Capítulo 4
Sakura, Gilroy y Matsuura se dirigían a caballo hacia el lugar en el que habían quedado en silencio, sumidos en sus propios pensamientos. La joven pensó en contarles su encuentro con Pietro Caruso, pero finalmente calló. Si se lo decía se lo explicarían a su padre, y eso podría truncar lo que ideaba.
Al cruzar una arboleda y llegar a un río, se fijaron en que allí vivía una humilde pareja con un pequeño que no parecía tener más de cinco años. Aquellos, horrorizados, se fijaron en Matsuura. Los orientales siempre atemorizaban y provocaban desconfianza, por lo que Sakura, al ver cómo lo observaban, les sonrió. Quería que sintieran que no buscaban problemas, por lo que los saludó con una educada sonrisa:
—Buenas tardes.
La pareja los contempló durante unos segundos. La capa azulona que aquella mujer llevaba era cara, excesivamente. Y, tras entender que no suponían ningún peligro y que parecían gentes de bien, el hombre se separó unos pasos de su mujer y se dirigió a ellos con un marcado acento escocés.
—Si quieren parar y darles agua del río a los caballos pueden hacerlo.
Los tres se miraron. La noche se acercaba, no tenían mucho tiempo, pero a los caballos no les vendría mal un poco de agua fresca.
Sakura estaba pensando en ello cuando, al bajar la vista, el corazón le saltó desbocado al encontrarse con la mirada de la pequeña que llevaba en sus brazos.
La niña se había despertado y la observaba en silencio. Era rubia como Edberg, pero poseía los ojos verdes de Elga.
—Hola, chiquitina, soy Sakura —la saludó con una sonrisa.
La cría rápidamente hizo un puchero. Sin duda no la entendía.
Y a la joven le entró el pánico. ¿Qué tenía que hacer? ¿Cómo se cuidaba a un bebé?
No obstante, tras un segundo de indecisión, se la acercó a su cuerpo por instinto y, acunándola, susurró:
—No llores..., no llores..., no llores...
Así estuvo un rato hasta que la apartó de sí y, al ver que ya no lloraba, afirmó:
—Te prometo que buscaré lo mejor para ti.
La niña parpadeó y, llevándose la mano a la boca, se la chupó. En ese momento Sakura notó un olor raro.
—¿De dónde viene esa peste?
Y de inmediato lo comprendió: era la niña. Miró a Gilroy e iba a decir algo cuando este exclamó mientras se alejaba:
—¡Ni hablar!
—Pero...
—Que no, Bicho, ¡que no!
Sakura miró a su tío Matsuura y este hizo lo mismo que Gilroy, se dio la vuelta, aunque antes indicó:
—La niña es responsabilidad tuya. Ocúpate de ella.
Instantes después, tras bajarse con cuidado del caballo con la chiquilla en brazos, Sakura miró a la mujer, que la observaba, y preguntó consciente de que tenía que limpiarle la caca a la niña:
—¿Sois escoceses?
La mujer no respondió, pero su marido respondió con respeto acercándose a ella:
—Milady, soy Jesse Fletcher y ellos son mi mujer Leisy y mi hijo Finlay. Sí, somos escoceses.
Sakura sonrió con afecto. Que la llamaran «milady» siempre le hacía gracia, más aún cuando estaba acostumbrada a apodos como «Bicho», entre otros muchos por el estilo.
—Un gusto conoceros. Mi nombre es Sakura Haruno. —Y, deseosa de empatizar con ellos, como siempre le ocurría cuando bajaba del barco, añadió—: Mi padre es escocés. Concretamente, de Montrose.
Aquello hizo sonreír a Jesse, que, sin quitarle ojo al oriental, iba a hablar cuando esta señaló:
—Tranquilo, Matsuura es un hombre de paz. Nada tenéis que temer.
Jesse asintió y entonces la mujer de aquel intervino.
—Tiene hambre —dijo señalando a la niña.
Al oír eso, Sakura miró a la pequeña, que se chupaba un dedo, y, sin dudarlo, al sentir de nuevo el tufillo que emanaba de ella, preguntó:
—¿Tendríais un poco de leche para ella? ¡Os la pagaré! También os pagaré si la laváis y le cambiáis el paño. Es horrible el olor que desprende.
La mujer sonrió y, tras mirar a su marido, que asintió, rápidamente se acercó a ella y pidió mirando a la pequeña con amor:
—¿Me la dais?
Sakura se la entregó enseguida y cuchicheó arrugando la nariz:
—Por Anfitrita, pero ¡qué ha comido esta niña!
La mujer volvió a sonreír y, tumbando a la pequeña sobre una mesa de madera, tras desenvolverla de la toquilla, se ocupó de asearla. Bajo la mirada de Sakura, que gesticulaba horrorizada, la lavó con agua y le cambió el paño. Una vez que la niña volvió a estar limpia, la mujer miró a Sakura y preguntó:
—Milady, ¿no la amamantáis vos?
Contarle que la chiquilla no era su hija no entraba en sus planes, pero respondió:
—No. No puedo alimentar a Siggy.
Leisy asintió. En muchas ocasiones las mujeres de alta alcurnia no lo hacían. Contrataban a otra para que lo hiciera, y, sin querer preguntar más de lo que debía para no ser indiscreta, susurró:
—Yo podría hacerlo, si vos queréis.
Oír eso sorprendió a Sakura, y entonces aquella musitó con gesto triste:
—Mi bebé nació muerto hace unos días...
—Oh..., lo siento.
Sin apartar sus ojos de la pequeña, la mujer insistió:
—Mis pechos están repletos de leche que le vendrá muy bien a la niña.
Sin dudarlo, Sakura asintió. La pequeñita debía alimentarse, no sabía desde cuándo llevaba sin comer, y, en cuanto la mujer se sentó en una silla, se descubrió un pecho, y se lo acercó a la niña, esta lo aceptó sin dudarlo. Estaba hambrienta.
A Sakura la emocionó presenciar aquel momento tan bonito entre la pequeña y aquella mujer.
—Gracias —musitó.
Y Leisy, al ver cómo la pequeña se alimentaba, respondió satisfecha:
—Un placer, milady.
Durante un rato todos permanecieron en silencio mientras la pequeña mamaba y Gilroy y Matsuura se encargaban de atender a los caballos. El marido de Leisy jugaba y bromeaba con su hijo, y Sakura, disfrutando de aquel momento de paz y tranquilidad, preguntó:
—¿Y qué hacen unos escoceses en tierras holandesas?
—Sobrevivir —repuso Leisy. Sakura asintió y a continuación ella añadió—: Somos de Lanark y nuestras familias llevan enfrentadas por unas tierras desde antes de que nosotros naciéramos, y que nos enamoráramos lo empeoró.
—Vaya...
—Pero, milady —sonrió Leisy—, vivir junto a Jesse y sentir cómo me mira, cómo me quiere y cómo me cuida es lo mejor que me ha pasado en la vida. Y aunque hemos sufrido pérdidas dolorosas, como la de nuestros familiares o ahora la del bebé, el amor que sentimos el uno por el otro junto a nuestro hijo Finlay es una maravillosa bendición que hace que todo merezca la pena.
Sakura asintió y aquella añadió:
—Como dice Jesse, las situaciones complicadas del pasado no deben nublarnos el futuro.
Oír eso hizo que Sakura parpadeara. Tío Edberg había hecho referencia a eso mismo esa mañana, y sonreía con tristeza cuando aquella preguntó señalando a Gilroy:
—¿Es vuestro marido?
Sakura negó horrorizada con la cabeza, e iba a hablar cuando la mujer, sacando sus propias conclusiones, dijo mientras observaba a la pequeña:
—Pues entonces permitidme deciros, milady, que Siggy tiene el color fuerte y verde de vuestros ojos. —Y, mirando su pelo rosáceo, añadió—: Aunque el pelo oscuro ha de ser del padre, ¿verdad?
Sakura sonrió. Pensó en el pelo de tío Edberg y afirmó emocionada con un hilo de voz:
—Tu apreciación es muy acertada.
Al ver cómo aquella miraba a la niña y la emoción contenida de sus ojos, Leisy sacó sus propias conclusiones.
—Algo me dice que huis del amor, pero mi consejo es que no tengáis miedo y persigáis vuestros sueños. Esa es la única manera de ser feliz, milady. Jesse y yo dejamos a un lado nuestros miedos en lo que a nuestras familias se refería y nos casamos. Después, persiguiendo nuestro sueño de ser felices, decidimos comenzar una nueva vida lejos de nuestra amada Escocia. Al principio todo era inseguro. Estas tierras y sus gentes eran algo nuevo para nosotros. Pero tan pronto como nos habituamos, os aseguro que todo, absolutamente todo, ha merecido la pena.
Sakura sonrió. Le gustaban aquellas historias de amor que oía en ocasiones, eran preciosas, a pesar de que a ella nunca le pasaría algo así, por lo que afirmó con cierto abatimiento:
—Es muy bonito lo que dices. Cuando el amor es verdadero, todo debe de merecer la pena.
—Sin lugar a dudas, milady.
Dicho eso, Jesse se acercó a ellas con su hijo Finlay cogido de la mano para observar el momento. Durante un rato, y mientras la pequeña Siggy era amamantada por Leisy, hablaron del hambre que tenía la pequeña, hasta que Sakura se alejó de ellos para acercarse a la orilla del río, donde estaban Gilroy y Matsuura.
—La Providencia es nuestra aliada —indicó Gilroy.
Sakura lo miró y este enseguida aclaró:
—Me refiero a lo de la niña. —Y al ver que ella no decía nada, insistió—: ¿No te parecería una buena idea que se quedara con esta familia?
Al oírlo, Sakura y Matsuura se miraron desconcertados. La opción sería extraordinaria, aquella familia podría atender a la pequeña; pero entonces un alarido proveniente de la arboleda hizo que todos se quedaran paralizados y Leisy gritó levantándose de la silla:
—¡Jesse! ¡Finlay!
Nadie respondió.
Rápidamente Matsuura empuñó su katana y susurró mirándolos:
—Ojos bien abiertos.
Leisy volvió a gritar el nombre de su marido y de su hijo con desesperación, pero estos no contestaron. Eso los hizo entender que algo grave pasaba, y más cuando de pronto surgieron de la arboleda cinco hombres sucios con una pinta desastrosa.
Uno de ellos llevaba a Finlay cogido por el cuello, lo que hizo que Leisy gritara.
—Esto es fácil —dijo el tipo en un perfecto gaélico—. Vosotros nos entregáis las joyas que lleváis en las bolsas y nosotros os damos al mocoso.
Finlay lloraba asustado mirando a su madre, mientras ella, con la niña en brazos, gritaba horrorizada y pedía a aquel que lo soltase. Sakura se acercó a ella a toda prisa y, quitándose la capa que llevaba para tener mejor acceso a su katana, aseguró:
—Tranquila. Te prometo que todo saldrá bien.
Matsuura y Gilroy intercambiaron una mirada. Estaba claro que aquellos tipos los habían seguido desde el mercadillo y sabían de las joyas que llevaban, por lo que, replegándose, miraron a Sakura y esta asintió entendiéndolos. Eran cinco contra tres.
—De acuerdo —accedió ella levantando la voz—. Coged las joyas y dadnos al niño.
—¿Qué tal si me las acercas? —pidió el que parecía el cabecilla.
—Iré yo —se ofreció el japonés.
Sakura lo miró, pero el desconocido que tenía cogido a Finlay, y al que la mugre cubría por entero, exigió:
—No. Tú no. Ella.
Sin dudarlo, esta asintió. Miró a Gilroy y a Matsuura para pedirles paciencia y, cuando iba a dar un paso, aquel indeseable indicó:
—Antes deja las espadas que llevas en el suelo.
A Sakura no le gustó oír eso, pero, sin dudarlo, depositó la katana y la espada en el lugar que aquel le pedía y, a continuación, caminó hacia los caballos, donde tenía los sacos con las joyas.
Con destreza, desató los sacos, los cargó a su espalda y, cuando los dejó delante del tipo, él murmuró mirándola con deseo:
—No me recuerdas, ¿verdad?
Ella parpadeó. Aquel tipo sucio, despeinado y andrajoso al que le faltaban varios dientes no era un hombre para recordar, pero este insistió:
—¿Se te aclararían las ideas, querida Joya Haruno, si te llamara «Bicho»?
Eso hizo que la joven se sorprendiera, y de pronto Matsuura gritó en su perfecto gaélico:
—¡Maldita sea, Gōzu, ¿qué diablos estás haciendo?!
—¡Cierra el pico, asiático! —replicó aquel.
Según dijo eso, Sakura parpadeó. Si aquel era Gōzu, muy mal lo había tratado la vida desde que su padre lo había echado del barco a palos junto a su hermano.
—No lo podía creer —soltó el tipo con una carcajada—. Cuando Meizu y yo os vimos en el mercadillo, casi comenzamos a dar saltos de alegría. Sin duda, hoy es nuestro día de suerte.
Rápidamente Matsuura buscó con la mirada a Meizu, el hermano, entre los presentes, pero no estaba.
—A vosotros dos os mataré —continuó Gōzu—, llenaré mis bolsillos con las joyas que me llevaré y...
—El capitán Haruno te matará —lo cortó Gilroy.
—Si antes no lo hago yo —afirmó Sakura, mientras sentía cómo la sangre se le revolucionaba y su lado pirata y guerrero se apoderaba de ella.
Gōzu miró a sus hombres y soltó una risotada, pero Matsuura siseó:
—Si la tocas..., te mato.
En ese instante el tipo soltó un alarido de dolor. En su afán de escapar, el pequeño Finlay le había dado un mordisco en la mano y él lo degolló sin dudarlo un segundo.
Horrorizada al ver la sangre manar del cuello de su hijo, Leisy soltó un alarido. Sakura jadeó, y Matsuura y Gilroy se quedaron boquiabiertos.
Finlay era solo un niño, ¿cómo podía haberle hecho eso?
Gilroy sujetó a duras penas a Leisy, que lloraba desconsolada, pataleaba y voceaba viendo a su pequeño muerto en el suelo, mientras que Sakura, con toda su furia por lo ocurrido, clavaba la mirada en aquel tipo.
—Arderás en el más oscuro y desagradable de los infiernos por tu osadía, rata pestilente.
Mirándose la mano mordida, Gōzu la movió y, tras hacer una señal con la cabeza para que los otros cuatro hombres que lo acompañaban se tomaran la justicia por su mano, susurró al ver cómo comenzaban a luchar contra Gilroy y el japonés:
—Antes de venderte a cualquier pirata, haré algo que siempre quise: hacerte mía.
Su gesto obsceno le revolvió las tripas a Sakura. Pero ver el cuerpo del pequeño sin vida y oír los lamentos de Leisy antes de perder la consciencia y caer al suelo con la pequeña Siggy en brazos le rompieron el alma. Y, consciente de aquello que decía, sangre por sangre, siseó como una fiera:
—Te voy a matar.
Gōzu soltó una carcajada. Se sentía fuerte, sanguinario. Su padre lo había echado del barco seis años antes por haber robado comida en reiteradas ocasiones.
—Primero te tomaré yo y luego lo harán mis hombres —añadió—. Después te venderé, y espero que hagan contigo lo mismo que hicieron con tu madre.
Oír eso, y en especial que mencionara a su madre, envenenó aún más a la joven.
—Asqueroso gusano pestilente y maloliente, vuelve a nombrar a mi madre y te arranco la cabeza.
Pero, intentando mantener la cabeza fría, como Edberg y Matsuura le habían indicado que debía hacer siempre en momentos de tensión, tomó aire por la nariz cuando aquel afirmó:
—Mi nombre será recordado como el del hombre que te apresó.
Eso hizo reír a Sakura con desafío y, tras coger la katana del suelo y sujetarla con fuerza entre las manos, replicó viendo cómo Matsuura y Gilroy luchaban:
—Sigue soñando.
El hombre sonrió, sabía de su maestría en la lucha, era muy buena. Pero, sin dejarse intimidar por cómo movía la espada, insistió:
—Baja eso antes de que tenga que hacerte más daño del que una mujer podría soportar.
Sakura maldijo. Y, tras ver que Leisy seguía sin conocimiento y la pequeña Siggy movía las manos, indicó:
—El daño que te voy a hacer yo a ti sí que no lo vas a poder soportar.
Y con la destreza que él conocía, pero a la que nunca se había enfrentado, la joven se lanzó al ataque con una fiereza que lo hizo tambalear.
El lado rudo, fiero y sanguinario de Sakura siempre había sido comentado por todos quienes la conocían. Aquella joven menuda y delgada de ojos verdes y pelo rosáceo no tenía el aspecto de saber luchar de ese modo. Pero, sí, ella era así.
Su padre y sus tíos, especialmente Edberg y Matsuura, le habían enseñado el arte de la guerra. Por ello Sakura era una experta en la lucha cuerpo a cuerpo, se manejaba a la perfección con el arco, la espada y las dagas, pero si había algo que le gustaba por encima de todo era la katana.
De inmediato hirió a Gōzu en el costado y, cuando este dio un paso atrás para tomar aire, preguntó deseosa de sangre:
—¿Duele? Porque eso, maldito saco de mierda, no es nada comparado con lo que te pienso hacer.
El tipo se tocó el costado. Aquella sabía muy bien dónde herir.
—Bruja asquerosa... —siseó furioso.
—Me han dicho cosas peores —afirmó Sakura volviendo al ataque.
Matsuura y Gilroy, que a su lado luchaban tan fieramente como ella, tras haber matado a dos de aquellos hombres, enseguida se liaron con los otros dos. Ya no estaban en superioridad numérica. Sin duda las cosas se estaban volviendo a su favor, pero entonces vieron a Sakura rodar por el suelo para esquivar una estocada de Gōzu.
La muchacha era incansable. Luchaba como una fiera guerrera. Técnicas escocesas, nórdicas, japonesas, francesas e italianas, todas aprendidas en el barco de su padre, le habían servido en infinidad de ocasiones para salvar su vida y la de los demás.
En el suelo, con maestría, Sakura enredó las piernas con las de Gōzu y este rápidamente cayó.
—Te voy a matar..., te voy a matar...
—Inténtalo... —animó ella levantándose.
El hombre maldijo. En un principio su intención era apresarla, poseerla, robarle las joyas y después, en venganza contra su padre, entregársela a cualquier pirata. Pero su nivel de rabia crecía por segundos ante el ataque y el descaro de aquella, y ahora solo deseaba matarla y acabar con ella antes de que ella lo hiciera con él.
Sin embargo, le resultaba imposible. La Joya Haruno era una excelente guerrera, y cuando por fin él cayó de bruces en el suelo y ella le arrebató la espada, mientras intentaba boquear un poco de aire que le llenara los pulmones, Sakura se sentó a horcajadas sobre él retorciéndole el brazo, se agachó y, mientras aquel gritaba de dolor, le musitó al oído sin piedad:
—Creo que será mi nombre el que sea recordado. Yo te apresé.
Gōzu aullaba de dolor. No solo lo había herido con la katana en varias ocasiones, sino que ahora estaba a punto de romperle el brazo. Y, moviendo la cabeza con fuerza hacia atrás, la golpeó en toda la cara, lo que la desestabilizó y él se levantó del suelo deprisa.
Durante unos segundos el mundo de Sakura se tornó oscuro. El fuerte golpe le nubló la vista y, cuando regresó y vio a Gōzu junto a Leisy y a Siggy, con la espada de aquel clavada en el estómago de la mujer, se levantó horrorizada dando un grito de dolor.
No..., no..., no... ¡Eso no!
Le había prometido a tío Edberg que cuidaría de la pequeña y a Leisy, que salvaría a su hijo y nada ocurriría. Pero, viéndolos en el suelo, rodeados de sangre y sin moverse, el corazón se le paralizó al saber que no había podido cumplir su promesa.
—Esa perra, su marido, su hijo y el bebé que portabas en tus brazos están muertos, y ahora vas a morir tú también como lo hizo la zorra de tu madre.
La rabia y la frustración volvieron a apoderarse de la joven, que, dando un salto, llegó hasta donde estaba su katana y, tras cogerla, la asió con fuerza con las dos manos, dio un paso adelante para acercarse a aquel, giró el cuerpo y lo decapitó con una fuerza descomunal mientras gritaba:
—¡Púdrete en el infierno, maldito hijo de perra!
El cuerpo sin vida del hombre cayó al suelo lejos de su cabeza. Sakura lo miró con rudeza, con la respiración sofocada. Se fijó en sus ojos abiertos y, sin un atisbo de lástima, le escupió.
Instantes después, Matsuura y Gilroy se acercaron a la ella, y el primero preguntó al ver sangre en su cara:
—¿Estás bien?
Todavía furiosa, la muchacha asintió, y Matsuura susurró:
—Jesse y su familia caminan juntos.
No hizo falta decir más, quedaba todo entendido, y, horrorizada por el triste desenlace de aquella pobre familia, Sakura quiso gritar, pero Gilroy aconsejó:
—Debemos irnos. Meizu, el hermano de Gōzu, podría aparecer.
Aún en shock, la joven miró hacia donde estaban Leisy y los dos niños muertos. Era horrible. Y, con los ojos cargados de rabia y venganza, musitó con amargura fuera de sí:
—Les prometí a tío Edberg y... y a... Leisy que...
—¡Sakura! —terció Matsuura.
—No me gusta prometer, ¡lo sabes! Nunca debería hacerlo y...
—¡Shensi, mírame!
Oír la autoritaria voz de Matsuura, llamándola «Guerrera» en japonés hizo que saliera del shock y lo mirara.
—Leisy y Edberg saben que habrías dado tu vida por sus hijos —añadió él—. Lo has intentado. No te martirices.
Sakura no respondió.
Con el paso de los años se había acostumbrado a las peleas en tierra, en alta mar, a las huidas, a las escaramuzas, las heridas, las encarcelaciones, los rescates..., pero a lo que nunca terminaba de acostumbrarse era a perder a la gente que quería y, menos aún, a no cumplir sus promesas.
Estaba paralizada cuando Gilroy insistió:
—Tenemos que irnos.
—Pero ellos...
—No hay tiempo, Bicho —insistió él—. Tenemos que partir.
Consciente de que nada podían hacer y de que tampoco tenían tiempo para enterrar sus cuerpos, la joven limpió la hoja de su katana en la ropa del hombre al que le había arrebatado la vida y luego pidió mientras se la colgaba a la espalda:
—Un momento.
Caminando hacia donde estaba la mujer y los dos pequeños muertos, se acercó a ellos y murmuró con los ojos llenos de lágrimas:
—Lo siento... Lo siento mucho...
Acto seguido extendió la mano, la llevó hasta el rostro de Leisy y su hijo y les cerró los ojos. Era lo mínimo que podía hacer por ellos. Su padre siempre le había dicho que, si alguien moría con los ojos abiertos, eso le dificultaba el camino para llegar hasta sus seres queridos, y ella quería que Leisy y su hijo se encontraran con Jesse.
Según retiró la mano de la mujer, miró a la pequeña Siggy, que tenía los ojos cerrados. Apenada y muerta de dolor, acarició su preciosa carita redondita, pero de pronto la niña se agitó. Sakura parpadeó y, al ver que abría los ojos y comenzaba a mover las manos, la cogió sin dudarlo y, quitándole la toquilla llena de sangre, murmuró con manos temblorosas mientras le retiraba la sangre del rostro:
—Pequeña..., pequeña..., estás bien..., estás bien...
La niña hizo un puchero y rápidamente comenzó a llorar.
Lloraba y lloraba sin consuelo, y Sakura, consciente de que no podría separarse de ella, la abrazó. Quizá no entendiera el gaélico, pero estaba claro que el idioma de los abrazos y el cariño lo entendería y, recordando algo, empezó a cantarle la canción de su madre.
Instantes después la pequeña se calmó, reconocía aquella canción, y Sakura, emocionada, miró a Matsuura y explicó:
—Tío Edberg me dijo que se la cantaba.
El japonés asintió. Él mismo le había cantado a Sakura cientos de veces esa misma canción, y, levantándola del suelo, señaló tras haber atado los sacos de nuevo a los caballos:
—Tenemos que irnos.
Tras ponerse su capa azulona, Sakura cogió una toquilla que había sobre una silla, cubrió a la pequeña y, montando todos en sus caballos, se lanzaron al galope sin volver la vista atrás.
