Capítulo 20
La fortaleza de los Cunningham en Lanark era una maravilla.
Llegar acompañada del gobernador y su mujer fue la mejor carta de presentación para Sakura, que, sorprendida, lo observaba todo a su alrededor.
Estaba más que claro que a aquellos Cunningham la vida les sonreía.
Charlaba gustosa con Hashirama y su mujer cuando se acercaron a ellos unos hombres. Rápidamente el gobernador se los presentó. Se trataba de Evan Cunningham, Ensui Nara, Daikoku Funeno y Ise Uzumaki. Aquellos hombres, por el respeto con el que todos los observaban, sin duda eran gente influyente y poderosa. Ensui Nara, mirando a Sakura, preguntó:
—¿Y esta jovencita de sonrisa cautivadora quién es?
Ella sonrió; que la trataran con amabilidad y respeto se estaba convirtiendo en algo maravilloso.
—Es mi sobrina, Sakura Mimura —soltó Mito.
Sorprendida al oír eso, la joven la miró con disimulo mientras Hashirama añadía:
—Es hija de la hermana de Mito.
Los hombres asintieron complacidos y Mito, mirando a Sakura para que no dijera nada, indicó:
—Por desgracia, es lo único que me queda de mi amada hermana Mei. Ella y su marido Jiraiya Mimura, que vivía en Forres, murieron hace años en el incendio de su casa.
—Oh, qué terrible —exclamaron al oírla.
—Fue horrible..., sí —afirmó Mito compungida.
Boquiabierta por aquella mentira, Sakura no sabía qué hacer excepto asentir.
¿Sobrina de Mito y Hashirama? ¿Incendio? Pero ¿por qué decían eso?
Estaba sin saber qué pensar cuando Hashirama prosiguió:
—Tras el incendio, Sakura regresó a Italia, donde se crio con la familia de Mito en Sicilia. Pero su deseo siempre fue volver a Escocia, su tierra.
—La sangre escocesa te devolvió a tu hogar, ¿verdad, querida? —afirmó Evan Cunningham.
Ella asintió sin dar crédito, y luego todos comenzaron a hablar sobre Escocia.
De pronto, sus ojos y los de Hashirama conectaron y al ver que este sonreía, sin saber por qué ella sonrió a su vez. Ensui Nara se le acercó y dijo bajando la voz:
—Imagino que hablas italiano como tu tía, ¿verdad?
—Sí, señor —afirmó ella.
El hombre asintió y, tras comprobar que nadie lo escuchaba, cuchicheó:
—Lleno de orgullo te digo que mi madre era española y mi padre escocés. Pero esto es Escocia y lo mejor que puedes hacer es hablar nuestro idioma, evitar mencionar a antepasados que no sean de aquí y así siempre te ahorrarás susceptibilidades.
Oír eso hizo gracia a la muchacha. Estaba claro que no ser cien por cien escocés en aquellas tierras podía ser el origen de un problema, y con complicidad afirmó:
—Gracias por el consejo. No lo olvidaré.
Durante un rato todos hablaban mientras Sakura, sumida en una vorágine de emociones, escuchaba en silencio, y una vez que aquellos se marcharon, mirando a Hashirama y a Mito, preguntó:
—¿Vuestra sobrina?
Ellos se miraron sonriendo y luego él cuchicheó:
—Muchacha, por lo poco que te conozco, veo que no eres persona de dar muchas explicaciones en lo que a tu vida y a tu pasado se refiere. Por ello, y conscientes de que preguntarían, Mito y yo lo hablamos y decidimos allanarte el camino.
—¿Allanarme el camino?
—Créeme, es lo mejor para ti. Estos escoceses son excesivamente curiosos —afirmó la mujer guiñándole un ojo mientras se alejaba a saludar a una conocida.
—Sakura —prosiguió Hashirama—, simplemente te acabamos de crear una vida y un pasado. Al ser Mito italiana, nadie dudará de que seas nuestra sobrina y eso te facilitará el trato con las gentes de por aquí. Te otorgará seguridad y te evitará problemas.
Sakura lo miraba boquiabierta, y preguntó:
—¿Y por qué me ayudáis si apenas me conocéis?
Hashirama sonrió.
—Porque todos en un momento dado necesitamos que nos ayuden, y siento que en este momento lo necesitas tú.
Complacida, la joven sonrió, y de pronto sus ojos se encontraron con alguien y murmuró:
—Por las barbas de Neptuno... ¡Maldita sea!
Hashirama se apresuró a mirar y, al divisar a Indra Ōtsutsuki, endureció el gesto y musitó:
—En Edimburgo sentí que ese hombre te molestaba y, por lo que veo, su sola presencia te vuelve a incomodar. ¿Qué te ocurre con él?
Sin dar crédito, ella lo siguió con la mirada. De nuevo, lo volvía a ver en un lugar donde no podía hacer lo que deseaba, por lo que, mirando a Hashirama, respondió con sinceridad:
—Ese hombre es alguien con quien tengo una cuenta pendiente.
—¿Qué cuenta? —se interesó él.
Sin apartar la mirada de aquel tipo al que odiaba, Sakura lo vio sonreír y pavonearse con las mujeres de la cena. Estaba claro que todas caían rendidas a sus encantos.
—Hashirama, como bien sabes, no me gusta hablar de mi pasado —repuso—. Y en cuanto a ese hombre, debemos ser prudentes. No quiero que tu ayuda pueda perjudicarte.
Él se sintió de pronto incómodo. Sabía quién era Indra Ōtsutsuki, como sabía perfectamente quién era ella, aunque no se lo hubiera dicho. Y, consciente de que iba a ayudar a la joven en todo lo que pudiera, respondió:
—Tranquila, Sakura. Soy el gobernador Senju. Estoy muy bien visto por la Corona y puedo presumir de tener infinidad de buenos y leales amigos. Créeme cuando te digo que si alguien puede perjudicar a otro en estos instantes, ese soy yo.
La joven sonrió. Era bueno contar con el apoyo de Hashirama, aunque no entendía por qué lo merecía. ¿Qué había hecho para que aquel poderoso hombre la tuviera en tan buena consideración?
Estaba pensando en ello cuando anunciaron la cena y todos los invitados pasaron a un gran salón. Una vez allí, sentada junto a Hashirama, que estaba a su derecha, e Ensui Nara a su izquierda, tuvo una velada muy agradable. Las clases recibidas durante años por sus tíos en el mar en cuanto a cómo comportarse en una cena como aquella sin duda estaban dando su fruto.
A diferencia de lo que había pensado Sakura, se vio segura en su proceder y decidió disfrutar del momento. ¿Por qué no?
Tras la cena, de inmediato comenzaron a sonar las gaitas y las palmas. Todos querían divertirse y, después de trasladarse a un enorme salón de grandes ventanales que estaban abiertos a un impresionante jardín, los Cunningham, anfitriones de la fiesta, abrieron el baile danzando sobre unas espadas.
Sakura sonreía gustosa cuando Mito se le acercó en compañía de unas mujeres.
—Señoras, ella es mi adorable sobrina, Sakura Mimura.
Todas le sonrieron y Mito, mirándola, indicó:
—Sakura, ellas son Tsume Inuzuka, Anko Mitarashi, Fusō Uzumaki e Iria Hyūga.
Oír ese último nombre hizo saber a Sakura lo que Mito pretendía. Estaba llevando a Iria hacia ella, y, contenta y agradecida, las saludó.
Durante un rato las mujeres hablaron de todo lo que se les ocurría hasta que, de pronto, una joven pelirroja no muy alta se acercó a ellas.
—Madre, ¡he de hablar contigo! —pidió.
Fusō Uzumaki, al ver a su insufrible hija, la cogió del brazo suspirando, la alejó del grupo y musitó:
—Karin, vamos a ver...
Sakura sonrió. Aquella era la chica que había conocido en Edimburgo, Karin Uzumaki, la que discutía con su padre y, por lo que veía ahora, también discutía con la madre.
Todas las mujeres observaban la situación cuando Mito, intentando sacarle el lado divertido, cuchicheó:
—Cuando veo estas discusiones entre madre e hija no me arrepiento de no haber tenido hijos. —Todas sonrieron y Mito musitó—: Dios no me bendijo con hijos, pero sí con una excelente y maravillosa sobrina.
—Tú sí que eres maravillosa..., tía. —Sakura sonrió divertida.
Fusō Uzumaki regresó con el grupo y, al ver cómo las mujeres la miraban, gruñó:
—Tengo siete hijos. Cuatro varones y tres hembras. Y os puedo asegurar que Karin, aun siendo la pequeña, tiene más fuerza que ninguno de sus hermanos y es más terca que una mula. Pero, nos cueste lo que nos cueste, la tenemos que casar. Solo hace falta que encontremos al hombre que sea capaz de soportarla, que no es poco.
De nuevo, todas rieron e Iria intervino:
—Yo no tengo hijos, aunque bien sabe Dios que Hoheto y yo lo intentamos. —Las risitas de las mujeres no tardaron en hacerse oír, y ella, bajando la voz, añadió—: Mi marido me ha convencido para que, hasta que lleguen nuestros propios hijos, acojamos a algún niño o niña desfavorecido al que darle un bonito hogar. Hay muchos niños solos en el mundo.
Las mujeres asintieron emocionadas. Que una pareja acomodada como aquella fuera a hacer algo tan enriquecedor era maravilloso.
Encantada, Sakura le sonrió a Mito. Oír eso era lo que necesitaba. Siggy podría estar muy bien con ellos.
—Y si el día de mañana Dios nos bendice con hijos —añadió Iría—, la niña o el niño acogido podrá quedarse en la casa y ejercer como criado. —Oír eso hizo que Sakura se demudara—. Será algo que irá aprendiendo poco a poco, para que, en su madurez, todo lo enseñado le sirva para algo.
Mito, que se había sorprendido como todas al oír eso, se apresuró a replicar:
—Si crías a un niño como tu hijo o tu hija, ¿cómo va a dejar de serlo luego?
—Querida Mito —dijo Iria tocándose el pelo con coquetería—, una cosa es acoger y otra amar. Nunca podré amar a un niño que no sea sangre de mi sangre.
Sakura no quiso oír más y, dándose la vuelta, miró hacia otro lado. Mito, al verla, se acercó a ella y Sakura indicó segura:
—Ni me molestaré en llevarle a Siggy. Eso no es lo que quiero para ella.
—Harás muy bien —afirmó la mujer.
Estaba asintiendo a eso cuando divisó un enorme ventanal y, necesitando aire, caminó hacia él. Al salir vio encantada que ante ella se extendía un precioso jardín.
Gustosa, y respirando el aire fresco de la noche, Sakura caminó por aquel cautivador lugar plagado de flores invernales, y entonces Sasuke volvió a su mente.
¿Dónde estaría? ¿Qué haría?
Estaba pensando en el vikingo cuando sintió que una mano la agarraba y tiraba de ella.
Al mirar y ver a Indra se le erizó el vello de todo el cuerpo.
¿Cómo tenía la poca vergüenza de volver a acercarse a ella?
—Pero ¿tú eres tonto?
Él no respondió, sino que intentó agarrarla de nuevo y ella gruñó dándole un manotazo.
—¡Que no me toques!
Indra sonrió mientras observaba cómo se alejaba. Le gustara o no, Sakura lo atraía con ese fuerte carácter suyo. Lo excitaba, aun sabiendo que, tarde o temprano, ella lo atacaría. Y, sin darse por vencido, la siguió, se le acercó por detrás y, pegando la boca a su oreja, preguntó:
—¿Qué haces aquí, princesa?
Sin ganas de decirle la verdad, e incapaz de refrenarse, la joven se volvió. Lo miró a los ojos y pensó en darle un nuevo cabezazo, pero se detuvo. Si lo hacía, luego tendría un chichón en la frente y todo el mundo le preguntaría, por lo que optó por darle un pisotón en un pie. La fuerza que aquella ejercía hizo que él maldijera de dolor y finalmente, empujándola, se la quitó de encima.
Acto seguido, Sakura se alejó de nuevo sin mirar atrás. Aquel brusco movimiento atrajo la atención de quienes estaban paseando por el jardín, pero Indra, tras sonreír e indicar que había sido un tonto traspié, la siguió sin perder tiempo. Pero ¿quién se había creído que era para hacerle algo así?
La joven caminaba furiosa cuando, al oír las pisadas de aquel, se paró en seco y se volvió.
—¿Pretendes que te mate aquí mismo?
Su temperamento retador le hacía gracia a Indra, que rápidamente respondió:
—Sakura..., Sakura..., Sakura... ¿Qué tal si te relajas, vamos a un sitio oscuro y me dejas meter la mano bajo tu falda? Te aseguro que en estos años mi destreza para dar placer ha aumentado mucho.
Sin poder dar crédito a su desfachatez, la joven se disponía a contestar cuando de pronto se oyó un golpe seco y, segundos después, Indra cayó desplomado al suelo.
Sakura lo miraba boquiabierta cuando oyó:
—Odio a estos fanfarrones.
Divertida, vio que se trataba de Karin Uzumaki, que, acercándose a ella, tiró un trozo de madera que llevaba en la mano.
—Hola, Sakura —saludó—. Te he visto antes con el grupo en el que estaba mi madre.
Ella asintió y Karin, agachándose, le puso a aquel la mano en el cuello y, al notar su pulso, cuchicheó con calma:
—Tranquila, este engreído simplemente dormirá un ratito.
Acto seguido, ambas se taparon la boca para no reír, se cogieron de las manos y se fueron corriendo de allí.
Una vez que estuvieron lo suficientemente lejos pudieron reír a mandíbula batiente y, cuando pararon, Karin indicó:
—Si mi padre o mi madre se enteran de lo que acabo de hacer, te aseguro que me encerrarán en mi habitación y no saldré de allí en un año.
De nuevo, ambas rieron y luego Sakura dijo:
—Tranquila. Yo no se lo diré, y dudo que ese idiota te haya visto.
A continuación se sentaron en el suelo y miraron hacia el cielo. Estuvieron unos minutos en silencio hasta que Sakura preguntó:
—¿Qué te ocurría hoy con tu madre?
Karin resopló.
—Lo de siempre. Me buscan marido. Padre y madre quieren casarme. Lo intentan. Pero hasta el momento he conseguido que todos los hombres huyan de mí.
—¿Que huyan de ti?
Karin asintió achinando los ojos.
—Lo que oyes... Les hago creer que estoy loca y salen corriendo como ratas.
Ambas soltaron una carcajada y luego Sakura preguntó:
—¿Lo haces porque ya tienes un amor?
Karin negó con la cabeza.
—No, no tengo ningún amor y, la verdad, dudo que llegue a tenerlo.
—¿Por qué?
La joven se tumbó en el suelo para ver mejor las estrellas y musitó:
—Porque ningún hombre lucha por mí, y menos aún llama mi atención. Digamos que mi manera impetuosa de ser los asusta tanto que ninguno ha querido volver a verme. Algo que, por cierto, me gusta, pues todos los pretendientes que mis padres eligen por mí ¡son un horror!
Sakura se tumbó junto a ella para contemplar el cielo estrellado.
—¿Y tú tienes un amor? —preguntó Karin.
Ella sonrió. Rápidamente la imagen de Sasuke, aquel vikingo pelinegro de ojos negros, acudió a su mente y, como necesitaba confesarlo, musitó:
—Probablemente.
—Por Dios, ¡cuéntame! —exclamó Karin emocionada.
Divertida al oírlo, la joven Haruno respondió:
—No tengo ningún amor, pero sí hay alguien que ocupa mis pensamientos.
—¿Está aquí esta noche?
Ella negó con la cabeza y, mirándola, contestó omitiendo que era Sasuke, el hombre con el que la había visto en Edimburgo:
—No está. Pero si estuviera, daría igual, no me prestaría atención.
—¿Por qué?
—Porque algo me dice que también lo asusto. Creo que soy demasiado salvaje, osada, descarada y malhablada para él.
—¿Y en realidad eres así?
—Rotundamente, sí —declaró ella sin dudarlo.
Durante un buen rato ambas charlaron sobre infinidad de cosas, cosas de las que no solían hablar con otras personas pero que, extrañamente, entre ellas se contaron con total normalidad.
—Jovencitas, el suelo no es un buen sitio para estar: cogeréis frío —oyeron que decía alguien de pronto.
Al levantar la vista vieron que se trataba de Hashirama Senju. Rápidamente se pusieron en pie y este dijo mirando a Sakura:
—Me tenías preocupado.
—¿Por qué?
Hashirama, más tranquilo por tener a aquella delante, indicó:
—Han encontrado a Indra Ōtsutsuki con un fuerte golpe en la cabeza.
—¡Rayos y centellas! —se mofó Sakura.
—Oh..., qué penita. ¿Está bien? —preguntó Karin divertida.
Hashirama, que fue testigo de cómo aquellas dos se miraban, sacó sus propias conclusiones y señaló:
—Sí, está bien.
—Por todos los santos..., ¡cuánto loco suelto hay por ahí! —exclamó Karin conteniendo la risa.
—Ya te digo..., ¡ni por el jardín se puede caminar ya! —musitó Sakura.
Hashirama volvió a asentir. El teatrillo de las muchachas era lo mejor de la fiesta de aquella noche y, cuando las jóvenes se agarraron a sus brazos, añadió:
—Según ha contado Indra, un gigante alto y con una pinta desastrosa lo ha atacado mientras caminaba por el jardín. Y yo, que lo he visto, he podido comprobar el tremendo chichón que tiene en la cabeza.
—¡Qué barbaridad! —musitó Sakura muerta de la risa.
Esa noche la muchacha lo pasó muy bien junto a Karin, Hashirama, Mito y los amigos de esta. En varias ocasiones Indra hizo un intento de cruzarse con ella. Quería que supiera lo enfadado que estaba por lo ocurrido, pero Sakura ni siquiera lo miró. Si lo hacía, finalmente iría a por él.
