Capítulo 18
Una vez que Sasuke y Sakura estuvieron lo suficientemente alejados del campo de visión de aquel, el vikingo la soltó, molesto por la situación, e iba a hablar cuando ella siseó resoplando:
—¿A qué ha venido que me agarrases así?
Sasuke pareció sorprendido.
—He pensado que ese hombre te estaba incomodando.
Con el corazón a mil, la joven cerró los ojos, meneó la cabeza y, al abrirlos, gruñó:
—¡Por las barbas de Neptuno...! Me incomodara o no ese tipo, no necesito que nadie me defienda. Sé defenderme solita, ¿te enteras?
Boquiabierto, Sasuke asintió y, sin decir nada, dio media vuelta para regresar a la fiesta. No estaba allí para discutir, y sin duda hacerlo con aquella era fácil.
Sakura maldijo al verlo alejarse. Estaba pagando con él lo que no podía pagar con Indra; corrió hasta alcanzarlo y, poniéndose delante de él para detenerlo, dijo:
—Lo siento.
Él la miró sin decir nada.
—Siento haber pagado mi enfado contigo cuando tú solo lo has hecho para ayudarme —añadió ella.
Se miraron unos segundos en silencio hasta que el vikingo, consciente de lo que había visto, indicó:
—No sé quién es ese hombre ni me interesa, pero, visto lo visto, mi consejo es que te alejes de él, porque las personas como él no pueden traer nada bueno.
Sakura asintió. Sin saber nada, Sasuke había estado de lo más acertado en lo referente a aquel gusano. Y, a continuación, la joven, sin apartar su mirada de él, soltó:
—¿Sabes que mirarse a los ojos tras una discusión y sonreír con afecto es una manera de disculparse e intentar hacer las paces?
Sasuke, al ver cómo ella sonreía, preguntó:
—¿Me sonríes por eso?
—Probablemente.
El vikingo asintió, aquella mujer lo desconcertaba, y de pronto la oyó preguntar:
—¿Me perdonas?
Sentir aquellos ojos verdes mirándolo de aquella manera y ver su sonrisa hicieron que a Sasuke le temblara el corazón. ¿Cuánto tiempo hacía que no le ocurría algo parecido?
Y, consciente de que o la perdonaba o él no se lo perdonaría a sí mismo, finalmente musitó:
—No hay nada que perdonar.
Dejándose llevar por lo que sentía, Sakura lo abrazó. Pero, al ver que aquel estaba más tieso que un ajo, lo soltó.
—Eres un buen hombre —dijo mirándolo a los ojos—. Solo espero que...
—¡Sakura! ¡Sasuke!
La voz de Temari hizo que ambos levantaran la vista. Hacia ellos se acercaban las tres parejas y, cuando llegaron a su lado, Naruto se dirigió a la joven preocupado.
—Si podemos ayudarte en algo, no dudes en decirlo.
Sakura sonrió.
—Tranquilos —dijo conmovida—. No ocurre nada. Gracias.
A continuación todos guardaron silencio y, consciente de que se habían dado cuenta de lo ocurrido y les debía una explicación, la joven iba a añadir algo cuando Neji intervino:
—Es tarde. Regresemos a las tiendas.
Y, acto seguido, todos echaron a andar.
Sakura suspiró al ver a las tres parejas caminar cogidas de la mano. Le gustaba observar su complicidad, sus gestos afectuosos y sus bromas cariñosas, y pensó en cómo debía de sentirse una cuando era correspondida en el amor.
Pensaba en ello en silencio mientras se dirigían hacia los caballos. Entonces Temari se deshizo de la mano de su marido, se situó junto a ella y, cuando Sasuke y Naruto comenzaron a hablar, preguntó mirándola:
—¿Cuándo te vas de Edimburgo?
Sakura, que ya había hablado de aquello con Gilroy y Matsuura, repuso:
—Mañana. Te haré llegar el vestido antes de...
—Puedes quedártelo. Creo que te queda mejor a ti que a mí —la cortó Temari, que a continuación cuchicheó—: Pero no pienso dejarte marchar sin que me cuentes qué pasa con ese gusano.
Consciente de que se merecía una explicación, en voz baja para no ser oída, Sakura empezó a hablar.
—El gusano y yo nos conocimos cuando era una jovencita inexperta y me dejé engatusar por su belleza y su palabrería. Él lo consiguió todo de mí, pero cuando le pedí que hablara con mi padre para formalizar nuestra relación, se rio, me rechazó y me humilló.
—¡¿Qué dices?! —susurró Temari.
Sakura resopló.
—Nos enzarzamos con las espadas. Yo le arrebaté la suya y, cuando pude matarlo, por pena no lo hice. Pero él aprovechó para sacar una daga y clavármela en el costado.
—Nooooo...
—Y, no contento con eso, cuando mi tío Ragnar vino a auxiliarme, lo... lo mató y se marchó sin mirar atrás.
Temari la escuchaba boquiabierta. Si alguien le hubiera hecho eso a ella, lo mataría.
—Créeme cuando te digo que nada de lo que me dijera o me hiciera me dolió tanto como la pérdida de tío Ragnar —continuó Sakura—. Me prometí a mí misma que acabaría con él, y desde entonces no nos habíamos vuelto a ver hasta hoy.
Oír eso a Temari la apenó y cuando iba a hablar, Sakura, cogiéndola del brazo, comentó para cambiar de tema:
—Me ha encantado conocerte, y ten por seguro que, si alguna vez paso por Keith, haré todo lo posible para ir a verte.
La rubia sonrió.
—¿Adónde os dirigiréis ahora?
—Habíamos pensado ir a Linlithgow, y Dunfermline, pues me han dicho que allí los mercadillos son bastante grandes. —Y, pensando en la liberación que para ella supondría encontrarle a Siggy una familia para poder encargarse de Indra, añadió—: Además, después de hablar con Tenten sobre lo de Siggy, iremos también a Lanark.
Temari asintió, conocía aquellos lugares, y mirándola preguntó:
—¿Por qué no os quedáis un poco más en Edimburgo? Nosotros tenemos que ir unos días a Peebles a solucionar unos temas. Luego regresaremos y podríamos viajar juntos. Así podrías conocer mejor a Sasuke...
Sakura sonrió. Nada le gustaría más. Pero, tras mirar al gigante pelinegro y sentir que debía separarse de él cuanto antes o algo en su interior le decía que se engancharía a él, repuso:
—Gracias, pero no.
—¿Por qué?
Sakura suspiró.
—Porque nosotros hemos de partir. —Y, viendo el gesto de aquella, matizó—: Temari, yo no soy lo que Sasuke necesita.
La aludida, sintiendo que se estaba extralimitando, afirmó entonces:
—De acuerdo. No volveré a insinuar nada al respecto, pero prométeme que cuando pases por Keith vendrás a visitarme.
—Yo nunca prometo —dijo Sakura, que, al ver el gesto de aquella, indicó sonriendo—: Venga..., vale, iré a saludarte si paso por Keith.
Instantes después, cuando llegaron hasta los caballos, todos montaron y Sakura, sintiendo la mirada de Sasuke, los miró uno por uno y anunció para dar por finalizado el encuentro:
—Ha sido un placer conoceros y disfrutar de esta maravillosa fiesta con vosotros. Gracias por invitarme y hacerme sentir una más. Os aseguro que esta noche quedará para siempre en mi corazón.
Todos sonrieron complacidos y Naruto, viendo que aquella pensaba marcharse sola, preguntó al comprobar que Sasuke no decía nada:
—¿Quieres que te acompañemos?
La joven se apresuró a negar con la cabeza, pero el vikingo, sorprendiéndolos a todos, acercó su caballo hasta ella y le tendió la mano.
—Sube. Yo te acercaré.
—No hace falta, de verdad.
Pero Sasuke insistió:
—Sí hace falta.
Sakura, deseosa de estar con él, pero consciente de que debía olvidarse de un hombre así, replicó sin importarle el modo en que todos los observaban:
—Lee mis labios: te he dicho que no hace falta, no insistas.
Sentir de nuevo su rechazo hizo que finalmente el vikingo asintiera y, sin más, se diera la vuelta para alejarse con su caballo. Naruto y el resto no dijeron nada y, tras despedirse de nuevo de Sakura, tomaron el mismo camino que Sasuke.
Una vez sola, la muchacha comenzó a caminar tranquilamente por las callejuelas de Edimburgo sumida en sus pensamientos, hasta que, al llegar a una esquina, de pronto alguien la agarró del brazo y, tirando de ella, la aprisionó contra la pared.
Sentir aquello la hizo reaccionar rápidamente y, tras empujar a su atacante y ver de quién se trataba, siseó:
—Maldito seas, Indra...
El aludido sonrió, por fin la pillaba a solas, y acercándose a ella preguntó divertido:
—¿Alison Mimura? ¿En serio?
Ella no respondió.
—¿Qué haces en Edimburgo? —insistió él—. O, mejor, ¿qué haces que no estás en La Bruja del Mar al abrigo de tu padre?
—Eso a ti no te interesa.
—A mí me interesa todo de ti —replicó él mirándola con deseo. La rabia le bullía en la sangre a la joven, pero él continuó divertido—: Princesa, ¿qué pensarían esos lairds con los que te codeas o el gobernador Hashirama Senju si supieran realmente quién eres? ¿Les gustaría ser vistos con la hija del pirata Haruno? ¿Crees que ese hombre del que no te has separado en toda la noche se sentiría orgulloso de estar a tu lado si conociera tu identidad?
Ella no respondió. Sabía de la fama de su padre y la suya propia, una fama excesivamente exagerada que los imbéciles como aquel hacían crecer.
—No, Sakura, no —continuó él—. No les gustaría saber que una pirata como tú, acostumbrada a apropiarse de lo ajeno y a una vida nada aceptable en cuanto a hombres se refiere, se codea con sus decentes mujercitas. Ten bien claro que, en el momento en el que se enteren, nunca más te volverán a mirar, te escupirán y posiblemente el gobernador te mandará ahorcar.
Oír eso le dolió, pero, ignorándolo, la joven escupió:
—Sabes que te voy a matar, ¿verdad?
Indra sonrió. En Escocia, él tenía todas las de ganar.
—Atrévete —siseó— y Kayui revelará a esos amigos tuyos que no eres la encantadora y dulce Sakura Mimura, sino Sakura Haruno.
—Me da igual, siempre y cuando te mate y posteriormente todos sepan quién eres en realidad.
Él soltó una risotada. En un mundo de hombres como aquel tenía la sartén por el mango, nadie creería la palabra de aquella vulgar pirata, y con cierta chulería preguntó:
—¿De verdad piensas que te creerán? ¿A ti? ¿A la hija de Kizashi Haruno?
Ella no respondió, y él, acercándosele más, la agarró por la cintura y soltó:
—Princesa..., olvida eso de matarme y ven a mi lecho esta noche. —Y, subiendo la mano hasta llegar a sus pechos, añadió—: Por lo que he oído, has aprendido mucho en estos años, y lo que toco me trae agradables recuerdos.
Oír eso y sentir su mano hizo reaccionar a la muchacha. Antes muerta que hacer lo que aquel le pedía y, tras empujarlo para separarlo de ella, sacó una de las dagas que llevaba y siseó rabiosa:
—Tócame de nuevo, pedazo de mierda, y te juro por Yemayá que, aunque muera en el intento, tú no verás el amanecer.
Itachi sonrió.
—Deja en paz a la diosa de los mares y gánate mi silencio.
Ella no se movió. La belleza de Sakura en aquellos años había florecido hasta un punto que él nunca imaginó. Era preciosa, tentadora, y, bajando la voz para adoptar un tono más íntimo, Indra susurró:
—Aún recuerdo cómo te gustaba que...
No pudo terminar, pues ella rápidamente se le abalanzó. Lo empujó contra la pared y, cuando este le arrebató la daga, la inmovilizó y la besó.
Sentir los labios de aquel sobre los suyos hizo jadear a la joven.
Había adorado, amado, idolatrado aquellos labios, aquellos besos, pero ahora ya no. Ahora le repugnaban y, cuando se separó de él, sin dudarlo hizo aquello que había hecho cientos de veces en su vida para defenderse. Con fuerza, le propinó un cabezazo a aquel en la nariz y en un instante Indra comenzó a sangrar muerto de dolor.
A pesar de que la cabeza le dolía por lo que acababa de hacer, Sakura sonrió e, intentando no marearse por el golpe, apoyó una mano en la pared mientras le arrebataba la daga con la otra.
—Maldito excremento de ballena..., ¡qué asco me das! —escupió.
Dolorido y sintiendo cómo la sangre le corría por la boca, Indra le soltó un bofetón. El inesperado golpe hizo que Sakura cayera al suelo y, dando un paso atrás para que ella no lo alcanzara, aquel gusano masculló:
—Perra... Tendrías que haber muerto aquel día con Ragnar.
En ese instante se oyeron las risas de unas personas que subían por la calle procedentes de la fiesta. Y Indra, mirando la daga que ella portaba en su mano, musitó:
—Si pido auxilio, ¿a quién crees que ayudarán? —dijo—. ¿A ti o a mí?
Ella no respondió. Sabía que cuando revelara quién era, tenía todas las de perder. Entonces Indra montó en su caballo y declaró antes de marcharse:
—Olvídate de que existo o al final te mataré yo a ti.
Luego, aquel excremento humano se alejó mientras Sakura, nerviosa por lo ocurrido, se apoyaba en la pared para tomar aire.
Estaba claro que haberse encontrado con él iba a complicar su estancia en Escocia. Por ello, echó a andar y, acelerando el paso, llegó hasta la carreta. Tras desprenderse del vestido y ponerse sus habituales pantalones, despertó a Gilroy y a tío Matsuura.
—Por todos los santos, muchacha, te dije que no quería más chichones.
Sakura se tocó la frente y maldijo en silencio, pero el japonés, deseoso de saber qué había ocurrido, insistió:
—¿A quién le has dado un cabezazo?
Furiosa, ella le contó la verdad. Matsuura la escuchó boquiabierto y, al saber que en realidad habían ido a Escocia para matarlo, cerró los ojos y maldijo. Aquello era un verdadero problema.
