Capítulo 2: Encuentro con el deber

Link se despertó muy temprano para ultimar los detalles de su viaje, el que lo tenía nervioso y entusiasmado. Una vez que desayunó se dirigió a la casa de Moy para despedirse de él y su familia; pero para su sorpresa encontró ahí a todos los habitantes de Ordon, quienes se sentían entristecidos por su partida.

- ¿Ustedes…?

El alcalde de Ordon se acercó al joven para dedicarle unas palabras en representación del pueblo.

- Link, nos apena mucho que te vayas. – dijo el hombre, apenado y tomando los hombros del joven. – Pero tienes derecho a conocer más sobre el mundo y encontrar tu verdadero destino. Sólo quiero que sepas que te deseo todas las bendiciones en la nueva etapa que vas a comenzar.

Ilia se sentía muy apenada con la partida del joven, pues eran amigos desde niños y jamás se habían separado. Temía esperar mucho tiempo hasta que lo volviera a ver.

- Me llena de tristeza que te vayas… pero si eso te hace feliz, yo también lo seré y te apoyaré.

La joven abrazó a su amigo con cariño, mientras que él, tímidamente, le correspondió de la misma forma. Una vez que se separó de ella dirigió unas palabras a sus amigos.

- Ustedes saben que nunca se me han dado fáciles las palabras. – dijo Link, nervioso y conmovido. – Quiero agradecerles a todos por el cariño y apoyo recibido en toda mi vida. Yo no pienso olvidarme jamás de Ordon y prometo venir a visitarlos siempre. Recuerden que si me necesitan yo estaré disponible para ustedes de inmediato.

Una vez que terminó su agradecimiento, Moy y su esposa Juli se acercaron a él, con su pequeño hijo Iván junto a ellos.

- Moy y yo nunca dejaremos de agradecerle a las Diosas el haberte traído a nuestras vidas, pues nos enseñaste desde el inicio lo que es el amor hacia un hijo, sin serlo. – dijo la mujer.

- Juli, yo…

- Nunca olvides que siempre seremos tus padres. – dijo le mujer, desbordada en lágrimas

Link abrazó cálidamente a Moy y a Juli. Los quería como si fueran sus padres y jamás olvidaría cuánto hicieron por él. Una vez que se separó de la pareja se agachó a la altura del niño para hablarle.

- Promete que cuidarás a tus padres y nunca olvidarás lo que te he enseñado para que seas más fuerte. – dijo Link con una sonrisa.

- Link… no quiero que te vayas. – dijo Iván, entristecido.

- No estés triste, regresaré a visitarte y espero que para ese entonces ya manejes mejor la espada.

- Lo haré, Link, y espero que cumplas tu promesa de regresar. – respondió el niño.

Después de la triste despedida, Link se subió en Epona y se fue alejando del pueblo; pero antes de marcharse observó su casa por última vez, agradeciéndole por haberlo acogido por tantos años.

Su agradecimiento a Ordon por siempre sería infinito.


Hyrule, la legendaria tierra bendecida por las Diosas, se hallaba espléndida siendo representada por su majestuoso castillo, el cual iluminado por la luz del sol parecía recién bajado de los cielos. Dentro de sus paredes, en ese momento, se estaba llevando a cabo una reunión, donde varios hombres discutían temas de suma importancia.

Uno de los presentes en aquella reunión era Yago, el primer ministro, una de las figuras más importantes del reino. El hombre, de cuarenta años, se caracterizaba por ser apuesto y varonil, con un físico envidiable para cualquier hombre al que le doblara la edad. Su piel blanca, cabello negro y ojos verdes, aunque atractivos, también se mostraban imponentes y determinados.

Dos mujeres también se encontraban ante su presencia, siendo estas la princesa del reino, Zelda, y la Comandante del Ejército Real, Impa.

La princesa, de dieciocho años, se caracterizaba por tener cabello largo y rubio trenzado al final, piel blanca y ojos azules; dueña de una extraordinaria belleza. Portaba un vestido largo color rosa con lila, con un ligero escote de acero, también usaba unas hombreras del mismo material y una delicada tiara adornando su cabeza. A su lado se encontraba Impa, de raza Sheikah y treinta y cinco años; dueña de una piel ligeramente bronceada, cabello blanco recogido y un largo mechón colgándole delante, ojos carmesí y de contextura delgada. Portaba un pantalón azul con chaqueta gris.

Todos los presentes se encontraban discutiendo sobre algunos asuntos importantes, y algunos de estos relacionados con las mujeres.

- La calidad de hombres que tenemos como soldados del Ejército Real es lamentable. – dijo el hombre, suspirado con pesar. – Ninguno está lo suficientemente preparado para ser el escolta de la princesa Zelda.

En ese momento la joven de cabellos rubios se puso de pie y tomó la palabra con firmeza.

- No sé por qué tiene que hacer estas cosas sin consultarme, ministro. – expresó la princesa, incómoda. – Yo no necesito un escolta, sé cuidarme sola, pues para eso he entrenado con la espada, el arco y flecha casi desde mi nacimiento.

- Princesa, con todo respeto, no estoy de acuerdo con usted. – respondió Yago, harto de lo mismo. – Aún no conoce mucho de la vida, pues piensa que saliendo sola no arriesga su seguridad. Piense que sus difuntos padres no se sentirían felices al ver que usted nos contradice, así que le guste o no tendrá un escolta.

- Pero yo…

- Y cambiando de tema, ahora que ya es mayor de edad debe empezar a buscar a su futuro esposo, pues la única manera que usted sea coronada como reina es casándose con un príncipe o noble.

- ¡Yo no pienso casarme con ningún desconocido! ¡Si algún día me llego a casar, será enamorada! – dijo la joven, alzando la voz.

En ese momento Impa se puso de pie, enojada, y enfocó sus ojos en el ministro.

- Ministro, yo apoyo totalmente a la princesa. – dijo la Sheikah, seria. – Ella debe casarse con una persona que le brinde amor y seguridad, no con un desconocido que posiblemente sólo busca la corona.

- Comandante, para gobernar el amor no sirve de nada. Es momento de dejar los sentimentalismos a un lado, y les guste o no, la princesa deberá casarse muy pronto, y si no lo hace este reino sufrirá las consecuencias a nivel político y económico.

- No estoy de…

- ¡Doy por terminada esa reunión!

El primer ministro se retiró con su consejo de la sala de juntas, mientras que Impa y Zelda se quedaron solas en el lugar. La princesa estaba tan llena de enojo que tenía sus ojos nublados por las lágrimas.

- ¡Ahora más que nunca extraño a mis padres! Ellos nos permitirían tal abuso. – dijo la joven, frustrada.

- Lo sé, es lamentable que hayan muerto en esa emboscada. Cada día el reino está más inseguro. – expresó Impa, apenada. – Por esa razón necesitas tener un escolta, es por tu bien.

- ¡No, Impa! No quiero tener a un extraño invadiendo mi espacio y acosándome a cada rato. ¡Me rehúso!

Zelda salió de la sala de juntas muy enojada, camino a su habitación. Al llegar ahí fue a su balcón y observó las estrellas, mientras las lágrimas recorrían su rostro. Deseaba con todas sus fuerzas sentirse libre… algo que jamás en su vida había experimentado.


Link llegó a la ciudadela de Hyrule esa misma noche. Se instaló en un hotel y luego tomó un baño para acostarse a dormir. Hubiera querido conocer un poco más el lugar, pero no había mucho que apreciar con la oscuridad presente.

Desde que pisó las praderas del reino lo sintió muy familiar, que esas hermosas tierras desde siempre fueron parte de su vida; se levantó de su cama y fue a asomarse a una ventana, y desde ahí se observó el Castillo de Hyrule en todo su esplendor. Por alguna razón se sintió atraído por él.

Luego de unos minutos cerró las ventanas y se recostó en su cama para entregarse al sueño.


El joven se despertó temprano para ir al castillo, vestido con una ropa sencilla; camisa azul, pantalón negro y botas color café. Una vez que llegó a su destino presentó la solicitud a soldado, lo dejaron entrar y lo escoltaron hacia donde estaba el ministro.

- Buenos días, muchacho, mi nombre es Yago, Primer Ministro del reino. – saludó el hombre. – Veo que eres madrugador, pues has llegado temprano. ¿Qué te trae por aquí?

Link hizo una reverencia para saludar al ministro y se presentó formalmente con él.

- Buenos días, señor, mi nombre es Link.

- ¿Link? ¿Te llamas Link? – preguntó sorprendido.

El ministro Yago sintió una punzada en el pecho al escuchar el nombre del muchacho, no comprendiendo el motivo de ello. Link también se sintió extrañado, pero decidió proseguir.

- Así es, señor. Me llamo Link y provengo del poblado de Ordon. – dijo sonriendo. – Solicito que, por favor, me permita entrar al Ejército Real de Hyrule, pues deseo conocer más sobre esta tierra y protegerla.

El ministro lo miró de pies a cabeza, impactado. A pesar de su frialdad pudo notar que Link era un chico físicamente aceptable, pues tenía un cuerpo muy fortalecido y tonificado, y no se lo veía flaco y débil como otros soldados. Además su manera de hablar era educada y con un matiz diferente, sus modales al dirigirse a él no era de un muchacho de pueblo… por una extraña razón sentía que lo conocía, que se le hacía familiar.

- Muchacho, ¿en serio vienes de Ordon? – preguntó sorprendido. – No pareces ser de ahí.

- Bueno… en realidad yo no nací en Ordon. – expresó el joven, sonriendo con timidez. – Fui criado ahí, pero mi verdadero lugar de origen es aquí, en Hyrule.

- Entiendo… me pareces un chico muy capaz, pero antes necesito probarte para ver de qué estás hecho.

El Primer Ministro llamó a uno de sus hombres más fuertes, de los supuestos mejores espadachines.

- Link, para ser soldado debes pasar esta prueba. – dijo Yago. – Tendrá que tumbar a este hombre de un sólo golpe… nada más.

Link aceptó el reto inmediatamente. Él y su contrincante tomaron posiciones y se les entregó sus espadas de madera y escudos.

Luego de la orden del ministro, los hombres comenzaron a pelear, pero en menos de tres minutos el espadachín del reino estuvo tirado en el suelo. Se quedó con la boca abierta de la impresión al ver que un simple muchacho lo había vencido con facilidad, cosa que tampoco pasó desapercibida por el evaluador.

- ¡Por las Diosas! Lo has vencido muchacho, estoy sorprendido. – expresó Yago.

- ¿Es decir que fui aprobado? – preguntó Link, ansioso.

- Estás aceptado como soldado real de la corte, felicidades. – indicó Yago, emocionado.

El joven no pudo evitar sonreír por la noticia de su aceptación. Luego del anuncio se dirigió a donde el espadachín y lo ayudó a levantarse.

- Prometo que desde ahora entrenaré muy duro para darle honor a mi puesto. – le dijo Link al ministro.

- Eso lo demostrarás con hechos. – dijo el ministro. – Aparte de ser soldado tendrás otra misión, y serás muy bien pagado por tu doble labor. Acompáñame, por favor.

Ambos se dirigieron ante la siguiente tarea encomendada. Link tenía curiosidad por saber de qué trataba.


Link y el Primer Ministro llegaron al norte del palacio, donde se encontraba Impa revisando unos documentos.

- Buenos días, Impa. – dijo Yago. – Quiero presentarte al nuevo miembro del ejército real, Link.

- Buenos días, mi Lady, es un gusto conocerla.

Link hizo una reverencia en señal de saludo a la Sheikah, mientras que ella le respondió de la misma forma.

- Buenos días, Link, es un gusto conocerte. – saludó la mujer. – Aparte del Primer Ministro, yo también trato asuntos con el Ejército Real, pues soy la Comandante del mismo. Así que si necesitas algo cuenta conmigo.

Impa observó al muchacho detenidamente. No sólo le parecía un joven muy educado y cordial, sino que también le resultaba familiar. No podía explicarlo, pero sentía que lo conocía de antes.

Después de la presentación, el ministro le hizo una pregunta a la Sheikah.

- Impa, necesito encontrar a la princesa Zelda. ¿Podrías decirme dónde está?

- Ella está en el jardín central tocando su lira. – respondió Impa. – ¿No me digas que Link será el…?

- Gracias por la información, Impa. Vamos para allá.

El Primer Ministro se encaminó al jardín central junto con el nuevo soldado, y una vez que llegaron Link no pudo evitar sorprenderse del hermoso lugar que lo rodeaba. Había rosas de todos los colores, pájaros cantando a todo pulmón, pero sobre todo una hermosa melodía entonada por un instrumento, que a medida que avanzaba más se acercaba al lugar de donde provenía.

- Princesa Zelda, vengo a informarle que he encontrado a la persona indicada. – dijo Yago. – No sólo será miembro del Ejército Real, sino que también la protegerá y acompañará a todos lados. Le presento a Link.

Zelda se dio la vuelta de mala gana, pero su rostro cambió al ver al joven. Sintió que una electricidad le recorrió el cuerpo, pues frente a ella estaba un chico muy diferente a todos los que se le habían cruzado.

Por su parte Link también sintió un estremecimiento recorrerlo entero, pues sus ojos no podían asimilar a la mujer tan hermosa que tenía frente a él. Se perdió en sus ojos azules, en su blanca piel, en sus apetecibles labios y en las curvas de su cuerpo. Nunca en su vida había sentido esas sensaciones hacia una mujer. Trató de disimular, pero sólo con tenerla cerca se le alborotaron los sentidos.

Los dos jóvenes se miraron por un rato sin decir palabra alguna. Sus corazones latían sin parar por razones aparentemente desconocidas… sin saber que aquella reacción se relacionaba al secreto destino que los unía.


Comentarios finales:

Cursilería en su máxima expresión… ya saben que eso es lo que siempre verán por acá, peor si se trata de mis primeras historias, donde recién estaba aprendiendo XD

Muchas gracias por leer, el siguiente no tardará en llegar.