Capítulo 21
Esa madrugada, cuando acabó la fiesta en la fortaleza de los Cunningham, Sakura se despidió de Karin con la esperanza de volver a encontrarla alguna vez. Luego se dirigió a Hashirama y a Mito y con mofa susurró:
—Tía..., tío..., ahora he de despedirme de vosotros.
—Ni hablar, jovencita. No vas a regresar sola hasta la carreta.
—Pero...
Mito, que pensaba como su marido, insistió:
—Te pongas como te pongas, te vamos a acompañar.
La joven finalmente se encogió de hombros y asintió. No era miedosa. Sabía que podía regresar sola hasta donde la esperaban, pero la compañía de aquellos le agradaba.
Seguidos de cerca por quienes velaban por la seguridad del gobernador, mientras charlaban se encaminaron hacia el lugar donde habían dejado sus monturas.
Una vez allí, Hashirama indicó señalando el caballo de Sakura:
—Precioso animal. ¿Dónde te hiciste con él?
Con mimo, ella acarició el morro de Pirata. Aquel había sido el primer nexo de unión con Sasuke y, omitiendo el nombre del animal para que no le preguntaran, respondió:
—En Edimburgo.
—Precioso ejemplar. Robusto y fuerte —comentó Hashirama, que entendía bastante de caballos.
—Lo sé —murmuró la joven pensando en Sasuke.
El camino de regreso hacia donde tenía la carreta se le hizo corto. Hablar con Hashirama y Mito era fácil y, cuando llegaron, al ver una fogata encendida al lado de la carreta, susurró:
—Están todos dormidos.
El gobernador miró a su alrededor y, al verlo todo en calma, asintió. Pero si antes no se fiaba de Indra Ōtsutsuki, ahora, tras ver cómo aquel la había mirado durante la fiesta, se fiaba menos aún, por lo que dijo:
—Escucha, Sakura. Mañana he de reunirme con unas personas en Lanark para solucionar unos temas y luego partiremos para Ayr. ¿Por qué no nos acompañáis tú y tu familia?
Sorprendida por el ofrecimiento, la joven preguntó:
—¿Por qué?
Hashirama entendió su pregunta y, con sinceridad, soltó:
—Porque no creo que sea buena idea que vendáis joyas y vayáis vosotros tres solos y la pequeña con la mercancía. ¡Os podrían asaltar!
La joven sonrió. Entendía lo que aquel decía, pero, sin ningún miedo a enfrentarse a quien se atreviera a intentar robarles, indicó:
—Agradezco tu preocupación, pero no hace falta.
—Sakura, mi marido tiene razón —terció Mito—. Los caminos son peligrosos.
Pero Sakura negó con la cabeza.
—Os lo agradezco, de verdad, pero tranquilos, sabemos defendernos.
Sin perder la sonrisa, Hashirama finalmente asintió. Lo jorobaba separarse de la muchacha, temía por ella. Pero, consciente de que de momento poco más podía hacer, repuso:
—De acuerdo. Solo espero que cuando pases por Aberdeen vengas a visitarnos..., ¡que por algo somos tus tíos!
Sakura rio. Sin duda, en tierra estaba conociendo a gente muy buena. Primero Temari, Sasuke, Naruto y sus amigos, y ahora Hashirama, Mito y la propia Karin. Cuando le contara aquello a su padre, ¡no la iba a creer!
Una vez que se despidieron y la joven vio que el matrimonio se alejaba con su comitiva, sin bajarse del caballo se acercó hasta la carreta. A continuación se apeó y, atando al caballo junto al otro, saludó:
—Hola, Bo. Ya está aquí Pirata contigo.
Satisfecha por la bonita noche que había pasado, se acercó hasta la fogata y se sentó ante ella para calentarse las manos. Hacía frío, por lo que echó varios trozos de madera al fuego para avivarlo.
Estaba pensando en todo aquello cuando volvió la cabeza y miró a Gilroy, que dormía como un ceporro bajo la carreta, y al ver que tenía una pierna fuera de la manta, se levantó para cubrirlo. Iba sonriendo cuando de pronto la sonrisa se le congeló al ver unas manchas oscuras junto a la pierna de Gilroy. Las tocó y, al ver sus dedos rojos, se alarmó y se apresuró a destaparlo. De inmediato, el corazón se le encogió al verlo ensangrentado y, horrorizada, gritó llamando a su tío Matsuura.
Sin tiempo que perder, con esfuerzo sacó a Gilroy de debajo de la carreta y con el alma en vilo comprobó que, a pesar de tener el rostro lleno de sangre, respiraba.
Con el corazón a mil, oyó de pronto los cascos de unos caballos. Al mirar, rápidamente vio que se trataba de Hashirama, Mito y sus hombres y, horrorizada, chilló:
—¡Ayudadme, por favor!
Sin dudarlo, aquellos bajaron de sus caballos y Sakura, al ver que su tío no acudía a su llamada, subió a la carreta y lo que se encontró dentro de nuevo la hizo gritar.
Matsuura, su adorado tío, estaba cubierto de sangre al igual que Gilroy.
Pero ¿qué les había ocurrido?
Mientras Mito se ocupaba de atender a Gilroy, Hashirama siguió a la muchacha e, intentando calmarla, susurró:
—Tranquila, Sakura..., tranquila.
Pero mantener la tranquilidad en un momento como ese era complicado.
La que para ella era su familia había sido atacada, estaban ensangrentados, y al ver que el japonés intentaba abrir los ojos, Sakura miró a su alrededor buscando a Siggy.
Hashirama, al igual que ella, revolvió las mantas, pero la niña no estaba allí. No la encontraban. Y entonces Matsuura, a quien le habían propinado una buena paliza, consiguió susurrar en un hilo de voz:
—Ve al río...
—¡¿Qué?!
El japonés, mirando al acompañante de la joven, insistió:
—¡Id al río!
Sakura miró aterrorizada a Hashirama y, cuando este iba a hablar, se dirigió de nuevo a su amado tío y preguntó:
—¿La niña está en el río?
Matsuura asintió y, sin pensarlo, ella saltó de la carreta y corrió hacia allí.
Hashirama se disponía a ir tras ella cuando el japonés, agarrándolo del brazo, susurró:
—Sé quién eres.
Las miradas de ambos se encontraron, y a continuación el gobernador repuso:
—¿Cómo puedes saberlo? Ha pasado mucho tiempo.
Ambos guardaron silencio hasta que Matsuura musitó:
—Pase el tiempo que pase, la mirada de las buenas personas perdura, y la tuya sigue intacta. Ayúdala.
Hashirama asintió conmovido por sus palabras y, tras indicarle que no se moviera, bajó de la carreta y se dirigió a uno de sus hombres:
—Evander, ¡ve a la casa y trae a Michael! Él los atenderá. —Luego miró a su mujer, que se ocupaba de Gilroy, y antes de correr hacia donde había ido Sakura, indicó—: No te muevas de aquí.
Mito asintió y Hashirama se alejó todo lo rápido que pudo.
Sin resuello, Sakura llegó hasta el río. No entendía qué había pasado, del mismo modo que tampoco entendía qué hacía Siggy allí. En la orilla, miró a su alrededor. La noche era oscura y le resultaba imposible ver nada.
Asustada por lo que pudiera encontrar, Sakura buscaba con las pulsaciones a mil, miraba, pero no veía nada. Todo estaba oscuro a su alrededor.
¿Dónde estaba la niña?
Hashirama llegó hasta ella, y esta gritó fuera de sí:
—No... no la veo, ¡no la veo!
Entendiendo su desesperación, Hashirama se unió a la complicada búsqueda de la pequeña, y de pronto un bulto bajo un árbol llamó su atención.
Tras avisar a Sakura, juntos se acercaron hasta él y la joven, aún muerta de miedo por lo que se pudiera encontrar, enseguida se agachó y descubrió a la pequeña envuelta en una toalla húmeda.
Rápidamente la cogió y, acercando su cara a la de la niña, comprobó que sangre no tenía, pero estaba fría. Helada. No se movía.
¿Y si había muerto a causa del frío?
Horrorizada, miró a Hashirama. Deseaba llorar, pero no era el momento y, como pudo, susurró:
—Siggy... Siggy... No, por favor..., por favor...
Tras unos segundos, la niña, al oír su nombre, abrió lentamente los ojos y la miró. Sin tiempo que perder, Hashirama se quitó el abrigo que llevaba y dijo tendiéndoselo:
—Abrígala. Necesita entrar en calor.
Tiritando por el miedo, el susto y el horror, Sakura hizo lo que aquel le pedía, pero, sin tiempo que perder, echó a correr de vuelta a la carreta. Matsuura y Gilroy la necesitaban y debía hacer que la niña entrase en calor.
Esta vez, al llegar a la carreta se encontró a tío Matsuura en el suelo junto a Gilroy y Mito. La mujer los atendía. Les limpiaba con agua y un paño la sangre del rostro para valorar sus heridas cuando sonaron los cascos de varios caballos. Al mirar, Hashirama vio que se trataba de Evander, que acudía con Michael, el médico.
Matsuura, que tenía un ojo cerrado a causa de un golpe, se apresuró a preguntar al ver a su sobrina:
—¿Está bien? ¿Siggy está bien?
Aunque no estaba realmente segura, Sakura asintió y, necesitando saber, preguntó a su vez:
—¿Qué ha pasado, tío? ¿Quién os ha hecho esto?
El hombre intentó hablar, pero el dolor que sentía en las costillas no se lo permitía.
—Dejemos que el médico lo atienda y luego hablaremos con él —explicó Hashirama interviniendo.
Sakura asintió y entonces Mito se acercó a ellos.
—La niña debe de estar empapada —dijo—. Habría que cambiarla de ropa lo antes posible.
Sakura afirmó con la cabeza, Mito tenía razón, y subiéndose a la caravana, buscó entre la poca ropa que tenía de Siggy y, con delicadeza y amor, la cambió. Al cabo, la joven comprobó que sus escasas mercancías seguían allí, por lo que de inmediato supo que aquello no se había tratado de un robo.
Un buen rato después, una vez que el médico hubo atendido a Gilroy y a Matsuura, quienes por suerte no tenían nada roto, pero sí estaban muy magullados, mientras Mito acunaba a la pequeña Siggy, Sakura se acercó al japonés.
—Tío, ¿qué ha ocurrido?
Matsuura, a quien el color le había regresado al rostro, al ver cómo la muchacha y Hashirama lo miraban, declaró:
—Oí ruidos. Vi movimiento en la oscuridad y supe que nos iban a atacar. Por ello me he llevado a Siggy al río. La he alejado de aquí por miedo a que le pudiera pasar algo. Pero, al regresar, varios hombres golpeaban a Gilroy. He intentado presentarles batalla, pero eran demasiados.
Sakura movía la cabeza horrorizada, y Matsuura susurró:
—Indra Ōtsutsuki me ha dicho que ahora irá a por ti.
Oír eso hizo que Sakura levantara el mentón. Ahora lo entendía todo. Aquel sinvergüenza, enfadado por lo ocurrido aquella misma noche en la fiesta de los Cunningham, había decidido tomarse la revancha. Eso hizo que cambiara su gesto de susto por el de venganza, e incapaz de callar siseó:
—Su hora de morir ha llegado.
Hashirama se alarmó al ver la expresión de Matsuura. Si alguien conocía a Sakura, ese era él, y cuando iba a hablar, el japonés, asiendo rápidamente a la joven de la mano para retenerla, dijo:
—Shensi, no lo hagas.
—Lo odio, y lo sabes —replicó ella enfadada.
Matsuura asintió, lo sabía perfectamente, pero insistió:
—Ninguno de los que te queremos deseamos que manches tus manos con su sangre, Sakura...
Pero la joven ya no escuchaba. La sed de venganza se había apoderado de ella y, soltándose de la mano de su tío, indicó:
—El momento tenía que llegar y ya ha llegado.
—Sakura —insistió él—. Matarlo solo te traerá problemas. Estamos en Escocia. ¡Recuérdalo!
—¡Sé dónde estamos, y me da igual! —gritó ella.
—Shensi, maldita sea, ¡recapacita!
Oír eso la hizo negar con la cabeza, y escupió:
—Como he dicho, su hora ha llegado.
Matsuura, al ver que aquella comenzaba a caminar hacia su caballo, gritó sin poder moverse:
—Shensi! Mírame. Shensi!
Pero esta vez ella no lo miró y Hashirama, consciente de lo que estaba a punto de ocurrir, indicó dirigiéndose a él:
—Tranquilo. Iré con ella. No permitiré que manche sus manos de sangre.
Acto seguido, tras mirar a su mujer, que continuaba acunando a la pequeña, dijo hablándole a su hombre de confianza:
—Evander, que media docena de hombres se encarguen de trasladar a mi esposa, a la niña y a los heridos a la casa con discreción. Tú y el resto, acompañadnos.
Una vez que hubo dado las órdenes pertinentes, Hashirama se acercó a su mujer y, al leer en sus ojos lo que quería decirle, esta le dio un beso en los labios y musitó:
—Ayúdala.
Dispuesto a ello, Hashirama se acercó al lugar donde la joven, tras quitarse el vestido y ponerse sus pantalones, se aprovisionaba de armas.
—Deberías serenarte, pensar e incluso llorar —le aconsejó.
—Yo no lloro —replicó ella y, viendo cómo la miraba, aclaró—: Me han enseñado que llorar solo debilita y deja al descubierto tu fragilidad.
—Te equivocas, Sakura. Llorar es necesario, porque tu alma y tu cuerpo agradecen que liberes tus emociones.
Ella negó con la cabeza y siseó:
—Llorar es de débiles, y yo no soy débil.
El hombre no respondió. Estaba claro que a aquella muchacha la habían criado con dureza.
—Te acompañaré —indicó tras tomar aire.
—No hace falta —repuso ella furiosa—. Yo sola me ocuparé de ese malnacido.
—Te acompañaré, te pongas como te pongas. Sé dónde se aloja —sentenció Hashirama.
Oír eso hizo que Sakura asintiera y no dijera más.
Pocos minutos después, y abrigados por la oscuridad de la noche, la joven regresaba a Lanark junto al gobernador y diez de sus hombres.
