Capítulo 6
Edimburgo
Sasuke caminaba por las calles repletas de gente de Edimburgo acompañado de Naruto, Neji, Suigetsu, el padre Murdoch y Gaara. La fiesta en el castillo había atraído a la ciudad a infinidad de personas con ganas de disfrutar y pasarlo bien.
Mientras Temari, Matsuri y Tenten, animadas por esta última, que quería comprar unas telas, se acercaban al mercadillo, los hombres se dirigían hacia la zona donde estaba el ganado. Especialmente los caballos. Querían verlos y comprobar si eran lo que esperaban. Les habían hablado de una excelente partida de caballos nórdicos y sin duda no se lo querían perder.
Una vez que llegaron al lugar donde estaban los animales a la venta, el padre Murdoch miró a unos jóvenes que se besaban y musitó al tiempo que se santiguaba:
—Por los santos clavos de Jesucristo, las barbaridades y las indecencias pecaminosas que uno tiene que ver...
Al levantar la vista, los demás vieron a la pareja besándose con deseo en una esquina y, riendo, Suigetsu Hōzuki repuso:
—Padre..., son jóvenes, ¡debéis entenderlo!
Pero el cura negó con la cabeza y se apresuró a replicar:
—Suigetsu Hōzuki, ¡mejor cállate! Tú precisamente no eres ejemplo de virtud y decoro. ¿Acaso crees que no sé que cada noche compartes lecho con una moza diferente?
El aludido sonrió y, tras intercambiar una sonrisa con Sasuke, respondió:
—Padre, soy un hombre libre y sin compromiso y...
—Muchas de las mujeres con las que se te relaciona no están libres, ¡están casadas! Pero, muchacho, ¿acaso te gustaría que eso te lo hicieran a ti?
El gesto de Suigetsu cambió al oír eso, y Naruto, que sabía lo recto que era aquel cura, indicó:
—Mejor dejemos el tema.
—Mejor —convino Sasuke.
El padre Murdoch maldijo y, volviendo a mirar a los muchachos que se besaban, gritó levantando la voz:
—¡El fornicio es lo único que os mueve..., arderéis en el infierno!
Todos rieron a carcajadas al oírlo, y el cura, tomando aire, añadió:
—No sé por qué os reís. Solo diré una cosa: si yo fuera el padre de esa moza o de ese mozo, los casaba ahora mismo. Si quieren disfrutar del pecado de la carne, que cumplan con el santo matrimonio primero.
Todos rieron de nuevo y entonces Sasuke, señalando unos caballos que había más allá, dijo para acabar con el tema:
—Los caballos que buscamos sin duda son esos.
Y así era. Aquellos caballos nórdicos eran una maravilla. Los hombres se interesaron por ellos, y enseguida un impresionante caballo moteado negro y blanco llamó la atención de Sasuke. Era un animal magnífico, robusto, guerrero.
Rápidamente se acercó a él. Era un buen semental. Con curiosidad, Sasuke le abrió el hocico, le miró las orejas, tocó sus patas y, cuando estaba seguro de que aquel caballo era una buena compra, oyó que alguien decía a su lado:
—Por las barbas de Neptuno..., ¡qué impresionante!
Sasuke volvió entonces la cabeza hacia su derecha para encontrarse con una mujer que, mirándolo, le preguntó:
—¿Es tan bueno como parece?
Aquella mujer era más bajita que él. Su piel de alabastro, ojos verdes y un rostro dulce y agradable a la vista. Sasuke paseó sus negros ojos por ella con curiosidad y, tras comprobar que vestía pantalón de cuero y botas altas, respondió:
—Este semental tiene una corpulencia poderosa, a la par que es fuerte y elegante. Sin duda es una buena compra.
Sakura, que no entendía nada de caballos pero sí algo de hombres, asintió.
—Sin duda tienes toda la razón.
Lo primero que había soltado por su boca había sido en referencia a él, que realmente ¡era impresionante! Tan..., tan alto..., con esos ojazos negros. Pero, por suerte, él no se había dado por enterado.
Aquel tipo, que había llamado su atención antes que el caballo, era todavía más atractivo visto de cerca. Pero, consciente de que debía controlar su descaro a la hora de hablar, porque ya no estaba en el barco y debía comportarse como una señorita, musitó mirando al animal:
—Impresionante lo que dices.
Sasuke prosiguió alabando al caballo. Sin duda le había gustado. Y, consciente de que le había aclarado las dudas en lo referente al animal y de que si no era rápida él se lo iba a llevar, Sakura soltó entonces mirándolo con chulería:
—Estás tardando en retirar esa manita de su hocico o tendré que quitártela yo.
Sorprendido, él volvió a mirarla.
—¿Has dicho algo?
—Lo que has oído —replicó ella—. Ni más, ni menos.
Entre boquiabierto y divertido por sus palabras, Sasuke repuso:
—Pero ¿qué dices, mujer?
Maldiciendo para sus adentros por no haber controlado su boca, ella resopló, pero de nuevo fue incapaz de recular y soltó:
—Lo que oyes. —Y, alargando el brazo hacia la espada que llevaba en la cintura, le advirtió—: La manita fuera de mi caballo ¡ya!
Sasuke parpadeó. ¿En serio lo estaba amenazando? Y, no dispuesto a tener líos con aquella ni con nadie, tras retirar la mano del animal, preguntó:
—¿Es tuyo?
Sakura sonrió al oír eso. El acento de aquel hombre al hablar en gaélico en cierto modo le recordaba al de su fallecido tío Edberg y eso le gustó.
El caballo aún no era suyo, pero sin duda lo iba a ser, por lo que afirmó:
—Probablemente.
Dándose por vencido, Sasuke se encogió de hombros y susurró antes de alejarse:
—Excelente compra.
—¡Lo sé!
Cuando él se marchó, Sakura sonrió satisfecha. Lo había engañado. Había recabado la información que necesitaba en cuanto al animal, por lo que, asiéndolo de las crines, se acercó hasta el vendedor y comenzó a hablar con él.
Una vez que Sasuke llegó de nuevo hasta donde estaba el grupo, Naruto, que lo había visto charlar con la joven junto al caballo, dijo:
—¿Quién era ella?
Consciente de por quién le preguntaba, el vikingo contestó con gesto hosco:
—Nadie.
Naruto asintió al tiempo que Suigetsu se reunía con ellos y, siguiendo la dirección de su mirada, preguntó:
—¿Cómo se llama esa preciosidad?
—Al parecer, se llama «nadie» —respondió Naruto divertido.
Sasuke los miró. Suigetsu y Naruto rieron divertidos por aquello, pero él gruñó molesto:
—Con Temari ya tengo bastante. Por favor, no empecéis vosotros también.
Sin decir nada más, sus amigos asintieron y, dándose la vuelta, se encaminaron hacia donde estaba Gaara junto al padre Murdoch, admirando otro de los caballos.
Poco después, cuando examinaban a otro de los animales, los ojos de Sasuke volvieron a encontrarse con la joven, que parecía regatear con uno de los vendedores. Eso llamó su atención y, cuando finalmente vio que ella sacaba de su talega unas monedas y se las entregaba al hombre, maldijo sin dar crédito. Pero ¿cómo se había dejado engañar así?
De inmediato apartó la mirada. Pero el engaño de aquella le escocía y, tras dar media vuelta, se acercó a ella y se detuvo a su espalda.
—¿No habías dicho que era tuyo?
Sakura se volvió, lo miró y parpadeó con mofa.
Cuanto más lo veía, más le gustaba. Tan limpio, tan aseado, tan bien vestido...
Pero estaba claro que se había dado cuenta de su engaño y, cuando iba a responder, aquel enorme escocés pelinegro de extraño acento preguntó en tono hosco:
—Mujer, ¿acaso me tomas por tonto?
—Probablemente...
—¡¿Qué?! —gruñó Sasuke.
Sakura sonrió. Sabía por su padre que en muchas ocasiones una sonrisa burlona lo decía todo y, efectivamente, aquella sonrisita sacó de sus casillas a Sasuke, que, sorprendido, vio cómo ella se le acercaba y, empinándose para llegar a su cuello para olerlo con disimulo, susurró:
—Un poco tontito sí eres.
Él la observó boquiabierto por su desfachatez. ¿Desde cuándo una mujer osaba llamarlo tontito?
Y cuando iba a contestar, ella le soltó sin ningún tipo de decoro:
—¿Alguna pregunta más?
Sasuke no respondió. Aquella mujer era una descarada, y si le respondía no iba a ser nada bonito.
—Pues ¡adiós! —añadió ella—. Tengo muchas cosas que hacer.
Y, sin más, dio media vuelta y se alejó de él junto al caballo, consciente de lo bien que olía aquel hombre y de lo mucho que le había gustado.
El nórdico la miró con gesto fiero. Que lo tomaran por tonto y encima se lo dijeran a la cara no era en absoluto agradable.
—¿De nuevo charlando con... nadie? —le preguntó Naruto, que se había acercado a él.
El vikingo lo miró, pero, al ver su gesto de guasa, finalmente sonrió meneando la cabeza e indicó señalándolo con el dedo:
—Vayamos a comprar esos caballos antes de que nos los quiten.
