Capítulo 2

Como en una nube, Sakura se encaminó con pasos lentos hacia el mercadillo. Su tío había muerto, la había dejado para siempre, y lo último que le había pedido era que cuidara de su hija y viviera su vida.

Pero ¿cómo hacerlo siendo la hija del famoso capitán pirata Kizashi Haruno?

¿Qué hombre querría conocerla? ¿Tomársela en serio?

Caminaba pensando en aquello mientras la tristeza y el dolor la rompían por dentro. No obstante, la muerte era parte de la vida como siempre le habían enseñado y así debía aceptarlo.

Una vez que llegó al mercadillo abrió la mano y, parándose, observó aquel anillo del que había oído hablar durante toda su vida. Lo contempló con curiosidad. Era una maravilla, una verdadera maravilla que sus abuelos maternos habían hecho en Génova por encargo de su padre, para su madre. Lo miró durante unos instantes y finalmente se lo guardó en el bolsillo de la falda.

Tomando aire, miró a su alrededor y, al sentir el nauseabundo olor que salía de la toquilla que llevaba el bebé, sin dudarlo, se la quitó y la tiró. Buscó un puesto de ropa, compró una toquilla nueva y se encaminó hacia donde estaban sus amigos.

Al llegar frente a tío Matsuura y Gilroy, estos la miraron sorprendidos al ver lo que llevaba en los brazos y el segundo preguntó:

—¿Qué es eso?

Viendo su gesto horrorizado, la joven tomó el control de su cuerpo y sus emociones y respondió:

—Te podría decir que es un saco de avena, pero en realidad es una niña. —Matsuura y Gilroy miraron a la pequeña, que dormía, y luego Sakura declaró tras coger aire—: Tío Edberg y Elga han muerto.

—¡¿Qué?! —susurraron los otros dos.

Ella asintió con pesar y, mirando a Matsuura, cuyos ojos se entristecieron en un solo instante, musitó en un hilo de voz intentando no llorar:

—Edberg me ha dicho que te diga que eres su hermano y que, aunque vuestras religiones sean distintas, encontrará la forma de que vuestros caminos vuelvan a cruzarse.

Matsuura, aquel guerrero de pocas palabras, reteniendo sus emociones, posó una rodilla en suelo y, bajando la cabeza, cerró los ojos y murmuró algo en japonés. Aquella pérdida era terriblemente dolorosa, pero se repuso con la fuerza de un guerrero y se levantó, y entonces Sakura soltó:

—Es... esta es la hija de tío Edberg.

—¡Repámpanos! —exclamó Gilroy boquiabierto.

Saber que aquel bebé era de Edberg hizo que la mirada del japonés se dulcificara y, sin tocarla, solo mirando a la pequeña, afirmó:

—Será cuidada con el respeto y el amor que se merece.

Sakura asintió, pero Gilroy de pronto susurró mirando a la joven:

—Ah, no..., Bicho, ¡ni hablar!

La joven sabía que el asunto le acarrearía problemas con su padre, pero sacando de nuevo a relucir aquella parte ruda y fuerte que habitaba en ella, replicó con chulería:

—Ah, sí...

—¿Estás loca? —preguntó Gilroy haciendo aspavientos con las manos—. ¡Tu padre nos matará!

—Probablemente —dijo ella sin querer pensar.

—Sabes que es complicado —terció Matsuura.

—Pero no imposible.

El japonés sonrió, pero Gilroy resopló y, levantando la voz, estalló:

—¡Bicho! ¡Por Tritón! Las mujeres y los niños están prohibidos.

La joven afirmó con la cabeza, sabía que llevaba razón. Tras lo ocurrido con su madre y las mujeres de sus tíos, su padre se negó a que ninguna otra que no fuera ella volviera a poner un pie en sus barcos. Pero, preocupada al notar que la niña se agitaba, susurró:

—Baja la voz para que no se despierte o te juro que te arranco las orejas.

Gilroy asintió. Lo que acababa de decir no iba con su manera de ser ni de pensar, pero insistió en un tono más bajo:

—¿Cómo te vas a llevar a la niña?

—¡¿Y qué quieres que haga?! —gruñó ella sintiéndose responsable de la pequeña.

—No sé...

—¿Acaso pretendes que la abandone en la calle o la deje morir?

Según dijo eso, Matsuura la miró. Él no iba a permitirlo y ella tampoco.

—No, ¡claro que no! —exclamó Gilroy, pero, mientras buscaba una solución, al ver que Matsuura no decía nada, insistió—: ¿Nadie se la puede quedar? ¿Un vecino? ¿Una amiga de Edberg?

Sakura negó con la cabeza. Ella no conocía a nadie y, aunque lo hubiera hecho, había dado su palabra.

—Le he dicho a tío Edberg que la cuidaría y le buscaría una familia, y así será.

Gilroy resopló. Se avecinaba marejada cuando llegaran al barco.

—La niña se viene con nosotros —decidió Matsuura.

Oír eso hizo sonreír a Sakura.

—Tío Edberg sabía que podía contar contigo —musitó.

El japonés asintió con una tímida sonrisa. No había más que hablar.

Finalmente, los tres, junto a la niña, se dirigieron hacia sus caballos. Al ir a montar, Sakura se detuvo. No podía hacerlo con el bebé en brazos y la falda, no estaba acostumbrada. Por ello, le pidió a Gilroy:

—Sujétala un instante.

Él, que como Sakura había tenido en sus brazos a pocos bebés, la cogió con sumo cuidado y contuvo el aliento paralizado, aunque susurró contemplándola:

—Qué cosita más chiquitita y bonita.

Matsuura, que se subía a su caballo con las bolsas de las joyas, sonrió. El efecto que solía provocar tener a un bebé en brazos era increíble, inaudito. Él lo había sentido cuando cogió aquel fatídico día a Sakura, y ya nunca lo había podido olvidar.

Con cuidado, la joven sacó entonces algo del bolsillo que guardó en su talega medicinal para después dejar caer al suelo aquella falda que se colocaba cada vez que iba a vender al mercado. Quitársela suponía una liberación para ella. En el galeón siempre utilizaba pantalones porque allí era un hombre más.

Por ello, una vez que se colgó la katana a la espalda, se ajustó el cinturón y la espada a la cintura y se echó por encima la preciosa y abrigada capa azulona que antaño había pertenecido a su madre, se subió al caballo y pidió mirando a Gilroy:

—Dame a la niña.

En cuanto él le dio a la pequeña y montó en su caballo, los tres se alejaron en silencio del mercadillo. Debían llegar a la desembocadura del río Vecht al anochecer para que el padre de ella los recogiera.