Capítulo 26

A la mañana siguiente, cuando Matsuura se despertó e informó de que se iba a cazar algo para desayunar, Sakura asintió y, mirando a Siggy, sonrió.

Durante un rato jugó con la pequeña, hasta que finalmente decidió vestirse, y al bajar de la carreta vio acercarse unos caballos.

Los miró con curiosidad, y la sonrisa se le ensanchó al percatarse de que eran Temari, Tenten y Matsuri.

Contenta, las saludó con la mano y, cuando estas llegaron hasta ella y se apearon, la joven preguntó:

—Pero ¿qué hacéis aquí?

Temari se acercó hasta ella encantada y, tras cogerle de los brazos a Siggy, respondió:

—Hoy los hombres tenían que reunirse para tratar ciertos asuntos con el laird Montgomery, y nosotras nos disponíamos a ir a Sambery, un pueblo de pescadores donde viven unos conocidos de Tenten, para saludarlos.

—Vaya...

—Ameyuri, una antigua sirvienta de mi casa, vende hierbas, muy buenas, por cierto —afirmó Tenten—. Y hemos decidido pasar para ver si querías acompañarnos.

Gustosa porque hubieran pensado en ella, Sakura sonrió y de inmediato preguntó:

—¿Sabéis si vende Charmaemelon?

—Sí —contestó Tenten—. Soy bastante torpe y tener Charmaemelon me ayuda a curar las heridas.

Sakura sonrió al oír eso e indicó:

—Sabes que esa fantástica hierba sirve para más cosas, ¿verdad?

Ella negó con la cabeza, y la joven explicó:

—La Charmaemelon sirve, además de para limpiar heridas como tú has dicho, para tratar quemaduras, picaduras, incluso para lavar la nariz, los ojos, la boca y los oídos.

—¿En serio?

Sakura asintió.

—Si los ojos se ponen malos, unos emplastes de Charmaemelon a primera hora de la mañana y a última hora de la tarde los mejoran rápidamente.

—Oh..., no lo sabía, ¡gracias!

Estaba sonriendo por aquello cuando Matsuri preguntó:

—¿Entiendes de hierbas y plantas?

—Siempre me han gustado —dijo Sakura.

—Eso está muy bien —afirmó Temari.

Las mujeres se contemplaban encantadas cuando Sakura, acercándose a la carreta, exclamó mirando al suelo:

—Gilroy... ¡Gilroy!

El aludido, que dormía plácidamente, protestó.

—No jorobes, Bicho. Déjame dormir un rato más.

Eso hizo reír a las demás y Sakura, dándole con el pie en el hombro, insistió:

—Vamos, holgazán, ¡levanta!

Al volverse, Gilroy iba a protestar de nuevo, pero al ver a las mujeres, finalmente contuvo sus palabras y saludó.

—Bu-buenos días, miladies.

Oír eso hizo sonreír a Sakura, que dijo mirándolo:

—Matsuura ha salido a cazar algo para desayunar. Asami y Shii están dormidos. Yo me voy, quédate con Siggy y dile al tío que regresaré a lo largo de la mañana, ¿entendido?

—¿Cómo que te vas? —protestó él levantándose.

—Lo que has oído.

Gilroy se disponía a quejarse de nuevo cuando Tenten añadió:

—Solo serán unas horas.

Molesto por aquello, el hombre maldijo en silencio. No le hacía gracia que Sakura se alejara sin ir acompañada de Matsuura o de él, y cuando iba a protestar Sakura añadió mientras se colgaba la katana a la espalda:

—Gilroy, métete en la carreta con Siggy, acurrúcala y se dormirá. Vamos, ¡hazlo!

A cada instante más molesto por sus palabras, el aludido se disponía a decir algo cuando Matsuri, mirando la espada que aquella había cogido, preguntó:

—¿Es esa la katana?

Sakura asintió orgullosa. A continuación la desenvainó con destreza y se la mostró a sus amigas.

Durante unos instantes todas observaron aquella espada curva y afilada, hasta que Sakura, guardándola, dijo al ver que Gilroy había desaparecido dentro de la carreta con la pequeña:

—Venga, vayámonos antes de que los niños se despierten.

—Cuanto más lo veo, más ¡muero de amor! —exclamó entonces Temari mirando al caballo.

Sakura sonrió y acarició el hocico de aquel precioso caballo fiordo y, besándoselo, cuchicheó:

—¡Eres un rompecorazones, Pirata!

Las mujeres rieron y, subiéndose cada una a su montura, se alejaron siguiendo las indicaciones de Tenten.

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.

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Durante la mañana en Sambery, las cuatro estuvieron en casa de los conocidos de Tenten, que se desvivieron por darles todo lo que tenían. Eran unas personas humildes, pero tremendamente bondadosas y encantadoras. La mujer, Ameyuri, era nórdica, y cuando llegó a Escocia fue el padre de Tenten quien la ayudó a integrarse en el país. Durante más de diez años Ameyuri vivió con Tenten y su familia en sus tierras, hasta que se enamoró de Tokara, un escocés con el que se casó para ser feliz.

Pocas veces se habían visto desde entonces. Pero siempre que alguien de la familia de Tenten pasaba por aquellas tierras, se desviaba para ir a ver a la mujer, a la que querían un montón.

Complacida con la acogida por parte de aquellos, Sakura sin dudarlo sacó de su talega unas pulseras de plata y le regaló una a Ameyuri y otra a su hija Ashina. Tener un detalle con aquellas personas por lo bien que la habían recibido era lo mínimo que podía hacer.

Gustosa y emocionada, Ameyuri miró el presente. Ni en el mejor de sus sueños había imaginado poder tener nunca algo así y, viendo las letras que estaban grabadas en el interior de la pulsera, preguntó:

—¿Qué significa «M. K.»?

—Son las iniciales de los nombres de sus padres. Sakura firma así sus joyas. ¿A que es ideal? —dijo Tenten encantada.

Después de tomar algo, se encaminaron hacia el mercadillo, donde su hijo Yagura atendía el puesto de pescado de su padre y Ashina, el de hierbas de su madre. La joven, al recibir la pulsera que su madre le entregó de parte de Sakura, se lo agradeció encantada. Era preciosa. Algo que ella nunca podría costearse.

Durante un buen rato Sakura olió las hierbas que aquellas vendían. Sin duda eran buenas, increíbles, y muchas de ellas difíciles de conseguir en Escocia, pues eran originarias de otros países. Por ello, mirando a Ameyuri preguntó:

—¿De dónde habéis sacado la canela y el jengibre?

La mujer sonrió.

—Se los vendió un amigo de mi hijo Yagura, ¿a que son fantásticos?

Sakura asintió. Sin duda eran de lo mejorcito. Tan buenos que le resultaba extraño que el hijo de aquella pudiera haber pagado una mercancía tan extraordinaria.

Al ver los zapatos agujereados de Ashina y la preciosa camisa de seda que llevaba Yagura, algo no le cuadró. ¿Cómo podían comprar aquellas exóticas y caras especias y aquella camisa y no tener para un par de zapatos nuevos?

Resultaba más que evidente que aquellos que les habían abierto la puerta de su casa y les habían dado todo lo que tenían atravesaban dificultades económicas, aunque el hijo, por lo que veía, era otro cantar. Por ello, y segura de su decisión, se quitó el precioso broche que su padre le había entregado para un caso de urgencia y dijo mirando al patriarca:

—Toma, Tokara. Véndelo y os darán unas buenas monedas por él.

Tan sorprendidas como el hombre, Temari, Tenten y Matsuri la miraron; entonces Sakura, consciente de la realidad que estaba viendo, susurró:

—Ashina necesita calzado y, por lo que he visto, tú y Ameyuri también. Por favor, acéptalo. Lo necesitáis. Y cuando alguien necesita algo los amigos han de ayudar.

Tokara, conmovido por el buen corazón de aquella muchacha, susurró:

—Muchas gracias, milady. Pero no os preocupéis: como siempre que viene a vernos a Sambery, Tenten nos ayuda.

Complacida por saber que su amiga había ido hasta allí no solo para comprar hierbas, Sakura sonrió. Y, al darse cuenta de que Tokara no quería ni tocar la joya, insistió al ver a Ashina reír por algo que su madre decía:

—Si no lo quieres vender, guárdalo. Pueden lucirlo Ameyuri y Ashina. Quédatelo, guárdalo y... —miró a Yagura y continuó—, si pasáis por un grave apuro, podéis venderlo para sortear el bache.

Sus amigas se conmovieron al oír eso. No conocían a Sakura. Solo sabían que vivía en una destartalada carreta junto a tres niños que había recogido en su camino y se dedicaba a vender sus joyas. Pero, sin duda, lo que estaba haciendo en ese momento la honraba.

Tokara sonrió y, algo nervioso, preguntó consciente de cómo aquella joven observaba a su hijo:

—¿En qué apuro nos podemos encontrar, milady?

Sakura lo miró. No quiso ser indiscreta con lo que veía y calló. Algo le decía que Yagura no era trigo limpio, por lo que miró por última vez el broche, que como todo lo que ella hacía estaba marcado con las iniciales «M. K.», y metiéndoselo a Tokara con disimulo en el bolsillo de la camisa, repuso:

—En la vida hay muchos altibajos, y siempre hay que estar preparado y alerta para lo que pueda venir.

El hombre asintió, pero, incapaz de hablarle de su hijo, respondió:

—Tomo nota de lo que decís, pero, por favor, guardaos el broche. Es vuestro.

La joven blasfemó como el peor de los piratas al oír su negativa.

—Por favor, Sakura..., esa boca —murmuró Tenten.

Ella negó con la cabeza y, consciente de que el broche estaba en el bolsillo de aquel, insistió para que supiera lo que era cuando lo encontrara:

—La gema que adorna el centro del broche es española. Concretamente procede de Almería, un lugar famoso por sus magníficos rubíes.

De pronto, un silbido muy particular hizo que Tokara y su hijo se miraran.

Sakura, que se percató de ello, rápidamente preguntó:

—¿Qué ocurre?

—Nada, milady —se apresuró a contestar Tokara.

Sin querer ser pesada, Sakura calló, pero observó cómo Yagura, el hijo del matrimonio, se agachaba en su puesto de pescado para posteriormente alejarse y ocultarse tras una de las columnas que había al fondo de la plaza.

¿De qué se escondía?

De inmediato, Tokara se encaminó hacia la pescadería. La mercancía que habían pescado esa madrugada no podía quedar sin vigilancia, y, consciente del peligro que se avecinaba, dijo para que las muchachas se marcharan:

—Milady, os agradezco el detalle, pero, por mucho que quisiéramos, ni Ameyuri ni Ashina podrían lucir algo tan majestuoso. Que poseamos algo así, siendo unos simples vendedores de hierbas y de pescado, daría que hablar a la gente y no quisiera exponerlas a peligros innecesarios.

—Ya os pone en peligro Yagura, ¿verdad? —preguntó Sakura.

El hombre, que había empezado a atender a una mujer que le había pedido un pescado, no contestó, y Tenten, que no se había percatado de nada, propuso entonces:

—Debemos irnos.

—Excelente idea —afirmó Tokara apremiándolas.

Sakura miró a su alrededor y observó cómo Tenten se despedía con cariño del hombre.

—¿Qué te ocurre? —preguntó Temari.

La joven le señaló con la cabeza al hijo de aquellos, que permanecía oculto.

—Eso —contestó.

Rápidamente Temari miró y, al ver a Yagura agachado tras una columna, dijo:

—¿De quién se esconde?

Sakura resopló, no conseguía adivinarlo, e indicó:

—No lo sé. Eso me gustaría saber.

Sin darse cuenta de nada de lo que ocurría con su marido y su hijo, tras dejar a Ashina al mando del puesto de hierbas, Ameyuri se acercó a las jóvenes y las animó a regresar a su casa. Allí tenían los caballos con los que deberían volver al hostal del pueblo de al lado.

Mientras Tenten charlaba con tranquilidad con ella, Matsuri, al ver que Temari y Sakura de vez en cuando miraban hacia atrás, dijo:

—¿Qué os ocurre?

Enseguida le contaron lo que habían visto, y Ameyuri, que las oyó, susurró consciente de lo problemático que era su hijo:

—Será mejor que regreséis cuanto antes junto a vuestros esposos.

—¿Por qué se esconde Yagura? —quiso saber Sakura.

—Por todos los santos, Ameyuri, ¿qué ocurre? —exclamó Tenten al oír eso.

—No será por los piratas que han avistado, ¿no? —observó Sakura incómoda.

La mujer, que desconocía la verdad, repitió la mentira que su marido le había contado la noche anterior, al regresar su hijo de madrugada.

—Tonterías de muchachos de su edad.

—¿Y por eso se esconde? —preguntó Temari.

Ameyuri suspiró.

—Este hijo mío es demasiado inquieto. Pero os aseguro que lo que sea que ocurra posiblemente se resolverá hoy con un par de puñetazos.

Oír eso hizo reír a las mujeres, y luego Tenten afirmó:

—Pues entonces lo mejor es que regresemos y dejemos que Yagura resuelva sus problemas.

Una vez que llegaron a la casa de aquellos y cada una se subió a su propio caballo, tras despedirse de la encantadora mujer las cuatro jóvenes retomaron su camino.

Ameyuri, por su parte, sin ser consciente del peligro que se acercaba, regresó al mercadillo y Tokara, al verla aparecer, gritó:

—Vete con Ashina para casa ¡ya! Y no salgáis hasta que yo llegue.

—Pero ¡¿qué pasa?!

—¡Vete! —insistió él tras besarla.

—¿Qué ha hecho Yagura esta vez?

—¡Márchate, Ameyuri! Luego te lo cuento.

La mujer, cogiendo a su hija de la mano, tiró de ella para llevársela mientras buscaba angustiada con la mirada a su hijo. ¿Qué fechoría habría hecho esta vez?

El muchacho, al ver quiénes aparecían al fondo de la plaza, anduvo hasta su padre, y Tokara blasfemando siseó:

—Te lo dije, Yagura, ¡te lo dije! Te dije que no lo hicieras. —El chico no habló y aquel insistió—: Aléjate ahora mismo de aquí y no regreses a casa hasta bien entrada la noche, ¿entendido?

—Pero, padre...

—¡Vete! —repitió Tokara.

El muchacho, asustado, finalmente asintió y se marchó corriendo.

El problema de Yagura en realidad era grave. Él y un amigo suyo habían entrado en uno de los barcos atracados en el muelle dos días antes para robar y lo que encontraron en sus bodegas los sorprendió. Por imprudentes, los pillaron y, aunque esa noche escaparon ilesos y con algo de mercancía, en su huida mataron a uno de los marineros, y estaba visto que habían localizado a Yagura.

Desesperado por despistar a aquellos hombres de mar que iban directos hacia su hijo, Tokara comenzó a gritar:

—¡Regalo pescado! ¡¿Quién quiere pescado fresco gratis?!

Ni que decir tiene que el bullicio que se originó frente a la pescadería fue monumental. ¿Pescado fresco gratis? ¿Quién no iba a quererlo?

Sin dar crédito, Ameyuri se detuvo al oír gritar a su marido. Pero ¿qué hacía regalando el pescado que les daría de comer durante un par de días?

Y, dispuesta a pedirle una explicación, dijo a Ashina:

—Vete para casa, ahora voy yo.

La chica se alejó sin dudarlo y ella, entre empujones, intentó llegar hasta su marido. Pero ¿qué locura estaba haciendo?

Instantes después, varios de los hombres que provenían del puerto maldecían al ser arrollados por las personas que reclamaban el pescado. Se miraron entre ellos y el cabecilla, que no era otro que su capitán, siseó dirigiéndose al alcalde del pueblo:

—Que corra la voz que somos gente del pirata Kizashi Haruno.

El alcalde de Sambery asintió. La visita de aquel en su puerto siempre lo enriquecía y no era bueno que supieran quién había originado todo aquello.

—Capitán —dijo un hombre—, el que regala el pescado es el padre del muchacho.

—¡La rata huye por la derecha! —afirmó otro señalando.

Kayui Ringo, que estaba al frente de El Tritón Rojo, el segundo barco de Indra, que había pasado a ser suyo tras su muerte, ordenó al ver al chico correr:

—Apresadlo y matadlo. Yo iré a por el padre.

Y, dicho eso, se encaminó hacia donde estaba Tokara. Pero, viendo cómo todos los empujaban a su alrededor, gritó:

—¡Quitadme de encima a las ratas!

En menos de dos segundos aquellos tipos sacaron sus espadas y comenzaron a atacar a la gente, que, asustada, empezó a chillar, mientras los otros corrían tras el muchacho. Horrorizado, Tokara vio cómo apresaban a su hijo. ¡Tenía que ayudarlo!

En medio de todo aquel desastre, Ameyuri intentó escapar, pero le fue imposible. Y cuando sintió que algo le atravesaba el abdomen, como pudo llegó junto a un puesto del mercado, donde se dejó caer al suelo mientras la gente huía a su alrededor.

Al mirarse el abdomen y ver cómo la sangre empapaba su ropa a un ritmo excesivamente acelerado, cerró los ojos. Aquello tenía muy mala pinta. Unas lágrimas brotaron de sus ojos mientras intentaba encontrar a Tokara y a su hijo con la mirada. Tenía que avisarlos, decirles que corrieran, pero no los veía.

¿Por qué no le había hecho caso a su marido?