Capítulo 15

Las horas pasaban y la fiesta era como poco entretenida. Algunos de los clanes de Escocia se habían reunido en el castillo para disfrutar de un evento en el que cada año se congregaba más gente.

Intentando ser una escocesa más, Sakura no se separaba de Temari, Matsuri y Tenten. Estar con ellas y oírlas reír y hablar de cualquier cosa era divertido, diferente. En especial porque aquellas mujeres, por lo que veía, no eran las típicas florecitas que se desmayaban a la mínima, y eso le gustaba.

Desde niña, al estar rodeada siempre de hombres en el barco, sus conversaciones giraban en torno a soltar bravuconadas para ver quién era más bruto o locuaz, o se limitaban a hablar del barlovento o el sotavento.

Estaba bebiendo cerveza cuando Matsuri, Temari y Tenten se alejaron para bailar. De reojo, Sakura observaba a Sasuke cuando un hombre se acercó a ella y le preguntó:

—¿Te diviertes?

—Probablemente.

Oír eso lo hizo sonreír, e insistió:

Probablemente es un término muy ambiguo, ¿no crees?

Sakura lo miró. Ante ella, un hombre de la edad de su padre le sonreía y, complacida, repuso:

—Si una fiesta no es divertida, ¿debería llamarse «fiesta»?

Ambos rieron por aquello y luego el hombre preguntó:

—No te conozco, ¿tu nombre es...?

Sin dejar de sonreír, ella se apresuró a contestar sin percatarse de cómo Naruto y Sasuke los observaban:

—Sakura. Sakura Mimura.

Gustoso y encantado, el hombre asintió. Llevaba un buen rato mirándola y pensando cómo acercarse a ella, y con galantería iba a responder cuando otro hombre se le aproximó.

—Gobernador Senju —dijo—, el laird Danzō Shimura desea hablar con vos.

El aludido asintió.

—Rupert, dile que ahora lo buscaré yo.

El hombre se alejó al oír eso y, al mirar a la joven, que lo observaba ahora con cierta distancia, Senju iba a hablar cuando ella se le adelantó:

—Un placer conocerlo, gobernador.

El aludido, un hombre moreno y unos preciosos ojos marrones, musitó guiñándole el ojo:

—Tanto formalismo en ocasiones me agobia; ¿qué tal si me llamas por mi nombre de pila, que es Hashirama?

Sakura sonrió. Si aquel tipo se enterase de quién era, rápidamente la apresaría, pero intentando seguirle el juego para caerle en gracia, respondió:

—Encantada de conocerte, Hashirama.

Durante un rato hablaron sobre la fiesta, sus gentes y los manjares que en ella se servían, hasta que el hombre, complacido de charlar con ella, le preguntó:

—Entonces ¿te diviertes?

Sin poder dejar de sonreír, Sakura asintió y, mirando a Sasuke, que estaba hablando con unos hombres no muy lejos de ella, afirmó:

—Sí. Aunque estoy convencida de que podría divertirme más.

El gobernador siguió la dirección de su mirada y soltó una carcajada.

—Si ese hombre no te saca a bailar y prefiere ocupar su tiempo en hablar con otros, ¡es que está ciego! —murmuró.

Divertida por la perspicacia de aquel, Sakura cuchicheó entonces con un gracioso gesto:

—Ciego y tonto.

De nuevo, él sonrió y luego preguntó con curiosidad:

—Nunca te había visto anteriormente; ¿de dónde eres, Sakura Mimura?

La joven, intentando no demostrar lo mucho que la inquietaba aquella cuestión, respondió mirándolo:

—De todas partes y de ninguna en especial.

Eso hizo que Hashirama levantara las cejas.

—De nuevo, una respuesta muy ambigua.

—Probablemente. —Ella sonrió y, viendo cómo él la miraba, cuchicheó—: Si no te importa, y aun a riesgo de parecerte una antipática y una impertinente, hay cosas de las que no me gusta hablar. Soy muy celosa de mi intimidad.

Divertido por la frescura de la muchacha, el gobernador prosiguió hablando con ella hasta que se acercaron a ellos otro hombre y dos mujeres y rápidamente él la presentó. Aquellos eran su mujer, Mito, el hermano de esta y Ageha, su mujer.

Hashirama se quedó unos segundos en silencio cuando esta última dijo algo en francés y, sin pensarlo, Sakura le contestó en su idioma. La mujer sonrió complacida. Poder hablar con alguien en su lengua natal le era muy grato, y Hashirama, mirando a la joven, comentó:

—Veo que hablas con soltura el francés.

—Y el italiano y...

De pronto, Sakura se demudó y cerró el pico. ¡¿Cómo era tan bocazas?! ¿Qué hacía revelando aquella información? ¿Acaso había perdido la cabeza? ¿Por qué no pensaba antes de hablar?

Hashirama, consciente de su gesto, sonrió y añadió bajando la voz:

—Tranquila. No continuaré preguntando, pues no quiero incomodarte. Pero has de saber que, como escocés que soy casado con una extranjera, no juzgo a las personas por su procedencia.

—Eso está muy bien —afirmó ella con una sonrisa.

Permanecieron unos instantes en silencio y luego él añadió:

—Es bueno que hables otros idiomas. —Ella asintió y de pronto el hombre, sorprendiéndola, le preguntó en italiano—: La tua famiglia è italiana?

Oír eso a Sakura la hizo sonreír, y Hashirama se apresuró a añadir:

—Vale..., vale..., ahora soy yo el impertinente. Pero he tenido la suerte de viajar y conocer otros países. De ahí que no juzgue a nadie. Y, por cierto, mi mujer, Mito, y su hermano son italianos.

—Noooo...

—La conocí en uno de mis viajes a Sicilia. Nos casamos y ahora vivimos en Escocia.

Complacida, y tras cruzar algunas palabras con aquella en italiano, Sakura indicó:

—Mi madre era italiana.

Mito sonrió.

Da dove veniva tua madre?

Entendiendo que le había preguntado por la procedencia de su madre, olvidándose de sus barreras, la joven respondió:

Mia madre era di Genova.

Y finalmente comenzó a hablar con aquellas mujeres con naturalidad.

Poco después, cuando Mito, su cuñada y su hermano se alejaron hacia una mesa a por algo de beber, Hashirama se dirigió a ella.

—Lo reconozco. Has conseguido llamar mi atención y despertar mi curiosidad.

La muchacha sonrió y luego él preguntó:

—¿Cómo una jovencita como tú domina varios idiomas a la perfección?

Incómoda por aquello, pero consciente de que tenía que dar una explicación creíble, Sakura respondió omitiendo que también sabía japonés:

—Por la familia de mi madre aprendí el italiano. Y en cuanto al francés, mi padre era comerciante y viajaba mucho.

—«¿Era?»

—Murió —se inventó rápidamente. Hashirama asintió y ella añadió—: Pero eso es algo de lo que no suelo hablar.

El hombre la escudriñó con la mirada sin decir nada. Lo que aquella joven decía llamaba su atención, y estaba claro que no se encontraba cómoda hablando de ello, por lo que, bajando la voz, dijo:

—Si temes que pueda perjudicarte, tranquila. Soy una tumba.

Sakura sonrió. Había algo en aquel hombre que le daba confianza, y musitó:

—Es de agradecer tu discreción. Gracias, Hashirama.

Encantado, él la invitó a bailar y durante un buen rato danzaron divertidos, mientras Naruto, Temari y Sasuke los observaban y el primero decía:

—Está visto que el gobernador Senju se ha rendido ante Sakura.

Temari sonrió y Sasuke no dijo nada. Ella no era de su incumbencia.

—Malditos Uzumaki —gruñó de pronto Suigetsu.

Al oírlo, Temari lo miró.

—¿Qué ocurre?

Con gesto serio, él señaló con la barbilla a un grupo y siseó:

—En una noche de borrachera le arrebataron a mi tatarabuelo las tierras que colindan por el suroeste con las de Sasuke. Y ahora mi padre se ha empeñado en recuperarlas, pero esos jodidos Uzumaki no quieren venderlas.

Los hombres comenzaron a hablar sobre aquello, y Temari, al ver que el gobernador se despedía de Sakura para regresar junto a su esposa, se encaminó hacia ella.

—¿Conocías al gobernador Senju? —le preguntó.

Sakura sonrió al oír eso. Se había fijado en cómo muchas de las personas allí presentes los habían observado mientras hablaban y bailaban. Hacer creer que era conocida de aquel podía facilitarle ciertas cosas, y, guiñándole el ojo a su amiga, respondió:

—Probablemente —y cuando vio que aquella iba a volver a interrogarla, la cortó—: Pero mejor no preguntes.

Temari asintió; sin lugar a dudas Sakura era bastante enigmática. Respetando sus palabras, la cogió del brazo y ambas fueron hasta el lugar donde Matsuri y Tenten charlaban.

—Por el amor de Dios —se quejó la rubia—. El padre Murdoch no hace más que incordiar a todas las parejas que ve.

Rápidamente las mujeres miraron hacia donde Temari señalaba y, al ver al cura regañando a unas parejas que se besaban, Tenten susurró:

—Para él todo es pecado.

—Woooo. —Matsuri rio—. Mejor que el padre no mire hacia la derecha o morirá, y no precisamente de amor.

De nuevo, todas miraron hacia donde ella señalaba y, al ver al guapo de Suigetsu Hōzuki con la mano bajo el vestido de una mujer, se echaron a reír. Aquel atraía mucho la atención de las mujeres.

—Como diría mi padre, hay que darle gusto al cuerpo —observó Sakura.

Todas volvieron a reír y entonces Temari cuchicheó:

—Si el padre Murdoch te oye decir eso, ¡pensará de tu padre lo peor!

—Creo que lo soportaré —repuso Sakura con una carcajada.

Se miraban divertidas cuando la rubia indicó:

—Hace un rato Naruto me ha dicho que ese grupo de ahí son de Montrose, de donde es tu padre. Aunque son del clan Haruno y Perkins, pero ninguno del clan Mimura.

Saber eso hizo que Sakura los mirara con curiosidad. Estaba claro que alguno de aquellos Haruno podía ser un familiar directo o indirecto de su padre y, por tanto, también suyo, y, sonriendo, murmuró:

—¡Qué curioso!

Luego continuaron disfrutando de la fiesta hasta que de pronto Sakura reparó en un hombre alto y de buen porte que estaba al fondo hablando con el marido de Matsuri. ¿De qué lo conocía?

Lo observó con interés. Su manera de moverse le sonaba, y de repente, al darse la vuelta y verle el rostro, se volvió con la angustia en el cuerpo.

A pocos pasos de ella estaba Indra Ōtsutsuki, su verdadero motivo para estar en Escocia. Un hombre que, tras la muerte de su progenitor, Hagoromo Ōtsutsuki, había heredado los barcos La Bella Escocia y El Tritón Rojo. De familia escocesa como su padre, Indra surcaba los mares liderando aquellas naves. Supuestamente era un honrado comerciante de sedas orientales como lo había sido Hagoromo, pero quienes vivían en el mar sabían que era un sanguinario pirata al que apodaban con el sobrenombre de Indra el Guapo.

Agobiada por la sorpresa de encontrárselo allí cuando no lo esperaba, la joven se dio aire con las manos. Llevaba sin verlo más de ocho años. Ocho años en los que lo había odiado con todo su ser y en los que se había prometido que, si volvía a ver a aquel que la llamaba «princesa», lo mataría.

Indra y ella se habían conocido una noche en Jamaica, concretamente en Port Royal, un enorme nido de piratas que vivían allí en total libertad. En aquel momento Sakura era una inocente y romántica jovencita que se prendó de él nada más verlo.

Comenzaron a verse a escondidas de su padre y de todo el mundo. Escapar de sus tíos no era fácil, pero Sakura era escurridiza y lo conseguía, y una noche, enamorada, se entregó a él.

A partir de entonces, verse con Indra a escondidas de todo el mundo en distintos puertos se convirtió en un juego complicado pero divertido para Sakura. Soñaba con él. No podía parar de pensar en él. Lo amaba, adoraba que la llamara «princesa» y, deseosa de creer todo lo que le prometía, se dejó llevar.

Sin embargo, un año después, en Port Royal, tras hacer el amor en la habitación de él, ella le insinuó que debían hablar con su padre sobre su relación. Oír eso a Indra lo incomodó. A él le gustaban las mujeres y podía tener la que quisiera, por lo que, sin paños calientes, le hizo saber que entre ellos no había nada serio. Simplemente Sakura era una más. Y, llegado el momento de emparejarse, nunca lo haría con la ruda y malhablada pirata hija del capitán Haruno, sino con una jovencita fina, delicada y de buena cuna.

A la joven la destrozó oír eso. Ella lo quería. Y, aunque siempre había sido una mujer fuerte, entera y decidida, tras aquellas palabras que la hicieron recordar cuál era la realidad de su vida, el desamor pudo con ella. La tristeza y la angustia fueron lo que hizo que su padre y sus tíos supieran la verdad de lo que le ocurría.

El capitán Haruno, al enterarse por su destrozada hija de las promesas que aquel sinvergüenza le había hecho hasta conseguirla, decidió matarlo. Fue a por él, pero este ya se había marchado de Port Royal como la rata que era.

Un año después, al entrar en el puerto de aquel sitio plagado de piratas y mala gente, rápidamente Sakura vislumbró el barco de Indra, La Bella Escocia. Su padre y sus tíos también.

Por suerte para ella, el desasosiego que el desamor de aquel le había provocado ya había pasado. Se había prometido no volver a sufrir por amor, por lo que ahora era ella quien utilizaba a los hombres, y no al revés. Solo sentía rabia y resentimiento por aquel sinvergüenza, y, tras hablarlo con su padre y todo aquel que la quería, les pidió que la dejaran a ella ocuparse de él.

Y así fue. Esa noche, acompañada por su tío Ragnar, buscó a Indra. Sabía en qué prostíbulo encontrarlo y, tras tener una fuerte discusión con él en una de las habitaciones, cuando Indra puso ante ella su espada, Sakura se tuvo que defender.

Sin miramientos, se enzarzaron en una virulenta lucha que acabó cuando ella le perdonó la vida aunque habría podido matarlo, y él, aprovechando su debilidad, se sacó una daga de la bota y la hirió en el costado.

El grito de dolor, rabia e impotencia de Sakura hizo que Ragnar entrara en la habitación y, al ver a la joven en el suelo sangrando, iba a auxiliarla cuando Indra lo mató atacándolo por detrás sin miramientos. Ragnar murió en el acto.

Horrorizada, y olvidándose de su dolor, Sakura acudió a socorrer a su tío, que yacía en el suelo sin vida. Los gritos histéricos de la joven atrajeron hasta la habitación a Kayui, el mejor amigo de Indra. Y este, sin dudarlo y para hacerla callar, le propinó una patada que la dejó inconsciente. Acto seguido, los dos se marcharon sin mirar atrás.

Edberg y Matsuura, alarmados al ver que Ragnar y Sakura no regresaban, fueron hasta donde imaginaban que habían ido, y lo que se encontraron en la habitación de aquel lujoso prostíbulo los horrorizó. Ragnar estaba muerto y Sakura, desangrándose a su lado.

Tras llevarlos de regreso a La Bruja del Mar, aunque por Ragnar no pudieron hacer nada, hicieron todo lo posible y más por ella. Por suerte para la joven, la patada recibida en la cabeza solo le causó una brecha en la sien. Y la puñalada en el costado, a pesar de la sangre que había perdido, no le había tocado ningún órgano vital, aunque una fea herida le recordaría lo ocurrido de por vida.

Cuando Sakura despertó y fue consciente de la pérdida de su tío Ragnar, no podía parar de llorar. Por su culpa él había muerto, y cuando su padre y sus tíos, y muy especialmente Edberg, que era el hermano mayor de Ragnar, le dijeron que lo vengarían, ella los hizo prometer que nadie tocaría a Indra. Él había matado a tío Ragnar y ella sería quien lo vengaría.

Y así habían pasado más de ocho años. Ocho largos años en los que imaginó mil maneras diferentes de dar muerte a aquel hombre, al que odiaba con todas sus fuerzas.

Estaba pensando en ello cuando Matsuri se le acercó.

—¿Ves a algún Mimura de tu clan que conozcas?

Sakura se apresuró a negar con la cabeza.

—Alguno tiene que haber —insistió Tenten.

Disimuladamente, como si buscara a alguien, la joven Haruno miró a su alrededor. Con desagrado, además de ver a Indra vio también a Kayui. Ambos estaban allí. La sangre se le aceleró. Tan solo tenía que sacarse las dagas que llevaba escondidas estratégicamente bajo el vestido, acercarse a ellos y clavárselas en el corazón. Pero sabía que, si hacía eso, si se le ocurría atacar a aquel sucio impostor frente a aquellos escoceses, todos se volverían contra ella, por lo que, intentando tranquilizarse, se encogió de hombros y repuso:

—Quizá no haya venido nadie del clan.

No le gustaba mentir, y menos aún a aquellas que la habían acogido de esa manera; percibiendo la mirada de Temari, se disponía a añadir algo cuando Matsuri continuó:

—¿Tus padres no tienen hermanos, primos o conocidos?

La cara de circunstancias de Sakura era cada vez más evidente y, mirando hacia una de las mesas donde había bebida, dijo deseosa de huir:

—¡Caray! Estoy sedienta. Voy a por algo de beber.

Sin mirar atrás, se alejó de ellas sintiéndose fatal. En su camino se percató de que Sasuke la observaba. No paraba de hacerlo y aunque eso le agradaba, al mismo tiempo la inquietaba.

¿Por qué la miraba pero no se acercaba a ella?

Estaba pensando en ello cuando a su lado oyó que decía una joven muy enfadada:

—No, padre. No me gusta ese sucio y maloliente Nara. Así que olvida que...

—¡Karin, baja la voz!

—La bajaré cuando dejes de atosigarme.

—¿Cómo se te ocurre morderle un dedo? —insistió el hombre.

—Ha osado tocar mi cabello sin mi permiso —repuso la muchacha pelirroja conteniendo una sonrisa.

—¡Karin!

—Maldita sea, padre, ¡no empecemos!

El hombre resopló desesperado. Su hija menor era insufrible; ese endemoniado carácter suyo lo iba a llevar a la tumba.

—No voy a seguir permitiendo que ahuyentes a todos los hombres que quiero que se acerquen a ti —sentenció—. Y, te pongas como te pongas, acudirás con nosotros a la cena que los Cunningham dan en Lanark dentro de unos días.

—¡Padre!

—Te encontraré esposo aunque sea lo último que haga en este mundo.

Y, dicho esto, el hombre se dio la vuelta y se alejó.

Sakura, al ver que la joven cogía una jarra de cerveza y se la bebía de un tirón, afirmó sonriendo:

—En ocasiones los padres son insoportables.

—¡Insufribles! —convino la muchacha.

Luego ambas rieron y la joven preguntó:

—¿Te apetece un poco de esto? —y a continuación cuchicheó—: No sé qué es, pero la verdad es que tiene un aspecto estupendo.

Encantada, Sakura aceptó y, cuando aquella le entregó un vaso, bebió y, tras notar su sabor dulzón, afirmó:

—¡Cáspita! Sí que está bueno.

De nuevo, ambas rieron y luego la joven Haruno indicó:

—Soy Sakura Mimura.

—Karin Uzumaki. Kary para los amigos.

Durante un rato las dos jóvenes charlaron sobre la fiesta, hasta que dos hombres se acercaron a ellas y las invitaron a bailar y, sin dudarlo, aceptaron.

Dispuesta a pasarlo bien, Sakura bailó con todo aquel que quiso; su belleza y su alegría hacían que fuera una joven muy requerida. Mientras tanto, observaba cómo Indra charlaba más allá. Tenerlo lejos era lo mejor, pues, si se le acercaba en exceso, aquello podía acabar muy mal.

Agotada de tanto bailar, regresó a donde estaban Tenten, Matsuri y Temari. En silencio las escuchó unos instantes, controlando en todo momento los movimientos de Indra y Kayui.

—¿Y tú qué? —le preguntó Matsuri al cabo.

Sakura parpadeó.

Por estar vigilando a aquellos no se había enterado de qué hablaban; Temari, que se había fijado en su incomodidad, aclaró:

—Se refiere a si sabes manejar la espada.

Dándose la vuelta para no quedar frente a Indra, que se había movido, Sakura se apresuró a contestar sin pensarlo:

—Manejo la espada, el arco y la katana, entre otras cosas.

—¿Katana? ¿Qué es eso? —preguntó Tenten con curiosidad.

Mientras veía con el rabillo del ojo que Indra se alejaba, Sakura respondió:

—Una katana es una espada larga, afilada y curva, hecha de acero de Tamahagane, principalmente utilizada por guerreros japoneses.

Las tres mujeres la miraban sorprendidas y ella, nerviosa por la presencia de aquellos dos, aclaró sin filtros:

—Como bien sabéis, mi tío Matsuura es japonés. —Las demás asintieron—. Es un maestro en el manejo de la katana, y como sabía lo mucho que a mí me gustaba, en uno de nuestros viajes a Damasco me compró una y me la regaló el día de mi decimoctavo cumpleaños.

De nuevo, las tres asintieron, pero Matsuri preguntó con curiosidad:

—¿Damasco?

—Sí. En Siria —afirmó Sakura, quien seguía los movimientos de Indra.

—¿Has estado en Siria? —preguntó Tenten sorprendida.

Ella maldijo en silencio; de nuevo había metido la pata hablando de más. Estaba tomando aire para contestar cuando Suigetsu se les acercó y, plantándose frente a Sakura, le tendió la mano con caballerosidad y preguntó:

—¿Le apetece bailar a la bella dama?

Sin dudarlo, y dispuesta a escapar de lo que se le venía encima, la joven aceptó. En su camino se cruzó con Hashirama Senju, que al verla le sonrió.

Durante un buen rato bailó primero con Suigetsu, y posteriormente con todos los hombres que se lo pedían, mientras observaba que Indra y Kayui, ajenos a su presencia, disfrutaban de la fiesta, y no se percataba de que Sasuke continuaba observándola en silencio y con disimulo.

Naruto, que se hallaba cerca del vikingo, se dio cuenta de ello.

—¿A qué estás esperando? —preguntó. Sasuke lo miró y él musitó—: De acuerdo. En este instante sé que me estoy comportando como mi mujer, pero, Sasuke, estamos en una fiesta, y a las fiestas uno va a divertirse.

—Me estoy divirtiendo —aseguró él con su habitual gesto serio.

Oír eso hizo que Naruto sonriera y, encogiéndose de hombros, iba a hablar de nuevo cuando de pronto Sakura se acercó a ellos y, más tranquila al ver que Indra había desaparecido de su campo de visión, pidió deseosa de su cercanía:

—Sasuke, ¿bailas conmigo?

Sorprendido por la impetuosidad de aquella muchacha, Naruto miró al vikingo, que se apresuró a responder:

—No.

Sakura puso los ojos en blanco, odiaba que la rechazaran, pero, sin darse por vencida, insistió:

—¿Por qué?

—Porque no.

A diferencia de otras mujeres, que se habrían sentido horrorizadas por el rechazo, la joven sonrió y, tras guiñarle el ojo a Naruto, reclamó:

—Venga, tontito..., ¡será divertido!

—Cuida tu lengua, mujer...

—Sakura..., mi nombre es Sakura —indicó ella.

—Y el mío es Sasuke, ¡no tontito!

Sonriendo sin saber por qué, la joven volvió a mirar a Naruto, que los observaba con gesto divertido, y murmuró:

—Por las barbas de Neptuno..., ¿siempre es tan gruñón?

Naruto soltó una carcajada y Sasuke resopló. Aquella contestona irreverente, que siempre tenía que decir la última palabra, lo sacaba de sus casillas, y con gesto hosco soltó:

—Mujer, aprende a leer mis labios: ¡no voy a bailar!

Ella suspiró. ¿Por qué le hablaba así cuando durante la cena había charlado y reído tranquilamente con ella? Y, tras mirar a Naruto y hacer un gracioso gesto con las manos, volvió a dirigirse a Sasuke y susurró molesta por no haber alcanzado su objetivo:

—El padre Murdoch ha de estar muy orgulloso de ti. Es más, dentro de unos años te veo como él, totalmente amargado, viejo y reprimido.

Según oyó eso, Sasuke la miró, mientras que Naruto se reía divertido, y ella, consciente de que sus palabras lo habían molestado, afirmó al ver a Hashirama Senju pasar por su lado y guiñarle el ojo:

—Como dice mi tío Kakashi, la vida es corta y pasarlo bien es lo que importa. Así que... ¡adiós! No te molestaré más.

Una vez que se alejó caminando hacia una mesa donde había bebidas, Naruto miró a su amigo y preguntó sin poder parar de reír:

—Pero ¿qué tienes contra esa muchacha?

—¿Por qué? ¿Acaso no ves que es una descarada?

Su amigo sonrió. Lo que veía en aquella era la frescura que en cierto modo veía en su mujer, e insistió:

—Esa muchacha...

—No es Ingrid —lo cortó Sasuke.

Naruto asintió, pero repuso:

—Nadie será Ingrid, Sasuke. Nadie.

El vikingo lo miró en el acto.

—¿Eso tiene un doble sentido? —siseó en tono agrio.

—Te equivocas si crees eso —replicó él—, del mismo modo que te equivocas con... «nadie».

—Naruto...

—He visto cómo la miras y sé que esa dulce muchacha llama tu atención —y bajando la voz prosiguió—: Y sin duda también llama la de otros.

Sasuke se retiró el cabello negro de la cara mientras veía cómo otros hombres la miraban y comprendía que Naruto tenía razón. Desde que Ingrid había muerto, nunca una mujer había llamado su atención como aquella, y cuando iba a hablar su amigo añadió:

—Particularmente nunca pensé que el amor estuviera hecho para un hombre como yo hasta que conocí a Temari. Conocerla cambió muchas cosas en mí, y ahora soy consciente de lo bonita que es mi vida junto a ella, aunque en ocasiones esa impetuosa rubia salvaje me vuelva loco. —Ambos sonrieron—. Eres un buen amigo, Sasuke. Casi te diría que el mejor que tengo, y como amigo tuyo que me considero, simplemente deseo tu felicidad.

En ese instante Temari llamó a Naruto, y este antes de alejarse indicó:

—Amigo, me siento en la obligación de decirte que nunca es tarde para un nuevo comienzo. No seas tonto y no te conviertas en el padre Murdoch. Jamás olvidarás el pasado, pero tampoco va a volver. Sin embargo, tu futuro puede ser inmensamente mejor de lo que es. Además, no olvides que le hiciste una promesa a esa persona que quisiste, y con ella le prometiste que volverías a ser feliz.

Cuando Naruto se marchó, Sasuke lo vio llegar hasta Temari para besarla con amor. Aún recordaba lo duros que habían sido sus comienzos, pero estaba claro que el amor había vencido, y solo había que mirarlos para ver lo felices que eran.

Instintivamente, volvió a mirar hacia donde estaba Sakura. La joven observaba una mesa donde, además de bebida, había comida. Con curiosidad, contempló sus gestos, cómo sonreía, cómo se movía. No sabía qué tenía de especial para que llamara de aquella manera su atención, pero cuando ya se levantaba para acercarse a ella y pedirle disculpas por lo grosero que había sido, se sentó de nuevo. Un hombre del clan de Neji se había acercado a ella para hablarle.

Pacientemente esperó a que la conversación de aquellos terminara, pero se alargaba, y eso lo inquietó. Al igual que él, Naruto se había dado cuenta de cómo algunos hombres revoloteaban alrededor de la muchacha, y, cuando no pudo más, Sasuke se acercó a ella y preguntó situándose a su lado:

—Sakura, ¿tienes un segundo?

La joven se sorprendió al verlo. ¿En serio ahora quería hablar con ella?

Y, aún molesta por el trato recibido minutos antes, repuso:

—Lo siento, pero estoy ocupada con Jun.

Oír eso a Sasuke le revolucionó la sangre. Su amada Ingrid, la mujer que había sido su novia desde niños, y luego su mujer, en la vida lo había hecho esperar.

—Ahora —insistió.

Boquiabierta por aquella orden, la joven lo miró y replicó con chulería:

—Léeme los labios: ¡ahora no!

Sasuke maldijo en silencio. Sin duda se merecía aquella contestación, y cuando iba a decir algo, Sakura se alejó del brazo de Jun.

Eso hizo que el vikingo apretara los puños, pero, conteniendo la rabia por sentirse rechazado, se dio la vuelta y se alejó. No pensaba volver a acercarse a ella.

Sin embargo, un buen rato después, tras verla bailar con Jun y con un par de hombres más, al observar que la joven se acercaba de nuevo a la mesa de las bebidas, incapaz de no hacerlo, fue tras ella y preguntó:

—¿Tienes ese momento ahora para mí?

Sin necesidad de mirar, Sakura supo de quién se trataba, y contestó:

—No.

El rato que había pasado bailando con Jun y sus amigos había sentido la mirada de Sasuke persiguiéndola. Eso en cierto modo le había gustado. Aquel hombre atraía muchísimo su atención, pero, consciente de lo distintos que eran, y sin ganas de mostrarse como la damita educada que intentaba ser, cuchicheó:

—No tengo nada que hablar contigo. Es más, creo que me resultaría más agradable y divertido hablar con el arcaico y aburrido padre Murdoch antes que contigo.

Sasuke pensó que se lo merecía. Y, al ver que ella no lo miraba, y dispuesto a recuperar su atención, se le acercó, bajó la boca hasta su oído y susurró:

—Soy un gruñón. Lo sé porque Temari no para de decírmelo.

Al sentir el aliento en su oreja y oír aquellas palabras, Sakura cerró los ojos. Ese hombre, sin saber por qué, la hacía comportarse de manera extraña.

—Venga, tontita, perdóname —insistió aquel en un tono íntimo.

La joven sonrió. Que el seriote de Sasuke dijera algo así sin duda era una novedad y, dándose la vuelta para mirarlo con mofa, preguntó:

—¿Tú bromeando?

—Sé bromear.

—«¡¿Tontita?!» —exclamó ella a continuación.

Ver que por fin había llamado su atención a Sasuke le dio esperanzas y, recordando algo, añadió:

—Considéralo un término cariñoso.

Nada más decir eso, ambos sonrieron. Estaba claro que algo ocurría entre ellos, y finalmente Sakura dijo sin ser consciente de cómo Hashirama Senju la observaba:

—¿Por qué ahora bromeas conmigo y antes, cuando yo lo he hecho contigo, parecía que estuviera haciendo algo horrible?

Sasuke suspiró. Sin duda estaba desentrenado en aquello de hablar con mujeres, y encogiéndose de hombros respondió:

—La verdad, no lo sé.

—¿Pretendes volverme loca?

—¡¿Más aún?!

Ella rio y el vikingo la cogió de la mano y propuso recordando algo que ella le había dicho en otro momento:

—Comencemos de nuevo. Soy Sasuke, ¿y tú?

Gustosa y encantada, la joven sonrió.

¿Por qué no?