Capítulo 23

Cuando, un buen rato después, Hashirama y Sakura llegaron a la casa donde aquellos se alojaban, ella le entregó su caballo a Evander.

—Me alegra que solo fuera un rasguño —murmuró mirándole el cuello. Él sonrió y la joven, agradecida, añadió—: Muchas gracias por todo.

El escocés la miró.

—Siempre que me necesites, aquí estaré..., Sakura.

Oír eso la hizo sonreír y, cuando aquel se alejaba con los caballos, Hashirama cuchicheó mirándola:

—Vaya..., sin duda Evander ha caído rendido a tus pies.

Sonriendo por aquello, ambos entraron en la casa.

El calor del lugar hizo que su helado cuerpo se calentara en un solo instante, y más cuando Sakura vio a Mito con Siggy en los brazos. La mujer se acercó a ellos de inmediato al verlos aparecer.

—Gilroy y Matsuura están bien y descansan arriba —los informó.

Sakura asintió, y, tras mirar a la pequeña, que dormía tranquila, repuso:

—Quiero subir a verlos.

—Segundo piso, cuarta puerta a la derecha —dijo Mito—. Por cierto, tu habitación y la de Siggy es la quinta puerta a la izquierda. Por si quieres refrescarte.

Con una sonrisa, Sakura se lo agradeció y subió los escalones de dos en dos.

Al entrar en la confortable habitación, se acercó a Gilroy y comprobó que estaba dormido pero bien. Estaba visto que le habían dado una buena paliza, pero, conociendo su fortaleza, en un par de días estaría como siempre.

—Está bien..., tranquila.

Sakura sonrió al oír la voz de Matsuura y, volviéndose para mirarlo, al ver el ojo cerrado de aquel, musitó:

—Tío...

Sin más, se dirigió hacia su cama y lo estrechó entre sus brazos. Abrazar a aquel hombre al que tanto quería era como abrazar a su padre, y cuando se separaron preguntó preocupada:

—¿Cómo te encuentras?

—Como si me hubiera aplastado una ballena gris —repuso él.

Ambos sonrieron por aquello y luego Matsuura dijo:

—¿Qué ha ocurrido?

—Indra está muerto —dijo la joven.

Matsuura asintió y ella añadió:

—Antes de morir, le ha dicho a Hashirama quién era, pero, sorprendentemente, eso no le ha importado al gobernador. Incluso lo ha matado por mí.

—¡¿Qué?!

—Ha dicho que él tampoco quería que mis manos se ensuciaran con su sangre.

Oír eso emocionó a Matsuura.

—Eh..., ¿qué ocurre? —quiso saber Sakura.

—Ese Hashirama es un buen hombre. La bondad sigue intacta en su mirada. Le agradeceré eternamente lo que ha hecho por ti.

Intentando entender, la joven asintió y a continuación dijo:

—Hay algo que no comprendo. Desde el primer instante en que me vio en la fiesta de Edimburgo se ha preocupado por mí. Y hoy, aun sabiendo que soy Sakura Haruno, ha matado a Indra. ¿No te parece extraño?

—Sakura...

—Incluso me ha dicho que hablaremos y responderá a mis preguntas.

Matsuura, que en ocasiones valía más por lo que callaba que por lo que contaba, seguro de que Hashirama tendría una clarificadora conversación con aquella, indicó mirándola a los ojos:

—Habla con él. Pregunta lo que necesites y sabrás.

Sakura asintió y, tras darle un beso en la mejilla, sugirió:

—Ahora descansa. Lo necesitas.

Matsuura asintió, estaba molido, y cuando ella salió de la habitación con una tranquilidad que no había tenido desde que Indra apareció en su vida, sonrió.

Tras pasar por su cuarto para refrescarse y cambiarse de ropa, Sakura bajó al comedor, donde sabía que la esperaban. Había amanecido. La noche había sido dura y complicada. Pero, al llegar al comedor y ver a Hashirama y a Mito con Siggy, se les acercó y sugirió:

—¿Y si sois vosotros la familia de Siggy?

Ellos sonrieron mirando a la pequeña y luego la mujer señaló a la niña, que dormía sobre una manta, y declaró:

—Siggy ya tiene una mamá. Y esa eres tú, mi querida Sakura.

Oír eso la emocionó. Ser la madre de aquella pequeña por la que sin duda daría la vida podía ser algo increíblemente bonito.

—Si no os importa, llevaré a Siggy a la habitación y me iré a dormir —anunció entonces Mito dando un beso a su marido—. Estoy agotada.

Con una sonrisa, Sakura la despidió y, cuando el hombre y ella se quedaron a solas, la joven se dirigió a él.

—Me es imposible ser la madre de Siggy, y creo que esta noche ha quedado claro por qué.

—En la vida, lo único imposible es lo que no se intenta —repuso él cabeceando con una sonrisa.

Acto seguido señaló la mesa, donde había leche, cereales y una especie de bizcocho, y dijo:

—Reponer fuerzas nos vendrá bien.

—Probablemente —asintió ella.

Durante unos minutos comieron en silencio, hasta que Hashirama preguntó:

—¿Cómo te encuentras?

—Rara —contestó Sakura, que al poco aclaró—: Tengo un doble sentimiento que no sé cómo interpretar. Por un lado estoy feliz porque ese saco de mierda que tanto daño me hizo ha muerto y, por otro, enfadada porque la muerte no se la he dado yo.

Hashirama, que la entendía perfectamente, musitó:

—Lo creas o no, la muerte se la has dado tú.

—Pero...

—Tú lo decidiste, Sakura. Yo solo lo he ejecutado.

—Pero quería ejecutarlo yo.

Hashirama asintió y, mirándola, sentenció:

—Tu rabia, tu deseo de venganza y tu arrojo nos han llevado hasta él. Mi espada solo ha hecho lo que tu mente deseaba. Quédate con que él ha muerto porque tú lo decidiste así. Quédate con eso.

La joven asintió. Sabía que en cierto modo tenía parte de razón y, agradecida, susurró antes de seguir comiendo:

—Gracias, Hashirama.

Conmovido por aquella mirada tan bonita, el hombre sonrió.

Durante un rato guardaron silencio de nuevo, y después Hashirama preguntó:

—¿Volverás a encontrarte con el hombre con el que te divertías en Edimburgo?

Al oír eso, Sakura se detuvo.

—¿Te refieres a Sasuke? —Hashirama afirmó con la cabeza—. Dudo que nos volvamos a ver —concluyó ella.

—¿Por qué?

—Porque mi vida es complicada.

El gobernador asintió y aquella añadió:

—Si no me delatas, en un tiempo regresaré a La Bruja del Mar porque así se lo prometí a mi padre, y, por si eso no fuera suficientemente frustrante, intuyo que a Sasuke lo horrorizo como mujer.

Deseoso de saber qué le había prometido a su padre, Hashirama levantó las cejas y ella continuó con su gracia habitual:

—Sasuke piensa que soy osada, descarada y excesivamente habladora. No voy a esconder que a mí él me atrae. Es un hombre con un físico espectacular. Tan alto, tan atractivo, con esos ojos tan imponentes, con ese pelo negro y...

—Sin lugar a dudas, llamó tu atención —se mofó Hashirama.

Ambos rieron por aquello y luego ella añadió:

—Y como persona me pareció un hombre leal, tranquilo, y alguien en el que uno puede confiar. Pero seamos sinceros, Hashirama, ahora que sabes quién soy, ¿realmente crees que si él supiera la verdad querría algo conmigo?

Él no respondió, y ella dijo con su habitual sinceridad:

—La respuesta es no. Soy la hija del capitán Haruno. La maldita pirata sanguinaria, la Joya Haruno, y nadie, absolutamente ningún hombre con un par de dedos de frente, querría nada serio conmigo.

—Ya veo que tú sola te lo dices todo —repuso Hashirama mientras partía un bollo en varios trozos.

Tras coger el trozo que aquel le tendía, Sakura le dio un mordisco e indicó:

—Si algo he aprendido en la vida es a saber distinguir entre la realidad y los sueños. Soñar es fácil. La realidad es otra cosa.

Hashirama asintió, y al cabo ella preguntó mirándolo:

—¿Cómo siendo gobernador de las Highlands y sabiendo lo que sabes de mí estás tan tranquilo?

—¿He de temerte? —se mofó él.

—¿Por qué no me apresas y me delatas? —insistió ella sin sonreír—. Entregar a la hija de Kizashi Haruno, el pirata que supuestamente ha robado, hundido barcos y matado a tantos escoceses, te haría mucho más popular.

Oír eso hizo sonreír al hombre, que, mirándola fijamente, manifestó:

—Sakura... Mebuki... Tsunade... Naori... Kurenai... Haruno, también conocida entre la tripulación con el cariñoso apodo de Bicho, nunca te entregaría a la justicia porque tú, aunque no lo sepas, eres una de las personas más importantes de mi vida.

Oír eso sorprendió a la joven, y él, al ver su expresión, musitó:

—Como te dije, todos guardamos secretos. Pero llegado este momento, en el que yo sé tu secreto, me veo en la obligación moral de revelarte el mío, y responderé a todo lo que quieras preguntar.

Boquiabierta, ella dejó el trozo de bollo sobre la mesa y, sin apartar sus ojos verdes de los de aquel, preguntó:

—¿Cómo es que sabes todos mis nombres y también mi apodo? ¿Y por qué soy importante para ti?

Hashirama tomó aire. El momento de sincerarse había llegado.

—Mi verdadero nombre es Tazu Mitokado... —empezó.

—¡¿Qué?!

—Desde hace unos veinte años nadie me llama así, porque para todos soy Hashirama Senju.

—¿Has dicho «Tazu Mitokado»?

El hombre asintió con cierto pesar.

—Con seguridad habrás oído a tu padre y a tus tíos maldecir mi nombre no una, sino un millón de veces, y...

Sakura parpadeó levantándose de la silla.

—¡Por Tritón! ¿Eres Tazu, el...?

—Sí —la cortó Hashirama.

Sakura lo miró sin dar crédito.

—Mientras viva, nunca me perdonaré que, por mi culpa, tu madre y tus tías murieran. Esa noche celebrábamos tu llegada al mundo, yo bebí de más por culpa del amor que sentía por tu madre y..., en fin, todo lo que te hayan contado tu padre y tus tíos es cierto.

La joven asintió.

¿Tazu Mitokado?

Sakura había oído hablar de aquel hombre. Conocía el papel que había desempeñado en su pasado y en su familia, pero siempre lo creyeron muerto. Sin embargo, ¡estaba ¡vivo!

Se sentó de nuevo, dispuesta a escuchar lo que aquel quisiera contarle.

—Papá y los tíos me hablaron de ti, de lo ocurrido esa noche, pero ahora quiero saber lo que tú tienes que decir.

Sobrecogido por cómo lo miraba la muchacha, él cerró los ojos y, sin dudarlo, le contó su versión. Le habló de cómo conoció a Mebuki, su madre, en Italia, de cómo se enamoró de ella y de cómo esta, aun siendo su novia, se enamoró de su padre.

Le habló de los viajes que habían hecho juntos para comprar joyas en distintas partes del mundo y de cómo aprendió a vivir sin ser el marido de su madre. Durante un buen rato le habló de todo lo acontecido en el pasado y cuando terminó, declaró conmovido:

—Muchacha, permíteme decirte que eres el vivo retrato de Mebuki. Cada vez que te miro la veo a ella, y en ocasiones he de recordarme lo que sucedió para no creer que eres ella y no tú quien está frente a mí.

Sakura asintió emocionada. Llevaba toda su vida oyendo eso.

—No eres el primero que me lo dice.

—Lo imagino... Lo imagino...

A continuación se quedaron unos segundos en silencio y luego ella declaró:

—Quiero que sepas que la versión de papá y los tíos coincide plenamente con la tuya. Ahora puedo comprobar que se han ceñido a la verdad. Pueden seguir enfadados o no contigo, pero ten por seguro que tú no has dicho nada que ellos no me hubieran contado ya.

Complacido, Hashirama prosiguió:

—Cuando me echaron del barco en Génova solo quería morirme. Durante meses viví a la espera de que me mataran cualquier madrugada en un callejón como una rata, hasta que una mañana me desperté en una abadía.

—¿Una abadía?

—Sí, muchacha. —Él sonrió—. En la abadía de San Columbano. El padre Ludovico me vio tirado en la calle, se apiadó de mí y me llevó consigo. Gracias a él y a sus continuas conversaciones, conseguí que cesara la destrucción que yo mismo había creado en mi interior por la sensación de culpabilidad. Como me dijo el padre Ludovico, yo quería a tu madre, a tu padre, a tus tíos, y lo ocurrido fue una fatalidad del destino. Según él, debía perdonarme a mí mismo porque, aunque eso no cambiaría el pasado, sí podría ayudarme a caminar hacia el futuro.

—Valioso consejo —señaló Sakura—. Papá y los tíos te creen muerto. Alguna vez se lo he oído decir.

Hashirama asintió.

—Con razón Matsuura, cuando me vio, me miraba de esa forma.

—¡¿Cómo?! —preguntó la joven.

—Matsuura sabe quién soy. Me reconoció y me pidió que te ayudara.

Sakura asintió. El japonés no dejaba de sorprenderla.

Durante unos segundos ambos se miraron a los ojos. Ahora la joven entendía por qué aquel hombre la había tratado con tanto respeto y cariño desde el primer momento.

—Quizá me meta donde no deba —añadió él—, pero ¿qué haces en tierra y no en La Bruja del Mar con tu padre? ¿Y qué es eso de que tienes que regresar?

—Supe que Indra estaba en Escocia —contó Sakura—. Y como por desgracia tío Edberg murió y me dejó al cargo de Siggy, con la excusa de buscarle un hogar a la pequeña planeé venir aquí. Ni que decir tiene que mi padre se negó. Escocia era el último lugar al que quería que fuera por lo que ya sabes, pero yo me empeñé y lo conseguí. Dicho esto, quiero que sepas que siempre había deseado estar en tierra firme más de una semana. El lugar me daba igual, pero finalmente fue Escocia.

—Pero, Sakura, es peligroso para ti. Si alguien se entera de quién eres, tu vida correrá peligro.

La joven asintió y, sin importarle, respondió:

—Lo sé, Hashirama. Pero, siendo la hija de Kizashi Haruno, ¿cuándo no corre peligro mi vida?

El hombre asintió, pero insistió:

—Muchacha, has sido una imprudente.

—Probablemente. —Ella sonrió y continuó—: Como mi capitán, papá me ha concedido seis meses de libertad. En ese tiempo mi plan era matar a Indra, buscar un hogar para Siggy y disfrutar vendiendo mis joyas y mis labradas cajitas de madera por Escocia antes de regresar a La Bruja del Mar.

Hashirama asintió y, pensando en el hombre pelinegro con el que a la joven se le iluminaba el rostro solo con mencionarlo, preguntó:

—Y si te enamoras o se enamoran de ti, ¿regresarás también al barco?

—Nadie se va a enamorar de mí —aseguró ella.

—Como tú misma has podido comprobar, Evander ha caído rendido a tus pies —insistió Hashirama.

Oír eso hizo que la joven sonriera, y luego él indicó:

—¿Y si ese gigante pelinegro que tanto te ha impresionado también lo hace?

De inmediato ella supo que hablaba de Sasuke.

—Créeme, ese sería el último hombre en el mundo que se enamoraría de mí.

Hashirama soltó una risotada. Estaba claro que la muchacha no estaba muy puesta en temas amorosos y cuando iba a preguntar, ella lo interrumpió:

—Cuéntame qué ha sido de tu vida todos estos años. Quiero saber.

Él, agradecido por el cariño que veía en su mirada, aun sabiendo quién era, indicó:

—Durante dos años trabajé como jardinero en la abadía. Tener la mente ocupada en otras cosas que no fueran mi propio sentimiento de culpabilidad era bueno para mí, hasta que un día un familiar de uno de los religiosos fue a visitarlo y le dijo que buscaba hombres para uno de sus barcos, para repartir mercancía por toda la costa italiana. Sin dudarlo, me enrolé. Así pasaron tres años más, hasta que en uno de esos viajes una terrible tormenta nos sorprendió y partió la embarcación en dos.

—¡Rayos y centellas! —exclamó Sakura.

Ella, que conocía el mar y su bravura, sabía lo terrible que había tenido que ser la tormenta para partir el barco por la mitad.

—Pensé que mi final había llegado —continuó Hashirama—, pero tras pasar varios días a la deriva sujeto a una tabla, unos pescadores me recogieron y me llevaron hasta una playa de Palermo. Recuerdo estar desorientado, asustado y helado, y entonces comprendí que Tazu Mitokado había muerto. El barco en el que iba había desaparecido y todos me creerían muerto. Cuando me preguntaron mi nombre, no dudé en responder que era Hashirama Senju. —Sakura sonrió y él cuchicheó—: Si hay algo que no puedo esconder es mi acento escocés... —Ambos soltaron una carcajada y él prosiguió—: Pasados unos días me trasladé a Sicilia. Allí encontré trabajo cuidando vacas, y fue entonces cuando conocí a Mito. Ella era la hija de un humilde panadero y, aunque al principio no le presté atención, pues no quería volver a sufrir por amor, ella puso todo de su parte para que yo finalmente me rindiera a sus encantos. Y, sí, Sakura. Cuando me di una segunda oportunidad para querer y dejar que me quisieran, me enamoré locamente de ella y nos casamos. Pasaron los años y, aunque nunca fuimos bendecidos con hijos, éramos felices. Nos trasladamos a vivir a Pompeya. Allí abrimos un horno de pan y todo iba bien hasta que un día de pronto vi una cara familiar. Era tu tío Dan, el hermano de tu madre. Lo seguí por la calle, que estaba muy concurrida, y entonces te vi.

—¿Me viste? —preguntó ella emocionada.

Hashirama asintió y sonrió.

—Tendrías unos doce años, y no me cupo la menor duda de que eras tú. Sakura, la hija de Mebuki y Kizashi Haruno. Sin dejarme ver, os observé desde la distancia y vi que, además de Dan, ibas acompañada de Asuma y te compraban cosas en el mercadillo mientras tú reías y corrías divertida. Esa noche, cuando regresé a casa le conté a Mito que te había visto. Ella conoce mi pasado, sabe de ti, de tu padre, del amor que le tuve a tu madre, lo sabe todo, y esa noche, tras mucho hablar, decidimos venir a Escocia y labrarnos un nuevo porvenir.

—¿Por qué, si en Italia eras feliz?

—Porque algo en mi interior me decía que tarde o temprano, si tú pisabas suelo escocés, me necesitarías —dijo él con los ojos brillándole por los recuerdos, y al ver cómo ella lo miraba, añadió—: Durante años he oído las cosas que se cuentan de tu padre, de su flota y, por supuesto, de ti. He oído verdaderas barbaridades que nunca he creído. Conozco a Kizashi y a tus tíos, y mucho tendrían que haber cambiado para que se comportaran así y, mucho menos, criaran a una muchacha sin corazón, egoísta, caprichosa y sanguinaria.

Sakura sonrió y luego él, mirándola, dijo:

—El día que te vi en aquella fiesta en Edimburgo te aseguro que me quedé sin aliento. No te esperaba, pero rápidamente te reconocí. Durante horas te observé, vi a tu madre en ti, y cuando no pude más me acerqué a hablar contigo y entonces confirmé mis sospechas. Eras tú. Eras Sakura, y no entendía qué hacías allí, rodeada de escoceses que, si se enteraban de tu verdadera identidad, te matarían.
»Se lo dije a Mito y ella, sin dudarlo, indicó que teníamos que ayudarte. Tú, como yo en otro tiempo de mi vida, ocultabas tu verdadera identidad y necesitabas ayuda urgente. De ahí que inventáramos que éramos tus tíos. Eso daría fuerza a tu historia y nadie te haría preguntas incómodas porque ante todos tú eres mi sobrina. —Ambos rieron y Hashirama añadió—: Sakura, eres una guerrera, valiente, preciosa y fascinante, nada que ver con la loca sanguinaria de la que habla la gente.

Oír eso hizo que ella asintiera.

—¿Has oído eso de que matamos a la gente para utilizar sus cráneos a modo de cuencos para la sopa?

—La gente inventa con la boca lo que no ve con los ojos —asintió él.

Ambos rieron de nuevo y Hashirama continuó:

—Llevo años siguiendo tus andanzas.

—¡¿Qué?!

—Agudizo el oído y el ingenio para preguntar por el pirata Hashirama y siempre hay alguien que tiene algo que contar. Incluso hace dos años coincidí contigo en un mercadillo en España. Verte fue una sorpresa para mí. Mito y yo nos acercamos a tu puesto, donde tú, sin saber quiénes éramos, nos enseñaste tus preciosas cajas y tus joyas. Tras un rato contigo, compramos dos cajitas de madera y un precioso collar que mi esposa atesora con mucho amor.

—¿En serio?

—Totalmente —aseguró él—. Como te he dicho, además de mi mujer, Mito es mi amiga, mi confidente, es mi todo. A ella fue a la que se le ocurrió buscarte un pasado gracias a que hablabas italiano. Y..., dicho esto, ahora entenderás por qué yo tampoco podía permitir que mancharas tus manos con la sangre de ese tipo. Si tu padre o tus tíos no estaban aquí para matar por ti, tenía que hacerlo yo. Te lo debía. No pude salvar a tu madre, pero sí podía salvarte a ti.

Conmovida por la historia, ella lo miró con cariño y, levantándose de su asiento, rodeó la mesa, se sentó junto a él y lo abrazó.

Gustoso, el hombre aceptó aquel deseado abrazo y musitó emocionado:

—No sabes lo que este momento significa para mí.

Sakura asintió con una sonrisa. Aquel había conocido a su madre, la había querido, y un error había hecho que cargara con su muerte. Una muerte de la que Sakura nunca lo había culpado.

—Sin duda mamá estará muy agradecida por lo que has hecho —declaró—, y te aseguro que cuando papá y los tíos se enteren, también.

Durante un buen rato continuaron hablando. Sakura le preguntó por su madre y él le contó. Saber cosas de ella siempre le había gustado, y lo escuchó encantada.

Dos horas después, se dirigieron hacia sus respectivos cuartos. Había amanecido ya y necesitaban descansar. Y ambos lo hicieron con el corazón tranquilo y lleno de felicidad.