Capítulo 24
Hasta que Matsuura y Gilroy se hubieron repuesto de la paliza que les habían dado, pasaron una semana en Lanark, un tiempo durante el cual Hashirama retrasó su viaje a Ayr para estar con ellos. Especialmente con Sakura. Durante esos días la joven disfrutó de la compañía de sus nuevos tíos, Hashirama y Mito, y de Evander, que siempre que podía se acercaba a charlar con ella.
En esos días corrió como la pólvora la noticia de la muerte de Indra Ōtsutsuki. Se decía que había sido un ajuste de cuentas y, sorprendida, Sakura comprobó cómo aquel tampoco era muy querido en tierra, tal como le había contado Hashirama.
Tras esa semana, a pesar de que el gobernador y su esposa intentaron convencerla para que viajara con ellos, la joven se negó. Quería continuar con su viaje por Escocia con lo poco que tenía y nadie la iba a frenar.
Aunque no le gustaba la idea, Hashirama no siguió insistiendo. Estaba claro que Sakura era tan testaruda como lo fue su madre, e intuyó que no la iba a convencer. Al final, tras una despedida cariñosa y emocionada, Senju partió junto a su mujer y su comitiva hacia Ayr. Tenía que atender unos asuntos de la Corona que no podía retrasar más.
Varios días después de separarse de ellos, mientras Gilroy iba en el interior de la carreta con la pequeña Siggy, Matsuura y Salura dirigían a los caballos en silencio cuando el japonés, viendo una ciudad no muy lejos, indicó:
—Entiendo que es Linlithgow.
La joven asintió.
—Las monedas escasean, por lo que es mejor que hagamos noche a las afueras de la ciudad. ¿Te parece bien? —sugirió él.
Sakura estuvo de acuerdo y, viendo un pequeño camino, señaló:
—Seguro que por allí encontramos un buen sitio donde preparar algo de comer y pasar la noche.
Instantes después, tras llegar a un bonito paraje, la joven detuvo la carreta, se bajó de ella, estiró las piernas y, cuando iba a hablar, Gilroy asomó la cabeza por la podrida tela que cubría la parte trasera de la carreta y protestó:
—Rayos y centellas, Bicho... Esta niña vuelve a oler a podredumbre.
—Menuda mofeta está hecha —respondió ella riendo.
—Pues siento decirte que esta vez el paño te toca cambiarlo a ti —terció Matsuura.
—Nooooooo —gruñó Gilroy.
—Síííí... —se mofaron la joven y el japonés.
Minutos después, cuando Gilroy hubo hecho lo que le tocaba, preguntó:
—¿No vamos a la ciudad?
—No.
—¿Por qué?
Matsuura, al oírlo, dijo sin mirarlo:
—Muchacho, disfruta del presente y de la naturaleza.
El otro maldijo, aquello que le proponía era terriblemente aburrido, y Sakura, entendiéndolo, indicó mirando unos trozos de madera que había en el suelo:
—Ve a la ciudad y trae pan, habas y leche. Matsuura nos hará un guiso para cenar.
—Sí —afirmó Gilroy—, porque como lo hagas tú moriremos envenenados.
La muchacha rio. Sin lugar a dudas lo suyo no era la cocina, y resoplando insistió:
—Anda, ve.
Tras desatar uno de los caballos de la carreta, Gilroy se marchó feliz. En la ciudad podría tomarse un trago.
Una vez que Matsuura cogió en brazos a la pequeña Siggy y la dejó en el suelo, Sakura, tras sonreír a la pequeña, que le dedicó una preciosa sonrisa, cogió su arco y su espada.
—Iré a cazar algo para la cena.
Y, dicho eso, se alejó.
Un buen rato después, tras cazar un par de conejos, mientras aquellos cocían junto con las habas llevadas por Gilroy las zanahorias y el ajo que le había añadido Matsuura, Sakura jugaba con la pequeña Siggy en brazos.
En el tiempo que llevaban juntas, disfrutaban una barbaridad de aquellos momentos de tranquilidad. De pronto, Sakura miró hacia la derecha; le parecía haber visto algo que se movía. Durante unos segundos observó con disimulo, pero al no ver nada continuó con su juego.
Cuando la cena estuvo hecha, Gilroy, Matsuura, Sakura y la pequeña se sentaron alrededor del fuego que los calentaba para disfrutar de la comida. El olor del guiso de Matsuura era fantástico, pero de nuevo Sakura vio moverse unos matorrales. En esta ocasión continuó comiendo pero alerta por lo que pudiera pasar.
Luego estos volvieron a moverse y esa vez Sakura vio a un niño pasar mientras Matsuura comentaba:
—Ese ratón lleva un buen rato observándonos.
Con una sonrisa se miraron y el japonés, echando un vistazo a los matorrales, que cada vez se movían más, preguntó en voz alta:
—Muchacho, ¿quieres un poco de estofado de conejo?
El chiquillo no tardó en mostrarse. Sus ropas ajadas y su rostro sucio y escuálido lo decían todo. Tiritaba de frío. Sakura lo miró apenada, pero, intentando demostrarle que no pretendían engañarlo, cogió un trozo de pan y se lo tendió.
—Ven, acércate. Puedes sentarte con nosotros, calentarte y comer.
El muchacho los miraba con cierto recelo, pero el hambre y el frío que tenía parecían poder con él. Y, tras partir el pan y guardarse un trozo en el bolsillo del pantalón, se acercó a coger el cuenco de estofado calentito que el japonés le tendía y preguntó mirándolo:
—¿Podré repetir?
Gilroy soltó una carcajada y Sakura afirmó conmovida:
—Por supuesto que sí.
Con ganas, el muchachillo comenzó a devorar su plato. En un principio se quemaba, el ansia le podía, y Matsuura susurró:
—Tranquilo. Come despacio o te sentará mal.
Pero aquel tenía mucha prisa por comer y, cuando el cuenco de madera quedó totalmente vacío, dijo tendiéndoselo:
—Has dicho que podía repetir.
El hambre que tenía el chiquillo llamó la atención de todos, pero Matsuura, sin hablar, le volvió a llenar el cuenco de estofado.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó.
—Shii, señor.
Los tres adultos sonrieron y luego Sakura dijo:
—¿Y cuántos años tienes, Shii?
Aunque incómodo por sus preguntas, él se apresuró a responder:
—Diez, milady.
Con ansia, el niño cogió el cuenco de estofado, pero en esta ocasión no se sentó, sino que se quedó de pie con él en las manos, por lo que Sakura indicó:
—Siéntate y come tranquilamente.
El muchacho negó con la cabeza y dio un paso atrás.
—Me... me tengo que ir.
—Antes termina de comer —dijo Gilroy.
Pero el chico, mirando al cielo como si no lo hubiera oído, dio media vuelta, con tan mala suerte que sus pies se enredaron con una raíz que salía del suelo y cayó derramando el estofado.
Rápidamente Sakura se levantó para ayudarlo, y al ver cómo él recogía del suelo los trozos de conejo, la zanahoria y las habas con los ojos llenos de lágrimas, preguntó:
—¿Te has hecho daño?
El niño no contestó. Solo se centraba en meter todo lo que podía del estofado dentro del cuenco y, cuando acabó, Sakura lo sujetó de un brazo e insistió mirándolo a los ojos:
—¿Qué te pasa, Shii?
Con el rostro sucio, el muchacho la miró y, asustado mientras temblaba a causa del frío, dio un paso atrás. Sakura vio desconcierto y temor en su mirada y, creyendo entender qué ocurría, dijo:
—¿Has preguntado si podías repetir para llevarle esta comida a alguien? ¿Por eso te has guardado la mitad del pan en el bolsillo?
El niño no contestó, sino que miró de nuevo al cielo, y la joven insistió agachándose frente a él:
—Shii, me llamo Sakura y ellos son tío Matsuura, Gilroy y Siggy. ¿Dónde están tus padres? —Con cara de pánico, aquel no respondió, y ella prosiguió—: Entiendo que no nos conoces, pero necesito que sepas que queremos ayudarte. Por nuestra parte no te va a ocurrir nada malo.
Agobiado por la situación, al muchacho se le volvieron a llenar los ojos de lágrimas. Los últimos dos meses habían sido los peores de su vida y, sin saber por qué, pero al necesitar un abrazo, estrechó a Sakura con desesperación.
Desconcertada, ella lo abrazó a su vez mientras Gilroy y Matsuura, con Siggy en brazos, se levantaban para acercarse a ellos. Pero ¿qué le ocurría a ese muchachito?
Tras un rato en el que Sakura solo dijo palabras bonitas y cariñosas, esas que sus tíos le decían cuando ella era pequeña y necesitaba mimos, por fin el crío la soltó.
—El estofado es... es... para mi hermanita —dijo señalando el cuenco lleno de tierra.
La joven asintió y se disponía a quitarle el cuenco de las manos para reemplazarlo por otro limpio cuando aquel imploró:
—Por favor... Por favor, milady, no me lo quitéis.
Conmovida, ella lo miró.
—Cariño, si te quito el cazo es para darte uno limpio lleno de estofado que no tenga tierra. Por supuesto que podrás llevárselo a tu hermanita.
Oír eso y ver su gesto no era lo que el pequeño Shii esperaba, y al comprobar que Sakura le tendía la mano, se lo entregó. Con la angustia instalada en el pecho, el niño observó que ella cogía otro cuenco, lo llenaba de comida y, tragándose las lágrimas, susurró:
—Muchas gracias, milady.
Sakura asintió y, asiendo su mano, pidió:
—Ahora llévame a donde está tu hermanita.
Matsuura, Gilroy y ella se dejaron guiar por el pequeño. Cruzaron un pequeño riachuelo y, tras una arboleda, apareció algo parecido a una choza vieja y abandonada.
—¿Tus padres están ahí? —preguntó Sakura al verla.
El niño negó con la cabeza.
—Está Asami.
—¿Tu hermana?
—Sí —afirmó él.
Al acercarse a la desvencijada casucha, el chiquillo abrió la portezuela y, al entrar, los tres se quedaron sin palabras al encontrarse un lugar inhóspito, frío y sucio donde, sobre una vieja y mugrosa manta, había una pequeña dormida.
Rápidamente Shii se soltó de la mano de Sakura y, acercándose, se sentó sobre la manta y dijo mientras se sacaba el trozo de pan del bolsillo:
—Asami... Asami..., despierta. Traigo comida.
Con lentitud, la niña abrió los ojos y, al ver lo que su hermano le tendía, sonrió y lo cogió a toda prisa para llevárselo a la boca. No obstante, segundos después, al ver a aquellos desconocidos, se metió bajo la manta asustada.
Shii no se extrañó, pero, sin decir nada, fue hasta Sakura, cogió el cuenco de estofado de sus manos y, sentándose de nuevo en la manta, dijo levantando un extremo para mirar a su hermana:
—Todo esto es para ti.
La niña, al oler el humeante cuenco de estofado, se apresuró a preguntar:
—¿Para mí?
—Sí. Solo para ti y para Pousi —indicó señalando su inseparable muñeca de trapo.
—¿Y tú? —preguntó la cría tosiendo sin salir de debajo de la manta.
—Yo ya he comido.
Pero la pequeña no se movía, y con susto en la mirada preguntó tocándose el pañuelo que llevaba en la cabeza:
—¿Nos van a pegar?
Nada más oírlo, Gilroy, Matsuura y Sakura se miraron sorprendidos. Pero ¿qué burrada era esa? ¿Quién les había pegado?
—No..., no —se apresuró a decir Shii.
—Tengo susto —cuchicheó la cría.
El muchacho suspiró, pero, intentando convencer a su hermanita, insistió:
—Tranquila. Vamos, Asami, sal de ahí y come.
Como un conejillo asustado, la pequeña salió de debajo de la manta. Era muy menuda y tenía unos preciosos y enormes ojos verdes, iguales que los de su hermano, que llamaban la atención.
Con el corazón a mil, Sakura los observó mientras oía a la pequeña toser y la veía temblar. Tanto ella como Shii estaban desnutridos, ateridos. Solo había que ver sus delgados cuerpos y la tristeza en sus miradas para saber que no lo estaban pasando bien.
Conmovida por las palabras de la chiquilla y el miedo que veía en sus ojos, se acercó a ella y, sentándose a su lado, saludó.
—Hola, Asami, soy Sakura.
La pequeña la miró después de toser y ella, quitándose la chaqueta que llevaba, se la colocó sobre los hombros y, con mimo, le tocó un mechón del flequillo pelirrojo que escapaba del paño que llevaba sujeto a la cabeza.
—Tienes un pelo muy bonito —comentó.
La cría parpadeó al oírla y, de pronto, comenzó a llorar horrorizada.
Sin entender nada, Sakura miró a Matsuura y a Gilroy, que tampoco sabían qué hacer, y entonces Shii tomó aire y se dirigió a la joven:
—Milady, mejor no le habléis de su pelo.
Sin entender qué ocurría, Sakura miró a Matsuura y esté enseguida le indicó con un gesto que la abrazara. Sin dudarlo, Sakura lo hizo, pero entonces el trapo que la pequeña llevaba en la cabeza se cayó dejándola al descubierto. La niña tenía todo el pelo del lado derecho cortado casi desde la raíz. Incluso tenía heridas. Pero ¿cómo había podido hacerse aquello?
Asami, al ver cómo aquella la miraba, intensificó su llanto.
—Por las barbas infestas de Neptuno... —exclamó Sakura—. Pero ¿qué te ha ocurrido?
Rápidamente Shii, cogiendo el trapo, se lo volvió a anudar a su hermana en la cabeza, y la niña explicó entre hipidos:
—Las mujeres malas... las mujeres malas... me arrancaron el pelo.
Sin dar crédito, Sakura no sabía qué hacer, y Matsuura, tras pasarle la pequeña Siggy a Gilroy, se acercó a ellas y, cogiendo a la niña, la abrazó y susurró intentando que se sintiera protegida:
—Tranquila, pequeñita, esas mujeres no te volverán a hacer daño porque yo no se lo voy a permitir, ¿de acuerdo? ¿Confías en mí?
Conmovida por los lloros de la chiquilla y el cariño con que Matsuura le hablaba, Sakura se emocionó. Aún recordaba las veces que ella había llorado y él la había consolado.
Cuando Asami se tranquilizó y finalmente el japonés consiguió que comenzara a comer el guiso con ganas, a pesar de la tos, Sakura agarró a Shii de la mano y lo sacó fuera.
—¿Cuántos años tiene Asami? —preguntó.
—Cinco, milady.
—Llámame Sakura, por favor —le pidió ella. El crío asintió con una tímida sonrisa y luego la joven preguntó—: ¿Dónde están vuestros padres?
Shii miró hacia el cielo, contestar a aquello era complicado, y Sakura, viendo que el muchacho pelirrojo estaba fabricando una mentira, indicó:
—No quiero mentiras. ¿Dónde están?
—Muertos.
Oír eso y ver la mirada del niño hizo que Sakura asintiera, pero, necesitaba saber, así que insistió:
—¿Enfermaron y murieron?
—No.
—Entonces ¿qué pasó?
De nuevo, Shii miró hacia el cielo. Cada vez que no quería responder una pregunta hacía eso, pero Sakura, agarrándolo de la barbilla, volvió a insistir:
—¿Qué pasó?
Incapaz de huir de la verdad, finalmente el chiquillo se sentó sobre un tronco y susurró:
—Vivíamos en Roxburgh, pero... pero...
—¿Pero...?
Él se retiró el flequillo del rostro con su sucia mano y continuó:
—Tuvimos que trasladarnos el año pasado a Renfrew, huyendo de Roxburgh porque unas mujeres, al enterarse de que mi madre era inglesa, la acusaron de ser bruja.
Sakura suspiró. A muchos escoceses les costaba aceptar a personas de otros lugares, en especial a los ingleses.
—En Renfrew todo iba bien —continuó Shii—, hasta que un día mi madre se encontró en el mercado con una mujer de Roxburgh, y rápidamente esta la acusó ante todos de inglesa y bruja. Mamá se enfrentó a ella y esa noche, tras sacarnos de la casa en la madrugada, cuando mi padre fue a defendernos lo colgaron, y a mi madre la... la quemaron por bruja en la hoguera.
Horrorizada, Sakura no podía parpadear siquiera, pero el niño prosiguió con los ojos anegados en lágrimas:
—A Asami y a mí nos pegaron y nos encerraron en una porqueriza durante días, sin comer. Una mañana vinieron a por ella y yo no pude hacer nada. Le cortaron y le arrancaron el pelo para que todo el mundo supiera que era la hija de una bruja. Cuando vinieron a por mí, pude empujar a la mujer que intentó agarrarme, coger a mi hermana y huir.
—¿Por qué no acudiste a tu familia?
—Me dirigía hacia St. Andrews porque allí vive el único hermano de mi padre. Y..., bueno, en todo este tiempo he intentado cuidar de Asami, pero... pero... no lo hago bien. Hace frío. Apenas consigo comida y ella, por mi culpa, ha enfermado...
—No, cielo. No..., no..., no... —lo cortó Sakura conmovida—. Tú no tienes la culpa de nada. Ni siquiera de la tos de Asami.
—Pero, Sakura...
—Es más, deberías sentirte orgulloso, cariño, porque tú solito, con lo pequeño que eres, te has ocupado de ella y de ti.
Aquello no era consuelo para Shii, que, mirándola, susurró:
—Hay días que no consigo comida. Temo las represalias si de nuevo se enteran de que mi hermana... y... y... yo...
Sin dejarlo proseguir, Sakura lo abrazó. Aquel niño de tan corta edad había pasado por cosas terribles, y, besándolo con cariño en su sucia cabeza, musitó consciente de lo que necesitaba y de cómo se sentía al ser rechazado:
—Tranquilo. Solo estamos tú y yo. Puedes llorar.
Y durante un buen rato, Shii lo hizo. El pequeño lloró con ganas, con intensidad, con necesidad, y cuando por fin sus ojos se secaron y miró a Sakura sin saber qué decir, esta afirmó:
—Os llevaré a tu hermana y a ti hasta tu tío.
—¿En serio?
Ella sonrió y, dispuesta a que esos pequeños no pasaran más fatalidades, indicó:
—Yo nunca prometo, pero esto sí.
—A mamá le gustarías —susurró él cogiendo aire.
Con cariño, Sakura sonrió y, tocándole con mimo el rostro, afirmó:
—Y seguramente tu mamá me gustaría a mí.
Esa noche, cuando ella y el resto decidieron regresar a donde habían dejado la carreta y los caballos, eran dos más.
Antes de acomodar a los pequeños en el interior de la misma, la joven los obligó a bañarse en el río. En un principio la idea no les gustó, pues hacía frío, pero finalmente accedieron.
Una vez limpios, y mientras se secaban bajo unas mantas, Sakura preparó una infusión con unas hojas que llevaba en su talega y, en cuanto las coló y vertió el líquido en un vaso, pidió mirando a Asami:
—Tómate esto. Ya verás cómo pronto dejas de toser.
La pequeña, tras mirar a Shii y este asentir, cogió el vaso y al dar el primer trago, murmuró:
—No me gusta.
Sakura asintió. Sabía que no sabía especialmente bien. Y, recordando las cosas que sus tíos hacían por ella cuando era pequeña, cogió el vaso y a la muñequita Pousi. Tras hacer como que la muñeca bebía y después que la escuchaba, indicó:
—Pousi dice que no es lo más rico, pero que si te lo tomas te curará.
Y finalmente, mediante ese tipo de juegos, la cría se lo bebió.
Esa noche, cuando Sakura los acostó en el interior de la carreta, junto a Siggy, que dormía como una bendita, murmuró mirándolos:
—Mañana intentaré compraros algo de ropa de abrigo, ¿vale?
Ellos asintieron agradecidos, y Sakura, por instinto, se agachó y los besó a ambos antes de desearles las buenas noches. Ese simple gesto de cariño que su padre y sus tíos siempre le habían dedicado la emocionó, y la niña, con Pousi en la mano, susurró:
—Mamá también nos besaba antes de dormir.
—Y papá —recordó Shii.
Conmovida por ese recuerdo que perduraría en los niños para el resto de su vida, les guiñó un ojo y susurró:
—Desde donde estén os seguirán besando siempre cada noche. Y ahora a dormir. Mañana será otro día.
Dicho eso, se bajó de la carreta y, al ver a Matsuura y a Gilroy dormidos sobre sus mantas en el suelo, suspiró. Dejar espacio a los niños requería hacer ciertos sacrificios.
Sin sueño, se tumbó sobre su manta para contemplar las estrellas y sonrió. Si algo tenía claro era que había hecho bien no dejando de nuevo solos a esos pequeños. Ya no solo tenía que buscar un hogar para Siggy, sino que ahora, además, se había comprometido a llevar a Shii y a su hermanita con su tío.
