Capítulo 19
Días después, el chichón de Sakura por el cabezazo que le había dado a Indra comenzó a bajar, como también la intensidad del moratón de su rostro por el bofetón que él le había dado.
Pensar en aquel tipo se había convertido en una obsesión para la joven. Durante los años en los que no habían vuelto a encontrarse su sed de venganza se había aplacado, pero al verlo otra vez había vuelto a despertar.
Por las noches, cuando cerraba los ojos e intentaba dejar de pensar en aquel gusano, solo lo conseguía si recordaba a Sasuke, aquel hombre serio, tranquilo y de preciosa sonrisa cuando se permitía esbozarla.
Pensar en él, en su mirada, en el tacto de su piel y en los besos compartidos la hacía querer mucho más e, inevitablemente, la hacía sonreír y fantasear con él.
Aquel hombre distante y algo gruñón con ella de pronto se había convertido en su mayor deseo y en alguien a quien no podía quitarse de la cabeza. Aunque Sakura imaginaba que él no se habría vuelto a acordar de ella.
Durante esos días, cada vez que Matsuura la miraba y le veía el rostro amoratado y su gesto pensativo, algo en él se rebelaba. El hecho de que la muchacha, sin decirle nada, hubiera decidido ir a Escocia sabiendo que Indra estaba allí no le gustaba.
El japonés la conocía muy bien y sabía que, en cuanto viajaran sin la pequeña Siggy, Sakura iría a por él. No obstante, no deseaba que manchara sus manos de sangre. Quería hablarlo con ella, deseaba pedirle tranquilidad y prudencia por estar en tierra firme, pero, cada vez que la miraba y la veía sumida en sus pensamientos, sabía que debía callar y esperar. Bastante tenía ella con sus propios demonios como para que él los alimentara más aún.
La llegada a Lanark fue tranquila y sosegada y, tras preguntar en la tienda más lujosa que había en la calle principal por Iria y Hoheto Hyūga y saber hacia dónde tenían que dirigirse, Matsuura se conmovió al ver que Sakura lo posponía para el día siguiente. Sin duda quería disfrutar una noche más de la pequeña.
Lloviznaba.
Durante un rato debatieron cómo y dónde pasar la noche. La lluvia de aquel día no era molesta, pero sí continua. Y al final decidieron pernoctar a las afueras de Lanark, en la carreta. Su economía no era excesivamente buena. No tenían muchas monedas y debían gastar lo imprescindible.
Por la noche, para su suerte dejó de llover, pero hacía cada vez más frío.
Tras cocinar un estofado de conejo, que previamente Sakura había cazado, cuando la oscuridad los rodeó y solo se veían gracias a la fogata que los calentaba, Matsuura preguntó al ver a la joven con la pequeña Siggy dormida en brazos:
—¿Estás segura de que quieres ir a ver a esos Hyūga? —Sakura asintió—. Me apena que, siendo la hija de Edberg, no pueda tener una vida a tu lado —añadió el japonés—, cuando sé que es lo que él y Ragnar habrían querido.
Sakura lo miró y, sin levantar la voz para que Gilroy, que dormía, no se despertara indicó:
—Precisamente por ser la hija de tío Edberg y sobrina de Ragnar le deseo lo mejor. Y tú sabes que lo mejor para ella no soy yo.
—Lo eres, muchacha, ¡claro que lo eres!
—¡No digas tonterías!
—No las digas tú —replicó Matsuura.
Si alguien podía ser sincero con ella sin temer sus reacciones, ese era él. Los años juntos y las vivencias compartidas le habían dado la fuerza necesaria para hablarle con franqueza. Con su padre Sakura discutía, mientras que con Matsuura hablaba.
Se miraron unos segundos en silencio y luego la joven musitó:
—Tío, pero ¿de qué estás hablando?
—Hablo de lo que veo. Tienes prisa por dejar a la pequeña para ir a por Indra, y no me puedes decir que no.
La joven, a quien los remordimientos por aquello comenzaban a intranquilizarla, replicó sin querer dar su brazo a torcer:
—Aquí lo que importa es Siggy. Ella se merece una familia que la proteja y un hogar que le dé refugio en noches como esta, y no vivir en una vieja carreta.
—Si tú lo dices...
—Vale —susurró ella—. Reconozco que estoy deseando ir a por Indra. Pero, tío Matsuura —insistió—, lo que los Hyūga le pueden ofrecer a la niña yo no se lo puedo dar, te guste reconocerlo o no. Y no, no estoy dispuesta a subirla a La Bruja del Mar. Sé que mi padre, con tal de que esté con él en el barco, terminaría por aceptarla, pero lo que yo he vivido no lo quiero para ella. Siggy se merece un hogar en tierra firme, tener amigas y asistir a fiestas, entre otras cosas.
—¿Y por qué crees que esos Hyūga son mejores que tú?
Al oír eso, Sakura resopló y gruñó señalando la desvencijada carreta:
—Tío Matsuura, ¡a la vista está, ¿no crees?!
El japonés, que no estaba de acuerdo en dejar a la pequeña con aquellos extraños, insistió:
—Yo, como tú, quiero lo mejor para esa niña. Es la hija de mi hermano Edberg y...
—Te prometo que me aseguraré de que los Hyūga sean lo que necesita —lo cortó Sakura sin querer oír más.
Al sentir que aquella comenzaba a acelerarse, Matsuura susurró:
—Creo que deberías cerrar los ojos, pensar y dormir.
—Estoy de acuerdo.
—Mañana nos acercaremos a ver a esos Hyūga y tomarás una decisión.
La joven asintió, aquello era lo más acertado, y, tras subirse a la carreta con la pequeña y acurrucarse sobre la manta con Siggy a su lado, intentó pensar en lo que debía, pero el recuerdo de Sasuke acudió a su mente y se durmió pensando en él.
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Al amanecer, cuando Sakura abrió un ojo, lo primero que vio fue la carita de la niña. Estaba despierta y, como siempre, le sonrió. Ver aquella sonrisa tan dulce, tan pura y tan perfecta la hizo sonreír y, acercando los labios al moflete de la pequeña, murmuró besándola:
—Buenos días, mi amor.
Contenta, la pequeña llevó sus manitas hasta la cara de Sakura y entonces fue esta la que sonrió.
Después de ocuparse de asearla y cambiarle el paño, ambas bajaron de la carreta. Su tío Matsuura, que estaba fuera, las saludó al verlas:
—Buenos días.
Sakura sonrió y, tras darle un cariñoso beso a aquel en la mejilla, iba a hablar cuando el japonés se le adelantó:
—Dame a la pequeña. Le daré de desayunar mientras tú te aseas en el río.
Sakura asintió y, antes de pasarle a la niña, preguntó:
—¿Dónde está Gilroy?
—Ha ido en busca de la casa de los Hyūga. Así iremos sobre seguro.
Sakura asintió y, tras entregarle a la niña y coger una toalla, se encaminó hacia el río. Un buen rato después, una vez que la joven se hubo aseado, regresó a la carreta y comprobó que Gilroy ya había vuelto.
—Bicho, la casa de esos Hyūga es como poco impresionante —la informó él—. Viviendo en una casa así, estoy casi seguro de que a la mofetilla no le faltará de nada.
A la joven le gustó oír eso, y él continuó:
—Poseen tierras, gente a su servicio y ganado. Por lo poco que he podido ver, la vida les va bastante bien.
Cuando Matsuura iba a intervenir, de pronto se oyeron los cascos de unos caballos que se aproximaban. Rápidamente el japonés y ella asieron sus katanas y Gilroy musitó:
—Se acercan dos jinetes.
Estaban pendientes de quiénes podían ser cuando Sakura sonrió al reconocerlos.
—Gobernador Senju, milady... Pero ¿qué hacéis vos por aquí?
Hashirama Senju, acompañado de su mujer Mito, sonrió y detuvo su caballo.
—¿Ya no soy Hashirama?
Eso hizo que la joven riera y afirmara:
—Claro que sí, Hashirama.
Gustosos, los recién llegados se apearon de sus caballos y él, omitiendo la verdad, comentó:
—Ayer Mito te vio en Lanark. Pero cuando me lo dijo y salí en vuestra busca ya os habíais marchado, y esta mañana hemos decidido ir a ver si os encontrábamos.
Sorprendida por su deferencia, Sakura asintió. Pero ¿para qué la buscaban y que hacían ellos en Lanark?
Se disponía a preguntar cuando Mito, al entender su gesto, se apresuró a decir:
—Estamos en Lanark para asistir a una cena. Dentro de unos días partimos hacia Ayr, donde Hashirama ha de resolver unos temas de la Corona y, posteriormente, regresaremos a Aberdeen, donde está nuestro hogar.
Sakura asintió, pero entonces, al ver cómo el japonés miraba al hombre con gesto extraño, preguntó:
—¿Ocurre algo, tío Matsuura?
Al oírla, él se apresuró a negar con la cabeza, y la joven, dispuesta a seguir siendo amable con aquellos, indicó:
—Hashirama, Mito, os presento a mi tío Matsuura y a mi hermano, Gilroy Mimura.
Complacidos, todos se saludaron y Hashirama, observando cómo Matsuura lo seguía mirando, preguntó:
—¿De dónde eres?
Sakura rápidamente contestó por él:
—Tío Matsuura es de Japón. Pero es un hombre de paz, te lo aseguro.
Hashirama asintió, y Mito, entendiendo el silencio incómodo, al ver a la pequeña que estaba en los brazos de la joven, se interesó por ella.
—¿Esta preciosidad es tu hija?
Sakura miró a la pequeña con amor, y luego sonrió.
—No. Siggy es la hija de mi desaparecido tío Edberg, y me he propuesto encontrarle un buen hogar. —La mujer asintió, y luego ella añadió—: Tenten, la esposa de Neji, me dijo que aquí, en Lanark, una sobrina de Gudolf Fraser bien posicionada socialmente estaría encantada de hacerse cargo de ella junto a su marido, por eso hemos venido. Aunque, bueno, si os soy sincera, he de decir que quiero conocer a los Hyūga antes de decidir si Siggy se queda con ellos o no. Quiero para la niña una buena vida y, antes de entregarla, me he de asegurar.
El gobernador asintió y, dejando de mirar al japonés, echó un vistazo a la carreta y preguntó:
—No me digas que habéis pasado la noche ahí...
Sakura asintió.
—Eso no es lo más apropiado —terció Mito—, y mucho menos con una niña tan pequeña. Escocia en este tiempo es gélida por las noches.
Aquella tenía razón. Pero, defendiendo lo poco que tenía, la joven afirmó:
—Lo sé, pero es nuestro hogar.
Mito y Hashirama, conmovidos al ver su terrible hogar, que parecía que se iba a caer a trozos de un momento a otro, se miraron, y Mito dijo:
—En la casa donde nos alojamos hay habitaciones libres. Podríais venir y...
—No, Mito —la cortó Sakura—. Te lo agradezco, pero no.
—¿Por qué? —preguntó la mujer.
—Porque ese —indicó la joven señalando la carreta— es nuestro hogar.
Hashirama se sentía incómodo. ¿Cómo podía vivir así aquella muchacha?
Pero estaba claro que Sakura no quería dar pena a nadie, y Mito, tras mirar a su marido y verlo tan pensativo, añadió:
—De acuerdo. No insistiré.
—Gracias. —La joven sonrió satisfecha.
Tras un rato en el que hablaron de lo primero que se les ocurrió, Hashirama comentó dirigiéndose a Sakura:
—Te buscábamos porque me gustaría que esta noche nos acompañaras a la cena de los Cunningham a la que estamos invitados.
—¡¿Yo?!
—Asistirán las gentes mejores posicionadas de la zona, y creo que...
—Imposible, Hashirama —repuso ella—. He de...
—¡Ve! —soltó de pronto Matsuura—. Gilroy y yo nos quedaremos con Siggy.
Sakura lo miró sorprendida y no dijo nada. ¿Por qué su tío tenía que hablar por ella?
—Si a esa cena va la gente bien posicionada del lugar —aclaró a continuación Matsuura—, podrás conocer a Iria y a Hoheto Hyūga desde el anonimato.
Oír eso hizo que Sakura asintiera. En ocasiones su tío era mucho más rápido que ella.
—Tu tío tiene razón —convino Mito—. Es una excelente oportunidad para conocerlos y decidir si entregarles a la niña o no. Piénsalo.
Todos se miraban en silencio cuando Hashirama, que no podía dejar de observarlo todo a su alrededor sin entender qué hacía aquella muchacha en aquellas condiciones, sentenció:
—Vendrás a esa cena como nuestra invitada. —Y cuando Sakura fue a protestar, insistió—: Jovencita, en este instante te hablo como el gobernador Senju, no como Hashirama. Por tanto, estás obligada a venir.
Dicho eso, y tras aclarar dónde la esperaban y a qué hora, el gobernador y su mujer se subieron a sus caballos y, tras dirigir una última sonrisa a la muchacha, se alejaron al galope.
Se quedaron unos segundos sin hablar, hasta que Gilroy protestó alejándose:
—¡Por Tritón! ¿Por qué narices no me han invitado a mí?
—¡¿A ti?! —se mofó Matsuura.
—¡Es una fiesta, ¿no?!
Matsuura sonrió.
—Asúmelo: sería una fiesta demasiado elegante para ti.
Gilroy, a quien cada día que pasaba en tierra se le hacía más cuesta arriba, siseó:
—No veo el momento de regresar al mar. Odio estar aquí. No me gusta. No es lo mío.
Matsuura sonrió mientras lo veía alejarse y, mirando a Sakura, repitió:
—Creo que es una excelente manera de que conozcas a esos Hyūga. El anonimato te hará ver si es la clase de gente que quieres para Siggy o no.
Sakura, todavía descolocada, iba a hablar cuando él insistió:
—Puedes ponerte el vestido que usaste para la fiesta de Edimburgo.
—¿Otra vez?
Tío Matsuura, orgulloso de ver esa pincelada femenina en ella, se disponía a responder cuando esta, entregándole a la pequeña, se alejó contrariada. ¿Por qué tenía que ir a un evento como ese?
Durante un rato el japonés observó cómo Sakura caminaba de un lado para otro. Sin duda estaba valorando la importancia de ir o no a aquel acto, y finalmente se acercó a él y declaró:
—Tienes razón, tío. Debo ir, el gobernador y su mujer me han brindado una oportunidad excelente. Sin duda conocer a los Hyūga antes de que ellos conozcan a Siggy será lo mejor.
