Los Ángeles CA
Sábado 21 de junio 1983.
Oficina central de administración de finanzas y distribuciones legales de la CVN.
18:32 pm
El dolor de espalda lo estaba matando. Uno de esos dolores que comienzan por la mañana como un brote inofensivo y que se han vuelto en contra de uno para cuando se empieza a poner el sol. Si uno fuera tan sabio como Daniel Malcome, sabría que para curarlo hace falta poco más que el descanso en un colchón especial. Él sabía muy bien de qué color quería que fuera ese colchón, la forma y el tamaño, el espacio que debía ocupar en la cama y el dinero que iba a gastar en él. Para el señor Malcome no había precio inalcanzable. Podría costear la cama de la reina de Inglaterra si quisiera y dejarla en la calle y en pijamas, pero prefería algo más moderno. Había estado lidiando con ese dolor de cabeza desde el incidente con el alcalde.
Los hombres de la puerta habían llegado tarde con ese encargo, había una mancha de sangre en su sala. Una completa falta de respeto, le parecía a él. Para el punto de las seis, se habían atrevido a invitarle un tónico para los nervios y la camisa de su representante estaba manchada con grasa de comida italiana. Uno por uno, los hombres fueron entrando en la gran oficina, los asientos se achaparraban con los traseros más intimidantes de los que hubiera podido tomar medida, y luego de un ruidoso cosquilleo entre trotes de gargantas secas, papeles y lápices, se hizo el silencio. Daniel giró su silla y les dio la cara.
—Gracias por venir. Nos estamos quedando cortos con lo verdaderamente infame que se ha vuelto el espacio publicitario ¿Alguien puede decirme porque?
—El periódico nos difamó señor.
—El periódico nos difamó. Las cartas salen pero no regresan, los canales están fuera del aire y los alcaldes firmaron el acuerdo por el carnaval. Pero es mentira que somos los malos, sr. Grace, somos los que acechan entre el papeleo como cucarachas pero para mejor, siempre para mejor. Tomar nota no será suficiente.
— ¿Qué debemos hacer?
—Historia, Sr. Grace, debemos hacer historia. Y la historia comienza el día de hoy.
Buddy Morgan se levantó de su asiento, hizo girar su silla con la elegancia de un pingüino y se acomodó el saco, ni siquiera un experto hubiera podido advertir su vacilación.
— ¿Algo que decir?— le preguntó Daniel.
Sus miradas chocaron sin emoción alguna, con la frialdad de una helada fuera de temporada. Buddy parpadeó y por un momento le tembló el mentón.
—Dime. — insistió Daniel.
Buddy sacó una pistola de su saco y tiró del gatillo. Fueron solo segundos, el sonido del disparo hizo saltar a varios de sus sillas. Pero no a Daniel, Daniel permaneció inmóvil y poco a poco se dejó caer sobre el lienzo blanco de la sala, parecía que… con una sonrisa.
Buddy guardó el arma, la mano le temblaba, pero no la voz.
—Hoy no vamos a discutir sobre la caída de la audiencia señor, Ross. Estamos aquí para discutir la caída de una nación.
Los miembros de la junta estaban tan impactados que no se atrevieron a moverse, ni siquiera a parpadear. Buddy caminó hacia la puerta y la abrió.
—Los estados unidos de América se vienen abajo. La solución…
Buddy se retiró de la puerta para dejar pasar a algunos hombres. La secretaria de piso llamada Christine pudo contarlos por el rabillo del ojo. Eran 9, uno de ellos más grande que cualquier hombre que hubiera visto jamás, y dos eran mujeres pero lucían vulgares, como las mujerzuelas de la calle, así que bien podrian ser hombres bien maquillados.
—Deshacernos del peso muerto. -Dijo Buddy- El presidente es un inútil pero es una figura de poder, no es más que una marioneta, pero para el pueblo, es el representante del país. ¿Hay hombre más poderoso en el mundo? Yo creo que no. Ni siquiera dios podría retarlo… excepto que… ya lo hizo. El presidente perdió y estamos pagando las consecuencias, señores, yo los invito a defenderse... —Buddy arrojó un periódico de Lyex sobre la mesa, el espectacular tenía la leyenda "El pico de la escalera: Donde se cuentan las piernas de la nación" —A salvar a su país. Esta es una copia de la noticia más importante del año. El atentado contra el edificio del PairteSolem en Manhattan. Hubo cientos de muertos. ¿Alguno recuerda lo que sucedió después con el alcalde?
Un día me levanté con las piernas entumecidas por dormir durante todos los años de mi vida. Supe de inmediato que hasta entonces nadie me había pedido levantar la marcha y caminar. Porque comenzar a andar cuando no quedan piernas para apoyarnos, es una lucha desmerecida y abrumadora. Hoy hemos perdido, ayer hemos perdido más. Pero si la historia ha podido enseñarnos cuando despertar, esta es la ocasión. Lyex no pide disculpas o siente la pena por adelantado. Los sucesos ocurridos durante el atentado terrorista del PairteSolem son imperdonables, y tal vez, el inicio de un ciclo de amenazas que no deberían correspondernos como civiles; por eso queremos llamar a los ciudadanos a mantener las puertas abiertas, y los brazos también. La lucha del país acaba de comenzar y las ganas por levantar una nación sin piernas están en nuestras manos.
Por eso el día de hoy, Lyex no llora la pérdida injustificada de miles de personas que pertenecían y pertenecen para siempre a esta nación. Se levanta con dolor y pide a los amigos, hermanos, padres, hijos y desconocidos de aquellos que perdieron la vida bajó la mirada de una nube injusta de remordimiento, para exigirles a las autoridades la salvaguarda de la soberanía de nuestros edificios. Casa por casa, puerta por puerta y corazón por corazón. Para que todos salgamos juntos a resolver nuestras dudas y arrebatemos las máscaras y los secretos de este caso que abunda gritos en la oscuridad. Hoy, dejamos de dormir, y exigimos una explicación. Hoy tomaremos cuentas con cualquiera que se atreva a ponernos una mano encima. Hoy, habrá justicia, con el presidente, con los responsables y con o sin ayuda. Estados Unidos se levantara por nuestras propias manos.
Pincciotti Donna. Lyex Company Jornal
Los hombres se quedaron callados. Los recién llegados estaban armados, iban vestidos de negro y se dispusieron en hileras alrededor de todo el panel, rodeando a los miembros del consejo.
— ¿Nadie?
Buddy aguardó un momento pero nadie respondió.
—Murió. ¿Y los abogados del caso de Sttinfield?
Nadie respondió.
—Les doy una pista ¡Muertos también!
La audiencia escuchaba con cuidado, tratando de averiguar las intenciones detrás de su discurso, al mismo tiempo, temiendo por sus vidas. Christine, que llevaba un año trabajando para la empresa sin un sueldo fijo, miraba la corbata ensangrentada de su jefe, con los dientes tan apretados que temió que se escuchara el roce.
— ¿Alguno sabe porque? Yo les diré que es lo que sucederá a partir de ahora…
—Señor Morgan…
—Malcome—corrigió Buddy —Llámeme por mi nombre secretario Wong… Daniel Malcome. Y a partir de ahora, trabaja para mi.
