Capítulo 12
Sakura caminaba por la angosta calle sujetando a Gilroy con fuerza.
No era la primera vez que se veía sola ante algo así, pero, enfadada por lo mucho que pesaba aquel, gruñó:
—Juro que cuando regresemos a La Bruja del Mar utilizaré tus sesos como cebo para pescar.
Gilroy sonrió.
—Bicho..., Bicho..., no digas eso, mujerrrrrrrrrrr...
La joven se detuvo para tomar aire y agarrar mejor al pirata, pero de pronto notó que todo el peso de aquel desaparecía de sus hombros.
—¿Adónde hay que llevarlo? —oyó que decía alguien.
Al ver que Sasuke lo sostenía con fuerza y seguridad, suspiró y, consciente de que necesitaba aquella ayuda para llegar hasta la carreta, indicó:
—Hay que ir hasta el final de esta calle y luego torcer a la derecha.
Sin dudarlo, Sasuke cargó con Gilroy y anduvo junto a la joven en silencio. Lo que le había dicho Temari le había molestado. No podía consentir que Ingrid pensara algo así de él.
Al ver que el vikingo llevaba a Gilroy como si nada, Sakura sonrió.
—Mataría por tener tu fuerza —aseguró.
—No mates tanto y camina —gruñó él sin mirarla.
—Al Bicho le encanta matar y si es con su katana..., mejor —afirmó de pronto Gilroy.
Sasuke no dijo nada, pero la joven bufó.
—Cierra esa bocaza que tienes si no quieres que te la cierre yo, y camina.
En silencio llegaron hasta un descampado. Sasuke comprobó que allí era donde dormían la gran mayoría de los comerciantes que vendían sus productos en aquellos días de fiesta en Edimburgo.
—¿No vives en la ciudad? —preguntó.
Sakura negó con la cabeza.
—Lo que ves es mi hogar —declaró Sakura señalando la carreta.
Consternado al saber que la muchacha vivía en alguno de aquellos mugrosos carros, Sasuke no supo qué decir.
—Es la tercera de la derecha —explicó ella.
De inmediato él vio al fiordo blanco y negro junto a una carreta que sin duda había visto tiempos mejores, pero, sin decir nada, se acercó a donde la joven indicaba y estaba sujetando a Gilroy cuando ella pidió:
—Dame un segundo más antes de soltarlo.
Diligentemente, Sakura fue a la parte de atrás de la carreta, cogió una manta y, tras ponerla en el suelo, dijo en voz baja:
—Ya puedes dejarlo ahí.
Sasuke obedeció y dejó al hombre en el suelo, que rápidamente se acurrucó para dormir.
—Gracias. —Ella sonrió.
El nórdico asintió y, cuando se dio la vuelta para marcharse, Sakura lo sujetó del brazo y dijo al ver que tenía babas de Gilroy en la manga de la camisa:
—Toma, límpiate.
Sasuke comprobó que le tendía un pañuelo azulado que se había sacado del bolsillo de la falda y, cogiéndolo, comenzó a limpiarse.
—¿Por qué me odias? —le soltó de pronto ella.
—Yo no te odio —repuso él con la boca seca—. ¿Por qué dices eso?
Nerviosa al verse sola con aquel, Sakura cogió un balde de agua y llenó un vaso.
—Vamos, bebe agua, te vendrá bien —indicó con el corazón acelerado.
Sasuke se metió el pañuelo en el bolsillo y aceptó el agua. Estaba sediento. En cuanto acabó, sin acercarse a ella susurró:
—Gracias.
La joven dejó de nuevo el balde en el suelo y, al ver que él miraba el caballo fiordo, que estaba junto al otro, declaró:
—Vale. No lo hice bien.
—No. Nada bien.
Luego se miraron en silencio, y a continuación Sasuke se dio la vuelta incómodo y se alejó. Sakura suspiró y, deseosa de seguir charlando, corrió hacia él y le cortó el paso.
—Antes te he pedido disculpas por ello y las reitero.
—Me parece bien —dijo él y, sin mirarla, añadió—: Adiós.
Sasuke la sorteó y continuó su camino, no tenía nada más que hablar con aquella.
Pero, sin darse por vencida, Sakura corrió y volvió a colocarse delante de él.
—También te he pedido disculpas por llamarte... tontito.
—Y las he aceptado.
De nuevo, él echó a andar y Sakura, parándolo otra vez, insistió:
—¿Y por qué me da la sensación de que sigues molesto conmigo?
Sasuke maldijo mirando al cielo. Aquella mujer, además de insufrible, era una cotorra. Sakura, al ver que no la miraba, añadió:
—¿Lo ves? Me odias.
Eso hizo que él bajara sus ojos hasta la joven, y esta, sonriendo por lo que había conseguido, afirmó:
—Por fin me miras.
Se observaron unos segundos en silencio hasta que ella, viendo que él no decía nada, preguntó:
—¿Crees que soy una bruja? —Sorprendido, Sasuke no supo qué responder, y ella continuó—: Lo digo por eso de no mirarme a los ojos. Siempre he oído que la gente no mira a los ojos a las mujeres que consideran brujas por miedo a que su maldición los pueda matar durante la noche entre terribles dolores abdominales.
Atónito por su verborrea, él la miraba cuando Sakura añadió:
—Vale. Está visto que eres hombre de pocas palabras.
—Y tú de demasiadas —gruñó Sasuke.
—Mi padre dice lo mismo. —La joven sonrió—. Cree que hablo demasiado, que siempre he de decir la última palabra y que lo mejor sería cogerme la cabeza y meterla bajo el agua para hacerme callar.
Sasuke levantó las cejas boquiabierto, y aquella prosiguió:
—Quiero que sepas que alguien muy sabio y a quien quiero mucho siempre me dijo que si se desea enmendar un error solo hay que proponérselo. Pues bien, me encantaría enmendar el error que cometí contigo, no por el caballo, sino por haberte llamado tontito. Así pues, ¿qué te parece si empezamos de nuevo?
Sin dar crédito, Sasuke no sabía qué decir, y aquella muchacha de ojos verdes, con una bonita sonrisa y una gracia que lo estaban descolocando, le tendió la mano y dijo:
—Hola, soy Sakura H... Mimura, ¿y tú eres...?
Incapaz de negarse, finalmente él se la estrechó y, echando mano del apellido de Naruto para no decir Uchiha, el suyo propio, respondió:
—Sasuke Namikaze.
Complacida, Sakura preguntó entonces:
—¿Como el marido de Temari? ¿Sois familia?
Sin dudarlo, Sasuke asintió y, al ver cómo aquella lo miraba, repuso:
—Primos.
Con un candoroso gesto, la joven sonrió en espera de que aquel dijera algo más. Pero nada. Aquel tipo que la miraba con sus preciosos ojos negros no despegaba los labios, por lo que, alterada y buscando algún tema sobre el que hablar, miró el precioso cielo que sobre ellos tenían y dijo:
—Hace una noche fantástica, ¿no crees?
Sasuke levantó la vista y se disponía a contestar cuando una estrella fugaz cruzó el cielo y Sakura preguntó agarrándole la mano:
—¿Lo has visto?
Sasuke asintió y rápidamente se soltó de su mano.
—Tío Edberg siempre decía que, tras ver una estrella fugaz, había que cerrar los ojos y pedir un deseo —contó ella—. Vamos, ¡hazlo! ¡Ciérralos!
Al verla con los ojos cerrados, el vikingo sonrió. Aquella muchacha, además de otras cosas, era graciosa, divertida, pero de pronto ella abrió los ojos y preguntó:
—¿En serio estabas sonriendo?
Sasuke, al oírla, volvió a sonreír.
—¿Haciendo trampas de nuevo? —se burló.
El gesto que hizo Sakura se le antojó increíblemente conmovedor.
—En serio, Sasuke Namikaze, deberías sonreír más a menudo. Tienes una sonrisa preciosa.
El vikingo no dijo nada. Oír eso que en otra época su amada Ingrid le decía, lo hizo volver a su gesto serio, y Sakura suspiró cerrando los ojos de nuevo para decir:
—Ni te imaginas la cantidad de estrella fugaces que tío Edberg y yo vimos juntos y la cantidad de deseos que pedimos.
Se quedaron unos instantes en silencio hasta que él preguntó con curiosidad:
—¿Por qué hablas de él en pasado?
Al abrir los ojos, Sasuke fue consciente de cómo la mirada de aquella se había entristecido.
—Porque murió.
—Lo siento.
Ella asintió y él, incómodo al ver la tristeza que se había instalado en sus ojos, preguntó:
—¿Y algunos de los deseos que pediste se cumplieron?
Al oír eso la joven parpadeó. Sus deseos habían sido muy variados según había ido creciendo. Había pedido salud para los que quería, encontrar a Indra para matarlo y también aquello de tener la fuerza de un león, y, consciente de que las estrellas la habían escuchado en alguno de ellos, se encogió de hombros y afirmó con gracia:
—Probablemente.
Los ojos de ambos se encontraron. En silencio, y bajo la luz de la luna y las estrellas, se miraron durante unos segundos, y luego Sasuke, incómodo por lo que le pedía el cuerpo, soltó:
—He de marcharme.
—Gracias por tu ayuda —respondió ella tratando de que no se le notara el deseo que su cuerpo emanaba—. Sin ti todavía estaría arrastrando por las calles el culo de Gilroy.
Sasuke asintió y, confundido por la rara sensación que aquella muchacha le estaba provocando, sin decir más, dio media vuelta y se marchó.
Sakura observó cómo se alejaba. Aquel hombre callado, prudente y cauteloso, que nada tenía que ver con ella, la atraía mucho. Demasiado. Pero, consciente de que ella a él no, suspiró y se dirigió hacia su carreta. Sin duda no estaba hecha para el amor.
Al llegar allí miró a Gilroy, que roncaba en el suelo, sobre la manta, y suspiró de nuevo. Su padre era un cabezón. Acto seguido, y con cuidado, se subió a la carreta y, tras comprobar que la pequeña dormía plácidamente, se tumbó sobre su manta.
—¿Lo has pasado bien? —Era la voz de tío Matsuura.
Eso la hizo sonreír.
—Sí.
Se quedaron unos instantes en silencio y luego él preguntó:
—¿Gilroy ya ha aparecido?
Boquiabierta, la muchacha se dio la vuelta para mirarlo, y el japonés indicó sonriendo:
—Lo he visto esta mañana escondiéndose de nosotros en el mercadillo. Imagino que tu padre lo obligó a acompañarnos.
Sakura maldijo, y aquel preguntó:
—¿Quién era el hombre de pelo pelinegro que hablaba contigo?
Ella soltó una carcajada, estaba claro que a tío Matsuura no se le escapaba nada, y finalmente, tras pensarlo, respondió acurrucándose en su manta:
—Sasuke Namikaze.
El japonés sonrió y, cerrando los ojos, no preguntó más.
