Capítulo 9: Olvido
Nunca el sonido del silencio se había escuchado tan fuerte, una ironía tan absurda como la petición encomendada.
- ¿Link? ¿Sucede algo?
El caballero aún seguía en estado de impacto por lo que Yago le había anunciado; pronto llegaría al castillo el prometido de la princesa, y lo que es peor, escoltado por él mismo. No concebía que eso le estuviera ocurriendo a él.
Poco después se dio cuenta que el Ministro le estaba hablando, por lo que se esforzó en responder como si nada.
- No… no sucede nada. – dijo, tratando de esconder sus nervios. – Con gusto cumpliré con su petición. Hablaré con los demás.
- Como siempre cuento contigo. – dijo el hombre, sonriendo. – Sin embargo tengo otra petición que hacerte.
¿Qué pretendía pedirle ahora? Ya con lo mencionado era más que suficiente. ¿Pensaba seguir torturándolo?
- Sé que decirte esto está de más. – dijo el hombre, serio y mirándolo a los ojos. – Pero esto no debes decírselo a nadie, sobre todo a Impa y a la princesa.
- Con todo respeto. – preguntó Link, preocupado. - ¿No traerá problemas con ellas el enterarse un día antes?
- Sería peor si se enteran ahora. Yo sé por qué te lo digo.
- Entiendo…
- ¿Cuento con tu discreción?
Ahora no solamente tenía que tragarse la horrorosa noticia que había recibido, sino que tendría que callarlo por petición del hombre que confiaba en él.
- Claro que sí, Ministro. – dijo el caballero, serio y lanzando un suspiro. – Como siempre…
Yago, esbozando una sonrisa, colocó una mano en el hombro del joven para darle una palmada, mostrando orgullo.
- Aunque han sido pocos meses, me siento orgulloso de tu compromiso y lealtad.
- Es un honor para mí que me tenga en alta estima. – dijo Link, con sonrisa fingida. – Ahora con su permiso, me retiro. Que descanse.
- Buenas noches, muchacho.
Una vez que Link se retiró, Yago desvaneció su sonrisa, pues fijó su mirada en el libro que el joven había estado ojeando, específicamente en el caballero que llamó su atención.
Apenado, colocó su mano encima de la fotografía de aquel valeroso hombre, cuya memoria ahora sólo vivía en letras. Luego apretó su puño con impotencia, trayendo a su mente duros hechos.
- En todos estos años, por más que busqué, no pude encontrarlos. – expresó el hombre, apenado e impotente. – Perdóname, Leonel…
Cerró los ojos para seguir recordando hechos dolorosos, castigándose por su promesa incumplida.
El caballero no fue directo a su habitación, pues la impresión recibida no le iba a permitir conciliar el sueño. Decidió caminar por la ciudadela del castillo para despejarse, y sin darse cuenta llegó hasta las llanuras de las afueras.
Recién se estaba deleitando con las mieles del amor, y ya estaba con el corazón destrozado por su inminente pérdida. Un hombre llegaría pronto a reclamar la mano de la princesa, de la mujer que amaba con todo su corazón, y nada podría hacer para evitarlo; absurdo que pensara lo contrario.
¿Quién era él para impedir tal cosa? Por más que tuviera un cargo respetable, la confianza de importantes personas, como Yago, nunca iba a tener la oportunidad de cortejar a la dama como se debía. En ese momento se dio cuenta que su enamoramiento no era más que una utopía inalcanzable, algo pasajero en su vida, mas no en su corazón. En el frívolo mundo de la realeza siempre debía tener más de lo debido para ofrecer, y lo único que poseía era su insignificante corazón.
Ahora que Zelda era parte de su vida, renunciar a ella se convertiría en una dolorosa llaga para su alma, mucho más de la que sintió cuando estuvo en las garras de la muerte y pensó en no volver a verla, en deleitarse con aquella sonrisa que lo conquistaba todos los días.
- Zelda… no hay nada que pueda hacer.
En su adolescencia leyó tantas historias donde se realizaban las locuras más grandes por amor, y por un momento por su mente pasaron hacerlas realidad…. Sin embargo, nada pasaba de ahí, de simples cuentos de hadas donde los finales felices eran inminentes, donde todo era dulzura y bondad.
- Absurdo… absurdos delirios.
Por otro lado, se sentía en deuda con Yago. El hombre confiaba ciegamente en él y no quería imaginar lo que pensaría o haría de enterarse que estaba en una relación con la regente del reino. El decepcionarlo para él significaba casi como traicionar al reino, a toda la ética y honor que le inculcaron desde su infancia. Además, tampoco podía comentarle nada a Zelda sobre lo que el ministro tenía planeado, causando en él una terrible encrucijada entre el amor y el deber.
Se arrepentía de amarla, de haberse encantado con aquellos ojos en los que reflejaba su debilidad ante ella. Se aborrecía a si mismo por la dualidad de sentimientos tan lastimeros.
El amor no podría sobrepasar la razón bajo ninguna circunstancia… ¿pero cómo le hacía entender eso a su corazón? ¿Qué iba a hacer con aquel sentir que ya no podría gritarlo y exaltarlo?
Emocionalmente se sentía perdido…
El anuncio del Ministro provocó que Link tome una decisión… resignarse a su pérdida; aceptar que contra los designios de las leyes monárquicas no tendría nada que hacer, y que pronto tendría que despedirse de su amada. Tomó la determinación de no decirle nada de lo que Yago planeaba para que la situación sea menos dolorosa, pero también por la promesa que le había hecho. En ambos casos, se sentía entre la espada y la pared, desconociendo lo que era correcto.
Se propuso ser feliz con ella en los pocos días que le quedaban, siendo el único martirizado por el tema. Las actividades de ambos se manejaron de la misma manera, sobre todo cuando se escabullían del castillo para estar solos, donde se dedicaba amarla sin ninguna medida; claro está, controlando sus impulsos de avanzar más allá.
El camino de sus encuentros los llevó hasta la región de Latoan, cerca de la Montaña de la Muerte. Encontraron en sus afueras una fuente de aguas termales que entibiaba el frío que comenzaba a llenar el ambiente con la hora del ocaso.
- El Ministro Yago alguna vez me habló de esta fuente. – dijo Link, tocando el agua tibia con sus dedos. – Y mencionó que eran sanadoras.
- Lo son. – dijo Zelda, colocando sus dedos en el agua y con mirada melancólica. – Vine muchas veces con mi madre cuando era niña… y también, por su capacidad sanadora, el médico me las recomendó cuando ella y mi padre murieron.
Link se apenó al escuchar el relato de la princesa, entendiendo de alguna manera su dolor. Se acercó a abrazarla por la espalda para reconfortarla y recordarle que no estaba sola.
- Lamento que este sitio te haya traído malos recuerdos. – dijo Link, apenado.
- Ya no me trae nada de eso. – dijo la dama, comenzando a voltearse para ver al caballero. – Ahora que estoy contigo, me recuerda a ti.
Mientras Zelda se daba la vuelta para besar a su caballero, dio un mal movimiento de su pie y cayó al agua, arrastrando en el camino al joven. Gracias a que Link la tomó de la cintura pudieron salir a flote, completamente empapados.
- ¿Estás… bien? – preguntó Link con falta de aliento.
- Si… lo estoy. – respondió la joven, respirando agitada.
Sus rostros se encontraban muy cerca, y aunque no era la primera vez que estaban así, ahora las circunstancias eran diferentes. En esa ocasión la dama portaba un vestido blanco que se le transparentó por el agua. Ante esa imagen, el caballero sacó fortaleza para no perder los cabales.
La princesa se dio cuenta del efecto causado en su escolta, y ella se sentía igual de cautivada al verlo, pues su empapada camisa se había pegado a sus músculos y torso, causando en ella una encantadora atracción. Sin ningún decoro comenzó a acariciar sus brazos, para después acercarse hasta sus labios para lamerlos. Deseaba provocar y seducir a su compañero para darle a conocer sus secretos deseos.
Entregado por completo a la iniciativa de su dama, el caballero se aferró más a la cintura para sentirla más cerca, para devorar aquella boca que lo enloquecía y le hacía adentrarse a fantasías impensables, a sensaciones que aún no había vivido, pero que desfallecía por hacerlo con ella, con aquella mujer que lo tenía loco.
Devoró su boca con tal frenesí y encantamiento, para después bajar a besar su cuello y embriagarse de él, fuera de control. Luego bajó un poco hacia su escote para seguir saboreando aquella zona que en su vida imaginó tocar, la más llamativa de una mujer.
Poco después, el joven recuperó el raciocinio al sentir que iba a comenzar un punto sin retorno.
- No, no… No…
Rápidamente, el joven separó a la dama de su cuerpo, para después sacarla de la fuente y sentarla en el borde. Luego salió del agua para tratar de tranquilizarse.
- Link… – mencionó Zelda, acercándose a él para abrazarlo por la espalda. – ¿Sucede algo?
- Perdóname, Zelda. – dijo Link, preocupado. – No busco responsabilizarte de nada, pero te pido que no vuelvas a provocarme así.
- ¿No te gustó? – consultó apenada.
- Decir que me gusta queda corto. – dijo el joven, dándose la vuelta para mirar a su amada. – Pero no quiero propasarme contigo, irrespetarte. No puedo contenerme cuando te tengo así de cerca.
- No me irrespetas, confío en ti. Y es por eso que me dejo llevar por lo que siento... por mis deseos.
¿Deseos? ¿Había dicho deseos? No más de lo que él sentía por ella, ese fuego incandescente que lo quemaba todas las noches que se dormía pensando en ella, o más claro intentaba hacerlo. De ninguna manera podía dar más pasos con ella, mucho menos por lo terrible que se avecinaba. No resistiría despedirse de ella guardando en la piel la sombra de su cuerpo.
- Yo siento los mismos deseos, pero es mejor contenerlo. – dijo Link, dolido y amargado. – Ya es tiempo de regresar.
- Lo sé, hoy tengo una reunión de consejo. Vámonos.
Para no dejar su dama la angustia de su actitud, Link se acercó a ella para besarla, para después cubrirla del frío con su capucha.
- Me preocupa qué explicación daremos si Impa llega a verte empapada. – mencionó Link, temeroso. – Yo estoy en las mismas condiciones.
- Pues diré la verdad. Me caí y me rescataste. – dijo la dama, lanzando una risa.
Los jóvenes se encaminaron de regreso al castillo, antes de que la noche los cubriera con su manto.
Impa y Zelda se encontraban en la sala de juntas, esperando a que Yago, junto con el resto de los consejeros, llegue. La Sheikah estaba algo enojada con la joven al ver el estado al que había regresado de su "entrenamiento".
- Impa, ya basta. – dijo Zelda, preocupada.
- ¿"Basta", princesa? – preguntó Impa, indignada. - ¿Usted cree que le voy a creer semejante historia?
- Lo que te digo es cierto. – dijo Zelda, mostrándose segura. – Fue un accidente y Link me ayudó. ¿O querías que me deje a la deriva?
La mujer ya no quería decir nada, sólo guardó silencio. Por más que la princesa lo negara, sabía que le ocultaba cosas en relación a Link. Nadie mejor que ella podía entender eso. Sólo rogaba a las Diosas que no sean cosas más fuertes de las que imaginaba.
Poco después llegó Yago con su grupo. Tomaron asiento y se dispusieron a comenzar con la reunión.
- Alteza, Impa… – dijo el hombre, serio. – Agradezco mucho su presencia en esta breve reunión. Aseguro que no tomara mucho tiempo.
- Sir Yago. – dijo Zelda. – La verdad me sorprendió su convocatoria, pues no es fecha de reunión de Consejo. ¿A qué se debe esto?
- Sencillo... – dijo Yago. – Debemos retomar el tema que hemos dejado de lado desde hace meses… su compromiso.
Zelda volteó los ojos ante este tema, pensando que se trataba de otra insistencia más del hombre. Sin embargo, Impa si tomó el asunto con más seriedad, presintiendo que no era el mismo que en anteriores ocasiones.
- ¿Qué significa esto, Ministro? – preguntó Impa, tratando de controlarse.
- El día de mañana nos visitará el heredero del reino de Britai, el príncipe Alvar. – dijo Yago, mirando a la princesa. – Ha solicitado su mano en matrimonio y tanto el Consejo como yo lo hemos aprobado.
Zelda sintió como la furia e indignación se apoderaban de ella, sin embargo, debido a su decoro, logró controlarse. Ahora más que nunca iba a mantenerse firme en no aceptar ficha propuesta, mucho más ahora que tenía al hombre que amaba en su vida.
- ¿Qué dice? – preguntó Zelda, colocando una mano en su pecho para calmarse. - ¿Casarme con Alvar?
- Si. – dijo Yago. – Es el mejor partido para usted, en su mismo nivel.
- ¡Jamás! – exclamó la dama, furiosa. – Conozco a Alvar desde niños y no es más que un prepotente… además yo no lo amo. ¡No pienso contraer nupcias sin ese sentir de por medio!
- Princesa, aquí no se trata de sentimientos. – preguntó Yago. – Aquí lo único que importa es el bienestar de su reino, y por eso crear enlaces con Britai es beneficioso.
- No lo acepto. Mis padres no se casaron en esas condiciones. Ellos se amaban.
- Simplemente tuvieron suerte, pues como sabe su matrimonio también fue arreglado… sólo que ellos si compartían sentimientos.
- Sir Yago… retráctese de todo, ahora. – dijo Impa, mirando con furia al hombre.
- Lo siento, Lady Impa, pero esta decisión ha sido reflexionada por todos y es lo mejor.
Yago hizo una señal a uno de los soldados de la puerta para que la abriera, dando paso a la entrada de otros tres. Zelda sintió tambalear su alma al ver a Link en compañía de sus compañeros. Este mostraba un semblante serio y sin emoción.
- Link. – dijo Yago. – Tal y como lo habíamos conversado hace tiempo, es necesario que mañana escolten al príncipe Alvar al castillo.
- Así será, Sir Yago. – Mañana lo iremos a ver a la hora acordada.
Después de acatar las órdenes, los jóvenes se retiraron, mientras que Zelda aún no creía lo descubierto. Link supo de su oculto compromiso todo el tiempo, y fue incapaz de decirle nada; incluso se sintió dolida al ver que este ni siquiera la miró.
- Sin más que decir, doy por terminada la reunión. – mencionó Yago. – Ya podemos retirarnos.
Zelda fue la primera en irse, dispuesta a buscar una razón de todo lo sucedido. Poco después los consejeros se fueron. Yago se disponía a hacer lo mismo, sin embargo la sonora voz de Impa lo detuvo. Ambos se quedaron solos en la sala.
- ¿Qué es lo que planeas, Yago? – dijo la joven, enojada e indignada.
- Ya fui bastante claro con lo que dije. – respondió el hombre. – Es importante crear buenas relaciones con Britai, y por eso la princesa debe casarse.
- Ella no está enamorada del príncipe Alvar. Es más, nunca lo ha tolerado por lo déspota que es. – dijo Impa, exasperada. – Y comparto ese sentir con ella, la verdad el muchacho es insoportable.
- Eso es lo de menos…
- ¡No lo ama! ¡Ella no quiere casarse con nadie en esas condiciones!
- ¿Cuándo entenderás que el amor no sirve para nada? – dijo el hombre, hablando con burla. – Ese tipo de sentimientos sólo te distrae de tus verdaderos objetivos.
- Claro… de la misma manera que te distrajo a ti. – dijo Impa, irónica. – Por eso acabaste con lo nuestro.
Yago miró a Impa con reproche, mientras sentía una incómoda punzada en su corazón. Habían tocado un tema que tuvo escondido por muchos años en lo profundo de su ser.
- Tú y yo no éramos más que unos mocosos inmaduros. – dijo el hombre, mostrando pesar. – Nunca iba a funcionar.
- Nunca lo hiciste funcionar por dejarte influenciar por estupideces. – dijo la mujer, enojada. – Por ser dependiente de tu padre.
- ¡Ya basta! – expresó el hombre, incómodo. – Por lo visto aun te duele lo ocurrido.
- ¿Dolerme? – preguntó Impa, irónica. - ¡Para nada! Prueba de eso son todos los años que llevamos trabajando… ya no significas nada.
Inexplicablemente Yago sintió malestar al escuchar eso. Una sensación muy desagradable.
- No vale la pena abrir viejas heridas…
- No intentes enredar en tus complejos a la princesa… te lo advierto, Yago.
Luego de sus duras palabras, Impa se retiró de la sala, mientras que Yago se quedó enmudecido en su sitio, envenenándose con sus recuerdos.
Link se encontraba camino a sus aposentos, martirizado por lo ocurrido en la sala de juntas. En el momento que se disponía a abrir la puerta, una sonora voz lo detuvo, sabiendo perfectamente de quién se trataba.
Zelda, impactada, había llegado para hablar con él, para pedir una explicación de todo lo ocurrido.
- Link…
El joven se dio la vuelta para enfrentarla, mostrando una imagen seria e inquebrantable, a pesar que por dentro lo consumía la miseria.
- Tú lo sabias… sabias todo esto.
- Sí, lo sé desde hace días. – dijo Link, armándose de valor. – Pronto contraerás matrimonio con el príncipe de Britai, y se me encomendó escoltarlo en su camino al castillo.
- ¿Por qué lo callaste? ¿Por qué no me dijiste nada?
Link notó el dolor y el resentimiento en los ojos de su amada. Deseó tanto tomarla en sus brazos y brindarle consuelo, e incluso cometer la locura de salvarla de aquel destino… pero había tomado una decisión y no pensaba cambiarla.
- Yo no soy más que tú escolta, y como tal mi deber es respetar las leyes de este reino.
- ¿Las leyes? ¿Qué son esas tonterías? – preguntó indignada. - ¿Y lo nuestro? ¿Y todo lo que sentimos?
- Lo guardaré por siempre en mi corazón. – dijo Link, apenado. – Pero no puedo hacer nada para mantenerlo. Ahora te casarás y te tocará olv…
Y el sonido de una fuerte bofetada silenció sus palabras, causando en él un fuerte dolor e impacto, y no precisamente en lo físico. Sintió su alma retorcerse al ver la furia, indignación y agonía en la mirada de la dama, quien no podía creer las duras y desinteresadas palabras que su amado le había dicho para alejarla. Las lágrimas fueron imposibles de contener.
- Nunca te voy a perdonar que me hayas ocultado esto. – decretó Zelda, dolida en lo mas profundo. – Y mucho menos que este amor no signifique nada para ti.
- Zelda, yo no dije eso…
- Te tomo la palabra... – dijo la joven, con una postura fría y altiva. – Ahora me retiro, pues debo prepararme para recibir a mi futuro esposo… Adiós.
Con el alma despedazada, Zelda se retiró del lugar. Link sintió adentrar a su alma el inicio de su martirio, las consecuencias de aferrarse a su absurdo deber.
Comentarios finales:
Hola, hola… espero se encuentren bien.
Algo tarde, pero he aquí el capítulo 9 (en mi país aún es Lunes). Ojala que a pesar de este final, les haya gustado. Veremos cómo continua la rota relación de Link y Zelda, y también saber más sobre Impa y Yago, quienes por años han escondido cosas entre ellos.
Un gusto leerlos. No tienen idea lo feliz que me hacen con cada comentario. Sobre todos los que me comentaron hace muchos años, como Niakuru (obvio que me acuerdo de ti, bienvenida de vuelta).
Un abrazo para todos
