Capítulo 12: Sentencia
Todos los habitantes de Hyrule seguían en sus habituales actividades matinales, ajenos al escándalo ocurrido al interior de las paredes del palacio.
En los aposentos del príncipe Alvar, Impa y Yago aún seguían sin palabras, estupefactos debido a las acusaciones del joven, tan imposibles de creer. El ministro de ninguna manera podía pensar que alguien como Link habría sido capaz de semejante bajeza, y ni se diga la Sheikah, quien confiaba ciegamente en él para la protección de su pupila.
- Príncipe... – dijo Yago, incrédulo a lo que habían escuchado sus oídos. – No puede ser lo que está diciendo. Debe estar confundido.
- ¿Confundido? – preguntó el príncipe, agarrando de los hombros al ministro. - ¿Acaso cree que miento? No es así. El escolta de la princesa intentó abusar de ella, y por más que intenté impedirlo, no pude. Me atacó como un loco.
- ¡Un momento, alteza! – intervino Impa, llena de dudas. – No logro ver lógica en lo que usted dice.
- ¿Qué hace una mujer interviniendo en mis asuntos? – preguntó Alvar, con arrogancia. – Yo manejo esto con el ministro. Tú no eres más que la criada de Zelda.
- ¡Pero cómo se atreve! – reclamó Impa, enfurecida.
- ¡Príncipe Alvar! – exclamó Yago, alzando la voz, enojado, para luego controlarse. – Le voy a pedir de favor que respete a Impa. Ella es la mentora de la princesa y la General del Ejército real, y por lo tanto merece un buen trato.
La impresión de Impa se hizo presente ante la reacción de Yago para defenderla, incluso por sobre el respeto que le tenía al príncipe Alvar. Desde hace tiempo que las actitudes del hombre la estremecían, causando que regrese a viejos y dolorosos recuerdos del pasado.
- ¡Yo estoy diciendo la verdad! – expresó el príncipe, enfurecido. – Link es el abusador de la princesa.
- ¡Entonces explíqueme, alteza! – consultó Impa, enojada. – ¿Cómo es posible que la barbaridad que usted dice haya ocurrido en sus aposentos? ¿Qué hacía la princesa Zelda por aquí?
- Lo que pasa es que… – el príncipe dudó, buscando una respuesta rápida y convincente. – Por favor, Lady Impa, estamos comprometidos, solamente queríamos estar solos.
- ¡Imposible! ¡La princesa es una dama y se hace respetar! – dijo Impa, indignada ante las falsedades del hombre. – Ella jamás hubiera aceptado estar a solas con usted.
- Tampoco tiene nada de malo, no hicimos nada. – siguió el príncipe con las mentiras. – Iba a mostrarle uno de mis libros, y en ese momento entró el barbaján ese. Estaba como loco, desquiciado, intentó abusar de ella y cuando quise impedirlo me golpeó.
Yago escuchaba la discusión en trance, sin poder hablar. Se le hacía imposible que Link, el caballero de su entera confianza, hubiera sido capaz de tales actos, y lo que es peor, usar su fortaleza física indebidamente para lastimar a otros.
Interrumpiendo la acalorada disputa que se estaba dando, se presentó un caballero a hacer un importante anuncio.
- Príncipe Alvar. – dijo el caballero, nervioso. – Sé que no es un buen momento, pero quiero anunciarle que sus padres acaban de arribar el castillo. Lo esperan en el bastión central.
- ¡Maravilloso! – expresó Alvar, irónico. – Ahora mis padres sabrán del trato que he recibido aquí. ¡Nefasto!
El joven, sin siquiera arreglar la precaria imagen que lo vestía, con la intención de dramatizar, se dirigió a recibir a sus padres. Yago se disponía a hacer lo mismo, pero Impa lo detuvo.
- ¿Vas a creer todo lo que ha dicho ese idiota? – preguntó molesta.
- No te dirijas así a…
- ¡Ya basta, Yago! – gritó Impa. – Me tienes harta con tanto protocolo ridículo.
- Son visitas importantes, debemos cuidar las apariencias.
- Claro, "que no se vea el humo, aunque arda la casa". – expresó la mujer, irónica. – Tu ve a recibir a los "ilustres" reyes y a hacer como si nada pasa. Yo iré a los aposentos de Zelda, pues necesito ver con mis propios ojos que no se encuentra ahí.
Cada cual tomó su camino, aun devastados por las noticias recibidas.
Los rayos del sol ingresaron a la habitación por la pequeña hendija de la ventana, alumbrando tenuemente las sábanas de la cama. Los ojos de Link despertaron con la iluminación, permitiéndole ver en qué sitio se encontraba y rememorar todo lo ocurrido. La noche anterior había cometido la locura más grande de su vida, yéndose en contra de todos sus principios. Sin embargo, todo pasó a restar importancia al sentir la calidez de su compañía.
El cuerpo desnudo de su mujer dormía plácido en su pecho, sonriente, sin rastro de las agresiones que le había tocado vivir la noche anterior, y que con sus tratos logró borrar para siempre. Nunca imaginó que unirse a ella hubiera sido tan placentero, magnífico y enloquecedor, algo capaz de hacerlo sentir un hombre completo. Su piel se complementaba perfectamente a la de ella, y ahora su aroma yacía impregnado en su ser.
Después estar unidos en cuerpo y alma, nada ni nadie iba a separarlos.
- Link…
El caballero vio cómo su amada comenzaba a despertar, por lo que tomó su mentón para ponerla a la altura de su mirada. Los ojos de Zelda brillaban intensamente, como si fueran los de una mujer nueva, una dama entregada al amor.
- Buenos días, princesa – saludó Link, acariciando el rostro de su amada.
- Buenos días, mi caballero. – respondió Zelda, tomando el rostro del joven. – Aun no creo lo que ha pasado, debo estar soñando.
- Pues no lo es, estamos más juntos y unidos que nunca. – dijo Link. – Ahora eres mía y yo te pertenezco. Por eso siempre te protegeré.
Link besó con fiereza a su dama, después de la dulce y ardiente noche que pasaron juntos ya no conocía otra manera de amarla. Deleitado con su ser, comenzó a acariciarla aprovechando que su piel desnuda hacía contacto con la suya, volviéndolo loco, renaciendo en él los deseos de hacerla suya.
- Te deseo tanto, Zelda. – dijo Link, recuperando el aliento. – Quisiera quedarme aquí y hacerte todo lo que se me pasa por la cabeza… pero tengo que tener mente fría. Debemos irnos de aquí.
- ¿Seguro? ¿No podemos quedarnos un rato más? – preguntó ella, sentándose a horcajas encima de él.
- No me tientes… – pidió Link, acariciando el cuerpo de su mujer de arriba abajo. – Vámonos de aquí y encontremos un lugar fijo donde quedarnos. Prometo que ahí te amaré como te lo mereces, no te dejaré en paz.
- Espero que así sea. – dijo Zelda, extasiada. - ¿A dónde iremos? ¿Por qué no vamos a Ordon?
- Tenía eso en mente en un inicio, pero sé que si nos están buscando, el primero sitio al que irán será ese. – dijo Link, preocupado. – Quiero que comencemos desde cero en otro lugar, lejos.
- Podríamos irnos a la Aldea Lune, queda al Noroeste de reino. – sugirió Zelda, y estoy segura que nadie nos encontrará ahí.
- La he escuchado y sé que está lejos. – dijo el caballero. – Pero llegaremos, y por eso debemos partir antes de que nos encuentren.
- No importa a dónde vayamos, Link, yo sólo quiero estar contigo. Mi amor por ti me llevará a donde tú digas.
- Te amo, Zelda… y nada ni nadie nos va a separar.
Decidido a seguir con su plan inicial, la pareja se vistió y se preparó para salir del hostal, llenos de esperanza de una vida libre de ataduras. Sin embargo, algo en sus manos llamó su atención.
- Link… ¿tienes el mismo fragmento que yo? – preguntó Zelda, sorprendida.
- Si… es el mismo, ¿pero cómo…?
El joven no pudo terminar su frase al ver como los fragmentos hacían contacto el uno con el otro, iluminándose, causando en él y su mujer una gran sorpresa. Todo lo atribuyeron a la unión que ahora poseían sus almas, sin embargo, desconocían que eso causaría la apertura del camino al desconocido enemigo que los perseguía.
Yago abrió los portones del bastión central para encontrarse con las nuevas visitas, los reyes de Britai, Paul y Noelia. El regente era un hombre alto y robusto, con una barba blanca en estilo candado, llevaba una vestimenta elegante y ostentosa. La dama que lo acompañaba demostraba hermosura y prudencia, vistiendo con decoro y compartiendo las facciones de su hijo, cabello castaño y ojos zafiro. A pesar de ser una mujer con cualidades, mostraba un semblante tímido y temeroso, casi como el de una criatura indefensa.
- Bienvenidos sean, Altezas del reino de Britai. – saludó Yago, ocultando los nervios debido a lo acontecido con Alvar. – Es un placer tenerlos aquí.
- Buenos días, Ministro Yago. – saludó Paul. – Es un gusto para nosotros estar aquí.
La dama solamente esbozó una ligera sonrisa para saludar, pues su marido no le había autorizado a hablar.
- Noelia, saluda al ministro. – ordenó el rey.
- Bue…. Buenos días, Sir Yago. – saludó la mujer, temerosa. – Un gusto volver a verlo.
- El gusto es mío, mi señora. – respondió el hombre.
- ¿Y Alvar? – preguntó el rey. – Debería estar aquí para recibirnos. Mañana es la fiesta de compromiso con Zelda.
Yago iba a responder, pensando qué excusa iba a dar. Sin embargo, el estruendo de las puertas abriéndose de par en par interrumpió la reunión. Alvar adentró la sala haciendo un escándalo.
- ¡Alvar, hijo mío! – gritó el rey, sorprendido. - ¿Qué te pasó?
- Padre, nunca en mi vida me había sentido tan humillado. – se quejó Alvar. – Mañana no habrá fiesta de compromiso, pues Zelda… ha sido secuestrada.
Los reyes se quedaron estupefactos ante la confesión de su hijo, mientras que Yago no sabía dónde esconderse de la vergüenza. Ahora no había manera de ocultar nada.
- Padre, el causante de todo esto es Link, el caballero escolta de la princesa. – dijo Alvar. – Ese maldito intentó abusar de ella en mis aposentos, traté de impedirlo pero el muy infeliz me golpeó hasta casi matarme, y es por eso que tengo este aspecto.
Al ver las heridas de su hijo, la reina se acercó hasta él para revisarlo, pero aun con una duda carcomiendo su corazón.
- Hijo, no puedo creer lo que te ha pasado. – dijo la reina, preocupada. – ¿Pero por qué estabas con Zelda en tus aposentos? Ella es soltera y eso no es correcto. Conozco la educación que ha recibido y es raro que ella haya aceptado.
- ¡No te metas en eso, mujer! – calló el rey a su esposa. – Estas son cosas de hombres. Él sabrá por qué quería estar a solas con su prometida. Total, en esta época todas las mujeres son unas libertinas.
La reina agachó la cabeza, mientras que Yago se indignó al escuchar como el rey se refirió a la princesa. Por más que fuera estricto con ella, sabía que era una dama respetable. No había duda que el machismo del rey era destructivo y nauseabundo, hasta para con su propia esposa.
- Alteza, con todo respeto le pido que no se refiera así a la princesa. – pidió el ministro. – Ella es una joven con valores, y estamos investigando todo lo ocurrido sobre su desaparición.
- ¡Lo que sea, Yago! – exclamó el hombre, enfurecido. – No pienso tolerar esta deshonra a mi hijo, mucho menos a un día de la fiesta del compromiso. Exijo que encuentren a la princesa y al soldado que supuestamente la raptó. ¡Qué pague por lo que hizo!
- Me encargaré de posponer la fiesta de compromiso para cuando la princesa aparezca. – dijo el ministro. – Nos encargaremos de disculparnos con los invitados.
- ¡Qué vergüenza! – exclamó Paul. – Nosotros tener que pasar por semejante desprecio.
Yago se encontraba entre la espada y la pared. Por supuesto que tenía que encontrar a Link y la princesa. ¿Pero hacerlo pagar? ¿Acaso él había sido capaz de abusar de ella? Se le hacía imposible pensar que un joven como él hubiera deshonrado su cargo, la confianza que le había otorgado. No podía dar pie a eso hasta comprobarlo con sus propios ojos, y por eso iba a llegar al fondo del asunto.
- Rey Paul, encontraremos a la princesa y aclararemos este problema. Téngalo por seguro.
Yago no tuvo más opción que hacer lo que el rey requería. Fue a organizar a los soldados para ir en búsqueda de Link y Zelda. Rogaba en sus adentros que todo se trate de una falacia.
Mi querida Impa,
Cuando tengas esto en tus manos, sabrás que me he ido del castillo, huido de esta boda que no es más que una farsa, de este martirio que sólo me ha traído desolación.
No amo a Alvar ni lo haré nunca. No quiero casarme con un tipo violento que trató de hacerme suya a la fuerza, y que de no ser por Link, lo hubiera consumado. Con eso entenderás lo destrozos en los aposentos.
Link y yo nos amamos en secreto desde hace tiempo, así que viendo mi desesperada situación me ofreció una vida lejos de aquí, y he aceptado.
Sé que esto va en contra de mis principios y no te sentirás del todo orgullosa, pero sé que entenderás mis decisiones, pues siempre has velado por mi felicidad.
Por favor, te pido encarecidamente que todo lo relatado en esta carta quede entre las dos, pues escribirlo me resultó repulsivo y vergonzoso. Además no quiero ser encontrada.
Apenas tenga donde establecerme te avisaré. No quiero que dejemos de estar juntas.
Un abrazo,
Zelda.
...
Impa arrugó el papel en sus manos, sintiendo como la sangre se le subía a la cabeza. Desde hace tiempo sospechaba que Zelda sentía cosas por su escolta, pero nunca imaginó que eso fuera correspondido, y lo que es peor, que se hubieran escapado juntos. Sin embargo, más que semejante imprudencia de parte de la pareja, le indignaba lo que Alvar había sido capaz de hacer con su protegida, irrespetarla y deshonrarla de esa manera.
- Maldito Alvar… esta vez llegaste demasiado lejos.
Esos pecados en la tribu Sheikah se pagaban con la muerte, y deseaba tanto aplicársela al príncipe. Sin embargo, aún no podía decir nada, debía callar hasta encontrar a su protegida y aclarar todo.
Sintió unos pasos aproximarse a los aposentos de Zelda, por lo que rápidamente guardó la carta en su ropa. Yago abrió la puerta, exaltado.
- Impa, ningún rastro de la princesa, ¿verdad? – preguntó el hombre
- No, nada…
- En ese caso iremos a buscarlos… y Link deberá pagar por lo que hizo.
- ¡Nada de eso te consta, Yago! – reclamó Impa, conociendo la situación. – Primero hay que encontrarlos y averiguar qué pasó, pues yo no creo ese cuento que Link intentó abusar de la princesa en los aposentos del príncipe. Seguramente Alvar le hizo algo y está manipulando todo.
- ¡Eso es impensable! No puedo poner en duda la palabra de una familia tan honorable como la nobleza de Britai. – dijo Yago, decidido a llegar al fondo del asunto. – Por eso los encontraremos y tomaremos las medidas pertinentes.
- Pero…
- ¿Vendrás con nosotros? – preguntó serio. – Imagino que querrás comprobar todo con tus propios ojos.
- ¡Por supuesto que iré! – respondió Impa, determinada. – No pienso permitir que la honra de Zelda sea pisoteada.
- Ni yo tampoco la de Link… por eso necesito comprobar todo esto cuanto antes.
Ambos salieron de la habitación a preparar todo lo necesario para la misión.
Nunca habían sentido tanta libertad y frescura en sus vidas, felicidad infinita embargando sus corazones.
Hace dos días que Link y Zelda seguían en su viaje camino a la Aldea Lune, sin embargo, su viaje se veía retrasado por las paradas que hacían para conocer lo nuevo que se les presentaba; pasto, arboledas, flores de varios colores y riachuelos. Sumando a eso, entregarse a la pasión que los consumía era una de las razones, claro está, guardando cierta compostura para no dejarse llevar como su primera noche.
En uno de esos momentos, se bajaron de la yegua y comenzaron a perseguirse el uno al otro, hasta que atraparon sus labios, perdiéndose en el frenesí de la desesperación de amarse, de sentir aquella danza de lenguas que le desquiciaba.
La boca del caballero ya se había apoderado del cuello de su dama, deseando avanzar más allá con ella, sin importante el lugar.
- Te arrimaría a un árbol y te haría mía en este momento... – dijo el caballero, consumido por la excitación.
Los deseos del joven no pudieron darse, pues un estremecedor ruido los detuvo.
- ¿¡Qué!? – exclamó Zelda, asustada.
La pareja vio como a sus pies se encontraba una daga. Alzaron la vista y descubrieron la peor de sus pesadillas hecha realidad, lo inesperado. Varios caballos con la insignia del reino se habían puesto alrededor de ellos, siendo escoltados por Impa y Yago. La primera estaba asustada, mientras que el segundo mostraba un semblante de terror, enojo y decepción.
- Sir Yago… – expresó Link, impactado.
- Creí que todas las hipótesis no eran más que mentiras, pero lamento comprobar con mis propios ojos que esto es cierto. – expresó Yago, mostrando fastidio. – El caballero de mi mayor confianza mancillando a su regente con un beso, con sus propias manos.
- Ministro Yago. – intervino Zelda, furiosa. – No es a Link al que debe condenar, Alvar es el culpable de todo, en serio él…
- Y usted, princesa… qué decepción. – dijo Yago, indignado. – Dejándose manipular por su abusador.
- ¡Yo no le hice nada a la princesa! ¡La rescaté de ese poco hombre que impusieron como su prometido! – exclamó el caballero, enojado.
- ¡Link no abusó de mí, fue el maldito de Alvar! – reclamó la joven.
- Por su inmadurez demostrada no tengo nada más que escucharle. – dijo el ministro, para después dirigirse a Link. – Y en cuanto a ti, muchacho… pagarás por tu traición.
Yago hizo una señal a los soldados, los que con mucho pesar se acercaron a Link para amordazarlo, y por más que este trató de impedirlo no pudo hacer nada.
- Quedas arrestado por el secuestro y abuso de la princesa de Hyrule. – dijo Yago. – Y por eso el precio de tu delito será la muerte.
Al escuchar semejante sentencia, Zelda se alteró y comenzó a reclamar, histérica. De ninguna manera iba a permitir que lastimen al hombre que amaba, que se lo arrebaten de su vida.
- ¡NO! ¡NO SE ATREVA, SIR YAGO! – reclamó Zelda, llorando. - ¡Está cometiendo una injusticia! ¡Por favor!
- Lo siento, princesa. – dijo el hombre. – Link tiene que pagar.
Yago ordenó a los soldados que se llevaran a Link, causando que Zelda intente impedirlo. Sin embargo, Impa la detuvo, reteniéndola para que no intervenga, sosteniendo el sonoro llanto que la lastimaba en lo más profundo de su alma, mientras veía como su amado era llevado a las garras de su condena.
Alvar se encontraba en su habitación, o en lo que aún quedaba de ella. Su hombría burlada y denigrada se retorcía en su interior por saber que Zelda había decidido escapar con un criado como Link, con un simple escolta que no le llegaba ni a los talones. Lo prefirió a él por sobre todo, sin importante hasta su propia honra.
- Maldita zorra, mujerzuela – expresó Alvar, enfurecido. – Preferiste a ese bastardo antes que a mí… pero cuando regreses te haré pagar.
- No hay nada peor que la virilidad herida de un hombre.
Asustado, Alvar se dio la vuelta para descubrir el origen de esa extraña voz, viendo a un hombre sentado en la baranda del balcón.
- Sé fiel al Señor de los Demonios, pues con él tendrás todo lo que anhelas…
Comentarios finales:
Volvemos a indignarnos con Alvar y su papel de "vistima" (como dice el meme XD). Ahora que Link y Zelda han sido atrapados, comienza la parte crucial de la trama, muy cerca del final. Veremos ahora con qué intenciones lo manipulará a Alvar el Señor de los Demonios.
La Aldea Lune fue un invento mío, pero físicamente es parecida a la Aldea Hatelia de BOTW, e imaginando el mapa queda por ahí.
Por favor, no dejen de emocionarme con sus lindos reviews/comentarios. Me encanta leerlos a todos ^^
