Capítulo 9
Esa noche, cuando la pequeña Siggy se quedó dormida y Matsuura se tumbó a descansar, Sakura observaba las estrellas sentada en la parte delantera de la carreta.
Desde pequeña le había gustado admirar aquellos luceros llameantes, que era como su padre las llamaba. Las estrellas durante años los habían guiado en el mar. Solo hacía falta que llegara la noche para saber si su rumbo era o no el bueno, pero, en tierra, de momento no las sabía interpretar.
Estaba pensando en ello cuando el sonido de las gaitas, las palmas y las risas procedentes de la plaza que había junto al castillo llegó hasta ellos. Y Sakura comenzó a mover los pies en el acto. Su padre y sus tíos le habían enseñado a bailar, y sonreía divertida cuando Matsuura le dijo:
—¿Por qué no te das un paseo y vives la fiesta de cerca?
—Es tarde.
—Para una fiesta no —afirmó el japonés.
—¿No te importa que vaya? —preguntó ella mirándolo.
—No. Es más, como siempre te digo, ¡vive el presente! —Si algo tenía que hacer la joven para sentirse una más en Escocia era relacionarse con gente, y Matsuura añadió—: Sabes defenderte. Confío en ti y, además, eres consciente de que no has de meterte en ningún lío.
Ella asintió. Su tío tenía razón, aunque se sentía fatal por ocultarle que Indra Ōtsutsuki pisaba la misma tierra que ellos. Inconscientemente, miró a la pequeña, y el japonés indicó:
—Está dormida, y sabes tan bien como yo que, aunque truene como si el mundo se fuera a acabar, no se despertará hasta el alba.
Sakura sonrió divertida.
—Suéltate el cabello y ponte una falda como llevarán el resto de las mujeres, o ningún hombre que se precie te sacará a bailar —insistió Matsuura.
Divertida, la joven iba a replicar. Ella solo había bailado con su padre, sus tíos y los hombres de su flota. No esperaba que nadie la sacara a bailar. Pero, consciente de que sin duda llevar una falda era lo más apropiado para una fiesta, afirmó tomando aire:
—De acuerdo.
Instantes después, una vez que se puso la única falda que tenía y se soltó el pelo, el japonés indicó:
—Deja la espada y la katana aquí, pero llévate las dagas contigo.
De nuevo, Sakura volvió a sonreír y, mirándolo con mofa, replicó:
—Rayos y centellas, tío Matsuura, habrías sido una madre excelente, ¿lo sabías?
—Habla como una mujer, no como un pirata —señaló él riendo—. Ve a las hogueras y pásalo bien. Siggy y yo te esperamos aquí y, por favor, ¡no vuelvas con ningún chichón en la frente!
En cuanto Sakura salió de la carreta, se alisó la falda y el cabello y, levantando el mentón, echó a andar entre la gente, sin percatarse de que alguien que había salido de detrás de otra carreta la seguía.
Con una sonrisa, la joven paseaba mientras todos bailaban y cantaban disfrutando de la paz y la tranquilidad que el momento les ofrecía cuando notó que la cogían de la mano. Enseguida miró y, al encontrarse con un hombre que había bebido de más, exclamó deshaciéndose de él:
—¡No me toques! Llevas más mugre encima que un perro pulgoso.
El tipo soltó una risotada y, dando media vuelta, se alejó.
La joven prosiguió su camino y, curiosa, cada dos por tres se paraba para escuchar los cánticos. Muchos de ellos los conocía, otros no, y cuando, poco después, un joven de bonita sonrisa se acercó a ella para invitarla a bailar alrededor de una de las hogueras, siguió el consejo de Matsuura y aceptó. ¿Por qué no?
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La madrugada llegó y las gentes seguían disfrutando de la fiesta cuando Temari, mirando hacia una hoguera, sonrió sorprendida al reconocer a Sakura. De inmediato se levantó, caminó hacia ella y la llamó cuando esta pasó por su lado bailando.
—¡Sakura! ¡Sakura!
Al oír su nombre, la muchacha se detuvo en seco. No conocía a nadie en Edimburgo que la pudiera llamar, y Temari, al ver su reacción, dio un paso adelante e insistió:
—Eh..., Sakura.
Cuando ella la localizó, al ver que se trataba de la joven rubia que había conocido aquella tarde en el mercadillo, suspiró aliviada. Cambiando rápidamente su gesto por una sonrisa, se acercó a ella y, mirándola, comentó llevándose las manos a la cintura:
—Vaya..., sin duda los pantalones no son lo más acertado para una fiesta.
—Tú tampoco los llevas. —Temari rio.
Las dos mujeres sonrieron, y a continuación la joven Haruno susurró:
—Los pendientes realzan tu belleza.
Temari, encantada, se tocó el cabello suelto y musitó:
—Gracias a ti. Y, por cierto, tú también estás muy bella.
Sakura puso los ojos en blanco y, sin creérselo, cuchicheó:
—Graciasssssssssss.
Ambas volvieron a reír y la rubia, al ver que el hombre con el que bailaba aquella las observaba, preguntó:
—¿Es tu marido?
—Repámpanos, ¡no!
—¿El padre de tu hija?
—Noooooo...
Temari parpadeó y Sakura, al ver su gesto, soltó:
—Por las barbas mojadas de Neptuno, ¿tan mal gusto crees que tengo? ¿Acaso no recuerdas que te dije que me atraen los pelinegros?
La otra soltó una risotada. ¿Qué era eso de las barbas de Neptuno? Pero, cuando iba a hablar, Sakura explicó:
—No tengo marido ni nada parecido. Y en cuanto a Siggy...
—¡Sakura! —gritó entonces Matsuri al reconocerla.
La aludida levantó la vista y vio a Matsuri de la mano de Gaara, que venían de bailar.
—Pero qué alegría verte de nuevo por aquí —dijo abrazándola.
Sakura sonrió. Le gustó que otra mujer se alegrara de verla y la abrazara de ese modo.
Entonces Gaara, que estaba sediento, les propuso a las tres regresar con el resto del grupo, y Sakura aceptó acompañarlos.
Naruto, que había seguido de lejos los movimientos de su mujer, sonreía. ¿Otra vez aquella muchacha?
Y Sasuke, que desde donde estaba no podía ver bien con quién se acercaba su cuñada, preguntó:
—¿Con quién habla Tema?
Con una sonrisa en los labios, y evitando decir el nombre de Sakura Mimura, Naruto respondió:
—Con... «nadie».
Sasuke no lo entendió, pero asintió y siguió bebiendo. Entonces Naruto, al ver a los que se acercaban, se acomodó en su asiento y le preguntó a Sasuke:
—¿Quieres más cerveza?
—De momento no.
—Creo que en breve querrás beber —se mofó él.
—No veo por qué —gruñó Sasuke volviéndose para charlar con un lugareño.
Instantes después, cuando aquellos llegaron hasta el grupo, Tenten, al reconocer a la joven, rápidamente la abrazó mientras Neji la saludaba con caballerosidad. Aquel recibimiento y aquellas sonrisas sinceras, que no la juzgaban, gustaron a Sakura. Todo era nuevo para ella.
Y entonces Temari, deseosa de presentarle a su cuñado a su nueva amiga, lo llamó:
—Sasuke...
El nórdico, que charlaba con un hombre, se volvió en el acto y, cuando Temari iba a abrir a boca, se sorprendió al oír a Sakura decir:
—¡Por las barbas de Neptuno! ¡Tú!
