Capítulo 7
El mercadillo estaba animado.
El olor a cerdo asado y a especias llenaban las fosas nasales de los presentes, Sakura, desviándose, se encaminó a la calle de las joyas y, tras atar al caballo, se puso la capucha de su capa y entró en una de las tiendas.
De inmediato se fijó en un hombre bastante mayor que, al verla entrar, se levantó trabajosamente de su silla y preguntó:
—¿En qué puedo ayudaros, milady?
Según oyó eso, Sakura sonrió y, al ver que estaban solos, dijo:
—Busco al dueño de la tienda.
El hombre clavó la mirada en ella e iba a responder que él era el dueño cuando esta, quitándose la capucha, lo saludó:
—Hola, tío Pinwi.
El hombre sonrió al reconocerla. Ante él tenía a Sakura, la hija del que fue su capitán durante muchos años, y abriendo los brazos exclamó:
—Cáspita, Bicho, ¡ven aquí!
Encantada, ella lo abrazó y luego Percival, caminando hacia la puerta, la cerró con llave y volvió a su lado.
—Por todos los santos, muchacha —dijo a continuación bajando la voz—, ¿qué haces aquí? Si alguien te reconoce, te meterás en un buen lío. ¿Tu padre lo sabe?
Feliz por el encuentro, ella rápidamente le contó todo lo sucedido para que se tranquilizara y, cuando acabó, el hombre musitó sorprendido:
—¿Sakura Mimura? —Ella asintió y él, sentándose en una silla, cuchicheó—: Si yo fuera tu padre, nunca te habría permitido esta locura.
Pero ella sonrió y se encogió de hombros.
—Por suerte para ti, no lo eres, ¡y aquí estoy!
A continuación estuvieron charlando y riendo durante un buen rato, hasta que él, mirando el broche que la joven llevaba en la pechera de su camisa, señaló:
—No deberías llevar eso ahí, tan a la vista.
Sakura se miró el broche, había sido el primero que ella había confeccionado muchos años atrás, e indicó:
—Tranquilo, tío Pinwi. Por fortuna, casi nadie entiende de joyas.
—Su venta te permitiría vivir holgadamente, muchacha —comentó él—. ¿Por qué no lo haces y vives en mejores condiciones que en una vieja carreta como ha propuesto el mísero de tu padre?
—Porque viviendo en esa vieja carreta nadie imaginará que soy la terrible y sanguinaria hija del pirata Haruno.
Ambos rieron por aquello. Las cosas que se decían en referencia a ella eran la mayoría inventadas.
—Tienes toda la razón, Bicho, y tu padre ha pensado bien —asintió el hombre y, mirándola, añadió—: Pero ya sabes, si alguna vez necesitas vender ese precioso broche, ven a mí. Yo te pagaré lo que vale y no te engañaré.
—Lo sé, tío Pinwi. Lo sé —Ella sonrió.
Dicho eso, prosiguieron hablando durante un rato más, hasta que finalmente se despidieron y Sakura se marchó. Por el bien del anciano, cuanto menos la vieran con él, mejor.
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Pañeros, peleteros, merceros... Puestos de fruta, de pescado fresco o en salazón, hilos, telas de seda, cobres cincelados, joyas, carnes... Todo aquello era bienvenido y deseado en el enorme mercado de Edimburgo.
Tenten, Temari y Matsuri caminaban encantadas entre los puestos cuando se detuvieron en uno de especias a comprar canela.
En el siguiente puesto se hicieron con productos medicinales como áloe, ruibarbo y jábega, y poco después, en otro, Tenten les hizo adquirir agua de rosas para sus noches de pasión.
Gustosas y felices caminaban por el mercado cuando esta última, de pronto, al ver un puesto enorme, se llevó la mano a la boca y susurró echando a correr:
—Muero de amorrrrrr.
Matsuri y Temari intercambiaron una mirada y luego la primera preguntó:
—¿Cuántas veces muere Tenten de amor?
—Infinitas. —Temari rio.
Divertidas, se dirigieron hacia el puesto donde Tenten acariciaba con mimo unas telas de colores. Eran bonitas, diferentes. Y, tras un buen rato de hablar con el vendedor sobre ellas, la joven decidió comprar una buena pieza con la que podría hacerse un precioso vestido.
Cuando se alejaron del puesto de las telas, Tenten se detuvo al ver otro y musitó:
—No me matéis, pero...
—¿Vuelves a morir de amor? —se mofó Temari.
Las tres muchachas sonrieron y Matsuri, al ver el puesto que señalaba Tenten, que era de joyas y bisutería, exclamó encantada:
—¡Me encantannnnnnnn!
—Mira esos pendientes, ¡qué bonitos! —afirmó Tenten.
Temari asintió justo cuando veía a una joven llegar con un precioso caballo negro y blanco que ató junto a otro de color rojizo. Sin duda aquel impresionante caballo era de raza fiorda, y lo admiró boquiabierta, pues era una preciosidad.
Matsuura, al ver aparecer a Sakura junto a la carreta que habían comprado, donde tenía expuestas las joyas, la saludó gustoso. Adoraba los caballos. Siempre le habían gustado mucho, y el porte del que ella había comprado era impresionante.
Hacía cinco noches que pisaban tierra escocesa.
Kizashi Haruno, para no acercar ninguno de los barcos de su flota a la costa escocesa, había mandado transportar en una barcaza a Sakura, a Matsuura y a la pequeña Siggy hasta Dunbar.
Una vez allí, sola con Matsuura, tras dejar a la pequeña en el suelo sobre una manta, la joven y el japonés, que llevaban las palmas de las manos pintadas de ocre, las pusieron ante el rostro con las palmas hacia el exterior y, con una sonrisa, se despidieron de aquellos que se alejaban en la barcaza. No volverían a verse hasta al cabo de seis meses.
Aquel día caminaron durante horas. Sakura lo miraba todo a su alrededor emocionada. ¡Estaba en Escocia!
Esa noche durmieron a la intemperie, agotados, y al día siguiente, en cuanto amaneció, buscaron un sitio donde comprar una carreta, que necesitaban para que les ofreciera un techo y seguridad.
Con el poco dinero que el capitán Haruno les había dado pudieron comprar una carreta destartalada y Sakura, tirando de su ingenio y de su sonrisa, consiguió que en el precio de la misma se incluyera un viejo caballo rojizo al que Siggy miraba completamente asombrada. Sin duda era la primera vez que veía uno.
La niña, en los veintitantos días que llevaba a su lado, ya los reconocía como parte de su vida, y ellos lo comenzaban a disfrutar, a pesar de que la comunicación aún era complicada con ella en ocasiones.
Cuando Siggy vio al caballo rojizo por primera vez, lo señaló con su dedito y gritó: «¡Bo! ¡Bo!».
Eso hizo sonreír a Sakura, que sin dudarlo decidió llamar Bo al animal.
Pero necesitaban otra montura mejor que el viejo Bo, y por ello decidieron invertir parte del dinero que aún tenían en comprar otro en cuanto llegaran a Edimburgo. Y allí, ante ellos, estaba ahora el precioso animal.
—¿Esta maravilla de caballo fiordo es tuyo? —oyó Sakura a su espalda.
—Probablemente —repuso.
Al volverse se encontró con una muchacha rubia, vestida como ella con unos pantalones de cuero. Su mirada y especialmente su sonrisa le gustaron.
—Sí. Lo he adquirido esta mañana —añadió.
Temari asintió gustosa con la cabeza. Qué lástima que su marido o Sasuke no lo hubieran visto antes; dirigiéndose de nuevo a la joven preguntó:
—¿Puedo tocarlo?
Que le preguntara aquello a Sakura le pareció curioso. En su mundo nunca se preguntaba algo así, y afirmó:
—Si él se deja, no veo por qué no.
Con ganas, Temari se acercó al precioso animal, que rápidamente la miró. Su conexión con los caballos era algo innato en ella, mágico, y tan pronto como juntó su frente con la de aquel poderoso fiordo, comenzó a susurrarle en noruego muy bajito para que nadie la oyera.
Sakura la observó con curiosidad. ¿Qué hacía?
Y, tras unos segundos, la extraña se separó de él y comentó:
—Es noble y seguro. Tienes un excelente caballo.
Ella asintió sorprendida. Si aquella lo decía, como lo había dicho el gigante pelinegro anteriormente, era buena señal.
En ese instante, un hombre alto y de pelo oscuro pasó por su lado y, sin poder remediarlo, Sakura lo miró.
Temari sonrió al ver el descaro de la extraña, y esta cuchicheó mirándola:
—¿No te parecen extremadamente atractivos los hombres de pelo y ojos negros?
Eso hizo reír a Temari, que, encogiéndose de hombros, respondió pensando en su marido:
—Me van más los rubios de ojos claros.
Las dos soltaron una risotada, y luego esta última, mirando de nuevo al caballo, preguntó:
—¿Qué nombre le has puesto?
Matsuura las observaba complacido, ver a Sakura charlando tranquilamente con otra mujer no era algo a lo que estuviera acostumbrado.
—Pirata —respondió aquella ni corta ni perezosa.
Al japonés se le cortó la sonrisa, en cambio a Temari se le dibujó una, y la rubia preguntó divertida:
—¿No crees que es un nombre un poco osado?
Sakura se encogió de hombros e iba a responder cuando de pronto Temari, fijándose en la pequeña que dormía sobre unas mantas, olvidándose del caballo, preguntó:
—¿Cómo lo hacéis?
Matsuura y Sakura se miraron. No la entendían. Y Temari, señalando a la pequeña, dijo:
—¿Cómo hacéis para que duerma de esa forma tan placentera?
De nuevo, aquellos dos se miraron y Sakura, apurada por no saber qué responder, explicó:
—La verdad, a Siggy le encanta dormir.
Temari suspiró y luego afirmó pensando en su pequeña:
—Tengo una hija de una edad parecida y te aseguro que mataría por verla dormir así. Desde que era un bebé llora mucho. Es intranquila y dormir, lo que se dice dormir, no es su fuerte. Mi marido y yo la adoramos. Daríamos nuestras vidas por ella, pero os aseguro que Ingrid en ocasiones nos hace desesperar por su falta de sueño.
A Sakura le hizo gracia oír cómo la joven le contaba eso, y se disponía a responder cuando oyó que alguien exclamaba:
—¡Malditos asesinos orientales! ¡Muerto y en tu país deberías estar!
—¡Vete al demonio, saco de mierda podrida! —gritó la joven dirigiéndose al hombre que lo había dicho.
No soportaba que se metieran con Matsuura solo por su procedencia. La gente odiaba a los orientales porque los temían.
Y estaba dispuesta a machacarlo pero, al ver el gesto de su tío, supo que debía contenerse y suspiró. Sin embargo, tras unos instantes, una piedra impactó contra la cabeza del japonés y Temari, al verlo, gritó dándose la vuelta:
—¡Serás hijo de Satanás! Ven aquí, que te voy a...
—Milady, no os preocupéis. Estoy bien —indicó Matsuura en gaélico tocándose la sangre de la herida.
Temari lo miró con tristeza. Aquel hombre, simplemente por ser de otra tierra, sufría el rechazo de muchos escoceses, que no se paraban a pensar por qué estaba allí y, sobre todo, si podía ser buena persona o no.
Eso mismo les ocurría a ella, a Tenten o a Sasuke. Si muchos de los que los rodeaban supieran que eran vikingos, sin lugar a dudas los apedrearían.
Por ello, e incapaz de quedarse quieta, se dio la vuelta y vio al tipo que había insultado y posteriormente tirado la piedra; caminando hacia él, lo cogió de la pechera, lo arrojó al suelo y, una vez que lo retuvo apretando la rodilla contra su torso, siseó:
—Vuelve a hacer lo que has hecho o a abrir tu pestilente boca para decir una tontería más y te juro que te saco el hígado.
Matsuura y Sakura se miraron sorprendidos por la reacción de la muchacha, pues no estaban acostumbrados a aquello; entonces Matsuri se acercó junto a Tenten y preguntó:
—¿Qué ocurre?
Tras soltar al tipo, que se marchó corriendo, Temari las miró.
—Un idiota que se merecía un pescozón. Nada más —contestó.
Aquella apreciación, tan propia de Sakura, hizo sonreír a la joven, y mirando a Matsuura, dijo al ver la sangre:
—Vamos. Te lo curaré.
—Estoy bien, tranquila. Continúa atendiendo a la mujer. Yo lo curaré.
Y, en silencio, el japonés se retiró hacia la parte de delante de la carreta, feliz por ver receptiva a Sakura en cuanto a conocer a aquellas y dejarse conocer. Sabía que para ella no era fácil, pero sin duda lo estaba intentando.
Apurada y apenada por lo ocurrido, Sakura resopló; sin duda la procedencia de Matsuura les iba a acarrear más de un problema. De pronto, Tenten, al ver a la pequeña dormida plácidamente sobre las mantitas, musitó llevándose las manos al cuello:
—Ay... Ay... Ay... ¡Que me muero de amorrrrrrrrrrrrrrrr!
Sakura parpadeó al oírla. ¿Que se moría? ¿En serio?
—¡Rayos y centellas! ¿Qué te ocurre?
Temari, divertida al ver la cara de desconcierto de la joven, se apresuró a aclarar:
—Tenten es muy exagerada en sus expresiones, y al ver a la niña dormida le ha parecido tan adorable que por eso ha dicho que muere de amor. Pero tranquila, que no se muere.
Sakura suspiró y, consciente de que tenía mucho que aprender en aquellos seis meses, afirmó aliviada:
—Me alegra saberlo.
Todas rieron por aquello y a continuación la rubia indicó:
—Por cierto, ella es Matsuri y yo Temari. Encantadas de conocerte.
Sakura asintió.
—El hombre al que has defendido es tío Matsuura, la pequeñita es Siggy y yo soy Sakura.
—Un placer, Sakura —dijo Temari, que se preguntó qué hacía aquella joven con un oriental.
Matsuri y Tenten, por su parte, le dirigieron una sonrisa. Era un gusto conocer gente nueva. Aquella conversación en tono tranquilo y cordial, sin aspavientos, insultos o golpes, era algo nuevo para Sakura. Por norma, las mujeres con las que intercambiaba unas palabras, que pocas veces eran buenas, eran las prostitutas que los hombres de su padre conocían en los puertos.
En ese instante la pequeña Siggy se despertó y Matsuura, que no le quitaba ojo, para intentar que Sakura continuara charlando con aquellas gentiles mujeres, rápidamente la cogió y se la llevó consigo.
Le daría de comer. Siggy siempre tenía hambre.
Durante un buen rato, las mujeres le preguntaron por las distintas joyas que tenía a la venta y las preciosas y labradas cajitas de madera, y Sakura les respondió encantada.
Temari la escuchaba sorprendida por todo lo que aquella sabía sobre piedras preciosas y en especial sobre otras tierras.
—La piedra de este broche de plata ¿cómo se llama? —preguntó Matsuri mirándola.
—Es una piedra semipreciosa llamada «lapislázuli» —explicó Sakura—. Esa es de Arabia, aunque también se pueden conseguir en sitios como Sri Lanka y Persia.
—¡Me lo compro! Y esa preciosa cajita labrada de madera también. ¡Muero de amor por ella! —afirmó Matsuri haciendo sonreír a Tenten.
—Por cómo hablas de esos lugares —comentó entonce Temari—, da la sensación de que has estado en todos ellos.
—¡Es que he estado!
Pero al observar la mirada sorprendida de aquellas tres mujeres, Sakura se apresuró a añadir, consciente del error que había cometido:
—Repámpanos, ¡era bromaaaaaaaa! —Todas rieron, y ella insistió—: ¿Cómo voy a haber estado yo en esos sitios? —E intentando buscarle una respuesta lógica afirmó—: Es solo que cuando compro las piedras a los comerciantes preguntó por su procedencia. Me intereso. Nada más.
—¿Qué significan las iniciales «M. K.» que veo grabadas en todas las joyas? —preguntó Matsuri.
Sakura la miró. Aquel era su sello de distinción. «M. K.», Mebuki y Kizashi. Y respondió sin miedo:
—Son las iniciales del nombre de mis padres. Todas mis piezas lo llevan.
Temari asintió, aunque su audaz instinto la hacía intuir que aquella joven ocultaba algo. Entonces Sakura, que era consciente de cómo la observaba la rubia, señaló:
—Bonito broche el que luces.
Temari sonrió. Aquel broche de plata con una piedra negra había pertenecido a su padre y anteriormente a su abuelo. Y, tocándolo con mimo, musitó:
—Gracias. Es una joya familiar.
Rápidamente Sakura sacó unos pendientes con unas piedras negras e indicó mientras se los mostraba, sin percatarse de cómo Temari se fijaba en los cortes ya sanados que ella presentaba en sus brazos:
—Son de cristal de roca.
—¿Cristal de roca? —preguntó la joven con curiosidad.
Sakura asintió.
—Es agua congelada que con el paso del tiempo se endurece. Originariamente el cristal de roca es transparente, pero al endurecerse blanquea y yo, al trabajarlo, lo mezclo con colores hasta conseguir el deseado. Al ver tu broche con esa piedra negra he recordado estos pendientes que hice. —Y bajando la voz cuchicheó—: Estoy segura de que a tu marido le encantará verte con ellos puestos.
Temari los miró sonriendo. Ella no era una mujer presumida. Nunca la habían atraído los vestidos ni las joyas, como podían atraer a Tenten o a Matsuri.
—Es mi regalo por haber dado la cara por tío Matsuura —declaró Sakura.
Al oír eso, la rubia negó con la cabeza.
—Oh, no, por favor. ¡Ni hablar! Solo he hecho lo que creía que era correcto y...
—Y lo correcto en mi caso —la cortó Sakura— es ser agradecida por ello.
—Pero tú vives de esto, de la venta de tus joyas —insistió Temari mirando la pequeña y algo desastrada carreta que llevaban.
Sakura sonrió. Durante un tiempo, así sería. Pero, consciente de que regalar aquello no le iba a suponer un gran problema, insistió:
—Por favor, acepta mi obsequio.
Temari sonrió finalmente y, encantada, asió lo que la joven le tendía y murmuró observando las iniciales «M. K.»:
—Muchísimas gracias. De verdad. Los guardaré como un bonito tesoro.
Oír eso a Sakura le gustó y, bajando la voz, murmuró:
—Como yo guardaré este bonito momento contigo.
Esa frase hizo que a Temari se le erizara la piel. ¿Por qué la muchacha decía aquello con tal sentimiento? Y, sobre todo, ¿cómo se había hecho aquellos cortes en los brazos que parecían de espada?
—¡Decidido! —soltó entonces Tenten—. Me llevaré este precioso anillo con zafiros y varios botones de plata.
Sakura asintió encantada y, dispuesta a vender, preguntó:
—¿Cuántos botones quieres?
Tenten repasó mentalmente lo que necesitaba.
—Con ocho bastará.
Sin dudarlo, Sakura le entregó lo que le pedía; entonces vio que un hombre de pelo negro se acercaba a ellas y, tras pasar las manos alrededor de la cintura de Tenten, musitaba con dulzura:
—¿Qué compra mi preciosa mujer?
Ella sonrió y respondió mirando a Neji:
—Un bonito anillo que me hace morir de amor.
—¡Cómo no! —se mofó Neji.
Gaara, que caminaba junto a él, se aproximó a Matsuri y, con mimo, tras besarle el cuello preguntó:
—¿Te diviertes, mo chridhe?
Esa expresión de amor tan íntima entre Gaara y ella hizo sonreír a la joven, que afirmó:
—Ahora contigo cerca mucho más.
A continuación, un hombre alto y rubio de agradable sonrisa se acercó a Temari. Le dio un beso en los labios y, cuando se separó, Sakura musitó en un hilo de voz:
—Ahora entiendo por qué te van los morenos.
Ambas sonrieron y a continuación Temari, ante la cara de sorpresa de Naruto al reconocer a la joven, dijo:
—Sakura, te presento a mi marido, Naruto Namikaze. El marido de Matsuri, Gaara Sabaku, y el de Tenten, Neji Hyūga.
La aludida, al ver que aquellos la miraban, sin saber si hacer una reverencia o no, se quedó tiesa como un palo.
—Un placer conoceros —saludó.
—El placer es nuestro —afirmó Naruto divertido—. ¿Sakura qué más?
Al oírlo, la joven iba a contestar cuando se interrumpió y luego dijo:
—Mimura... Sakura Mimura.
—¿Dónde están Sasuke y Suigetsu? —preguntó Temari entonces con curiosidad.
—Ultimando la compra de unas excelentes ovejas —indicó Gaara.
Ella asintió y, con cierta diversión, cuchicheó mirando a la joven:
—Me habría gustado que conocieras a Sasuke.
—¿Por qué?
Con picardía, Temari se acercó a ella.
—Porque precisamente rubio no es —susurró.
Ambas reían por aquello cuando Tenten y Matsuri sacaron unas monedas de sus talegas y se las entregaron a la joven para pagar sus compras.
Naruto, sin querer decir que ya había visto cómo aquella muchacha hablaba con Sasuke, se dirigió a su mujer.
—Sasuke y yo hemos comprado seis caballos nórdicos excepcionales. Te encantarán. Sai y el padre Murdoch se los han llevado al campamento.
Ella asintió complacida y, una vez que sus amigas terminaron de pagar lo que habían comprado, al ver que otras personas se acercaban al puesto para preguntar, Sakura sonrió y murmuró consciente de que debía seguir vendiendo:
—Ha sido un placer conoceros.
Las chicas sonrieron a su vez y Temari respondió:
—Lo mismo digo.
Y, de la mano de su marido, la rubia se alejó expresando la felicidad que aquel le proporcionaba, mientras Sakura los observaba y pensaba cómo sería sentirse amada por un hombre así.
