Capítulo 5

Costa holandesa

Esa madrugada, tras ser recogidos por una barcaza en la desembocadura del río Vecht, cuando Sakura, Matsuura y Gilroy vieron a lo lejos los cuatro galeones de la flota del padre de la joven que los esperaban, suspiraron aliviados.

Los hombres que habían ido a recogerlos los miraban en silencio cuando Gilroy preguntó:

—¿Cómo vas a explicar lo de la niña?

Sakura, que no paraba de darle vueltas a la cabeza, resopló. Su padre montaría en cólera al ver al bebé, e indicó consciente de que deseaba cuidar de la pequeña:

—Con la verdad. Es de la familia y no voy a abandonarla.

Matsuura asintió, Gilroy también, y los hombres que remaban miraron hacia otro lado. Se avecinaba una buena tempestad.

Una vez que llegaron a las inmediaciones donde estaban fondeados La Bruja del Mar, El Demonio de las Olas, La Brisa Guerrera y El Fuego Infernal, la flota de su padre, se engancharon a las redes del primer galeón y subieron a bordo. Los hombres que allí los esperaban sonreían, pero la risa se les congeló al ver que Sakura se desataba una manta que llevaba sujeta al cuerpo y de ella aparecía un bebé.

—Cáspita, Bicho, pero si solo has estado unas horas fuera del barco... —se mofó Gus.

Eso le hizo gracia a la joven. En el galeón debía dejar a un lado su dulzura y su lado femeninos para simplemente ser uno más de ellos, así que endureció la voz, y contestó:

—Pues imagínate lo que habría traído si hubiera estado fuera una semana.

Los hombres rieron. Aquella muchacha siempre tenía contestación para todo, y, aun viéndole el labio partido y un buen chichón en la frente, no preguntaron, estaba claro que se había metido en algún jaleo. A continuación Kendrak se acercó a ella y contempló a la niña dormida.

—¿Cómo osas traer un bebé al barco? —preguntó.

Sakura lo miró, los buenos modales se habían quedado en tierra; clavando su oscura mirada en aquel, le dio un cabezazo que hizo que todo su cuerpo retumbara, pero, sin mostrar signos de dolor, siseó:

—¿Cómo osas tú echarme tu pestilente aliento de gusano podrido? —Kendrak se tocó la frente, aquella muchacha era una bestia, y cuando iba a contestar ella añadió—: Hueles peor que los pedos de un camello.

Todos rieron de nuevo ante la fuerza y la osadía de la joven, y ella, consciente de que el problema comenzaba en ese instante, miró a Ferdinald, el hombre que se ocupaba de darles a todos de comer en La Bruja del Mar, y anunció:

—Necesitaré leche o lo que suela comer un bebé.

El hombre asintió sin dudarlo y, sorprendiéndola, indicó:

—Le daremos algo de leche y puré. Trituraré el estofado de pescado y lo rebajaré con agua para que no sea muy fuerte. —Y, al ver el agradecimiento en el rostro de aquella, cuchicheó—: Eso hacía contigo cuando eras un bichito, ¡y mira lo sana y fuerte que estás!

Sakura asintió. La mayoría de aquellos fieros hombres la habían cuidado desde que era una niña. Todos y cada uno de ellos eran especiales para ella por muchos motivos.

—Compré la raíz que te dije para las molestias de tu rodilla —comentó a continuación dirigiéndose al viejo Jackson.

—Gracias, Bicho —contestó él sonriendo.

—Y la hierbabuena para tus dolores de cabeza —añadió señalando a otro hombre.

Todos asintieron. Sakura se preocupaba por ellos. A su manera los cuidaba y, cuando aquel iba a hablar, Gus tosió e intervino:

—Bicho, siento interrumpir, pero quienes ya sabes te esperan en el camarote de tu padre.

—Te acompañaré —se ofreció Matsuura viendo que Gilroy se escabullía.

En cuanto desaparecieron de la mirada de los hombres, Sakura se llevó una mano a la frente, que aún le dolía a causa del cabezazo que le había dado a Kendrak, y murmuró en confianza:

—Dios, ¡qué daño!

Matsuura asintió. Cuando se ponía guerrera, era la más bestia de todos.

—Muchacha, ¿cuándo dejarás de ser tan bruta? —la regañó mirándole el chichón.

Instantes después, cuando Sakura abrió la puerta del camarote principal, vio a su padre sonreír. Ella era su mayor orgullo y su vida entera. Y, sin fijarse en lo que llevaba en los brazos, él le preguntó viendo los feos golpes que tenía en la boca y en la frente:

—Mebuki, ¿quién ha osado ponerte la mano encima?

—Tranquilo, papá. Quien lo hizo lo pagó con su vida.

—Tsunade, amore mio! —exclamó de pronto su tío Dan—. ¿De quién es ese bebé?

El capitán Haruno se fijó entonces en lo que su hija llevaba en los brazos.

¿Qué hacía un bebé a bordo?

Y, dando un paso atrás como si aquello fuera la peste, musitó entre dientes:

—Sakura... Mebuki... Tsunade... Naori... Kurenai...

Al oírlo, la joven resopló. Por todos era sabido que, tras la matanza causada por los piratas, y en honor a las mujeres fallecidas, sus tíos decidieron ponerle sus nombres. Sakura era el elegido por su madre al nacer. Mebuki, el escogido por su padre, y a estos le siguieron Tsunade, Naori y Kurenai, por el de las mujeres de Dan, Kakashi y Asuma.

La joven había crecido con aquellos nombres y más; dependiendo de quién le hablara, así la llamaba. Algo que para otros podía ser una locura para ella era de lo más normal. Los únicos que la llamaban por el nombre que su madre había elegido siempre habían sido Edberg, Ragnar y Matsuura. El resto la llamaban como les apetecía. Pero cuando su padre o cualquiera de aquellos pronunciaba todos sus nombres al completo, no hacía presagiar nada bueno.

—A ver, papá —se apresuró a decir Sakura—, antes de que sigas con tu retahíla de nombres, has de saber que esta niña es la hija de Edberg y Elga.

El capitán Haruno parpadeó sorprendido y Asuma Sarutobi preguntó mirándola:

—Kurenai, ¿y por qué está aquí contigo y no con sus padres?

La joven abrió la boca para contestar, pero el francés Kakashi insistió:

—Naori, ¡necesitamos una explicación de manera inminente!

Un nudo de emociones se le instaló de nuevo a Sakura en la garganta, y fue Matsuura quien explicó lo ocurrido. Aquellos hombres, a los que la gente consideraba piratas por haber vengado las muertes de sus esposas, escucharon apenados lo que aquel contaba con voz seca y, cuando acabó, Sakura indicó con dulzura:

—Por eso está aquí conmigo. Tío Edberg me lo pidió y yo...

—Por todos los demonios —gruñó su padre—. Edberg sabía perfectamente que al barco no pueden subir niños. Así que ese maldito bebé ha de desaparecer.

—Papá...

—Son las normas. Y tú las conoces tan bien como el resto de la tripulación —insistió él viendo cómo Kakashi le hacía una monería a la pequeña y esta sonreía.

A Sakura comenzaba a acabársele la paciencia. Cualquiera le decía a su padre lo que sabía de Indra Ōtsutsuki, por lo que cambió el tono por otro menos dulce y se quejó:

—Papá..., maldita sea.

—Me da igual lo que digas, Mebuki. Ese bebé ha de bajar del barco.

Sakura negó con la cabeza y, dispuesta a cumplir algo que en su cabeza ya se había fraguado, propuso:

—Escúchame, papá. Podemos ir a Escocia y...

—¡¿Escocia?! ¿Te has vuelto loca?

—Siempre he querido conocer Escocia —insistió ella.

—¡Que no, muchacha, que no!

—Papá, escucha...

—¡Ni hablar! —escupió el capitán.

—¿Cómo se llama la bambina? —preguntó su tío Dan hechizado por la cría.

—Siggy.

—Precioso nombre, pero algo corto —afirmó Asuma haciéndole monerías.

El capitán Haruno, consciente de la metedura de pata de su hija y viendo las caras de aquellos ante la niña, insistió:

—Has de regresar a tierra y dejarla allí.

—¡Ni hablar! La niña no se quedará con unos desconocidos. Maldita sea, papá, Siggy es de la familia —gruñó enfadada—. No pienso dejársela a cualquier persona con la que me cruce en el camino sin saber si la cuidará bien o no.

—He dicho que ha de bajar del barco y no lo voy a repetir —insistió el capitán.

Al oír a su padre, Sakura se acercó a él con la misma chulería y, mirándolo directamente a los ojos, musitó con descaro:

—Si ella se baja, yo también.

—Sakura... Mebuki... Tsunade... Naori... Kurenai... —siseó él—. No me repliques ni me retes, muchacha, o tendré que hacerte pasear por la plancha de madera. ¡Soy tu padre y tu capitán!

La joven, acostumbrada a aquellas amenazas desde que era niña y a decir siempre la última palabra, contestó enfadada:

—Querido padre y estimado comandante, si me descuartizan o me pasan cosas horribles por ser tu hija y estar sola en tierras extrañas con una niña, espero que recaiga sobre tu conciencia de una manera tremendamente cruel. Si muero o padezco de terribles fiebres o situaciones que prefiero no comentar, te auguro que no volverás a dormir ni una noche del resto de tu vida, porque...

—¡Ya estamos! —gruñó el capitán—. Hija, ¿tengo que meter tu maldita cabeza bajo el agua para que cierres esa boca?

—Probablemente.

—¡Mebuki! No me tientes.

—¡Atrévete! —lo increpó ella.

—¡Mebuki!

—Atrévete, papá, y...

Shensi —cortó Matsuura tocando el hombro de la joven.

El capitán, ofuscado por el rudo temperamento de su hija, se disponía a hablar de nuevo cuando vio que ella se sacaba algo que llevaba en la talega.

—Antes de morir, tío Edberg me dio esto y me recordó que te reclamara mi libertad —contó mientras todos observaban boquiabiertos el anillo que aquella les mostraba. Sin duda lo habían reconocido—. Se encontró con Bart el Rojo sin esperárselo. Lo reconoció y lo mató por vosotros —añadió—. Bart el Rojo por fin está muerto, y todo gracias a él.

Oír eso hizo que todos los presentes se miraran entre sí. Aquello era lo mejor que habían oído en mucho tiempo. Por fin habían vengado las muertes de sus mujeres, y Kizashi Haruno, acercándose a su hija, miró el anillo y murmuró emocionado:

—Mebuki...

Ver la ternura en su padre emocionó a Sakura. Pocas veces lo había visto así y, al mirar a sus tíos y comprobar que estaban en la misma situación, intentando que aquellos rudos a la par que cariñosos hombres de mar no lloraran ante ella, soltó:

—Entiendo que saber que el malnacido de Bart el Rojo está muerto y recuperar este anillo os emocione y os traiga infinidad de recuerdos, pero ¿en serio vais a poneros a llorar como unas blandengues damiselas?

Kizashi Haruno, Asuma, Kakashi y Dan tomaron aire por la nariz al oírla; la noticia y ver el anillo los había emocionado.

—En ocasiones por tu maldita frialdad tengo la sensación de haber tenido un hijo en vez de una hija —musitó Kizashi Haruno.

Eso que tantas veces le habían repetido hizo gracia a la joven, que, mirando a su padre, se acercó a él y le dio un dulce beso en la mejilla.

—Para tu suerte o para tu desgracia, tuviste una hija —le susurró con cariño.

—Una hija preciosa que es todo un guerrero —afirmó el capitán sonriendo.

Durante unos segundos padre e hija se miraron con devoción. Se amaban. Lo ocurrido los había unido aún más, y entonces él, quitándole el anillo de la mano, se lo guardó en el bolsillo del pantalón y dijo cambiando el gesto:

—Saca al bebé del barco.

Sakura maldijo. ¿Cómo podía ser así su padre? Y, dispuesta a salirse con la suya, gritó olvidando su dulzura:

—¡Jodido cabezón! ¡Escúchame!

—¡Kurenai! —le reprochó Asuma.

—Tsunade..., amore mio, ¡contén esa lengua! —gruñó su tío Dan.

Pero Sakura, a quien no le importó cómo la miraban los presentes, comenzó a maldecir en todos los idiomas que sabía.

Los hombres, como siempre, la miraban boquiabiertos. La joven pasaba de ser una dulce y sonriente muñequita al peor y más malhablado de los piratas. Los ataques de furia que sufría eran algo característico en ella, pero ignoraban que siempre los usaba para desconcertarlos y darse tiempo para pensar cómo contraatacar para salirse con la suya.

Matsuura suspiró, pero de pronto ella dejó de blasfemar y, sin apartar los ojos de su padre, le entregó la niña a su tío Dan y, mirando a su progenitor, gritó fuera de sí:

—¡Por Yemayá, capitán Haruno, ¿me puedes explicar por qué yo siendo un bebé sí pude estar en este barco y Siggy no?!

—Porque tú, maldita deslenguada, eras mi responsabilidad y mi hija —contestó él sin parpadear.

Sakura asintió y, tomando aire, soltó mientras veía a su tío sonreírle a la pequeña:

—Pues ahora Siggy es mi responsabilidad. Y si para que se quede aquí he de gritar a los cuatro vientos que es mi hija, lo haré: ¡es mi hija!

Según dijo eso, todos abrieron los ojos sorprendidos. Sakura nunca había hablado de tener hijos, y cuando su padre iba a hablar, su tío Dan le pasó la niña a Kakashi e intervino:

—A pesar de que la cólera ahora recaerá sobre mí, estoy con Tsunade. Edberg no se merece que dejemos a su hija sola en tierras holandesas.

Matsuura sonrió con disimulo; el contraataque empleado por la joven para ablandarles el corazón comenzaba a funcionar. El francés, tras arrugarle la nariz a la pequeña, que lo miraba, indicó:

—Estoy con Naori y con Dan. Edberg ha matado a Bart el Rojo por nosotros, ¿cómo vamos a abandonar a su pequeña?

—¡¿Os habéis vuelto locos?! —gritó el capitán Haruno sin dar crédito.

Kakashi miró a Dan, que sonreía como él, le tendió la pequeña a Asuma Sarutobi y cuchicheó:

—¿Has visto qué manitas tan regordetas y chiquititas tiene?

El capitán los miraba atónito a todos cuando el francés exclamó en un tono meloso:

Ma petite!

—¡Rayos y centellas! Pero ¿qué estáis haciendo? —bramó Haruno.

Sakura sonrió. Dejar que todos cogieran en brazos a la pequeña había surtido el mismo efecto que a ella le causó.

—Estoy con vosotros —señaló entonces el escocés Asuma—. Debemos buscar una solución para este bombón. —Kizashi Haruno maldijo y aquel prosiguió—: Vayamos a Escocia como ha sugerido Kurenai.

—¿Por qué justamente Escocia? —preguntó enfadado el capitán.

—Muy fácil, papá. Porque nadie, nadie en absoluto, imaginará que pueda estar allí para buscarle un hogar a la pequeña. ¿Realmente crees que la gente creerá que estoy allí sabiendo que me pueden apresar, colgar o cortarme la cabeza?

Todos asintieron. Lo que aquella proponía era una locura, pero también era acertado. Nadie imaginaría nunca que la hija de Kizashi Haruno fuera tan osada como para poner los pies en Escocia.

Kakashi entendió lo que la joven indicaba y terció:

—Naori podría encontrarle un hogar a la pequeña y posteriormente regresar al barco.

Pero a Sakura no le gustó esa opción. Si bien ella lo había pensado también, cada segundo que pasaba junto a Siggy le hacía sentir que deseaba seguir con ella; pero no queriendo levantar la liebre, le dio la razón.

—Buena idea.

Los hombres se miraron entre sí, y Asuma insistió:

—Si mal no recuerdo, dentro de poco más de un mes se celebrará en Edimburgo la gran fiesta del castillo. Podría ser un buen momento para que Kurenai se mezclara con la gente que llegue de todos los lugares sin ser reconocida.

—Tío Pinwi vive en Edimburgo vendiendo joyas, ¿verdad que sí? —preguntó la joven, aunque ya sabía la respuesta.

Todos sonrieron al oír aquel apodo.

—Sí —afirmó Dan.

—Naori —terció Kakashi—, creo que si lo visitaras le darías la sorpresa de su vida. Sabes que te quería mucho.

—Lo sé —dijo ella sonriendo.

El capitán Haruno suspiró. Su hija era lista, muy lista. No solo era físicamente idéntica a su madre, sino también en aquel carácter suyo tan arrebatador.

Los conocía a todos muy bien como para saber manejarlos y conseguir lo que se proponía como en otro tiempo había hecho Mebuki, su madre. Eso lo hizo sonreír para sus adentros, consciente de que le agradaba ver aquel instinto protector de Sakura hacia el bebé. Vivir rodeada de hombres la había hecho ser un hombre más, a pesar de la sensibilidad que sabía que aquella poseía.

Estaba pensando en ello cuando Asuma le entregó a la pequeña. El capitán, incapaz de no cogerla, la sujetó y entonces su amigo cuchicheó:

—Es un bichillo como lo fue Kurenai..., ¿en serio la quieres abandonar?

Kizashi Haruno la miró en silencio. Su hija, que lo retaba y lo sacaba de sus casillas en muchas ocasiones, también había sido así de pequeñita, y sin poder evitarlo sonrió y Sakura suspiró aliviada.

¡Su plan funcionaba!

Durante unos minutos en el camarote no se oyó una mosca, hasta que ella, tomando aire, soltó:

—Papá, reclamo mi libertad.

Al oír eso, todos la miraron.

Al morir Bart el Rojo, el peligro que Sakura podía correr de morir como su madre a manos de aquel asesino era nulo, pero el capitán se resistió. Su hija, lejos de él, podría tener cientos de problemas y, además, ¿qué iba a hacer sin ella?

Sakura, al ver que no decía nada, insistió:

—Papá, tíos, la vida en el mar es lo que me ha tocado vivir, pero también sabéis que siempre he querido...

—¡Ni hablar! —la interrumpió el capitán—. Eres mi hija. Te quiero viva, y si alguien en Escocia te descubre morirás. Olvídalo. Nadie te protegerá como yo. No sigas por ahí.

—Pero, papá...

—Mebuki, he dicho que no. ¡Obedece!

Oír eso enfadó aún más a la joven, que, clavando la mirada en aquel, siseó:

—Tengo veinticinco años. Bart el Rojo ha desaparecido y...

—No solo él quería verte muerta —la cortó su padre—. Hay otros muchos que disfrutarían matándote.

—Que lo intenten y me defenderé...

—¡Maldita cabezota! —gruñó él.

—¡Quiero vivir! —exigió de nuevo—. El peligro siempre formará parte de nuestras vidas. Pero, papá, ¿acaso no crees que merezco probar otra vida diferente?

—No sabrás vivir en tierra. Tu vida está aquí, junto a mí. Soy tu padre, te quiero y te protejo. Nadie lo hará tan bien como yo, ¡olvídalo!

Pero, desesperada, la joven no quería dar su brazo a torcer.

—¿De verdad crees que quiero pasar toda mi vida en este barco?

Kizashi Haruno no respondió. Le gustara o no, su hija tenía parte de razón.

—Kurenai —indicó entonces Asuma—, tu padre tiene razón. Por desgracia, la realidad es esa y lo mejor para ti es...

—¿En serio me estáis diciendo que nunca podré tener una vida normal? ¿De verdad pretendéis que mi vida sea el mar, que no me enamore, tenga hijos e intente ser feliz?

Ma petite, ¿quieres enamorarte? —preguntó Kakashi.

—Probablemente...

—¿Y tener hijos? —preguntó su tío Dan sorprendido.

Sakura se encogió de hombros y, sin saber qué decir, musitó:

—Y yo qué sé tío. —A continuación ninguno habló, todos se miraban entre sí, y la joven insistió—: Os quiero porque sois mi familia. Daría mi vida por todos vosotros, pero yo necesito...

—¡No! Y no hay más que hablar, Mebuki. No pisarás Escocia —la cortó su padre.

Sakura apretó los puños enfadada. Estaba cansada. Comenzar una nueva discusión con su padre y con sus tíos sería agotador, y, cerrando los ojos, suspiró y su padre agregó:

—Ese suspiro contiene todo lo que no dices con palabras.

Ella lo miró molesta. Lo quería. Amaba a su padre y a sus tíos, pero la vida en el mar y la soledad que conllevaba se le hacían más cuesta arriba cada día. E, intentando utilizar las mejores palabras para hacérselo entender, iba a hablar cuando su padre continuó:

—Cuando naciste y vimos que eras una niña, tu madre me hizo prometer que te protegería toda la vida. Y cuando ella murió, mi protección hacia ti se redobló. Pero creciste. Te convertiste en una mujer y comenzaste a decidir por ti misma cosas que sabes tan bien como yo que nunca te reproché. —Sakura asintió. Sabía que se refería a sus escarceos con los hombres—. La vida en el mar es dura. Lo sé, Mebuki. Lo sé. Pero has de entender que alejada de mí, y especialmente en Escocia, te pueden pasar cosas terribles, y yo como padre tuyo que soy quiero evitarlo.

—Gracias por tu protección, papá, pero tú me has enseñado a vivir sin miedo y... y hay algo dentro de mí que me pide a gritos que cambie de vida, y para ello he de ir a Escocia.

—Pero ¿por qué Escocia? —insistió él.

Sakura sonrió y, omitiendo que Indra Ōtsutsuki estaba allí, indicó:

—Quizá porque soy mitad escocesa o porque los recuerdos de tu tierra siempre te emocionan cuando hablas de ella. El caso es que quiero conocer el país. Y si mamá estuviera aquí sé que me apoyaría te pusieras como te pusieses, porque sin duda querría que fuera feliz; ¿o acaso crees que no sería así?

Los hombres se miraron entre sí y Kakashi, en un hilo de voz, susurró:

—¿No eres feliz, ma petite?

Sintiéndose fatal por cómo todos la miraban, Sakura suspiró.

—Tío Kakashi, todos vosotros me hacéis feliz. Pero deseo disfrutar de todas esas cosas que siempre se me han negado por nacer en este barco y ser la hija del capitán.

La tristeza que la joven vio en los ojos del francés por lo que acababa de decir le rompió el corazón.

—Papá —prosiguió—, quizá tras quince días en Escocia sienta la necesidad imperiosa de regresar a La Bruja del Mar contigo porque, efectivamente y como tú dices, puede que no me acostumbre a vivir allí. Pero eso no lo sabré hasta que lo pruebe.

El capitán Haruno finalmente asintió. Llevaba tiempo temiendo que llegara ese momento. Y, comprendiendo que no podía seguir mirando hacia otro lado y que su hija merecía la oportunidad de vida que reclamaba, repuso:

—No podrás decir que eres mi hija.

—¡Por el culo de Neptuno, lo sé!

—Ni tampoco hablar así, amore mio —le recriminó riendo su tío Dan.

La joven sonrió y luego, mirando a su padre, afirmó:

—Papá, sé que una vez en tierra he de evitar decir quién soy. Y aunque eso me duele en el alma, porque tengo al mejor padre del mundo, sé que es importante para sobrevivir.

El capitán afirmó con la cabeza.

—Me gustaría que todo fuera diferente, Sakura —musitó con voz pesarosa—, pero la realidad es la que es. Yo no puedo pisar suelo escocés. No puedo acompañarte, hija mía.

Con una tierna sonrisa, la joven asintió, y él tomó aire y luego declaró:

—En tierra firme, en vez de decir que te llamas Sakura Mebuki Tsunade Naori Kurenai Haruno, dirás que te llamas Sakura Mebuki Tsunade Naori Kurenai Mimura.

Oír eso hizo sonreír a la joven, que musitó con un gesto gracioso:

—¿Qué tal si lo dejamos solo en Sakura Mimura?

Kizashi sonrió y Kakashi, tras mirar a Asuma y a Dan, afirmó:

—Será lo más acertado, Naori.

Sin poder creerse lo que estaba consiguiendo, ella iba a hablar cuando su padre añadió:

—De acuerdo, Mebuki. Te dejaré en tierra. En mi amada Escocia, aunque yo no la pueda pisar, y tendrás que vivir sin nosotros. Y eso significa no meterte en problemas.

—Lo sé —afirmó ella mientras sonreía y pensaba que lo primero que haría tras buscarle un hogar a la niña sería ir a por Indra Ōtsutsuki y matarlo.

—Para eso has de refrenar tu arrojo, pensar las cosas antes de hacerlas y, sobre todo, cerrar esa boca malhablada que sueles tener.

—Probablemente —afirmó ella pestañeando como una dulce jovencita.

Mientras caminaba de un lado a otro del camarote para templar sus nervios, Kizashi gruñó al oírla:

—¡Probablemente..., probablemente! Cada vez que dices esa palabra me fío menos de ti.

—Papá...

El hombre tomó aire para tratar de serenarse.

—Tus tíos y yo te hemos enseñado modales como hemos podido o, mejor dicho, ¡como nos has dejado! Sabes ser una mujercita dulce, cálida y graciosa cuando es necesario y un fiero guerrero cuando no queda más remedio. Eso sí, no cocines porque eso, cariño mío, no es lo tuyo. —Sakura soltó una carcajada y su padre finalizó emocionado—: Y, dicho esto, espero que seas juiciosa.

Todos la observaban en silencio cuando el capitán, mirando al japonés, que estaba junto a su hija, indicó:

—Matsuura, eres un hombre de mar y un buen marinero. Siendo Mebuki un bebé os pedí a ti, a Ragnar y a Edberg que la cuidarais y la protegierais como si se tratara de vuestra propia hija. Pero llegados a este momento te relevo de...

—Iré a donde ella vaya —lo cortó aquel.

Sakura no se sorprendió. Oír eso alivió al capitán, que añadió para ponérselo difícil a su hija:

—Vivirás sin lujos.

—¡Papá!

—¡Kizashi! —protestaron todos.

—Vivir sin lujos significará que nadie le hará preguntas ni se interesará por su procedencia —explicó él. Los demás asintieron y el capitán prosiguió—: Como dice Asuma, llegaremos para la fiesta del castillo, por lo que habrá mucha gente y nadie te mirará de un modo especial.

La joven resopló. Vivir sin lujos no era precisamente lo que había hecho durante toda su vida. Por ser su padre quien era, nunca le había faltado comida, ni una cama calentita, ni nada que deseara. Pero, le gustara o no, su padre tenía razón. Entonces vio que él se quitaba el broche que llevaba prendido en la camisa.

—Llévatelo. En caso de apuro lo puedes vender.

Al ver lo que le entregaba, ella parpadeó y el capitán señaló:

—Ya sé que es el primer broche que hiciste y me regalaste. Pero, como bien sabes, en un momento de necesidad, las joyas que hay en él te ayudarán. —Sakura cogió el broche y, tras guardárselo en el bolsillo, su padre añadió—: No te apures si has de venderlo. Lo vendas a quien se lo vendas, lo volveré a recuperar. Pero si se lo vendes a Pinwi, me facilitarás las cosas.

Sakura parpadeó entre feliz e inquieta. ¿Sabría ella vivir fuera del mar y sin dinero?

—Estarás seis meses en tierra, ni un día más —indicó él cogiendo una botella.

—Papáááááá...

—Y mi consejo es que te andes con ojo y no vayas dando cabezazos ni clavando dagas y puñales a todo el que se te acerque, porque mi deseo es que no termines en la horca.

—¡Pero ¿qué dices?! —gruñó enfadada.

—Tsunade, ¡es importante que recuerdes lo de los cabezazos! —se mofó su tío Dan.

—Dudo que lo recuerde —cuchicheó el francés mirando el chichón que tenía.

Todos comenzaron a hablar entre sí hasta que la joven oyó a su padre decir:

—Conoce a quien te plazca. Diviértete, pero cuida tu corazón. No quiero verte sufrir.

—Papá...

—Hija, bien sabes que no me meto en tu disfrute personal en ciertas lides, pero ten cabeza y recuerda que ningún hombre en el mundo, una vez que sepa quién eres en realidad, te respetará ni te querrá, ¿entendido?

—Entendido.

—Pobres escoceses —se mofó Dan—. La dulce tortura que se les viene encima.

Oír eso hizo que los hombres rieran a carcajadas, y el francés, observando el gesto de la joven, afirmó:

—Estoy de tu lado. Este momento tenía que llegar tarde o temprano, y recuerda eso que te he dicho muchas veces: la vida es corta y pasarlo bien es lo que importa.

La joven asintió y su tío Dan, que la adoraba, terció:

—Tsunade, amore mio, cuando quieres sabes pestañear y sonreír con amabilidad. Te hemos enseñado, por lo que simplemente ponlo en práctica, en lugar de blasfemar como el peor de los hombres y liarte a puñetazos. Eso sí, si alguno se propasa, ¡sácale los ojos y luego hazte unos pendientes con ellos!

—No tiene por qué volver a suceder lo que pasó con el gusano de In...

—Tío Asuma, ¡ni lo nombres! —lo cortó la joven.

Era mejor no mencionar el nombre de Indra Ōtsutsuki , y el francés, dispuesto a terminar con aquel mal momento, comentó:

—¿Recordáis cómo corría el hijo del comerciante Lucho Piarse el año pasado en el puerto de Génova, cuando el imprudente intentó cortejarla?

—Es que no me gustaba —indicó la joven.

—¿O aquel otro al que nuestra Kurenai lanzó por la proa cuando quiso coger su mano?

—Tío Asuma, ese hombre apestaba —afirmó ella.

—Y no hablemos del español al que esta descerebrada ató a la mesana en el puerto de Barcelona.

—Ese era un osado y se lo merecía —susurró ella.

De nuevo, todos soltaron una risotada al recordar al que había atado por los pies al palo más cercano a la popa. Ella también rio. Aquellos recuerdos eran divertidos.

—Te acompañarán diez de mis hombres —añadió entonces su padre—. Pero por tu bien y el de ellos te recomiendo que no te metas en problemas, porque si algo les pasa a ellos, yo no estaré cerca para ayudarte. —La sonrisa de la muchacha se desvaneció cuando él dejó la botella sobre la mesa y continuó—: Cuando los seis meses de libertad que te concedo en tierra concluyan, te pongas como te pongas regresarás conmigo a La Bruja del Mar. Tu lugar está aquí. Junto a mí.

Conocedores del genio de aquella, los hombres la miraban a la espera de que montara en cólera y volaran dagas y cuchillos por los aires.

Sakura, que lo sabía, apretó los puños y respiró hondo. No iba a darles el gusto. Ella era fuerte, decidida, resolutiva. Criarse entre hombres la había hecho así. Pero su rudeza y decisión eran lo que en tierra firme no podía practicar. En tierra firme debía ser una simple mujer, Sakura Mimura, y no la intrépida hija del capitán Kizashi Haruno.

Escuchaba sin decir nada a aquellos a los que adoraba cuando su mirada se encontró con la de Matsuura. En silencio, aquel hombre le habló. Con la mirada le dio fuerza, seguridad, valor, y a su manera le imploró que cambiara su presente para labrarse un futuro.

Ella era una mujer, ¿acaso no iba a saber desenvolverse como tal?

Sakura se removió inquieta.

Aquello que de niña tanto había deseado estaba ocurriendo. Ya no era una chiquilla inexperta en lo que a los sentimientos se refería. Ya era una mujer fuerte y curtida. Una mujer independiente y guerrera necesitada de aquella libertad y sobre todo de ver muerto a Indra Ōtsutsuki.

Seis meses alejada de su padre, de sus tíos y del mar era algo tentador. Mejor eso que nada.

Estaba pensando en ello cuando de pronto recordó lo que tío Edberg y Leisy le habían dicho aquel día antes de morir: las situaciones del pasado no debían determinar su futuro.

¿Y si seguía ese consejo?

¿Y si vivía aquellos seis meses todo lo que podía y más?

Por ello, y cogiendo a la pequeña de brazos de su padre, tras mirar a Matsuura, que asintió mientras aquel abandonaba el camarote, la joven soltó:

—No hay más que hablar. Seré Sakura Mimura.

Su voz hizo que todos se callaran sonriendo para no demostrarle lo mucho que los asustaba su decisión, y entonces ella dijo acercándose a la botella que su padre había dejado sobre la mesa:

—Nos quedaremos en Escocia seis meses, pero solo Matsuura, Siggy y yo.

—¡¿Cómo?! —gritaron todos al unísono.

—¿Qué es eso de que solo Matsuura y tú? —la cortó Haruno—. ¿Te has vuelto loca? ¿Acaso no piensas en tu seguridad?

Suspirando, la joven asintió.

—Precisamente pensando en mi seguridad declino la oferta de que me acompañen los hombres. ¿Te imaginas a alguno de ellos en tierra firme más de tres días? Papá, ¡son hombres de mar! ¡Piratas! Piénsalo..., si la idea es que nadie sepa que soy tu hija, ¡la maldita Joya Haruno!, lo mejor es que no me acompañen o toda Escocia se enterará de que la hija del capitán Kizashi Haruno está allí.

Todos guardaron silencio. Sin duda la joven tenía razón.

—Sé defenderme solita y bien lo sabéis todos. Y con Matsuura a mi lado tengo más que suficiente.

—Sakura..., Mebu...

—No, papá, ¡no empieces! —lo cortó—. Tú pones tus condiciones y yo pongo las mías. ¿Tan difícil es llegar a un entendimiento? Tú has dicho seis meses. Y yo acepto con la condición de que no os quiero ver a ninguno cerca. Escocia es peligrosa para vosotros, así que ¡os quiero lejos! —De nuevo, los hombres se miraron y el capitán carraspeó incómodo cuando su hija añadió sin apartar la mirada de él—: Matsuura y yo viviremos de la venta de mis joyas, por lo que necesitaré material para realizarlas y...

—Te daré lo justo...

—Papá, ¡no seas tacaño! —protestó ella.

Kizashi Haruno quería ponérselo difícil. Darle lo justo y necesario podría significar que ella regresara en breve a La Bruja del Mar.

—Has pedido tu libertad —indicó— y, por muy hija mía que seas, te irás con lo justo. Además, con el broche que te he dado, si lo vendes tendrás más que suficiente para vivir.

Oír eso le pareció inaceptable a Sakura. ¿Por qué su padre tenía que ser así? ¿Por qué se lo tenía que poner siempre todo tan difícil? Pero, deseosa de hacerle ver que no lo necesitaba para sobrevivir, sentenció:

—Muy bien. ¡Me llevaré lo justo! No necesito más.

Los hombres hablaban, se quejaban. La muchacha no tenía por qué pasar calamidades pudiendo vivir holgadamente. Pero el capitán Haruno no dijo más.

¿Su hija lo dejaba? ¿En serio se iba a separar seis meses de ella? Pero ¿por qué había aceptado y le había dado su libertad?

Estaba sumido en sus preguntas sin respuestas cuando miró a Sakura y sonrió. En breve comenzaría el terrible frío y las nevadas en las Highlands. Sin dinero, con frío y sin hogar, su hija no tardaría en regresar a La Bruja del Mar.

Al ver el gesto desconcertado de su padre y del resto de los hombres, que habían pasado de las risas a la preocupación, tras dejar a la pequeña en brazos de uno de sus tíos Sakura puso una mano sobre la botella de whisky y otra sobre su corazón.

—Yo, Sakura Mebuki Tsunade Naori Kurenai Haruno, como tripulante de La Bruja del Mar, acepto el trato hecho con el capitán Haruno —declaró—. Estaré en Escocia seis meses y después prometo regresar al barco.

Que la joven hiciera aquello, prometer algo con una mano sobre una botella y la otra sobre su corazón, para ellos era dar su palabra. Cuando terminó, Sakura retiró la mano de la botella y cogió de nuevo a la pequeña.

—Una vez en Escocia necesitaré una carreta que nos sirva de resguardo por la noche y de puesto para la venta de mis joyas de día. Eso, y unos buenos caballos para que nos podamos mover. —Y, clavando la mirada en su padre, que estaba atónito, matizó—: ¡Y no se te ocurra decirme que no o te juro por Yemayá que maldeciré tu nombre todos los días de mi vida!

El capitán asintió sin dudarlo. Tampoco quería que su hija durmiera en el suelo.

Complacida, Sakura sonrió y, sin revelarles lo que realmente quería hacer en Escocia, indicó:

—Seis meses de mi vida que sin duda aprovecharé.

Todos se miraban sin decir una palabra cuando el capitán, sacando el recién recuperado anillo de su mujer, lo contempló con amor y susurró tendiéndoselo a su hija:

—Es tuyo.

—Papá...

—Tu madre querría que lo tuvieras tú.

Ella lo miró. Sabía lo especial que era aquel anillo de boda para su padre.

—Quiero que lo guardes tú. —Sonrió—. Es un anillo de boda y yo no tengo ninguna intención de casarme.

Padre e hija se miraron. En ocasiones las palabras sobraban, y esa era una de ellas.

Todos se quedaron de nuevo en silencio y la joven, al ver la emoción en el rostro de todos aquellos a los que la gente llamaba «fieros piratas», dijo sonriendo por la aventura que le esperaba:

—Me rugen las tripas y a Siggy también. ¡Zarpemos cuanto antes!

Una vez que salió del camarote con la pequeña, el corazón le iba a mil. Lo que iba a hacer era una locura.

Pero ¿cómo se le había ocurrido proponerlo siquiera? ¿Qué iba a hacer ella durante seis meses en Escocia?

Estaba pensando en ello cuando llegó a cubierta. Allí se encontró con Matsuura y, acercándose a él, le preguntó:

—¿Estás seguro de que quieres acompañarme?

—Sí, pero has de prometerme una cosa.

—Sabes que yo no prometo.

Al oír eso, el japonés sonrió.

—Tienes que prometérmelo.

—¿El qué?

Matsuura acercó el dedo con cariño a la punta de la nariz de aquella y, mirándole la frente, cuchicheó:

—Nada de chichones.

Ambos rieron y finalmente ella murmuró:

—Solo diré... probablemente.

Matsuura iba a protestar cuando de pronto notaron un tufillo raro y Sakura, entregándole a la niña, exclamó:

—Por Tritón..., esta niña es peor que una mofeta.

Y, dicho eso, huyó mientras él sonreía con la pequeña Siggy en brazos y, posteriormente, mientras le cambiaba el paño, le comenzó a hablar en japonés. La hija de su hermano debía aprender.

.

.

Horas después, en cuanto los marineros le dieron de comer a Siggy con mimo en la cocina, Matsuura se la llevó a Sakura. La joven la besuqueó con cariño y la niña sonrió. Era tan bonita... Durante un rato jugó con ella, hasta que, cerrando los ojitos, la pequeña se durmió sola. Sakura la dejó sobre su camastro y la miró.

¿En serio iba a ocuparse de ella?

Un buen rato después, cuando comprobó que estaba totalmente dormida, cogió un viejo joyero y lo abrió. Allí había algunas joyas que habían pertenecido a su madre y a su abuela. Unas joyas más sentimentales que costosas, que guardaba y atesoraba con devoción y que solo utilizaba en momentos muy especiales, y a las que ahora se sumaba aquel impresionante anillo.

Tras admirarlas, se colocó unos grandes pendientes redondos en las orejas, y en las muñecas unas pulseras y unos labrados brazaletes de plata.

Hecho eso, cogió una caja que contenían unos polvos color ocre dorado. Echó unas gotas de agua sobre un plato e hizo una pasta con los polvos. Cuando acabó, mirándose en un espejo, se trazó con aquellos polvos dorados una línea en mitad del rostro. Después se impregnó las palmas de las manos con los mismos polvos y, tras comprobar que la niña seguía durmiendo, salió del camarote.

En cubierta vio a Matsuura sentado en la popa con los ojos cerrados. Sin duda estaba con aquello que él llamaba «meditación».

Sin hacer ruido, se sentó a su lado. Él, como ella, llevaba la misma línea pintada en la mitad del rostro y las palmas de las manos doradas. Ambos debían hacer algo.

Un buen rato después, tras meditar como el japonés le había enseñado, bajo la atenta mirada de varios de los que allí estaban, incluido el capitán Haruno, se levantaron y caminaron hacia la proa del barco.

A continuación ambos miraron a la luna y, tras hacer varios movimientos lentos y ondulantes con los brazos y los pies, se colocaron las manos ante el rostro con las palmas ocres mirando hacia el exterior, y el japonés, al ver que ella no podía hablar por la emoción del momento, murmuró:

—Valeroso hermano y amado tío Edberg, ha sido un honor para nosotros estar a tu lado todo este tiempo. Que los dioses y la luz de nuestras manos faciliten la andadura de tu camino y creen ese hilo eterno entre nosotros para que algún día nos volvamos a encontrar.

Y, dicho eso, Sakura y Matsuura cerraron los ojos y sonrieron emocionados.