Capítulo 25
Pasaron diez días durante los cuales viajaron por Escocia vendiendo sus mercancías y Sakura disfrutaba de su libertad, ahora que Indra Ōtsutsuki había muerto y ya no podía delatarla.
En ese tiempo, Shii y Asami se habían integrado perfectamente en el grupo, y esta comenzaba a reír, a hablar, a comportarse como la niña que era, y todos estaban encantados con el cambio.
La mañana que llegaron a Dunfermline para vender su mercancía, a pesar de que el tiempo estaba cambiando, hacía un bonito día.
En el mercadillo, mientras los tres adultos atendían el puesto, Shii y su hermana permanecían en el interior de la carreta con la pequeña Siggy, aunque Asami, asustada por los extraños, pasaba casi todo el rato metida bajo una manta con Pousi.
Durante la mañana vendieron varias piezas que Sakura había confeccionado, pero de pronto Gilroy indicó:
—¡Bicho, ojo al parche a tu derecha!
Al mirar, Sakura vio cómo dos hombres que estaban frente al puesto cuchicheaban entre sí. ¡Mal asunto!
Matsuura, consciente de lo que aquellos tramaban, murmuró mirando a la joven:
—Creo que te va a tocar correr.
Sakura se acercó a ellos. Tenía claro lo que tío Matsuura había querido decirle; pero entonces aquellos, al sentirse descubiertos, sin dudar y con rapidez cogieron varias de las pulseras expuestas y se alejaron a la carrera.
—¡La madre que los...!
Sin perder ni un segundo, Sakura saltó por encima del puesto y comenzó a correr junto con Gilroy tras aquellos dos tipos. Por nada del mundo iban a permitir que se llevaran lo que les daba de comer.
Al salir de la plaza del mercadillo, los hombres se desviaron a la derecha. Gilroy y Sakura también. Los seguían muy de cerca cuando uno de ellos, al llegar a otra plaza, dio un traspié y se cayó.
—Gilroy, ¡tuyo! —exclamó la joven.
El grito de ella hizo que el otro mirara hacia atrás. No pensaba abandonar a su amigo, y menos por ser perseguido por una mujer.
La plaza estaba a rebosar de gente. Estaba repleta de tabernas donde se comía y bebía, y al ver aquello todo el mundo gritó.
Ignorando los muchos ojos que los observaban, Sakura miró al tipo que estaba frente a ella y dijo sin ganas de problemas:
—Devuélveme lo que llevas en los bolsillos y asunto zanjado.
Pero el tipo sonrió. Aquella joven menuda no lo asustaba, y replicó:
—Dalo por perdido, mujer. Lo que tengo ya es mío.
Sakura sonrió a su vez. Aquel idiota al final tendría un problema, y, sin amilanarse, musitó:
—¿Ah, sí? Conque esas tenemos...
Aquel asintió con seguridad y, sin dudarlo, sacó el puñal que llevaba en la cintura. Sakura entonces ancló bien los pies en el suelo y le advirtió:
—Yo que tú no lo intentaría. Te vas a hacer daño.
La gente que los rodeaba prorrumpió en risas burlonas al oír eso; era gracioso lo que aquella joven menuda decía.
—Para ser una mujer, eres muy osada —cuchicheó el tipo envalentonado.
—Eso dice siempre mi padre —se mofó ella haciendo reír de nuevo a quienes los observaban.
Sakura sabía que su audacia era lo primero que solía sorprender, y cuando aquel la atacó con la daga, se apartó de un salto. Viendo que ella también necesitaba defenderse, se sacó su daga de la bota y sin dudarlo atacó.
La gente gritaba y el hombre, al recibir un golpe que le hizo perder la daga, chilló furioso.
¿Cómo podía pelear así aquella mujer?
En ese momento a Sakura le pareció ver un rostro conocido entre la gente y, al volver a mirar, no se percató del bofetón que se le venía encima. La fuerza del impacto la hizo caer al suelo, pero rápidamente se levantó.
El sabor a óxido le hizo saber que le sangraba el labio. Eso la enfadó aún más, por lo que, dispuesta a acabar con aquello, se olvidó del rostro conocido y lanzó con todas sus fuerzas una patada al pecho de aquel, que lo hizo caer de culo.
El tipo la miraba sin poder creérselo y ella, limpiándose con el antebrazo la sangre de la boca, soltó:
—En ocasiones es un auténtico placer ser una mujer osada ante un mierda como tú.
La gente reía, aplaudía, quería sangre, se divertía; el tipo fue a levantarse y de pronto un hombre se interpuso entre él y la joven y, cogiéndolo del cuello, siseó:
—Devuelve ahora mismo lo que no es tuyo.
Gratamente sorprendida, Sakura comprobó que se trataba de Sasuke. Pero ¿qué estaba haciendo él allí?
Sin dudarlo, el tipo al final se sacó las pulseras que llevaba en el bolsillo y, tras entregárselas, Sasuke señaló:
—Ser amigo de lo ajeno nunca es una virtud. Y ahora vete antes de que decida cortarte las manos.
Dicho eso, lo soltó y aquel y su amigo salieron corriendo.
En un instante la mayor parte de la gente que se había congregado a su alrededor se esfumó; Sasuke la miró y ella iba a decir algo cuando oyó:
—Por todos los dioses, Sakura, ¡tienes que enseñarme cómo has dado esa patada!
De inmediato la joven vio a Temari a caballo junto a su marido, que al oír eso reprochó:
—Temari...
Pero la rubia, segura de lo que decía, insistió:
—Ha sido fascinante, Sakura. Quiero aprender.
Sorprendida, iba a hablar cuando Sasuke se acercó a ella y dijo entregándole lo que llevaba en las manos:
—Esto es tuyo.
Sin mirarlo, pero sintiendo cómo se le había acelerado el corazón, la joven lo cogió y el vikingo preguntó mirándola a los ojos al verla tan callada:
—¿Estás bien?
Aquel tono íntimo le puso el vello de punta.
Verlo ante ella, volver a encontrarse con él, era lo que durante días había anhelado. Y ahora que lo tenía enfrente no sabía qué decirle. Pero ¿cómo era tan tonta?
Asombrado por el silencio de aquella, Sasuke se preocupó. ¿Qué le ocurría?
De pronto, encontrarse con la joven cuando no lo esperaba había hecho que su corazón se acelerara. Durante días no había podido quitársela de la cabeza, y al descubrirla de pronto corriendo tras aquel tipo, no lo dudó y fue tras ella. Sin embargo, al verla ahora con sangre en la boca, estaba desconcertado. ¿Por qué había procedido así?
Por ello, y para intentar sosegarse, la cogió de la barbilla y, tras maldecir por lo bajo, indicó:
—Hay que curarte esa herida.
Temari, que se había apeado del caballo, se acercó a ella.
—Menudo golpe te ha dado.
Desconcertada por la presencia de aquellos allí, especialmente de Sasuke, Sakura intentó sonreír y, mirando a su alrededor, finalmente soltó:
—Ese gusano también se ha llevado lo suyo.
Oír aquellas palabras tan propias de Sakura en cierto modo tranquilizó a Sasuke. Pero al comprobar que Temari y ella hablaban riendo sobre lo ocurrido, se desesperó. ¿Es que esas mujeres no veían el peligro?
Feliz por el reencuentro, pero angustiado por la situación, el vikingo se dio la vuelta para acercarse a su caballo por si necesitaba algo cuando, al ver a varias personas que todavía los observaban curiosas, preguntó con gesto fiero:
—¿Qué demonios miráis?
De inmediato, aquellos se dieron la vuelta para alejarse y Temari le reprochó:
—¡Sasuke!
El aludido, a quien el corazón todavía le iba acelerado por ver la sangre en la boca de Sakura, gruñó:
—Sasuke, ¡¿qué?!
Naruto sonrió al oírlo. Estaba claro que aquella jovencita le preocupaba. La tensión en su mirada y en su cuerpo hizo que se viera reflejado en él, y se acercó para calmarlo.
—Tranquilo, amigo..., tranquilo.
Gilroy, que en silencio había sido testigo de todo, se aproximó a Sakura y a Temari. En la mano portaba otras piezas de bisutería y, sonriendo, cuchicheó:
—Bicho..., creo que lo hemos recuperado todo y tu frente está intacta.
Ambos rieron ante la incredulidad de Sasuke, cuando Temari preguntó:
—¡¿Bicho?!
Intentando no sonreír, Sakura iba a contestar cuando Gilroy se le adelantó:
—Desde pequeña siempre fue un bicho y con «Bicho» se quedó.
Temari asintió divertida.
—Si tu hermano lo dice, ¡por algo será!
De nuevo, los tres reían en el mismo instante en que unos caballos se acercaron a ellos. Eran Suigetsu, Neji y Gaara, junto a Tenten y Matsuri y el padre Murdoch.
Enseguida se apearon de los caballos para interesarse por su estado al ver la sangre en su rostro, y rápidamente Temari los tranquilizó.
—Por los clavos de Cristo, muchacha, cuánto salvaje hay suelto —se quejó el padre Murdoch y, apiadándose de Sakura, susurró—: Ven a una dulce jovencita desvalida e inexperta y a por ella van. ¡Espero que esos sinvergüenzas reciban su merecido!
—Lo han recibido, padre..., os lo aseguro —indicó Temari mirando a Sakura, que sonreía.
Instantes después, cuando aquellos, animados por Naruto, se adelantaron para acudir a un hostal a reservar unas habitaciones, Temari cogió el trapo que Sasuke le tendía y señaló dirigiéndose a Sakura:
—Ahora vamos a curarte el labio.
—No es nada...
—Seguramente, pero hay que curarlo.
La joven se lo permitió. Por norma era ella siempre quien curaba a los demás, y, suspirando, se dejó hacer.
Sasuke y Naruto los observaban en silencio cuando la joven le pidió a Gilroy:
—Regresa con tío Matsuura. Está solo en el puesto con los tres niños.
Una vez que él cogió lo que Sakura le tendía y se marchó, Naruto preguntó sorprendido:
—¿Tres niños? Que yo recuerde, era solo una pequeña.
Cuando Temari acabó de curarla, al ver que esperaban contestación a la pregunta, Sakura enseguida les contó lo ocurrido con Shii y Asami.
—Pobres chiquillos —musitó Sasuke, a quien la historia le había llegado al corazón.
—Para lo pequeños que son, han vivido muchas cosas desagradables —añadió ella—. Me extraña que aún sigan con vida.
Todos asintieron y entonces Temari, agarrándola del brazo, preguntó:
—¿Te apetece comer algo con nosotros?
Encantada por aquel encuentro, y más aún por haber vuelto a ver al vikingo, la joven exclamó:
—¡Las tripas me rugen!
Con una sonrisa, los cuatro se dirigieron hacia el hostal donde los esperaban el resto de sus amigos. En su camino, mientras Naruto y Temari iban cogidos de la mano charlando alegremente junto a sus caballos, Sasuke y Sakura lo hacían en silencio.
De reojo, la joven observaba al gigante pelinegro. Como siempre, su expresión era seria.
—¿No te alegra volver a verme? —le preguntó con una sonrisa.
Sasuke, que en realidad estaba contento para sus adentros, la miró sin sonreír y soltó:
—¿Por qué habría de alegrarme?
Sonriendo con picardía, ella lo miró y cuchicheó:
—Porque soy agradable a la vista, ¿o no?
Sorprendido por oírla decir algo así, Sasuke levantó las cejas.
—Sin duda hay gustos para todos —repuso.
Boquiabierta y molesta, la joven insistió:
—¿No soy de tu agrado?
Por su parte, el vikingo se encogió de hombros divertido.
—Suelo fijarme en mujeres tranquilas y apocadas con el cabello claro como el sol. Y tú precisamente no tienes nada de eso.
Sakura asintió y, decepcionada al saber aquello, susurró sin ser consciente de cómo él la miraba:
—Vaya..., pues qué bien.
Permanecieron unos segundos en silencio, hasta que ella, incapaz de callar, preguntó mirándolo a los ojos:
—¿Por qué siempre parece que estés de mal humor?
Oír eso inevitablemente lo hizo cambiar su gesto. Haberse encontrado de nuevo con aquella muchacha le había encantado, pero, dejando de mirarla, respondió:
—Porque así evito conversaciones innecesarias.
—¿Y te parece que esta conversación lo es?
Sasuke la miró. Le había gustado toparse con aquella, a la que no esperaba y en la que no había podido dejar de pensar. Pero, no dispuesto a reconocerlo, no respondió y Sakura cuchicheó con una media sonrisa:
—¡Me deja sin palabras la simpatía que me tienes!
El vikingo la miró. Aquella pequeña pelirosa que caminaba con una seguridad que lo sorprendía, además de atraerlo lo sacaba de sus casillas, y cuando iba a responder, ella murmuró con gracia:
—Venga, hombre, cambia esa expresión de «no te soporto» por otra más amable. Vale. Ya me has dejado claro que las pelirosas no te gustamos, e intuyo que piensas que hablo demasiado para ser una mujer, pero venga, reconócelo, ¡en el fondo te gusta que sea tan descarada!
Sorprendido por aquello, Sasuke no supo qué decir. Su trato con las mujeres era escaso y el cortejo, totalmente nulo. Por lo que durante unos segundos ambos caminaron en silencio, hasta que la joven, cansada, añadió:
—De acuerdo. Ya dejo de molestarte.
Y, dicho eso, apretó el paso y se colocó junto a Temari para continuar charlando. En ese instante, y sin que nadie lo viera, Sasuke sonrió.
Al llegar al hostal, entraron directamente en el comedor, donde se sentaron con sus amigos a degustar un exquisito estofado de cerdo que a todos les supo de maravilla. Con disimulo, Sakura observaba a Sasuke. Aunque no le hablara no podía dejar de observarlo cuando Neji preguntó:
—¿Está confirmado aquello que oímos?
Suigetsu Hōzuki asintió.
—Sí. Al parecer han avistado varios barcos pirata rondando las costas escocesas.
—¡Malditos! —protestó Naruto.
—Eso no puede significar nada más que problemas —comentó Sasuke.
—Sin lugar a dudas —concluyó Gaara.
Durante un rato Sakura escuchó cómo aquellos hablaban acerca de los sanguinarios piratas, hasta que, incapaz de callar, preguntó:
—¿Se habla de alguno en concreto?
Naruto asintió.
—Al parecer, el capitán Indra Ōtsutsuki informó del avistamiento de varios barcos del sanguinario Kizashi Haruno.
Oír esos nombres a Sakura le cerró el estómago. Estaba claro que Indra había querido perjudicarla, e indicó obviando lo que sabía de aquel:
—Y conociendo al fanfarrón, por no decir chucho de charca de Indra Ōtsutsuki, ¿lo creéis?
Según dijo eso, Neji replicó con gesto serio:
—Un poco de respeto. Indra Ōtsutsuki ha muerto.
Al oír eso, Sakura se hizo la sorprendida.
—Vaya..., pero ¿qué me dices? No lo sabía.
Todos se quedaron en silencio y Temari, acercándose a ella, cuchicheó:
—Me gusta lo de «chucho de charca».
Sakura sonrió y entonces Naruto, al ver el gesto de Neji por lo que había oído, indicó:
—Como bien sabéis, ese Ōtsutsuki no era santo de mi devoción. Pero si he de elegir entre él y el pirata Kizashi Haruno , mi decisión está clara.
—¿Y por qué lo tienes tan claro? —dijo Sakura sin poder evitarlo.
Según preguntó, todos la miraron; entonces Tenten intervino:
—Por el amor de Dios, Sakura, ¿cómo que por qué? Estamos hablando de ¡piratas! ¿Hay algo más desagradable que un sucio y rastrero pirata? ¿Y algo peor que Kizashi Haruno?
Sakura se mordió los labios y calló. Oír eso la incomodaba. Hablaban sin saber de su padre. Creían lo que otros escupían por la boca, y, clavando los ojos en su plato, prosiguió comiendo mientras aquellos continuaban con la conversación.
Sasuke la observó con curiosidad. ¿Qué le ocurría? Porque notaba que se tensaba ante los comentarios de sus amigos.
A Sakura le resultaba insoportable lo que estaba oyendo. Todo era negativo en lo referente a su padre, y, agobiada, miró hacia el fondo de la sala y de pronto se le heló la sangre al encontrarse con el rostro del hombre que había visto un buen rato antes, durante la pelea en la calle. Este, al ver que sus ojos habían conectado con los de la muchacha, le indicó que saliera del hostal con un gesto de la cabeza.
Pero, por Tritón, ¿qué hacía su tío allí?
Mientras el resto continuaba hablando, Sakura se levantó y se acercó hasta la barra. Allí se sirvió un vaso de agua de una jarra y, al ver que nadie de la mesa la miraba, salió del local. Una vez fuera, miró a ambos lados, hasta que oyó:
—Kurenai..., aquí.
Sin tiempo que perder, se acercó hasta el hombre que se escondía tras la esquina y cuando lo tuvo enfrente preguntó:
—Por las barbas de Neptuno, tío Asuma, pero ¿te has vuelto loco? ¿Qué haces aquí?
Él, encantado, la abrazó y, una vez que se separó de ella, cuchicheó:
—Estaba intranquilo. Nunca he estado tanto tiempo separado de ti y..., bueno, llegó hasta nuestros oídos lo de Indra Ōtsutsuki... Por Dios, muchacha, ¿es que te has vuelto loca? ¿Cómo se te ha ocurrido matarlo? Te podrían haber apresado.
Sakura asintió. Sin duda la noticia de la muerte de aquel se había extendido rápidamente, y Asuma, al ver que ella no decía nada, preguntó:
—¿Estás bien, mi vida?
—Sí, tío, tranquilo.
Él resopló y mirándola musitó:
—¡Repámpanos, Sakura! Lo último que queríamos era que te mancharas las manos con su sangre y...
—Tío —lo cortó ella, y pensando en Hashirama dijo—: ¿Y si te dijera que no fui yo?
Sorprendido, él parpadeó.
—¡Probablemente no te creería!
Sakura sonrió. Pensó en contarle lo que había descubierto del gobernador, pero entonces su tío murmuró:
—Mira, Kurenai , te lo digo muy en serio. Creo que...
—Sermones no, por favor. Ese gusano ya está muerto. Tema zanjado.
Asuma maldijo y, no queriendo ser pesado, sentenció:
—De acuerdo. No diré más, pero cuando regreses al barco hablaremos, ¿entendido?
—Entendido —suspiró la joven.
Durante unos segundos, aquellos, que se querían, se miraron, y luego Asuma susurró:
—Cuando he visto tu pelea con ese saco de mierda hace un rato, poco me ha faltado para meterme y arrancarle la cabeza.
Angustiada por lo mucho que aquel se exponía por estar allí, ella iba a hablar cuando él le entregó un saquito de monedas.
—Toma. No quiero que pases penurias como pretende tu padre.
Encantada de recibir el dinero, que le vendría de maravilla ahora que tenía a los niños, se lo guardó y musitó:
—Gracias..., gracias y gracias.
—Las que tú tienes, mi vida.
Complacida, al ver que él miraba a su alrededor Sakura preguntó entonces:
—¿Cómo está papá?
Asuma resopló, lo que hizo entender a la joven.
—Me hago una idea —afirmó.
—Tu padre es complicado... y cuando se enteró de lo de Indra, ¡ni te imaginas cómo se puso!
—¿Cómo sabías que estamos en Dunfermline? —preguntó ella a continuación con cariño.
Asuma miró de nuevo a su alrededor para controlar a todo el que pasaba junto a ellos y respondió:
—Porque cuando llegó hasta nuestros oídos lo de Indra nos temimos lo peor y te buscamos.
Ella lo miró sorprendida. Que la noticia hubiera llegado hasta ellos significaba que no debían de andar muy lejos de la costa escocesa, y cuando iba a protestar él le pidió:
—No te enfades, Kurenai. Estábamos en un sinvivir por ti, y creo que...
—Por Tritón, tío Asuma —lo cortó—. Debéis alejaros de inmediato de la costa. Antes de morir, Indra informó del avistamiento de nuestros barcos, y me niego a que por mi culpa os apresen...
—Kurenai, no sigas. Digas lo que digas, hasta que regreses al barco no estaremos tranquilos.
—Pero, tío...
—No hay peros que valgan. Velamos por ti.
La joven resopló. Saber aquello la incomodaba.
—¿Quiénes son esas personas con las que estás comiendo? —preguntó entonces él sonriendo.
—Unos amigos.
Asuma asintió.
—En realidad lo que me interesaría saber es quién es ese gigante pelinegro de ojos negros que ha detenido la pelea y al que he comprobado que no puedes dejar de mirar.
—¡Caray, tío Asuma...!
—¿Quién es, muchacha?
Consciente de que su tío había visto lo que había visto, pero dispuesta a quitarle hierro, ella respondió:
—Nadie importante. Solo es Sasuke.
—Pues para ser solo Sasuke y nadie importante —se mofó él—, lo miras con ese gesto tuyo de interés que tanto conozco.
—¡Tío Asuma!
—Ay, muchacha, ¡lo que te gustan los hombres de pelo y ojos negro!
—¡Tío, ya basta! —protestó.
El hombre asintió sonriendo. Ver bien a la que consideraba su hija era lo único que necesitaba, y con cariño indicó:
—Kurenai..., Kurenai..., nada me gustaría más que verte dichosa y feliz.
Y ella finalmente sonrió.
—He de regresar a El Demonio de las Olas —añadió él—. Estaremos en contacto. Adiós, mi bella Kurenai.
Dicho eso, el hombre se echó la capa de nuevo por la cabeza y, sin mirar atrás, se alejó.
Desde donde estaba, Sakura lo observó. Que su padre y sus tíos rondaran las costas escocesas y no pensaran moverse de allí no era buena idea. Todos deseaban apresar al temido capitán Haruno, y que este se pusiera en peligro la alarmaba.
—Se está levantando viento y va a llover con fuerza —oyó que Sasuke decía de pronto a su espalda.
Encogiéndose por la sorpresa, cerró los ojos, pero, al abrirlos, miró al cielo y respondió todo lo tranquila que pudo:
—Espero que no.
Tras unos segundos en silencio, y al ver que ella no hablaba, Sasuke preguntó:
—¿Pensabas irte sin decir adiós?
Al volverse comprobó que estaba tan cerca de ella que tuvo que levantar la cabeza para mirarlo a los ojos, e intentando sonreír repuso:
—Probablemente.
Se quedaron en silencio y luego ella, para desviar el tema, preguntó:
—¿Es cierto que los paganos sacrificáis a seres humanos?
Sasuke miró a Sakura sin dar crédito. Estaba claro que lo había desconcertado totalmente y, tras regalarle una de sus bonitas sonrisas, le guiñó un ojo y entró en el local de nuevo.
El vikingo no se movió. A través de una ventana del hostal había visto a la joven hablar con un hombre. Se acercó a ellos con curiosidad, pero demasiado tarde. Solo lo oyó decir: «Adiós, mi bella Kurenai».
¿Kurenai? Pero ¿no se llamaba Sakura?
Estaba claro que aquella joven ocultaba cosas que comenzaban a intrigarlo.
