Capítulo 30

El frío procedente del mar les congelaba las manos y el cuerpo. Día tras día, el tiempo empeoraba, y aunque en un principio no le había importado en exceso, Sakura comenzaba a preocuparse.

¿Cómo iban a vivir en la carreta cuando hiciera aún más frío?

Intranquila por el bienestar de los niños, en el interior de la carreta la joven los abrigaba todo lo que podía. Que ellos estuvieran calientes era lo único que le importaba.

—Pousi también tiene frío —dijo Asami mirándola.

La joven sonrió y, asiendo un paño, lo enrolló en la vieja muñeca y a continuación se la devolvió.

—Creo que así Pousi estará más calentita.

Complacida, Asami la cogió y, mirándola, confirmó mientras Matsuura y Gilroy conducían la carreta:

—Pousi dice que le gusta.

Sakura sonrió y entonces, observando los trasquilones que la pequeña llevaba en la cabeza, sugirió:

—¿Qué te parece si te arreglo el pelo?

La niña rápidamente agarró un pañuelo y se lo anudó a la cabeza.

—Cielo, el cabello crece —indicó Sakura—. Habría que igualarlo y...

—No —la cortó la pequeña.

Eso le hizo entender a la joven que aún no estaba preparada para ello y, tomando aire, añadió:

—De acuerdo. Solo lo decía para que tu tío te viera más guapa.

La niña, que estaba junto a su hermano Shii, no dijo nada, y entonces este musitó mirándola:

—Asami, algún día habrá que arreglarte el cabello.

—Hoy no —insistió la pequeña.

Sakura y Shii intercambiaron una mirada. La chiquilla necesitaba su tiempo.

Siggy dio uno de sus grititos. La niña reclamaba la atención de Sakura y esta, cogiéndola de los brazos de Shii, susurró sonriendo:

—Mofetilla, ¿quieres besitos?

Como siempre, Siggy sonrió. No había niña más buena y sonriente en el mundo, y cuando soltó una de sus carcajadas, Asami pidió:

—Yo también quiero besitos.

Sin dudarlo, Sakura comenzó a besuquear a los tres pequeños y estos, gustosos, reían y gritaban de felicidad mientras la joven disfrutaba haciéndoles cosquillas. Le gustaba aquella faceta que había aflorado en ella con respecto a los niños. Le encantaba y la disfrutaba. Mimar y proteger a los pequeños era lo más bonito que había hecho en su vida.

De pronto, Gilroy metió la cabeza por la ajada tela de la carreta y anunció:

—Bicho, hemos llegado a Saint Andrews.

Según oyó eso, Shii dejó de reír y se quedó muy serio.

La carreta se detuvo unos metros más adelante y Gilroy preguntó:

—Shii, dime el apellido de tu padre. Así podremos localizar a tu tío.

—Aburame. Mi padre se llamaba Shibi Aburame, y mi tío se llama Shiba.

Gilroy asintió y, tras apearse, comenzó a preguntar en la ciudad.

Durante un buen rato, Sakura, Matsuura y los pequeños aguardaron junto a la carreta; luego ella divisó una tienda en la que vendían ropa de abrigo y, sin dudarlo, dijo dirigiéndose a Asami:

—Vayamos a ver qué tienen.

La niña y ella entraron en el establecimiento cogidas de la mano. El calorcito del interior las reconfortó en el acto, y la muchacha que atendía preguntó:

—¿Qué desea, milady?

Sakura miró a su alrededor. Allí había de todo lo que uno pudiera necesitar y, al ver cómo la pequeña miraba una chaqueta de lana gruesa de un blanco inmaculado, le preguntó sin dudarlo:

—¿Te gusta?

Asami asintió. Era la chaqueta más bonita que había visto en la vida.

—¿Cuánto cuesta? —preguntó la joven.

—Siete monedas, milady —respondió la tendera con amabilidad—. Es de lana de oveja de primera categoría.

Sakura asintió. Aunque Shii y Asami se quedaran con su tío, necesitarían ropa de abrigo.

—Quiero dos —dijo sin dudarlo—. Esa blanca para Asami y otra en color verde para un niño un poco más mayor.

Rápidamente la chica alcanzó la chaqueta que la niña contemplaba y, tras entregársela a Sakura, miró el pañuelo que la pequeña llevaba en la cabeza y sugirió:

—Tengo gorros de lana sobre esa alacena. Lo digo por si os interesa alguno.

Sakura asintió. Un gorro sería estupendo para la chiquilla. Y, sin perder tiempo, le probó la chaqueta. Comprarla blanca era una temeridad, pues en dos días la llevaría negra, pero, deseosa de darle ese capricho antes de dejarla con su tío, una vez que se la hubo abrochado preguntó:

—¿Qué te parece?

La niña se miró al espejo que tenía frente a ella con los ojos muy abiertos. Nunca había tenido nada tan nuevo y bonito.

—Me gusta mucho.

Ver su expresión de felicidad a Sakura le llenó el corazón y, cogiendo un gorro de lana blanca, se lo mostró y, al comprobar que la tendera estaba de espaldas, indicó:

—Póntelo y dime si te gusta también.

Como era de esperar, la niña, al ver que la dueña no miraba, se quitó el pañuelo de la cabeza muy deprisa para colocarse el gorro. El cambio la favorecía una barbaridad, y Sakura cuchicheó emocionada:

—Estás preciosa, Asami. Preciosa.

La pequeña no podía parar de sonreír. El gorro no solo la abrigaba, sino que, además, era muy bonito, y cuando iba a hablar, la vendedora, acercándose con una chaqueta verde oscuro, preguntó:

—¿Os gusta esta?

Sakura miró la chaqueta para Shii. Era de una excelente calidad, como la de Asami, y afirmó:

—Es perfecta.

La tendera, complacida por la alegría que veía en la niña, le tendió entonces unos dulces y preguntó:

—¿Te gustan?

Asami los miró y asintió en el acto.

—Vamos, coge uno —la animó ella.

La niña fue a hacerlo, la tentación le podía, pero de pronto retiró la mano.

—Solo si puedo coger otro para mi hermano y para Siggy.

Sakura y la muchacha se miraron sonriendo, y luego esta última dijo:

—Por supuesto, cielo. Puedes coger tres.

Feliz, la niña cogía los dulces y Sakura, complacida, miró a la vendedora y susurró:

—Mi nombre es Sakura, y te doy las gracias por el detalle.

—Soy Maya. Permíteme decirte que tienes una niña muy educada.

Sakura sonrió. Andar aclarando que Asami no era su hija era más difícil que dejar que aquella así lo creyera, por lo que asintió.

Tras comprar paños limpios para Siggy, un gorrito de lana también para la pequeña y una manta para arroparla, Asami y ella abandonaron la tienda sonriendo tras despedirse de Maya. Poder comprar aquello para los niños la había hecho más feliz que si lo hubiera comprado para sí misma.

Poco después, cuando llegaron hasta Shii y este se comió el dulce que su hermanita le entregó, Sakura le dio la chaqueta. El gesto de agradecimiento del chiquillo hizo que la joven tuviera que retener las lágrimas. Él la abrazó y musitó:

—Eres tan buena como mi mamá. Gracias.

Conteniendo las ganas de llorar, Sakura miraba a un emocionado Matsuura cuando Gilroy se acercó a ellos y dijo:

—Según un hombre que he encontrado en la taberna, hay un Shiba Aburame en la segunda aldea que hay saliendo de la ciudad.

De pronto, al ver la expresión del muchacho, Matsuura preguntó:

—¿Te encuentras bien, Shii?

Él asintió mientras agarraba la mano de su hermana. El miedo y la incertidumbre que Sakura vio en la mirada del pequeño le dolieron, pero, consciente de que no era bueno alargar aquella agonía para los niños, indicó:

—Vamos, subamos de nuevo a la carreta. Debemos encontrar a vuestro tío.

Una vez que se pusieron en marcha, la joven, que iba atrás con los pequeños, comentó al verlos tan callados:

—Esas chaquetas os sientan muy muy bien. Estáis muy guapos. —Asami y Shii no respondieron. Estaban nerviosos, tenían miedo, y Sakura, para suavizar el momento, añadió—: Vuestro tío se pondrá muy contento, ¡ya veréis!

A continuación, dijo todo lo que se le ocurrió para animarlos, pero los chiquillos no volvieron a hablar.

Un rato después, la carreta se paró y Matsuura, metiendo la cabeza por la lona, señaló dirigiéndose a ella:

—Hemos llegado.

Intentando sonreír, Sakura asintió, pero al bajar de la carreta el mundo se tambaleó bajo sus pies.

Aquella aldea era un lugar extremadamente pobre. Solo había que ver a sus gentes como para saber qué clase de vida llevaban allí.

Matsuura, cogiéndole a la pequeña Siggy de los brazos, le preguntó:

—¿Estás segura de lo que vas a hacer?

Con el corazón encogido, Sakura suspiró. Le gustara o no, si los niños tenían un tío debían estar con él, por lo que tomando aire contestó:

—No. Pero es lo que hay que hacer.

El japonés asintió y Gilroy, que había ido a preguntar, se acercó a ellos y dijo:

—Es la cuarta casa de la derecha.

Al mirar hacia allí, Sakura resopló. Por fuera, la casa estaba vieja, descuidada, pero asintió tomando aire de nuevo.

—De acuerdo.

Con cariño, ayudó a bajar de la carreta a Asami y a Shii.

Rápidamente la niña se agarró a su pierna y susurró mirando a su alrededor:

—Tengo susto.

Conmovida, Sakura iba a hablar, pero Shii regañó a su hermana con gesto serio:

—Asami, ¡vale ya!

La tensión del momento se notaba en el ambiente; entonces Shii comenzó a desabrocharse la chaqueta nueva y Sakura preguntó:

—¿Qué haces? —Y, mientras él intentaba sonreír, ella lo detuvo y aclaró—: Cariño, la chaqueta es para ti. Te mantendrá calentito.

El chico inspiró hondo al oírla. Tenía unas ganas locas de llorar. No quería separarse de aquellos que tanto amor y cariño le habían dado durante aquellos días, y cuando la joven lo abrazó para tranquilizarlo, añadió:

—Shii, yo nunca prometo, pero a ti te prometo por mi vida que vendré a visitaros cuando vuelva a pasar por aquí, ¿de acuerdo?

El niño asintió, se tragó las lágrimas y finalmente no lloró.

Ver aquello a Sakura le rompió el corazón y, consciente de cómo Asami se agarraba a su pierna, miró a Gilroy y a Matsuura y declaró:

—Creo que es mejor que os despidáis de ellos aquí. Yo los acercaré a la casa.

Los dos hombres, conmovidos, abrazaron a los niños. Habían sido solo unos días, pero les habían cogido muchísimo cariño.

—Gilroy, Siggy y yo te esperaremos aquí —dijo Matsuura al cabo mientras se volvía conteniendo las lágrimas.

Sakura asintió y cogió la mano de Shii, aunque le fue imposible despegar a Asami de su pierna, y como pudo indicó:

—¡Vamos a ver a vuestro tío!

Sin decir nada más, y con dificultad por llevar a Asami agarrada a la pierna, Sakura consiguió llegar hasta la puerta de aquella casa. El corazón le iba a mil, pero, segura de que estaba haciendo lo correcto, llamó con los nudillos.

Esperaron unos instantes hasta que la puerta se abrió y apareció una mujer de pelo rubio y vestimenta nada adecuada que, al verlos, preguntó:

—¿Qué quieres?

Intentando ser amable, a pesar de la desconfianza que aquella mujer le había despertado, Sakura dijo con la mejor de sus sonrisas:

—Buscamos a Shiba Aburame.

La mujer los miró de arriba abajo recelosa.

—Es mi marido. ¿Quién lo busca?

—Mi nombre es Sakura Mimura —se apresuró a decir la joven—, y ellos son Shii y Asami. Son hijos de Shibi, el hermano de Shiba. ¿Tu nombre es...?

La mujer asintió al oírla y, de pronto, sonriendo con maldad, quiso saber:

—¿Tú eres la sucia inglesa con la que se casó Shibi y estos son sus bastardos?

A Sakura no le gustó nada oír eso, no soportaba los prejuicios, y replicó:

—Si quieres que yo sea educada contigo, ya puedes comenzar a serlo tú con nosotros.

La mujer suspiró y finalmente dijo:

—Soy Enke.

Sakura sentía que Asami temblaba mientras le apretaba la pierna.

—Encantada, Enke.

Aquella, que los miraba con descaro, se apresuró a tocar la chaqueta de Shii.

—Bonita y cara prenda —comentó.

Sin poder evitarlo, Sakura le apartó la mano de inmediato.

—Si no te importa, quiero ver a Shiba.

La mujer sonrió y, apoyándose en el quicio de la puerta, tras saludar a un hombre que pasaba frente a la casa con una sonrisa lasciva que le indicó a Sakura a qué se dedicaba, respondió tranquilamente:

—Shiba murió hace dos semanas. ¿Qué querías de él?

La joven no esperaba oír eso. Si Shiba había muerto, ¿debía dejar a los pequeños allí con aquella mala mujer?

Enseguida miró a Shii. El niño la observaba angustiado y, al entender su muda súplica, Sakura declaró:

—Simplemente pasábamos por aquí y queríamos saludarlo.

Enke asintió y luego escupió mirándola con desprecio:

—¡Pues tú y esos malditos críos marchaos a vuestro país! A Shiba lo horrorizaba tener sobrinos bastardos. Nunca le agradó que su hermano se casara con una sassenach.

Sakura la miró asqueada. La mujer la había llamado «inglesa» en gaélico para humillarla. Creía que Sakura era la mujer del hermano de su marido. La había confundido y, sin sacarla de su error, dio un paso al frente y siseó furiosa:

—Contén tu lengua de víbora ante los niños si no quieres que yo misma te la arranque. Vuelve a insultarnos o a despreciarlos y te juro que esta noche dormirás junto a Shiba.

Oír eso sorprendió a la mujer, que, sin ganas de problemas, se metió en su casa en el acto y les cerró la puerta en las narices.

Durante unos segundos los tres se quedaron inmóviles. Lo ocurrido había sido muy desagradable.

De nuevo, aquellos niños estaban solos, sin nadie que los pudiera cuidar. Por ello Sakura miró a Shii y a Asami y, tomando rápidamente una decisión, declaró:

—No pienso dejaros aquí. ¡Os venís conmigo!

Los niños suspiraron aliviados, y Asami musitó dando un salto de felicidad:

—A Shii, a Pousi y a mí nos parece bien.

Sakura sonrió y, tras darle un beso a cada uno en la cabeza, regresó cogida de sus manos a la carreta. De inmediato, al ver el gesto de sorpresa de Matsuura, aclaró mientras los críos iban a abrazarlo:

—El tío de los niños ha muerto y su supuesta tía no me gusta un pelo. Así pues, se vienen con nosotros.

—Excelente decisión —afirmó el japonés guiñándole un ojo a Asami, que le sonreía.

De inmediato, todos montaron de nuevo en la carreta y Sakura propuso:

—Busquemos un lugar donde pasar la noche lejos de esta aldea.