitía un sonido agudo y chillón. ¡No puede ser! Gritó ella ¡También me gustas, Michael! Le dijo y se pescó de él en un abrazo correspondido, mientras Hyde se bajaba las gafas y dejaba las flores en el suelo sin decir absolutamente nada.
¿Estás bien? Le preguntó Eric mientras ordenaban los paltos en la mesa, la Sra. Forman iba a tener una reunión con la sociedad de mujeres de Point Place para discutir la decoración de la iglesia para la navidad de ese mismo año. Si, ¿por qué? Contestó de mala gana el del afro. ¿Debería sentirme mal por algo? Eric debió darse cuenta de que se estaba poniendo gruñón así que suavizó su voz. Bueno… llevas dos días ignorando a Kelso y… ¡No estoy ignorándolo Forman, estoy meditando, es básicamente lo mismo. Eric recargó el plato en el lavabo. Sabes, estoy comenzando a creer que estás enojado por lo de Jackie. Hyde levantó una ceja ¿Lo de Jackie? ¿Y qué es exactamente "lo de Jackie" eh? Eric rodó los ojos. Bueno, es obvio que te molesta que Kelso y ella… Hyde rio. ¡¿Molestarme?! ¡Para nada! Solo creo que esa niña es tremendamente insoportable. Es molesta, fastidiosa y… Eric lo miró desconcertado, casi dolído. Ibas a darle flores. ¡Flores muertas, Forman! ¡Para que se fuera de aquí! Eric negó con la cabeza. Yo las vi bien. ¡Cuando las arrancas se mueren, pedazo de imbécil! Contestó Hyde. ¡No me grites ¿okey?! Estoy tratando de ayudarte.
¡Es que no necesito tu ayuda, Forman! ¡Estoy bien! E- S –T- O- Y B- I –E- N ¿Te lo deletreo? ¡Ya! de acuerdo. Estas bien, ya entendí. Solo creí que deberías retirarle la ley del hielo a Kelso. Porque ya sabes, todos somos amigos y eso. No, no, no, no, no Forman, eso sí que no. Yo no le aplicó leyes a nadie, esa es la trampa del gobierno ¿sí? El sistema no pude controlarlo todo, amigo, créeme. Eric se rio. ¿Entonces porque lo evitas? Vamos, Forman, piensa un poco. Ser amigo de Kelso requiere de mucha pero mucha paciencia, de vez en cuando uno tiene que recargar baterías ¿no? Deberías intentarlo alguna vez. Es terapéutico, maestro, ya te lo digo yo. Bueno. Eric pareció resignarse. ¡No van a creer lo que vi en el vertedero! Entró gritando Kelso como de costumbre. ¡HAY UNA CAJA DE PERRITOS!— ¡Genial! Contestó Eric. Hyde se dio la vuelta y salió de la cocina sin siquiera mirarlo.
¡Vamos amigo! Lo persiguió Kelso. No dirás que no a los perritos ¿o sí? ¡Son perritos!- Kelso, hombre, deja ya de fastidiarme ¿quieres?— Vamos Hyde, no hemos salido en toda la semana, por lo menos dime que sí a ésta. ¡NO! Aléjate de mí ¿quieres? No soy tu estúpido novio. Búscate otro imbécil que esté igual de tarado que tú para que te cuide el trasero, porque yo ya me cansé ¿entiendes? — ¡HYDE! ¿Qué te pasa, hombre? Eres mi mejor amigo. ¿Por qué estás tan enojado conmigo?— No somos amigos, hombre. Los amigos no les roban a sus amigos. Kelso se ofendió. ¡No te he robado nada, hombre, no tienes nada para robar! Hyde se dio la vuelta y siguió caminando con la vena de la sien marcada. ¡Hyde! Gritó Kelso. ¡No, maestro, se acabó! No te importa nada de lo que mi importa ¿ya? Arruinas todo. — ¡No entiendo porque estás enojado conmigo! Hyde estalló. ¡OLVIDALO! ¡NO ENTIENDES, NUNCA ENTIENDES NADA! De verdad que no te entiendo, Hyde. Estás loco. — ¡El único loco eres tú!
Kelso tenía lágrimas en los ojos, y fue entonces cuando Hyde reparó en su terrible error. Pero era demasiado tarde. Hombre yo… quiso corregirse pero Kelso tenía los ojos en blanco. ¿Kelso…? ¿Estás bien? Kelso estaba temblando, primero lento, luego con espasmos tan violentos que Hyde tuvo que abrazarlo para que no se cayera. ¡Hombre! ¡¿Qué te pasa?! Peleaba Hyde. Kelso se sacudía en sus brazos convulsionando y gritaba de una manera tan escalofriante que todos los vecinos se asomaron. ¡KELSO! ¡AMIGO! Hyde trataba de controlarlo pero Kelso se retorcía como si estuviera poseído. Rasguñó a Hyde en la cara, lo mordió, le arrancó pedazos. Hyde tenía el tronco de su mano metida en la boca de Kelso para evitar que se moridera la lengua y había sangre en el suelo, Kelso sangraba de la nariz. Hyde estaba tan asustado que no podía gritar por ayuda.
Eric oyó los berridos casi inhumanos de Kelso y salió corriendo, pero si Hyde estaba asustado; Eric se desmayó. Ninguno sabía lo que estaba pasando y los padres de Eric no se encontraban en casa. Kelso empezó a toser y vomitar en la mano de Hyde y su amigo trató de enderezarlo pero se retorcía tanto que se estaba ahogando. ¡KELSO! Seguía resistiendo Hyde. Bob Pincciotti llamó a la policía, que se tardó exactamente 16 minutos en llegar. La ambulancia llegó después. Hyde había logrado contener los espasmos de su amigo y lo tenía abrazado en el suelo susurrando algo que era apenas audible para los dos. Cuando el paramédico se les acercó pudo escuchar a Hyde cantando una vieja canción que aparecía en las máquinas de videojuegos que Kelso y él se habían aprendido de memoria. El doctor llegó a la conclusión de que Kelso había experimentado un choque nervioso que se había calmado cuando su cerebro reconoció la melodía y se concentró en la letra de la canción. Steven Hyde se convirtió en la única persona capaz de devolver a Kelso a la calma durante sus ataques sin utilizar los tranquilizantes del psiquiatra. Sin utilizar a PSIC.
