Capítulo 3: Impuesta compañía
Desconocían cuánto tiempo llevaban en ese trance, pero los jóvenes no podían parar de mirarse. La princesa estaba sorprendida, perdida en el par de ojos azules del joven, como si la llamaran, como si la invitaran a abrir la puerta de un sitio desconocido, o más bien lo contrario, pues no comprendía esa sensación de familiaridad que el guerrero le transmitía. Por otra parte, Link estaba en el mismo hipnotismo, perdido en la belleza de la dama que se encontraba delante de él, pues nunca en su vida se había cruzado con alguien así; y al igual que a ella, la sensación de conocerla de antes estaba presente.
- Link, saluda a la princesa como es debido. – dijo Yago.
Fue en ese instante que el guerrero salió del limbo en donde se encontraba. No podía olvidar cuál era su situación.
- Buenos días, su alteza. – dijo el joven, dando una reverencia, nervioso. – Mi nombre es Link… es un gusto conocerla.
- Buenos días, mi nombre es Zelda. – respondió la princesa, seria.
El Primer Ministro quedó aliviado al ver que la princesa no trató de forma indebida a su nuevo escolta. Fue ahí que descubrió que Link podría ser la persona indicada para velarla.
- Princesa, él será su escolta de ahora en adelante. – anunció el hombre, sonriente. – Mañana mismo empezará con sus labores, pues este día me encargaré de hablarle sobre su trabajo y a darle un recorrido por el sitio.
- Comprendido… – dijo la dama, disimulando su desgano.
- Link, una vez que terminemos nuestros asuntos, tendrás que ir a preparar tus pertenencias, pues desde mañana comenzarás a vivir aquí.
- Gracias, ministro, y será como usted diga. – respondió Link. – No traje muchas cosas de Ordon, pero lo que si tengo es una yegua, y me gustaría saber si la puedo traer conmigo.
- Claro que sí, ni lo menciones. – indicó el hombre, sorprendido. – Una vez más me has sorprendido, pues vienes preparado en todo, hasta con corcel en mano.
El ministro Yago le hizo una seña a Link para que se retiren a explorar el palacio. El joven se despidió con una reverencia de la princesa, y mientras eso pasaba sus miradas se volvieron a cruzar, sin poder evitar sonrojarse.
Zelda, mientras veía al joven apartarse, sentía como su corazón latía con prisa. No iba a negar que se le hacía sumamente atractivo, tan diferente a los "perfectos" y "apuestos" jóvenes que siempre la habían pretendido, una sensación tan distinta… sin embargo, también le volvió la idea a la cabeza que no le gustaría tener a una persona que la esté siguiendo a todos lados, así que dejo de lado su absurdo trance, asumiendo su molesta realidad.
Al llegar la noche, Link regresó al hotel y preparó sus cosas para mudarse al palacio. Una vez que finalizó de alistar todo, se sentó en su cama a pensar en todo lo transcurrido… especialmente en la princesa.
- Qué hermosa es… nunca había visto a alguien como ella.
Ante esta última frase sintió dudas, pero la dejó de lado de inmediato, pues era lógico que nunca antes se la había cruzado. Se sentía totalmente obnubilado con la dama, sin embargo, en ese momento sus pensamientos fueron interrumpidos por el recuerdo de la conversación que tuvo con el ministro en el transcurso del día.
*.*.*.*.*
Link y Yago se encontraban caminando por los pasillos del palacio. El ilustre hombre se había encargado de presentar al recién llegado con los demás soldados reales, y también le contó un poco de la historia del reino. Finalmente, el tema se centró en la futura reina.
- Link, hay algo de lo que me gustaría hablarte… de la princesa.
- ¿La princesa?
- Sí. Como podrás haberte dado cuenta, es una joven muy bella.
Ante tal afirmación, Link desvió la mirada, confirmando así las palabras del ministro.
- No necesitas responderme lo obvio. – dijo el hombre, riéndose ligeramente. – Y aparte de su físico, su inteligencia es admirable. A sus dieciocho años ha demostrado ser muy madura. Sin embargo la idea de tener un escolta no le gusta para nada, así que no dejes que las malas caras que te haga perturben tu trabajo.
- Eso no pasará, no se preocupe.
- Aparte de tu labor de soldado, también la acompañarás a todos lados y la entrenarás. – dijo, haciendo una pausa. – Ella practica con la espada, el arco y la fecha, siendo estos últimos los que maneja a la perfección, pero la primera aun le cuesta un poco, así que en eso ayúdale.
- Me encargaré de eso, pierda cuidado.
- Sé que puedo encomendarte esa labor, pero sobre todo… – hizo una pequeña pausa, queriendo aclarar un tema importante. – Sé que la respetarás. No tienes idea a cuántos insolentes he castigado por poner los ojos encima de ella. Sin embargo presiento que tú eres distinto.
*.*.*.*.*
Link recordó todas esas palabras, le retumbaban en la cabeza como un eco incesante. Por supuesto que nunca iba permitir que nada ni nadie se interponga con su deber, así que inmediatamente se quitó esos pensamientos de la mente y se enfocó en ser un soldado honorable, respetuoso con su soberana.
A la mañana siguiente Link ya estaba instalado en el palacio. Tomó el traje que se encontraba en su armario, el que tendría que portar durante su estadía. Una armadura que consistía en una cota de malla cubierta por una camisa gris con hombreras de acero y un pantalón del mismo color, con unas botas color marrón. La camisa tenía en el medio un símbolo muy extraño, un ave con un triángulo muy parecido al que tenía en su mano derecha y detrás de su dije. Por un instante quedó pensativo sobre ello, pero fue interrumpido por la llegada del Primer Ministro.
- ¡Te ves muy bien, muchacho! – expresó Yago. – Esa armadura te queda a la perfección.
Yago, inconscientemente, se vio sorprendido por una nostalgia que hace mucho tiempo no sentía. El muchacho traía recuerdos escondidos a flote.
- ¿Sucede algo, ministro? – preguntó Link, confundido.
- ¿Sabes, muchacho? Por alguna extraña razón me recuerdas a alguien.
Link no supo qué decir ante ese comentario, por lo que sólo se limitó a sonreír con cortesía. Poco después los hombres se dirigieron hacia el jardín donde estaba la princesa Zelda.
Llegando al lugar, encontraron a la joven sentada en una banca, observándolos con suma seriedad. Se acercaron a saludarla y pudieron percibir su malestar. Zelda sabía que sus días de libertad habían finalizado.
- Aquí traigo a su escolta, así que ya sabe que estará disponible para lo que necesite. – dijo Yago.
El Primer Ministro se retiró, dejando a los jóvenes solos. La princesa no pudo evitar sonrojarse al ver al guerrero vestido con tanta elegancia, pero trató de no fijarse en eso e intentó mantener la mayor distancia posible de él. Sea como sea se trataba de su carcelero acosador.
- Le voy a decir una cosa, Link. – le habló seria, con altivez. – Yo no tengo nada en su contra, pero le pido que no se meta en mis asuntos. Nunca quise tener un escolta, esto es totalmente impuesto.
Link miró serio a la princesa, hasta que sus labios mostraron una cálida sonrisa, provocando que ella se impacte y ruborice. Pensó que sus palabras iban a intimidarlo, pero lograron el efecto contrario.
- Princesa, entiendo perfectamente cómo se siente, pues sé que no desea que esté atrás suyo en todo momento. – respondió en total calma. – Así que por ahora me retiraré y la dejaré sola.
Zelda, enojada, prefirió no responder nada de lo que el joven le dijo; solo observó cómo se retiraba del jardín, aunque sabía que estaría afuera esperando hasta que ella salga. De inmediato vino a su mente la sonrisa que le había hecho, retornando así el pensamiento de lo atrayente que le resultaba.
Link, mientras esperaba a la princesa, reconocía que era una mujer bastante difícil de tratar. Sin embargo, no por eso iba a detenerse en cumplir con sus deberes.
La princesa salió de los jardines después de una hora, y ahí se encontró a Link, de pie, esperándola.
- Me dijo el ministro Yago que a esta hora usted practica con la espada. – dijo Link. – Y por eso debe saber que yo seré su entrenador.
Al escuchar eso, la princesa se indignó, lanzándole al joven una mirada arrasante.
- ¡Yo no necesito un entrenador, joven soldado! Así que le pido que me deje sola.
La joven caminó rápidamente para alejarse de su escolta, sin embargo él la siguió en contra de su voluntad, y así fue hasta que llegaron al campo de entrenamiento.
Zelda se sentía muy molesta por la imposición del joven por estar junto a ella, así que para desquitar su enojo le hizo una propuesta.
- El ministro mencionó que eres un experto en el manejo de la espada. – dijo, usando un tono arrogante. – Si tan bueno eres, me gustaría comprobarlo.
Link se sorprendió por el inesperado desafío de la princesa. No tenía deseos de luchar contra ella, pues temía lastimarla, pero por otro lado quería obedecer su petición.
- Está bien princesa… – aceptó, sonriendo. – Pero luchemos con espadas de madera, podría lastimarse.
- ¿Insinúa que soy tan torpe? – preguntó ella, indignada. – No quiero que sean de madera, quiero que sean de acero. ¿O acaso tiene miedo?
Link agrandó su sonrisa un poco más, casi llegando hasta la arrogancia.
- Este bien, las cosas serán como usted ordene.
Los jóvenes desenvainaron sus espadas y comenzaron con el reto. Link pudo notar que la princesa era muy buena con el arma, pero en vez de luchar contra ella prefirió esquivarla para no lastimarla. Ante tal acción, la joven se enojó, pues quería que él pelee en serio. Fue ahí que Link tomó las riendas y le demostró lo bueno que era; con un ligero movimiento tumbó a su retadora, quien estuvo a punto de caer al suelo, pero antes que eso pase detuvo su caída, tomándola por la cintura; él detrás de ella.
- ¿Se rinde, princesa? – preguntó con un dejo de ironía.
Zelda comenzó a ponerse nerviosa, pues su escolta la tenía muy bien agarrada de la cintura y también sentía en su oreja su respiración, haciendo que su cuerpo se estremezca al sentirlo.
Link, una vez que asimiló la situación, se puso nervioso. El olor del cabello de la princesa lo estaba embriagando, tenía deseos de aspirarlo y deleitarse. También se estremeció al tenerla fuertemente agarrada por la cintura, el cuerpo de ella a espaldas estaba muy pegado al de él, provocando que un cosquilleo le recorra el cuerpo, creando una sensación desconocida y agradable, que al mismo tiempo lo asustaba, pues sentía que estaba reaccionando al roce con ella. Antes de perder el control de sí mismo, se apartó delicadamente.
Cuando la dama se dio la vuelta estaba sonrojada. El escolta, aparte de estar en la misma situación, se sentía un poco acalorado, pero lo disimuló a la perfección para que ella no se dé cuenta.
- Link… es muy bueno con la espada, me ha sorprendido. – dijo Zelda, ensimismada.
- Usted no se queda atrás, princesa. – dijo Link, sonriendo. – Es bastante hábil y sólo le falta mejorar un poco su técnica. Si usted me lo permite con gusto le ayudaré a lograrlo.
- Gracias por su ayuda... y también… gracias por haber detenido mi caída.
- No agradezca, mi misión es no permitir que nada malo le pase. – respondió sonriendo.
Los dos se ruborizaron nuevamente después de esa conversación, y poco después regresaron al interior del palacio. Zelda fue a la biblioteca a leer unos libros y Link se encaminó al campo de entrenamiento con sus demás compañeros.
El caballero estaba en su nueva habitación, la que era la más cómoda del cuartel por ser la asignada al escolta de la futura reina. Ya había tomado un baño y estaba listo para dormir.
Zelda, por su parte, se encontraba en la misma situación en sus aposentos. Ambos no podían dejar de pensar en lo ocurrido en el día, recordaron lo cerca que estuvieron sus cuerpos y como estos reaccionaron al estar en esa curiosa posición.
- Aparte de hermosa, altanera… qué complicada. – se dijo así mismo.
Poco después Link cayó en sueños.
Zelda tampoco podía dejar de pensar en su nuevo escolta, analizando cada parte de su físico.
- Brazos fuertes, mirada encantadora… es detestable.
La princesa también se dio cuenta de lo que hablaba, así que desechó todos los pensamientos de su cabeza y trató de conciliar el sueño.
Tres meses después…
Transcurrió el tiempo y el palacio se adaptó a los nuevos cambios, sobre todo la princesa y su escolta. La compañía de Link y los entrenamientos ya se habían convertido en una costumbre para ambos, por no decir en una necesidad, cosa que aún no reconocían. Cada día que pasaba, y sin que lo sepan, la atracción hacia ellos crecía.
Una mañana como cualquier otra, Link iba a su encuentro con la joven para ir a entrenar. Como siempre vio que estaba sentada en una banca, pero ahora con la mirada perdida hacia el suelo, triste. Sin explicárselo sintió una enorme angustia por verla así, pero trató de calmarse para no demostrar nada.
- ¿Le ocurre algo, princesa? ¿Se siente mal? – preguntó preocupado.
Zelda siempre fue instruida para no demostrar sus sentimientos a nadie, pero por una extraña razón deseaba desahogarse de una vez por todas, sacar su agobio.
- Estoy cansada… no amanecí bien.
- No comprendo…
- Este palacio me asfixia, Link. Ya no soporto estar encerrada.
La princesa derramó algunas lágrimas de impotencia, causando que Link sienta una presión en el pecho debido a su imagen. No podía explicarlo, pero le dolía verla sufrir de esa forma, así que siguiendo un osado impulso, se arrodilló para encontrarse con el rostro de ella y lo acarició con delicadeza para secarle las lágrimas.
- No llore, por favor…
Zelda se quedó sorprendida con la acción de Link; nunca nadie se había atrevido a tocarla de esa forma y sin su permiso. Sin embargo, no opuso resistencia, le agradaba sentir ese contacto, sentirse apoyada por alguien, aparte de Impa. El guerrero le regaló una sonrisa cálida, esas que le gustaban tanto. Él sabía que era una locura lo que estaba haciendo, pero no podía hacer caso omiso a su dolor.
- ¿A dónde quiere ir? – preguntó Link.
- ¿Ah? – preguntó Zelda, confundida.
- No quiero verla mal, por eso pienso que le hará bien dar un paseo. – propuso el joven. – Sin embargo, la condición es que no puede ir sola.
- Link…
- Indíqueme a dónde quiere ir y la llevaré con gusto.
- Yo… quisiera conocer un poco más mi reino. – dijo avergonzada. – Es irónico que siendo la princesa no conozca mi propia tierra como se debe.
- Entonces permítame enseñarle todo lo que usted no conoce, y así aprovecho en conocer también el reino al que debo proteger. – dijo el joven, sonriendo.
- Gracias, Link… sin embargo, temo que me reconozcan. No hay esquina del reino que no sepa quién soy yo. – dijo frustrada.
- Eso no es problema. – dijo Link, soltando una carcajada. – Sólo debe usar otro tipo de ropa, así nadie la reconocerá, se lo aseguro. Si desea, mañana mismo podemos salir con la excusa que entrenaremos en otro lugar.
- En ese caso… acepto su propuesta, joven Link. – dijo la joven, sonriendo.
Zelda no podía creer lo que Link estaba haciendo por ella, preocuparse por su estrés y tristeza. El joven tampoco entendía por qué actuaba así, sin embargo había descubierto que sus lágrimas resultaban lastimeras para su alma y corazón.
Comentarios finales:
¡Hola, holaaaa! De nuevo, disculpen la ausencia, pero ya me pondré al día pronto.
Estoy trabajando en un nuevo capítulo de "Pasión entre las sombras", así que pronto sabrán de mí, aunque igual yo siempre estoy conectada a las páginas.
Saluditos ^^
