Capítulo 22
Esa fría madrugada, las calles de Lanark estaban desiertas. Los cascos de los caballos resonaban al pasar.
—Me consta que su barco, La Bella Escocia, está en un embarcadero cerca de Renfrew —declaró Hashirama dirigiéndose a la joven.
Sakura asintió y él, señalando una casona que había a las afueras del pueblo, indicó:
—Indra se aloja ahí.
La joven miró el lugar muy seria y, sabedora de lo que era, siseó:
—Muy en su línea... Un prostíbulo.
El gobernador la miró en silencio. La rabia, la furia y la determinación que vio en aquella muchacha le erizaron el vello de todo el cuerpo. Iba a ayudarla. Tenía que hacerlo, e indicó:
—Sakura, creo que...
—Hashirama —lo cortó ella—. Nada de lo que me digas evitará que haga lo que estoy dispuesta a hacer. Ese malnacido no solo mató a mi tío Ragnar, sino que también intentó matarme a mí. Y hoy tú mismo has visto sus malas artes. Si no ha matado a tío Matsuura y a Gilroy ha sido porque quería que supiera que había sido él. Pues bien, me he dado por enterada y va a morir.
—Con seguridad te espera.
Sakura asintió.
—La muerte lo espera a él.
Aquella determinación le sonaba. Aquella llevaba los genes guerreros de sus progenitores y, conmovido al tiempo que hechizado, calló.
Antes de llegar al prostíbulo vieron que había varios hombres rodeando estratégicamente el lugar, y Evander dijo mirándolos:
—Nos ocuparemos de ellos.
Hashirama asintió y, junto a Sakura, observó cómo sus hombres se acercaban hasta aquellos y, tras golpearlos, caían al suelo sin más.
Después de asegurarse de que no había más hombres fuera de la casa, Evander se aproximó a Hashirama y anunció:
—El exterior está todo despejado, mi señor.
Hashirama asintió.
—Prosigamos.
Una vez en el prostíbulo comprobaron que todo estaba en calma.
Por la hora que era, la gran mayoría de los hombres que estuvieran en aquella casa ya estarían dormidos o borrachos, y, tras bajarse de los caballos, Hashirama ordenó:
—Evander, que entren dos hombres. Quiero el salón despejado. El resto que rodee la casa. Que nadie, nadie en absoluto, entre o salga de ella.
—Sí, mi señor —afirmó aquel.
Rápidamente dio la orden a dos de los hombres y, segundos después, estos desaparecieron en el interior del prostíbulo. No tardaron en salir e indicar:
—Salón despejado.
Sakura asintió agradecida y Hashirama dijo mirándola:
—Vamos, entremos.
Como era de esperar, allí había hombres borrachos dormidos sobre mesas y otros en el suelo. La dueña del prostíbulo, sin entender qué ocurría, se acercó hasta los recién llegados y, al reconocer al hombre que acababa de entrar, susurró sin dar crédito:
—Gobernador..., me honráis con vuestra visita.
Hashirama asintió y luego preguntó mirándola:
—¿Cómo te llamas?
Aquella, consciente de quien era él, respondió azorada porque se encontrara en su prostíbulo:
—Hermione, señor.
Hashirama asintió y, sacándose unas monedas de oro del bolsillo, se las mostró y dijo:
—Hermione, ¿cuál es la habitación del capitán Indra Ōtsutsuki?
Mirando con avidez las relucientes monedas, ella contestó:
—Primer piso, tercera puerta a la izquierda, señor. —Y sin dudarlo susurró—: Hay un hombre apostado frente a su puerta.
Tras oír eso, Hashirama se dirigió a toda prisa hacia la primera planta, y Sakura preguntó:
—¿Cuál es la habitación del capitán Kayui?
—Ese no se aloja aquí, milady —dijo la mujer después de pensarlo un poco—. Solo está el capitán Ōtsutsuki.
Sakura asintió y, cuando iba a encaminarse hacia la habitación, Hashirama la detuvo y, mirando a la mujer, le enseñó un saquito de monedas y añadió:
—Pase lo que pase y oigas lo que oigas, ni tú nos has visto ni nosotros hemos estado aquí.
Sin cuestionarse nada, la mujer asintió mientras miraba el saquito que aquel le mostraba. La cantidad que intuía que había dentro no la ganaba ella ni en un año, y cuando iba a cogerlo Hashirama lo retiró e insistió:
—Hermione, si no cumples lo pactado, morir será el menor de tus problemas.
Oír eso hizo que ella lo mirara y afirmara:
—Tenéis mi palabra, señor. Os lo juro.
Él asintió y Sakura, dirigiéndose a la mujer, preguntó:
—¿Indra está acompañado?
—Está con Wynona.
Hashirama y ella se miraron, se entendieron sin hablar, y luego el gobernador pidió:
—Acompáñanos, Hermione. Necesitamos a Wynona fuera de la habitación.
—Sí, mi señor.
Una vez que le entregó el saquito de monedas a la mujer, los tres se encaminaron hacia la parte izquierda del prostíbulo, donde estaba la escalera. En ese instante Evander bajaba por ella arrastrando a un hombre, e indicó:
—Mi señor, podéis subir.
Sakura, al fijarse en Evander y ver que tenía sangre en el cuello, lo detuvo y murmuró:
—Por Tritón..., ¿estás bien?
El escocés, consciente de por qué se lo decía, afirmó con una sonrisa.
—Sí, milady...
—Sakura —lo corrigió ella.
—Sakura —dijo él al ver que Hashirama asentía—. Es simplemente un rasguño.
Ambos sonrieron y luego aquel continuó su camino.
El gobernador, que observaba en silencio antes de comenzar a subir la escalera, paró a Sakura e iba a hablar cuando esta, leyendo su mirada, indicó:
—Te agradezco tu ayuda, pero nada de lo que digas hará que cambie de opinión.
—Tu tío ha dicho que ni tu padre ni...
—Hashirama —lo cortó ella—, déjame continuar.
Aunque apenas la conocía, pero consciente de que a aquella no la iba a detener nadie, finalmente el hombre asintió y, en silencio, subieron hasta la primera planta.
En cuanto alcanzaron la tercera puerta a la izquierda, Sakura y Hashirama se escondieron detrás de unas cortinas, y, tras una señal, Hermione dio unos golpecitos en la puerta y profirió alto y claro:
—Wynona, te necesito un momento.
Aguardaron unos segundos sin hacer ruido, hasta que la puerta se abrió y apareció una joven alta de precioso pelo oscuro que, mirando a Hermione, preguntó:
—¿Qué ocurre?
La mujer, viendo que la chica no se había percatado de la presencia de aquellos que se ocultaban tras las cortinas, dijo entonces:
—Necesito que me arregles el cabello. Me acaban de avisar de que viene uno de mis mejores clientes y he de recibirlo como es debido.
Wynona sonrió. Su patrona tenía clientes bastante adinerados que esperaba que algún día se fijaran en ella y, al no ver al soldado que sabía que estaba apostado en la puerta, preguntó:
—¿Y el hombre del capitán Ōtsutsuki?
Hermione se encogió de hombros.
—Hace un rato que ha bajado a refrescarse la garganta.
Sorprendida, la muchacha iba a darse la vuelta para comentárselo a su cliente cuando ella insistió agarrándola:
—Tengo prisa, Wynona, ¡vamos!
La prostituta, al ver que su cliente estaba dormido, siguió a su patrona. En cuanto la peinara, regresaría.
En cuanto se quedaron solos en aquel pasillo, Hashirama y Sakura salieron de detrás de las cortinas y se dirigieron hacia la habitación. Al salir Wynona, Hermione se había asegurado de dejar la puerta entreabierta.
Dispuesta a todo, Sakura agarró el pomo para entrar. El silencio de la habitación, en la que solo se oía el crepitar del fuego de la chimenea, le erizó el vello de todo el cuerpo. A pesar de tratarse de un prostíbulo, la estancia estaba caliente y era acogedora, nada que ver con su carreta. Y, mirando la cama, vio a Indra dormido como su madre lo trajo al mundo.
Hashirama y ella entraron y, tras cerrar la puerta, Sakura se acercó a la cama y, sacándose una daga de la bota, puso la mano sobre la boca de aquel para que no chillara y, cuando abrió los ojos, ella le mostró la daga y lo saludó.
—Hola, asqueroso saco de mierda.
Indra se sobresaltó al verla. ¿Cómo había entrado?
Sabía que iría a por él, así lo había planeado, pero ¿cómo había llegado hasta allí?
Y, tras quitársela de encima, se levantó de la cama y, mirando a Hashirama, musitó:
—Gobernador Senju, ¿qué hacéis aquí?
Aquel no contestó. Sakura, levantando una pierna, le dio una patada a Indra en el estómago que lo hizo caer de culo al suelo.
—Maldita sea... —se quejó él.
La joven sonrió y luego siseó mirándolo con asco:
—Eres la peor rata que he visto en mi vida. El ser más despreciable que he tenido la desgracia de conocer. ¿Cómo eres tan cobarde de atacar a tío Matsuura y a Gilroy?
Indra, en cierto modo tranquilo por la presencia de Senju allí, se levantó del suelo dispuesto a revelarle algo que seguramente aquel no sabía.
—Gobernador, cuando os diga quién es esta mujer, tened por seguro que me lo vais a agradecer.
Oír eso hizo que Sakura resoplara y, dándole una nueva patada que hizo que aquel cayera otra vez al suelo, gruñó:
—Céntrate en responderme, maldito cobarde.
De nuevo, Indra se levantó y siseó:
—¿Sabe el gobernador que no eres Sakura Mimura, sino Sakura Haruno, la hija del tan buscado y sanguinario capitán pirata?
—¡Cállate! —exclamó ella.
Pero él insistió viendo cómo aquel que los observaba se demudaba por segundos.
—Gobernador, esta mujer es la Joya Haruno, una maldita pirata buscada por su ambición, sus asesinatos y...
No pudo decir más, pues la joven se acercó a él y, empinándose para estar a su altura, apretó los puños y le soltó un cabezazo. El golpe hizo que a Sakura le diera todo vueltas y que Indra cayera al suelo por tercera vez.
Hashirama, horrorizado al verlo, fue a auxiliar a la joven pero ella, dejándose caer a horcajadas sobre Indra, se sentó encima de él y, clavándole la daga en el hombro derecho, masculló sin importarle las consecuencias que aquel descubrimiento ante el gobernador le acarrearía:
—Sí, Hashirama, soy quien este gusano dice. Soy Sakura Haruno, la hija de Kizashi Haruno. Pero solo por el hecho de verlo retorcerse de dolor bajo mis manos y matarlo merecerá la pena todo lo que posteriormente me pueda pasar.
Oír eso hizo que el gobernador tomase aire, y Indra escupió:
—Te ahorcarán, y te aseguro que te veré morir desde la primera fila...
—Me ahorcarán, ¡vale! Moriré, ¡de acuerdo! Pero te aseguro que eso tú no lo verás.
Mientras observaba el gesto desconcertado del gobernador, Indra sonrió a pesar del dolor. La revelación de quién era ella con seguridad lo estaba alarmando y, cuando iba a hablar, Sakura siseó cegada por la venganza:
—Cerdo de mierda. Ni mi padre es el sanguinario hombre que dices ni yo tampoco lo soy. Y, ya que estamos revelando verdaderas identidades, creo que el gobernador se merece saber que tú, Indra Ōtsutsuki, al que todos en Escocia creen un comerciante honrado, eres en verdad Indra el Guapo, un pirata que roba, secuestra y mata junto con Kayui solo por el maldito deseo de tener más y más. En los últimos años tú y tu secuaz habéis asaltado barcos de la Corona escocesa para saquearlos, hundirlos con su tripulación y, después, hacer correr el bulo de que habían sido mi padre y su flota.
—¡Mentira! —gritó aquel.
—¡¿Mentira?! —se mofó ella, y, acercando la cara a la de él, indicó—: Para tu desgracia, no solo mi padre y yo lo sabemos. —Y, clavándole otra daga en el otro hombro, espetó viéndolo retorcerse de dolor—: Esto es por tío Ragnar, tío Matsuura, Gilroy y Siggy. Y mirándote a los ojos te digo que tu hora ha llegado, maldito saco de mierda.
Dolorido, pero sacando fuerzas de flaqueza, Indra se la quitó de encima con esfuerzo y, mirando a Hashirama, lo increpó:
—¡Ayudadme! ¡Os acabo de revelar quién es!
El gobernador, que en silencio observaba lo que acontecía, al ver el gesto con que Sakura lo miró, repuso:
—No pienso ayudarte.
Horrorizado por aquello, Indra parpadeó e insistió:
—Por todos los santos, gobernador, ¡os acabo de decir que esta es Sakura Haruno! ¡La Joya Haruno! —Y al ver que aquel ni se movía, añadió—: ¿Acaso las habilidades de esta mujer en la cama os han nublado la razón?
Hashirama no respondió; apenas si podía respirar ante las barbaridades que aquel decía. Indra, a quien las fuerzas le fallaban, se acercó como pudo hasta su espada. Mover los brazos le resultaba casi imposible. Aquella lo había herido a conciencia. Sabía dónde clavar las dagas para tenerlo como lo tenía, pero, sacando fuerzas, levantó con torpeza la espada y siseó:
—Te lo dije, princesa...
—No me llames así —bufó Sakura furiosa mientras él se le acercaba de manera intimidatoria.
—Con tus artes de mujerzuela has hechizado al gobernador, pero esto no va a quedar así. Gritaré tan fuerte para revelar tu identidad que alguien me oirá, maldita Joya Haruno. Eres una pirata. Una vil y sanguinaria pirata como tu padre, que vive apoderándose de lo ajeno, y a la que sin duda hay que tratar como a una furcia como en su tiempo lo fue tu madre y...
Los pasos de Indra se detuvieron en seco y sus ojos se abrieron como platos cuando de pronto un borbotón de sangre le llenó la boca. Sakura lo miró sin dar crédito y entonces comprobó que una espada atravesaba el cuerpo de aquel, que en un solo instante cayó sin vida al suelo.
Entonces la joven se percató de que Hashirama tenía su espada en la mano y, mirándolo, murmuró:
—¿Qué has hecho?
Consciente de lo ocurrido, él iba a responder cuando ella gritó endureciendo el tono:
—Era mío. ¡Mío!
—Sakura...
—Yo debía matarlo, ¡yo!, ¡solo yo!
—Lo he hecho por ti —repuso él.
—¿Por mí?
Hashirama asintió, se acercó a ella y, agarrando su barbilla para que lo mirara, indicó:
—Lo he hecho por ti, Sakura. Yo tampoco quería que te ensuciaras las manos con su sangre.
Ella lo miró sin dar crédito. No entendía qué había pasado; entonces, viendo las manos de aquel, susurró:
—Pero... pero, Hashirama, ahora tus manos están manchadas de su sangre por mi culpa.
Él asintió al oírla. Aquello no le preocupaba en absoluto, y con seguridad repuso:
—Tu vida me importa. La de él y su sangre no.
Luego permanecieron en silencio mirando al muerto en el suelo, hasta que de pronto Hashirama indicó:
—Hemos de irnos de aquí.
Ella no se movió y él insistió:
—Indra Ōtsutsuki está muerto y nosotros tenemos que marcharnos.
La joven lo miró sin entender y, descolocada, preguntó:
—¿Por qué aun sabiendo quién soy me ayudas?
—Porque todos tenemos secretos.
Boquiabierta, Sakura cada vez comprendía menos. Solo sabía que Indra estaba muerto.
—Mis hombres harán parecer que fue un ajuste de cuentas y, créeme, nadie lo cuestionará. Indra también tenía muchos enemigos en Escocia. A nadie le extrañará su final.
Sakura asintió.
Estaba visto que las malas personas lo eran en todos lados, y cuando iba a decir algo Hashirama insistió:
—Vayámonos, cuando lleguemos a la casa hablaremos. Prometo responder a todo lo que me preguntes.
Con curiosidad, finalmente la joven asintió y, mirando a Indra, que yacía muerto con los ojos abiertos, le escupió a la cara.
—Ojo por ojo y diente por diente. Adiós, maldito bastardo.
Luego abrió la ventana y se dirigió a Hashirama:
—Es un primer piso; ¿te atreves a saltar?
—La duda ofende, jovencita —replicó él divertido—. Pero mejor salgamos por donde hemos entrado. Está todo controlado.
