Capítulo 28
La llegada a casa de Ameyuri fue terrible. Cuando las muchachas entraron, esta estaba repleta de gente que las miraba con desconfianza, y se quedaron sin saber qué decir al encontrarse con los cuerpos sin vida de la mujer y su hijo Yagura en el salón.
Ashina lloraba desesperada, y Tokara estaba en shock.
Tenten rompió a llorar horrorizada. Matsuri la consolaba, mientras Temari y Sakura, gracias a su fortaleza, intentando serenarse se acercaron a Tokara para preguntarle en qué podían ayudar y, sobre todo, para saber qué era lo que había ocurrido.
Una vez que él les contó que habían sido atacados en el mercadillo porque días antes Yagura había hecho una de las suyas con unos amigos, Sakura miró paralizada a su alrededor. Desde siempre la muerte había formado parte de su vida, y aunque sufría cada vez que perdía a algún integrante del barco de su padre, nunca había vivido un momento como aquel, tan íntimo y familiar.
Agobiada por la situación, y más aún porque los vecinos repetían continuamente que su padre había sido el causante del ataque, salió al exterior a tomar el aire.
No podía creerlo. Ni su padre ni sus tíos harían algo así nunca.
Las personas que estaban a su lado la observaban con curiosidad. Era una extraña, pero su manera de mirarla no inquietó a Sakura; ella estaba acostumbrada a eso y más. En ese momento oyó que alguien decía:
—Esto es tuyo.
Sorprendida, se dio la vuelta para encontrarse con Tokara, que le tendía una de las pulseras de plata que horas antes les había regalado.
—Mi Ameyuri ya no la necesita.
Su voz, rota por el dolor, hizo que Sakura lo abrazara y murmurara:
—Tokara..., lo siento. Lo siento mucho.
El hombre asintió y, secándose las lágrimas que inevitablemente corrían por su rostro, dijo bajando la voz para no ser oído:
—Como la buena nórdica que era, Ameyuri siempre me decía que debía ver la muerte como parte de la vida. Mi hijo era un buen muchacho, pero hace tiempo comenzó a frecuentar ciertas compañías que lo hicieron cambiar. Lo volvieron ambicioso y... y...
No pudo continuar, pues la angustia pudo con él. Su mujer. Su hijo. Perder a dos seres queridos en un mismo día era algo que nunca habría imaginado, y Sakura lo abrazó de nuevo.
—Tranquilo, Tokara. Tranquilo.
Conteniendo sus sentimientos, el hombre tomó aire. Por Ashina, su hija, debía ser fuerte, y mientras se encaminaban hacia la puerta trasera de la casa, murmuró mirando a Sakura:
—Esos malditos piratas han destrozado mi vida.
Ella trató de consolarlo, pero, incapaz de callar, preguntó:
—¿Por qué dices que eran piratas del capitán Haruno?
—Porque lo eran.
Desesperada, ella clavó su oscura mirada en él e insistió:
—¿En qué te basas?
—Muchacha..., creo que... —empezó a decir él bajando la voz.
—Tokara, por favor, ¿por qué estás tan seguro de que eran ellos?
El hombre, confundido, tras tomar aire para llenar sus pulmones, susurró para que solo ella lo oyera:
—Sé que metiste el broche en mi bolsillo, pero no te lo puedo devolver porque quien originó esta masacre me obligó a decir que los asaltantes eran hombres del capitán Haruno y la sanguinaria de su hija.
—¿Qué?
Tokara asintió avergonzado.
—Me dijo que mataría a Ashina si no lo hacía —añadió—. Y..., también, que cuando te viera te dijese que él mismo te devolvería el broche antes de matarte.
Sakura lo miraba boquiabierta sin percatarse de que alguien trataba de escuchar su conversación desde el otro lado de la puerta.
—Muchacha —cuchicheó él entonces—, no sé de qué conoces a ese hombre, pero estás en peligro. Huye cuanto antes de aquí para que no te encuentre.
Sakura no daba crédito a lo que oía; del único que tenía que escapar estaba muerto, por lo que, sin poder remediarlo, preguntó:
—Pero ¿de quién he de huir?
Con rabia en los ojos y en el corazón, finalmente Tokara soltó:
—Del maldito capitán Kayui Ringo.
Oír ese nombre la hizo maldecir. Estaba claro que aquel sabía que ella había tenido algo que ver en la muerte de su amigo Indra, de ahí que los culpara de lo ocurrido.
—¡Maldita sea! —murmuró.
—Ese hombre es peligroso, como lo era Indra Ōtsutsuki—insistió Tokara.
—Lo sé —afirmó ella.
—Cada vez que El Tritón Rojo o La Bella Escocia atracan cerca, algo me dice que no son buenas personas, aunque sean amigos de quien imparte justicia en la zona. Por fortuna, uno de ellos está muerto, pero el otro parece querer justicia.
La joven asintió, Tokara no podía estar más acertado.
—Yagura no quiso hacerme caso —continuó el hombre—. Se lo dije. Le advertí que no se acercara al barco, a sus hombres ni a la mercancía, pero se enteró de que portaban grandes cantidades de hierbas que a su madre le vendría bien vender y... y... no quiso escucharme. Entrar en ese barco fue su perdición. Vio más de lo que debería y...
—¿Qué vio? —quiso saber Sakura.
Tokara, que tenía los ojos empañados por el dolor, musitó:
—Entre montones de cosas que no debían transportar, en sus bodegas había unas cuarenta personas encadenadas, hombres y mujeres escoceses. Yagura pudo hablar con uno de ellos y le dijo entre sollozos que había oído que se los llevaban a Asia para venderlos como esclavos.
Sakura asintió horrorizada y, cuando iba a preguntar algo, un vecino se acercó a ellos y, dando un paso atrás, la joven se alejó.
Durante un rato rumió lo que le había contado Tokara. Indra estaba muerto, pero ahora era Kayui quien podía buscarle problemas. Y aunque eso no le importaba demasiado, sí que le importaba que echase la culpa a su padre y a ella de lo ocurrido.
Esclavos. A menudo había oído decir eso en referencia a lo que Indra y Kayui transportaban en sus barcos, pero ni su padre ni ella habían querido creerlo. No obstante, acababa de descubrir que era cierto. No contentos con la piratería, ahora también compraban y vendían personas. Aquellos hombres eran un horror.
Sin duda había llegado el momento de terminar con aquello. Indra ya no estaba, por lo que solo tenía que acabar con Kayui Ringo. Sabiendo lo que sabía no podía permitir que aquel terrible hombre, al que nadie consideraba un pirata, siguiera robando, matando y secuestrando y no pagara por ello. Sakura tenía que hacer algo, y lo haría aunque le costara la muerte.
Odiaba a Kayui igual que a Indra, el asco que les tenía era tremendo. Y, dispuesta a darle su merecido a Kayui por echarles las culpas del ataque, dio media vuelta y se dirigió hacia su montura. Debía acercarse al puerto y comprobar si el barco de aquel aún seguía allí.
Cuando alcanzó su caballo, Temari, que había escuchado parte de su conversación oculta tras la puerta, simplemente dijo:
—Vayas a donde vayas, voy contigo.
Y, sin hablar, ambas se dirigieron hacia el puerto de Sambery. Antes de llegar pasaron por la plaza. Aquel lugar, que durante el mercadillo estaba repleto de risas y vida, ahora, tras lo ocurrido, era un caos. No solo habían muerto Ameyuri y Yagura, sino que habían sido muchos más.
De pronto, Sakura se detuvo y se quedó mirando una embarcación que ya no estaba atracada en el puerto. El Tritón Rojo estaba ahora fondeado mar adentro para evitar que alguien externo a la nave pudiera acceder a ella. Estaba claro que Kayui no quería más sorpresas.
Durante unos instantes las dos jóvenes permanecieron en silencio, hasta que Sakura vio de pronto a Kayui a lo lejos. La suerte estaba de su parte. Siguiendo la dirección de su mirada, Temari lo vio también y preguntó:
—Pero ¿ese no es el que estaba el otro día en la fiesta de los clanes con Indra Ōtsutsuki?
—Sí —asintió ella—. Indra poseía dos barcos. Kayui capitanea uno de ellos, e intuyo que, tras la muerte de su amigo, ahora él es el dueño de ambos. Créeme, Temari, todos estáis muy equivocados en cuanto a Indra y Kayui. No son buena gente. De hecho, Kayui es quien ha matado a Ameyuri y...
—Pero ¿qué dices? —la interrumpió ella—. Quienes han causado la masacre han sido los piratas del capitán Haruno y la sanguinaria de su hija.
—¡No han sido ellos!
—¿Cómo que no?
Sakura la miró y luego indicó con una seguridad aplastante:
—Kayui ha obligado a Tokara a decir que fueron ellos amenazándolo con matar a Ashina. Aquí los únicos piratas que han asesinado a alguien han sido Kayui y sus hombres.
Temari asintió; estaba claro que aquella conocía detalles que ella ignoraba. Al ver que Kayui se metía en un prostíbulo y deducir lo que Sakura estaba pensando, susurró:
—No creo que sea buena idea.
—Probablemente —repuso ella.
Durante unos segundos ambas guardaron silencio, hasta que finalmente la rubia afirmó:
—Si Naruto se entera, me matará.
Sakura se bajó del caballo e indicó:
—Quédate aquí. Iré yo.
—De eso nada —protestó Temari—. Si tú vas, yo también.
Oír eso hizo que su amiga la mirara e insistiera:
—Temari, tú lo has dicho: ¡Naruto te matará! Quédate aquí.
La rubia sonrió.
—Te acompañaré, me mate Naruto o no.
—¡Temari!
—¡Sakura!
—¡No seas cabezota!
—¡Mira quién fue a hablar!
Sin poder evitarlo, las dos sonrieron por su cabezonería, y luego la rubia pidió:
—Prométeme que, cuando salgamos de ahí, me contarás lo que has callado hasta el momento. Sea lo que sea y seas quien seas, quiero saberlo.
—Prometer no es lo mío.
—¡Sakura!
La aludida sonrió de nuevo.
—Soy sincera. No me gusta prometer cosas que no sé si podré cumplir.
Temari se disponía a replicar cuando ella indicó mirándola:
—Ahora debes confiar en mí y no asustarte, sorprenderte ni juzgarme por nada de lo que haga o diga cuando entremos en ese burdel.
—Pero ¿qué vas a hacer?
—¡Ya lo verás!
Temari parpadeó y, acto seguido, Sakura dijo sonriendo:
—¡Entremos!
Tomando aire, las dos mujeres, que iban vestidas con pantalones, entraron en la taberna. Como era de esperar, el local estaba lleno de hombres y prostitutas, que, al verlas, rápidamente comenzaron a meterse con ellas.
Las dos jóvenes, sin inmutarse, continuaron caminando en busca de Kayui, pero no conseguían verlo.
De pronto, Sakura notó que alguien la agarraba de una pierna y, sin dudarlo, lanzó el codo hacia atrás para estampárselo a un tipo en toda la nariz. Este empezó a sangrar y ella, mirándolo, preguntó:
—¿Quieres que ahora te corte la verga?
—¡Atrévete, guarra! —gritó aquel.
—Eso, tú anímame..., muerdebotas —se mofó Sakura ante el gesto pasmado de Temari.
Los hombres rieron y otro tipo se levantó de la mesa, se colocó delante de la pelirosa y, de forma inesperada y sin mediar palabra, ella le dio un cabezazo que lo hizo caer al suelo.
Temari, al verlo, se apresuró a preguntar inquieta:
—Por Dios, ¿estás bien?
Dolorida por el golpe, pero sin cambiar su gesto fiero, Sakura asintió y, sonriendo de una manera que Temari no le conocía, indicó alto y claro para que todos la oyeran:
—Soy Suika Kannonji y estoy mejor que ese mascaalmohadas de mierda...
Temari levantó las cejas al oír eso. ¿Suika Kannonji?
Las risas de los hombres no tardaron en hacerse oír. Sakura, parándose ante una mesa, le gritó a un tipo que había sentado a ella:
—¡Tú, grumete de aguadulce, levanta tu sucio y agrietado culo de ahí o juro que, como lo tenga que levantar yo, lo usaré como cebo para los tiburones!
El hombre se apresuró a levantarse ante la sorpresa de Temari y Sakura se sentó en su sitio. Entonces otro se dispuso a acercarse a ella, pero la pelirosa, acostumbrada a bregar con aquel tipo de gente, lo detuvo levantando una pierna mientras gritaba:
—¡Acércate, zarrapastroso maloliente, y te arranco los dientes!
Temari no cabía en sí de su asombro. Sabía que Sakura era fuerte, guerrera, una mujer con carácter, pero ver cómo se manejaba con los hombres y el rudo vocabulario que utilizaba la sorprendió.
—Vamos, Suika Kannonji, ¡báilanos un poquito! —dijo uno mirándolas.
—Bailaría sobre tu fea tumba —replicó ella—, pero algo me dice que eres tan malnacido e hijo de Satanás que ni sepultura merecerás.
—Eh, Suika, ¡no te pases! Soy un lobo de mar.
Oír eso hizo que ella sonriera con descaro y, mirándolo, exclamó:
—¡Por las barbas de Neptuno! ¿Lobo de mar, tú? —Él volvió a asentir, y esta afirmó—: Yo más bien creo que eres un jodido chucho de charca.
De nuevo, las risas volvieron a inundar el local. Aquella mujer era muy ingeniosa. Pero en ese instante una de las prostitutas se acercó a su mesa y, mirándolas con inquina, soltó:
—Este es un local solo para hombres, ¿acaso no os habéis dado cuenta?
Temari y Sakura se miraron y luego la primera preguntó:
—¿Tú no eres una mujer?
—Sí.
—¿Y qué haces aquí?
—Estoy trabajando —replicó la prostituta molesta por sus preguntas.
—¿Cómo te llamas? —dijo Sakura sin darle un respiro.
—Tessa.
Ella asintió y, con actitud chulesca, indicó observando a una joven que servía copas por las mesas:
—Pues sigue con lo que hacías, Tessa. Nosotras no vamos a requerir tus servicios. Eso sí, dile a... ¿Cómo se llama la mujer que está al lado de la joven que sirve las bebidas?
De inmediato, Tessa miró y, al ver a quién se refería, dijo con desagrado:
—Beth. Aunque yo la llamo Beth la Sucia.
—Pues dile a la que está junto a Beth que nos ponga dos tragos. Y bien servidos.
La mujer se separó de ellas con gesto asqueado y acto seguido Temari preguntó dirigiéndose a su amiga:
—¿Me puedes explicar qué estás haciendo..., Suika?
—Buscando información.
—¿Y buscas información insultando a todo quisque?
—Sí.
La rubia parpadeó e, intentando no reír, se mofó:
—Ah, vale..., saber eso me deja más tranquila. Por un momento pensé que estabas buscando que nos mataran.
Sakura no respondió. Entonces, la camarera llegó hasta ellas y dijo tras colocar las copas sobre la mesa:
—Dos monedas.
Sakura asintió y, dejando cuatro para que aquella lo viera, señaló:
—Si me dices en qué habitación está el capitán Kayui Ringo, las dos monedas que sobran son para ti.
La chica miró el dinero. Proposiciones como aquella allí había pocas y, poniendo la mano encima, musitó:
—Tercera planta, segunda puerta a la izquierda.
Temari sonrió y Sakura miró a aquella y dijo apresándole la mano:
—Si nos has mentido o se te ocurre advertir de adónde nos dirigimos, juro que regresaré, te buscaré y, sin dudarlo, te mataré, ¿queda claro?
La chica, algo asustada por la fuerza de aquella, asintió y, al marcharse, Temari iba a decir algo cuando Sakura, a quien le dolía la cabeza por el cabezazo, preguntó:
—¿Se me está abultando la frente?
La rubia asintió y luego dijo boquiabierta por todo lo que estaba descubriendo de ella:
—Tremendo chichón verde.
Sakura blasfemó al pensar en su tío Matsuura y, tras coger el vaso y bebérselo de un tirón, cuchicheó:
—Vamos. Tómatelo.
Temari le dio un trago. Aquello sabía a rayos y, dejando la bebida sobre la mesa, preguntó:
—¿En serio te lo has bebido?
—Sí.
—Pero ¡está asqueroso!
—He bebido cosas peores —repuso ella.
Y, sin tiempo que perder, la joven Haruno, dispuesta a que todo el mundo mirara para otro lado para así ellas poder moverse libremente por el prostíbulo, se levantó y gritó:
—¡Ehhh, Beth la Sucia! ¡Dice Tessa que tienes liendres en tus partes bajas, ¿es eso cierto?!
Al oírlo, las aludidas se miraron y, antes de que nadie pudiera evitarlo, se agarraron de los pelos y comenzaron a pelearse, mientras los hombres las jaleaban encantados con el espectáculo.
—Sígueme —apremió Sakura dirigiéndose a su amiga.
Sin tiempo que perder, ambas alcanzaron la escalera, subieron hasta la tercera planta y, al llegar frente a la puerta donde supuestamente estaba Kayui, Sakura le pidió a Temari:
—Ponte la capucha y oculta tu rostro.
—¿Por qué?
—Porque cuanto menos te vean, mejor.
A continuación, dispuestas a todo y sin pensar en nada más, abrieron la puerta de una patada.
En cuanto esta se abrió, Kayui, que disfrutaba de los placeres de la carne con una mujer, se levantó de la cama desnudo.
Rápidamente cogió su espada, pero Sakura, abalanzándose sobre él, lo hizo rodar por el suelo. Temari cerró entonces la puerta del cuarto y, mirando a la mujer, que estaba asustada sobre la cama, se llevó un dedo a los labios y le advirtió:
—Si chillas, te mato.
Durante unos instantes Kayui y Sakura se pelearon en el suelo, hasta que finalmente ella, sacándose una de las dagas que llevaba, la colocó junto al miembro viril de aquel y, mirándolo a los ojos, musitó:
—Nada me gustaría más que cortártela.
—No te atrevas —siseó él.
Al ver la mirada de su amiga, Temari se temió lo peor.
—Motivos tengo, y bien lo sabes —susurró ella.
—Mataste a Indra —escupió Kayui molesto por haber sido pillado de aquella manera—. Fuiste tú, lo sé. Y lo vas a pagar.
Sakura sonrió y, sin mirar a su amiga, que escuchaba sorprendida, escupió:
—Tú sí que vas a pagar por lo que has hecho.
—Maldita pira...
Antes de que terminara de pronunciar la última palabra y Temari lo oyera, Sakura se apresuró a propinarle un bofetón.
—No me llames «pirada» —repuso.
Kayui la empujó furioso y volvieron a rodar por el suelo; Sakura, tras darle una patada en sus partes que lo hizo ver las estrellas, soltó inmovilizándolo:
—¿Qué es eso de que han sido los piratas Haruno quienes han causado esa masacre? —Kayui, al que le faltaba el aire por el fuerte golpe recibido, no respondió—. Eres un maldito hijo de perra. Un malnacido. Un despojo humano —continuó ella—. ¿Cómo has sido capaz de hacer algo como lo de hoy? ¿Cómo puedes dormir matando a gente y culpando a otros? ¿De verdad unas míseras especias merecían la muerte de ese muchacho, su madre y todos los que te has llevado por delante?
—La justicia me amparaba —logró decir Kayui tras recuperar el resuello—. Mataron a uno de mis hombres y me robaron.
A cada segundo más enfadada, Sakura gruñó:
—La justicia se equivoca al creer que tú y el muerto erais honrados comerciantes, cuando bien sabes que es todo lo contrario —replicó evitando decir la palabra pirata para no poner sobre aviso a Temari—. Y que tengas la poca vergüenza de culpar a quien nunca ha estado aquí me demuestra una vez más lo gusano podrido que eres. Pero, ¿sabes?, eso se va a acabar, porque en esta ocasión he pillado tu juego sucio y pienso actuar. Por tanto, si no quieres que al amanecer el gobernador Hashirama Senju, al que conozco personalmente, revise de arriba abajo El Tritón Rojo, tienes que hacer dos cosas. La primera, correr la voz de que el capitán Kizashi Haruno y su hija no tuvieron nada que ver con la masacre del mercado. Y, la segunda, liberar a las personas que tienes cautivas en las bodegas del barco y que tenías pensado vender en Asia.
Temari parpadeó. ¿Era cierto lo que estaba oyendo?
Recordar cómo ella había sido apresada en Noruega para ser vendida en Escocia no le resultaba grato. La sensación de miedo e impotencia aún le era difícil de olvidar, y cuando iba a hablar Sakura le dio otro bofetón a aquel y añadió:
—Hoy es tu día de suerte. No te voy a matar porque necesito que hagas lo que te pido, pero ten por seguro que, si nos volvemos a ver, no pienso ser tan benevolente. Y como se te ocurra acercarte a Tokara o a su hija, te buscaré, te cortaré tu asquerosa verga y te la comerás, ¿te queda claro?
Kayui, enfadado y acobardado, pues sabía lo bestia que podía ser la joven, llevado por el momento y dispuesto a sacarla de sus casillas, cuchicheó:
—Princesa, no me...
—Hijo de Satanás..., ¡no me llames así!
Y, sin poder retenerse, bajó ligeramente la mano y le clavó la punta de la daga en la pierna. Kayui gritó dolorido, y la joven, mirándolo, siseó:
—Disfrutaré despellejándote si vuelves a llamarme así.
—Sakura —murmuró Temari al ver su mirada oscura.
La fiereza que veía en ella solo podía equipararla con la que ella sintió cuando tuvo ante sí a la persona que mató a su familia.
Pero ¿qué le ocurría a Sakura?
Inquieta, al oír pisadas fuertes y rápidas provenientes del exterior, Temari susurró:
—Creo que sube alguien... —Y, mirando a la mujer que la observaba desnuda desde la cama, ordenó—: Tú, levanta y ayúdame a bloquear la puerta.
Sin dilación, aquella obedeció y Temari y ella movieron unos muebles para que nadie pudiera entrar en el cuarto.
Kayui jadeaba. La herida infligida por Sakura era dolorosa, por lo que, mirándola, iba a hablar cuando esta, clavando aún más la daga, masculló:
—Recuerda: desmiente que lo que has hecho tú ha sido el capitán Haruno, y quiero a esas personas en tierra antes del amanecer, ¡¿entendido?!
En ese instante alguien golpeó la puerta.
De inmediato, Kayui gritó para pedir ayuda y los golpes se multiplicaron.
—Tenemos que salir de aquí —se apresuró a decir Temari—. No creo que eso aguante mucho.
Furiosa, Sakura le dio un fuerte bofetón a aquel en toda la cara que hizo que la cabeza del pirata rebotara contra el suelo y este perdiera la consciencia. Al verlo inmóvil rápidamente comprobó si respiraba y, como lo hacía, murmuró:
—Mal por mal...
Luego, rabiosa por todo, le soltó un nuevo puñetazo en la nariz que lo hizo sangrar de nuevo.
Sin prisa, le arrancó la daga de la pierna y se levantó. Fue hasta donde estaba la ropa de Kayui y, tras rebuscar en sus bolsillos y encontrar el broche que le había robado a Tokara, miró a la mujer que los observaba desnuda y asustada e indicó al ver que su amiga abría la ventana:
—Cuando despierte dile que más le vale hacer lo que le he dicho o pagará las consecuencias.
Dicho esto, Temari y ella miraron hacia la calle. Lanzarse desde allí era una temeridad, pero Sakura, acostumbrada a ese tipo de huidas, se subió al alféizar de la ventana y, al ver cómo los muebles que sujetaban la puerta se balanceaban, dijo asiéndose a un palo que sobresalía de la fachada:
—Subamos.
—¿A la azotea?
—Sí. Es la mejor opción.
Sin dilación, ambas treparon como pudieron hasta la azotea del prostíbulo.
Una vez allí, se miraron y Temari preguntó:
—¿Mataste a Indra Ōtsutsuki?
Sakura, sin querer confirmarlo o desmentirlo, tan solo respondió:
—Probablemente.
Y, recordando que antes se había hecho la sorprendida al hablar sobre el tema, la rubia añadió:
—Sakura, tus secretos comienzan a inquietarme.
—Solo te pido que esto quede entre tú y yo.
Consciente del problema que sería que alguien se enterara de ello, Temari se apresuró a decir:
—Te lo juro por mi vida.
Sakura sonrió agradecida.
—¿Cómo sabías lo de los esclavos que quiere vender? —preguntó su amiga a continuación.
—Yagura se lo dijo a Tokara, y él a mí.
Temari asintió, al menos le había respondido a aquello, y volvió a preguntar:
—¿Y por qué quieres que desmienta lo del capitán Kizashi Haruno? ¿Qué tienes que ver tú con ese pirata?
Sakura cogió aire y resopló. Responder a eso era fácil y complicado al mismo tiempo, y, tras pensarlo unos segundos, dijo mirando a su alrededor para buscar una salida:
—Quiero que lo desmienta por una simple cuestión de humanidad. Si no ha sido el capitán Haruno, ¿por qué atribuirle a él el crimen?
La joven rubia asintió.
—¿Crees que Kayui soltará a esa gente?
Sakura, que seguía buscando una vía de escape con la mirada, repuso:
—Por el temor que he visto en los ojos de ese saco de mierda al mencionar al gobernador Senju, lo hará. Lo de desmentir lo de Kizashi Haruno, eso ya no lo sé.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Temari agobiada.
Sakura miró las azoteas de las casas vecinas.
—Cojamos impulso y saltemos.
—¡Nos mataremos! —exclamó la rubia.
—Probablemente, aunque no creo. —Ella sonrió con seguridad.
Lo que Sakura proponía era una locura. Si Naruto se enteraba de aquello la mataría, pero, consciente de que no les quedaba otra si querían escapar vivas de allí, Temari afirmó:
—Muy bien, ¡a la de tres!
Y, tras coger carrerilla, saltaron a la azotea vecina, donde aterrizaron rodando por el suelo.
—¡Wooooo! —exclamó Temari con la adrenalina por las nubes—. Ha sido increíble.
Sakura asintió riendo.
—Pues todavía nos queda alguna más por saltar.
Las dos mujeres continuaron saltando de azotea en azotea sin ser conscientes de que un grupo de jinetes entraba al galope en el pueblo. Era Naruto, junto a Sasuke, Suigetsu, Gilroy y algunos hombres más, que volvían de casa de Ameyuri. Allí, tras encontrarse con el triste panorama, y después de que Tokara los pusiera al corriente de lo que sabía, Gilroy les indicó adónde tenían que ir. Conocía a Sakura y estaba seguro de que había ido tras Kayui Ringo.
Al entrar en Sambery, Gilroy vio a lo lejos unas figuras que saltaban de azotea en azotea y de inmediato supo que eran las dos jóvenes.
—¡Ahí están! —exclamó.
La oscuridad no les permitía distinguirlas con claridad, pero Naruto, viendo lo mismo que Gilroy, replicó:
—Imposible. Esas no pueden ser Temari y Sakura.
—Lo son... —aseguró Gilroy—. ¡Vaya si lo son!
Pero Sasuke insistió:
—¿Cómo puedes estar tan seguro de ello?
Con una tranquilidad que a los demás les resultó pasmosa, Gilroy declaró a continuación:
—¡Por Tritón! Estoy totalmente seguro. Conozco muy bien al Bicho y sé por dónde escaparía si sus pies no pudieran tocar tierra.
Con el corazón encogido, Naruto volvió a ver cómo aquellas dos saltaban hacia otra azotea. Esta vez oyó un grito de alegría y, reconociendo la voz de Temari, siseó:
—La voy a matar... Juro que la voy a matar.
—Por Thor, ¡están locas! —exclamó Sasuke horrorizado.
—¡Por la derecha! —advirtió de pronto Suigetsu.
Al mirar vieron a un grupo de hombres que gritaban con las espadas en la mano. Entendieron que iban en busca de Temari y Sakura y, sin dudarlo, se bajaron de sus caballos para enfrentarse a ellos.
Salto a salto, las dos jóvenes se fueron alejando del prostíbulo hasta que finalmente, tras descolgarse por la fachada de una casa, pusieron los pies en el suelo y Sakura cuchicheó divertida:
—Pero bueno, Temari, ¡me has sorprendido!
La aludida sonrió y, viendo sus caballos más allá, afirmó corriendo hacia ellos:
—Tú sí que me has sorprendido porque sin duda siento que tienes mucho que contarme.
Pero antes de alcanzar los caballos, dos hombres aparecieron frente a ellas y, desenvainando sus espadas, gritaron:
—¡¿Adónde vais tan rápido?!
Sin tiempo que perder, Temari y Sakura desenvainaron a su vez las suyas y comenzaron a luchar sin ser conscientes de que, unas calles más arriba, Naruto, Sasuke y varios hombres más luchaban como ellas.
El cuerpo a cuerpo con espada era algo que ambas dominaban, y cuando consiguieron doblegar a aquellos dos sucios mequetrefes, Temari afirmó mientras echaba de nuevo a correr hacia su caballo:
—¡Eres buena con esa katana!
—Tú tampoco lo haces mal —repuso Sakura subiéndose a su montura.
Se alejaron de aquel pueblo al galope, y especialmente de la casa de Tokara, mientras eran conscientes de que otros hombres a caballo las perseguían. No querían que Kayui fuera allí a buscarlas. Pero cuando llevaban un buen trecho galopando, Temari advirtió:
—Si seguimos por este camino llegaremos hasta los niños.
Oír eso hizo que Sakura frenara su caballo.
Por nada del mundo iba a llevar a quienes las buscaban hasta Matsuura y los pequeños, por lo que, apeándose del fiordo, empuñó la katana y pidió:
—Vete, Temari. Yo me ocupo de ellos.
Sin embargo, la vikinga se apeó a su vez y replicó:
—Ni loca te dejo aquí sola.
—Pero, Temari...
—He dicho que ni loca —insistió aquella.
Instantes después, tres hombres llegaron hasta ellas montados en sus caballos. Rápidamente se bajaron de ellos y, con las espadas en la mano, fueron a por ellas.
Un golpe, dos... Sakura y Temari luchaban con fuerza, con vigor, con valentía. Ellas eran por encima de todo unas guerreras. Ningún hombre, con o sin espada, les había dado miedo nunca, y cuando finalmente acabaron con aquellos tres, vieron que otros dos caballos se acercaban al galope.
De nuevo, la lucha comenzó. En esta ocasión las fuerzas comenzaban a escasear, y uno de aquellos hirió a Temari en un hombro y el otro, a Sakura en una pierna. Pero eso era justamente lo que las jóvenes necesitaban para despertar su fiereza. Por ello, tras luchar con valentía y concentración, cuando terminaron con aquellos se miraron la una a la otra y, aun ensangrentadas, sonrieron.
No obstante, la sonrisa les duró poco, pues oyeron más caballos que se acercaban. Temari tomó aire y se dispuso a seguir luchando, pero antes pidió:
—Si salimos de esta, prométeme que te sincerarás conmigo y me enseñarás a manejar la katana.
Sin embargo, por suerte para ellas, quienes llegaban eran Naruto, Sasuke y otros de sus hombres. Temari bajó la espada y, mirando a su marido, declaró:
—Ni te imaginas lo feliz que me hace veros en este momento.
Naruto, que estaba pálido y furioso por lo que había visto e imaginado, al ver a su mujer llena de sangre, enseguida se apeó del caballo y, acercándose a ella, iba a hablar cuando esta le advirtió:
—Ni se te ocurra soltar por la boca lo que veo en tus ojos.
Sin embargo, él, enfadado por lo ocurrido, exclamó sin poder callarse:
—¡¿Qué narices estabas haciendo, insensata?!
—Naruto, por favor, no me grites —musitó Temari viendo cómo todos los observaban.
Pero el highlander estaba furioso y, sin escucharla, insistió:
—Por el amor de Dios..., ¿cómo se te ocurre ir sola a Sambery y entrar en ese prostíbulo? ¿Acaso te has vuelto loca? —Y mirando a Sakura añadió—: Y lo mismo te digo a ti...
Sorprendida, la rubia iba a hablar cuando Naruto prosiguió fuera de sí:
—Gilroy nos ha avisado de lo que ocurría. ¿Me puedes decir por qué no lo has hecho tú? Pero ¿cómo eres tan inconsciente? ¿En qué estabas pensando?
—Naruto...
Sin embargo, el highlander, frenético, no escuchaba, y continuó, mirando a su mujer:
—Temari, maldita sea. No solo corres peligro sin necesidad en el prostíbulo, sino que, encima, ¿saltas de azotea en azotea jugándote la vida? Y lo mismo te digo a ti —repitió señalando a Sakura—. Pero, por el amor de Dios, ¿es que estáis locas?
—Creo que sí —terció Suigetsu con una sonrisa.
Temari y Sakura lo miraron sonriendo a su vez y él sacudió la cabeza. Aquel tipo de mujer, tan guerrera, tan impetuosa, le llamaba mucho la atención.
—Hōzuki —gruñó Naruto al ver su sonrisa—, no sé dónde le ves la gracia.
Suigetsu, que como todos había sido testigo de lo que aquellas habían hecho, repuso mirándolo:
—Están bien. No les ha ocurrido nada, Naruto. Quédate con eso.
—Podrían haberse matado —insistió él.
—Pero no ha sido así —afirmó Suigetsu.
—Para decir eso, ¡mejor cállate! —bramó de pronto Sasuke.
En cuanto las jóvenes lo oyeron, inevitablemente intercambiaron una mirada. Y recordar los saltos que habían dado las hizo esbozar una sonrisa que Naruto, al verla, sentenció asombrado por su desfachatez:
—Está claro que lleváis la locura en las venas.
Temari miró a su amiga y se encogió de hombros; su marido, a cada instante más exaltado, miró a Sasuke, que guardaba silencio aún montado en su caballo, y exclamó:
—Por Dios, Sasuke. ¿Acaso la cordura no fue algo que su padre le enseñó a esta mujer?
—La cordura era la virtud de Ingrid, no de Temari —replicó el vikingo.
La aludida resopló. Ella siempre había sido una mujer osada, excesivamente osada, pero estaba claro que Sakura no se quedaba atrás. Y entonces, intentando tranquilizar a su marido, susurró:
—Cariño, tienes razón. No he procedido bien.
—Nada bien —convino Suigetsu tratando de no reír.
Se quedaron unos segundos en silencio hasta que Sasuke, necesitando respuestas, preguntó:
—¿Por qué habéis ido en busca de Kizashi Haruno y de su hija?
Sakura se apresuró a negar con la cabeza.
—Ellos no tienen nada que ver en esto —replicó.
—¡¿Qué?! —preguntaron los hombres.
Se miraban boquiabiertos cuando Sakura indicó:
—Hemos ido a por Kayui Ringo.
Ellos volvieron a mirarse entre sí y, al cabo, Sasuke preguntó:
—¿Y ese quién es?
—El hombre de confianza de Indra Ōtsutsuki —aclaró ella—. Conociendo a Kayui, tras la muerte de Indra se habrá apropiado de todas sus pertenencias.
De nuevo, los hombres se sorprendieron y Temari soltó:
—Nos hemos enterado de que ese hombre y no Kizashi Haruno era el culpable de la matanza en el mercado. Y, por si eso no fuera poco, tiene a personas retenidas en su barco a las que tiene pensado vender en Asia. Y sabéis tan bien como yo lo que pienso en...
—Ese hombre, como en su momento lo fue Indra, es un mal bicho por muchos motivos. Y lo digo con conocimiento de causa —aseguró Sakura.
Gilroy la miró en el acto. Pero ¿qué hacía? Si seguía hablando sin filtro los pondría en peligro.
Y ella, al ver cómo aquellos la miraban en busca de respuestas, añadió intentando desviar las posibles preguntas:
—Me lo contó Tokara. Su hijo Yagura se metió en su barco para robar y vio a la gente cautiva. A hombres y mujeres escoceses retenidos contra su voluntad a los que iban a llevarse para vender en Asia como esclavos. Por eso mataron a Yagura. Porque los vio. Pero, tranquilos, estoy convencida de que esa pobre gente pisará de nuevo esta noche tierra escocesa. He amenazado a Kayui con que, si no suelta a esa pobre gente, al amanecer el gobernador Senju irá a registrar su barco; y, conociéndolo y sabiendo lo cobarde que es, sin duda los soltará.
—¿El gobernador Senju? —repitió Naruto con asombro.
Sakura, que fue consciente de su irresponsabilidad al mezclar a aquel en el asunto, se apresuró a salir del paso:
—Vale. He mentido en lo referente al gobernador, sé que ese hombre tendrá cosas mejores que hacer que venir para eso, pero ha sido lo primero que se me ha ocurrido.
En silencio, y sorprendidos por todo, aquellos se miraban; lo que la joven contaba era como poco increíble. De pronto, Naruto musitó mirando a su mujer:
—Juro por Dios que la agonía que me has hecho sentir me la vas a pagar.
Temari sonrió. Su marido era de los que explotaban, pero, por suerte, si utilizaba las palabras adecuadas, enseguida se le pasaba. Lo conocía, y mirándolo afirmó:
—Prometo que pagaré, pero ahora, ¿qué tal si te tranquilizas y me das un beso?
Naruto sonrió al oírla. Aquella bruja de pelo rubio y ojos verdes azulados podía con él, y, necesitando sentirla viva y a su lado, la besó.
Sakura, que se emocionó al darse cuenta de cómo aquel hombre quería a su amiga, sonrió y, sin poder evitarlo, miró a Sasuke. El gigante pelinegro continuaba montado en su caballo con gesto serio. No decía nada, incluso parecía que no respiraba.
Entonces Gilroy, apeándose, se acercó a la muchacha.
—Bicho, te veo bien. Solo un rasguño en el muslo y tu habitual chichoncillo.
—Bah..., esto no es nada —afirmó ella tocándose la frente.
Sasuke, atónito, no sabía qué decir. ¿En serio el hermano de Sakura no le iba a recriminar que había sido una imprudente? ¿De verdad no pensaba llamarle la atención por poner en peligro su vida?
Como los demás, Sasuke había sido testigo de cómo aquellas dos locas habían ido saltando de azotea en azotea sin pensar en que podrían haberse matado. Sin embargo, Gilroy no parecía haber visto lo mismo que ellos. En ese momento Suigetsu se acercó con su caballo al vikingo y cuchicheó:
—Aunque reconozco que me hace gracia lo ocurrido, en estas mujeres la cordura brilla por su ausencia.
Sasuke asintió, y añadió:
—A mí no me hace ni pizca de gracia.
Suigetsu suspiró y, sin más, se alejó de él.
—¿Algún muerto que destacar? —preguntó a continuación Gilroy.
De nuevo, Sasuke se sorprendió. Pero ¿qué manera era esa de preguntar por lo ocurrido? ¿Algún muerto? ¿En serio Sakura sería capaz de matar?
La joven, que se miraba el muslo, que seguía sangrando, tras coger un pañuelo de las alforjas de su caballo para limpiarse, respondió:
—Nadie importante.
Acto seguido, mientras Naruto curaba el corte en el hombro de Temari, Gilroy y Sakura se apartaron unos pasos del resto y se pusieron a hablar; estaba claro que tenían mucho que contarse. Sasuke todavía sentía el corazón acelerado como llevaba tiempo sin sentirlo. ¿Por qué?
Mirar a la joven y verla herida lo llenaba de rabia, pero intentaba contenerse y en especial no enfadarse con ella por su imprudencia. Él no era nadie para regañarla ni exigirle nada. No podía pedirle explicaciones como hacía. Naruto con su mujer. Pero necesitaba acercarse a ella, así que finalmente se apeó del caballo y caminó hasta donde estaba. Le miró el rostro y, al ver el chichón verde e hinchado de su frente, preguntó:
—¿Duele?
Complacida por su cercanía y su preocupación, Sakura se encogió de hombros y, a pesar de que le dolía horrores la cabeza, respondió:
—No.
—¡Faltaría más que le doliera algo a ella! —se mofó Gilroy al oírla.
—¡Cállate! —gruñó Sakura.
—Verás cuando te vea Matsuura —insistió él.
Sakura maldijo y, deseosa de que se callara, sentenció:
—¡Repámpanos! ¿Qué tal si cierras esa sucia bocaza? Hermanito, ya te salté un diente hace tiempo de un puñetazo y, si pretendes que te salte otro, estoy lo suficientemente alterada como para hacerlo.
Gilroy se apresuró a negar con la cabeza y, dando media vuelta, se alejó.
Sin moverse de donde estaba, Sasuke esperó a que ella lo mirara de nuevo; entonces, al bajar la vista hacia su pierna y ver que la sangre le corría por ella, se agachó con premura para examinar el corte.
—¿Qué haces? —preguntó ella con mofa al verlo arrodillado—. ¿Acaso me vas a pedir matrimonio? Te recuerdo que soy pelirosa y descarada y a ti te gustan las mujeres apocadas con el pelo del color del sol.
Sasuke levantó la mirada para contestar, pero no le salieron las palabras.
Aquella mujer, con su belleza, su fuerza, su cercanía, su descaro, lo hacía comportarse como un crío. Y Sakura, entendiendo su gesto serio como desagrado, dio un paso atrás para alejarse de él mientras se tocaba la herida del muslo y añadía:
—Tranquilo, estaba bromeando. Y en cuanto a esto, no es nada.
¿Cómo que no era nada? Y, recobrando el control de su cuerpo, el vikingo clavó la mirada en ella e insistió:
—Es un corte que sangra y hay que curarlo.
—Que no es nada.
—No seas cabezota.
—¡Mira, «cabezota»! —se burló ella—. Algo más que añadir a tu larga lista de mis defectos.
Sin escucharla, Sasuke la agarró entonces del brazo, la acercó a él y le arrebató el pañuelo que tenía en las manos para ponerlo luego sobre la herida. Durante unos instantes la observó. Con mimo y delicadeza, limpió la herida ante los ojos de Sakura, y finalmente dijo:
—Necesitas algún punto.
Sentirlo tan cerca, tan preocupado y entregado y oler aquel aroma varonil que desprendía, hizo que el vello de todo el cuerpo de la joven se erizara.
Aquel hombre, tan diferente de ella, conseguía sin proponérselo lo que ningún otro había logrado. Ni siquiera Indra en su momento. Deseaba besarlo, abrazarlo, perderse en sus brazos y en su cuerpo, pero intuía que eso difícilmente ocurriría. El gesto serio de aquel le hacía entender que no sentía lo mismo que ella por él y, dando un paso atrás, indicó:
—He dicho que no es nada. Yo misma lo curaré.
Finalmente, Sasuke, viendo su expresión incómoda, se incorporó y se dio por vencido. Le entregó el pañuelo que segundos antes le había arrebatado y, con cierta chulería, dio un paso atrás. No quería seguir agobiándola.
Tras unos instantes en los que reinó el silencio, al oír el ruido de caballos que se acercaban, todos se volvieron y empuñaron sus espadas dispuestos al ataque, hasta que vieron que se trataba de Tenten y Matsuri junto a Gaara y Neji.
Las dos mujeres, al ver a sus amigas de aquella guisa, parpadearon sin poder creérselo y Tenten gruñó:
—¿Se puede saber por qué os habéis marchado sin avisar?
—Tenten —la regañó Neji.
Pero Matsuri, enfadada, insistió:
—Cuantas más hubiéramos ido a por Kizashi Haruno y la sanguinaria de su hija mejor, ¿no?
—¡Matsuri! —protestó Gaara.
Temari y Sakura asintieron, y esta última indicó:
—Ni Kizashi Haruno ni su hija han tenido nada que ver con lo ocurrido. Hemos ido a por un tipo llamado Kayui Ringo. Él y su gente son los culpables. Tokara me ha confesado que Kayui le había exigido que culpara a los Haruno o mataría a Ashina.
—Nooooo —murmuró Tenten.
Temari asintió y allí no se habló más.
Instantes después, Naruto, que ya había dado la orden a dos de sus hombres para que comprobaran si esa noche se producía el desembarco de los esclavos, asió a su mujer del brazo e indicó:
—Será mejor que regresemos al hostal.
Temari asintió, más tarde ya hablaría con sus amigas. Y, mirando a Sakura, pidió tras subirse a su caballo:
—Ven con nosotros. Necesitas un baño y suturar la herida de tu pierna.
Sakura se negó, pero Sasuke, a quien cada vez le quedaba menos paciencia por la manera de proceder de aquella, insistió agarrándola del brazo:
—Vamos.
—¡No!
—Mujer, no seas testaruda y obedece.
Según oyó esa última palabra, Sakura sonrió. Y, mirando a aquel pelinegro por el que estaba perdiendo la cabeza, musitó con chulería:
—Lee mis labios: ¡yo no soy de obedecer!
Sasuke tomó aire, aquella mujer lo desesperaba, y cuando iba a protestar, ella se apartó de él mientras decía:
—Regresaré a la carreta con mi hermano.
—Pero, Sakura... —protestó Temari.
—Allí me curaré —la cortó ella—. Tío Matsuura y los niños nos esperan.
Durante unos segundos nadie dijo nada. Estaba claro que el nivel de cabezonería de aquella mujer era desesperante, por lo que finalmente Sasuke, montándose en su caballo, declaró conteniendo el caudal de emociones que bullían en su interior:
—Si ella así lo quiere, así será.
Temari suspiró al oírlo. Si ella estaba cansada y destrozada, Sakura debía de estar igual. Pero, intuyendo que no la iba a convencer, y segura de que entre ellas quedaba pendiente una conversación, señaló mirándola:
—Nos vemos mañana por la mañana en el comedor del hostal.
Sakura comprendió por qué le decía eso, e, intentando sonreír, a pesar de que sabía que la iba a decepcionar, musitó:
—Probablemente.
Y, sin más, los otros dieron media vuelta sobre sus caballos y comenzaron a alejarse.
Sakura y Sasuke, en silencio, se miraron a los ojos unos instantes. ¿Qué les ocurría? ¿Por qué se miraban de esa manera y luego siempre terminaban discutiendo?
Entonces ella, para cortar el íntimo momento y que aquel se marchara como el resto, soltó:
—Adiós..., tontito.
Oír eso hizo que el vikingo finalmente se diera la vuelta y siguiera a los demás. Ese gesto a Sakura le dolió, pero, consciente de que hacía lo que ella le había pedido, dijo dirigiéndose a Gilroy:
—Adelántate.
—¡¿Qué?!
—Adelántate y dile a tío Matsuura que estoy bien y que iré en breve.
—Maldita sea, Bicho..., ¿qué narices vas a hacer ahora?
Sakura montó en su caballo, y, tras comprobar que estaba ya muy oscuro y que aquellos no podrían ver adónde se dirigía, indicó:
—He de terminar algo en Sambery.
Y, sin más, espoleó a su precioso fiordo, que comenzó a cabalgar como el viento.
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De vuelta en el pueblecito de pescadores, Sakura se encargó de hacer correr la voz de que lo ocurrido había sido obra de Kayui Ringo, y no de Kizashi Haruno, y cuando la gente comenzó a hablar de ello, cogió de nuevo su caballo y se marchó.
Durante horas Sakura permaneció agazapada en un acantilado desde el que tenía una excelente perspectiva de El Tritón Rojo. Como era de esperar, vio cómo diversas barcazas procedentes del barco, ocultas por la oscuridad de la noche, se dirigían hacia una de las solitarias playas y, tras descargar allí a varios grupos de personas, los marinos regresaban al mar.
Sakura sonrió satisfecha. Había conseguido salvar a aquellas pobres gentes.
Estaba muerta de frío, sucia, olía mal y tenía un aspecto deplorable. Pero ver que aquella gente que se dispersaba corriendo por la playa volvía a ser libre merecía el resfriado que seguramente pillaría.
Una vez que las barcazas regresaron a El Tritón Rojo, este arrió velas y, ayudado por el viento, se alejó de la costa. Estaba claro que Kayui había entendido perfectamente su mensaje.
Complacida, la joven montó de nuevo en su caballo y se dirigió hacia la casa de Tokara.
Cuando llegó, por la ventana pudo verlo a él y a Ashina, que, junto a varios vecinos, velaban los cuerpos de Ameyuri y Yagura. Durante un rato aguardó pacientemente a pesar del frío que tenía, hasta que al final Tokara la descubrió a través de la ventana.
El hombre se apresuró a salir para atenderla y, al verla ensangrentada y tiritando, se asustó. Pero ¿qué le había ocurrido a esa muchacha?
Tras entregarle un par de mantas para que entrara en calor y ella tranquilizarlo con sus palabras, Sakura se sacó del bolsillo el broche que Kayui le había robado, se lo puso a Tokara en la mano junto a algunas de las monedas que tío Asuma le había entregado y dijo:
—Entiendo que quieras enterrar a tu mujer y a tu hijo como se merecen, pero en cuanto lo hagas, coge a Ashina y marchaos de aquí.
—Pero... —musitó él al ver lo que de nuevo le entregaba.
—Es para ti y para Ashina. Lo necesitáis.
Destrozado por todo lo acontecido, él cerró los ojos y, cuando los abrió de nuevo, susurró:
—Esta es mi casa y...
—Tokara —lo cortó ella—. Ashina y tú necesitáis empezar de nuevo, y sabes que Ameyuri así lo habría querido. Con estas monedas tendréis para llegar a Edimburgo. Una vez allí tenéis que ir a la calle de las joyas. Busca a Percival Glaswood, pero llámalo Pinwi. Dile que vas de parte de Sakura Mimura y que quiero vender el broche. Y, tranquilo, sabiendo eso, él no te engañará. Confía en mí.
—Pero...
—Tokara, te aseguro que, con lo que te dará por él, durante un buen tiempo a Ashina y a ti no os faltará de nada. Podrás pagar una casa, podréis comer, vestiros. Edimburgo es un buen lugar y las oportunidades para ti y en especial para Ashina serán mucho mejores que las que nunca tendréis aquí. Piensa en tu hija, en su futuro. Por Ameyuri y Yagura nada se puede hacer ya, pero por ella sí. ¿De verdad quieres que Ashina siga viviendo como hasta ahora o prefieres algo mejor para ella?
Tokara, emocionado, miraba aquel broche y las monedas que la joven le había entregado.
Muchas veces Ameyuri y él se habían planteado marcharse de allí y buscar algo mejor. Y, escuchando lo que aquella decía, pensó que sin duda ese era el momento de hacerlo. Ameyuri así lo habría querido, y por ella tenía que hacerlo. Por lo que, mirándola a los ojos, susurró:
—Lo haré. Ashina y yo nos iremos.
Sakura sonrió satisfecha y aquel, sorprendiéndola, añadió:
—Sakura Haruno, eres una excelente y maravillosa persona. Nada que ver con lo que la gente dice sobre ti. Sin duda tu padre supo criarte muy bien. Mi familia y yo te estaremos eternamente agradecidos.
La joven parpadeó al oír que la llamaba por su verdadero nombre y apellido. Estaba claro que Kayui, cuando le quitó el broche, le indicó a quién pertenecía, pero Tokara había decidido no delatarla. Por ello, con una sonrisa, le dio un casto beso en la mejilla y, emocionada, susurró antes de irse:
—Gracias, Tokara. Ni te imaginas lo que agradezco tus palabras.
Acto seguido, fue en busca de su caballo y se marchó feliz por todo lo que esa noche había conseguido tras la irreparable desgracia.
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Cuando llegó a la carreta, donde Matsuura la esperaba inquieto, tras coger un paño y dirigirse al río, Sakura se lavó. Hacía frío, tiritaba, pero necesitaba desprenderse de la sangre y la mugre que llevaba encima.
Después de asearse, el japonés le cosió con cuidado el corte del muslo, y la joven, que estaba acostumbrada a ese tipo de heridas, ni se quejó.
Sin embargo, algo le rondaba por la cabeza. Temari esperaba explicaciones de su parte. Deseaba saber cosas que no solo la pondrían en peligro a ella, y no podía consentirlo.
Por eso mismo, queriendo salvaguardar las vidas de tío Matsuura y Gilroy, y por el miedo al rechazo de aquella cuando se enterara de quién era realmente, tomó la decisión de partir de inmediato. Estaba cansada, agotada, pero ya descansaría. Tenían que dirigirse a Saint Andrews. El tío de Shii y Asami vivía allí, y dejar a los niños a salvo con su familia era su máxima prioridad. Después regresarían con su padre y sus tíos para alejarlos de la costa escocesa.
Su libertad no merecía la muerte de aquellos a los que quería.
