Capítulo 27

Las chicas cabalgaban de regreso a Dunfermline mientras charlaban de sus cosas y comentaban que las hierbas que habían comprado en el puesto de Ameyuri eran de una calidad excelente.

—Callad un segundo —pidió Sakura de pronto.

Las demás guardaron silencio y prestaron atención, pero no oyeron nada, excepto los trinos de los pájaros y los resuellos de los caballos.

—¿Qué ocurre? —preguntó Tenten.

De nuevo, Sakura pidió silencio.

—¿No habéis oído gritos? —dijo al cabo.

Volvieron a prestar atención, pero después de unos segundos Matsuri respondió:

—Yo no oigo nada.

—Ni yo —convino Temari.

Continuaron en silencio unos instantes, y finalmente Sakura indicó encogiéndose de hombros:

—Me había parecido oír unos gritos.

—Habrá sido algún pájaro. —Tenten sonrió—. Por cierto, ¡muero de amor por esos preciosos pájaros de colas azules! ¿Los habéis visto?

Matsuri asintió, sabía a qué pájaros se refería, y acto seguido continuaron su camino de vuelta. Al rato, antes de llegar a Dunfermline, pasaron por el lugar donde se encontraba la carreta de Sakura, con Matsuura y los niños.

Desde lejos, la joven pudo ver cómo los pequeños correteaban cerca del japonés, y Temari preguntó:

—¿Son Asami y Shii?

Ella asintió.

—¿Los niños de los que nos hablaste? —preguntó Matsuri.

Sakura afirmó de nuevo y, al ver que la chiquilla se subía a la carreta y desaparecía en su interior, comentó:

—Seguro que, en cuanto nos ha visto, se ha asustado y se ha metido bajo las mantas.

—Pobre... —susurró Matsuri.

Lo que les había ocurrido a aquellos niños era terrible.

—No te preocupes, Sakura —añadió Tenten—. Ya verás cómo tarde o temprano Asami dejará de hacerlo.

—Eso espero —dijo ella con tristeza.

Una vez que las cuatro mujeres llegaron hasta la destartalada carreta, Temari indicó mirándola:

—Creo que deberías cambiarla por otra. Cualquier día esta carreta...

—Lo sé —convino ella. Pero, omitiendo que allí solo vivirían unos meses, señaló—: Tienes razón, pero de momento es nuestro hogar.

Al verlas llegar, tío Matsuura y Gilroy se dirigieron hacia ellas. Con cariño, las mujeres saludaron a aquellos y a la pequeña Siggy, que les sonrió. La niña era un bomboncito, y verla siempre alegraba el corazón.

—Hola, Shii, soy Matsuri, una amiga de Sakura —saludó la muchacha al niño.

El chiquillo, que observaba algo rezagado, las saludó con una tímida sonrisa. A continuación, Sakura se asomó al interior de la carreta y llamó:

—¡Asami!

Como era de esperar, la niña estaba oculta bajo una manta, y la joven insistió:

—Asami y Pousi, salid de ahí.

Finalmente, la cría asomó la cabeza y Sakura musitó con cariño:

—Ven, quiero presentarte a unas amigas.

Ella negó con la cabeza. Las personas, y especialmente las mujeres, le daban miedo.

—Te prometo por mi vida que no te harán daño —insistió la joven.

—Pousi y yo tenemos susto.

Sakura sonrió al oírla.

—Cariño, no debéis tener susto.

Pero la chiquilla seguía sin moverse; entonces Shii se subió a la carreta.

—Asami, haz caso a Sakura o harás que se enfade y nos dejará solos en el siguiente pueblo.

Nada más oír eso la pequeña dio un salto para acudir junto a ella. La joven, conmovida por su reacción, iba a decir algo cuando Asami, abrazándola con su vieja muñeca en la mano, rogó:

—No..., no nos dejes, por favor..., por favor..., por favor...

Percibir que la niña la necesitaba hizo que Sakura la abrazara con seguridad y, mirando a Shii, susurró:

—Tranquila, cielo..., tranquila...

Instantes después, con una temblorosa Asami en los brazos, Sakura acudió de nuevo junto a sus nuevas amigas.

—Os presento a la preciosa Asami y a Pousi.

Temari, Tenten y Matsuri miraron a la pequeña con cariño y esta última, extendiendo los brazos dijo:

—Hola, Asami, ¡qué precioso nombre tienes! —Y tocando con mimo la muñeca añadió—: Y Pousi es muy bonita también.

A continuación, las tres mujeres, ante los ojos agradecidos de Matsuura, Gilroy y Sakura, se deshicieron en halagos con la pequeña para hacerla sentir bien y que dejara de tener miedo.

Ninguna mencionó el pañuelo que cubría su cabeza. Y cuando finalmente Asami se relajó y cogió confianza, Sakura la dejó en el suelo.

Un buen rato después vio a la niña sentada charlando con las chicas; se acercó a Shii, que estaba junto a los caballos, y, tras tocarle con afecto la cabeza, murmuró:

—Yo nunca os dejaría porque Asami no me haga caso.

Él sonrió al oírla y meneó la cabeza.

—Lo sé, Sakura. Pero para que mi hermana saliera de debajo de la manta tenía que amenazarla con lo que sé que teme.

Sakura parpadeó confundida y luego él aclaró:

—Asami tiene miedo de que nos abandones.

—Shii...

—Es pequeña —prosiguió el niño—, pero precisamente por lo que hemos pasado al quedarnos solos sabe que vosotros tenéis que repartir vuestra comida con nosotros, siendo vuestras raciones más pequeñas, y es consciente, como yo, de que para que nosotros durmamos en la carreta, tío Matsuura y Gilroy duermen fuera de ella.

Conmovida por lo que oía, Sakura se disponía a replicar cuando el pequeño preguntó en un hilo de voz:

—No nos vas a abandonar, ¿verdad?

Sin poder apartar la mirada de aquel chiquillo que le suplicaba amor, Sakura lo abrazó y susurró besándolo:

—No, cariño. Nunca os abandonaría.

—¿Y si el tío Shiba no nos quiere? —preguntó Shii.

—Pero ¿por qué no os va a querer? —dijo ella sorprendida.

Shii se encogió de hombros. Aquel tío nunca se había llevado especialmente bien con su padre y, sin saber qué responder, oyó que Sakura añadía:

—Shii, lo poco que tenemos es para todos, y en lo referente a tu tío, en cuanto os vea seguro que se alegra de saber que vais a estar con él. Él os dará un hogar y...

—Teniéndote a ti ya tenemos ese hogar —la cortó él.

Sorprendida por aquello que aquel muchacho sentía a pesar del poco tiempo que llevaba junto a ella, la joven sonrió.

—Gracias por tus palabras. Te aseguro que es una de las cosas más bonitas que me han dicho en la vida. Pero, como bien sabes, Shii, en ocasiones el futuro puede ser muy incierto, y creo que un hogar ha de ser algo más que una mísera carreta, que es lo único que puedo ofrecerte yo.

Ambos se miraban con muchas preguntas en la cabeza cuando Temari se les acercó.

—Sakura, ¿podemos hablar un segundo?

Levantándose, Shii se encaminó hacia donde su hermana hablaba con el resto del grupo, y Temari susurró mirando al chiquillo:

—Parecen buenos niños.

—Lo son —afirmó Sakura.

Durante unos instantes se quedaron calladas, hasta que Temari preguntó:

—¿Qué vas a hacer con ellos?

Sakura suspiró y se encogió de hombros.

—Llevarlos con su tío, que al parecer vive en Saint Andrews, y si por alguna razón eso no pudiera ser, tendré que buscarles un hogar como a Siggy.

Su amiga, al ver cómo ella miraba a los niños, que reían junto a Matsuura y a Gilroy, comentó entonces sin poder evitarlo:

—¿No crees que ya han encontrado su hogar? —Sakura la miró—. He visto cómo Asami se siente protegida por Matsuura, cómo Siggy le sonríe a Gilroy y cómo Shii te abraza y te mira a ti... ¿No crees que vosotros ya sois su hogar?

Oír eso era bonito pero duro, por lo que Sakura, con los ojos llenos de lágrimas, se levantó para que nadie la viera y preguntó dándose la vuelta:

—¿Crees que esta vieja carreta es un hogar?

—Hey, Sakura... —susurró Temari.

Alejándose unos pasos para no ser oída, la joven Haruno indicó:

—Yo no lo creo. En mi opinión, esos maravillosos niños se merecen algo mejor. Además, yo...

De pronto, calló. Pero ¿qué iba a decir?

—Además, tú ¿qué? —preguntó Temari con curiosidad.

Ella cerró los ojos. No podía contar la verdad. No podía decirles que era la hija del pirata Haruno, esa que todos creían que mataba a la gente para posteriormente utilizar sus cráneos como cuencos para la sopa, por lo que tomando aire respondió:

—Pues que, además, no sé cuidarlos. No soy su madre ni sé qué es lo que hace una madre. Por desgracia, la mía murió siendo yo un bebé y no tengo muchas referencias.

Su amiga asintió al oírla. Esa historia le recordaba a la suya propia.

—Mi madre también murió cuando yo era muy pequeña —explicó—, y mi padre me llevó junto a la que era su familia en Noruega. Su mujer, Urd, nunca quiso ser mi madre. Siempre me puso las cosas difíciles, aunque en su lecho de muerte me pidió perdón y yo la perdoné. Por suerte, con ellos y mis hermanos vivía Chiyo, una escocesa a la que mi padre liberó de su cautiverio y trabajaba como criada en la casa. Desde que entré por la puerta Chiyo fue como mi madre. Ella me abrazó, me cuidó, me mimó, me escuchó, se preocupó por mí y, sobre todo, me dio su amor. Todas esas cosas son las que hace una madre, y todo eso es lo que tú les estás dando a esos niños. Así que no digas que no sabes qué es lo que hace una madre, porque eso ya lo estás haciendo y muy bien.

Oír eso hizo asentir a Sakura, y Temari continuó:

—Entiendo que encontrarte de pronto al cargo de tres niños no ha de ser fácil. Yo solo tengo una hija, a la que por cierto me muero por ver y que Chiyo está cuidando ahora como una abuela. Pero quizá la vida haya puesto a esos niños en tu camino por y para algo, Sakura. Deberías pensarlo.

Ella sonrió y tomó aire.

—Temari, por las cosas que cuentas siento que ni tu vida ni la mía han sido fáciles. Pero digamos que mi vida ha estado marcada por ciertas circunstancias que no quisiera que dañaran el futuro de esos pequeños.

—¿Qué circunstancias?

Sakura miró a la joven rubia a los ojos. Algo en su interior le decía que podía fiarse de ella, sincerarse. Que ella ni se iba a asustar ni la iba a echar de su lado. Pero, consciente de que revelar su secreto podría poner en peligro la vida de Gilroy y de Matsuura, finalmente musitó:

—Prefiero no hablar de ello.

—Pero, Sakura, ¿qué temes? —La aludida la miró y Temari insistió—: No sé qué es lo que no quieres contar de ti y no lo entiendo. ¿Y sabes por qué no? —Sakura negó conmovida con la cabeza—. Porque te miro y veo a una buena persona, una persona cariñosa y con un corazón inmenso. Por eso no lo entiendo.

Sakura sonrió. Cada vez que alguien le decía algo bonito temía más la reacción de esa persona si supiera realmente quién era ella. Por lo que, bajando la voz, respondió:

—Siento no poder contártelo. De verdad, Temari, casi es mejor para ti que no lo sepas.

Pero ¿qué podía ocultar aquella?, pensó la rubia. Y, a pesar de lo mucho que deseaba saber, no insistió. En algunos momentos de su pasado ella misma había guardado secretos por sus circunstancias y posteriormente los había revelado. Pero, sin duda, decidirse a hacerlo llevaba su tiempo, y como no quería atosigarla, cuchicheó:

—Estoy aquí para cuando desees hablar conmigo y sincerarte. Te lo digo de corazón. Te aseguro que no te juzgaré. Solo te escucharé y trataré de entenderte.

—Lo sé —afirmó Sakura.

Ambas se miraban a los ojos cuando Temari cambió de tema.

—Quiero que sepas que estos días Sasuke ha pensado mucho en ti.

Sakura la miró sorprendida.

—¿Y cómo lo sabes?

—Porque lo conozco.

La joven sonrió, le gustaba oír eso; que él hubiera pensado en ella, como ella lo había hecho en él, le resultaba increíble.

—Sakura —añadió Temari—, algo me dice que, en cuanto Sasuke se dé una oportunidad y sepa que su vida junto a ti no tiene por qué ser un problema sino una bendición, cambiará de actitud.

La muchacha volvió de nuevo a la realidad al oír eso. Bendición, lo que se decía una bendición, no era; al contrario, por ser ella quien era, más bien constituía un problema.

—Eso nunca ocurrirá —repuso tras coger aire.

—¿Por qué? ¿Acaso ahora vas a ser tú tan cabezota como él?

Sakura sonrió.

—La última vez que nos vimos en Edimburgo me dijiste que no volverías a insistir con el tema. Estás faltando a tu palabra...

Temari asintió. Sin duda tenía razón. Y, dándose por vencida de momento, añadió cambiando de tema:

—Ha sido muy bonito lo que has hecho por Ameyuri, Tokara y su familia. —Sakura la miró y ella continuó—: He visto cómo le metías el broche a Tokara en el bolsillo. Sin duda, cuando el hombre lo encuentre, ¡se llevará una sorpresa!

Eso hizo sonreír a la joven, que, encogiéndose de hombros, susurró:

—Si puedes ayudar a quien lo necesita, ¿por qué no hacerlo? Ese broche fue el primero que confeccioné y quizá por eso es especial. Por suerte, no estoy pasando penurias como para venderlo para poder subsistir, pero ellos sí, y lo necesitan. —Y, consciente de que en cuanto lo quisiera recuperar su padre la ayudaría, finalizó—: La verdad, te aseguro que dormiré mucho mejor sabiendo que, gracias a la venta de ese broche, Ameyuri y su familia podrán vivir más tranquilos.

De pronto, se oyó el galope de un caballo. Ambas jóvenes levantaron la vista y vieron que alguien se acercaba.

Todos se pusieron en pie y Asami se apresuró a meterse en la carreta para ocultarse bajo la manta. El caballo paró ante ellos y un hombre al que no conocían exclamó:

—¡Alejaos de aquí! ¡Estáis en peligro!

—¿Qué ocurre? —preguntó Matsuri.

El hombre, sin bajarse de su caballo, rápidamente aclaró:

—¡Piratas!... Los piratas del capitán Kizashi Haruno y su hija han llegado a Sambery, sembrando el caos y la destrucción.

Sin poder creerlo, Sakura no supo qué responder. ¿Qué decía aquel hombre?

Acto seguido él les relató el ataque que había tenido lugar en el mercadillo del pueblo.

—Por el amor de Dios..., ¡muero de horror! —murmuró Tenten.

Antes de marcharse el hombre repitió lo ocurrido, y Sakura, mirando a las demás, siseó:

—¡Por las barbas de Neptuno! Así pues, los gritos que me ha parecido oír eran reales. —Y, corriendo para coger su katana y su caballo, dijo mientras las otras tres iban a toda velocidad hacia sus monturas—: Tío Matsuura, tú y Gilroy os quedaréis aquí con los niños.

—¡Ni hablar! Iré contigo —afirmó el japonés tras oír lo que aquel hombre había contado.

Sin embargo, la joven negó con la cabeza.

—Sabes tan bien como yo que los niños no se pueden quedar a solas con Gilroy. —Y, bajando la voz, añadió—: Dudo que sean los nuestros quienes han hecho eso. Papá no haría algo así.

—Me contaste que ayer viste a Asuma, y ese hombre ha dicho...

—Ese hombre puede decir misa. Te aseguro que los nuestros no han sido —afirmó Sakura convencida.

Matsuura maldijo. Sin duda ella tenía razón.

—De acuerdo —asintió—, pero ten cuidado. No te pongas en peligro, y tampoco quiero chichones.

Ese comentario hizo que ambos rieran y a continuación Matsuura indicó señalando a las mujeres:

—Enviaré a Gilroy en busca de sus maridos para informarlos de lo ocurrido en el mercado.

Y, sin tiempo que perder, las cuatro jóvenes emprendieron el camino de regreso a Sambery.

¿Le habría pasado algo a la familia de Ameyuri?