Capítulo 14

Esa tarde Sakura contemplaba embelesada el vestido que Temari le había hecho llegar. En La Bruja del Mar tenía algunos preciosos vestidos que solía comprarle su padre, aunque ella nunca se los ponía, pues prefería la comodidad de los pantalones y las botas. Aun así, nada más ver aquel espléndido vestido color mostaza se enamoró de él.

Se aseó y, después, una de las mujeres de otra carreta se ofreció a arreglarle el cabello. Sakura accedió, pues ella no era una experta en eso, y en aquel momento toda ayuda era bien recibida.

Cuando la mujer terminó y la joven se tocó su cabello suelto sintiéndolo como la seda, se sorprendió. ¿Ese pelo era el suyo?

A continuación se metió en un improvisado probador hecho con varias telas sujetas a su carreta y a la de los vecinos y se puso el vestido.

Una vez que este se ajustó a su cuerpo realzando sus curvas femeninas, se sintió extraña, pero, consciente de que ir le podría facilitar información de Indra, prosiguió vistiéndose.

Sin embargo, de pronto pensó: ¿y si alguien la reconocía?

Durante un rato dudó. ¿Debía ir o no?

Finalmente se decantó por ir, pues pensó que vestida de aquella manera nadie la reconocería.

Cuando minutos después salió del improvisado vestidor, mirando a Gilroy y a Matsuura, que tenía a Siggy en brazos, preguntó:

—¿Qué tal estoy?

—¡Cáspita, Bicho!...

Insegura al verse tan peripuesta, cuando ella no solía vestir así, Sakura resopló y musitó:

—Lo sé. Estoy ridícula.

Gilroy parpadeó. Era la primera vez que la veía arreglada como una mujer. Como mucho la había visto con alguna falda, pero su vestuario básicamente estaba compuesto por pantalones, y, repasándola con la mirada, susurró:

—¡Por las barbas de Neptuno!

—¡¿Qué?! —preguntó ella inquieta al ver cómo ambos hombres la miraban. ¿Tan ridícula estaba?

—Repámpanos, Bicho, ¡pero si no pareces tú! ¡Pareces una mujer!

Oír eso por fin la hizo sonreír y, encogiéndose de hombros, indicó:

—De eso se trata, ¿no?

Matsuura asintió gustoso. Aquella mujercita a la que tanto quería era una auténtica belleza.

—Estás preciosa —declaró.

Complacida al oír eso, con una coquetería que ni ella sabía que tenía, Sakura sonrió y preguntó enseñándole unos pendientes:

—¿Me pongo estos o estos?

El japonés estaba mirando lo que le mostraba cuando Siggy llevó la mano hasta uno de ellos y Sakura cuchicheó mirándola:

—¿Te gustan estos?

La niña sonrió y Sakura se los colocó.

—Pues no se hable más —dijo—. Si mi niña dice que estos, ¡estos!

Estaban sonriendo por aquello cuando la joven preguntó:

—Tío Matsuura, antes no he podido preguntarte, pero ¿qué te pareció la familia que fuiste a investigar para Siggy?

El japonés se sentó en una banqueta con la cría y respondió:

—No creo que sea la idónea para nuestra niña.

—¿Por qué? —preguntó Gilroy sorprendido.

La chica con la que llevaba viéndose todas las noches trabajaba para aquellos y le había dicho que eran buenas gentes, pero Matsuura meneó la cabeza y soltó:

—Para mi gusto, él es demasiado recto y severo y ella, demasiado gritona. A Edberg no le habrían gustado.

Oír eso era lo único que Sakura necesitaba, y sentenció:

—Pues si a tío Edberg no le habrían gustado, ¡descartados! Seguiremos buscando.

Matsuura sonrió y, mirando a Siggy, le guiñó un ojo. Para él no había nadie mejor que Sakura. Solo había que darle tiempo.

Minutos después, cuando la joven le hubo llenado la cara de besos a la niña y le hubo dado otro en la mejilla a su tío Matsuura, se encaminó hacia el lugar donde había quedado con sus amigos acompañada por Gilroy.

En su camino, él le contaba que se había citado de nuevo aquella noche con la misma chica. Sakura asentía, pero no lo escuchaba. Estaba nerviosa. Por primera vez en su vida iba a acudir a una cena de clanes, y eso en cierto modo la inquietaba y la emocionaba a partes iguales.

Una vez que llegaron a una bifurcación, ambos se despidieron y la joven continuó su camino hacia el campamento donde aquellos le habían indicado que la esperaban, sin ser consciente de cómo muchos de los hombres con que se cruzaba se volvían para admirarla.

Pero ¿quién era aquella belleza pelirosa?

Cuando alcanzó el campamento de sus amigos, se sorprendió al ver la cantidad de gente que había allí. Con curiosidad, observó que los hombres vestían prendas de tartán de diferentes colores y rápidamente lo entendió. Allí estaban acampados los clanes Namikaze, Sabaku y Hyūga, los de los maridos de Temari, Matsuri y Tenten, de ahí los diferentes tonos de tartán.

¿Cómo sería el de los Haruno?, se preguntó de pronto.

Parándose, contempló desde la distancia los caballos que aquellos habían comprado en la feria, que permanecían tranquilamente junto a las ovejas.

Estaba mirando todo aquello cuando chocó con alguien y, al reconocerlo, iba a hablar cuando oyó:

—¿Qué haces tú aquí?

Boquiabierta por encontrarse con Sasuke, a Sakura se le cortó la respiración. Aquel, que la miraba con sus preciosos ojos negros, tenía el pelo mojado por haberse aseado, pero estaba perfectamente vestido. Si por norma la impresionaba, con aquella falda escocesa y con el tartán de los Namikaze la dejaba sin palabras.

—¡Hola! —lo saludó intentando sonreír.

Sasuke, por su parte, la observaba sin dar crédito. Estaba preciosa con aquel vestido color mostaza y con el cabello suelto. Sin duda era una mujer tentadora y de interesantes curvas. Pero, al sentir cómo otros hombres la observaban con interés, se incomodó.

¿Qué le ocurría?

Acalorada al sentir su intensa mirada, Sakura enseguida indicó:

—Antes de que digas nada, quiero que sepas que Naruto y Temari me han invitado a la cena, incluso ella me ha prestado este vestido. Han dicho que quizá tú no acudirías y por eso he accedido a venir. Pero, vamos, que tú tranquilo, prometo que una vez que lleguemos al castillo no me acercaré a ti ni te molestaré, porque está visto que verme te desagrada.

Sasuke no sabía qué decir y ella, maravillada por aquel hombre que cada vez que lo veía le gustaba más, prosiguió, ignorando las miradas de los demás hombres, que ahora la observaban con más curiosidad:

—Ya me disculpé contigo por mis meteduras de pata y no lo voy a volver a hacer. Pero, vamos, tampoco me parece bien que cada vez que nos encontremos me mires como si me fueras a degollar. Porque, sí..., eso es lo que me dice tu mirada, y no digas que no, porque lo tienes difícil para convencerme de lo contrario.

Aquel chorreo de palabras finalmente hizo resoplar a Sasuke. Él no pensaba ir a aquella cena de clanes. Se había negado, pero, como siempre, Temari lo había convencido; la miró con su habitual gesto serio y replicó:

—No tengo la menor intención de degollarte y siento si mi mirada te dice eso. Simplemente me he sorprendido porque no esperaba verte aquí.

Sakura suspiró al oír eso. Aquel hombre serio y responsable, que nada tenía que ver con los del barco de su padre, llamaba poderosamente su atención. Si supiera quién era ella ni siquiera la miraría. Se encogió de hombros y musitó, consciente de que era preferible que se marchara:

—Creo que es mejor que me vaya.

Ver cómo ella se daba la vuelta para irse hizo reaccionar a Sasuke y, asiéndola del brazo, la paró y, cuando esta lo miró, indicó:

—No tienes por qué marcharte.

—Es que no quiero incomodarte.

Consciente de lo rudo que estaba siendo con ella, él suavizó entonces el tono y añadió:

—Es una fiesta y todos queremos pasarlo bien. Venga, quédate, te enseñaré los caballos y después te llevaré con Temari.

Sakura no se movió, y él, intentando sonreír, musitó:

—En serio. Te lo digo de corazón.

Ver su tímida sonrisa le encantó a la muchacha, que sintió que su corazón se aceleraba. Y él, intentando ser agradable, insistió:

—Te aseguro que no te degollaré.

—¿Seguro, vikingo? —preguntó divertida.

Sasuke asintió.

—Te lo prometo.

Eso hizo sonreír a la joven, que exclamó con gracia:

—¡Repámpanos, eso me deja más tranquila!

Con una sonrisa tonta, Sasuke se encaminó hacia los caballos mientras respondía a las curiosas preguntas que Sakura le iba haciendo.

Temari, que estaba con Naruto en la puerta de su tienda, susurró sorprendida al ver a aquellos dos con semblante sonriente:

—Por todos los dioses..., ¿Sasuke está sonriendo?

—Eso parece —afirmó su marido tan asombrado como ella.

Sin moverse, observaron durante un rato cómo caminaban junto a los caballos, y luego Naruto cuchicheó divertido:

—Algo me dice que Sasuke no nos va a odiar.

Temari sonrió y cuando, un buen rato después, aquellos llegaron hasta ellos, la joven iba a hablar pero Sakura, al ver las joyas que llevaba, exclamó:

—¡Por las barbas del capitán Wookin Han, me encanta que lleves esos pendientes!

La curiosa exclamación de la muchacha hizo sonreír a todos, y ella, al darse cuenta de lo que había dicho, se apresuró a dulcificar el tono y añadió:

—Adoro tu broche familiar que sujeta el tartán, es espectacular.

Ambas sonrieron y, sin esperar un segundo, se pusieron a hablar.

Naruto y Sasuke se miraban sin decir nada, pero entonces uno de los hombres de Gaara Sabaku que pasaba por allí se detuvo para contemplar a Sakura. Sasuke, al verlo, lo miró con gesto hosco y segundos después el hombre se marchó.

—Tengo que enseñarle algo a Sakura dentro de la tienda —indicó Temari—. Id hacia los caballos. Nosotras iremos enseguida.

Sasuke y Naruto asintieron y, cuando echaron a andar, este último miró con picardía al gigante pelinegro y cuchicheó:

—Vaya, vaya...

El noruego sonrió, y Naruto añadió:

—Veo que te gusta... «nadie».

Sasuke no respondió, pero una vez que llegaron junto a los caballos, dijo mirándolo:

—Simplemente intento ser educado.

Naruto asintió y no dijo más. Le bastaba con haber visto cómo aquel había mirado al hombre de Gaara.

En el interior de la tienda, Sakura admiraba la espada que Naruto le había regalado a Temari cuando esta le preguntó:

—¿La pequeña se ha quedado bien acompañada?

Ella sonrió. Siggy estaba perfectamente con Matsuura.

—Te aseguro que quien está con ella la cuidará muy bien.

Ambas sonrieron por aquello y Temari, al sentir que aquella no quería seguir hablando de la niña, preguntó:

—¿Y tu tartán?

Sakura no supo qué responder. Nunca había tenido uno. Su padre en el barco nunca lo había utilizado y, al ver que Temari esperaba una contestación, respondió:

—¿Puedo serte sincera?

—Siempre —afirmó ella.

Mentirle a aquella joven incomodaba a Sakura, pues no lo merecía. Pero, consciente de que la verdad podía acarrearle problemas, se apresuró a decir:

—Mi padre y su clan no se tienen mucho aprecio y..., bueno, se puede decir que nunca me he considerado de ningún clan.

Temari asintió, aunque pensó que aquello que decía era raro. Todos los escoceses llevaban en la sangre su pertenencia a un clan, pero, sin querer ser indiscreta, rápidamente cogió un tartán del clan de su marido y dijo:

—Pues ¿qué te parece ser una Namikaze?

Sin hablar, Sakura permitió que le colocara el tartán sobre su cuerpo y, tras ajustárselo con el broche que aquella llevaba en un lateral del vestido, Temari declaró:

—¡Solucionado!

Sakura sintió una gran emoción. Ella, que era una mujer fuerte, dura y guerrera, se quedó mirando el tartán que cruzaba su cuerpo y, tocándolo, musitó:

—¿A Naruto no le molestará?

—Le encantará —repuso Temari segura de lo que decía.

Instantes después, en cuanto llegaron hasta donde Naruto y Sasuke las aguardaban, este último comentó:

—Neji, Gaara, Tenten y Matsuri nos esperan en el castillo.

En ese instante el padre Murdoch se acercó a ellos y, al ver a Sakura, preguntó:

—¿Y esta linda jovencita quién es?

Ella rápidamente lo miró y, cuando iba a presentarse, Sakura intervino:

—Sakura Mimura. Una amiga.

El cura asintió, la observó con detenimiento y, mirando a Sasuke, dijo consciente de lo poco mujeriego que era:

—Eres un hombre de bien. Divertíos.

Cuando el cura se alejó, Temari sonrió y Naruto, viendo el tartán que Sakura llevaba, afirmó con una sonrisa:

—Bienvenida al clan Namikaze.

La joven sonrió a su vez. Que le dieran la bienvenida en lugar de echarla a patadas era para ella algo nuevo, y susurró:

—Gracias.

Acto seguido, Naruto y Sasuke montaron en sus impresionantes caballos y, una vez que Temari montó junto a su marido, se sorprendió al ver cómo Sasuke le tendía la mano a Sakura para subirla con él. Sin decir nada, sonrió, y cuando Naruto emprendió la marcha con un gesto, la gran mayoría de sus hombres lo siguieron. Esa noche lo iban a pasar muy bien.