Capítulo 13: Dudas disipadas

El Señor de los Demonios sonrió ante la sorpresa del Alvar con su presencia. Sabía que la manera en la que se le había presentado no fue nada convencional, sin embargo, debía dar rienda suelta a su plan para que su amo obtenga el poder que tanto quería.

- ¿¡Quién eres!? – preguntó Alvar, amenazado. ¿Cómo osas a entrar a mis aposentos?

- Tranquilo, Alteza. – dijo Grahim, calmando al príncipe. – Yo sólo soy un amigo y quiero ayudarte.

- ¿Ayudarme?

- Sí. – afirmó el villano. – Sé que estás enfurecido por el rechazo de la princesa, porque no te ve como el hombre que vales, como el futuro marido al que le debe obediencia.

- ¿Y tú qué sabes? – preguntó Alvar, confundido. ¡A mí nadie me ha rechazado! Ese mal nacido del soldado se la llevó en contra de su voluntad.

- Por favor, a mí no tienes que mentirme. – dijo Grahim, fingiendo empatía. – Tú sabes perfectamente lo que hiciste, pero sé que fue obligado por el desprecio de ella. Yo, sabiendo lo glorioso que soy, no podría tolerar que alguien me rechace… por eso te entiendo tanto y quiero ayudarte.

Alvar analizó cada una de las palabras de Grahim, dudando si darle la confianza que necesitaba. Su rabia por vengar su hombría herida era grande. Deseaba con todas sus fuerzas hacerle pagar a Link por haberse llevado a su mujer.

- Haré lo que sea… – dijo el príncipe, decidido. – Quiero que Link pague por la humillación que me hizo y por haberme quitado a mi mujer.

El villano acercó la mano hasta la frente de Alvar, otorgándole parte de su esencia para ayudarle a cumplir su cometido… para así lograr los planes de su amo.


El eco de la celda resonó profundo por la caída de una roca al suelo, siendo la única compañía en tan perpetua soledad.

Link se encontraba encerrado en su calabozo, encadenado de las piernas y sentado en el catre en mal estado que le dispusieron para su incómoda estancia. Aun no asimilaba el horror de haber sido descubierto, besando a su amada, por el hombre que más había confiado en él, y mucho más que lo condenaran a muerte por un crimen que no cometió, el abuso a la integridad de ella. Aceptaba que el habérsela llevado había sido una falta muy grave, pero lo hizo obligado para salvarla, para no exponerla a las agresiones del barbaján que impusieron como su marido.

Se mantuvo estresado, agarrándose el cabello como un frenético, pensando en el bienestar de su princesa ahora que no podía protegerla de Alvar, cuando escuchó que las rejas se abrieron. Alzó la vista y vio entrar a Yago, quien lo observaba con sumo desprecio y decepción. Sumado a todo lo que le aquejaba, qué mal se sentía de haberle fallado al hombre, el primero en haber creído en él para el cuidado de lo más valioso del reino.

- Sir Yago…

- No hables. – dijo el hombre, serio. – Lo haré yo primero.

El joven calló ante la orden del ministro, mientas que este se sentó en una banca que se encontraba en la esquina de la celda, sin quitarle la mirada de encima.

- No tengo palabras para describir lo decepcionado que me siento, Link. – dijo Yago, hablando con desolación y congoja. – Puse en tus manos la seguridad del reino, pero lo más importante, la vida de su regente, de su corazón. ¿Para qué? Para que al final la ultrajaras y terminaras llevándotela como si fuera de tu propiedad. ¿DÓNDE TENÍAS LA CABEZA, PEDAZO DE IMBÉCIL?

- ¡Un momento, Sir Yago! – exclamó Link, indignado y ofendido. – Puede insultarme todo lo que quiera si lo necesita de desahogo, pero jamás voy a aceptar que abusé de Zelda. ¡Eso nunca!

- ¿Ah sí? – preguntó irónico. – ¿Entonces puedes explicarme por qué te la llevaste? ¿Por qué todos te encontramos besándola?

- Porque la amo…

El hombre quedó estupefacto ante tal confesión, no la esperó para nada. No podía creer que Link, el escolta que debía velar por el cuidado de su regente, se había enamorado de ella. Aquello era impensable e inaceptable.

- Amarla… – repitió el hombre, sorprendido. – ¿Enamorado de tu soberana? ¡Qué descaro! Te lo advertí, Link, que no pongas tus ojos en ella, pero no me hiciste caso.

- Acepto mi falla, y le pido perdón de rodillas si es necesario. – expresó Link, conmocionado. – Pero es la verdad, ambos nos amamos.

- ¡ELLA ESTÁ COMPROMETIDA CON EL PRINCIPE ALVAR!

- ¡SI, LO SABÍA Y POR ESO ME ALEJÉ DE ELLA! – gritó el joven, desesperado por ver la actitud insana de Yago. – La lastimé y me hice a un lado pensando que debía cumplir con su compromiso y yo mantener mi sitio, por más que me destrozara… pero Alvar la dopó e intentó abusar de ella en sus aposentos. Por eso intervine para evitar semejante deshonra.

- ¡MIENTES! – gritó Yago. – El príncipe Alvar viene de una familia prestigiosa y de abolengo. Sería incapaz de un acto tan atroz como este, y te acusa a ti de haberlo hecho.

- ¿Prestigiosa y de abolengo? ¡Por favor, ministro! – expresó Link, irónico. – Alvar sólo se dedicaba a emborracharse y a meter mujeres a sus aposentos, y él tenía a la princesa acorralada en su cama para intentar violarla; incluso la golpeó y le desgarró la ropa. Yo amo a Zelda y jamás iba a permitir que ese mal nacido la mancille.

- Si eso fuera cierto no te la habrías llevado. Huiste con ella, la secuestraste como un cobarde.

- No la secuestré, la salvé de la inseguridad que su propio hogar ya no le brindaba… del peligro al que usted la expuso.

Yago se sintió impresionado ante la acusación de Link, atrevida y altanera. Jamás le había hablado de esa manera.

- ¿Qué estás diciendo, insolente? – preguntó impresionado.

- Le estoy diciendo la verdad. Usted sometió a Zelda al poco hombre de Alvar, al haber arreglado un matrimonio que ella no quería, la expuso a sus agresiones y maltratos. – dijo Link, indignado y mirando a los ojos al ministro. – Ahora soy yo el que se siente decepcionado de usted.

- ¿¡Qué!?

- Decepcionado porque pensé que usted era un hombre justo, íntegro y que protegería a Zelda como lo juró a sus difuntos padres. – dijo Link, dolido. – El rey, su mejor amigo, le confió a su más grande tesoro, ¿y qué hizo usted? La entregó a los brazos de su verdugo.

- ¡Eso no es cierto! – exclamó Yago. – Siempre he velado por el bien de la princesa y por eso decidí el mejor partido para ella. Y con tu actitud sólo demuestras ser el culpable de todo, tu pecador amor te condena.

- La amo y no me arrepiento de lo que hice, y lo volvería a hacer si fuera necesario. – dijo Link. – Así como usted está dolido porque fallé a su confianza, yo también lo estoy. Yo confiaba en usted, Sir Yago, lo admiraba, y fue incapaz de escucharme o entenderme, y sobre todo… de proteger a lo más valioso para mí.

Yago se mantuvo altivo ante las palabras de Link, pero le dolieron en lo más profundo de su alma. Sintió como si le estuviera fallando a alguien importante en su vida, a una promesa de antaño, y no precisamente al joven. Cómo deseaba no estar viviendo esa tortuosa realidad.

- Todas las pruebas te acusan por el abuso y secuestro de la princesa… y por eso serás condenado a muerte. – sentenció Yago. – Por cualquier lado, es una traición al reino lo cometido.

- Si ese es el precio por haber salvado a lo que más amo, lo acepto con gusto. – espetó Link. – Que sus decisiones queden en su conciencia.

Nervioso y acongojado, Yago se retiró, mientras que Link, con lágrimas de dolor y rabia en sus ojos, se acercó a los barrotes para decirle algo más.

- ¡ALEJE A ZELDA DE ESE MALDITO! ¡CUMPLA SU PROMESA ASÍ ME CUESTE LA VIDA!

Para Link su vida no valía nada, si eso significaba el sufrimiento de su amada al lado de un canalla.


Los pasos de las botas de Zelda se escuchaban por los pasillos haciendo eco, mientras con sus temblorosos dedos limpiaba sus lágrimas. Impa la seguía con prisa, pues quería conversar con ella y calmarla antes de que cometa otra impulsividad. Ni bien regresaron al palacio, ella se bajó de la carroza como una descontrolada.

Justo cuando estaba en la esquina para arribar el despacho de Yago, se chocó con Alvar, quien al verla transformó su semblante al de uno amoroso y preocupado, considerado.

- ¡Zelda! – gritó el joven. – ¡Mi amor, qué bueno que estás…!

La cachetada que Alvar recibió de parte de Zelda lo silenció completamente, provocando en ella una furia y asco desmedidos. Lo detestaba desde lo más profundo de su alma.

- ¡Maldito! ¿Cómo te atreves a dirigirme la palabra después lo que me hiciste? – reclamó, indignada. – Después de que intentaste violarme.

- ¿Violarte? – preguntó con cinismo, ofendido. – Mi cielo, estás confundida, Link es el culpable de todo, yo sólo quise protegerte. El somnífero te ha hecho olvidar todo.

- Lo único que hizo Link fue protegerme de tu agresión, y obligado a eso tuvo que llevarme lejos de aquí. – aclaró la princesa. – Y ahora, por tu culpa, él va a ser castigado, cuando el que debería ser ejecutado eres tú.

El príncipe, mostrándose desesperado, tomó la mano derecha de la princesa, causando en ella un desagradable corrientazo que se dirigió hasta sus sienes. Inmediatamente lo apartó, ignorando aquella molestia.

- ¡No me toques! – reclamó enfurecida. – Nunca vas a volver a tocarme, ¿sabes por qué? Me das asco, náuseas completas, no le llegas a Link ni a los talones, y por eso lo amo tanto. Él es un hombre de verdad.

- ¡Zelda! – exclamó Impa, quien escuchaba toda la conversación.

Alvar sintió la sangre hervirle al escuchar cómo Zelda confesaba su amor por Link, comparándolo con él, disminuyéndolo como si fuera una basura… y sí que lo era.

- Haré lo imposible para que pagues por lo que has hecho y alejarte de mi vida para siempre. – sentenció Zelda. – Te odio, Alvar, y lo haré por el resto de mis días.

Zelda dejó al príncipe de lado, dirigiéndose al despacho del ministro. Alvar se disponía a seguirla con el enojo consumiéndolo, sin embargo, Impa lo detuvo con fuerza del brazo.

- No te atrevas a acercarte a la princesa…

- ¿Y quién te has creído tú para hablarme así? – preguntó el joven, mirándola debajo del hombro.

- La Comandante del Ejército Real, la que puede matarte en este momento si le da la gana. – amenazó Impa, irascible y con semblante endurecido. – Puede ser que engañes a tus padres, y hasta al mismo ministro Yago, pero a mí no. Sé lo que le hiciste a Zelda, y cuando tenga todas las pruebas, lo pagarás caro.

La Sheikah empujó al joven para seguir a Zelda, mientras que este se quedó en el sitio, reflexionando. Después observó su mano derecha, sonriendo con mucha satisfacción.

- No hay dudas, lo tiene... – dijo el joven, con los ojos ennegrecidos. – Grahim estará complacido.


Zelda abrió los portones del despacho de Yago sin pedir permiso, olvidando todo decoro y educación; Impa entró con ella atrás. Encontró al hombre sentado en su escritorio con las manos en la cabeza, consternado, mientras el Rey de Britai no dejaba de vociferar.

- ¡Qué pague! – exigió Paul. – ¡Castíguenlo con todo el peso de la ley por lo que le hizo a mi hijo y futura nuera!

- ¡Rey Paul! – interrumpió Zelda. – Le pido que guarde silencio. Quiero hablar a solas con el ministro.

- Zelda, querida. – dijo la reina Noelia, tomando la mano de la dama. – Qué bueno que regresaste bien.

- Con todo respeto, no deseo dar explicaciones por el momento. – dijo Zelda, respondiéndole a la reina. – Permítanme hablar con el ministro.

- Jovencita. – dijo el rey. – Habla lo que tengas que hablar con Yago, pero a mi hijo no vas a desairarlo. Mucho menos si te escapaste con ese tipejo de manera tan desvergonzada.

- ¡Rey Paul, a mí me respeta! – exigió Zelda, enojada. – Recuerde perfectamente con quién está hablando y dónde se encuentra, en mis dominios. Ahora, le pido que se retire si no quiere que esto llegue a mayores.

Noelia, desesperada, insistió a su marido que se retiren del despacho, pues no quería que siga maltratando a Zelda en su propio palacio. A pesar de amar a su hijo, su corazón de madre le decía que todo había sido causado por él, y que ese pobre muchacho encarcelado no tenía nada que ver.

Una vez que los regentes de Britai se retiraron. Zelda se acercó hasta donde estaba Yago, dispuesta a exigirle que suelte a Link.

- Sir Yago… – dijo Zelda, desesperada. – Le suplico, por lo que más quiera, libere a Link.

- Lo siento, princesa, pero él cometió un error muy grave al habérsela llevado.

- ¡Por las Diosas, ministro! – enfureció la dama. – Alvar trató de violarme y Link me rescató, yo le dejé a Impa una carta explicándole todo. Y ella si me creyó.

- Así es, ministro. – dijo Impa. – El príncipe Alvar no es más que un mal nacido abusador de mujeres.

El hombre se levantó de su escritorio para mirar de frente a Zelda, y enfrentar de una vez lo que tenía guardado desde hace horas.

- ¿Princesa, sabe por qué creo que esto no es más que una manipulación de Link y de su parte? – preguntó Yago. – Porque él me confesó que está enamorado de usted.

Zelda se quedó callada ante semejante confesión, mientras que Impa cerró los ojos, sin saber qué decir. Sin embargo, la dama no iba a flaquear, iba a responder con la valentía que la caracterizaba.

- Yo también lo amo… y por eso exijo que lo libere.

- Una mujer de su categoría fijarse en un simple soldado. Creí que su prestigio le importaba.

- De mi prestigio me encargo yo. No pienso darle explicaciones de mi vida. – dijo Zelda, seria. – Vengo a exigirle que lo libere, él no merece sufrir el castigo que Alvar sí.

Las palabras que Link le dijo a Yago aun le retumbaban en la mente, carcomiendo en lo más profundo de su conciencia. Siempre buscó ser un hombre justo, pero ahora se encontraba entre la espada y la pared. Por un lado estaba la confianza perdida al mejor de sus caballeros, y por el otro la presión del rey de Britai. Debía resolver el tema de la manera más íntegra posible.

- Princesa, ante los ojos de todos, por las acciones de Link, él abusó de usted y la secuestró, y esto último es un hecho evidenciado. – dijo Yago, conmocionado. – Sin embargo, hay una manera de poder liberarlo de la mitad de sus cargos, y hacer quedar su fuga como una chiquillada insensata.

Zelda e Impa escucharon atentas la proposición que Yago iba a hacer, sintiendo como la esperanza renacía en sus corazones.

- De antemano le pido disculpas por tocar este tema tan delicado. – dijo el hombre, suspirando con duda. – Pero es necesario que demuestre que entre usted y Link no hubo ninguna clase de contacto íntimo. Sólo así se podrá anular la sentencia de abuso, y se quedaría con la de secuestro.

Zelda sintió como la sangre se le iba a los pies ante el planteamiento de Yago, pues conocía perfectamente el resultado. De ninguna manera Link la había abusado, pero el contacto íntimo si se había dado hace pocos días, aquella noche en la que se entregó a su amor.

- Sé que es incómodo esto, pero es necesario para salvar a Link. – dijo el hombre. – Comprobando su estado, por medio de un médico, tendremos la solución. Piénselo, y si me da una respuesta mañana al amanecer, la ejecución será anulada.

Aguantando las lágrimas, Zelda se retiró del despacho. Por otra parte, Impa se quedó para encarar a al ministro.

- Me decepcionas, Yago. – dijo Impa, entristecida. – Todo lo que ha ocurrido es culpa de tus malas decisiones, por querer ser políticamente correcto. Sé que lo que Zelda decida para demostrar la inocencia de Link no serviría de mucho, pues no permitirás que estén juntos.

- Y no podría ser de otra manera. – dijo Yago, apenado. – No son de la misma clase y no pueden juntarse. Nada me quita de la cabeza que esa dichosa carta que te dejó fue todo un invento para desprestigiar al príncipe Alvar… para evitar casarse.

- Evitar casarse con quien no ama. – dijo la Sheikah, soltando una risa. – Como siempre tú, separando parejas que se aman, al igual que lo hiciste con nosotros.

El ministro colocó una mano en su pecho al escuchar a Impa retomar temas delicados y dolorosos para él. Por más que quisiera no podía huir de ellos.

- Te diré esto una vez, para callarlo para siempre. – dijo Impa. – Te amé tanto y hubiera dado todo por ti, pero tu egoísmo nos distanció. Y ahora te reflejas en estos jóvenes, y por eso también quieres separarlos, que sean infelices como tú.

- ¿Y aun me amas, Impa? – preguntó el hombre, esperando ansiosamente una respuesta. – ¿Quieres saber si aún estás en mi corazón?

- No, Yago… no mereces más que el silencio que he tenido para ti todos estos años. – dijo la guerrera, altiva y seria. – Ya no eres ni la sombra del joven bueno, inocente e ilusionado del que me enamoré y con el que quería estar para siempre.

Impa decidió detener la conversación para ir a buscar a Zelda, mientras que Yago, impotente, golpeó la mesa de su escritorio. Su cuerpo temblaba sin control.


Impa buscó a Zelda en su habitación, sitio en donde sabía la encontraría, y como supuso, la joven yacía en su cama llorando desconsolada. Sintió su corazón romperse al verla de esa manera, pues la última vez que la vio así de devastada fue cuando sus padres murieron, la peor pérdida experimentada.

- Zelda. – dijo Impa, sentándose en la cama y acariciando su espalda.

- Impa… – respondió la princesa, sin poder contener el llanto. – No es justo que ejecuten a Link. ¿Por qué siempre tengo que perder todo lo que amo?

- ¿Por qué no me contaste que Link y tu tenían una relación? – indagó la Sheikah. – Yo si sospechaba que te sentías atraída por él, pero no creí que fuera recíproco. Entiendo tus razones, pero el haberse fugado fue una locura. Jamás te hubiera apoyado eso.

- Perdóname por habértelo ocultado. – dijo la dama, apenada. – Pero teníamos miedo que nos separen. Él fue el primero en querer mantener la distancia, pero su amor por mí se lo impidió. Por salvarme de Alvar es que me sacó de aquí, porque este sitio dejó de ser seguro para mí.

- Y me siento tan responsable por eso, mi querida Zelda. – expresó Impa, avergonzada y con los ojos humedecidos. – Yo también debí estar ahí para protegerte, para matar al malnacido de Alvar por haberte siquiera tocado.

- Impa, no te tortures por eso, nadie más que Alvar tiene la culpa. Además nadie me cree, pues el ministro piensa que la carta que escribí fue un invento, una excusa para escaparme con Link.

- Que ese insensato crea lo que quiera. – dijo Impa, molesta y decepcionada de Yago. – Ahora lo que importa es demostrar la inocencia de Link, y eso está en tus manos.

Zelda se limpió las lágrimas y se levantó de la cama, sintiendo que el corazón iba a estallarle de tanta ansiedad. Estaba pensando las palabras correctas para confesarle a Impa su más íntimo y sagrado secreto, el que impediría cualquier camino para salvar a Link.

- Zelda. – dijo Impa, abrazando por la espalda a su protegida. – Sé que la idea que un médico te revise así… tan profundamente, será incómodo, pero sopórtalo por Link, para demostrar que aun…

- Impa, nada de eso será posible porque… Link y yo ya estuvimos juntos.

Impa sintió que la sangre se le helaba ante la confesión de la princesa, hasta tuvo que sentarse en la cama debido a un ligero mareo.

- ¡Zelda, no puede ser! – expresó indignada. – ¿Cómo pudieron hacer eso? ¡Qué falta tan grande!

- Lo siento, Impa. – dijo Zelda, avergonzada. – Sé que fallé a todas las enseñanzas y consejos que me has dado a lo largo de mi vida, y siempre los he respetado… pero ambos nos enamoramos y nos dejamos llevar. No me arrepiento de nada.

- ¡Pues deberías arrepentirte! – exclamó la Sheikah. – ¿Cómo piensas ahora demostrar la inocencia de Link? ¡Será imposible!

- ¡Lo sé! – gritó la dama, angustiada y llorando. – Y por eso me siento perdida y desolada, porque no veo más opciones para evitar su muerte.

Impa estaba enojada por la impulsividad de Zelda, sin embargo, de ninguna manera iba a juzgarla, pues al igual que ella fue joven, y alguna vez se dejó llevar por las redes del amor, que al final sólo la lastimaron. La abrazó con fuerza para que descargue toda la pena que la consumía.


El despiadado amanecer llegó a los terrenos de Hyrule, anunciando la terrible ejecución programada. Los minutos de vida de Link estaban contados.

Oponiéndose a todo, Zelda bajó a las mazmorras del castillo, sitio que en su vida había pisado, pero esta vez lo hacía por una causa importante, ver a su amado y llevarle agua y comida, pues le partía el corazón pensar que pudiera tener hambre y sed.

Una vez pudo encontrar el camino a la celda de Link, se cruzó con Yago, quien se sorprendió al verla.

- ¿Princesa? – preguntó el ministro, sorprendido. – ¿Qué hace aquí? Este no es sitio para usted.

- Quiero ver a Link. ¿Acaso no se da cuenta? – preguntó irónica.

- Su amor enfermizo por él le ha hecho olvidar sus buenas maneras. – dijo el hombre, ofendido. – Además, viendo que no recibí una respuesta de su parte para que el médico la revise, sólo demuestra la culpabilidad de Link.

- No me importa lo que piense. – dijo enojada. – Veré a Link le guste o no.

- Eso no es posible… pues en estos momentos se lo están llevando al pabellón para su ejecución.

La dama enloqueció ante esas palabras, la apuñalaron y lapidaron desgarradamente. Sin medir nada, intentó pasar por sobre Yago para entrar a la celda de Link y comprobar con sus propios ojos lo que este le decía, pero fue detenida en el acto.

- ¡No, princesa! – gritó Yago. – No voy a permitir que pase.

- ¡Suélteme, Sir Yago! – exigió desesperada y con lágrimas. – ¡SE LO ORDENO, QUIERO VER A LINK!

Durante el forcejeo, Yago agarró a la dama de los hombros, causando que la cadena y el dije que rodeaba su cuello caiga al suelo. El ministro notó aquella situación, por lo que agachó la mirada para ver de qué se trataba… y fue ahí que pensó que el destino le estaba jugando una mala pasada.

- Esa cadena… ¡ESA CADENA…!

Yago alejó a la princesa para agarrar la cadena con sus propias manos, para mirarla y palparla como si estuviera descubriendo un objeto imposible, intangible en todos los sentidos. Desfalleció al ver el símbolo de la Trifuerza en él, pero sobre todo el nombre de Link grabado al reverso.

- ¡Eso es mío, Sir Yago! – exigió Zelda, encolerizada. – ¡Devuélvamelo!

- ¡Princesa! ¿De dónde sacó esta cadena? – preguntó, alzándola para que Zelda no se la quite. – ¡Ahora soy yo quien exige que me lo diga!

Zelda no comprendió el brusco cambio en la actitud de Yago. ¿Qué tanto interés en una simple joya?

- Era de Link. – confirmó Zelda. – Él me la regalo, perteneció a su difunta madre y la tiene desde que era un bebé.

- ¡Imposible! – expresó Yago, fuera de sí. – Entonces Link es… él siempre fue…


Comentarios finales:

Sucesos dolorosos, finales impactantes. Veremos cómo reacciona Yago ahora que descubrió la verdad, y justo en el momento donde la ejecución de Link se está llevando a cabo. ¿Llegará a tiempo para evitar una tragedia? Es hora que él abra los ojos completamente a la verdad y pueda redimir sus errores.

Muchas gracias por leer y comentar. Como siempre he dicho, lo valoro muchísimo.

Un abrazo ^^

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